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Próximo libro para diciembre: TRAS EL CIELO DE URANO

Estamos trabajando para que este diciembre 2019 salga a la venta y en papel el último libro que he escrito, y que lleva por título TRAS EL CIELO DE URANO.

La novela la terminé de escribir y de revisar el año pasado por estas mismas fechas. No he tenido prisa en publicar, nunca la tengo, pues mantengo la convicción de que cuando algo es bueno y de calidad, vale la pena esperar. Y esta novela creo que ha valido la pena.

No sé cuanto tiempo habré tardado en escribirla. El número de revisiones generales del texto que tengo en el ordenador es de siete; y el tiempo total desde que empecé a pensar en una novela de ciencia ficción hasta que he puesto la última palabra al libro, ha sido de unos dos años y medio. Pero no puedo precisar más. Sé el día que la acabo, pero no el día que empiezo a pensar en una novela. Supongo que me será indultada la falta.

TRAS EL CIELO DE URANO es una novela de ciencia ficción y de aventuras, la última que escribo y la primera que publico en este género que siempre me ha sido muy grato y entretenido. La ciencia ficción no debería ser un género menor, pero es verdad que en España, y en lengua castellana, no hay demasiada tradición narrativa en este género. Tampoco hay premios ni  reconocimiento, a pesar de que sus lectores siempre han estado bien definidos y son fieles. Todo el mundo ha oído hablar de los grandes: Verne, Wells, Asimov, Bradbury… y es evidente que no hay españoles ni hispanoamericanos en abundancia. ¿Por qué será? Lo desconozco, pero es justo reconocer que en esto los anglosajones nos ganan por goleada.

TRAS EL CIELO DE URANO es también es una novela de aventuras, de personajes intrépidos, de misterio aderezado con amor y buenas dosis de desamor y de emoción. Hay algo en ella que conecta con la trilogía de Los caballeros de Valeolit (los héroes del día a día), pero es también una novela muy diferente, donde los personajes son la avanzadilla de una exploración espacial. La aventura se realiza viajando a un mundo desconocido, y en ese sentido, me recuerda a los relatos históricos de los grandes conquistadores españoles y portugueses de los siglos XV y XVI, cuando en medio del vasto océano toman la decisión de continuar hacia un horizonte desconocido y hostil.

No es tampoco una temática muy distinta a la que tomamos cualquiera de nosotros ante la vida. Por eso creo que es una novela muy atractiva para todo el mundo. ¿Arriesgar o acomodarme? ¿Luchar, salir de mi mismo, o estancarme? El mundo es de los intrépidos, de los que luchamos con la vida día a día.

Supongo que he bebido de las fuentes de los autores más clásicos de ciencia ficción, lecturas juveniles que se han ido depositando en mi subconsciente, y que resurgen hoy en mi quehacer de escritor.  Me cuentan algunos amigos que TRAS EL CIELO DE URANO les evoca lo mejor de Julio Verne y de Isaac Asimov; y eso me llena de orgullo y de humildad. Orgullo porque estoy cerca, y humildad porque camino sobre los hombros de los grandes escritores que nos han precedido.

TRAS EL CIELO DE URANO es una buena historia de conquistadores, de colonos espaciales y de naves. Es una historia de pioneros que buscan un hogar donde establecerse y poder comenzar una nueva vida.

En esta novela no he buscado un lenguaje elaborado, ni un vocabulario técnico científico. Realmente es una novela que puede leerla cualquier persona a la que le guste la aventura espacial. Cuando pienso en ella me doy cuenta de que esta es la novela que me hubiera gustado leer con dieciseis años; y creo que con eso lo digo todo.

¡Terminé de escribir otro libro!

Por fin, se acabó. Ya estaba algo más que harto, porque escribir es costosísimo, y llevaba dando vueltas a esta historia como cuatro o cinco años. Lo he acabado tras la decimocuarta revisión, y he pasado casi de contar una historia a contar algo diferente, con otra perspectiva y con más fuerza. Hay más en la historia que no cuento y se ha caído de la versión final que lo que aparece en ella, pero es para que mejore y sea más entretenida de leer. Siempre para mejorar. Lo que he desechado era bueno, alguna parte incluso muy buena, pero lo importante en una novela es el todo… y hay que sacrificarse, chicos. Bye, bye.

Comprendo que haya gente que no revise lo que escribe y le salgan novelas como churros azucarados, pero no es mi caso. Yo las trabajo y las corrijo una y otra vez hasta que quedan, para mi gusto, aceptables tirando a buenas. Por menos de un notable, no publico. Luego uno se sorprende, porque le ponen mejor nota, (los que me suspenden no me han dicho todavía nada a la cara) pero me da igual. Dicen que a quién le tiene que gustar la novela es al novelista, y sí, a mi me gustan. Además, para eso soy su madre, y me cuesta parir a fuerza de dilatar y empujar unos cuantos años para que salga el nene.

Quizás sea un defecto que comparto con Walt Whitman, que revisaba y reeditaba muchísimas veces hasta que sacaba lo definitivo. “Hojas de Hierba” es un ejemplo de aburrimiento escrituril y falta de seguridad en un juntaletras, pero también es una obra maestra de la poesía. ¡Un abrazo Walt, ejemplo de orgullo gay no histriónico!

En cambio Cervantes, que me cae mejor, no debía revisar mucho, porque el Quijote está lleno de defectos. Desde variar el nombre de la señora de Sancho Panza, hasta meter con calzador otro par de novelas ejemplares en las tripas de la susodicha obra. Proust tampoco debía revisar mucho y me encanta. Y Faulkner escribía de corrido y con la memoria trabajando. Yo no podría, querido. Mi cabeza no da para tanto.

Es verdad que el problema de revisar hasta morir es que no sacas demasiadas novelas al año, pero la ventaja es que lo que sacas es de calidad. O eso te crees. Y ese es mi objetivo, publicar calidad… En realidad tengo varias novelas terminadas, definitivamente terminadas… Al menos dos más, pero me da cosa que salgan a la calle, que todavía son jovencitas y casaderas.

En cambio ésta que he re-terminado por decimocuarta vez, ésta que ya la consideraba finiquitada, ha sido recuperada y revisada unas cuantas veces más para entrar en el olimpo de los dioses publicados. Porque esta sí que la echo de casa en cuanto pueda.

No me explayo. Terminar un libro es muy agradable. Se tiene una sensación de tranquilidad, de paz conseguida, de felicidad, y de horizonte por delante. Mi idea es publicarla antes de las navidades. Por supuesto la autopublicaré, porque las editoriales convencionales cada vez me dan más grima, sobre todo viendo lo que le hacen a algunos compañeros escritores que van de putada en putada.

