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100 millones de muertos en el libro “MEMORIA DEL COMUNISMO” de F. Jiménez Losantos

No suelo comentar ni reseñar ensayos ni libros técnicos en esta bitácora. No tengo costumbre, o mejor dicho no he tenido costumbre hasta el día de hoy.  Así que, sin más preámbulos, rompemos la tradición y apuntamos a uno de los hombres más odiados (por la izquierda, parte del centro y de la derecha españolas), de los más temidos (políticos y ganapanes de todo pelaje), y de los más amados (por librepensadores que es lo mismo que liberales): Federico Jiménez Losantos.

La ocasión, víspera del día del Trabajo, forma parte de esas casualidades que se producen en la vida. No lo he hecho a posta. Lo terminé de leer hace unas semanas, y después de dejarlo resposar levemente, me atrevo con él y con sus ideas. De entrada ya lo digo: el libro lo recomiendo a los de izquierdas que presumen de ser de izquierdas y que se sienten superiores moralmente por serlo. Os va a escocer, pero el vinagre siempre se agradece cuando se ha empachado con la grasa del cochinillo de la granja de Orwell. A los de derechas también les viene bien su lectura, es como terapia para acomplejados. El resto verá bien sintetizado lo que ha significado el comunismo en siglo y medio de discurso y revolución.

La obra es magnífica por su ambición, pero, en mi opinión, se queda corta ante la magnitud de los hechos históricos analizados. Realmente se necesitan varios tomos para exponer con detalle lo que Jiménez Losantos intenta en ochocientas y pico páginas (no tengo el libro delante porque se lo he prestado a mis padres). Se queda corto porque me hubiera gustado conocer con detalle las masacres de los Jemenes Rojos, los amiguetes de Pol Pot, por ejemplo, uno de los asuntos más inverosímiles de la historia del comunismo. Estos tipos se dedicaron a asesinar a los que tenían gafas por ser contrarios a la revolución. Veleidades de la izquierda para cambiar el mundo.

También me faltan explicaciones y comentarios sobre Corea del Norte, Angola o los Ceaucescu, entre otros. Reconozco que me hubiera agradado leer más de los Jacobinos y sus descerebradas pretensiones; pues son el germen del odio comunista de siglos posteriores.

El libro no encara estos problemas. Se centra y limita, creo que por falta de espacio y páginas, a analizar con bastante detalle la figura de Lenin, de Stalin, de la guerra civil española y sus personajes siniestros; del castrismo y sus víctimas; y finalmente de Pablo Iglesias y su ambición por destruir la democracia e instaurar un régimen de privación de libertades.

Escuchando al autor en internet – en las presentaciones del libro – tengo que decir que él mismo considera que es la obra de su vida, un gran ensayo producto de su persistente investigación sobre el fenómeno comunista y su impunidad ante el asesinato y la masacre. Su implacable maquinaria propagandística. Lo cual se ve perfectamente reflejado en sus páginas.

Jiménez Losantos pretende hacer memoria de las víctimas olvidadas, las que llegan a los 100 millones a lo largo del siglo XX. El libro es, por consiguiente, además de memoria, homenaje; y además de homenaje, llamada de atención a los lectores. El comunismo no está derrotado, y sigue siendo aplaudido a pesar de haber sido una ideología perniciosa para la vida de millones de personas, y para la libertad de muchos millones más. Una ideología que ha conducido al atraso, la pobreza y el hambre de sus supervivientes. Y a la tumba de los que no lograron superar el infierno.

Por desgracia, Federico Jiménes Losantos no se equivoca. Las maneras de este periodista, doctor en hispánicas, suelen ser abruptas y molestas para mucha gente. Es un periodista independiente, perseguido por la izquierda desde hace años y por la derecha acomplejada desde tiempos más recientes. En España, decir que escuchas a Jiménez Losantos y que te gusta su capacidad comunicativa es como lanzarte en brazos del oso. No voy a pedir perdón por ello, a mi me gusta. Y, por desgracia, Federico Jiménez Losantos suele tener razón. Donde otros sonríen y hacen chistes fáciles rezumando odio y soberbia, Federico habla sin tapujos y sin buenismo. Y también me hace reír. Discrepo a menudo, y me adhiero a sus ideas; como me sucede con muchos otros periodistas, escritores, filósofos… El libro es más grande que el personaje, lo cual es algo que honra sobremanera a Federico y a su deseo de comunicar la verdad.

