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Olvidos y descuidos en los historiadores de la Filosofía.

Me viene el tema de hoy por culpa de las clases de Literatura Universal que imparto en estos días ¿Por qué será que se le olvida al libro de texto mencionar al genial San Agustín y su libro de las Confesiones? Sin duda, es una de las obras más importantes de la historia de la literatura… La primera autobiografía, modelo de interioridad y psicología, modernidad de la obra, gran difusión cultural, etc. Pues se les ha olvidado, y me temo que es un desliz imperdonable. Saltan de Séneca a la Chanson de Roldan (mil y pico años de pértiga), y nos omiten a Boecio e Isidoro, al resto de la patrología, y a toda la lírica musulmana del medievo. ¡Señor, Señor! ¡Cómo están las cabezas! Con razón dicen luego que en el medievo había oscuridad. Tanta tiniebla como gafas de sol en los contemporáneos.

El caso es que la Historia de la Filosofía, y sus variadas propuestas intelectuales, no están menos perjudicadas de olvidos imperdonables, que casi siempre – casualidad digo – les entra la amnesia para las cuestiones relacionadas con la religión y la teología. Aunque hay que decir, que todo tiene su lógica, que como las primeras Historias de la Filosofía se hicieron en el siglo XIX, entre el romanticismo, el positivismo y la revolución francesa, pues claro, con las prisas y las modas del momento, se les coló el anticlericalismo que hoy prefiere el mutismo y el silencio (dictadura) a propósito del cristianismo en nuestra cultura occidental. Y estudiamos la HF, también en las Universidades, dando saltos de altura. ¡Qué remedio!

Como tengo la suerte o la desgracia de haberme aplicado con la teología en la Universidad de Comillas de Madrid y en la Facultad de Filosofía en la UNED, pues como que dispongo de cierta visión periférica de dos mundos y dos saberes fundamentales para nuestra cultura occidental. A los que añado el tercero del Derecho. Y el tema es curioso. La paradoja es que la filosofía desprecia a la teología, entre otras cosas porque desconoce sus contenidos, y la ignorancia siempre es lo más atrevido que hay. El caso es que la teología sí valora y aprecia la filosofía, y de hecho, en todas las facultades de Teología se estudia Filosofía como algo previo, imprescindible, necesario para comprender. Pero no al revés. Y en mi opinión, no estaría mal que la filosofía se dejara aconsejar por la teología de cuando en cuando, y estudiara el pensamiento teología, que son también ideas, algunas brillantes. Desde luego, se miraría menos el ombligo, y sería hasta menos infantil.

Los historiadores de la filosofía, decía, se han olvidado de muchos pensadores y muchos pensamientos. Incluso las propuestas francesas de hacer una Historia de las Mentalidades, o una historia de la Cultura, no siempre cuajaron con éxito en las Facultades o los centros de secundaria. Y es que, en mi opinión, la Historia de la Filosofía que plantearon los hegelianos en el siglo XIX, sigue siendo el modelo estructural de tales estudios. Y rezuma anquilosamiento, sobre todo cuando se sintetiza para la propuestas de la asignatura en Bachillerato.

La historia de la filosofía no puede empezar con los presocráticos. No, cuando en la misma época tenemos unos pensadores tan interesantes y sorprendentes llamados Isaías, Jeremías, Oseas o Amós. Todos ellos profetas bíblicos, que aportan una visión política y social que da mil vueltas a Sócrates y a Protágoras, que además de posteriores, no llegan a su altura filosófica ni a su crítica social. La filosofía política no empieza con los sofistas, es anterior y judía. Y por supuesto el nacimiento de la filosofía no es, de ninguna manera, el paso del mito al logos, que es la visión de lo que es la religión de los positivistas del siglo XIX, y la base del desprecio y la ignorancia de tantas generaciones de filósofos.

Tras el mundo helenista y la filosofía romana, digo en los planes de estudios de las facultades de Filosofía de medio mundo, saltan por encima con mil años de historia que no les sonroja. Ni una palabra de los padres de la Iglesia, ni San ambrosio, ni San Basilio, ni Gregorio de Nisa, apodado el Filósofo en su tiempo. Vaya por Dios. El único al que recuerdan, y casi dándote las gracias es a San Agustín, al que le quitan el san, para que sea todo más laicista. el siguiente pensador es Santo Tomás y para de contar. Un poco Averroes, y ale, a por Ockham.

