Archivo del sitio

Cuando se acaba la vida y se muere en soledad.

Aquella mujer fue trasladada de su casa al hospital por un equipo de extraños. Fue apenas un soplo de fiebre y un agotamiento en la voz. Dos toses de pecho y la certeza de convivir con el peligro que da tener un comercio de alimentación, y un hijo en el hospital con turno de noche.

Apenas pudo despedirse. Quizás te ingreses, puede que no sea nada. Llévate el móvil. Pero tenía escrito el miedo en el asomo de sus ojos marrones. Color café, tras el sendero de las gafas de ver. Habrá que cerrar, que remedio. No pasa nada. Lo importante es la salud. No añoraba el café de mitad mañana, el que le traían al comercio, para no perder un instante de mañana cuando se olvidaba. Ahora lo añoraba todo cuando escapó en una ambulancia que más parecía estación espacial que orbitara la luna que lugar para recuperar la salud.

Marido e hijos. Allí quedaba la familia todavía por construirse el futuro. El pequeño sollozaba, pero ella le dijo que no era nada. Que en cuatro días volvería, aunque nadie supiera con certeza el día que tal cosa sucedería. En unos días volveré, pensó. Y así lo dijo. Preocupación en su marido y ansiedad en los medianos. Cerró los ojos y dejó escapar una pequeña lágrima de la comisura de sus párpados. Apenas era nada. Seguro que regresaba en una o dos semanas.

Trámites de enfermedad contagiosa. Distancias, diagnósticos y un par de pruebas para asegurarse de que sí, de que era estadística de la pandemia. Hoy la citarían en Moncloa como un número más, y pasaría a ser de los contagiados que estaban hospitalizados. No es que la fiebre fuera alta, es que tenía hipertensión y tos. Había que prevenir, y quizás por algo azaroso ella sí gozaría de cama. Que no sea nada y que se pase pronto. He tenido suerte, se decía cuando intentó enviar un mensaje por un móvil que ya no tenía cobertura y que perdió la batería en un alarde de impaciencia. ¿Para qué recargar?

Entró preocupada, y las horas fueron pasando como pasan cuando uno está convaleciente. Durmiendo y pensando. No podía salir, y nadie podía entrar. Algún médico y las pocas enfermeras que parecían astronautas enfundadas en sus trajes espaciales le pusieron gotero, por si acaso. Eran gentiles, amables y encantadoras. Pero no podían estar demasiado tiempo dando conversación. Esto se desborda, y sonreían. Gracias, gracias. La comida  la dejaban en la bandeja y tras ingerir sola su alimento durmió hasta el segundo día.

Por la mañana algo debió suceder en sus pulmones que fue llevada a una Unidad de Cuidados Intensivos, donde embotan tu mente, la llenan de tubos y derramas unas último quejido. No puedo respirar, y era verdad que no podía. Mejor prevenir. En la UCI hay respiraderos. Son de un país que no puedo recordar, llegaron hace tres días, ha tenido suerte. La suerte de la enferma que se agarra a un pedazo de plástico motorizado por una fábrica de coches reconvertida para tiempos de guerra. Así dijo el telediario que no pudo ese día escuchar. Respiradero hecho para la ocasión.

Nada sabemos de mamá. Que será de ella. Que hay que resistir. Que dice un médico que le ha dicho que está medio bien a tu hermano. Que pronto pasará. Pobriña tan sola en aquel cuarto tan grande. Con lo que le gustaba a ella la tienda y hablar.

Por suerte el capellán del hospital conoce su trabajo. Les ha llevado nuevas a la familia. Era una simple llamada de ida y vuelta. Que está bien, pero en la UCI. Eso me han dicho. A ver que puedo hacer, hablaré con ella y ya les diré. En la UCI solo hay una hora para encontrarse, pero ahora está limitado a un segundo de tristeza. Lo saben ya todos. Aunque nadie sabía nada.

Y alrededor de ella la vida se pasa. Todos usan mascarillas, tapabocas dicen los vecinos de arriba. Y portan guantes y plásticos como los chubasqueros que usamos para el fútbol cuando llueve en Valladolid. Real Valladolid. Se lo diré a Paco cuando regrese a casa. Qué pena que no haya ni fútbol, ni la tienda está abierta, ni sé nada de mi familia. Espero que no se hayan contagiado y estén bien. En esta soledad, los de las camas de al lado están como yo. Con miedo los despiertos, y con fiebre los dormidos.

