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La paranoia nacionalista en España: entre Cataluña y ETA.

Qué razón tiene el amigo Boadella, más que un santo con esta frase: “El nacionalismo lo primero que hace es poner un enemigo en funcionamiento, y en el caso del nacionalismo catalán el enemigo es España. Creo que hay una parte de los catalanes que están enfermos de paranoia porque creen que España está contra ellos” Albert Boadella.

Y es que desde hace doscientos cincuenta años los nacionalistas de todo pelaje no han hecho más que meternos en guerras, en posguerras, en luchas de liberaciones y en entelequias inventadas por sus paranoias. En Europa, el nacionalismo ha sido el creador de un cúmulo de mentiras tan abundante que todavía no nos hemos recuperado, son los padres de la leyenda negra antiespañola, los abuelos del racismo eurocéntrico y protestante, los bisabuelos de los exterminios más masivos y genocidas de la historia, y, finalmente, los tatarabuelos de la propaganda que trata de ocultar sus genocidios. Y ahí siguen, afirmando tan panchos y circunspectos que son víctimas, como si no pudieran sentirse y ser catalanes, españoles, europeos y terrícolas a la vez.

El origen de sus lamentos está, y creo no equivocarme, en el complejo de inferioridad que arrastran frente a los vecinos; lo cual, sea dicho de paso, se combina sutilmente con el ansia de poder. Tampoco es nuevo. Si los flamencos del duque de Orange montaron sus guerras y mentiras para independizarse de su legítimo rey, casualmente español, fue porque se sentían inferiores, porque ambicionaban el poder, y porque son así los pobrecillos. Malos hasta asesinar a los que piensan distinto; y lloricas cuando no pueden usar la guillotina.

Por eso no es casualidad que Puigdemont, y antes los etarras, eligieran Bélgica como paraiso nacionalista. Tampoco es extraño que un poco más al norte, en un condado independentista del Reich actual, un juez alemán se hiciera un lío con el asunto. Entre el complejo nazi, el miedo al qué dirán, y la ignorancia. Tampoco es nada nuevo.

Y es que Europa está sentada sobre un polvorín al que le quedan unas cuantas guerras más  para espabilar, todas con el nacionalismo y sus embustes como principales mecheros. La última guerra en Europa fue por la fragmentación de Yugoslavia, nacionalismos enfrentados. Pero las próximas serán por Cataluña, quizás Alsacia, Babiera o Córcega, Escocia, Gales o Irlanda del Norte. A saber. ¡Ojalá me equivoque, pero Europa corre hacia su siguiente guerra sin ser consciente de ello! Y el problema es que tenemos las papeletas para que nos pase a nosotros: gobiernos débiles y paralizados, sociedades manipuladas y complejos. Muchos complejos a la derecha y a la izquierda.

El nacionalismo es la versión finilla del tribalismo, al pueblerino, al tractorino y al patán que inventa paranoias, persecuciones inexistentes y victimismos falsarios. El nacionalista eleva la mirada al auditorio buscando que apruebes sus ridículos argumentos. Si les das lo que quieren, que es el poder y el dinero, te seguirán mirando por encima del hombro. No tendrán, además, ningún reparo en perseguir a los no nacionalistas cuando se les antoje. Y tampoco les preocupará robarte parte de lo tuyo aduciendo que necesitan expandirse (Valencia, Mallorca, Navarra, Praga o Polonia). Están deseando humillar al resto del mundo para demostrarse a sí mismos que son como los demás (acomplejados) y así indefinidamente.

Siendo sinceros, yo creo que el nacionalismo no tiene capacidad para gobernarse ni inteligencia para mejorar ni siquiera lo suyo. Su guía son las emociones y los sentimientos, por eso inventan conflictos donde hay paz y prosperidad. Suelen conducir a los suyos a la muerte y a la guerra, con el simple argumento del “porque yo lo valgo”. Y pocas veces, muy pocas hacen cosas buenas por su pueblo. Si tocan la educación, la convierten en excluyente (de los castellanoparlantes por ejemplo), y si entran en materia de sanidad, escogen a médicos que hablen su lengua antes que sean los mejores en medicina. Son así.