La novela, si no le cambio el título, que no creo, se llamará DAVID35. LA ISLA DE LAS ESFERAS. Ciencia ficción, novela para pensar, para entretener y para denunciar los males de nuestra sociedad, que no son pocos. Sé que os gustará, pero tendréis que esperar. He, he.

Feliz Verano.

El viernes nos vemos en la FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID 2019.

FIRMAMOS LIBROS EN LA FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID 2019

Caseta de la librería EL SUEÑO DE PEPA.

7 DE JUNIO 2019

18h30 a 20h30

Ya queda poco para el viernes 7 de junio.

Estaré firmando libros en la FERIA DEL LIBRO de Valladolid, desde las seis y media de la tarde hasta las ocho y media.

Lo único que siento es que coincido en día y hora con Santiago Lorenzo, que también estará firmando sus libros. A Santiago lo conocí hace unos años, en el rodaje de su primera película “Mamá es boba”en Valladolid. Año 1997 si no recuerdo mal.

De hecho, salgo en una de sus escenas con frase y todo. Le tengo un especial cariño, claro que sí. “¿Quién es ese tío que se ríe todo el mundo de él?“. La mejor frase del cine español de los últimos años; dicha por un actor (un servidor) que prometía tanto que no tuvo necesidad de hacer ninguna película más para consagrarse en la categoría.

¿Sorpresa para los que no lo sabíais? Son esas cosa curiosas que tiene la vida. Ahora Santiago Lorenzo está triunfando con su último libro “Los asquerosos”, libro que varias personas me lo ponen bastante bien. Dejó el cine porque debía de oler bastante mal el reino de los compadreos, y desde que se ha pasado a la literatura le va bastante mejor. Y yo me alegro por él, porque lo ha pasado mal, y porque se lo merece.

¿Por qué será que muchos cineastas terminan escribiendo novelas y narrativa? Pues porque es más barato. Que me lo digan a mi. También tengo que decir que la profundidad y la belleza que se alcanza con la literatura como arte es muy diferente a la que proporciona el cine. Ahí lo dejo.

 

 

 

FIRMAMOS LIBROS en la FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID 2019

FIRMAMOS LIBROS EN LA FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID 2019

Caseta de la librería EL SUEÑO DE PEPA.

7 DE JUNIO 2019

18h30 a 20h30

El próximo 7 de junio firmará libros en la FERIA DEL LIBRO de Valladolid el escritor D. ANTONIO JOSÉ LÓPEZ SERRANO.

Lo hará en la caseta de la LIBRERÍA EL SUEÑO DE PEPA. A partir de las seis y media de la tarde.

El autor de la trilogía LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, autor también de la novela EL ÁNGEL AMADO, premiado con el Miguel Delibes de Narrativa 2015 continúa ofreciendo literatura y narrativa para el disfrute de los lectores.

Publicación del libro: SEGUNDAS PALABRAS ATADAS

A principio de año publiqué la primera recopilación de las entradas de este blog. PRIMERAS PALABRAS ATADAS respondía al año 2014; y seis meses más tarde saco estas SEGUNDAS PALABRAS ATADAS.

SEGUNDAS PALABRAS ATADAS es una recopilación de las mejores entradas que tuvo este blog en el año 2015. Fue un año fantástico donde me inicié en las ventas de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Durante ese año recibí el PREMIO MIGUEL DELIBES DE NARRATIVA 2015, y publiqué la segunda parte de LOS CABALLEROS.

Pero hubo mucho más que no quiero que se pierda, y que deseo ofrecer a los lectores de una manera ordenada y cuidada. De ahí esta pequeña y sencilla publicación.

Siguiendo los cánones que marqué en PRIMERAS PALABRAS ATADAS, y que también se puede encontrar en Amazón, en cada entrada comento brevemente lo que significó en su momento, las visitas que tuvo y su repercusión en las redes; así como las razones por las que escribí determinados artículos y los ecos que recibí. Algunas de ellas son un buen ejercicio de memoria de los sucesos de aquel año.

Lo cuelgo en AMAZON donde existe la posibilidad de obtener el producto en tapa blanda o en formato kindle. Me parece una buena manera de presentar este pequeño libro.

ENLACE EN AMAZON

Como datos informativos del mismo, se trata de 174 páginas, donde el formato del índice es lo que peor me ha quedado. ¡Qué le vamos a hacer! Lo mío es escribir. He puesto un precio de 2 euros, porque es el mínimo que me permiten.

¡Ah! También existe esta otra portada para editar en papel. En este caso he aprovechado un cuadro que pinté este curso y que me encanta tanto que es imposible colgarlo por las paredes de mi casa.

Un saludo y feliz verano.

 

Buscando un tema, preparando el siguiente libro.

Me identifico con los creativos, con los creadores y con los artistas y genios de cualquier condición. Me identifico con los que agotan su mente buscando una idea, una pequeña y simple idea que nos haga recrear, procrear, policrear y expandirnos. Me identifico con todos los locos del mundo que se obsesionan con lo que tienen entre manos, con los que agotan su tiempo y lo pierden buscando expresar lo que llevan dentro. Gracias a ellos ha sido posible el arte, la ciencia, la técnica y la literatura.

Si no lo hacemos, si no creamos, nos ahogamos en nosotros mismos, nos estancamos y pudrimos como agua pantanosa. Lo nuestro es el agua que corre, la acequia que se lleva la tierra de la orilla, el río señorial y el ancho y precioso mar donde pretendemos desembocar nuestras ideas. Luego nos arrepentiremos, queremos destruir a nuestros hijos, nos aburrirán sin que podamos retocarlos, pediremos perdón por equivocarnos, pero seguiro que pensaremos en la siguiente tarea creadora, en la última y la siguiente que es la más interesante y sugerente. Al menos para nosotros.

Crear supone un esfuerzo. Siempre ha sido así. El ejercicio de crear una obra de arte requiere un estado mental agotador, de obsesión permanente y de trabajo continuado. Las musas no nos visitan, y en cambio lo hace la soledad, el hastío cuando no sale nada, el silencio roto por la incomodidad de no saber, de estar perdido creando, haciendo, escribiendo o pintando, que tanto da. Las noches pensando para parir una idea son tan necesarias en el científico como en el novelista.