Triple mortal con olvido de toda la filosofía medieval. Es el viejo desliz de la propaganda luterana, que todavía tiene su eco en Europa. El medievo es oscuro, y para que siga siendo oscuro, lo olvidamos y no lo estudiamos. Así son. Los grandes pensadores españoles de los siglos VI al VIII, San Ildefonso, San Leandro o San Isidoro son olvidados sistemáticamente. También Boecio, la literatura y el pensamiento místico musulmán, y demás. Se olvidan y omiten las construcciones medievales del derecho y de la teología de los siglos XII y XIII.

Y siguen con su alzheimer impregnado de soberbia.

Luego le llega el turno a la Escuela de Salamanca, donde los pensadores de la talla de Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y demás son ninguneados. Ni una palabra sobre los creadores del derecho internacional y del derecho de gentes. Ni una palabra sobre el pensamiento político, los derechos humanos que elaboran, la defensa y protección de los americanos (nacidos allí o aquí), la política nació casi con Locke, y desde luego, hasta Rousseau y la RF nada es digno de ser aprendido. En cambio nos meten al pastiche de Descartes por los ojos, olvidan al fantástico Espinoza, pasan de Leibniz que era el más culto, fragmentan a John Locke (para que nadie sepa que era liberal, o sea un fascista), y nada de Berkeley, que era obispo, coño. Deprisa, deprisa. Ni la mística de Santa Teresa, la genialidad psicológica (bastante más brillante que la de Freud) de San Ignacio de Loyola. Nada. Son religiosos, y a esa gente ni agua. La psicología se creen que la han inventado en el siglo XIX y todo, por eso no saben que hacer con Aristóteles y Platón. Y por supuesto, de San Ignacio es que ni han oído hablar.

En fin. A partir de ese momento, el pensamiento occidental está ya derrotado. Kant sigue sin ser entendido, Hegel y los que siguen hacen la historia de la filosofía que quieren escuchar. Terminan en la posmodernidad hablando del agotamiento de los relatos sin haber leído un solo de tales relato, entre otras cosas porque los relatos son bíblicos. ¡Vaya si están agotados los relatos, que mejor ni los estudiamos! Suma y sigue.

Recuerdo cuando daba Historia de la Filosofía, y preparaba a los alumnos para las pruebas de acceso a la Universidad. Estudiaban a Marx, olvidando a Hegel (su maestro), y se afanaban en comprender a Nietzsche con su anticristo alumnos que no sabían lo que era el cristianismo. Ahora igual ni lo dan. A fin de cuentas Nietzsche es muy incorrecto para la molicie mental que acumulamos. Y si no damos a Nietzsche, tampoco a los profetas… huy, esos eran patriarcado puro, oyes.

Reinterpretar la historia: un deber español gracias a IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA DE ROCA BAREA

Pocas veces un libro ha removido el intelecto a tantas personas como lo ha hecho el de IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA de María Elvira Roca Barea. Lo leí hace un par de meses, y esto no ha hecho más que empezar. El libro hay que recomendarlo a todos los amantes de la historia, los buscadores de la verdad, y los interesados en la política. Por supuesto, también los recomendamos a franceses, holandeses, ingleses e italianos que siguen creyendo las mentiras que ellos mismos inventaron sobre nuestro país; y no olvidamos, faltaría más, a las soberbias élites españolas que repitieron, y repiten, como papagayos durante los siglos XIX y XX las consignas difamantes de franceses, ingleses, holandeses, masones independentistas americanos y demás enemigos de nuestro país. Gracias a ellos España se odia a sí misma y está acomplejada, y no es difícil encontrar españoles avergonzados de sus pajas en ojos propios, olvidando las vigas de los óculos ajenos. Osease.