Me dice un amigo que el nacionalismo se disfraza de patriotismo, pero que es muy distinto. No le falta razón. El patriotismo consiste en amar a tu nación y su cultura sin excluir la de los demás. Reconocemos lo propio y nos admiramos de lo ajeno. Es curioso que los patriotas enfrentados en la guerra, por ejemplo, se suelan reconocer en las ideas que los unen y en el honor del servicio a los demás, a los suyos.

Pueden hablar y entenderse. Wellington y Castaños, por ejemplo, se reconocieron como tales, y reconocieron la valentía y capacidad de los franceses que tenían frente a ellos. Ellos aman su país, igual que nosotros el nuestro. El honor está por encima, y no se pide al enemigo que traicione a su patria.

Pero el nacionalismo no funciona igual. El nacionalismo está lleno de envidia por lo que no tiene, y codicia lo que nunca tendrá. Ningún etarra dirá una cosa buena de España que excluya a los vascos de su bondad. Lo mismo los Puigdemónicos. El nacionalimo se inventará amores enfermizos en lo que les parece que es auténtico, exclusivo y natural a ellos: su raza, su bandera, sus cánticos y su lengua. Y alimentan con la misma necesidad el odio intransigente y racionalizado contra el esperpento creado. Necesitan un enemigo ridiculizado sobre el que ciscarse y perseguir. Lo malo es que no les importará matar, derramar sangre y destruir su patria con tal de conseguirlo.

La semana pasada hemos visto que ETA ha anunciado su final. Pero eso no será el final de su guerra (su presunto conflicto). Seguirán con la propaganda hasta hacernos creer que sus asesinos son héroes y mártires; y que sus asesinados nunca existieron. Por eso, hasta que no haya un monumento a Miguel Ángel Blanco presidiendo la playa de la Concha en San Sebastián, ETA no habrá muerto. Y hasta que no podamos pasear con una bandera española por Alsasua, Tordesillas, Zafra, Hernani, Hospitalet, Basauri y Dos Hermanas (pueblos todos españoles) no podremos hablar de libertad y democracia en nuestra patria. Hasta que Puigdemont no sea juzgado por sus presuntos delitos, no habrá paz en España. Ni en Europa.

 

La futura y próxima guerra civil europea.

No quiero ser pájaro de mal agüero, ni mucho menos. Cualquier guerra sería un desastre de proporciones humanitarias gravísimas en Europa, y en cualquier lugar del mundo, pero tengo al sensación de que la Unión Europea camina hacia una Tercera Guerra Mundial. Espero equivocarme como pitoniso, pues sería un fracaso estrepitoso de Occidente en su conjunto. Lo malo es que si me pongo a estudiar los antecedentes históricos, y añado al cóctel la deriva de la sociedad Europea, entendida en su conjunto, deduzco una posible guerra. Dios no lo quiera.

Vamos al principio. La razón de ser de la UE fue evitar una Tercera Guerra Mundial que enfrentara a los europeos. Después de la Segunda Guerra Mundial era una buena solución. Teníamos los cadáveres calientes sobre la mesa, y había que asegurar que Francia y Alemania (especialmente) no siguieran jodiendo al resto con sus interminables batallitas.

Además la idea era muy buena y sonaba muy bien: construir un marco supraestatal de libertades y de democracia que resistiera frente a los totalitarismos amenazantes (comunismo y nacionalsocialismo). Unos Estados Unidos de Europa frente (junto ) a los de América, y frente al creciente poder asiático. Muy bien. Felicidades, muchachos. Viva el ingenio y montemos los Erasmus.