Mi hijo puede entrar a verme. Trabaja aquí, pero no se puede acercar. Mis pulmones se están encharcando dicen, pero quizás pueda superar la enfermedad. Me duele, es verdad, y la mañana parece dulce comparado con la tarde que me dicen que esto irá a más. No sé que me han puesto en el gotero. Por suerte, ha venido el capellán, gracias al médico de guardia. A la enfermera. Gracias a todos, pero ya no puedo más. Necesito salir y volver a mi casa. A dormir en mi casa, y a escuchar la voz de mis niños. Y sólo escucho la soledad de unas paredes verdosas y un cielo fluorescente de estrellas que brillan día y noche.

Desde la UCI escucho unos aplausos, no son muchos. Y veo como cubren con una sábana al compañero de cama que hace unas horas estaba algo mejor que yo. Me duele mucho el pecho, más que antes, y la fiebre no remite.

Y sé que es el final.

Paco, Javier, Ana, Lucía y Manuel. Sé que los cuatro estarán preocupados. A mis padres que tanto me quisieron y que me hicieron tan feliz. ¿Por qué me acuerdo ahora de ellos? A las amigas que se fueron del pueblo, igual que yo. ¿Dónde estarán ahora? Me duele y no puedo casi respirar, si no fuera por esta máquina bendita.

Soledad y angustia. Rezo una oración olvidada que aprendí de mi madre cuando era pequeña. Pues yo nunca he sido de rezar. Te pido perdón, Señor, por las veces que no lo hice bien. Aunque no sé si hay un Dios al otro lado. Nadie lo sabe. Pero si lo hay me gustaría estar a bien con Él. Pero algo tiene que haber. ¿Y si no hay nada? Aun me quedan unas horas, espero. O tal vez no. Que aburrida es esta soledad. Siento que estoy sola. Me hubiera gustado un final con Paco de otra forma. Jubilarnos y poder disfrutar un poco juntos. ¿Qué será de él si me muero? Me molesta el silencio que interrumpen las enfermeras. Las escucho perfectamente hablar. Silencio. No quiero seguir pensando, prefiero callar mi mente. Pero no puedo. ¿Y si me muero así, en soledad?

Su esposa perdió el conocimiento ayer por la tarde, al parecer una embolia pulmonar complicó la neumonía. No la pudimos recuperar.

Y lloran los cinco que quedaron en casa. Y tienen miedo por si ahora es su padre el siguiente. Y no habrá funeral. No puede haber funeral, lo ha dicho el de las estadísticas. Ni funeral, ni misa de difuntos. El capellán nos ha dicho que la encomendará, y que cuando pase todo…

Pero ya ha pasado todo para nosotros. Esa tarde, fue una estadística más.

La de los fallecidos. Pero no es una más.

Era Maite, la de la tienda.

 

 

PD: Dedicado a los caídos por la pandemia Covid-19. A sus familias.

 

 

 

El lenguaje que nos deja la epidemia mundial.

Nuevas palabras y nuevos usos. Pandemia, Covid-19, desescalada, coronavirus, nueva normalidad, confinamiento, que nadie se quede atrás… Decía Nietzsche algo así como que el poder sobre la población lo posee el que impone y controla el lenguaje de una sociedad. Y que por eso Sócrates primero, y el cristianimso después, no serían destruidos hasta que no fuera destruido el lenguaje creado por ellos. El socialismo, para Nietzsche era una repetición del lenguaje cristiano, un lenguaje de débiles que obligaba a los fuertes a arrastrarse por el fango de la mediocridad.

La acción política, quizás por esa razón, siempre ha tenido un especial interés el manejar y dominar los lenguajes empleados. Son los que imponen el lenguaje políticamente correcto y anulan el que consideran incorrecto. Así lo describió también un magnífico Orwell en su novela 1984. Una novela muy descargada estos días, pro cierto.

