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Vecinos solidarios y vecinos delatores.

La solidaridad se disfraza de delación, insultos y persecución cuando unos cuatro puritanos idiotas deciden acusar  y tocar la breva al resto de la humanidad a través del balcón, la ventana y el visillo. Lo han traído los aires de la pandemia: puritanos idiotas que se afana en insultar, acusar, y señalar con su dedo índice inmisericorde todo lo sospechoso; y lo que es peor, aburren a la policía y denuncian como nunca antes lo habían hecho a cualquiera que vaya por la calle sin coartada aparente.

Son lo peor de la sociedad. Son los que creen que las leyes son inmaculadas y santas, y que hay que obedecerlas siempre, aunque sean injustas. Son los que juzgan y condenan sin pruebas y lo hacen sin conocer la ley en sus justos términos. Aunque la ley diga que se puede salir a tirar la basura, ellos interpretan que hay que sacarla sólo cuando vas a comprar el pan, y así con todo. Por eso miran mal al que no lleva mascarilla en el supermercado, y vigilan al vecino cuando sale a pasear con el perro, no sea que se pase dos minutos más meando en la farola de enfrente. Aunque la ley no regule el tiempo que puede pasar un señor con su perro. “El estrictamente necesario” dirá la ley. Pues eso, los delatores idiotas deciden que “el estrictamente necesario” son los diez minutos que él cree que dice.

Es lo que tiene la sociedad contemporánea, que la maldad y la inquina aflora con todos sus pétalos, sépalos y tallos cuando los demás nos quedamos quietos y en paz. Estos imbéciles son los que durante toda la vida han repetido las consignas borreguiles de sus medios de comunicación favoritos. Son carne de dictadura y los responsables de que las sociedades totalitarias se levanten y construyan cada cierto tiempo. Estos vecinos son los que delatan a sus vecinos para así construir los miedos que necesitan las dictaduras. Cuando la gente deja de tener miedo a los delatores, entonces se caen los regímenes totalitarios y viene la libertad y la democracia. Ahora, en estos días se dictadura, se han venido arriba.

Ya dije hace unas semanas que el confinamiento iba a dar para mucho, sobre todo desde el punto de vista antropológico, y desde luego no me he equivocado. Están apareciendo nuevos estereotipos sociales como éste del delator, que representa lo peor de una sociedad herida por un gobierno que ha instalado un estado de excepción cuando pretendía convencernos de que era un estado de alarma.

Está saliendo lo peor, pero también lo mejor de nosotros mismos. Por eso, frente al delator lleno de inquina, al personaje inmisericorde que no tiene entrañas para comprender al otro, ni para ponerse en su lugar, está su antagónico: el misericordioso, el que hoy llamamos el solidario, que es el que se compadece, el que se pone en el lugar del sufrimiento del otro para sufrir, sentir y hacer un pequeño gesto, un gran gesto o arriesgar su vida.

Son la solidaridad encarnada, la misericordia con mayúsculas. Es el que se pregunta quién lo estará pasando mal, y decide ayudar al que está en soledad, triste o limitado. Son los que de verdad asumen lo del Evangelio, lo del amor al prójimo y lo de dar un vaso de agua a uno de éstos más pequeños. Son anónimos, pero son una fuerza invencible en nuestra sociedad.

Se disfrazan de vecinos pero son ángeles del cielo. Se ofrecen para llevar la compra a los ancianos del barrio, trabajan en Cáritas para abrir camas aisladas a los indigentes, y se ocultan también detrás de cuatro viejas monjas de clausura que tejen mascarillas sacrificando sus  escasos recursos y sus vidas. Son el sacerdote ese que le ofreció el respirador a su compañero de cuarto, y que murió. Son ellos, sí. Los que se sacrifican por los demás.

Hay mucha sociedad solidaria intentando hacer el bien, llevando el bien a los demás. Taxis que no cobran a los médicos, o personas anónimas que han cambiado la producción de su fábrica para hacer mascarillas, respiradores, guantes… Lo que haga falta. Llevan comida a las urgencias, alimentos gratis a los transportistas. Son muchos y son los mejores de nuestra sociedad. Están en los hospitales jugándose la vida y arriesgando lo que otros no son capaces de proteger a pesar de gobernar y de tomar decisiones. Son los que se protegen del virus como pueden, pero que están ahí, dando la cara porque es su obligación. Aunque también lo sea quedarse en casa.

