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Buscando a los opresores castellanos.

Me contó un amigo el otro día, que cuando vivió en Cádiz, acudió en una ocasión al instituto un político del partido Andalucista para ilustrar a los alumnos sobre las maldades de los castellanos, que habían sido terribles opresores contra los andaluces. Ya saben, la vieja retahíla de que los castellanos son sedientos asesinos y ellos almas puras y de cántaro. Los pobres andaluces eran oprimidos por las fuerzas castellanas desde hacía muchos siglos, y que por eso andaban como andaban.

Coincidía con lo que le decían sus alumnos, vecinos y compañeros en un instituto rural del País Vasco, que los castellanos habían sido los opresores de los vascos desde los tiempos prehistóricos, y que qué malos los castellanos que robaban y habían esquilmado a los vascos, y como diría el lehendakari, a los vascos y a las vascas, pues.

Recuerdo que cuando era pequeño y vivía en Tarragona, había gente adulta que opinaba que Castilla había oprimido a Cataluña, y que ellos eran trabajadores y los castellanos indolentes. Recuerdo que alguien dijo que si Castilla fuera un gran lago, la periferia sería mucho más próspera y rica.

Yo por supuesto, no entendía mucho de opresores y oprimidos, por eso cuando vine a vivir a Valladolid, pulmón de Castilla e hígado de León, no encontré opresores por ningún lado. Más bien al contrario, había simplemente gente y más gente, como en todos los lados, al menos en Valladolid la ciudad.

También recuerdo que había un discurso que con los años se ha moderado sobre catalanes y vascos, que rumiaba algo así como que todo el dinero se les daba a ellos, y nada para Castilla; pero he de reconocer que no hablaban nada de haber sido ni opresores, ni oprimidos.

Hace unos años participé en una cena Pascual con un grupo de personas del camino Neocatecumenal, y entre ellas había una muchacha que era hispanoamericana. No recuerdo el país. Se empeñó en darnos la cena exhortándonos reiteradamente para que participáramos de su idea de que los españoles, y por supuesto los castellanos, habíamos sido opresores de América, y que les habíamos robado el dinero y el oro, y no se cuantas cosas más.

Como ya tenía más edad y más lecturas hechas contesté a la buena señora que los que habían robado eran realmente las élites de su país, y que cuando España dejó América, tenías tantas posibilidades de prosperar como sus vecinos del Norte. Así que no echara la culpa a los demás de sus miserias.

Y el caso es que es un tema recurrente del que se me ocurren varias reflexiones.

La primera. Que la gente necesita un enemigo al que echar las culpas. Catalanes, vascos, andaluces, gallegos y ahora leoneses buscan un chivo expiatorio que cargue con las culpas de todos los males. Era una táctica del totalitarismo que se ha ido apropiando el nacionalismo con más fuerza, hay un malo al que perseguir, porque con un malo al que perseguir alimentamos sentimientos de odio y neutralizamos nuestras propias responsabilidades.

La segunda. Que el discurso de opresores y oprimidos impregna de raíz nuestra manera de estar en el mundo. Eso lo aprovechó el marxismo en su momento, pero parece difícil encontrar un político por el mundo que no aliente la existencia de unos opresores para justificar sus crímenes, irresponsabilidades o desvaríos.

La tercera. Que hay gente lo suficientemente idiota que se lo cree. Incluso gente con estudios. El discurso de opresores y oprimidos lo mantiene desde el catedrático biempagado hasta el pueblerino más cetrino del villorrio.

En definitiva, que no hay rebaño de hombres y mujeres que no vean a un opresor en algún lado; y soy consciente de que casi todos los movimientos totalitarios, desde la ideología de género hasta el nazismo más primario han necesitado y necesita un demonio para justificarse. Llámese heteropatriarcado, llámese judíos. La misma Revolución Francesa veía antirevolucionarios por doquier, lo que les venía muy bien para exterminar y asesinarse alegremente.