Francia, Alemania, el Benelux (Belgica, Luxemburgo y Holanda) e Italia fueron los primeros, luego vinieron los siguientes periféricos, y conforme se fue deshaciendo el totalitarismo en la Europa comunista se fueron incorporando países al paraiso de libertades y de respeto de los Derechos Humanos, incomparable en el resto del mundo. Luego llegó la idea de suprimir fronteras, facilitar el tránsito, inventar una moneda. Ya está. Ese el el punto en el que estamos.

Pero no funciona bien y es un ídolo con los pies de barro.

Los dos peligros más serios a los que se enfrenta la UE son, desde mi punto de vista, el exceso de burocracia para manejar diferentes Estados cuya aspiración debería ser la UNIDAD, y por tanto la disolución de las soberanías nacionales. No es un problema menor que Europa sea fría para sus ciudadanos y que no haya sentimiento de unidad. Al contrario, el sentimiento antieuropeaísta es muy fuerte en muchos sectores de la sociedad que solo se ven tranquilos cuando extienden el cazo para que les den más pasta. Vease Syriza en Grecia. No todos están aportando lo mismo, porque no todos tienen lo mismo. Y muchos europeos, en el otro lado, no ven con buenos ojos que su pasta acabe en la otra punta de la UE, ni que haya getas ni aprovechados con la mano extendida eternamente.  Todos tienen su parte de razón. Y es que hay sentimientos que solo se solucionan con un concepto nuevo inexistente en Europa: la fraternidad, la unidad cultural. Unidad complicada con tantos idiomas, sentimientos provincianos y gente acomplejada. Catolicidad es la palabra, pero muchos prefieren el islam y la cristofobia.

El congelador de la UE se pone en marcha cuando no se trata por igual a todos lo países. Los agravios comparativos son terribles e ineludibles. Las exigencias a Francia cuando se pasa de déficit son música celestial comparado con las mismas exigencias cuando el afectado es Grecia o España. Tampoco las normativas son ecuánimes en la UE. Si un presunto delicuente llamado Puigdemont y compañía se puede pasear por UE a su gusto, y nadie defiende la legalidad del Estado Español con el que tiene pendiente algunos asuntos, entonces, ¿para qué querrá España la desaparición de fronteras y la unidad territorial? Si las volviéramos a cerrar, los británicos no se habrían ido de la cosa nostra. ¿Me equivoco? Con la doctrina Parot sucedió igual. Estrasburgo, que es un tribunal político, anula la forma de proceder de los tribunales españoles con los terroristas condenados por delitos de sangre. ¿Acaso han tenido ellos el terrorismo que han tenido en España? ¿Alguien puede dar lecciones de democracia a España, que conquistó pacíficamente su propia democracia desde una dictadura apoyada por los actualmente socios europeos? No todos los ciudadanos tenemos los mismos derechos, ni deberes, en la UE. Ni hemos sufrido lo mismo en la historia. Y eso es un problema para encariñarse con ella.

El segundo problema, además de su ineficacia burocrática, es el incremento del nacionalismo en sus formas más totalitarias, provincianas y exaltadas. El mapa que he colgado en la foto, recoge (parcialmente) el mapa de las naciones europeas si consiguieran la independiencia aquellos territorios que lo solicitan y que se están aventurando en el lío. Me explico, Tractoria (verbigracia Cataluña independentista) tiene muchos partidarios en Europa que le hacen el caldo gordo. Los reciben, los aplauden y los visitan. Coinciden en ser gropúsculos de extrema izquieda y de extrema derecha. ¿Gropúsculos he dicho? Perdón. Los neonazis son la segunda fuerza en Alemania, también en Francia y en muchos otros países son la primera. Así que átense los machos, porque la Unión Europea tiene menos futuro que Tabarnia (o sea Cataluña en España y en Europa). Y eso, si mis cálculos no me fallan desemboca en una guerra civil. En un enfrentamiento entre dos concepciones del europeísmo. Una lo quiere deshacer, y la otra lo quiere construir. Casi nada.

