Archivo del sitio

Oficio de maestros: quererles, enseñarles y exigirles.

La frase no es mía. Pertenece a los viejos maestros, los de siempre. Los que saben enseñar, que suelen ser además, a los que nunca se les pregunta para hacer reformas educativas. A los alumnos hay que quererles, enseñarles y exigirles. Por ese orden y hasta el final.

La sentencia me la contó una profesora del IES Zorrilla de Valladolid, de la que fuí su alumno, y que luego coincidí en su año de jubilación en el mismo centro educativo. Recuerdo sus palabras precisamente porque hablábamos mucho de educación. Los viejos maestros y los buenos profesores escasean, en ocasiones abrumados bajo el peso de las nuevas pedagogías, esas que entretienen pero no enseñan nada. Por eso escuchar a los buenos maestros, los de antaño, es siempre una ayuda para cualquiera que pretenda dar clase alguna vez; suele ser un alivio para los que llevamos años en la docencia, colmados de dudas y rodeados de propuestas que no funcionan, pero que suenan muy bien para los que no han entrado en un aula en su vida.

El buen maestro lo primero que hace es querer a sus alumnos.

Dice Julio, otro maestro jubilado al que dediqué un poema que se ha hecho viral en la red, “Enmudecerá la tiza, pero no tu recuerdo”, que hay que pensar en ellos como si fueran nuestros hijos. ¿Nos gustaría que los atendieran bien? Pues eso es lo que debemos hacer los maestros y profesores. Quererlos como hijos, y exigirles y enseñarles como tales.

Estoy convencido de que es una buena vara de medir, un canon. Los que hacen reglas y normas educativas para los demás, pero no las aplican a sus hijos, es porque en el fondo no confían en que sean buenas de verdad. Es fácil organizar una educación consistente en entretener y divertirse, pero seguro que nadie la quiere para sus hijos. Por eso, querer a los alumnos es una manera de situarse en la educación de pie y con la conciencia limpia. Estás haciendo lo que debes, todo lo que debes y lo mejor para ellos. Probablemente no te lo agradecerán a corto plazo, pero no importa. Siempre hay alumnos que te contarán con los años un consejo bueno que les dijiste y que tú no recuerdas.

Es verdad que hay límites en quereles, y que no son realmente tus hijos. Hay rincones de su vida donde no podrás llegar. Fácilmente le dirías a muchos padres lo que podrían hacer para mejorar la educación en su casa; pero eres consciente de que no es fácil. Los maestros y profesores que tenemos hijos sabemos de lo que hablamos. Educar no es sencillo, y no hay profesor perfecto, ni padre perfecto. Por eso hay que ser condescendiente con los demás y exigente con uno en su trabajo. El que exige mucho a los demás, y poco a sí mismo tiene un problema consigo mismo y con los demás.

Yo parto de que todos los padres quieren lo mejor para sus hijos; por eso un maestro también debe buscar lo mejor para sus alumnos. Y lo mejor no es caerles bien, ni divertirlos, ni entretenerlos, ni aprobarlos porque lo diga la Junta, la inspección o su familia en pleno… Lo mejor es educarlos, enseñarles de la vida de los conocimientos que necesitarán para ser buenos ciudadanos, exigirles que den todo lo que puedan dar, y mostrarles que sin su esfuerzo no habrían llegado a conseguirlo. Esa es la labor de un maestro. Que cuando terminen, te digan: he conseguido aprobar, o tal o cual trabajo; y tú puedas decirles que te lo has merecido porque has trabajado y te has esforzado en ello.

Además de querelos en abstracto, hay que amarlos en concreto iluminándolos con conocimientos.

Deben aprender contenidos que les hagan libres, que les conviertan en personas que razonan, gente con cabeza y con criterio para la vida y para la sociedad. Por eso, enseñar es mostrar lo que ya sabe la humanidad. No inventamos el Mediterráneo con cada generación. Desgraciadamente, las nuevas pedagogías no siempre son eficaces. La pedagogía de aprender dice que los alumnos deben descubrir las cosas por sí mismos, pero si dejas a treinta muchachos en un aula durante un mes, descubrirán muy pocas cosas. La prueba es Gran Hermano, donde acaban refocilándose o  pegándose.

Enseñar es transmitir la cultura que hemos recibido. El maestro tiene magisterio, y es su obligación transmitirles lo que hemos aprendido y permitir que aflore en ellos la sensibilidad por el arte, por el saber, por la lectura, por las ciencias, por el hombre y el sentido de la vida.