Cabizbajos hasta que leímos este libro, por supuesto. A partir de ahora, cuando me encuentre con alguien que me hable mal de España, le recomendaré el libro y le contaré que tenemos que reinterpretar la historia. Más que nada, porque seguimos bombardeados por documentales de la BBC y la francophonie que siguen erre que erre alimentando los viejos tópicos y las mentiras más burdas sobre nuestro imperio colonizador a sangre y fuego. Para más inri, nuestros libros de texto en España están infestados de tales mentiras y frases hechas que funcionan como coletillas estúpidas que nos obligarían a rehacerlos de arriba a abajo. ¿Empiezo? El último gran imperio europeo fue el español, y eso les duele. Francia no llegó, y los ingleses se conformaron con cuatro puertos francos dominados por sus comerciantes durante siglo y medio. Eso fue su imperio, por eso dicen que el nuestro fue casualidad y una mierda. Ya, claro. Y vamos y nos lo creemos…

Les duele porque las indias, o sea casi todo el continente americano, los Países Bajos o Napoles, fueron tan España como lo sigue siendo hoy Cuenca, Sabadell o Valladolid. Las españas, que se  decía así en plural, no montaron una metrópoli racista para saquear sus colonias. En realidad España no tuvo colonias, ni colonizó nada. España fue un imperio, y los imperios no tienen colonias, sino territorios y súbditos. Ni siquiera hubo persecución contra los indígenas, pues los mismos pueblos sometidos por los aztecas e incas pidieron ayuda a los recién llegados para acabar con el terrorismo de estado que soportaban. España llevó la civilización donde había genicidio, y llevó el catolicismo donde se practicaban sacrificios humanos, y lo hizo de manera ejemplar.

Las españas se organizaron en reinos, ducados y virreinatos, con garantías y con leyes. En los dos virreinatos, el Perú y Nueva España, se abrieron universidades, se asfaltaron caminos, se edificaron hospitales y se hicieron súbditos de la corona a sus habitantes, en igualdad de condiciones y derecho que el resto de españoles. El tradicional racismo europeo no existió en España, que por el contrario creó la raza criolla. Donde no se ponía el sol. Es curioso que los extremeños, esos que tanto ridiculizan los catalanes y los daneses contemporáneos, conquistaran a los pueblos genocidas de américa con intuición, capacidad, prudencia y valentía. Lo que otros no hicieron en su historia, sufren porque lo logramos nosotros.

No me voy a poner estupendo, porque no fue todo fantástico, aunque sí casi todo. El libro de Roca Barea no me pilla de nuevas. Para los que hemos estudiado un poco de todo, y mucho de algo, la historia siempre me ha resultado extraña y tendenciosa en las interpretaciones más aceptables por el común. ¿No han escuchado aquello de que la historia la hacen los vencedores? Lo cual significa que la historia la hacen algunos contra otros. Ni más ni menos. Unos intereses contra otros intereses. Y cuando se inventan aspectos de la historia para parecer unos más y otros menos, entonces es cuando entramos en la falta de honestidad, en la mentira burda, en la falta de escrúpulos, en el abuso contra la memoria de los pueblos. Como sucedió con el caso Galileo, por ejemplo; o con el caso Hipatia, recientemente reinventado como arma cristofóbica y anticlerical.

Cuando yo estudiaba, o cuando explicaba Historia de la Filosofía, me preguntaba por qué se daban los autores que se daban. ¿Por qué se empezaba la HF con los presocráticos? ¿Por qué no estaban los profetas bíblicos, que eran de la misma época, con sus ideas sobre la igualdad, la justicia o la misericordia humana y divina? ¿Por qué los padres de la iglesia, que fueron excelentes pensadores, habían sido eliminados de un plumazo de los libros de texto? ¿Ninguna mención a San Leandro o a San Ildefonso? ¿Por qué era el medievo del siglo XIII oscuro, si había más libertad de pensamiento y de ciencia que en siglos ilustrados? ¿Por qué eliminaron luego de la HF a la escuela de Salamanca del siglo XVI, cuando fue una de las más brillantes en el derecho de gentes y el derecho internacional? Daba la impresión de que era desconocimiento, pero hoy sé que no. Era producto de la mala fe de nuestros enemigos, y luego del papanatismo de los que presumían de afrancesados y modernos.

En resumen, por qué lo que estudié en la carrera de Derecho era desconocido en Filosofía, y por qué la Teología y sus importantes contribuciones al pensamiento occidental eran obviados y eliminados de los tratados de Filosofía política. Todo me pareció un misterio que he resuelto al leer este libro de la profesora Roca Barea. La respuesta clarifica: por odio a la verdad. Odio a todo lo que sonara católico primero y cristiano después, y odio a lo que fuera una contribución de los españoles a la cultura europea.

