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Buscando a los opresores castellanos.

Me contó un amigo el otro día, que cuando vivió en Cádiz, acudió en una ocasión al instituto un político del partido Andalucista para ilustrar a los alumnos sobre las maldades de los castellanos, que habían sido terribles opresores contra los andaluces. Ya saben, la vieja retahíla de que los castellanos son sedientos asesinos y ellos almas puras y de cántaro. Los pobres andaluces eran oprimidos por las fuerzas castellanas desde hacía muchos siglos, y que por eso andaban como andaban.

Coincidía con lo que le decían sus alumnos, vecinos y compañeros en un instituto rural del País Vasco, que los castellanos habían sido los opresores de los vascos desde los tiempos prehistóricos, y que qué malos los castellanos que robaban y habían esquilmado a los vascos, y como diría el lehendakari, a los vascos y a las vascas, pues.

Recuerdo que cuando era pequeño y vivía en Tarragona, había gente adulta que opinaba que Castilla había oprimido a Cataluña, y que ellos eran trabajadores y los castellanos indolentes. Recuerdo que alguien dijo que si Castilla fuera un gran lago, la periferia sería mucho más próspera y rica.

Yo por supuesto, no entendía mucho de opresores y oprimidos, por eso cuando vine a vivir a Valladolid, pulmón de Castilla e hígado de León, no encontré opresores por ningún lado. Más bien al contrario, había simplemente gente y más gente, como en todos los lados, al menos en Valladolid la ciudad.

También recuerdo que había un discurso que con los años se ha moderado sobre catalanes y vascos, que rumiaba algo así como que todo el dinero se les daba a ellos, y nada para Castilla; pero he de reconocer que no hablaban nada de haber sido ni opresores, ni oprimidos.

Hace unos años participé en una cena Pascual con un grupo de personas del camino Neocatecumenal, y entre ellas había una muchacha que era hispanoamericana. No recuerdo el país. Se empeñó en darnos la cena exhortándonos reiteradamente para que participáramos de su idea de que los españoles, y por supuesto los castellanos, habíamos sido opresores de América, y que les habíamos robado el dinero y el oro, y no se cuantas cosas más.

Como ya tenía más edad y más lecturas hechas contesté a la buena señora que los que habían robado eran realmente las élites de su país, y que cuando España dejó América, tenías tantas posibilidades de prosperar como sus vecinos del Norte. Así que no echara la culpa a los demás de sus miserias.

Y el caso es que es un tema recurrente del que se me ocurren varias reflexiones.

La primera. Que la gente necesita un enemigo al que echar las culpas. Catalanes, vascos, andaluces, gallegos y ahora leoneses buscan un chivo expiatorio que cargue con las culpas de todos los males. Era una táctica del totalitarismo que se ha ido apropiando el nacionalismo con más fuerza, hay un malo al que perseguir, porque con un malo al que perseguir alimentamos sentimientos de odio y neutralizamos nuestras propias responsabilidades.

La segunda. Que el discurso de opresores y oprimidos impregna de raíz nuestra manera de estar en el mundo. Eso lo aprovechó el marxismo en su momento, pero parece difícil encontrar un político por el mundo que no aliente la existencia de unos opresores para justificar sus crímenes, irresponsabilidades o desvaríos.

La tercera. Que hay gente lo suficientemente idiota que se lo cree. Incluso gente con estudios. El discurso de opresores y oprimidos lo mantiene desde el catedrático biempagado hasta el pueblerino más cetrino del villorrio.

En definitiva, que no hay rebaño de hombres y mujeres que no vean a un opresor en algún lado; y soy consciente de que casi todos los movimientos totalitarios, desde la ideología de género hasta el nazismo más primario han necesitado y necesita un demonio para justificarse. Llámese heteropatriarcado, llámese judíos. La misma Revolución Francesa veía antirevolucionarios por doquier, lo que les venía muy bien para exterminar y asesinarse alegremente.

El caso es que sale uno a la Castilla rural, a la que toda la vida ha sido opresora y sigue oprimiendo y se encuentra con tres abueletes sentados en el poyo de la casa, en el carasol disfrutando del frío invierno, con la boina embutida hasta las cejas y cerrando la garganta con la bufanda de lana de hace unas cuantas navidades. Ahí andan, ocasionalmente juntos y como todas las tardes.