Nadie da lo que no tiene. Nadie enseña si no sabe, y es que un ciego no puede guiar a otro ciego, porque los dos caerán en el hoyo. Esto, que es evidente, a veces no lo es tanto, sobre todo cuando aparecen por la escuela determinados “amiguetes” ilustrados de la educación. Administración y enterados que no han entrado en un aula en su vida. Es fácil encontrar profesguays tratando, por ejemplo, de impartir una educación sexual que ellos mismos no tienen ni se aplican para sí. Y lo mismo en otras materias: un arte que no impresiona, o un saber que no dominan… Acaban siendo una sal que se ha vuelto sosa.

Por desgracia, la administración educativa no es muy consciente de esto, y pretende convertir la escuela en un lugar donde no se transmita el conocimiento. Simplemente un espacio de convivencia (un patio de recreo donde todos aprueban) o un lugar donde sean competentes pero ignorantes. Que sepan leer, pero que no importe si no han leído nada importante en su vida. Eso no es educación, y esto no lo suelen querer cuando piensan educar a sus hijos.

Enseñar requiere atención, interés, ganas, esfuerzo, vigor, fortaleza y energía. Y aprender lo mismo. Nadie es educado si no quiere ser educado. Nadie aprende si el orgullo y la soberbia nubla su entendimiento. Cuando un alumno se cierra en banda, no hay manera de hacer que descubra el valor y la belleza de lo que se está perdiendo. Necesitamos al menos un resquicio, un intuir que no lo sabemos todo, que podemos aprender algo. Y que cuando lo aprendemos nos sentimos mejor con nosotros mismos. Es una pequeño reto cotidiano aprender algo nuevo y valioso cada día.

Esta es por desgracia una actitud que no siempre he encontrado en mis alumnos, de ahí que el trabajo nuestro haya consistido en abrir sus ganas. Los peores, para mi, son los alumnos orgullosos, los que creen que lo saben todo, lo que no necesitan de nadie y piensan que lo hacen todo muy bien y que lo razonan todo bien. Los mejores son, por el contrario, los que saben que no saben, y te piden que les expliques algo que no terminan de entender. Aunque nos estemos diez horas seguidas, lo terminarás entendiendo, chaval. Y cuando lo aprenden, les felicitas y las aplaudes. Ahora sí, muy bien. Lo has entendido. Y ellos se sienten orgullosos. Y no se les olvida en la vida…

La tercera parte del oficio de maestros consiste en exigir a los alumnos. Y ahí estamos en un momento donde el esfuerzo de ellos es la principal inversión de futuro. Lo has logrado tú, alumno, chavalote o chavalota, con tu esfuerzo y tu estudio. Nadie aprende demasiadas cosas divirtiéndose; se aprende con esfuerzo, con horas de estudio, con tiempo sobre los problemas, con repeticiones, con amor propio, con dolor de cabeza, con memorizaciones y con esquemas, con resúmenes, con copias y con comprensión. Y así llega el día del examen. Si el alumno lo da todo, el profesor siente que ha cumplido con su misión. Aunque el muchacho no apruebe. Si el alumno aprueba sin esforzarse, piensas que ya se estrellará más adelante. Y así suele ser. Los alumnos trabajadores llegan a cualquier sitio, aunque no sean los más rápidos ni los más listos. Los vagos e inteligentes no tanto. Es la vieja fábula de la tortuga y al liebre. Prefiero alumnos tortugas a alumnos liebres. Y como profesor y maestro, he de convertirme más en una tortuga dando clase que en una liebre.

 

Consejos de un profesor que educa a sus hijos.

El pasado septiembre cumplí 20 años dedicado a la profesión de docente, profesor, maestro y educador en Secundaria. Por mis manos han pasado cientos de alumnos. Sé que en muchos he dejado huella, y en otros no tanto. No son pocos los que me recuerdan cuando me los encuentro, y son bastantes los que me siguen por las redes sociales. Aprender de ellos es la mejor experiencia que uno puede tener, y enseñarles cosas que no estaban en los libros la mejor recompensa.

Quizás por ello me atrevo a dar unos consejos a los padres. Consejos que también me doy a mi mismo, pues educar en casa y en el aula forman parte de un mismo proceso de trasmisión de valores, saberes, emociones y energías. Los mejores educadores suelen ser los que no hacen gala de ello, ni ruido. Y sin embargo se les sigue recordando indefectiblemente durante toda la vida. Se parecen mucho al abuelo de la familia, que desde un rincón hace presencia y da ejemplo de vida. A una madre que abnegada y en el día a día consigue que el chico salga adelante.