El gran “pero” que tiene el libro, en mi opinión, es su redacción. En ocasiones me ha resultado apresurada su gramática, con poco estilo. Escribe mejor en el periódico. Los contenidos están bien investigados, la bibliografía es amplia, pero su estilismo (puntualmente) flojea más de lo que sería deseable. Tampoco creo que sea importante ni que enturbie el mensaje de MEMORIA DEL COMUNISMO. Da la sensación de que el material era muy abundante, pero su planificación para configurar un índice y meter la pluma ha sido más precipitado. No desmerece en exceso, pero se nota. O yo al menos, lector exigente, lo noto.

Para muchos de mis lectores y amigos, que conocen mis debilidades hacia la izquierda y el comunismo cuando era joven, no me queda sino echar mano del conocido refrán:

“Quien no es es de izquierdas cuando es joven es porque no tiene corazón; pero quien no es de derechas cuando llega a adulto, es porque no tiene cabeza”.

Pues eso. Por suerte, ya no soy de izquierdas. Demasiadas víctimas, purgas, gulags, robos y asesinatos como para pensar que las ideas y los hombres cambian el mundo. Por desgracia, eso significa que no soy tan joven.

¿Mi credo? El mundo lo cambia Dios y el amor al prójimo. Que tampoco sus seguidores.

 

Cien años de Unión Soviética. Revisar la URSS.

Pues sí, pues sí. En estas semanas se ha cumplido el centenario. Casi nada. Hace cien años y casi no ha habido fastos. Supongo que es porque nadie reivindica el legado de la tragedia, especialmente cuando se derramó tanta sangre y se cometieron tantas equivocaciones. Putin no está por la labor, y el comunismo está en proceso de reconversión publicitaria (como toda la izquierda). Pero seríamos injustos si no hiciéramos una lectura también en positivo de la historia, sin apasionamientos, y sabiendo que la Revolución Soviética duró 74, que se derrumbó por sí misma, sin que nadie le empujara, y que han pasado, nada menos que 26 años. ¿Por qué no?

La historia de la Unión Soviética se puede leer, en el siglo XXI, como la historia de un gran fracaso ideológico. Nunca una posición política concreta tuvo tantos adeptos, estudiosos y fanáticos. Y nunca triunfó una ideología con la vehemencia y la fortuna con que lo hizo el movimiento bolchevique en la URSS en 1917. Es verdad que aprovecharon la debilidad del zar Nicolás II durante la 1ªGM y que fueron capaces de crear una atmósfera de presión contra los liberales mencheviques, ganando temporalmente la partida, pero no lograron perpetuar su victoria siquiera cien años. El paraiso se derrumbó en tres generaciones.

Desde luego, si observamos el juego completo, el gran triunfador ha sido la postura democrática liberal, teñida de aires nuevos por el zar Putin. ¿Valió la pena derramar tanta sangre? Si hubieran triunfado los Mencheviques, quizás nos habríamos ahorrado unas cuantas purgas y genocidios. No sabemos que hubiera sido de la historia, aunque sí sabemos algo con certeza: habría sido distinto.

Lo cierto es que la revolución soviética fue posible gracias a la debilidad del poder establecido, del gobierno de los zares. Y esta es una buena lección de la historia: cuando los gobernantes son incompetentes, el vacío de poder que generan es ocupado por posiciones más firmes y autoritarias.