De hecho, eso explica que los españoles hablen mal de España, odien su patria, y sigan leyendo su historia con las gafas de la mentira, las gafas equivocadas que llevamos desde hace dos siglos. Voto a brios.

Lo que celebran los cristianos en NAVIDAD

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Se cuenta muy a menudo que la esencia de la Navidad no consiste en comer pavo, turrones, mazapanes ni beber vino espumoso, que no tiene que ver con el consumo ni la venta de gorros rojos, que no es exactamente estar todos juntos en familia comiendo, cenando ni desayunando, que no es todo eso. Y pocas veces se cuenta lo que es la Navidad, quizás porque la teología no es la asignatura más fuerte de nuestros colegios, quizás porque la abdicación contemporánea de la cultura religiosa esté dando los frutos que muchos añoraban, entre ellos la deconstrucción cultural y la ignorancia. Así que aprovechamos para entrar en teologías y espiritualidades, que no viene mal de cuando en cuando.

El término Navidad procede etimológicamente de Natividad, que significa nacimiento. Sin más. Los cristianos celebran en Navidad el nacimiento de Jesús. Lógicamente, su nacimiento no es ni significó lo mismo que otro nacimiento cualquiera, y la singularidad de la celebración está en el personaje, es decir, el que nació fue Jesús de Nazaret, que es para los creyentes el Unigénito de Dios, esto es, el Hijo Único de Dios, que es tanto como decir Dios mismo. Celebramos que nació Dios, el niño Dios. Y este acontecimiento es para la salvación del hombre y del mundo un paso significativo de Dios, propiciado por el Sí de un ser humano (la Virgen en su aceptación de la voluntad de Dios), que inicia una economía de salvación distinta a la gestada hasta ese momento. Dios no envía ya a los profetas, sino a su mismo y único Hijo: Jesucristo.

Decir Hijo Único de Dios es algo molesto para la soberbia de nuestro mundo, demasiado acostumbrado a codearse con lo divino en términos de que todos somos hijos de Dios y todos somos iguales, y con tal título algunos aprovechan para comportarse como si fueran hijos del diablo. La afirmación no es falsa, pues en verdad somos hijos de Dios, y Dios es Padre de todos. Somos hermanos de Jesús, pero nuestra relación con Dios no goza de la misma categoría que la de Jesucristo, cuya filiación es distinta a la nuestra. Esto lo aclara San Pablo utilizando un lenguaje muy juridicista pero muy interesante y preciso: somos hijos de adopción, dice en la carta a los Romanos. Y somos adoptados por Dios Padre precisamente porque Jesús ha extendido su relación filial con el Padre a toda la humanidad. Somos hijos por el bautismo, dirán los padres de la iglesia de los primeros siglos. Pero el Hijo Unigénito, el engendrado por Dios es el Hijo con mayúsculas, el mismo que se encarna en Jesús de Nazaret, y el mismo que hoy está a la derecha del Padre en el cielo con las marcas de la cruz. Porque recordemos, Jesucristo en el cielo no ha dejado de ser hombre. Lo cual equivale a hacer una afirmación prodigiosa: Dios es hombre, es hombre hoy también. ¿No merece esto ser celebrado? De hecho esto lo celebra la iglesia todos los días, aunque incida de manera especial en este misterio en el tiempo litúrgico llamado de Navidad, que se extiende desde el 24 de diciembre por la tarde hasta el primer domingo después de Epifanía (fiesta de los reyes).

Aclarado este principio, conviene centrarse en la natividad misma. El nacimiento de Jesús supone el reconocimiento de la humanidad de Dios. Es decir, el Hijo Unigénito del Padre, se encarna, y lo hace precisamente en las coordenadas de espacio y tiempo que necesita cualquier realidad para poder configurarse con la naturaleza humana: el espacio y el tiempo. Si viniera un viajero extraterrestre a nosotros no podría comunicarse con nosotros salvo que lo hiciera a través del espacio y el tiempo. Es la posibilidad previa de conocer que apuntaba Kant, la estética de la razón pura, pero es también la visión y la perspectiva de Heidegger, central para la antropología filosófica más actual, y más existencial. el hombre está limitado por el tiempo que le toca vivir, su circunstancia diría Ortega. Por eso, la encarnación de Dios es una especie de limitación, de pecado (apunta San Pablo), Dios se hace pecado por nosotros ( no que comete pecado, sino que asume nuestra limitación existencial), se hace mortal y contingente, limitado por la naturaleza humana y sus necesidades: comer, dormir, reposar, tener amigos, sufrir, enfermar o morir.