Mi primer consejo para educar bien es dedicarle TIEMPO a la tarea de educar. Educar es costoso. Educar requiere tiempo y esfuerzo. Sé que es más fácil encender la tele para no oír al nene, y que es más sencillo darles una tablet para que se entretengan sin que nos molesten cuando son ruidosos y pequeños, y se aburren. Todos lo hemos hecho. Pero estoy seguro de que eso no es educar. Educar requiere esfuerzo y tiempo. Un tiempo dedicado a estar jugando, haciendo los deberes, viendo juntos una película, viendo un museo, viajando y hablando es educar. Comer juntos es más educativo que no verlos en todo el día. Los niños son pesaditos, y los adolescentes puede que más. Pero estar con ellos compartiendo algo más que el techo es un principio educativo. Los padres que están todo el día trabajando sin ver a los hijos, no los educan.

Es más, y añado un último apunte, cuanto más tiempo les dediquemos de pequeños, más SEGURIDAD adquirirán y más autoestima natural tendrán de mayores. Los niños que se educan solos, están llenos de inseguridades y de complejos, son egoístas y supervivientes. No se amoldan al cariño que les ofrecen y son incapaces de ofrecer cosas buenas. “Te he hecho la cama porque tú me has ayudado a vestirme”, me dijo el otro día la pequeña de forma natural cuando ví que lo había intentado. Se atreve a hacer algo bueno, y lo hace porque te quiere, porque te ve apurado. Porque se siente segura contigo.

Tampoco el tiempo compartido puede hacerse de cualquier manera. Educar consiste en ser un EJEMPLO para ellos. No se puede exigir a los chicos que lean, cuando no le ven a uno leer nunca. No podemos decirles que hagan deporte, si no nos movemos de casa. No les podemos pedir que estudien, cuando no tenemos ningún interés por aprender, ni por saber nada, ni por otra cosa que no sea el partido del domingo y envejecer con una birra en la mano. Este problema antes no se daba, pero es evidente que no tienen los jóvenes, ni los niños, buenos ejemplos, educativos ejemplos en los padres. Lo que ven en casa lo aprenden, lo toman como un modelo. Si los padres son adictos al móvil, es ilusorio que los hijos sean amantes de la lectura. No nos engañemos.

El debate sobre qué debe ser ejemplo, y qué no, dependerá de cada familia y del conjunto de valores que uno quiera trasmitir a sus hijos. Pero no hay que olvidar que si uno es egoísta con sus hijos, ellos lo terminarán siendo con los padres. A la larga tenemos las de perder. O las de ganar. Lógicamente, yo me muevo bajo el aroma de unos VALORES basados en el humanismo cristiano, pero esos valores secularizados también son válidos para todos: amor, perdón, respeto, reconocimiento, bondad, solidaridad, misercordia, escucha, observación, reflexión, servicio, esfuerzo, libertad, alegría, sensibilidad,… Educar consiste en trasmitir esos valores de una forma u otra. Hacer que sean algo más que buenas personas. Que sean ejemplares también para cuando tengan hijos.

El tercer consejo que puedo dar es que es imprescindible PONER LÍMITES y mantenerlos. No es necesario tener cientos de miles de normas. Ellos saben perfectamente lo que está bien y lo que está mal. Pero deben sabe que cuando hacen algo mal hay CONSECUENCIAS. Educar en responsabilidad consiste en dejar que cuando abusan de la libertad que se les ha concedido, respondan de la consecuencias, sean buenas o malas.

Si han aprovechado su libertad, y han actuado bien hay que reforzar ese comportamiento de manera que a ellos les mejore la autoestima y la seguridad. Creer en uno mismo es la primera tarea que debemos hacer los educadores, padres y profesores. Si por el contrario, su comportamiento ha sido errático y equivocado hay que hacerles ver el error, y en todo caso, independientemente de su interés por asumir las consecuencias, mostrarles las consecuencias.

Finalmente no hay que perder de vista que los padres son la AUTORIDAD, y la autoridad y el mando se debe ejercer con firmeza y con cariño. Sin doblegarse a las presiones, y sin machacar al contrario. Es así simplemente porque “soy tu padre y esto se hace así por decisión mía”. Sin ceder. Las casas donde los que mandan y se hace lo que quieren los hijos, son simplemente casas con niños maleducados. Es mejor estar colorado una vez que ciento amarillo. Educar supone aguantar el berrinche alguna vez. Si se cede al berrinche y a los caprichos del pequeño (o el adolescente) entonces ten la seguridad de que será maś cansado ejercer el mando la próxima vez.

Finalmente, educar implica MOSTRAR EL CAMINO, no recorrerlo por ellos. La vida de cada uno es de cada uno. Aunque se sea muy pequeño, nuestros hijos no son nuestros. Los educamos y les robamos la libertad mientras son pequeños, pero según crecen debemos aceptar sus decisiones, ayudarles a tomarlas responsablemente, empujarles a la vida sin miedo. Nuestros hijos son de DIOS, de la sociedad, de todos. Mostrar el camino supone decir que no muchas veces, para que luego sepan decir que sí cuando no estemos a su lado. Si les allanamos todos los obstáculos, les haremos blandos e incapaces. Es mejor que sepan superarlos por sí mismos.