Confieso que tengo un buen número de libros escritos, bastantes más de los que he publicado, pero no son suficientes. Primero escribí LOS CABALLEROS DE VALEOLIT como una sola novela. Por razones de venta he tenido que sacar la novela en tres partes, pero realmente era una única novela, una epopeya al estilo Los miserables, Guerra y Paz… Nada más terminarla, empecé a escribir EL ÁNGEL AMADO. Estoy hablando de novelas que escribí hace ya unos cuatro o cinco años.

Luego me entretuve con dos novelas que estuve escribiendo a la vez. Era como si el descanso de una supusiera concentrame y descansar mentalmente con la otra. Estaban (y están bien escritas), pero las he ido abandonando al olvido. La primera se titula ENTRE DOS RAMBLAS, y está ambientada en Tarragona, la ciudad en la que pasé mi infancia. Es una historia de misterio y de amor a un tiempo, más autobiográfica que otras y con varias escenas que me fascinan. Buena literatura aunque los temas sean vulgares. La otra novela que escribí al tiempo la titulé LA ISLA DE LAS ESFERAS, es de ciencia ficción en la Tierra, gentes del futuro que se dan una vuelta por nuestro mundo, y con todos los componentes para hacer pensar al público. Es mi novela más Saramago, supongo, también en el olvido. La envié a algún premio de los que están amañados, y lógicamente no me lo dieron.

Tardé en terminarlas unos dos años, pero luego, cuando ves que el mundo editorial es una castaña pilonga, y que hay más tiburones en el mar que peces de colores, pues te tiendes a desanimar y a refugiarte en más y más escrituras y lecturas.

Continué escribiendo, claro que sí. No podía dejarlo, y empecé otro relato. En mi opinión es el mejor pero es inclasificable. ¿Quién escribiría Cien años de Soledad otra vez? Pues yo, que me gusta escribir y me gusta el realismo subrealista mágico y a la española. Reinventé el estilo, y he inaugurado con esta obra una corriente nueva en la literatura universal. Digo yo que es así, pero no creo que venda mucho a los lectores de novelas de usar y tirar.

Es una obra maestra, eso creo. Pero no alcanzará al número de los selectos lectores de Marcel Proust, que actualmente se encuentran en unos cincuenta por todo el mundo. Así que mejor no publicarlo. los pocos que lo han leído les ha parecido una obra extraordinaria. No se venderá, lo presiento, o será un éxito descomunal. Me da igual. Lo titulé primero NATURALEZA MUERTA, y luego le puse por título LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑES. Está ambientada en Yecla, y con ella cambiará la historia de la literatura, modestia aparte. ¿Seguimos?

Tengo recién terminada una última novela de ciencia ficción aventuras muy al uso. Se titula TRAS EL CIELO DE URANO, y seguro que terminan haciendo una película con ella los de Hollywood. Dice mi hermano, que se la ha leído, que habrá cientos de capítulos y libros en continuación, y es que las aventuras son siempre una delicia. Mi madre opina que es como Julio Verne, y no creo que le falte razón.

El caso es que no sé que más escribir. Y tampoco tengo muy claro qué va a ser lo siguiente que voy a autopublicar. De momento voy sacando las entradas de este blog en PALABRAS ATADAS, formato Amazon, pero no termino de darle salida a lo que escribo. Todo se andará.

Tengo, como objetivos próximos, escribir una novela con la vida de la primera madre heroína de la que tenemos noticia: Santa Mónica. Me da pereza empezar. Otra sería continuar con el estilo realimo mágico subrealismo español, pero es menos vendible que un humidificador en el desierto del Sahara. También tengo pensado lanzarme con ls siguientes partes de TRAS EL CIELO DE URANO, pero también me da hartura. He pensado escribir EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO versión propia, mi búsqueda del tiempo perdido en relatos sencillos y profundos. Si Proust lo hizo, ¿por qué no lo voy a poder escribir yo?

En fin, que estoy perdido, buscando tema y preparando el próximo libro. Casi nada.

 

Feria del libro 2018 en Valladolid: tarde de firmas, lluvia y amigos.

Estuve ayer por la tarde firmando en la Feria del libro de Valladolid, en concreto en la caseta de la Librería Roel. A pesar de la lluvia intermitente, y gracias a los toldillos y a que remitía la inclemencia temporal de cuando en cuando, pudimos disfrutar de una tarde estupenda, de amigos y de lecturas. Me entregue tanto a la “sinhueso” que se me olvidó hacer fotos que inmortalizaran el evento. Cuelgo una foto de secano del año anterior y me disculpo. Sorry.

Vinieron a verme un buen número de amigos, gente cercana que me anima y que me abraza con su presencia. Yo les firmo el libro que ellos compran, pero ellos me firman en mi alma trémula de escritor.

Gracias por vuestra presencia, gracias por escogerme como escritor. Es un honor y espero seguir a la altura con las siguientes publicaciones; sin abandonar, por supuesto, la buena acogida que sigue teniendo LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, y EL ÁNGEL AMADO. Gracias

 

Antologías y fragmentos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Los hijos de Pelayo (III)

Alguna vez he oído la afirmación, respecto a las novelas Los Caballeros de Valeolit, que el tema de lo religioso estaba muy bien tratado. Supongo que hay una lógica detrás, y es que soy una persona religiosa, con sensibilidad hacia el tema y con una experiencia a mis espaldas que suele quedar reflejada en mayor o menor medida en mis personajes.

Cuando empecé a escribir LOS CABALLEROS, buscaba que la religiosidad medieval estuviera presente, y que fuera tratada no con los prejuicios que los siglos posteriores vieron en esta época, sino con el rigor y la naturalidad de una sociedad de cristiandad, donde lo natural era la religión, y lo extraño-cultural el agnosticismo o el ateísmo. Precisamente todo lo contrario a lo que me he encontrado en muchas novelas históricas del medievo, donde los personajes suelen ser ateos, agnósticos y con rasgos de una modernidad sobrevenida.

He escogido estos dos fragmentos, que están seguidos en la novela, donde se refleja el gusto por la religión, pero también las razones que movían a los hombres. El abuelo, en su devenir y labor educadora de sus nietos, les enseña algo que en profundidad no habían llegado a ver. Un caballero no es solamente el que tiene una espada y un caballo, sino el que reza a Dios y se encomienda al Altísimo, no haciendo más daño que el que debe por su oficio.