¿Se podría aceptar una Francia totalitaria con un gobierno ultranacionalista (Le Pen) que no desee pertenecer a la UE? ¿Y una Bélgica que ampare a los nacionalistas insurrectos y golpistas del resto de Europa, sencillamente porque los necesitan para gobernar? La Belgica que crea terroristas islámicos y mira para otro lado cuando atentan en París, por cierto. La que se inhibe y protesta cuando asaltan las fronteras de Melilla. ¿Cómo detenemos al enemigo cuando tenemos que tratarlo como amigo? ¿Dónde nos quedamos los que pensamos que es preferible una UE más fuerte? ¿Podría la mayoría de los ciudadanos europeos que quieren la UE enfrentarse a una Francia dividida que se quisiera salir de ella? De momento ya liquidaron la abortada Constitución Europea en el vientre de su madre.

Está claro que habrá que tomar decisiones, y no puedo dejar de pensar en decisiones militares, porque lo contrario será simplemente la disolución de la UE. En cuanto lleguen los totalitarios al poder en Francia y Alemania (llevan escalando puestos unos cuantos años), se terminará el asunto comunitario. ¿Se imaginan una negociación entre el Frenxit y la UE para la salida de Francia? ¿Y la de Alemania negociando para salirse? ¿Nos hacemos todos Alemanes y volvemos al antiguo imperio romano germánico? De momento hemos abandonado a casi la mitad de la sociedad británica que deseaban pertenecer a la UE. Casi nada. ¿Se volverá a hacer lo mismo con Francia? ¿Y si Alemania se radicaliza más hasta vencer los neonazis en las elecciones? ¿Se van con Hungría y nosotros con Portugal, Andorra e Italia? ¿Puede un tribunal regional poner en tela de juicio la decisión del Tribunal Supremo de otro país? No son preguntas de ciencia ficción, están ya entre nosotros.

El problema es que Europa no tiene ejército propio que la defienda de sus enemigos externos e internos. Siempre ha confiado en los Estados Unidos de América, y por interés. Tanto a USA como a Rusia quizaś les interese más una UE no tan fuerte económicamente ni políticamente. ¿Acaso la crisis en el Euro no fue provocada por los USA y sus especuladores? ¿Acaso no depende Ucrania y el problema de Crimea de que Alemania necesita el gas siberiano de Rusia? Eso es Europa; un gigante con los pies de barro.

¿Qué cuáles serán los bandos de la futura Tercera Guerra Mundial? Yo imagino dos. Los Europeístas que aspiran a unos Estados Unidos de Europa, frente a los Nacionalistas que aspiran a una separación estricta de las naciones y sus identidades culturales en el continente. La guerra, por supuesto, si se internacionaliza, contaría con unos USA apoyando un bando, y Rusia al otro. Si apoyaran al mismo, está claro quienes quedarían derrotados.  Y si no hay guerra ni se camina a la unidad, no parece que el invento de la UE pueda durar mucho. Bienvenida peseta, y acogemos al gobierno de Tabarnia en el exilio. Boadella, te queremos.

 

Reformar la Constitución del 78. ¿Para qué?

Celebraremos el próximo año, el 2018, el cuarenta aniversario de la Constitución Española de 1978, que es tanto como decir el periodo de más paz y estabilidad que ha habido en nuestro país en casi doscientos años (con permiso de Cánovas, claro). La Constitución lleva gobernando esta república-monárquica nuestra más años que Franco campeando la suya, lo cual demuestra que es mejor la democracia que la dictadura, y que lo que les sucede a los venezolanos es una putada, por no hablar de los chinos.

Seguramente, la razón por las que haya perdurado tanto tiempo una Constitución en nuestra patria, tan amante de los golpes de Estado, y tan derogadora de constituciones (en el siglo XIX hubo unas cuantas) se debe a la incorporación de España al club de las potencias europeas. También a las virtudes de los políticos de entonces, que fueron capaces de escribir una carta magna sin vencedores ni vencidos, un texto que fuera un punto de partida para un país que quería ser distinto: democrático y de derecho, plural y con oportunidades para todos. Libertad, igualdad, justicia y pluralismo político. Casi nada.