Los profesores estrella.

La red está llena de buenos chistes sobre la educación. Estos de Manel Fontdevila son simplemente geniales. Y es que ahora se lleva mucho el profe estrella, en plan star system of beautiful. Los padres son los primeros que quieren que les den clases esos tíos con imaginación, buen rollo,… que lo mismo entretiene a un grupete de alumnos que se desvive contando chistes y dinamizando la clase para que nadie se sienta mal. Es la victoria del profe estrella, el profe guay, el profe que todo el mundo quiso tener, el que no enseña de manera ordenada, pero que paqué. ¿Para qué saber algo estructurado y ordenado, si la misma legislación  educativa es caótica en sí misma? Pues eso, nos van a salir tontos y con razón, y todo a costa de convertir a los profesores en animadores de aula.

En realidad la educación es otra cosa menos divertida. A nadie le gusta que se le recrimine la conducta, y a nadie le mola tener que decir las cosas que se están haciendo mal. Tampoco puedes estar diciendo cosas amables y buenas para animar siempre, aunque venga bien a todos, porque no siempre se debe ni se puede. Dar clase, y educar a niños y adolescentes, tiene poco que ver con ir de ocurrencia en ocurrencia, haciendo cosas ingeniosas para que disfrutemos todos de la vida. Se confunde aprender jugando (propio del jardín de infancia) con jugar para ver si aprenden algo.

La ciencia infusa no llega por mucho que pongamos películas, apliquemos jueguecitos y nos lo pasemos bomba. Eso está muy bien, pero no debe presuponer aprendizajes nuevos. Y es que para aprender se necesita esfuerzo, atención y constancia. Precisamente tres cualidades que hoy brillan por su ausencia en los educandos de hoy: poco esfuerzo porque han nacido en la cultura del bienestar, y aprender no es tan placentero para ellos como jugar a la play; poca atención porque no son capaces de mantenerla cuando está rodeados de estímulos constantes; y poca constancia porque se cansan rápido de todo.

En el fondo, lo que piden de verdad lo alumnos, es cierta rutina que les dé seguridad, para saber a qué atenerse. Luego, y solo luego, podrán romper la rutina para hacer otra cosa, que entonces sí, será valorada y divertida. Pero convertir la escuela es un parque infantil, con profes atracciones y divertimento sin control no educa a la gente, simplemente la entretiene y les engaña, porque creen que saben algo, cuando no saben casi nada. Esto hace daño a los alumnos, y deteriora la sociedad misma, que proporciona títulos a gente que no se lo merece. Se disfruta más de algo cuando se carece de ello, que cuando se tiene en abundancia; y divertirse es ese “algo”.

Educar tiene que ver con trabajar, con prepararse para hablar bien, con escribir correctamente, con no vocear a destiempo, ni pedir ir al servicio cada minuto. Educar tiene que ver con ser ejemplo, y el mejor ejemplo para que un alumno trabaje es un profesor trabajador. Puede ser divertido ver una película en clase, incluso instructivo, pero si el alumno no memoriza ningún contenido abstracto, no habrá aprendido nada. Se puede memorizar la tabla de multiplicar con canciones, pero como no se practique con cientos de ejercicios y multiplicaciones (deberes, sí deberes) pues no sabrán multiplicar. Los ejemplos motivadores son estupendos el primer día, pero al segundo y al tercero los alumnos se aburren. ¿Otra vez peli? Y es que el ansia por pasarlo bien y no hacer nada es infinito, y el trabajo y el esfuerzo de aprender es muy, pero que muy finito y limitado. Por eso, no hay que caer en la trampa de los profesores estrella, porque su programa de variedades acaba cansando y decepcionando; o está tan sometido a genialidades y cambios que termina estresando a los chicos. Además, cada alumno querrá hacer una cosa distinta según pase el tiempo.

Los mejores profesores que tuve explicaban bien, nos exigían, nos hacían currar y eran tipos agradables y cercanos. Ya está. Un profe que sea divertido no es un profe, no me va a poder exigir nada, y si me lo pide le contestaré con cachondeo, como el que me trata a mi. Un profe que me da conversación no me enseña nada, o casi nada. Puede ser algún día, pero si es la costumbre iré a un bar de tertulia, no a clase. En cambio un profe que me explica algo, mientras estamos todos en silencio respetuosamente, y luego me obliga a repetirlo, me está enseñando algo. Aunque me fastidie estar así, me está enseñando.