 

FRAGMENTO. (capítulo 4. Entre dos aguas. Apdo. 4)

 

Los musulmanes no tenían tropas para pelear por Lamego, y mientras pasaba el verano los cristianos se fueron relajando según los días se sucedían y caían las semanas. Las torres y defensas construidas en los alrededores no alertaban de ningún mal inminente, y aunque los soldados vivían en tensión esperando en cualquier momento la batalla; al no acudir ésta, decidieron entregarse al descanso y a la otra sangre, la que procede de la uva y el lagar. Los soldados aprovechaban en muchos momentos, especialmente en su descanso, para beber vino y disfrutar de la compañía de algunas mujeres públicas. El Monarca, sabedor de los excesos de sus hombres, prefería tales pecados, que no prohibir y tener que soportar juicios por abusos y violaciones, además del descontento de la soldadesca. Al menos los hombres estarían relajados tras una batalla dura, y quizás tras ese descanso pudieran tomar fuerzas para nuevas acometidas en el futuro. Fue en ese ambiente posterior a la batalla, que los muchachos, Nuño y Fernando se dejaron arrastrar por la relajación del alcohol y los placeres libidinosos de algunos adultos, pero fue por poco tiempo, porque tuvieron que escuchar al abuelo que una noche les increpó y alertó de los errores que cometían.

El recuerdo y el deseo de sus padres, de que no se convirtieran en pendencieros y malvados afloró alrededor de una sopa de tocino y ajo.

-No es ese el destino que os tenía reservado, y cometéis un error si os dejáis llevar ahora por el éxito fácil. Los pendencieros y villanos acaban olvidando a su señor, no valiendo para la batalla y haciendo daño a todos sin necesidad. Los caballeros no se comportan así.

-Algunos sí- repuso Fernando.

-Algunos sí, pero vosotros no. Vuestro modelo debe ser el del infante de Monzón, Pedro Ansúrez. ¿Os fijáis en cómo es de modesto y reservado, comportándose como un caballero? Fernán está haciendo una labor magnífica con él. ¿Y los hijos del Rey? Fíjate como ni García, ni Alfonso se guían como borrachos pendencieros.

-Pues bien que gustan de las mujeres, sobre todo Alfonso- dijo Fernando riendo.

-No me repliques, deslenguado. La discreción es una herramienta para un noble. Si queréis llegar a serlo deberéis comportaros de igual forma. Nuño, ¿a cuántos hombres has matado el otro día?

Se hizo un silencio tenso. La pregunta iba dirigida con fuerza, como una flecha. Sabía el abuelo que le había impresionado al muchacho tener que matar a alguien, y sabía que no era ya tan divertido para él hacerlo, ni para nadie. Intentaba desde ahí argumentar para convencer a los muchachos.

-Cuatro, o cinco, no recuerdo.

-Sí te acuerdas, te acuerdas perfectamente de todo y cada uno de ellos. ¿Recuerdas el rostro del primero que mataste? ¿Eran hombres sin honor? Esos hombres se merecían ser matados por alguien de honor, no por un borracho estúpido. Esos hombres lucharon también por sus tierras, por sus familias, y por su señor. No eran peores que nosotros, ni mejores. Simplemente luchaban. ¿Dónde creéis que están en el cielo o en el infierno?

-En el infierno supongo… – intervino Fernando.

-Os aseguro que Dios hará justicia con todos y cada uno de ellos, y también será terriblemente justo con nosotros algún día. Por la memoria de los que han muerto deberíamos guardar luto, deberíamos ser caballerosos con los muertos, no dejándoos llevar ni por el vino ni por las rameras.

Tranquilizó su voz viendo que surtía efecto.

-Nuestro oficio consiste en matar y defender así a nuestro Rey y Señor; pero, ¿sabéis que es lo que quiere Dios de nosotros? Quiere que seamos dignos siervos suyos, conscientes de que las muertes son justas y necesarias, pero que no haya ni una muerte más que las necesarias, ni una pelea más, ni un pecado más en nuestra vida.

Los muchachos quedaron en silencio, mientras que un nudo se hizo en la garganta de Nuño que estuvo a punto de derramar una lágrima.

-¿Iré al infierno por haber matado a esos hombres?

-Nadie va al infierno por cumplir con su deber, pero estate atento y sé generoso con los que rezan. No sería mala cosa que una parte del botín fuera para edificar la iglesia de la colina, la Virgen de Lamego, y para los monjes que se vayan a asentar allí.

-¿Nadie de nuestra familia está rezando por nuestros pecados, para que no nos condenemos?- preguntó Fernando.

-Que yo sepa sólo vuestro tío Suero, el hermano de vuestro padre, mi tercer hijo.

-¿El del Monasterio de Liébana?- preguntó Nuño.

-El mismo. Agradecer a Dios que haya alguien que reza por nosotros para que el día de nuestra muerte no sea terrible, y mientras tanto no os dejéis llevar por el mal. No dejéis de tener temor de Dios, porque el que no tiene miedo a nada termina consigo mismo, ni os dejéis arrastrar por los insensatos que no respetan nada. Sé de sobra que es lo fácil, pero no caigáis tan bajo, ahora que lo tenéis todo a favor.

V

Los días de verano fueron pasando, y los muchachos dedicaron parte de su tiempo a las cosas de la religión, yendo de cuando en cuando a rezar a la nueva iglesia de la Virgen de Almacave. Esto atrajo la atención de algunos nobles, pero en especial del obispo de Lamego, que bendijo a los muchachos al saber que eran valientes soldados, y piadosos cristianos. Nuño aprovechó la ocasión para preguntar al Reverendísimo Obispo por la angustia del infierno y el temor a la muerte. Quitó el clérigo importancia al asunto, y se admiró aún más de la inocencia y bondad del muchacho, trató de orientarle igual que un padre trata de orientar a un hijo, mostrándole que obedecer a sus superiores era un orden querido por Dios, y que tales muertes no eran responsabilidad suya. Entendió Nuño que tener miedo al infierno y a sus penas formaba parte del miedo a la realidad, pero que no se debía vivir aterrorizado por tal cosa sino mirando la providencia divina; y que en todo caso, jamás podría compensar a Dios el intercambio de amor que había realizado con él, pobre pecador. Prometió rezar por todos y cada uno de los hombres que matara, a fin de que Dios se apiadara de ellos, y de su alma cuando llegara el momento.

Estos pensamientos angustiaban bastante menos a Fernando, que no había estado en la tesitura de matar a nadie, y que no terminaba de comprender los escrúpulos de conciencia de su hermano. Aceptó lo que le decía el abuelo, pero lo hacía más por ser obediente muchacho y agradar a su abuelo, que por razonar las cosas. Pedro Ansúrez agradeció de nuevo a Nuño por su vida. Escuchó al muchacho en sus temores divinos, y aunque entendía los pensamientos del muchacho no sabía dar respuesta, pues no era hombre de letras ni de teología.