El caso es que sale uno a la Castilla rural, a la que toda la vida ha sido opresora y sigue oprimiendo y se encuentra con tres abueletes sentados en el poyo de la casa, en el carasol disfrutando del frío invierno, con la boina embutida hasta las cejas y cerrando la garganta con la bufanda de lana de hace unas cuantas navidades. Ahí andan, ocasionalmente juntos y como todas las tardes.

Y les escucho hablar mientras compro el pan en su panaderia que me pilla de paso. Primero   apuran sus cigarrillos, prohibidos por sus opresoras esposas, y luego tiran las colillas al suelo mientras murmuran lo jodida que está la vida y que van a quitar al médico que venía los miércoles. Y otro le contesta que lo que falta es gente joven y que con dos críos la escuela no se va a mantener.

Y ahí es cuando comprendo que por mucho que busque a los opresores castellanos, no los voy a encontrar jamás. Se fueron a oprimir a los demás, y hoy no se los distingue de los oriundos. Digo yo que será eso.

 

 

La paranoia nacionalista en España: entre Cataluña y ETA.

Qué razón tiene el amigo Boadella, más que un santo con esta frase: “El nacionalismo lo primero que hace es poner un enemigo en funcionamiento, y en el caso del nacionalismo catalán el enemigo es España. Creo que hay una parte de los catalanes que están enfermos de paranoia porque creen que España está contra ellos” Albert Boadella.

Y es que desde hace doscientos cincuenta años los nacionalistas de todo pelaje no han hecho más que meternos en guerras, en posguerras, en luchas de liberaciones y en entelequias inventadas por sus paranoias. En Europa, el nacionalismo ha sido el creador de un cúmulo de mentiras tan abundante que todavía no nos hemos recuperado, son los padres de la leyenda negra antiespañola, los abuelos del racismo eurocéntrico y protestante, los bisabuelos de los exterminios más masivos y genocidas de la historia, y, finalmente, los tatarabuelos de la propaganda que trata de ocultar sus genocidios. Y ahí siguen, afirmando tan panchos y circunspectos que son víctimas, como si no pudieran sentirse y ser catalanes, españoles, europeos y terrícolas a la vez.

El origen de sus lamentos está, y creo no equivocarme, en el complejo de inferioridad que arrastran frente a los vecinos; lo cual, sea dicho de paso, se combina sutilmente con el ansia de poder. Tampoco es nuevo. Si los flamencos del duque de Orange montaron sus guerras y mentiras para independizarse de su legítimo rey, casualmente español, fue porque se sentían inferiores, porque ambicionaban el poder, y porque son así los pobrecillos. Malos hasta asesinar a los que piensan distinto; y lloricas cuando no pueden usar la guillotina.

Por eso no es casualidad que Puigdemont, y antes los etarras, eligieran Bélgica como paraiso nacionalista. Tampoco es extraño que un poco más al norte, en un condado independentista del Reich actual, un juez alemán se hiciera un lío con el asunto. Entre el complejo nazi, el miedo al qué dirán, y la ignorancia. Tampoco es nada nuevo.

Y es que Europa está sentada sobre un polvorín al que le quedan unas cuantas guerras más  para espabilar, todas con el nacionalismo y sus embustes como principales mecheros. La última guerra en Europa fue por la fragmentación de Yugoslavia, nacionalismos enfrentados. Pero las próximas serán por Cataluña, quizás Alsacia, Babiera o Córcega, Escocia, Gales o Irlanda del Norte. A saber. ¡Ojalá me equivoque, pero Europa corre hacia su siguiente guerra sin ser consciente de ello! Y el problema es que tenemos las papeletas para que nos pase a nosotros: gobiernos débiles y paralizados, sociedades manipuladas y complejos. Muchos complejos a la derecha y a la izquierda.

El nacionalismo es la versión finilla del tribalismo, al pueblerino, al tractorino y al patán que inventa paranoias, persecuciones inexistentes y victimismos falsarios. El nacionalista eleva la mirada al auditorio buscando que apruebes sus ridículos argumentos. Si les das lo que quieren, que es el poder y el dinero, te seguirán mirando por encima del hombro. No tendrán, además, ningún reparo en perseguir a los no nacionalistas cuando se les antoje. Y tampoco les preocupará robarte parte de lo tuyo aduciendo que necesitan expandirse (Valencia, Mallorca, Navarra, Praga o Polonia). Están deseando humillar al resto del mundo para demostrarse a sí mismos que son como los demás (acomplejados) y así indefinidamente.