Ahora el sistema educativo premia a los profes guays que divierten a los chicos, y los padres están encantados de que sus hijos estén supercontentos con el profe ese. No saben lo que están exigiendo, porque los buenos profes son precisamente los que más hacen sufrir y trabajar a sus hijos. El problema será cuando vaya a la compra y no calcule la vuelta; escriba por whasap y no se le entienda; le hagan preguntas sobre la guerra civil española y la confunda con la guerra de la independencia. En realidad ese tema no lo estudió, vio una peli, mientras su profe le contaba lo malo que es el fascismo, y el chico hizo una redacción libre sobre el tema que le quedó estupendo. Le aprobaron para que las estadísticas fueran acordes a los deseos de un político que presume de reducir el fracaso escolar. Entonces la gente se lleva las manos a la cabeza. ¿cómo puede un universitario no sepa nada de eso? Es que pasaron de curso divirtiéndose, y no se quedaron con nada. Eso sí, son arquitectos, ingenieros,… con flamantes títulos y ninguna cultura. ¡Señor, Señor!

Por favor, ¡ponga deberes a mis hijos!

educación

La CEAPA, que es una asociación de cuatro amigos que dicen ser padres de alumnos en los centros públicos (donde si no), han declarado la guerra contra los deberes durante el mes de noviembre. Se nota que esperan buenas notas en diciembre, primer trimestre y evaluación; por eso, sedientos de ganas de disfrutar de sus hijos, se han lanzado a tontear con la educación de sus vástagos, y les han prohibido que estudien, que aprendan y que hagan deberes en casa durante noviembre. ¿Para qué está el cole? Y tienen razón, está para estudiar, aprender y superarse. ¿O estaba?

Dicen que son miles de asociaciones, la CEAPA, pero en realidad subsisten sin apenas representación en ningún colegio. Yo, tras casi 20 años dando clase solo he conocido a una señora que era de la CEAPA. En realidad era de CCOO camuflada, agente de género y estaba allí para decirnos lo que había que hacer. La señora tenía un hijo por algún curso, y se llevó un berrinche cuando tuvo que dejar de mangonear en el Consejo Escolar porque su hijito ya había crecido. Gracias a Dios se largó. En los demás siete centros donde he dado clase, nadie era de la CEAPA. Había padres más o menos normales que hacían un servicio estando en un Consejo Escolar que no terminaban de entender para qué servía, pero que con generosidad contribuían con lo que podían. Normal. Yo siempre he pensado que los padres tienen cosas mejor que hacer que meter sus narices en los colegios. Educamos a la vez, ellos en casa y nosotros unas pocas horas en el colegio (por las mañanas), hablamos con ellos de cada chico en concreto, porque cada persona es distinta, pero de ahí a que se metan en clase a contarnos lo que hay que hacer hay un abismo.

Los profesores intentamos doblegar los espíritus indómitos de sus hijos, y la mayoría lo agradece; pero siempre hay peña chunga con el tema de la educación, y se tienen que hacer notar montando la fiesta de la escuela laica (no respetan las creencias de los demás), y en este caso la fiesta de los “sindeberes”, que lo hacen para putear a los hijos de los que tienen carrera. Estos últimos son los que traen siempre los deberes hechos y razonan en una tarde más que los de la CEAPA en doscientos años. ¿Por qué se han metido en este berenjenal? Para mi que se aburren con Rajoy, porque como les ha quitado la reválida pues ya no saben contra qué protestar.

En el fondo, esta gente de la CEAPA hasta el gorro de sus hijos, y como no pueden con ellos, pues han decidido que para mejorar la calidad de la enseñanza hay que evitar hacer deberes a toda costa. Reclaman que quieren pasar más tiempo con sus hijos, y en lugar de quitarse del aerobic, de la champión y del sálvame, para jugar a la play con sus cabroncetes, dicen que quieren menos deberes y más fiestuqui. En realidad los deberes los hacen con sus hijos (es una forma exigente de pasar tiempo con ellos), pero claro, hacer deberes es un engorro, en cambio capullear con el angelito como si fuéramos adolescentes reproducidos sedientos de ocio y findes guays, pues como que debe dar más gustillo.

A nadie se le escapa que el mundo de la educación se ha convertido en un inmenso contenedor de despropósitos, por cierto, casi desde que la CEAPA existe. Los profesores tratan de hacer lo que pueden ante alumnos que cada vez saben menos y exigen más derechos. Los planes de estudios son tan deficientes como los que los hicieron, y es fácil que dar clase se convierta muchos días en hacer el capullo delante de los alumnos. Hay que contarles muchas necedades políticamente correctas (la que nos mandan), darles clase en un idioma desconocido (los bilingües), y simular que hacemos mucho cuando en realidad más de un día perdemos el tiempo mandando callar a cuatro sinvergüenzas que se pasan la autoridad, el orden y la disciplina por el forro. Dar clase en muchas aulas es un tormento, por eso, para intentar que aprendan algo más, o que se pueda reforzar la materia que a duras penas se da en clase, se inventaron los deberes.