La similitud con la Revolución Francesa es fascinante. Luis XVI fue tan mal rey en la Francia ilustrada, como Nicolas II en la Rusia tardoabsolutista. Pagaron con la vida, y desencadenaron en los dos casos una guerra civil en sus respectivos países. En Francia la guerra civil tuvo vencedores puntuales que no tardaron en pagar con su misma sangre la osadía de querer ser grandes. La excepción fue Napoleón, que lo tuvimos que deponer el resto de los Europeos tras unos cuantos años de saqueo y chulería. La muerte del Zar, por el contrario, trajo una guerra civil primero y una estabilización de un régimen totalitario que se mantuvo durante 74 a sangre y fuego después. Cuando el poder no es fuerte, otros lo toman y lo ejercen para sus intereses. ¿Hay algún pontevedrés por ahí? Pues eso.

En la Unión Soviética se pusieron en marcha las ideas radicales del comunismo marxista, la izquierda tuvo su oportunidad. Por eso podemos hacer un juicio al comunismo como ideología, y descubrir sus profundas limitaciones y sus puntuales aciertos. Los que siguen siendo comunistas, y que prefieren no usar las siglas del comunismo deberían hacer una verdadera reflexión sobre la practicidad de lo que intentaron, y la debilidad filosófica y antropológica de sus planteamientos, para evitar volver a repetir los mismos errores. ¿Pablito, estás ahí con tu Monedero y Errejón querido?

Para mantenerse en el poder, los dirigentes soviéticos tuvieron que ejercitarse duro. Fue una carnicería. No los años de guerra civil, los iniciales de los años 20, sino en los años siguientes y siguientes, y los siguientes de después. Totalitarismo y dictadura ferrea. Y es que la democracia no es posible para los comunistas; por eso hablan tanto de ella, porque no creen en ella, ni saben lo que es. Ellos llaman democracia al totalitarismo ejercido por ellos, o sea el pueblo. Y eso no es democracia.

Si hay una tónica común en la URSS es que persiguieron desde el primer día a sus enemigos ideológicos, y así estuvieron hasta el último día. La época más dura de persecución fue la de Stalin, pero tampoco se andaban con chiquitas en la época de Andropov, o Jruschov, o Bresnev. Persecusión y falta de libertad hubo hasta que Gorvachov, 1986, accedió a la secretaría general del partido. Cinco años más tarde se derrumbaba todo. Comunismo y persecución son casi sinónimos, y es una pena que confirma que las ideas son más benévolas en los papeles que en la calle.

El gran éxito del comunismo, desde la perspectiva histórica, fue que introdujo el acceso de los servicios públicos y derechos sociales, como algo importante y generalizado para la humanidad. La educación y la sanidad eran el escaparate de que lo suyo funcionaba. Tampoco hay que olvidar que ya era un objetivo de los socialistas utópicos del siglo anterior, y por supuesto, siempre ha sido la pretensión de la socialdemocracia (izquierda rosa), o de los fascismos totalitarios (izauierda negra). Occidente y el capitalismo llegó a lo mismo cuando comprendió que era más rentable que los trabajadores tuvieran derechos y dinero para gastar, porque eso incentivaba el consumo y el crecimiento económico, que no que se murieran de hambre. Educación, sanidad, deporte, vacaciones pagadas y parques cerca de casa. Eso sí era el paraíso del pensamiento laicista que propusieron los comunistas. El capitalismo en occidente les ganó por la mano.

Desde la 2GM, en todos los países occidentales, se impuso la igualdad de oportunidades, los servicios públicos y la protección social. En una palabra: Estado Social de Derecho. La democracia de la igualdad. La socialdemocracia sustituyó al socialismo y al comunismo ideológico que pretendían la revolución como camino para conseguir lo que ya gozaban en el paraíso capitalista. Eran otros tiempos, y el capitalismo con reformas no era tan malo como lo habían pintado los comunistas, que no lo querían ni ver.