 

Los caballeros de Valeolit. Los hijos de Pelayo. (Pg. 189-192). Del capítulo 4. Entre dos aguas.

 

Antologías y fragmentos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Los hijos de Pelayo (II)

Hay sucesos en la vida que nos marcan de manera especial, y que suponen un punto de inflexión respecto del futuro: una reunión, el conocer a alguien que luego será especial, una nota en un examen, una visita al médico… son difícilmente reconocibles cuando llegan, pues se suelen esconder tras la vida cotidiana y la rutina. Sin embargo, según pasa el tiempo, son detectados como centrales e incisivos. Son auténticas encrucijadas que nos ofrece la vida de manera silenciosa.

A Fernando y a Nuño la vida les cambió en momentos muy puntuales, todos relacionados con la amistad. El episodio de los lobos, o el choque con el infante García, fueron quizás los más destacados dentro de una vida que les fue llevando a lo que terminaron siendo. En el momento no fueron demasiado conscientes de la inflexión, a diferencia del abuelo, que sí percibió un abanico nuevo, una luz de esperanza en el futuro.

De todos los episodios, el de los lobos es el que más impronta deja entre los castellanos. Y uno de mis favoritos. Es la primera aventura digna de ser contada. De ahí que lo haya seleccionado.

FRAGMENTO:

 

Uno de los días, en un paseo hacia el Pisorga se les hizo algo tarde para regresar y almorzar con el abuelo. Como apretaba el hambre y el sol decidieron retrasar su vuelta y buscaron un sitio a la sombra donde pudieran dar cuenta de la pitanza que en el morral llevaban: unas rebanadas tiernas de buen pan de trigo, un cuero de vino fresco y cinco tajadas de queso viejo curado, picante y pastoso. Hallaron un lugar agradable y umbrío, a la vera de río. Apenas se habían acomodado cuando los alertaron unos gritos de auxilio. Quedaron muy sorprendidos y se levantaron de inmediato. Las voces parecían de un niño, o de alguien joven. Se escuchaba a su vez el bufar y relinchar de un caballo atemorizado. No se lo pensaron dos veces, y rápidamente montaron en Negrisca, tomando la espada uno, y la lanza el otro; y trotaron hacia el lugar de donde procedían las voces.

-¿Quién va? ¿Quién necesita ayuda?-, respondieron gritando.

Sin duda era aventurero y temerario proceder así, pues no eran sino dos muchachos, pero se sentían tan seguros de sus habilidades que, salvo un peligro descomunal, pensaban que podrían hacer frente a cualquier eventualidad, como era ayudar a un desconsolado que pedía protección. Los guiaba además la curiosidad por conocer el origen de tales súplicas. Así, al volver hacia un claro quedaron petrificados ante el peligro que se cernía, ahora también sobre ellos. Una manada de lobos rodeaba un caballo, que nervioso soltaba coces a diestro y siniestro. Uno de los lobos parece que había caído herido, pues aullaba lacerado en el suelo con una brecha a todas luces mortal, pero los otros seis lobos hambrientos trataban de alcanzar la garganta del equino dando saltos con fiereza. El caballo estaba descontrolado, su belfo expresaba tensión y sólo las riendas lo sujetaban a unos arbustos, de los que intentaba soltarse coceando y pateando al aire. De no encontrarse amarrado habría escapado al galope.

Nuño reaccionó con valentía y rapidez.

-Descabalga y pásame la lanza- le pidió a su hermano.

-Yo me quedo con la espada- indicó Fernando repartiendo así las armas que tenían-. Hay que vendar los ojos a Negrisca o se asustará.

Tapó los ojos del cuadrúpedo con su jubón mientras se dirigía hacia los lobos salvajes. Nuño atacó con la lanza ensartándola violentamente contra un lobo joven más próximo. El animal herido de muerte dio un alarido y cayó al suelo. El resto de lobos rectificó en su ataque, mirando y abriendo sus sanguinarias fauces contra Nuño y su vieja yegua. En ese momento se soltó la provisional venda de Negrisca, y el animal, viendo a los enemigos que lo rodeaban, se excitó haciendo un quiebro con sus patas delanteras. Estuvo Nuño a punto de caer del caballo, y perdió momentáneamente la brida y el control del animal.

Fernando se quedó retrasado, pero cuando vio en dificultad a su hermano blandió su espada gritando contra los lobos, dispuesto al menos a tajar el cuello de alguna de aquellas bestias sedientas de sangre. Acometió como lo había entrenado el abuelo, con la espada en alto y mostrando el brazo a modo de escudo. Al aproximarse lo suficiente la hoja voló dócilmente de arriba abajo asentando sobre el lomo de una de las fieras que ya se apresuraba a morder su abdomen. El golpe dejó al animal herido, pero provocó que los otros lobos rodearan al joven. Iba a ser un bocado suculento, pues los lobos atacan siempre en grupo y a la vez, bastaba la indicación del principal de la manada para poner fuera de combate a Fernando. Entonces oyó la voz que antes gritaba, y que lo hacía ahora desde lo alto de un árbol. Vio a un chico de su edad, encaramado. Le invitó a subir al árbol, desde donde había contemplado todo, pero Fernando no tenía posibilidades de darse la vuelta para trepar por el empinado castaño.

Por suerte Nuño había retomado las riendas de Negrisca, recuperó su lanza y la enarboló sobre su cabeza, acometiendo de nuevo a las bestias. Se acercó lo suficiente para distraer de nuevo a los lobos, los cuales estaban ya dispuestos a devenir con un ataque maestro y definitivo contra Fernando. El muchacho se agachó, y desde el suelo blandió de nuevo la espada, por lo que los lobos retrocedieron un poco, pero se mantuvieron a distancia acorralando más y más al muchacho. Entonces Negrisca, encolerizada y tensa levantó las patas delanteras coceando a los que encontró a su paso, fue entonces cuando Nuño cayó del caballo, y Fernando partió de un tajo media cabeza del lobo dominante.

Nuño se encontraba tirado en el suelo pensando que sería atacado por las fieras; sin embargo, a pesar de la superioridad numérica de los lobos, los animales salieron huyendo. Sin duda, la muerte del jefe de la manada los había dejado sin orientación ni guía, y tras su espantada solo se escuchaban los agonizantes, lastimeros y quebradizos aullidos de los animales que habían herido los de Carrión.

