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La Divina Misericordia y Santa Faustina Kowalska

Reconozco que últimamente no leo demasiada teología , salvo lo imprescindible que necesito. En este sentido he estado releyendo a Gerhard von Rad, un teólogo del Antiguo Testamento, porque me apetecía reescribir algunos textos de la Biblia. Luego me he enterado que Gustavo Martín Garzo anda con una idea parecida, la de recrear el relato del Sacrificio de Isaac. Tampoco lo tiene fácil. Yo pretendía recrear el Pentateuco entero, pero bueno, ando limitado.

Lo cierto es que entre medias, y como por sorpresa, me ha llegado un libro curioso que he leído con gusto, me ha hecho detener todo (tampoco tengo fuerzas para mucho)  y que me ha ayudado a redescubrir el misterio de la Misericordia Divina. Casi nada. El libro se titula “La mensajera de la Divina Misericordia” de una autora polaca muy conocida en su país, llamada Ewa Czaczkowska, y cuyo subtítulo es Biografía de Santa Faustina Kowalska. Narra en sus páginas la vida de esta mujer Santa Faustina, y nos cuenta el origen de la devoción a la Divina Misericordia en la persona de esta religiosa polaca que vivió en las primeras décadas del convulso siglo XX. En este sentido es también útil para comprobar los sufrimientos y dolores de la nación polaca en el último siglo.

Si soy sincero diré que el libro no está demasiado bien escrito, y tengo la sensación de que los errores se deben más al traductor que a la autora, pero tiene algo que me ha agradado mucho, y es que la estampa, la imagen principal, la reconocía como una de las que más me llamó la atención cuando era joven.  La leyenda siempre me fascinó: Jesús, en tí confío; aunque creo que en castellano es más certero cambiar el orden de las palabras, JESÚS, CONFÍO EN TÍ. La razón es sencilla, en castellano las palabras más impactantes se ordenan al principio de la frase; lógicamente por orden de fuerza la primera es JESÚS, la segunda CONFÍO, y la tercera la dirección que ratifica la confianza EN TÍ. Simplemente eso. En castellano, el orden de los factores, sí puede alterar algo el producto. Tampoco es algo demasiado importante, pero he ahí mi granito de arena.

Tenía en contra del libro un prejuicio muy mío: que me ponen algo nervioso algunos libros sobre santos, básicamente porque dan la sensación de que no son seres de carne y hueso, y tal desencarnación me molesta, por ser poco cristiana. Si Jesús tomó nuestro barro para sí, me resulta algo exagerado que los santos se muestren como licuados en agua bendita. No me resultan reales, y me molesta, porque lejos de hacer un favor a la causa del santo, creo que lo distancia de una fe adulta que pretende dar razón de la misma.

A pesar que había algunos temores en su contra, el libro me ha dejado un buen sabor en el alma. Desgrana bien la vida de una mística que tal vez esté a la altura de los grandes místicos: Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Santa Teresita de Lisieux o San Ignacio de Loyola. ¿Por qué no? Además se profundiza en una cuestión teológica que pocas veces se suele estudiar y enseñar en las facultades de Teología, que es la misericordia y la divina misericordia. En realidad, formaría parte de la teología espiritual, una asignatura que se suele reducir a un curso, como mucho, de la carrera. Sin embargo, su importancia, por concretar lo que es el amor, bien merecería que se le dedicara más tiempo en los estudios.

En el libro se define con una intuición brillante lo que es la misericordia. El amor es la flor, la misericordia es el fruto. Excelente. Dios es amor, y el amor en acción se llama misericordia, por decirlo de otro modo. La misericordia extiende su mano, lo perdona, lo conduce en la vida, se desvela por él, e intenta despertarlo el sueño del agnosticismo. Dios se comporta con el hombre como una madre, como un padre coraje, como un amigo, como un protector, como un salvador. Todo es poco cuando se ama, y si Dios es amor, su principal acción es la misericordia. Desvivirse para que podamos vivir con Él.

El gran gesto de la misericordia que realiza Dios, es que el HIJO entrega su vida por el perdón de nuestros pecados. Nos rescata de la muerte y del pecado concreto y personal de cada uno, eso como poco. Jesús derrama su sangre, da la vida, y sufre una tortura por amor. Y ese gesto de misericordia, dar la vida por los amigos en un dolor gratuito y desproporcionado, es un misterio que no termina de ser comprendido por los que nos movemos en la órbita del “do ut des”. Jesús radicaliza su vida en un gesto aparentemente inocuo, pero es el gesto que define el amor que surge desde el dolor. Quien no se duele de los males y el daño de otro, es porque no lo quiere. Jesús (el infinito) se duele de nosotros, por eso su misericordia es infinita, y es Divina.