Siendo sinceros, yo creo que el nacionalismo no tiene capacidad para gobernarse ni inteligencia para mejorar ni siquiera lo suyo. Su guía son las emociones y los sentimientos, por eso inventan conflictos donde hay paz y prosperidad. Suelen conducir a los suyos a la muerte y a la guerra, con el simple argumento del “porque yo lo valgo”. Y pocas veces, muy pocas hacen cosas buenas por su pueblo. Si tocan la educación, la convierten en excluyente (de los castellanoparlantes por ejemplo), y si entran en materia de sanidad, escogen a médicos que hablen su lengua antes que sean los mejores en medicina. Son así.

Me dice un amigo que el nacionalismo se disfraza de patriotismo, pero que es muy distinto. No le falta razón. El patriotismo consiste en amar a tu nación y su cultura sin excluir la de los demás. Reconocemos lo propio y nos admiramos de lo ajeno. Es curioso que los patriotas enfrentados en la guerra, por ejemplo, se suelan reconocer en las ideas que los unen y en el honor del servicio a los demás, a los suyos.

Pueden hablar y entenderse. Wellington y Castaños, por ejemplo, se reconocieron como tales, y reconocieron la valentía y capacidad de los franceses que tenían frente a ellos. Ellos aman su país, igual que nosotros el nuestro. El honor está por encima, y no se pide al enemigo que traicione a su patria.

Pero el nacionalismo no funciona igual. El nacionalismo está lleno de envidia por lo que no tiene, y codicia lo que nunca tendrá. Ningún etarra dirá una cosa buena de España que excluya a los vascos de su bondad. Lo mismo los Puigdemónicos. El nacionalimo se inventará amores enfermizos en lo que les parece que es auténtico, exclusivo y natural a ellos: su raza, su bandera, sus cánticos y su lengua. Y alimentan con la misma necesidad el odio intransigente y racionalizado contra el esperpento creado. Necesitan un enemigo ridiculizado sobre el que ciscarse y perseguir. Lo malo es que no les importará matar, derramar sangre y destruir su patria con tal de conseguirlo.

La semana pasada hemos visto que ETA ha anunciado su final. Pero eso no será el final de su guerra (su presunto conflicto). Seguirán con la propaganda hasta hacernos creer que sus asesinos son héroes y mártires; y que sus asesinados nunca existieron. Por eso, hasta que no haya un monumento a Miguel Ángel Blanco presidiendo la playa de la Concha en San Sebastián, ETA no habrá muerto. Y hasta que no podamos pasear con una bandera española por Alsasua, Tordesillas, Zafra, Hernani, Hospitalet, Basauri y Dos Hermanas (pueblos todos españoles) no podremos hablar de libertad y democracia en nuestra patria. Hasta que Puigdemont no sea juzgado por sus presuntos delitos, no habrá paz en España. Ni en Europa.

 

Reformar la Constitución del 78. ¿Para qué?

Celebraremos el próximo año, el 2018, el cuarenta aniversario de la Constitución Española de 1978, que es tanto como decir el periodo de más paz y estabilidad que ha habido en nuestro país en casi doscientos años (con permiso de Cánovas, claro). La Constitución lleva gobernando esta república-monárquica nuestra más años que Franco campeando la suya, lo cual demuestra que es mejor la democracia que la dictadura, y que lo que les sucede a los venezolanos es una putada, por no hablar de los chinos.

Seguramente, la razón por las que haya perdurado tanto tiempo una Constitución en nuestra patria, tan amante de los golpes de Estado, y tan derogadora de constituciones (en el siglo XIX hubo unas cuantas) se debe a la incorporación de España al club de las potencias europeas. También a las virtudes de los políticos de entonces, que fueron capaces de escribir una carta magna sin vencedores ni vencidos, un texto que fuera un punto de partida para un país que quería ser distinto: democrático y de derecho, plural y con oportunidades para todos. Libertad, igualdad, justicia y pluralismo político. Casi nada.