Fernando fue directo a socorrer a su hermano, mientras sujetaba a Negrisca que se había alejado acercándose al otro caballo, todavía nervioso. Nuño se había doblado el brazo al caer, y aunque no parecía haberse roto nada, le dolía mucho la articulación derecha. Se levantó sin otros dolores, y al examinarse comprobó que el codo se le empezaba a hinchar, sin que pudiera moverlo sin dolor. El muchacho que estaba encaramado en el árbol bajó del mismo, y se dirigió a los muchachos.

-¡Dios mío! ¡Qué miedo he pasado!–, exclamó temblando todavía y con signos evidentes de nerviosismo-. Muchas gracias, quienquiera que seáis, de verdad muchas gracias.

Nuño y Fernando no sabían que decir, estaban nerviosos por la adrenalina del combate, y miraban alertados por donde los lobos habían huido, con el temor de verlos regresar.

-Creo que me he roto el brazo, no lo puedo mover- dijo Nuño con los ojos envueltos en lágrimas por el dolor -. Se me está hinchando.

-Me habéis salvado la vida, os lo agradezco– dijo el muchacho acercándose a Nuño que se había sentado en un tronco partido.

-No son agradecimientos lo que necesitamos sino que no sea grave la caída de mi hermano– dijo Fernando volviéndose al joven.

Le pareció un muchacho de su edad, apenas unos diez años. Sus ropas eran valiosas, de vivos colores. No era alto, pero parecía más fornido de lo que desde abajo simulaba.

-Os ayudaré, le diré a mi físico que os socorra y ayude.

-Soy Fernando, y este es mi hermano mayor Nuño.

-Mi nombre es Pedro, hijo de Ansur, soy el conde de Monzón, viajo hasta el Castro de Xeriz– les dijo mientras extendía la mano para estrecharla en la de Fernando. Fue un gesto que no pasó desapercibido para los muchachos, que nunca habían tratado tan amistosamente con un conde.

-¿De dónde sales? Se supone que debes de rodearte de escuderos y siervos que te protejan–, inquirió Nuño incorporándose mientras se dolía del brazo derecho.

-Me detuve a examinar estos parajes, alejándome de mis hombres. Luego aparecieron estos lobos hambrientos que me atacaron. El caballo me tiró al suelo, y tuve suerte de poderme encaramar al árbol. Mis soldados me estarán buscando.

-Por poco no lo cuentas. Has tenido suerte de encontrarnos. ¡Ah!– gritó Nuño mientras trataba de mover el dolorido miembro.

-Os debo la vida, ¿y vosotros? ¿Sois de aquí?

-Nuestro abuelo es infanzón y entrena a los hijos del conde de Carrión y Saldaña- dijo Fernando -. Venimos con él y estamos también en Castroxeriz. Somos escuderos de los infantes de Carrión, que además son unos chicos maleducados y estúpidos.

Pedro Ansúrez rió.

-No está bien que habléis mal de vuestro Señor.

-Ya sabemos que no está bien, pero es la verdad.

-Ciertamente no nos tratan bien, y nos tienen envidia porque somos más diestros y buenos en las armas que ellos- dijo Nuño–. ¡Aaaah! ¡Me duele mucho!– exclamó mientras se le saltaban las lágrimas.

-Cuando lleguemos a casa que lo vea el abuelo. Habrá que recuperar los caballos– dijo Fernando dirigiéndose a Negrisca.

Negrisca y el otro caballo parecía que se habían hecho amigos. Negrisca se había tranquilizado ya, y agradeció que Fernando acariciara sus crines oscuras. Recolocó la grupa y tomó las riendas del animal acercándoselas a Nuño para que sujetara a la yegua con el brazo bueno.

-Voy a por el otro caballo. ¿Cómo se llama?

-Manchado. ¿Ves? Tiene un dibujo en la frente blanco.

Manchado era un caballo joven y fuerte, muy nervioso. Su color era también negro, pero tenía en la cabeza y en las patas unas manchas blancas que lo hacían muy hermoso. De crines sueltas, Fernando pensó que era de raza burgalesa, pero quizás estuviera cruzado con algún caballo sarraceno. Lo cierto es que nunca había visto un caballo con la cruz tan alta.

Se acercó Fernando por delante del caballo, de forma que pudo verlo perfectamente, sujetó las bridas y comprobó que el belfo del caballo seguía tenso. Le habló suavemente, y al punto erizó las orejas el animal manteniéndolas en tensión. Acarició su cuello, y cuando comprobó que el equino se había tranquilizado lo llevó al lugar donde el conde de Monzón y Nuño esperaban.

-Salgamos de aquí, espero que mi ayo y los soldados no estén muy lejos. Sigamos por la vera del río aguas abajo.

Montó Nuño en el lomo del caballo como pudo y con ayuda. Fernando dirigía al animal caminando. Pedro Ansúrez montó en su caballo, un animal con carácter, que todavía no gobernaba a la perfección su joven jinete. Sortearon los matorrales y adentrándose en el bosque abandonaron el lugar donde yacían los lobos, ya cortejados por varios cuervos.

Antes de volver al camino oyeron voces que procedían del grupo de soldados que buscaban al joven conde de Monzón.

-¡Estoy aquí!– vociferó el joven Pedro haciéndose oír.

Se acercó la mesnada del Conde, que estaba compuesta por unos cincuenta hombres, hechos y derechos, con mejor aspecto y apariencia que los caballeros de Carrión. Se mostraron afables con Nuño y Fernando, sobre todo cuando supieron que habían ayudado al Conde. Se aterrorizaron cuando pensaron fríamente lo que les podía haber pasado si hubiera muerto el Conde sin ellos y con manifiesta negligencia. Habían creído que su Señor estaba en la orilla del río, y que no se había alejado demasiado, y cuando comprobaron su tardanza, auguraron y lamentaron su mala fortuna. Por suerte el susto había pasado, y recuperaron el aliento para proseguir su accidentado viaje.

Ofrecieron a Fernando otro caballo, y tomaron la brida de Negrisca para facilitar a Nuño su caminar. Ayudó el barbero de la tropa con la lesión de Nuño, e inmovilizó su brazo con un cabestrillo de madera y tela provisional.

El conde Pedro Ansúrez, lejos de distanciarse volviendo a su lugar en la cabalgata, marchó al paso de los muchachos, pues quería seguir en su salvífica compañía. Les preguntó por la batalla, por el abuelo y por su familia. Les informó de la situación de la guerra y de las distintas mesnadas que sabía que se encontrarían en Burgos. Les pareció a los de Carrión un muchacho cabal y muy inteligente. Una persona digna de confianza. Les hablaba sin ofender el deber de confidencialidad que se supone en un conde, y les trataba como a semejantes, cosa que sorprendió tanto a Fernando como a Nuño. El conde Pedro era un niño agradecido, y eso se notaba en el trato que estaban recibiendo. Los soldados que acompañaban al joven Conde, parecían hombres más templados y prudentes, no eran tan arrogantes como los de Carrión, y eso era consecuencia del talante de su Señor.