Los alumnos de un aula son muy distintos, esa es la realidad, y los padres también. Hay padres que te piden más deberes para reforzar a sus hijos, porque verdaderamente están preocupados por su rendimiento. Los alumnos que hacen los deberes sin despeinarse y en cinco minutos son los menos, pero también los hay (cada vez son menos). Es verdad que esos alumnos no necesitan deberes, porque suelen ir muy bien, pero los hacen porque es su deber. Los hacen bien y rápido. La mayoría de los alumnos , tanto ordinarios como los etiquetados (piles, acnés, tdh y tda,… ) como empastillados por los psiquiatras (no es broma), necesitan reforzar con ejercicios los conocimientos, es una buena forma de asentar lo que se aprende en clase, de repasar. Además, les sirve para ordenar el tiempo de la tarde con el hábito de hacer “algo”, lo que será imprescindible para cuando tengan que estudiar exámenes. Lo lógico es que en una hora por la tarde o menos se hagan los deberes (en cualquier nivel otra cosa es estudiar). Hay chicos que tardan mucho en hacer las cosas, y necesitan más tiempo, porque se distraen; y otros que se distraen con una mosca. Precisamente a esos alumnos los deberes les vienen muy bien, porque en clase también se distraen con una mosca, un compañero o haciendo y diciendo bobadas. Si no asentamos los conocimientos no aprenderán las cosas, porque la ciencia infusa, hasta donde yo sé, es negada por la CEAPA. Aunque me dejo sorprender.

Es verdad que el mundo ha cambiado. Cuando los muchachos tenían jornadas partidas, los deberes eran menos, pero ahora, que hay menos horas de clase y muchas de tarde libres, los deberes son una manera de consolidar lo aprendido y hacer algo en casa.  Salvo que haya miles de actividades que hacer, que esa es otra. Creo yo que siempre será mejor un ratito de deberes (lectura, un problema, unos ejercicios… ) que ver la tele o jugar a la play toda la tarde. En los pueblos los chicos se van con la bici por ahí, o a la peña a no hacer nada más que perder el tiempo miserablemente; en cambio en la ciudad se sobrecargan con actividades extraescolares muy del gusto de los padres que presumen de hijos aunque sean unos tarados: kárate, danza china, piscina, baloncesto, inglés, cuenta cuentos o conservatorio, da igual. Muchos padres han jodido a sus hijos con cientos de actividades diarias, los estresan y los idiotizan, por eso cuando llegan a clase rinden menos y están más cansados. Otros están poseídos por los móviles, y otros cuando llegan a los once años se rinden ante la fiesta del alcohol. Ser padre no es fácil, pero si queremos lo mejor para los hijos, el primer deber será educarlos con lo mejor, no con lo más cómodo. Que mi hijo haga deberes en casa es menos cómodo y gratificante que irme con él al fútbol, pero hay tiempo para todo, y educarlos en la incomodidad (también a los padres) nos hace una sociedad más libre y adulta.

El otro día fue noticia, una chica de doce años falleció de un coma etílico por beberse una botella con unos amigos. ¿Qué de quién es la culpa? De los padres, por supuesto, que ni educan, ni se preocupan más que en darles todo lo que les apetece. Si esa chica hubiera estado en casa haciendo deberes en lugar de emborrachándose saltándose la ley, ahora estaría viva. ¿Demagogia? Sí, claro. Es lo único que nos queda ante la estupidez. Y la CEAPA, claro, enfangando la escuela pública de este país.

Estoy esperando que hagan una huelga contra el botellón de los sábados. Eso sí me reconciliaría con ellos.

Discutir con quien no sabe.

“NO DISCUTAS NUNCA CON QUIEN NO SABE”, así rezaba el consejo completo que he escuchado innumerables veces a mi padre. No discutas nunca con quien no sabe de algo, entre otras cosas porque es una pérdida de tiempo y acabarás cabreándote. Primero te mosquearás con el ignorante que cree que sabe de todo, y luego contigo mismo por entrar a trapo con un lerdo de primera división.

Esto pasa por culpa de la democracia, y me explico. La igualdad ante la ley, que reza nuestra Carta Magna, y que es uno de los principios de todas las democracias del mundo, ha traído consigo dos derechos que son fantásticos: sufragio universal, y libertad de expresión; pero que combinados y sin límites producen cientos de idiotas en masa.