Para un escritor, el lenguaje es además una herramienta de construcción imprescindible. De ahí el interés que despierta en filólogos, pero también en escritores y en las Academias de la Lengua las nuevas palabras y el nuevo lenguaje que van insertando en la cultura y la sociedad. Aquello de “no es más que una gripe”, se que da bien lejos.

La primera gran constructora (manipuladora si quieren) del lenguaje es la OMS, que hace una graduación de la enfermedad según su extensión y nivel de alarma sanitaria. Infección endémica o endemia es una infección que está de manera permanente en una zona concreta del planeta. La malaria, por ejemplo. La  RAE lo define como “enfermedad que reina habitualmente, o en épocas fijas, en un país o comarca”.

La siguiente palabra que emplea la OMS es epidemia. Una epidemia se da cuando la infección aumenta en un número de casos hasta un tope o máximo y luego disminuye. Para la RAE, epidemia tiene dos acepciones. La primera sería “enfermedad que se propaga durante algún tiempo por un país, acometiendo simultáneamente a gran número de personas”. No indica por lo tanto, un pico máximo de la enfermedad. Y una segunda acepción que dice “mal o daño que se expande de manera intensa e indiscriminada”. Recogiendo el sentir general de las personas cuando hablan de un mal genérico.

Finalmente la palabra pandemia. Para la OMS es una epidemia que se produce en todo el mundo más o menos a la vez. De ahí que se utilice también la expresión “epidemia universal”. Lo que no se han atrevido es a decirnos que quizás estemos ante una endemia universal. Es decir, una enfermedad permanente en todo el planeta, como el catarro común. Está claro que no quieren alarmar. Y yo tampoco.

Curiosamente “pandemia” significa etimológicamente, reunión del pueblo, asamblea de todos. Y es definida en la RAE como enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región.

Tanto endemia, epidemia como pandemia son tecnicismos. Pertenecen al mundo de la ciencia, aunque hayan sido adoptados y se hayan hecho comunes en nuestro lenguaje. Lo mismo sucede con la palabra “covid-19” que indica el tipo de “coronavirus“, también tecnicismo empleado por un grupo reducido de personas, y que sólo por el empleo masivo de los periodistas y los políticos se han convertido en términos usuales para mucha gente. Igual que otros términos médicos, es probable que terminen despareciendo del estrato común del lenguaje, o quizás haya cierta diferenciación. Covid-19 quede como término más culto y técnico, frente a “coronavirus” que es más fácil de aprender y de recordar, y que se convertiría en una palabra más sencilla. En otros idiomas se impone llamarlo virus chino (igual que gripe española en su día), virus asiático o virus de Wuham.

Lejos de la terminología científica encontramos el lenguaje creado por los gobiernos y sus periodistas con otras intenciones. Lenguaje que se ha extendido por repetición. Igual que los terroristas islámicos son abatidos, y no asesinados; aquí la gente ha estado confinada y no arrestada. Vamos una a una.

Confinamiento es un tecnicismo jurídico que ha sido empleado de manera extensiva. Es el nombre que recibe la pena por la que se obliga a un condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto al de su domicilio. Nada que ver con lo nuestro. Ni condenados, ni libres, ni fuera de casa. Al contrario. Hemos estado en nuestras casas, y no hemos sido libres para entrar o salir.

Dentro de los sinónimos de confinar los que más se acercan a lo experimentado son encerrar, recluir, aislar, encarcelar o enclaustrar. Pero poco que ver con desterrar, ni con arrestar. De hecho, es probable, que la RAE valore detenidamente si emplear “confinar” añadiendo otra acepción a la técnico jurídica.

Desescalada es una palabra que no existe y que está mal dicha, hasta que la asuma la RAE. Yo intentaré no emplearla pues no me gusta. El término parece indicar lo contrario de escalar, que es subir una gran pendiente o una gran altura, y está haciendo referencia a que el abandono del aislamiento domiciliario se debe ejecutar mediante una graduación. Es relevante que no hubo una escalada para aislarse, pero que sí es necesario una desescalada para volver a la situación anterior a la epidemia. En este sentido, se habla de escalar y desescalar con la imagen en la mente de una curva de contagios y fallecimientos hecha por los estadísticos en sus cuadros gráficos. La imagen seduce a la palabra. Se podrían haber usado otras palabras: descender, bajar, desmontar, regresar, retroceder, salir, etc. Pero por alguna razón les molestaba hablar bien.