Esto nos sirve para poder entender por qué se hundió la URSS. En realidad no se cayó porque el capitalismo le hiciera frente. Se hundió porque dejó de ofrecer algo mejor a la humanidad. Cuando la sanidad se hizo pública en occidente, la URSS dejó de ser guay, porque ofrecía lo mismo, pero a cambio de perder la libertad. Un espejismo todavía inexistente en los países pobres, por cierto.

La URSS no fue un modelo de bondad, ni de respeto a los Derechos Humanos. Si hubiera ganado Stalin la guerra civil española, Franco sería ahora un alma querida y un héroe nacional derrotado, de esos que tanto nos gustan. La utopía suele ser necesaria hasta que se alcanza el poder, entonces es imprescindible ser realista, como bien le explicaron al Che Guevara cuando fue un nefasto ministro de industria en Cuba. O como pudo comprobar Ángel Pestaña en su famosísimo viaje a la URSS, de la que volvió impresionado.

Sin duda, el éxito sin paliativos de la URSS fue su capacidad para crecer económicamente durante los años difíciles del crack económico del 29. Se enfrentó más tarde a Hitler y lo venció perdiendo veinte millones de vidas. Si hay algo por lo que se puede admirar a Stalin, lo único me temo, fue porque venció a Hitler; y porque logró elevar a su país a la categoría de potencia económica a fuerza de sacrificios y sangre. Grandes recursos naturales, gran industria pesada, y poca industria de trasformación al servicio del consumo. Pero lo logró. Aunque dejara una contaminación brutal, lo logró, claro que sí. El pueblo ruso es más fuerte de lo que cree el resto del mundo, por supuesto.

Después de Stalin vino una lenta y agónica decadencia. Marcada por la guerra fría y por la estupidez de un sistema incapaz de mejorar la vida de sus ciudadanos. Alcanzaron su techo de éxito y terminaron resistiendo al mal, que identificaron con Occidente. La cultura comunista y su estilo de vida se quedó sin argumentos cuando llegaron oleadas de vaqueros y de objetos de consumo masivo. Resulta que los trabajadores oprimidos de occidente vivían mejor que los trabajadores protegidos del Estado Soviético. Tampoco fueron capaces de facilitar a sus ciudadanos la libertad que reclamaban. Y su sistema económico planificado fue un gran modelo de ineficacia, burocracia y corrupción.

Por supuesto, tampoco fueron capaces, a pesar de convertir su ideología en una pseudorreligión, de dar una visión trascendente al hombre. Sin más allá, y sin Dios, no hay sociedad que pueda perpetuarse, siquiera sobrevivir. Fue un problema secundario para sus dirigentes, algo que no comprendieron (la izquierda sigue sin comprender lo que es una religión), por eso la URSS se quedó vacía por dentro, y sin expectativas de eternidad ni de futuro. No pudieron ofrecer más que un presente de trabajo esclavizante a favor del Estado Totalitario, y muchos de sus ciudadanos fueron perseguidos y encarcelados por disentir, por querer otra vida, por aspirar a Dios. La URSS se convirtió en una cárcel inmensa, de la que no podían escapar sus ciudadanos. Un paraíso herido de muerte.

Cuando llegó Gorbachov al poder, cayó la URSS. Probablemente cometió muchos errores, porque es increíble que una superpotencia se derrumbara tan fácilmente. Pero así fue. En realidad no había nadie que quisiera seguir sacrificándose por su soviet, ni por su partido o por su sociedad liberticida. El pueblo ruso prefirió la libertad y la democracia. Aunque nostálgicos nunca hayan faltado.

Los demás pueblos soviéticos amigos prefirieron el autogobierno, lejos de la potencia rusa dominante. El comunismo fue capaz de unificar las repúblicas más dispares del mundo durante un tiempo; en ese sentido fue algo católico, universal… lástima que el cemento no fuera fuerte. Si la URSS hubiera sido una Unión de Repúblicas Socialistas Católicas, seguramente habría durado más tiempo y el Papa actual sería un ruso y no un argentino. ¿Quién sabe lo que hubiera sido mejor? Por si acaso, mejor no especular. 😉

Mamá, soy un fascista.