Si el hombre es el ser que está ahí, y está limitado por el tiempo y el espacio, dice el filósofo, podemos afirmar que para los cristianos solo es posible la encarnación en un tiempo y un espacio concreto y determinado. Dios no se puede hacer uno de nosotros si no adopta la categoría del tiempo y del espacio concreto. Es decir, Palestina siglo I. En un día y un lugar concreto. Pero tras la resurrección, la naturaleza humana de Cristo sigue existiendo de manera trascendida, ya no sometido a las limitaciones contingentes del resto de la humanidad. Es hombre resucitado, y el espacio y el tiempo funcionan de la misma manera que lo hace en Dios, no en la existencia reductora de los hombres. Dios nos salva así del pecado y de la muerte, a través de Cristo que se hace hombre, para que nosotros nos hagamos como Dios, dice San Ireneo en el siglo III.

Afirmar que Dios se hace hombre fue una brecha vírica para la cultura platónica y helénica donde fue dicho por los cristianos de los primeros siglos. Para los helénicos la trascendencia estaba radicalmente separada de la inmanencia, y no podía mantener ningún punto de contacto. El cuerpo y el alma estaban juntos en el hombre, pero no se mezclaban entre sí, permanecían separados, esencialmente separados. Por eso, la afirmación de que Dios se hace hombre sonó en el mundo grecorromano como un absurdo disgregador de la dualidad y del dualismo maniqueo tan sostenedor de una concepción del mundo dividida entre buenos y malos, entre cielos con formas, ideas y esencias, y tierras sembradas de materias, falsedades y groserías aparentes. El cristianismo, afirmando que Jesús era el Hijo de Dios, y Dios mismo golpeó de lleno en el centro mismo de las religiones;  y de hecho ninguna afirma que sus fundadores o santones sean Dios mismo, excepto el cristianismo. El dualismo cristiano reapareció por un contagio cultural en esos siglos de definición del dogma, pero realmente, el cristianismo rehace los valores grecorromanos desde su raíz. El matrimonio, considerado para el neoplatonismo como un pecado por reproducir la materia, será para los cristianos un sacramento, algo bendecido por Dios. Y así cientos de categorías culturales.

Entramos más adentro, y nos sumergimos de teología bíblica. Si Jesús es el Mesías que había de venir, y ese Mesías le hemos visto resucitar – así razonan los primeros cristianos y teólogos – entonces ha habido un momento primero en el que ese Mesías es engendrado, un lugar donde sucedió. Y  el espacio y el tiempo se convierte para el cristiano en un referente importante para su fe. De hecho, el credo rastrea la historia de la salvación en sus momentos históricos, precisamente porque son momentos salvíficos: fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, fue crucificado, muerto y sepultado… En este sentido, la festividad de la Navidad celebra que Dios se ha hecho hombre, por eso comprobar cuáles son las narraciones que rodean al nacimiento de Jesús son significativas para comprender el proyecto de salvación de Dios para con nosotros. Que nazca rodeado de pobreza, indica la forma en la que Dios se acerca a nosotros: con respeto y humildad. Que sea perseguido y signo de contradicción expresa la contradicción que supone ser profeta, cristiano, santo en el mundo y la sociedad. Que sea reconocido por la estrella, por los magos sabios, manifiesta narrativamente que es un acontecimiento cósmico, universal, bigbánquico. Que nazca de una mujer virgen expresa e indica que para Dios no hay nada imposible cuando el hombre está dispuesto y dice SI a Dios. Que nazca desde niño indica la debilidad del hombre.