No son palabras lo que nos queda analizar, sino lenguajes y composiciones también teñidas de corrección. La más popular es la de “nueva normalidad” y el eslogan del gobierno “que nadie se quede atrás” (con permiso de los muertos, claro)

Nueva normalidad es una expresión una tanto paradójica. Indica que durante el encerramiento hemos vivido bajo una anomalía, una anormalidad, una subnormalidad o una irregularidad. Pero estos términos no se han empleado, imagino que por peyorativos y molestos. No ha hablado el gobierno de que estemos ante una situación anormal, o subnormal. Nunca han dicho eso.Tampoco hemos visto ataúdes, e imagino que es por la misma razón. No asociar la imagen de la muerte con un gobierno concreto. El suyo.

Sin embargo, tras la anormalidad, ahora sí que buscan un lenguaje bondadoso que indique que no ha sido para tanto, que no ha sido grave. Un lenguaje que procure un horizonte de seguridad en la población. Hay que lograr la “nueva normalidad”, pasando por alto la catástrofe, como si no fuera más que una anécdota, una estadística tonta de unos cuantos miles de muertos. Imagino que nada que ver con los importantísimos muertos por violencia de género, que son ínfimos comparados con esta catástrofe. Pero ahí nunca se les ocurriría hablar de alcanzar una nueva normalidad.

Realmente no será posible alcanzar la “nueva normalidad”, porque no volveremos nunca al punto de partida. La sociedad ha cambiado, no en exceso, pero sí hay otra percepción de la realidad gracias a una experiencia compartida por toda la sociedad al mismo tiempo. No habrá “nueva normalidad”. Lo único que nos queda es pensar en como era la vieja normalidad, lo que había antes de la pandemia, si es que podemos hablar en esos términos. Quizás con el tiempo se hable de antes de la pandemia como la Edad Contemporánea, y después de la pandemia, como el inicio una nueva edad histórica.

Nos queda el eslogan. Que nadie se quede atrás. No es más que una frase llena de buenas intenciones, quizás tantas como errores en la gestión. Atrás se quedan los muertos, los sanitarios contagiados por culpa de los gestores, los arruinados y un montón de gente para quienes la nueva normalidad será simplemente un renacer de las cenizas. Si pueden y les deja el gobierno.

 

 

Tres cosas que nos enseña la pandemia.

Siempre se aprende en la dificultad, y yo, filósofo y observador, he aprendido tres cosas en esta crisis que no sabía. La primera es que todos improvisan, políticos y expertos, y lo hacen todo el tiempo;  dos, el teletrabajo combinado con el trabajo es más eficaz, realista y cómodo tanto para el trabajador como para las empresas; y tres, la familia necesita espacios físicos, mentales y espirituales. No basta con convivir, es necesario crecer juntos compartiendo tiempos, lugares y comidas.

En esta crisis hemos visto a las autoridades de todos los países del mundo, gobernantes de todos los perfiles posibles y de todas las calañas improvisando tanto en palabras como en hechos. Y lo sorprendente es que no he encontrado diferencia alguna con lo que hacían y decían antes de la pandemia. Improvisan todo el tiempo y todo el rato desde hace años.

Los políticos viven de decir frases estúpidas, gilipolleces constantes y rebuznos contradictorios que son improvisados la tarde anterior, y que contentan de una manera escabrosa a sus lameculos acólitos. Da igual los contenidos que vomiten, pues pueden decir una cosa y la contraria durante el mismo discurso. Lo importante es vender su producto y su imagen de hombres listos y capaces, pero se ve a las claras que son los más idiotas y torpes de la clase.

Los gobernantes se han convertido en una especie de bacterias que viven calientes bajo el aroma del eslogan propagandístico. Disimulan su incapacidad y su improvisación intelectual tras un aparente ingenio que se cae en cuanto rascas. Gente tan idiota como Lastra, Sánchez, Iglesias Montero, Trump, Johnson, Maduro, Mañueco, Torra o Macron son un ejemplo de lo que digo. No pueden disimular su inoperancia ni su improvisación cotidiana. Son una tribu entera improvisando, aparentando saber y disimulando para que la gente crea que lo tienen todo controlado, pero realmente son bobos que juegan a parecer listos. A veces ganan una poltrona para toda la vida.