Se ha puesto de moda en el debate político faltar al otro diciendo que es un fascista. Como si fuera un insulto (ale, ya salio el fascista este). El problema está en que nadie se escapa, y hasta la izquierda más radical recibe insultos de la izquierda más antifascista, que los tacha de ser todos unos fascistas. O sea, en realidad todos somos fascistas en diferente grado de la escala rijter. Menos el último descerebrado, el gran puro y casto antifascista, que considera a la humanidad en su conjunto una falange miliciana toda ella a su derecha. Será manco, claro, ya que él es el único antifascista de verdad, y los demás unos fascistas camuflados.  Yo seguramente sea un fascista en grado 6 escala richter, pero los hay de grado 2 y de grado 9 dependiendo de si sacan la bandera española el día del fútbol, el día del Pilar o cualquier otro día. Desde luego, aquí hay tema para cortar, y mucho.

Al principio de los tiempos fascistas, los fascistas eran simplemente los italianos que seguían a un socialista reconvertido, cuyo nombre era Benito y cuyo apellido era Mussolini. Era el nacimiento de los movimientos totalitarios de nuevo cuño se caracterizaron por su socialismo totalitario reconvertido con una absolutización de la patria, la raza, la nación que es el pueblo y los milicianos con uniformes bonitos. En todo eso chocaban frontalmente con un enemigo artificial que se crearon, el comunismo y el marxismo de Stalin (que era su primo hermano); y con su enemigo natural que era la iglesia católica, siempre defensora de la prudencia, la mesura y el amor al prójimo. Pero como la iglesia no era suficiente enemigo natural, se buscaron el liberalismo y la democracia, que daba más juego, y que además tocaba poder.

Luego surgió el Nazismo, que era el fascismo en plan alemán. En lugar de Mussolini, tuvieron como dirigente a un tipo cetrino de brillante oratoria llamado Hitler. Y en lugar de amar lo suyo, se decidieron a quitarle al otro lo que tenía. Del amor a lo propio y del odio al prójimo debía haber un paso para esta gente. Y así, llámese judíos, gitanos, patria polaca o lo que fuera, se dedicaron a poner en marcha sus ideas machacando al resto. igual que Stalin, vaya.

Curiosamente, Franco nunca fue un fascista, sino un militar, que como todo el mundo sabe, siempre han sido muy admirados por los fascistas. Cuando llegó el momento la desenfundó, se cargó a la falange suplantándola (¡Franco el gran antifascista!) y los mezcló con los requetés, que eran los carlistas del siglo anterior. Para colmo, durante el franquismo, mandó gobernar a los liberales de la iglesia católica, o sea, a los tecnócratas con los pobres falangistas, que casi ya ni eran lo que había deseado ser. Sorpresaaaaa.

En nuestros tiempos, del fascismo no queda nada. Lo que hubo en Alemania lo barrió la guerra, y lo mismo pasó en Italia. Los movimientos de ultraderecha, en realidad no son más que gentes de ultraizquierda cabreada con los emigrantes y con sus ideas imposibles; los cuáles terminan, en un alarde de mosqueo y bronca, votando al primero que les prometa limpieza étnica por las calles, orden público y justicia social. Es el comunismo de Stalin  pero con otro nombre. Fascista, eres un fascista. El liberalismo, que es la base de la democracia, es precisamente el grupo político más acusado de ser fascista y malo, cuando precisamente son los más antifascistas de libro. Para estos insultadores, genios de la propaganda, un fascista es un anticomunista, y un comunista un antifascista. Por eso, si no eres comunista, eres, por definición, un fascista. Así que… todos somos unos fascistas. Incluso muchos comunistas son fascistas como no se anden con ojo.