El cuadro lo dice todo: Jesús, confío en tí. Es el gesto principal que nos pide, confiar como un niño con sus padres. Confiar que nos dará cosas buenas, confiar que su voluntad es lo mejor para los dos, confiar para compartir… Me ha gustado, sí, me ha gustado. La mano de Jesús bendice, y de su corazón salen dos rayos: uno trasparente (el agua del bautismo) y otro rojo (la sangre de la cruz y la Eucaristía). La túnica blanca es la resurrección, y las marcas de la cruz en sus manos están visibles, tal y como las mantiene hoy.

La oración a la Misericordia es hermosa y muy sencilla. Tras un Padrenuestro, un Avemaría y un Credo, se rezan cinco veces, como si fuera una corona, con la siguiente oración:

Padre eterno, yo te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, por el perdón de nuestros pecados y los del mundo entero.

Luego se repite diez veces:

Por su dolorosa Pasión, Ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

 Se repite lo anterior cinco veces, y se termina repitiendo una oración sencilla tres veces.

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

AMÉN.

Quien lo rece, sentirá la mano de Dios en su alma, verá como el corazón se le ablanda, entenderá cosas que nunca hasta ese momento ha entendido. Confíen en la oración, y ya verán, ya.

¿Ha fracasado Dios con el hombre?

El interrogante me encanta, más que nada porque como presupone la existencia de Dios, pues así nos ahorramos discutir sobre el manido tema de la existencia de Dios, que me aburre y me da fatiguita como pocos, la verdad. El interrogante que propongo, más interesante, creo yo, es sobre lo que debe pensar Dios de nosotros, y si somos la especie humana una mierda pinchá en un palo, o unos tíos fantásticos capaz de crear arte y de enamorarnos de la vida.

El asunto, dicho con letras y tono teológico, nos sumerge a lo bestia en una cuestión antropológica central: ¿ha sido adecuada la economía de salvación para unos tipos como los seres humanos? ¿Se ha equivocado Dios con nosotros? ¿Se ha hartado Dios del hombre y está a punto de mandarnos a la mierda? Desde luego en la Biblia no faltan textos que hablan de un Dios que está hasta las narices de la humanidad, y que se arrepiente de habernos creado. Extremos todos con los que estoy bastante de acuerdo, porque además de que hay mucha gente que hay que dar de comer aparte, hay otro tanto de peña que nace para engordar y morir a lo bobo mientras engulle basura televisiva con menos criterio que una vaca viendo pasar el tren. Vidas insulsas, vidas egoístas, vidas desperdiciadas, vidas atrapadas, vidas ridículas y vidas que no vale la pena vivir. Ahí Dios podría hacernos un favor y mandarnos un meteorito de esos que anuncian en las cadenas americanas, y que nos descuajeringue en un santiamén.

Pero Dios, y lo dice la Biblia, tiene un rollo bastante mas misericordioso que el mío, que juzgo con saña a buena parte de la humanidad porque me parecen unos inanes y unos comebellotas. Realmente vidas aprovechadas no hay demasiadas, vidas dedicadas a amar a los demás, dedicadas a rezar, dedicadas a estudiar, a leer, a amar, a crear vida, a crear arte, a transformar el mundo desde los valores evangélicos, hay poquitas. De hecho, tampoco yo daría la talla, por eso me exijo hacer algo mejor las cosas, y por eso pido a Dios que perdone mis pecados, mis muchos pecados. Pero ¿qué sucede con el que ni siquiera pide a Dios perdón, el que lo insulta, lo vitupera, y ejerce ideológicamente contra él? Imagino que si ha dedicado su vida a echar una mano a la humanidad, pues vale. Dice el Vaticano II que se salva el hombre que lo busca con sincero corazón, el que está tras la verdad, el que ama la ciencia y quiere hacer de la humanidad un mundo mejor. Ahí Dios, no es que tire cohetes, pero supongo que andará más contento. ¿Pero qué hacemos con tanta gente que solo se quiere a sí misma, que es egoísta hasta el extremo, que es mala con avaricia, que machaca y trepa por encima de los demás y que es mala hasta consigo misma? ¿Qué hacemos con la gente mala? Desde luego aguantarla, pero, ¿y Dios?