España aspiraba a ser un país como el resto de los países europeos. Sin complejos. Con una monarquía moderna como las Europeas, un respeto elemental a los derechos humanos (con Franco esto no lo hubo, y con Stalin menos) y un sistema comercial basado en el libre comercio y en el capitalismo intervenido por razones sociales. Todo estupendo. La Constitución es simplemente una norma jurídica bien hecha que permitió que fuera posible tal proyecto. Si no se ha hecho mejor no es porque la Constitución no lo permitiera, sino porque los gobiernos puntuales que hemos tenido han sido cortoplacistas, han buscado el triunfo electoral por encima de la mejora nacional, y han anhelado el poder para colocar a los amiguetes en lugar de trabajar por la mejora real del asunto concreto que les ha tocado. Ha habido gobernantes nefastos, es verdad, y si el chiringuito no ha petado es porque a pesar de ellos, la Constitución es mejor que nuestra clase política. Sin duda que sí.

Aunque supongo que las buenas intenciones no hayan faltado, también es verdad que un buen número de los gestores de la cosa pública han acabado en la cárcel. Barrionuevo, el Ministro de Interior del PSOE, fue aclamado a las puertas de la prisión por los “suyos”, olvidando que había montado un grupo terrorista para perseguir a ETA en plan clandestino. Por suerte, Aznar demostró que a ETA se le puede derrotar simplemente acosando a los terroristas y al entorno terrorista con las leyes de la mano. La Constitución permitió la derrota de ETA, que ha sido a la postre el gran intento de desestabilizar la democracia en estos cuarenta años.

No recuerdo otra quiebra más grande del Estado de Derecho en estos cuarenta años salvo la del golpe de Estado de Tejero en el 81, militares nostálgicos que no se enteraron que la democracia funcionaba bien, o el golpe de Estado del Gobierno Catalán perpetrado a cámara lenta durante varios años y que ha culminado en el 2017, bajo la complicidad del gobierno central que ha hecho como que no lo veía (y que sigue sin ver lo que hay al otro lado del río). También el atentado del 11 de marzo del 2004 en vísperas de unas elecciones tuvo algo de golpe a la democracia. Aquello colocó en la Moncloa a Zapatero. Por desgracia se desestabilizaron las reglas democráticas, y una parte de la izquierda salió a la calle sin respetar las reglas del juego de la jornada de reflexión, pero bueno. Tampoco muy grave. Votar es muy sano, porque si pierdes te callas por un tiempo, y si ganas te quedas a gusto. Y lo mejor, se van unos y vienen otros. Aunque algunos no terminen nunca de llegar y otro no se marchen del todo. De todas formas, esto funciona, porque la Constitución y la sociedad española aguanta lo que le echen.

Lo cierto es que el texto constitucional consiguió casi todo lo que se propuso, casi todo lo que estaba en su mano, claro. Por desgracia, los gobernantes no han estado a la altura, y han destruido una parte importante del patrimonio cultural y social, jurídico que heredaron, lo cual debería ser un delito en sí mismo. La independencia judicial sin ir más lejos. En el año 78 era magnífica; pero el PSOE se la cargó politizándola en el año 85 con el CGPJ, una de las mayores estafas políticas que luego ha mantenido el PP, y que simplemente quebraron la división de poderes. A pesar de todo, el sistema aguanta, pero el daño es tan profundo, que la sospecha contra la administración de Justicia nunca ha terminado, a pesar de que la inmensa mayoría de los jueces lo son de oposición, unos cuantos lo fueron a dedo del político de turno. En fin, que la Constitución ha aguantado, lo que supone que es hace bien lo suyo, incluso a pesar del Tribunal Constitucional y sus caóticas y contradictorias sentencias.