Por eso, mientras algunos critican que qué hace la iglesia, los ricos, Amancio Ortega o el Rey; otros se dedican a mejorar la vida de los demás.  La sociedad del futuro los necesitará, porque son los únicos que de momento están venciendo a una cultura basada en el egoísmo, el individualismo puritano, el placer, la ignorancia o la media verdad, que es tanto como la mentira. Son los que en lugar de quejarse, convierten su vida en un testimonio de solidaridad.

Para vosotros va este aplauso; y sé que es poco: Plas, plas, plas, plas, plas, plas…

 

 

Pandemia y comportamiento humano. Una reflexión de antropología aplicada.

El sábado pasado bajé al supermercado a comprar lo del fin de semana. Lo hice algo pronto y me encontré con lo que muchos se han topado en estos días: decenas de personas con los carritos  hasta arriba de papel higiénico y pechugas de pollo. Muchos justificaban su actitud, “nadie puede decirnos nada” comentaba una señora mayor al caballero que le precedía en la larga y nutrida cola. “La gente se ha vuelto loca”, decían otros. El tema me hizo pensar.

El comportamiento humano necesita ser explicado, no sólo en su individualidad, como hace e intenta la psicología, por ejemplo. En mi caso, me interesa entender al ser humano desde su cultura y su comportamiento social. Por eso he desempolvado los estudios de antropología para intentar arrojar un poco de luz.

La primera sensación que se tiene es la de estar viviendo un hecho histórico. Era como cuando vimos en directo caer las torres gemelas el 11 de septiembre. Esta sensación se produce, básicamente porque constatamos la importancia del hecho inmediato desde una visión histórica. Nunca habíamos vivido nada igual, al menos en la realidad, porque seguro que nos han venido a la cabeza cientos de películas de ciencia ficción y de catástrofes donde algo parecido pasaba en el mundo.

A algunas personas les puede costar diferenciar la ficción de la realidad, y han sido muchos los que no han sido conscientes del problema hasta que no se ha visto recluidos en su casa, incluidos bastantes políticos y dirigentes económicos y sociales. Me ha sorprendido que en Valladolid hayamos tenido clase hasta las 14 horas del viernes, sin que casi nadie viera venir la gravedad del problema. Hace tan solo una semana nuestro mundo se colmaba de manifestaciones feministas. ¿De repente nos hemos caído del guindo?

Es evidente que no se ha querido ver la realidad, y que las personas idealistas son las que menos perciben la gravedad de los problemas dentro de una cultura. Por eso me pregunto quién domina en la cultura española, los realistas o los idealistas. No tengo una respuesta, lo que sí es claro es que el idealismo de nuestros gobernantes ha despertado de golpe cuando han visto que se moría la gente, y que España iba camino de sufrir la misma pandemia que en Italia . “Cuando las barbas del vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”.

Dentro de ese idealismo y de la incapacidad para ver la realidad están destacando los presidentes de algunas autonomías, y supongo que muchos de sus partidarios que todavía andan a vueltas con asuntos secundarios. Hoy me topaba con un meme que decía que si uno convive estos días con su maltratador que llame a no sé qué teléfono. Idealismo y nubes para no comprender en qué consiste la convivencia humana y familiar. Cielo e infierno a un tiempo.

En segundo lugar, es destacable el sentido de obediencia, incluso sumisión de los españoles frente al poder cuando las cosas se perciben graves. Los mismos que hace dos meses pedían con carteles que fueran respetados. Me refiero a los sanitarios. Ahora son aplaudidos todas las tardes desde los balcones y las ventanas. Esta sumisión y disciplina han llegado repentinamente en tres días, pues hasta hace dos días todo parecía cachondeo y risa al respecto.