“Un hombre, un voto, y todos los votos valen lo mismo”, es el principio del sufragio universal, pues bien, algunos creen que eso significa “un hombre, una opinión, y todas las opiniones valen lo mismo”. Y claro, no. El relativismo está bien para las clases de filosofía y para especular sobre si la verdad está arriba o está abajo, pero cuando te topas en la vida – o en internet que hay mucho de esto – con un ignorantón que te empieza a explicar lo que no sabe, entonces comprendes lo gilipollas que se ha vuelto la humanidad. Y lo atrevida que es la ignorancia, que es otro principio muy vinculado al anterior.

Hay que explicarle a la gente, y especialmente a las próximas generaciones, que no vale cualquier opinión, aunque todos valgamos igual, y que no es lo mismo razonar bien que hacerlo mal empleando falacias y mentiras piadosas. Hay que contarles que en el mundo hay cientos de mentiras que pululan por ahí con apariencia de verdad, de lenguajes políticamente correctos más falsos que Judas, que hay gente sectaria empeñada en que todos opinen lo mismo, y que nadie piense lo prohibido (la religión o la cultura).

Hablar sin criterio y sin capacidad para contrastar es muy contemporáneo, muy de los libros de texto de hoy, muy televisivo, donde no profundizamos nada porque no tenemos tiempo más que de soltar un eslogan gilipollas cargados de pose asertiva y buen rollito. Así está todo el mundo satisfecho en su ignorancia. Lo malo es que al creer que saben algo, en su estupidez, pontifican y discursean sobre lo que no saben.  Lo ha dicho la Radio, venía en el Pronto, o lo he oído pero no te sé decir que es como afirmar lo he leído no sé donde. Como si no se escribieran falsedades, y como si no supiéramos de donde vienen las opiniones estándar de una sociedad.

Decía el filósofo Sócrates, y es una de las frases más celebradas: “solo sé que no sé nada”. El filósofo ateniense presumía con esas sentencia de no ser como los sofistas, que eran los demagogos y relativistas de su tiempo. La gente de moda de entonces, vaya. Me recuerda a aquellas citas llenas de sabiduría de Revista: el sabio es el que sabe que sabe, el humilde el que sabe, pero no sabe que sabe; el necio el que no sabe, pero cree que sí que sabe, y el ignorante el que no sabe, pero sabe una cosa, y que no sabe. Esta última postura sería la socrática, y el único caso perdido es el del soberbio, el del necio, que no sabe pero que presume más que una mierda en un solar. Es con el que terminamos discutiendo de cuando en cuando con aquello que sabemos que no sabe, pero que se empeña en discutir.

Hay varios ámbitos donde he visto mucho esto: comunidades de vecinos y asambleas de profesores. En las comunidades de vecinos es muy habitual que la gente no sepa algunas cosas básicas. Por ejemplo, me encontré hace unos años con una comunidad donde un vecino (presidente saliente) había escrito el acta de la reunión antes de celebrarse la reunión. Y nos la leyó como si fuera una redacción de colegio. La gente protestó, no se hacía así. El hombre aprendió. Pero entonces vino el problema. ¿Qué hacemos con el acta de este señor, escrita en el libro de actas? La gente, y me atrevo a decir que no sabían casi nada de actas, aunque pontificaran mucho, empezaron a especular con arrancar la hoja, con tacharla con típpex (lo siento señores de la RAE, pero no encuentro otra palabra mejor), o con pegar el nuevo acta en blanco encima para luego escribirla. Todo eran problemas y todos daban soluciones bastante providenciales, más ligadas a las buenas intenciones, que al conocimiento. Era evidente que el refrán de que el sentido común es el menos común de los sentidos cobró todo su calado. Fue entonces cuando me entró el ramalazo jurista, y desempolvando lo poco que aprendí en mis años mozos de Derecho expliqué una obviedad: se tacha lo que está mal, y se sigue escribiendo debajo. No se puede tocar, ni estropear ni modificar un libro de actas, ni arrancar hojas, ni hacer todas las tonterías que se decía, algunas poco prácticas. Se pone una raya, se dice que lo anterior está anulado, se firma por el presidente y el secretario y en paz. Tuve suerte y nadie lo discutió.

Pero las cosas no son tan fáciles en otros ámbitos donde la soberbia crece como las setas en otoño, y siempre surge de donde no te lo esperas. Me refiero a las asambleas de profesores. Sean las que sean. Puede ser claustros de profes, comisiones de coordinación pedagógica, reuniones de departamento. Da igual. Los profesores –  cuerpo al que pertenezco – es uno de los colectivos de la función público que más desconoce la ley. Si hicieran una auditoría con preguntas de derecho a los funcionarios, los más incapacitados serían los profesores y los maestros. Suspenderían el informe PISA en materia de Derecho.