La creación de un país descentralizado totalmente en autonomías lo permitió la Constitución Española. No era el modelo propuesto por los políticos de entonces, que solo contemplaba que esto fuera algo para que las autonomías más pertinaces (Cataluña y las provincias Vascongadas) se deleitaran un poquito más mirándose el ombligo. Se reconocía que España era un país plural, vale. Aunque eso ya lo reconociera el gran sistema descentralizador del siglo XIX, las provincias y las diputaciones.

Luego llegó el café para todos, y filetes para todos, y langostinos para todas las autonomías. La Constitución lo permitía, pero que se hayan creado 17 reinos de taifas con sultanes, califas y chupópteros de toda clase y condición no es culpa de la Constitución. El descalabro educativo, el caos sanitario, la persecución de los castellanos parlantes en algunos territorios por razón de su procedencia o lengua es algo que la Constitución no ha podido detener, entre otras cosas porque los gobernantes del momento no han querido hacerlo, ni en Madrid ni la periferia.

Por eso, ahora que se habla de reformar, me pongo a temblar de espanto. ¿Quién va a reformar la Constitución? ¿Los que no creen en la separación de poderes? ¿Los que no respetan la independencia del Poder Judicial y colocan a los suyos? ¿Los que no creen en la unidad ni en la bandera ni respetan la institución más estable que tenemos que es la Monarquía? Reformar no significa hacerlo a mejor, también se puede hacer una cagada monumental; y por desgracia, no veo a la clase política actual preparada para hacer tal cambio. Tampoco veo a la sociedad española con suficiente humildad ni capacidad para afrontar un reto así. Mucho sectario y mucho soberbio es lo que domina el panorama de la izquierda, y muy acojonada y acomplejada veo a la derecha. Saldrá un pastiche fétido y partidista como se pongan.

Lo dicho, no veo políticos capaces de reconducir el Estado Autonómico para que mejore el país; ni gente preparada en mejorar la educación. Salvo el rey Felipe VI que tiene bastante cabeza, esto está lleno de ineptos. Así que me declaro en contra de cagarla. O sea, que mejor no meneallo.

 

Amar y odiar Cataluña. Amar y odiar España.

De verdad que no me apetecía volver a tocar el tema de Cataluña, que ya aburre por cansino y triste. Pero es obligación en estos días donde los sentimientos se agolpan y se endurecen, como si de una relación de amor se tratara, de amor y odio a un tiempo, escribir y dar una palabra de esperanza a la cuestión catalana. Además, es obligación del que escribe iluminar a los lectores que de fuera de España, mi país, siguen esta bitácora con cariño y entusiasmo, y esperan una palabra que les aclare qué sucede con el problema catalán, con el problema de España.

España es un país acomplejado. De los que más. Perdió en su momento la batalla de la historia contra las grandes potencias europeas (británicos, franceses principalmente), una batalla que era propagandística, y que tuvo como principales voceros a los intelectuales españoles del siglo XVIII, XIX y XX que difundieron durante mucho tiempo la leyenda negra española, copiando las mentiras de británicos, franceses y holandeses, sobre todo. Luego nosotros nos atascamos pensando en el problema de España, como si España tuviera un problema con su historia. No lo hemos superado, y andamos pensando que los españoles somos malos, más malos que el resto. No es verdad, claro, pero tenemos complejo y no hemos ido al psicólogo.

Eso es algo que nunca sucedió en otros países. Francia no tiene complejos, y Gran Bretaña menos. Se la sopla los que piensen los demás cuando hacen el animal. Pero España no. Somos un país sensible, de artistas y de mendigos, de pícaros y de héroes, de Quijotes y de Sanchos, un pais de místicos y putas, de héroes y villanos, de cantaores de flamenco que se mueren de hambre mientras reciben el reconocimiento de los de fuera. Somos un pueblo de tópicos románticos que odiamos, pero somos un pueblo de siesta y de orgullo. Comemos a las tres de la tarde los domingos para demostrar al mundo que no pasamos hambre y que hemos desayunado bien, coño. Somos lo que somos, distintos y especiales. Es verdad.