Las culturas asiáticas son en este sentido, o así nos lo parecen, más disciplinadas y sumisas. Aceptan la autoridad sin oponerse, sin enfrentarse. En España, el mediterráneo, piensa de sí mismo que no lo es; como que aquí cada uno hace lo que le sale de los huevos; sin embargo,  cuando han hecho un llamamiento para que sea de otra forma, los españoles han reaccionado tomando en serio el virus. Los que hace una semana se daban la mano y plantaban dos besos sin pudor, ahora las lavan cada media hora y te saludan a tres metros de distancia. Si les ves, claro. ¿Que ha pasado?

Nuestra cultura está asombrosamente sometida y controlada por los Medios de Comunicación Social. El derecho a la información se ha convertido en una permanente vacuidad informativa. Lo importante no existe y abunda tanta desinformación como información irrelevante o mentirosa. Son tan aparentes los bulos como las noticias veraces, sin que buena parte de la sociedad las diferencie. Muchos están a merced de esos bulos sin que nadie pueda hacer nada, y sin que tengan capacidad crítica alguna para hacerles frente.

Es una sociedad acrítica, bastante incapacitada, y por tanto fácilmente sometida a control gubernamental. Es una sociedad muy cercana a abrazar un totalitarismo que les convenza. Por eso lo emocional es tan importante y fuerte para controlar a la masa acrítica. Hay que quedarse en casa, y eso es un gran acto de heroísmo, dicen constantemente.

En esta crisis también apreciamos un miedo cuya respuesta consiste en repetir comportamientos aprendidos en televisión y en directo. Es la mímesis. Si otros compran papel higiénico, yo también. Es la neurona espejo de los ungulados y rumiantes que salen corriendo cuando ven que otros corren. Basta con que unos pocos vean que falta papel higiénico en el super para que varios se animen a comprar de más. Por si acaso. Es la irracionalidad que domina el comportamiento, pero esa irracionalidad es alimentada por los medios que multiplican estos comportamientos. Cuando uno ve que es real lo qeu acaba de ver en su móvil, que se acaba el papel, entonces compra papel y alimenta más lo mediático. El miedo de unos pocos se ha convertido en la norma de conducta de muchos, lo que habla a las claras de una sociedad débil, estúpida y frágil. Además, lo hemos visto en cientos de películas americanas.

Es el mismo comportamiento mimético cuando se sale a la calle para aplaudir a los sanitarios. Los medios lo reproducen, y basta con que uno lo haga para que el resto se una en un gesto masificado. ¿Dónde queda la iniciativa personal? imposible sin el altavoz de los medios. Muchos aparentan ser únicos y especiales en instagram y en FB, pero en el fondo la masificación es hoy más agresiva que hace cuarenta años. Mucho más. España es un país muy manipulable, lo vimos el 11 de marzo y lo estamos volviendo a ver.

¿Qué argumento utiliza el colectivo para sufrir la reclusión en las casas? El discurso es el del heroísmo. Somos héroes y se nos pide que seamos héroes y que nos quedemos en casa. Por los medios han corrido memes hablando de que estamos en una guerra en la que se nos pide no ir al frente, sino quedarnos en casa. Es obvio que la influencia de los Medios de Masas está siendo crucial para lograr este sentimiento heroico y casi patriótico. Es la hora de morir como en Numancia, morir es no salir para que otros puedan vivir y no les contagiemos.. Ese alimento es necesario para que la gente no se salte el precepto, pues unas simples multas no van a hacer desistir a la población más joven, que suele ser más irresponsable y más idealista.

La cultura, ante este discurso irresponsable de “yo hago lo que me da la gana”, se está mostrando agresiva. Aunque sea lo que ellos mismos han hecho hace una semana. El cambio cultural y la influencia mediática está siendo determinante para modificar un comportamiento querido. ¿Nos salvará la obediencia? La gente piensa que sí, por eso acepta las nuevas reglas del juego.

Culturalmente aflorarán varios problemas no menos importantes que habrá que tratar más adelante. Es fácil ser un héroe el fin de semana, la pregunta es si podremos serlo cuatro semanas. Sin duda va a aflorar lo mejor y lo peor de nuestra sociedad. En este sentido, muchos lo toman como una oportunidad para rezar más, compartir más tiempo con la familia, etc. Pero intuimos que para otros, este estado de alarma va a ser un infierno…

 

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.