Me pregunto cómo estará ahora el kilo de misericordia por el cielo, aunque creo, por indicios varios, que Dios no está precisamente satisfecho con nuestra evolución. Incluso muchos piensan que vamos a peor. Mucha gente cree que Dios ha bajado el listón, y lo que se exigía en cuanto a pecados hace unos años, pues como que ahora se exige mucho menos. Es un Dios más abuelo que padre, y ya se sabe que los abuelitos lo consienten todo a los nietos. Esto es igual que en el cole, que los niveles bajan, por todo el mundo hace como que no pasa nada. De hecho, algunos teólogos dicen que no hay ni infierno ni diablo, y así es todo como más light y más fácil. ¿Pero es real esto? ¿Sigue siendo Dios el mismo o está cediendo a nuestro coqueteo con el mal?

Sin duda, catastrofistas nunca han faltado en el mundo, aunque ahora la mayoría de esta panda sean ecologistas, y nos digan que el planeta se va al pairo por culpa de los pedos de las vacas. Pero catastrofistas en plan religioso como que se lleva menos en Europa y más en América, donde hay telepredicadores dando la paliza a todas horas. Esos sí que se merecen algunos azotes celestiales. Me pregunto qué psicoanalista tendrá Dios para aguantar a tanta peña plasta, y no exterminar a tanto malo de bote y tanto pesado sobrevenido. Sin duda es misericordioso.

El tema se podría deslizar a la inteligencia de Dios. ¿Es Dios un tonto que no se entera de qué va nuestra movida? Porque para mucha gente los buenos son tontos, y los malos listos. Dios sería así un patán desinformado, y su hijo un bobolicón que se dejó atrapar y matar. Evidentemente, ésto, así dicho, a la teología no le ha interesado un pimiento, porque se despacha rápido: Dios es tan omnipotente como misericordioso, omnisciente los siete días de la semana, y salvo que queramos quedarnos con un Dios light (o sin Dios y perdidos), tendremos que aceptar el misterio de Dios. Y es que con el tema de Dios hay que ser serios, así que aclaramos: no estamos hablando del vecino del ático, un tipo listo con barba blanca, sino de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Algo más complejo y más allá del primer entendimiento humano.

Yo creo que si Dios no nos ha exterminado ya, es porque es misericordioso. Porque es bondad y está esperándonos, igual que se espera a una novia que llega tarde, porque el encuentro final sustituye todo lo demás. La paciencia todo lo alcanza, decía Santa Teresa, y Dios es el tío más paciente del mundo, porque para aguantar a su iglesia, hace falta algo más que dos tazas de tila.

Desde luego es más paciente que yo, que habría mandado a un tercio de la humanidad a Mercurio a tomar el sol, y a otro tercio a Neptuno a pasar fresquito. ¿El tercio restante? Pues eso. Usted y yo pidiendo misericordia. ¿Nos apuntamos?

La misericordia del Señor, cada día cantaré.

MISERICORDIOSO COMO EL PADRE.

 

No suelo tocar demasiado los temas teológicos, pero me parece que la ocasión la pintan calva, y más que calva. La Iglesia, a través del Papa Francisco ha inaugurado hoy, día de la Inmaculada, el año jubilar sobre la Misericordia, y hay mucho que contar aquí y que reflexionar. Intentaré ser como las minifaldas: cortito, cortito, pero enseñando pierna. Ustedes ya me entienden.

Lo primero el logotipo: la imagen que han propuesto, creo yo que es una de las más sugerentes que he visto en la comunidad cristiana cuando trata de comunicar las cosas. Me gusta tanto que la he colocado, en inglés eso sí, en esta entrada. Lo describo por si alguien no se fija. Jesús lleva en hombros a un tío, un señor, con quien comparte un ojo. La oveja perdida del buen pastor toma cuerpo humano, no es un borrego (y eso ya dice mucho de lo que se piensa a veces qué es la gente), y en segundo lugar lo hace con los pies en la cruz. Cristo está con las marcas de la sangre en manos y pies. En el trasfondo hay cierta sugerencia de pantocrator. Cristo es todo, Alfa y Omega, está resucitado, y desde la espera de su segunda venida carga con nosotros, compartiendo parte de nuestra torpe mirada, y nos sujeta con la fuerza de su amor derramado en la cruz. ¿Se puede decir más en menos? Por supuesto es la imagen del buen samaritano que carga con el hombre apaleado del camino. Jesús es el buen samaritano, y nosotros los apaleados por los ladrones.

El problema está en el término MISERICORDIA, que es una palabreja poco sencilla, y con muchos matices, y no siempre bien entendida. Forma parte del acervo cultural de la iglesia, y estoy seguro que si se preguntara a la gente qué piensa que es la misericordia, encontraríamos respuestas variopintas, sobre todo entre los concursantes de Gran Hermano, donde seguro que alguno decía que era algo de los curas, otro de las monjas, y el menos avezado comentaría estar ante un tipo de moda rapera, o una ciudad de Méjico. Hay que explicarlo, y usar términos menos eclesiásticos, creo yo. Aunque también hay que decir, que el lenguaje es el lenguaje, y que tampoco pasa nada por decir “misericordia”. Pero hay que explicarlo, como Jesús los hacía en sus parábolas. Con la del buen samaritano sobran otras; y las que siguen son para entretenerse con teologías más conceptuales, para ampliar tema que se dice.