Y les escucho hablar mientras compro el pan en su panaderia que me pilla de paso. Primero   apuran sus cigarrillos, prohibidos por sus opresoras esposas, y luego tiran las colillas al suelo mientras murmuran lo jodida que está la vida y que van a quitar al médico que venía los miércoles. Y otro le contesta que lo que falta es gente joven y que con dos críos la escuela no se va a mantener.

Y ahí es cuando comprendo que por mucho que busque a los opresores castellanos, no los voy a encontrar jamás. Se fueron a oprimir a los demás, y hoy no se los distingue de los oriundos. Digo yo que será eso.

 

 

Lo profundo es el SILENCIO

Yo no sé a ustedes, pero a mi cada vez me gusta más el silencio, estar en silencio y que haya silencio a mi alrededor. Podría ser cuestión de la edad, pero en mi caso no, pues siempre me ha gustado el silencio, y siempre he sufrido en los garitos, bares y discotecas donde para hacerte entender había que hablar a gritos porque la música era estruendosa. Ahora que gracias a Dios no me dejo caer por esos infiernos del ruido, sigo apreciando el silencio. Y añorándolo.

No debe ser sólo cosa mía, pues ya Platón hablaba del murmullo de los astros, del silencio de las esferas, de la sinfonía de la naturaleza que con su devenir entonaba un hermoso cántico de alabanza, al que los cristianos llamamos Dios creador y Dios Padre. Silencio imprescindible para pensar bien,… y para amar mejor.

De toda la vida han manifestado los místicos que en el silencio nos encontramos con Dios y con nosotros mismos; y los místicos castellanos frecuentemente han alabado la tierra de Campos, llena de silencio y de paz. Mares de cereal, con ríos que son caminos de polvo y soledad. En el silencio encontramos la profundidad de la existencia, el sentido a las cosas, la trascendencia que nos ampara y la auténtica verdad que nos aguarda tras la muerte.

Dicen también los estudiosos de la mística que el silencio se alcanza de fuera a dentro, pero también de dentro a fuera. Es decir, que no basta con que haya silencio en el exterior, sino que también es imprescindible hacer silencio desde dentro. Que los pensamientos abrumadores, la imaginación loca de la casa (Santa Teresa dixit), los estreses y los murmullos interiores se vayan apaciguando para poder escuchar la voz anhelante y sosegada de Dios. Silencio y tiempo de silencio. Horas delante del silencio logran hacer este milagro de devolvernos la vida que nos roba el ruido día a día.

Y es que por desgracia, vivimos en una sociedad excesivamente ruidosa, donde cuesta hacer silencio incluso en las iglesias. Hay gente de rezo diario que le cuesta mucho adentrarse en la oración contemplativa que mana del silencio, pues está acostumbrada a la repetición de las oraciones repetitivas. Todo lo que lleva a Dios es bueno, sin duda, pero muy fácilmente sustituimos las autopistas por los caminos tortuosos, las carreteras de buen asfalto por los senderos; creyendo además que son lo contrario de lo que pensábamos. Si eso sucede con los que están a favor del silencio, ¡qué no harán los odian el silencio!

No hace muchos años escuché que una persona que no fuera capaz de estar durante una hora sin hacer nada, sentada, sin hablar nada, sin pensar en casi nada, era una persona con cierta neurosis. Y hoy, curiosamente, me encuentro que se utilizan determinadas dinámicas pedagógicas consistentes en hacer meditación en silencio, con ayuda de la respiración, para tranquilizar a los estresados angelitos que nos envían a los colegios. Primero se persiguió la religión en la escuela, y ahora nos cuentan que el silencio es importante para la educación. Normal, no hay más que observar para apreciar lo importante que es hacer silencio, que fluya de dentro a fuera, que nos invada y que nos tranquilice.

Decía Lennon que si la gente hiciera cinco minutos de silencio al día, habría menos guerras en el mundo. No sé si tendrá razón, lo que sí creo es que vivimos en una sociedad muy ruidosa, donde el silencio ocupa cualquier instante de la vida. Muchos caminan por la calle escuchando música, la radio… no pueden escuchar el silencio. Y los micromomentos, que antes se empleaban en pensar y en la nada, ahora son ocupados por los mensajes de los grilletes que atan a la gente y que reciben el nombre de móviles, redes insociales, etc. Hay lugares de la tierra donde jamás, a ninguna hora hay silencio, y hogares donde no hay silencio salvo que se vayan sus ocupantes. Es como si sembráramos de ruido todo nuestro alrededor, y nos reconfortara aturdirnos con él. Es el miedo a la libertad que proporciona el silencio.