España aspiraba a ser un país como el resto de los países europeos. Sin complejos. Con una monarquía moderna como las Europeas, un respeto elemental a los derechos humanos (con Franco esto no lo hubo, y con Stalin menos) y un sistema comercial basado en el libre comercio y en el capitalismo intervenido por razones sociales. Todo estupendo. La Constitución es simplemente una norma jurídica bien hecha que permitió que fuera posible tal proyecto. Si no se ha hecho mejor no es porque la Constitución no lo permitiera, sino porque los gobiernos puntuales que hemos tenido han sido cortoplacistas, han buscado el triunfo electoral por encima de la mejora nacional, y han anhelado el poder para colocar a los amiguetes en lugar de trabajar por la mejora real del asunto concreto que les ha tocado. Ha habido gobernantes nefastos, es verdad, y si el chiringuito no ha petado es porque a pesar de ellos, la Constitución es mejor que nuestra clase política. Sin duda que sí.

Aunque supongo que las buenas intenciones no hayan faltado, también es verdad que un buen número de los gestores de la cosa pública han acabado en la cárcel. Barrionuevo, el Ministro de Interior del PSOE, fue aclamado a las puertas de la prisión por los “suyos”, olvidando que había montado un grupo terrorista para perseguir a ETA en plan clandestino. Por suerte, Aznar demostró que a ETA se le puede derrotar simplemente acosando a los terroristas y al entorno terrorista con las leyes de la mano. La Constitución permitió la derrota de ETA, que ha sido a la postre el gran intento de desestabilizar la democracia en estos cuarenta años.

No recuerdo otra quiebra más grande del Estado de Derecho en estos cuarenta años salvo la del golpe de Estado de Tejero en el 81, militares nostálgicos que no se enteraron que la democracia funcionaba bien, o el golpe de Estado del Gobierno Catalán perpetrado a cámara lenta durante varios años y que ha culminado en el 2017, bajo la complicidad del gobierno central que ha hecho como que no lo veía (y que sigue sin ver lo que hay al otro lado del río). También el atentado del 11 de marzo del 2004 en vísperas de unas elecciones tuvo algo de golpe a la democracia. Aquello colocó en la Moncloa a Zapatero. Por desgracia se desestabilizaron las reglas democráticas, y una parte de la izquierda salió a la calle sin respetar las reglas del juego de la jornada de reflexión, pero bueno. Tampoco muy grave. Votar es muy sano, porque si pierdes te callas por un tiempo, y si ganas te quedas a gusto. Y lo mejor, se van unos y vienen otros. Aunque algunos no terminen nunca de llegar y otro no se marchen del todo. De todas formas, esto funciona, porque la Constitución y la sociedad española aguanta lo que le echen.

Lo cierto es que el texto constitucional consiguió casi todo lo que se propuso, casi todo lo que estaba en su mano, claro. Por desgracia, los gobernantes no han estado a la altura, y han destruido una parte importante del patrimonio cultural y social, jurídico que heredaron, lo cual debería ser un delito en sí mismo. La independencia judicial sin ir más lejos. En el año 78 era magnífica; pero el PSOE se la cargó politizándola en el año 85 con el CGPJ, una de las mayores estafas políticas que luego ha mantenido el PP, y que simplemente quebraron la división de poderes. A pesar de todo, el sistema aguanta, pero el daño es tan profundo, que la sospecha contra la administración de Justicia nunca ha terminado, a pesar de que la inmensa mayoría de los jueces lo son de oposición, unos cuantos lo fueron a dedo del político de turno. En fin, que la Constitución ha aguantado, lo que supone que es hace bien lo suyo, incluso a pesar del Tribunal Constitucional y sus caóticas y contradictorias sentencias.

La creación de un país descentralizado totalmente en autonomías lo permitió la Constitución Española. No era el modelo propuesto por los políticos de entonces, que solo contemplaba que esto fuera algo para que las autonomías más pertinaces (Cataluña y las provincias Vascongadas) se deleitaran un poquito más mirándose el ombligo. Se reconocía que España era un país plural, vale. Aunque eso ya lo reconociera el gran sistema descentralizador del siglo XIX, las provincias y las diputaciones.