Si imaginamos las escenas para contemplarlas a la manera que lo hacía Santa Teresa de Jesús (estamos en el V Centenario de su nacimiento), la invitación más clara sería la de acurrucar al niño, protegerle con nuestros brazos fuertes y consistentes, quizás porque están evocando los brazos de la cruz, que más adelante nos sostendrán a nosotros en la vida. Es la imagen de los sabios que esperaban al Mesías en el principio del evangelio de Lucas, sujetan y cogen al niño, mostrándonos el camino del cristiano para comprender a Dios. De lo contrario, no tendremos parte con Él, nos dijo cuando nos lavó los pies.

Los personajes reales de EL ANGEL AMADO

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Muchos de vosotros me escribís personalmente contándome que os ha encantado la novela de El ángel amado. Que entre las dos novelas que os ofrecía, la de “El ángel amado” respondía mejor al tiempo del que disponéis, que os reserváis “Los caballeros de Valeolit para veranos y largos periodos de descanso y ocio.

Pero que con El ángel amado habéis disfrutado, y eso siempre gusta a un escritor que pretende escribir bien y mejor cada día. Por eso no puedo menos que daros las gracias.

Se trata de una novela corta, de poco más de ciento cincuenta páginas, con un tema del que hay poco escrito, y con un tratamiento poco o nada convencional para lo que se puede encontrar en las librerías generalistas. Siempre he pensado, incluso mientras lo escribía hace ahora exactamente un año, que era una novela destinada no a cualquier público, sino a personas especialmente sensibles a la experiencia religiosa, que es lo que recorre la obra desde el principio al final. Una novela donde he recogido y plasmado con delicadeza algunas opciones teóricas de la exégesis bíblica contemporánea sobre las figuras nada sencillas del apóstol amado, de San Juan Evangelista, de los evangelios que hoy llamamos de San Juan, o sobre la Virgen María y las noticias que tenemos de ella tras la Resurrección.

Es una novela que se puede calificar del género histórico, de un periodo poco conocido, pues toda la historia se sitúa en las últimas y primeras décadas de los siglos I y II después de Cristo. El cristianismo está librando la incipiente batalla por la supervivencia como religión y como estilo de vida, y los personajes de ubican en ese periodo intentando vivir una fe judía en un mundo gentil.

Todo esto hace que parezca una obra difícil de leer, pero es todo lo contrario. Durante la novela descubrimos la vida de dos cristianos. Uno es Canus, un legionario romano sin futuro recién convertido al cristianismo, y Attalos, un cristianos mensajero, un correo entre comunidades cristianas, un verdadero ángel o mensajero. Entre ellos descubrirán la amistad en la prisión de Damasco, uno como preso y el otro como celador.

Canus es un personaje de ficción, pero no Attalos. Su nombre aparece en las cartas de San Ignacio de Antioquía, junto con muchos otros personajes de la obra: San Ignacio, Reo o San Policarpo de Esmirna. La mujer de la que se enamora en Esmirna también existió. Su vida es un recorrido por algunas comunidades cristianas de finales del siglo, donde se puede descubrir como verdaderamente sobrevivían y compartían la vida los cristianos.

Estos personajes los he querido respetar al máximo, y no he inventado nada que pudiera desdibujarlos de lo que sabemos de ellos por la historia, en algunos casos mucho y en otros poco. El mismo martirio de San Policarpo de Esmirna, que aletea en la obra, y que se produjo cuarenta años más tarde, ilumina la experiencia de fe en medio de la oscuridad.

Para esta obra he estudiado los textos originales, las cartas de San Ignacio, el Acta del Martirio de San Policarpo y muchos otros libros de investigación teológico-exegética, algunos de los cuales no me eran desconocidos cuando pensé en escribir esta pequeña obra, pues estudié teología hace ya algunos años.

Uno siempre piensa que lo que escribe pertenece a un mundo más amplio y más complejo que está detrás, en este caso me encantaría escribir unos “episodios eclesiales” donde, emulando a Pérez Galdós que no alcanzándole, pueda reflejar distintos aspectos de la fecunda experiencia religiosa de las personas. No sé si alcanzaré la meta, pero al menos he dado un primer paso con esta pequeña obra, mi pequeño Trafalgar, del que no he recibido de momento más que halagos y ganas de seguir escribiendo.

Gracias. nunca pensé que os agradaría tanto.

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