Pero en España también tenemos un lado negativo, y es que nos puede la envidia, odiamos todo lo nuestro. Somos así. Los españoles hablamos mal siempre de nuestro país. Por eso somos un país fuerte, decía Bismarck, porque a pesar de todos por escojonarla no lo logramos. Los españoles odiamos ser españoles, casi como principio. Y amamos ser españoles porque somos los mejores. Nos sentimos malos y pedimos permiso casi por dar al mundo a Goya, a Picasso o a Cervantes. Somos diferentes, así nos entendemos, y no somos capaces de VER el profundo aprecio y cariño que despierta nuestro país en el mundo, uno de los más admirados y queridos por su simpatía, cariño, romanticismo y belleza. No nos conocemos, y preferimos odiarnos. Por eso somos tan europeístas, porque nos acompleja menos ser Europeos que españoles.

Durante el franquismo, fruto de los mecanismos de la dictadura y de los intereses del llamado Movimiento Nacional (falange, acción católica, militares, etc), se reconstruyó una interpretación de nuestra historia nacional sesgada. Se exaltaron y mitificaron a algunos personajes nuestros como el Cid, o los Reyes Católicos, que poco menos tenían sus continuadores en Franco y en José Antonio Primo de Rivera. Y se denostaron a otros, que simplemente fueron olvidados. Cuando terminó la dictadura, España no hizo los deberes de reconciliarse con su historia. Bastaba con reconciliar las familias y las personas, que no es poco. Pero nunca reconciliamos nuestra visión del pasado. Nunca aceptamos que la bandera franquista no era de Franco, o que el Cid Campeador fuera un héroe legendario como Roland el franchute. Nos quedamos sin héroes y sin relatos que nos hicieran sentirnos orgullosos.

Perdimos, en pocas palabras, el sentido de nuestra identidad, y nos refugiamos en localismo y tribalismos autonómicos. Por eso nos escriben los hispanistas ingleses lo que sucedió durante la guerra civil española, porque no nos hemos reconciliado con nuestra historia. Por eso, no sabemos qué significa ser español. Quizás no sea más que una entelequia que nadie se plantea, pero nosotros sí; y nos flagelamos por ser lo que somos, aunque sepamos que somos estupendos.

Esto explica que en España, durante cuarenta años de democracia, lucir la bandera española fuera entendido como un gesto franquista. La izquierda ha denostado más la bandera nacional que la derecha, y su imposibilidad de reconocer lo bueno que tuvo el franquismo, por ejemplo, nos obliga a estar siempre disimulando lo que somos. Salvo excepción, claro, me refiero a Rafa Nadal, al rey Felipe VI, y algunos pocos más que salen fuera y se sienten orgullosos de ser lo que “sólo” (con acento, coño) cuarenta y pico de millones de personas pueden ser en el mundo: españoles, ni más ni menos.

Ante tal complejo, durante la democracia, en muchos territorios se ha potenciado una identidad fascistoide y nacionalista distinta, regional, provinciana, local, y me atrevo a decir que tribal y pueblerina hasta más no poder. Se han llevado la palma Cataluña y Pais Vasco, el primero con su autoreinterpretación histórica, y el segundo con el terrorismo lacerante, fratricida y nazi de ETA;  pero no hay región en España donde no haya cuatro descerebrados amantes de la absurda y ridícula especificidad. Por eso se hablan tantas lenguas que deberían haberse extinguido hacía mucho, y se potencia que en la universidad se considere tanto lo autóctono olvidando el sentido general de los estudios. No hay región en España donde se defienda a España por encima de la autonomía y el provincianismo. Al contrario, se prefiere potenciar al pardillo local que al héroe nacional. Por eso es difícil escribir en España, y es que España no tiene héroes nacionales como tiene todo el mundo, aquí los héroes son locales y de andar por casa. Nuestros héroes tiene que triunfar fuera para ser reconocidos. Si no triunfan fuera, son odiados y olvidados. Aquí no nos gusta el flamenco, salvo que un extranjero nos diga que es excelente; ni los toros, salvo que venga un francés y diga que es único. ni Julio Iglesias salvo que sea reconocido en el mundo entero y viva en Miami. Ni somos religiosos, salvo que llegue un Papa y nos diga que la mística española es lo más característico de nuestro país. Entonces gritamos Viva el Papa como posesos.