Luego llegó el café para todos, y filetes para todos, y langostinos para todas las autonomías. La Constitución lo permitía, pero que se hayan creado 17 reinos de taifas con sultanes, califas y chupópteros de toda clase y condición no es culpa de la Constitución. El descalabro educativo, el caos sanitario, la persecución de los castellanos parlantes en algunos territorios por razón de su procedencia o lengua es algo que la Constitución no ha podido detener, entre otras cosas porque los gobernantes del momento no han querido hacerlo, ni en Madrid ni la periferia.

Por eso, ahora que se habla de reformar, me pongo a temblar de espanto. ¿Quién va a reformar la Constitución? ¿Los que no creen en la separación de poderes? ¿Los que no respetan la independencia del Poder Judicial y colocan a los suyos? ¿Los que no creen en la unidad ni en la bandera ni respetan la institución más estable que tenemos que es la Monarquía? Reformar no significa hacerlo a mejor, también se puede hacer una cagada monumental; y por desgracia, no veo a la clase política actual preparada para hacer tal cambio. Tampoco veo a la sociedad española con suficiente humildad ni capacidad para afrontar un reto así. Mucho sectario y mucho soberbio es lo que domina el panorama de la izquierda, y muy acojonada y acomplejada veo a la derecha. Saldrá un pastiche fétido y partidista como se pongan.

Lo dicho, no veo políticos capaces de reconducir el Estado Autonómico para que mejore el país; ni gente preparada en mejorar la educación. Salvo el rey Felipe VI que tiene bastante cabeza, esto está lleno de ineptos. Así que me declaro en contra de cagarla. O sea, que mejor no meneallo.

 

Los nacionalistas son unos plastas.

Pesaditos es lo que son, o sea, cansinos, molestos, enfadosos e impertinentes, aburridos y sin interés. Alguien pesado es un tipo ofensivo, insufrible y difícil de soportar. Así define el diccionario de la Lengua Española de la Real Academia el término “plasta” en su cuarta acepción: dícese de la persona excesivamente pesada. Los nacionalistas son así, excesivamente pesados, insufribles y difíciles de soportar.

Para hacerles justicia tenemos que decir que no son los únicos pesaditos que tenemos por el panorama político ideológico: plastitas también son los de Podemos, las feministas petardas, los ecoplastas, los futboleros del madrid del atleti y del barsa, los antiaborto y los proaborto, los antipepé, la Cospedal y el Cayo Lara, los sindicatos, los anticapitalistas, los fachas de libro, los testigos de Jehová, los vendedores telefónicos y los lloricas que hacen cine en España. Cada uno da su galleta enriquecida en su hora, tiempo y lugar, pero todos tienen en común que si te despistas te cuelan un sermón con entrada para el próximo mitin de convencidos de lo suyo.

Pero hay que decir que los nacionalistas son de los plastas más clásicos y con más tradición. Llevan intentando convencer a los suyos de lo cojonudas que son sus señas de identidad desde hace casi doscientos años. Y no se cansan los tíos. Si te gusta el cocido y en tu patria chica el cocido lo hacen con piel de pollo, te obligarán a asistir a unas jornadas gastronómicas para explicarles al respetable lo estupendo que es la piel de pollo como aditamento del cocido. Nada de kebab, ni de mussakas, ni de pizzas, que eso son mariconadas de gente sin corazón y sin amor a sus colores. Y por supuesto, ninguneo al cocido del pueblo de al lado, que ponen la gallina como en todas partes. Enfín, que te obligan a comerte el pantumaca, la escudella, el botillo, la paella con aplauso y tracas de boda valenciana, la muñeira a todas horas y los gaiteros hasta en la consagración de la misa, como hacen en Asturias tocando el Asturias patria querida para más gozo Pascual, supongo.