Son campanillas que resuenen en un circo mediático alimentado y engordado por la improvisación de los periodistas, que son los alientan este modelo de atmósfera política. De algo hay que hablar y algo hay que decir para rellenar periódicos y telediarios. Preguntamos la inanidad y ellos responden croando o ladrando según toque. Rellenan y rellenan informativos… y también redes sociales, porque sus palmeros virtuales y engordados han florecido por doquier recitando las mismas simplezas que sus líderes de barro. Les prometo mi ausencia.

Detrás de estos improvisadores hay otros improvisadores no menos peligrosos, que son los “expertos”. Que también van de improvisación en ocurrencia. Utilizan cuatro eslóganes y cinco frases hechas para vender al político lo importante que son ellos y que los necesitan a su lado cobrando un sueldecito de “expertos”. Son lo peor, la razón técnica que decía Habermas y que hay que extirpar cuanto antes de la esfera del poder.

Estos expertos son los que hacen las leyes de educación que permiten aprobar sin aprender, son los que deciden que no haya oposiciones a médicos aunque pasen veinte años o los que sugieren al político que es mejor decir esta frase u esta otra para ganar las elecciones. Son los que deciden por los incompetentes del cotarro.

En mi descargo diré que yo hasta ahora creía que sabían algo y que había gente más o menos formada detrás de los políticos, los técnicos, vaya. Para mi asombro pandémico, he descubierto que no. Que no son más sabios que los políticos, en todo caso más “listillos” y aprovechados. Entre estos “expertos” abundan los sindicalistas, cualquier sátrapa con carnet del partido, simpatizante con estudios universitarios, trepas de colores, activistas entregados, psicólogos de nómina, instalados, sociólogos, comunicadores, y por supuesto, cualquier recién llegado al mundo de los corifeos que rodean a los gobernantes. Porque lo que mas gusta a esta gente es una cara nueva con ideas aparentemente nuevas y modernas.

La crisis me ha mostrado a las claras que no saben nada y que improvisan todo el tiempo según les da el viento. Son unos “expertos” pero podrían ser “expertos” que dijeran lo contrario. Viven de las subvenciones lo mismo que los de la cultura, escritores y artistas,  periodistas del rollito, científicos amigos y un largo montón de personas que cuando se vinculan al pesebre gubernamental tienden a improvisar perdiendo su capacidad y su sabiduría anterior, si es que alguna vez la tuvieron.

Por eso los planes de estudios de un bachillerato, que parecen sesudos, realmente son improvisados; lo mismo que la gestión de cualquier hospital que está dirigida más por la improvisación y el consejito de los coros sindicales o los expertos del partido. Y así con todo. Seguimos comprando las mascarillas chinas que no funcionan sin saber que nos han engañado los expertos suyos a nuestros expertos.

Lo segundo que he aprendido es que el teletrabajo combinado con el trabajo puede ser mejor y más rentable que tener a la gente en una oficina, una empresa o un centro de trabajo,  perdiendo la mañana como un zascandil. Se ahorra tiempo en el trayecto, se ahorra dinero en calefacción y se tiene a la gente más contenta, pues está en calzoncillos tomando un café mientras hace su trabajo al ritmo que le apetece desde su casa.

Este modelo no es válido siempre ni para todos los casos. A veces hay que ir. También es verdad que lo más agradable de muchos trabajos ese tomarse el café a mediodía con los compañeros, y eso no lo ofrece el teletrabajo. Pero en otros es claramente una mejora. Se evitan pérdidas de tiempo, se trabaja de manera más práctica, incluso más rápida y eficaz, etc. El modelo mixto de una parte en teletrabajo y otra parte presencial puede ser una solución fantástica para muchos sectores. Para otros quizás no. Pero es algo que tras probarlo, lo he analizado y veo que funciona más de lo que parece.

Lo tercero que he descubierto es la importancia de los espacios familiares. Realmente no son tan necesarias, al menos a mi edad adulta, la sociabilidad del conocido. Están en la carnicería y la pescadería tanto como en la mesa de al lado de una oficina.