Hasta los minutos de silencio de los campos de fútbol están reducidos a 20 segundos. Y palabra que es así, porque voy al fútbol a menudo.

La Semana Santa, que está ya a las puertas, goza en Castilla del atributo del silencio. Los tambores colaboran, y las músicas de corneta y quebranto invitan a acompañar los bellísimos pasos en el silencio. Por desgracia, mucha gente no guarda tal silencio, y no paran de hablar, molestando a propios y extraños. Sin tal silencio, difícilmente encontraremos a Dios. Además de impedir el recogimiento en los demás.

Los que nos dedicamos a la escritura, a tomar la palabra, rompemos el silencio con la palabra, es cierto. Pero confieso que el mejor arte, el mejor poema, la mejor novela no es la que se expresa de manera directa, sino la que sugiere algo con silencios elocuentes. Y es que hasta para el arte y la poesía es necesario el SILENCIO. Y es lógico, porque lo que se esconde detrás del silencio, que no es otra cosa que el AMOR.

 

Presentación de la Segunda Parte de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. LEALTAD Y PROMESA. Jueves 22 de octubre, 19h30 en la Librería Maxtor de Valladolid.

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Ya está. Ya tenemos la fecha esperada.

Este Jueves 22 de octubre, a las siete y media de la tarde haremos la primera presentación de la segunda parte de la TRILOGÍA LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Lealtad y promesa.

El lugar elegido para la ocasión va a ser la Librería Maxtor en la calle Fray Luis de León de Valladolid. Una librería con su propia edición de facsímiles, y un trabajo veterano fantástico con el libro y para el libro. No es la única librería que lo hace bien (en Valladolid hay magníficos libreros), pero desde luego es una de las mejores.

Reconozco que no sé todavía quién me presentará, porque he dejado el trabajo y la preparación a Luis Lobato, responsable de la librería en estas y otras lides, pero estoy seguro de que todo irá estupendamente bien.

Confieso mi debilidad por esta segunda parte. Es la que más me gusta de las tres. Me resulta interesantísima la guerra fratricida entre los hermanos y reyes: Sancho, Alfonso y García, allá por el siglo XI. Una historia que dio lugar a cientos de romances y leyendas épicas sobre hijos enfrentados, caínes y abeles que se odiaban a más no poder, madres que lloran la pena de sus hijos malvados, territorios divididos y familias de nobles castellanos, leoneses y gallegos enfrentados.

Me gusta porque hizo famosa a Zamora, la que no se ganó en una hora, porque las mujeres son recias y fuertes como volcanes, y me agrada sobremanera porque mis protagonistas, Fernando y Nuño, han crecido en madurez como caballeros y hombres, son jóvenes leales a sus señores y cumplen las promesas hechas ante la reina Sancha, y ante sus vidas.

Me gusta esta parte porque se aprecia perfectamente la verdadera magnitud de personajes como el Cid (sin los aditamentos de la leyenda), el conde Ansúrez (señor desconocido en Valladolid), o la condena que hizo la historia, creo yo que injustificadamente, contra García de Galicia. Es una novela tan bien documentada como la anterior, que quiere humildemente hacer justicia a lo que verdaderamente sucedió.

Me ha sorprendido entre zamoranos, burgaleses, leoneses y castellanos que la historia todavía guarda entre nosotros partidarios y detractores de uno y otro bando. Y eso lo he podido comprobar conversando con unos y otros. Pongo bien al Cid o lo dejo por rastrojo, me han preguntado muchos. Para mi no es el protagonista, pues los verdaderos protagonistas de la historia son los sentimientos y las lealtades. Yo solo intento ser fiel a la historia, y creo, sin ponerme ninguna medalla más de las que me corresponde, lograrlo.

¿Vellidos Dolfos? Por supuesto que sale; una anécdota de las cientos que en la novela se muestran con toda su luminosidad.

El agua de la fuente

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