Los nacionalistas son como débiles mentales que necesitan de su identidad para ser algo y sentirse bien, y su identidad la entienden siempre en contradicción con el de al lado. Les encanta adornarse con su bandera, que es una seña de identidad de la hostia, a la par que queman la bandera, foto del Rey o himno de su rival. Te queman la bandera española, y te colocan la del Reino de Aragón diciendo que es la catalana. Normal. Cada uno tiene que tener una distinta a los demás, y que no se confundan. Yo soy catalán, yo soy vasco, yo de Bilbao, y aquí el cantón de Yecla (Murcia).

Este asunto no es solo español, no. Los norteamericanos decoran sus casas como si fueran la oficina del presidente, y te reciben con la bandera y la mano en el corazón, en cambio los ingleses te meten la Unión Jack hasta en los calzoncillos, bolsos o camisetasdeshilachadas. Eso sí con el perfil de los Beatles por Abbey Road. Yo he visto bragas y calzones en inglaterra con el dibujito de su bandera, y no significaba que se pasaban su país por el arco del triunfo. No. Significaba que hasta en las zurraspas somos ingleses, o sea distintos al resto.

Para mi que un ñordo (cacota)  inglés es igual que una mierda catalana, andaluza o murciana, las heces son las heces, que diría el otro. Pero los nacionalistas te convencerán de que sí: de que un caganét es algo muy de su pueblo, y la mula y el buey es como de pardillos que ponen ovejas por el Belén navideño. Ellos defecan música, y los demás solo nos tiramos pedos.

Esta costumbre de parecer distintos a los demás no es más que una idolatría resultado de la muerte de la Verdad Divinizada de la Ilustración, y aquí me pongo serio. Esta gente sustituyó a Dios por la Razón, y acabó cambiando la Razón por cualquier cosa, incluidos los sentimientos y las emociones patrióticas. De ahí que los nacionalismos tengan como origen la muerte de Dios que de inmediato es sustituida por la idolatría de la raza, del pueblo, del terruño, y de lo identitario. Un nacionalista es como un fanático religioso pero sin Dios, y divinizará su identidad, su raza y sus costumbres. Es lo más contrario al internacionalismo, cuya palabra en griego, para fastidiar más a la peña es “katolicos”, universal, de todos los sitios, o sea cosmopolita. Es la dicotomía entre el provincianismo, la mentalidad tribal semita de la Biblia; o el catolicismo, la mentalidad universal del cristianismo, luego contagiado a la Revolución Francesa, y a Occidente en general.

Esto se percibe también en la vida de las personas. El que sale de su casa y está deseando comer como en casa, y el que sale de casa y desea conocer cosas nuevas. Y es que en la vida las personas tienen actitudes bien distintas cuando se relacionan con las demás culturas: el provincialismo (madre del nacionalismo) que piensa que lo de su pueblo es mejor, y el internacionalismo, que es el que piensa que todos somos parecidos, con costumbres comprensibles y hermosas en todos los lugares. Los nacionalistas afirman que lo suyo es único, que es inigualable, y que es superior. Los internacionalistas afirman que todo el mundo tiene algo peculiar, que todas las culturas tienen cosas buenas y cosas malas, y que ninguna es superior a las demás. ¿Se puede amar lo propio y lo ajeno? Seguramente sí, se aprecia lo propio por comodidad y conocimiento, pero se lo cuenta uno a todo el mundo. Mi butifarra es mejor. Pos fale.

Los nacionalistas se empeñan en justificar su pesadez buscando en la historia su identidad, y claro, como los muertos del pasado no hablan, nadie refuta las tonterías que puedan inventar. Porque si algo estamos todos de acuerdo es que los muertos son los menos plastas de todos. En cambio los nacionalistas reinventan el pasado para justificarse. Se erigen como víctimas de la historia, y nos aburren contándonos las glorias y grandezas de sus antepasados. Se llaman incluso comunidades históricas, lo que es la tontería más grande del mundo. ¿Acaso los demás no tuvimos historia? Quieren decir que ellos llevan mucho tiempo dando el coñazo, y que su plasterío se remonta en la historia. ¡Ah, no sabía! La historia es la justificación de los imbéciles decía Nietzsche, uno de los antinacionalistas más destacados de la historia, y sorprendentemente uno de los inspiradores del nacionalismo alemán nazi, lo cual dice mucho de la capacidad para manipular de los nacionalista de todo tipo.