Misericordia se suele identificar con “compasión” que es “padecer con”, y que hoy traducimos por empatizar. Pero “compasión” creo que guarda más cercanía con el prójimo que “empatizar”. Compadecerse de alguien es revolverse por dentro, es indignarse y lanzarse. Implica actuar además de sentir, en cambio “empatizar” suena a frío, a psicólogo de laboratorio, a tío asertivo que llora en los funerales y se escogorcia en las fiestas sin cambiar ni de valores ni de vida. Compadecerse es identificarse con el que sufre, y eso es importante. La empatía parece algo de quita y pon, pero compadecerse de otro supone revolverse desde las entrañas más profundas, identificándose íntimamente con el sufrimiento.

El otro término que pensamos como misericordia es “perdón” y tiene sentido Cuando nos identificamos con el que sufre tratamos de quitarle el peso de las cargas que sobrelleva, intentamos aliviar su dolor, “perdonar” tiene algo que ver con eso, con aligerar el equipaje y la cruz que soporta el otro.

En hebreo, y la Biblia (AT) está escrita en hebreo, usaban dos términos para expresar esto: “rahamim”, y “hesed”. El primero, rahamim, indica una especie de ligadura de una persona a otra, una unión con otro de manera casi instintiva, y que el hombre tiene desde el seno materno. Es el cariño o la ternura más íntima, más familiar. Capaz por ello de perdonar incluso lo imperdonable. Lo que hace una madre con el golfo de su hijo, vaya.

El segundo “hesed” es más común, y lo hemos traducido al griego como “eleos” y al latín “misericordia” de donde procede la palabra castellana “misericordia”. “Hesed” expresa piedad, perdón, pero también fidelidad al otro y a uno mismo. Por eso el término misericordia, no es una exaltación de buenismo que ahora los cristianos recordamos para pasar el año entretenidos, sino que tiene una raíz profunda. La misericordia es un deber interior para el cristiano, una expresión de la fidelidad a nosotros mismos, una obligación en coherencia, que nace desde la entraña más íntima y que desplegamos desde la ayuda que pedimos a Dios. Ser buenos es hacer el bien, ser misericordiosos es escuchar el latido sufriente y doliente de los demás. Lo que anunciaba la Gaudium el Spes en su número primero: De las alegrías y las esperanzas, de los sufrimientos y las tristezas… (cito de memoria)

La misericordia, en el verso bíblico que preside esta entrada: LA MISERICORDIA DEL SEÑOR, CADA DÍA CANTARÉ, obliga al creyente a tener una especial atención a los miserables, los pobres que se dirigen a Dios pidiendo ayuda. Son los primeros sobre los que Dios extiende su mano, su protección y su salvación. Mendigos, transeúntes, parados, agobiados, entristecidos, enfermos, oprimidos de cualquier parte del mundo, sexo y condición son los principales favorecidos por Dios… La misericordia recae sobre ellos, por eso los cristianos que quieren vivir este año con ganas deben abrir su corazón, convertirlo en un corazón de carne, para sentir, pensar y vivir como lo hace Cristo. Cambiar ese corazón es algo fundamental en el año de la misericordia, porque implica CONVERTIRSE. Cambiar de mentalidad, de sentimientos y de forma de pensar y vivir. Ahí es nada, porque o nos descubrimos pobres, enfermos y necesitados, o no tendremos nada que hacer. La soberbia es lo más contrario a la misericordia, de hecho, el soberbio nunca siente misericordia por nadie. Exige a todos que sean tan estupendos como él, pero no logra entrar en la entraña del otro para sentirla como propia. Abajarse es lo que hizo Jesús, nos recuerda Filipenses.

¿Cuál es el modelo de la misericordia? Yo creo que hay muchos parciales (San Francisco, Gandhi y muchos otros) que nos pueden ayudar, pero creo que el único que realmente nos puede cambiar por dentro en profundidad, hasta mudar la entraña endurecida y darnos la vuelta como un calcetín, es Cristo. El Cristo que nos lleva en brazos, con el que compartimos un ojo, y el que nos conduce con las marcas de la cruz. María sin duda nos ayudará e intercederá por nosotros, como Madre de la Iglesia que es, en este año jubilar, ALEGRE, y gratuito que nos regala la Iglesia.

 

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