El epíteto se extiende como el aceite en la sartén, y cualquiera te puede llamar fascista por cosas tan nimias como discrepar de sus ideas. Si no te gusta la ideología de género (totalitaria al estilo Stalin) eres un fascista; si permites la libertad de expresión para todos, puedes ser tachado de fascista, si te gustan los toros eres un superfascista, y si no reciclas las toneladas de plástico que te venden los fascistas eres otro fascista. Si sacas la bandera de España eres un fascista, y no la sacas eres un fascista camuflado. Estamos perdidos, porque la definición de fascista es: tipo que discrepa de otro que se considera antifascista.

En Cataluña, ya lo ha dicho la tipa esa de las cavernas, todos somos fascistas por ver la televisión española y no la teuvetres. Es fascista el Rey Felipe VI, y son fascistas los polis (en realidad son trabajadores) y los guardias civiles (son militares), y hasta la poli regional la pone de fascista según el día.

Como decía Churchill, los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas. Pero claro, que se puede esperar de Churchill, que como todo el mundo sabe es uno de los fascistas más fascistas del fascismo.

¿Por qué triunfan los populismos?

El asunto no viene de nuevas, desde hace unos cuantos años vencen en elecciones los que nos parecen a muchos los más mentirosos, los más fantasioso, los que dicen más tonterías por minuto, los más incoherentes, los más idiotas y los más lerdos, pero que por falta de contraste, en parte, y por otras razones, que ahora vamos a analizar, terminan llevándose el gato al agua.

Ganan las elecciones, y la peña se queda cariacontecida, asustada o lloriqueando directamente. ¿Pero cómo ha ganado este tío? Te dicen asustados. Lo que yo me pregunto es si alguien se mirar en el espejo; porque el triunfo de los populismos lleva funcionando en Europa desde hace bastantes lustros. Por lo menos se me ocurre desde que Napoleón III ganó las elecciones en Francia (en 1848) simplemente porque se presentó como pariente de Napoleón I, (otro iluminado en plan Hitler que pensó que se podía invadir el mundo a la fuerza). Francia de populismos sabe mucho, es verdad, y a las pruebas me remito, pero también sabemos mucho de lo mismo en Alemania, Rusia, España, Portugal, China, Japón, Corea del Norte, Gran Bretaña, Austria,… y por continentes la palma se la llevan en América del Sur y África. Cada poco tiempo surge un iluminado en la historia, un tío que promete el oro y el moro, y la gente se va detrás como los ratones con el flautista de Hamelín. Como los niños detrás de la música que tocan.

No hay que olvidar que el populismo es un fenómeno de la modernidad y la posmodernidad. Llegó con los nuevos vientos que trajo la Ilustración (uno de los periodos más nefastos de la historia), en la que se empeñaron en contarnos la falacia de que el pueblo era bueno y sabio (decía el vagabundo Rousseau), y que no se dejaba engañar porque era cantidad sabio y racional. Y claro, como es mentira, pues pasa lo que pasa. Que al pueblo le engaña cualquier mercachifle con cuatro ideas que suenen estupendas, incluso aunque no sean coherentes las cuatro ideas entre sí. El pueblo, ya lo decía Séneca, es una turba asquerosa, una masa lacerante para la filosofía y la inteligencia, estúpida y manipulable hasta decir basta. Aristóteles sostenía que el pueblo siempre elegía a sus representantes en función de sus intereses y de sus pasiones, por eso acaba degenerando la democracia en la demagogia. El prefería la monarquía como el mejor sistema político, cuya degeneración era la tiranía. Es curioso, que tanto D. Trump como H. Clinton, que son bastante parecidos en su afán por manipular a la peña, los veamos como rivales cuando apenas son basuras de distintos contenedores. En realidad no había mucho que elegir. Una representa el sistema que no funciona y está infectado de listos que se aprovechan del mismo y te venden la moto, y el otro es el antisistema de un tipo cuyo primer éxito a consistido en acojonar a Europa, para disfrute del ruso Putin.