Desde la antropología social y cultural de nuestro siglo XX y XXI, vivimos en una cultura cada vez más globalizada. Es decir, hay una gran cultura sola muy extendida, la que llamamos Occidental, con numerosas variantes locales. Estas generan tres o cuatro subculturas distintas que se extienden por todo el mundo. Yo diría que no es lo mismo ser Occidental al estilo japonés que al estilo europeo. La cultura no es distinta, aunque puedan tener muchas similitudes, y no menos variantes particulares de un mismo hecho. Dicho de otra forma, los españoles nos parecemos más a los japoneses culturalmente hablando que a los pigmeos o a los Yanomamis del Amazonas. Somos en primer lugar occidentales, y luego nos podríamos adscribir bien a una gran subcultura: europeo, española, británico-anglosajona, japonesa, china, africana, musulmana,…

Luego vendrían las variantes de las regiones culturales más cercanas. Se parece más un italiano a un español, que un italiano a un danés. Por eso cuando uno viaja por el Norte de Europa siempre hay algún tío que te confunde con un italiano, y es normal. Tampoco nosotros diferenciamos un alegre y tolás danés con un sueco serio y circunspecto. Hay cientos de chistes sobre el tema, que nosotros desconocemos. Para nosotros son casi lo mismo, y punto. Como catalanes, vascos y murcianos, vaya.

Hay que decir que como el intercambio cultural ha sido fortísimo en Europa desde la Revolución Industrial, el intercambio cultural y la influencia de unos y otros ha creado y construido un algo común. En el lenguaje, sin ir más lejos galicismos, anglicismos, latinismos, italianismos, catalanismos y castellanismos se intercambian de una lengua a otra. “Cojones” venía en la portada de The Economist de hace unos años. Nos influenciamos culturalmente muchisimo, mientras edificamos una gran cultura Occidental. ¿Dónde queda aquí la maravillosa lengua catalana, gallega, vasca o valenciana? Lenguas minoritarias que estarían desaparecidas si no hubiera un soporte político-económico que las mantuviera. Las lenguas se extinguen antes que las culturas, ya lo vimos con la lengua de Oc.

¿Los rasgos identitarios de Cataluña? Como los de todos los sitios. Cuatro anécdotas más o menos rescatadas al pasado (bailes regionales, gastronomía y una lengua protegida a costa de perseguir la rival). No es más distinto un catalán para un vallisoletano de adopción que un murciano, un valenciano o un maño. Bueno, sí, en que no se le cruza el cable lloriqueando un Estado Independiente. Cada uno tiene su gracia y su modo particular, pero todos nos tomamos el pincho de tortilla con el café con leche.

¿Me vais a decir que en Cataluña han prohibido la tortilla de patatas con chorizo? Ah no. Ahora la llaman tortilla del Ampurdán con butifarreta al pimentó. Pues eso. Unos plastas que se dedican a dar vueltas sobre lo suyo hasta aburrirse. Es el narcisismo provinciano. ¿Quiénes somos, quiénes no somos? Y así hasta que se independicen a hostias, luego seguro que desean volver a unirse al resto de España, y es que el ser humano desea lo que no tiene, y los catalanes tienen de todo menos una cosa: dirigentes de un Estado que puedan hacer lo que quieran. O sea, lo que diga la Merkel.

Lo único que siento es que la irresponsabilidad de los políticos siempre terminan pagándola los paisanos que no tullen ni mullen. Sería una pena que los leridanos tuvieran que sacar un visado para visitar a su familia de Zaragoza, o los de Hospitalet no pudieran viajar a Málaga para ver a sus tíos y parientes. O no pudiéramos viajar a Barcelona para ver un Barsa Llagostera. Es lo que tiene dejarse llevar por los plastas, que te convencen que antes muertos que tranquilos. Pues eso, a morir por la patria.

El agua de la fuente

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