Dedujo Nuño de las palabras de su nuevo amigo, que el joven Pedro no tenía padre, o si lo tenía debía ser muy entrado en años. Les contó el noble que acudía con su mesnada de Monzón; y que su castillo estaba situado al Sur, cerca de Pallantia, la ciudad episcopal. Su condado pertenecía al Reino de León, en el límite con Castilla, igual que sucedía con Santa María de Carrión, solo que más meridional.

Ansúrez pertenecía a una familia muy valiosa e importante de la corte leonesa. Contó a los muchachos muchas confidencias, que eran propias de los nobles más cercanos al Rey. Comprobaron que lo ayudaba en casi todas las labores su mayordomo, un hombre que cabalgaba con ellos, llamado Fernán, y que hacía las veces de tutor y de administrador de los bienes del joven Pedro Ansúrez. También les llamó la atención a Fernando y Nuño el acento, algo distinto al de los vecinos de Carrión y Saldaña. Era un habla más castellana y abierta, frente al leonés más cerrado de la montaña que habían aprendido de su madre.

Llegaron a Castroxeriz al atardecer. El abuelo estaba ya algo nervioso pero confiado en la buena estrella de los muchachos. Su gozo se truncó en lamento cuando vio que Nuño estaba lesionado. Ayudó a bajar del caballo al muchacho y examinó con detención la herida. No parecía grave, pero le llevaría al menos unas semanas recuperar el brazo, que debía ser inmovilizado, tal y como había hecho el médico del conde de Monzón. Para eso, lo mejor era sujetarlo al cuerpo con una correa, y evitar que se desplazara involuntariamente.

Cuando contaron al abuelo la nueva aventura con el conde Ansúrez, y la batalla ganada a los lobos; el anciano se mostró orgulloso, siendo más consciente que los muchachos del peligro que habían corrido. La suerte estaba de parte de ellos, habían salvado la vida, y además habían hecho buena relación con un conde, que les debía además un favor, el favor de la vida. Si era un noble como Dios manda, verían la contrapartida en no mucho tiempo, lo que iluminó el rostro de Pedro Díaz con una nueva sonrisa.

FRAGMENTO de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, del capítulo Segundo: Entre corderos y lobos.

Antologías y fragmentos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Los hijos de Pelayo. (I)

Este fragmento que he seleccionado de los Caballeros de Valeolit pertenece al primer capítulo de la Primera Parte de la novela. Confieso que lo escribí y reescribí varias veces buscando hacer buena literatura. Quizás por aquello de que lo primero que se hace siempre tiene que ser la carta de presentación, y más en una novela, lo he releído cientos de veces. Lo curioso es que me siguen gustando, muestran un tono y un ritmo sorprendente, usan un buen vocabulario y se alimentan de los personajes que presentan.

¿En qué pensaba cuando llo escribí? Quería presentar a los personajes, quería mostrar el mundo de la guerra en la trastienda de la vida cotidiana. La guerra era un oficio en el siglo XI, una manera de estar en el mundo como otra cualquiera, o mejor dicho, una manera de estar en el mundo más osada y arriesgada que cualquier otra. Y qué mejor que hacerlo a través de dos aprendices del oficio. En aquellos tiempos los muertos en una guerra se cebaban con los soldados, a diferencia del siglo XX y XXI, donde la población civil es la principal víctima.

Son las primeras páginas de una novela larga, que luego he dividido en tres partes, lo cual requería escribir con buen gusto y oficio.

(Fragmento primero tomado del capítulo primero: PROPUESTA Y ACEPTACIÓN) Pg: 13 a 17)

Primavera de 1054, Reino de León.

La primavera saludó a la villa de los Condes con una sonora bandada de aves migratorias que se dirigían hacia el sur. Eran patos que graznaban y parpaban con tal estruendo que hicieron que los muchachos alzaran la vista a las nubes. El cielo estaba despejado y el color azul del mismo apuntaba a un día espléndido que se tornaría más y más cálido con el devenir de las horas.

Nuño soportaba empapado en sudor una armadura de cuero fijada al cuerpo y atada con cordeles gruesos, inaceptables para una batalla contra los moriscos, pero adecuada para adiestrarse con el caballo. Montaba, a pesar de sus once años, una yegua burgalesa ligera y negra, y lo hacía con altivez y dignidad, quizás excesiva para un precario jinete de enjuta figura. Contrastaba su porte con el desgarbo del animal, entrado en años y marcado por su pasado guerrero.

A unos pocos pasos estaba su hermano pequeño Fernando, que con un año menos se entretenía en el manejo de una pequeña espada corta y recia con la que tajaba y sometía unas frondosas ramas de la vega del río Carrión. En tales mandobles intentaba que el hierro no se le escapara de su infantil mano. El abuelo de ambos los orientaba con gritos de ánimo y enmiendas repetidas.

Este hombre, de rostro arrugado y vestiduras envejecidas, mostraba un aspecto muy saludable. Sus ojos azules y su escaso cabello canoso pretendían una edad avanzada, pero no tanto como para que su figura quedara menguada lo más mínimo en dignidad. Sus ademanes eran seguros y firmes, procedentes de una vida anterior distinta a la que el destino le robara no hacía tantos años. El hombre no era propiamente un anciano, sino un hombre mayor con compostura y presencia, con gallardía y soltura en el manejo de las armas.

Se acercó a Fernando, y pidiéndole su espada le mostró visualmente y con el ejemplo cómo debía manejar y blandir el hierro. Sus movimientos eran suaves y constantes, diáfanos, sencillos y directos.

-Abuelo Pedro. ¿Ya puedo montar a Negrisca?-, preguntó Fernando señalando con el dedo a su hermano.

Asintió el abuelo, y en un santiamén cambiaron de ocupación estos tres habitantes de la vega del Carrión. El abuelo montó sobre la yegua no sin dificultad, y tomando la espada mostró a los chicos como debían manejarla sujetando las riendas y buscando en la potranca un trote algo más ligero. Pedro Díaz, dibujó un círculo amplio alrededor de los muchachos, que observaron la destreza y el manejo del que había sido patriarca de una familia noble y con un pasado de caballeros servidores de los reyes de León.