El populismo tiene como principal caldo de cultivo la impotencia de una sociedad que se harta de ver incompetentes gobernando. Les han vendido que el mundo se arregla fácilmente. Que el pueblo tiene derecho a no sé qué cosas, y que esto se arregla rápido. Y no. Hay problemas en política que no tienen solución, y otros cuyo remedio es peor que la enfermedad. A veces no hacer nada es el mejor gobierno (no empeorar las cosas, por favor), pero eso nunca lo hará un populista. Siempre prometerá lo que la gente quiera escuchar, y la gente, por desgracia, está dispuesta a escuchar cualquier tontería que suene bien. Incluso aplaudirá a su líder aunque le suene mal, que es el colmo del populismo.

Profundizo un poco más. El populismo surge cuando se caen las ideas, las creencias y las convicciones profundas. En una sociedad agnóstica los populismos sustituyen a las religiones. Y en Estados Unidos, cuya religiosidad está dispersa y atomizada en la privatización de la fe, el populismo aparece como la salvación que las religiones no pueden lograr en el ámbito público. Kennedy fue un populista, pero B. Clinton, Nixon, Obama o Reagan también lo fueron. América necesita salvadores, y el presidente es lo más parecido a un superhéroe para ellos. Lo llaman líder, pero en realidad es una divinidad con fecha de caducidad. Una divinidad con pies de barro. Al menos sabemos que se largará en cuatro años, a lo sumo ocho. Gracias democracia.

Lo peor que le puede sucederle a una sociedad, y de eso las democracias tampoco son inmunes, es tener un populista tras otro, porque no hay forma de salir del agujero. Es lo que ha pasado en Argentina, en Venezuela o en Rusia con Yelsin y Putin seguidos. Se enquistan y parece que no hay forma de “desectarizarlo” todo. En España, el populismo lo despertó Zapatero y lo va a consolidar Pablo Iglesias, que es un ZP sin corromper y un Che sin escopeta. En cambio, la derecha en España no quiere populistas, porque ya tuvieron a Franco y saben bien que un gobernante no tiene por qué ser simpático. Que se lo pregunten a Aznar o a Rajoy, que caen mal hasta a los que les votan. Aquí el populismo vendrá de los perdedores de nuestra historia (izquierda y república), en cambio en otros lugares llega de manos de los  otros derrotados, como fueron los nazis en Francia, por ejemplo.

En Europa los populismos vienen teñidos por el color de la sangre y del pasado. Quizás por eso somos más sensibles y nerviosos a los lumbreras ajenos. Ya sufrimos a Hitler, un tipo que encandiló con su música a media Europa (sigue encandilando a muchos sin que lo sepan), o a Stalin, un psicópata que murió en la cama y que algunos todavía añoran y aclaman. El culto al líder. Normal. Es lo que pasa cuando se pierde el culto a Dios. En palabras de mi querido Chesterton: “cuando el hombre deja de creer en Dios, termina creyendo en cualquier cosa“. Pues eso, Europa es un ejemplo claro de rumbo errático en asuntos de política, que es lo que sustituyó básicamente a la religión cuando mataron a Dios. Por suerte, los valores que impregnan los derechos humanos, los que defiende Europa, siguen siendo básicamente cristianos. Hasta que los cambien por otros derechos tipo animalista transexualizado u otra cosa. Vamos camino.

Nuestra próxima “sorpresa” populista será Le Pen en Francia, igual que Siriza en Grecia, y en el futuro Pablemos en España. La gente tiene que creer a algo lo suficientemente deslumbrante, aunque sea estúpido. Algo que no recuerde la inanidad en la que vive, ni su vacío existencial, ni el errático devenir de su sociedad y cultura. Aquí estamos además, en España me refiero, bien adocenados gracias a los cuarenta años de dictadura educativa socialista, esa que ha impedido una Trascendencia con la que combatir el populismo. ¿Qué dices? ¿Qué están paralizando la LOMCE? Igual estaremos otros 40 años más, 80 en total. Aunque ya te digo, son contenedores con la misma basura. La LOMCE, la LOE, la LOGSE y lo que venga. Aquí estamos de populismo hasta las orejas y subiendo.

 

 

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