Seguramente los adolescentes necesiten verse y conocer gente a mogollón, pero hay otros momentos en la vida que es más importante profundizar y disfrutar de las personas que amas. Y esas personas suelen ser más bien pocas. Hablar a gusto con los amigos y tranquilamente, estar con los hijos pasando las horas haciendo y sin hacer, jugando, viendo una película o lo que sea. Comer reposadamente, haciendo la comida con detenimiento y cariño. Leer a gusto, escucharse… Esos beneficios los ha traído la pandemia, que si no fuera por los miles de muertos y enfermos que ha habido por culpa de los improvisadores de turno, hubieran sido días felices y casi perfectos.

Me ha explotado el lavavajillas pero no pasa nada, porque cómo en casa en ningún sitio.

Lo dicho. ¡Cómo en casa en ningún lado!

Si no fuera porque nos han encarcelado en nuestros hogares, y porque el virus está matando a la gente sin que se entere el gobierno, esto sería el paraíso. No es el paraíso para todo el mundo (faltaría más), pues siempre hay gente que no se puede pasar sin dar la paliza a la basca, pero en general, en casa se está de puta madre. Salvo por unos pequeños detalles sin importancia.

El sumario televisivo de nuestra vida ordinaria nos indica, en esta cuarentena, que la mayoría estamos entretenidos dilapidando nuestro patrimonio personal y nuestras virtudes conseguidas durante años, y estamos entregados a la noble tarea de la desidia y el malgasto de tiempo. Algo que Paul Lafargue ya disfrutó como un cabroncete. Aunque perder la vida sea muchas veces ganarla, todo sea dicho. Muchos están en casa como pollos sin cabeza, y otros como cabezas sin pollo.

Yo me imagino al personal degradándose a golpe de mando a distancia, arrostrados por la querencia a la bollería casera, la que suele hacerse en la cocina que habitualmente se entrega a los precalentados; o como solícitos vagabundos de las redes sociales, donde los memes y los chistes rabiosetes hacen su agosto bajo la hilaridad de los cientos de mensajes a la hora.

Luego, por la tarde, nos llega  el parte del sargento chusquero, el tal Sánchez que nos cuenta lo feliz que está de haberse conocido. Y por la noche al catre, ale, a seguir almacenados como basura en nuestras casas, que se han convertido en contenedores llenos de virus y de inmundicia humana contagiosa.

Yo, en mi modesto caso, estoy prescindiendo de las redes sociales que son aburridas y están llenas de inquina y de lameculos de lo suyo, y me he entregado a la noble tarea de leer y de disfrutar de la vida con lo que la vida nos trae, que no es poco. Además de los oficios de Semana Santa, el mundo se ha vuelto de otra manera entretenido y simpático.

Si me lo permiten.

Reparaciones de hogar: El Viernes Santo se nos fundió el lavavajillas, pero lo hizo de la mejor forma posible. Echando chispazos y atronando cual tormenta eléctrica que hubo en su interior. Ya tengo que decir que no pasó nada, ni pasó a mayores. El diferencial eléctrico saltó, se llenó todo de humaco de vapor de agua del interior del lavaplatos; y la resistencia -no la del Dúo Dinámico, sino la del lavaplatos- se descacharró partiéndose en tres trozos. Y eso que es de hierro fundido fabricado hace veinte años. Supongo que la obsolescencia programada ha pasado ya su factura y nos ha hecho la pascua, aunque no la de Resurrección, lógicamente, sino la del Viernes Santo. Ayes y por poco no la contamos. La pequeña nos avisó, que es un cielo. ¡Papi, papi, que salen chispas de la cocina! Y corrimos a desenchufar el aparatejo. Por suerte, yo tardo menos en lavar platos a mano, pero no porque sea rápido en esto, sino porque soy lento metiendo la vajilla en el lavava, que ya está difunto.

Luego está la vida de mi vecindario. Supongo que será parecida a la de todos, pero hay que saberle sacar partido. Es verdad que no observamos la cantidad de zumbados que hay por el mundo, salvo en agosto que se hacen notar porque somos menos en la ciudad. en cambio ahora, se están haciendo valer porque estamos todos callados, y eso, con la ventana abierta, salvo uno que sea sordo, es imposible no escuchar música celestial mientras lees tomando el sol en el balcón.