Habían sido otros tiempos. El caballero Pedro lo perdió todo en sólo una mañana de destrozo sarraceno. Una cuadrilla de combatientes fanáticos y ambiciosos dejó caer su maldad en la pequeña aldea leonesa donde vivían. La tarde aciaga en la que sufrieron el ataque sorpresivo de los moros dejó como resultado el establo quemado, unas pocas gallinas muertas y asadas, y humillantes risas muladíes. Si sólo hubiera sido eso, si no hubieran además matado sin necesidad la vaca, si no les hubieran obligado a arrojar los puercos al pozo, donde se ahogaron, hubiera podido tener una posibilidad. Pero no hubo piedad.

Aquellos depredadores se llevaron sus armas y herramientas, y arramblaron todo cuanto poseían los aldeanos para sobrevivir. Se quedaron sin nada, y ningún provecho sacaron de la fechoría más que el daño y la destrucción vana. Todo quedó sembrado de hambre y miseria.

A menudo la cabeza de aquel hombre de guerra daba vueltas al pasado, y se recriminaba a sí mismo con la jaculatoria: “si les hubiera hecho frente…”. Lamentaba su desgracia, aunque reconocía alrededor de una jarra de vino que nada hubiera podido hacer.

Por su pasividad conservó la vida, pues sabía por experiencia que el celo de las personas en la batalla les hacen transformarse en alimañas y en bestias sedientas de sangre. Se lo habían llevado todo, pero por suerte respetaron a las mujeres y a los niños de la aldea. Si hubiera intervenido nadie se habría salvado.

Tras aquella desgracia decidió asentarse más al sur, en Saldaña con su esposa Elvira y con sus hijos, donde un castillo los defendiera mejor de otras razzias moriscas. Eso hizo que los siguientes años fueran buenos, aunque no logró mejorar su posición social. Seguía siendo un hombre libre, pero sin hacienda. Con oficio pero sin ninguna posibilidad de mejorar.

La fatalidad volvió a golpearle cuando nació su tercer hijo, pues trajo la muerte de su hermosa mujer Elvira. La guerra, que había sido un buen medio de vida, ahora, con niños menudos y pequeños, propicios a la enfermedad y a la muerte, se convirtió en el anhelo y un suspiro para sus escasos ratos de ocio. Dedicó sus años más fuertes a sus tres varones, a los que alimentó con el trabajo en el campo y los educó como debía corresponder a un hombre de antiguo linaje. No pudo volverse a casar, y aplazó eternamente su sed de combatir con honor y fortuna.

Rondando la cincuentena se trasladó a la ciudad de los Condes, a Santa Maria de Carrión, con su segundo hijo Pelayo, con cuya familia compartía techo y hogar. Este varón suyo se había casado con una mujer sencilla y sin tacha, llamada Muniadora, cuyas aspiraciones más hondas, que compartía con su marido, no superaban el trabajar honradamente la herrería del lugar, llevando una vida sin riesgos y tranquila, rodeado de sus hijos, entre ellos Nuño y Fernando.

A pesar de los avatares de la vida, Pedro seguía siendo un hombre enamorado de las armas. Por estirpe era infanzón, que era el título que correspondía a un hidalgo de sangre y herencia. Estaba exento de pagar tributo de caballos y armas, y era en su jerarquía de valores un hombre de honor. Vivía su existencia con el celo propio de aquel que se está enfrentando permanentemente a la gloria que perdió antaño, y deseaba con todas las ganas del mundo despertar en sus nietos el amor al oficio de la caballería y las armas.

Exigía a Nuño y Fernando el tesón y la perseverancia que los convirtiera en hombres de palabra, honor, guerra y provecho. No escatimaba tiempos ni días propicios para que en el ejercicio físico y mental de la hipotética batalla pudieran Nuño y Fernando sobrevivir y destacar. Enseñaba de esta manera tretas, modos y estrategias; detenía el tiempo a su lado cuando contaba el desarrollo de algunas escaramuzas, y se jactaba mostrando cómo la agudeza que tuvo en otro tiempo le permitió mantenerse con vida y salir ileso de algunas contiendas. Sus nietos escuchaban con atención cuando su abuelo Pedro hablaba de estas cosas, y se embelesaban con sus palabras y su retórica como si las escucharan de un santo del cielo.

Les narró con detalle y esmero la batalla en la que detuvieron al terrible y fuerte moro Almanzor. Les contó que había servido de escudero a las órdenes de Gonzalo Núñez de Lara, un noble importante del condado de Castilla. Les hablaba de los Laínez o los González, como si fueran vecinos suyos, y se aplicaba en entretenerlos con historias de semejante sabor.

Los nietos escuchaban con devoción sus palabras cuando, cansados de ajetreo, se daban un respiro almorzando pan de centeno, vino con canela, y unas lonchas de tocino tierno y salado, que era con lo que cotidianamente mataban su gazuza.

Quería Pedro Díaz que sus nietos supieran manejar bien la estrella de la mañana, el escudo, la espada ligera y la lanza; pero además intentaba que conocieran lo importante que era salir bien parado de una escaramuza. Les advertía de lo mala que eran la precipitación y las pasiones en la lucha cuerpo a cuerpo, aunque no lo fuera para otros menesteres de la vida. Les guiaba en el arte de la equitación, que según les indicaba, era imprescindible para el éxito en cualquier contienda.

-El caballo debe seguir al jinete a la perfección, haciendo exactamente lo que desea el montador-, repetía insistentemente.

Eso se lograba no con cualquier caballo, sino sólo con aquel que hubiera sido domado por el caballero. El caballo era leal con su jinete, y el caballero debía respetar al animal. Los muchachos aprendían y se iban empapando del saber de aquel hombre por el que sentían verdadera admiración y orgullo, y tales entretenimientos llenaban de imaginación sus delicadas mentes.

Se consideraban unos privilegiados, pues era extraño que alguien mayor en dos generaciones pudiera vivir y tener cordura como para transmitir su saber. Si además se hablaba del arte de la guerra la suerte era doble. Su abuelo Pedro, además, tenía la gentileza de no ser violento con ellos, tratándolos bien, extremo que quizás no hubieran tenido siendo escuderos de un noble.

Aprendían, pero además se mostraban atentos y entretenidos haciendo algo que les agradaba sobremanera. Deseaban ser hombres de honor, ser respetados y admirados por los suyos. Soñaban con gestas y torneos en tierras distintas y lejanas. Ellos, que no habían salido apenas de los dominios de los Beni Gómez, deseaban viajar y ganar fama y admiración de los nobles, de los campesinos y de las mujeres. Por eso disfrutaban entrenando duro, aprendiendo un oficio que quizás nunca ejercerían, pero que conocían y deseaban con toda el alma.

 

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