Todo funcionario está obligado a estudiarse y aprenderse las leyes que rigen el procedimiento administrativo, especialmente en el ámbito de su especialización. Sabe como se organiza la administración, y entiende un mínimo de Derecho, entre otras cosas porque siempre está con ello a vueltas. Pero en los profesores no, y es comprensible aunque no lógico. Un profesor, por ejemplo de historia, de matemáticas o de inglés, no tiene porqué saber Derecho Administrativo, y es razonable que intente aprender lo que no sabe haciendo cursillos (por cierto no ofertan de estos ninguno más que para directores y equipos directivos, ¿por qué será?), o que deje la labor y la tarea respondiendo un simple: no lo sé, y me fío de lo que diga alguien que sepa Derecho. Lo malo es cuando la soberbia ciega los ojos y no se ve más que lo que a uno se le ocurre. ¿Sucede en otros colectivos y gremios? Imagino que sí, por hacer verdadero aquello de que en todas partes cuecen habas.

Los profesores, supongo que porque están acostumbrados a pontificar mucho, tienden a ensoberbecerse con las cosas que desconocen, quizás porque tienen cierta autoridad sobre los alumnos, que todavía saben menos que ellos en las materias que dominan. Pero en las que no dominan no. Y así, en cualquier asamblea de profesores terminas escuchando aquello de “la ley dice” puesta en boca de un señor que ni sabe Derecho, ni desea conocerlo, ni tendrá posibilidad nunca de aprenderlo salvo que se matricule en la carrera. También he visto casos recientemente donde se prefería no saber lo que decía la ley para seguir haciendo lo que a uno le venía en gana. También muy común en nuestro país.

Lo curioso es cuando preguntas que qué dice la ley, y dónde lo dice, entonces te asombras, porque te das cuenta de que o no lo han leído, o no entienden el lenguaje jurídico y han interpretado justo lo contrario de lo que la ley parece querer decir. (Que esa es otra, la incapacidad redactora de los que hacen las leyes).

No me cebo en los profes, que de todo hay, y me paso a internet. En un grupo de Facebook dedicado a las lecturas que hace la gente, aparece de cuando en cuando el tema recurrente de las faltas de ortografía y el respeto hacia los demás. Es curioso y generalizado que el que recrimina a los demás las faltas sean tachado inmediatamente de pedante y de pelmazo. Supongo que así los que escriben con faltas se sienten mejor. No suelo yo decir a nadie sus faltas cuando escribe, y más por educación con gente que no conozco, pero reconozco que algunas opiniones adolecen, por culpa de las faltas, de la autoridad que yo les daría si estuvieran correctamente escritas. La típica frase de “como dijo el quijote, con la higlesia emos topado Sancho”, me hace pensar que el que lo ha escrito sabe del Quijote, de la iglesia y de Sancho tanto como yo de chino mandarín.

Me indigna algo más que haya escritos de carácter público con faltas de ortografía. Porque una cosa es que haya personas que no sepan escribir correctamente por culpa de un deficiente sistema educativo, y otra que públicamente la administración manifieste, por culpa de alguien, su ignorancia. Para mí, no hay nada más penoso que una carta de un centro escolar a un grupo de padres, donde haya faltas de ortografía, (no me meto con el signo “@” de imposible pronunciación, pero que tanto gusta a mucha gente superasertiva y correctísima con la estupidez de quedar bien); o un Reglamento de Régimen Interno con faltas, o un telediario donde los titulares estén incorrectamente escritos, o una notificación administrativa, del tipo que sea, con faltas de ortografía.

Hace dos cursos estuve discutiendo con un grupo de alumnos sobre si la palabra “fe” tenía acento o no. Les dije que no, que era monosílabo y los monosílabos no se acentúan. Dio igual, se lo habían dicho la de lengua, me decían los chicos, por otra parte, muy deslenguados. Supongo que seguirán poniéndola erróneamente. Luego se quejaban de que les quitaba puntos por faltas de ortografía, que es tanto como pedir al profesor que olvide que tiene que enseñar algo, y corregir las deficiencias de aprendizajes mal hechos.

Lo que no sé es porqué discutí nada, y es que cuando menos se lo espera uno se encuentra de nuevo enfrascado en discusiones que no debería tener. En este país donde todo el mundo sabe de fútbol, y le dice a Del Bosque, o a Mouriño, o a quién sea lo que tiene que hacer, lo de las comunidades de vecinos y la ortografía es casi una anécdota, lo menos malo. Siempre positifo, nunca negativo, que dijo aquel holandés enfadado que estuvo por aquí una vez… Para el próximo curso prometo no discutir, y menos si sospecho que mi contertulio sabe menos que yo.

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.