De todos los chalados se lleva la palma mi vecina del primero, que se le ha ido la pinza hace tiempo. No es de ahora y no invento nada. La mujer está como una puta carraca. Fuma porritos lo indecible con la ventana abierta, y de cuando en cuando insulta a todo el mundo que se pasee por delante. Echa basura al patio interior, y un día que tuve que llamar a la poli porque estaba intentando montar un fuego de campamento en el descansillo de la escalera, nos abrió la puerta en tetas caídas, mientras las meneaba como si fuera Brigitte Bardot con veinte años.

-¡Mirad, mirad que tetas tengo! ¡Jodeos cabrones!- dijo para meterse de nuevo en su metafísico hogar.

La contestación del policía municipal, un tipo alto, algo desgarbado y con experiencia en resolver conflictos in situ, se comportó como un verdadero profesional. Aquello fue determinante para que me escojonara de risa por la escena, realmente salida de una peli de Berlanga.

-¡Venga señora, qué para lo que hay que ver!

Y era verdad, sí. Había poco que ver. Ahora la señora anda más recatada en lo de las tetas. Supongo que es por aquello de que no se puede salir de casa, pero la sigue preparando día sí, día también, a voces y molestando al personal.

Yo lo entiendo en parte, porque como con el confinamiento hay gente que sale a la plaza a dar espectáculo, pues eso altera a la buena señora, la cual se cabrea de que le quiten protagonismo. Últimamente grita y tira los envases de cervecita vacíos por la ventana, e intenta canturrear algo contrario a los himnos fascistas que según ella suenan por los balcones. Para evitar escarnio con la profesión respetable que profesa, omitiré su trabajo que es casi como el mío pero en otro centro. Por supuesto está de baja.

Luego está el desenlace de las ocho de la tarde. Debe haber variedad  de espectáculo según la zona de la ciudad donde vivas. Hay barrios donde algunos dan conciertos personales con sus instrumentos favoritos por un rato que va entre los dos minutos y los quince. Hay gente educada que por no hacer el feo al artista, y por amor al aire callejero, escucha interesada tras los aplausos a los sanitarios. Se supone. En la mía, por ejemplo, no falta de nada. Primero se aplaude sonoramente, mientras saludamos al de enfrente al modo romano, hola, ave, qué tal, bien. Y luego, algún vecino concienciado de la causa nos pone el himno de España como si estuviera la orquesta entera metida en su casa. Varios vecinos sacan sus banderas patrióticas, y yo, que soy buena gente, me pongo la mano en el pecho (para que vean que soy norteamericano de Valencia) mirando al cielo como si fuera un jugador de la selección. Iniesta mejor que Ramos. Luego aplaudimos y varios niños gritan desahogándose unos vivas a España, que a mi me suenan a un “a la mierda este confinamiento”. El caso es que los nenes son respondidos por todos los vecinos, y me incluyo, con alegría y contumacia. Ahí es nada. Lo echaré de menos cuanto acabe todo esto. Himno y bandera. Parecemos un país de verdad y no una puta mierda acomplejada.

A las nueve termina la sesión con un griterío de cacerolas y sartenazos. Se vocifera contra el poder establecido, contra Sánchez y su puta madre, contra todo lo que se mueva, y contra el gobierno. Deben salir menos, pero sí son bastantes; y yo, salvo el primer día, no suelo asomarme porque estoy a otros menesteres personales. Es entonces cuando aprovecha la vecina grillada del primero para asomarse a la ventana e insultar a todos, pero va por días. es entonces cuando se activa el “salvame callejero”, porque los indignados se la devuelven con creces. Para mi que le dan estopa como si fuera el Iglesias o alguna pija de esas que nos gobierna. Loca, hija puta, cabrones, fachas de mierda… el caso es que hay un buen rollo que me encanta.

A la policía casi no la veo por aquí, aunque andan cerca supongo molestando a los que arriesgan sus vidas saliendo de casa. Por cierto, el otro día vimos un arco iris espectacular en el cielo, cuyas fotos han dado la vuelta al planeta. Precioso. Y es que como en casa en ningún sitio.

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.