Ningún partido en el parlamento actual, por ejemplo, defiende la unidad clara de España (quizás Ciudadanos – que nació en cataluña precisamente – la cuarta fuerza parlamentaria). Todos los partidos hacen la vista gorda con los regionalismos estúpidos, y con las gilipolleces que nos cuestan dinero. Pero que forman parte de lo políticamente correcto aquí. Eso ha sido alimentado durante décadas, hasta que los catalanes, tras años de adoctrinamiento contra España (contra ellos mismos) han declarado la independencia olvidando a la mitad de los catalanes que se sienten españoles.

Ver las banderas españolas quemadas y arrancadas por el gobierno catalán y por parlamentarios lamentables ha dolido dentro, a casi todos los españoles normales. Somos orgullosos y nos toca los huevos. También duele en Cataluña a los catalanes perseguidos por sentirse españoles y amar su patria española, y ha dolido en todo el país, claro que sí. Nos duele porque somos pareja de baile, de amor y odio, de viaje y de existencia durante siglos. En muchas regiones se puede tener cierta envidia de los próspera que es Cataluña. Y yo, que viví en Cataluña durante siete años de mi infancia, siempre me ha molestado que se hable mal de los catalanes. Lo entiendo, porque cuanto más ha crecido el desaire que los dirigentes catalanes hacían al resto de los pueblos de España, tanto más se ha incrementado el dolor y el rencor. No son diferentes al resto, odian a España tanto o más que los españoles, pero nos toca los cojones que se lo crean y vayan de guays. En el fondo los amamos tanto como los odiamos, por eso no nos son indiferentes.

Y es que duele lo que se ama, y se odia aquello que no suscita indiferencia. Aquí da igual el tema de la pasta. Cataluña es nuestra casa, y es más odiada y querida por aquellos que más la quieren, andaluces y extremeños. Solo en un exceso de despecho se oye decir eso de: que se larguen y que les den por… No, no. Que se jodan, y que se aguanten como todos lo españoles nos jodemos por ser españoles. De aquí no se va ni Dios… (bueno, Dios sí, pero solo Él).

Salieron los catalanes que aman a España y muchos llorábamos de alegría y esperanza. Estaban escondidos, eran Albert Rivera y otros muchos. Eran hijos de emigrantes, como somos todos en este mundo, hijos nuestros que durante muchas décadas han sido insultados, menospreciados y arrinconados por no ser racistas como los nacionalistas de aquel terruño. Pero son hermanos, hijos, primos, parientes de muchos que desde el resto de España hemos visto quemar los símbolos de nuestros padres. Son de los nuestros, perseguidos y puteados. Catalanes y españoles, hijos todos de una historia y una tradición cultural común. Estamos en el mismo barco, y aquí no puede haber privilegiados.

Y hemos sacado las banderas españolas por primera vez en mucho tiempo.

Coincido con Juan Manuel de Prada, un escritor español, cuando afirma que la unidad de España no se puede basar en la Constitución, sino en las tradiciones que compartimos y que confluyen desde el pasado hasta el presente, en especial la tradición religiosa. Pero para eso necesitamos algo que no tenemos: quitarnos de encima los complejos y buscar en lo que nos une en la historia y como fraternidad. Somos españoles, y podemos contemplar juntos las raíces de nuestra identidad común, en lugar de ahondar en lo que nos separa, mejor subrayar y disfrutar de lo que nos une. Que no es poco, digan lo que digan los provincianos esos que dicen que son no sé qué.

Mamá, soy un fascista.

Se ha puesto de moda en el debate político faltar al otro diciendo que es un fascista. Como si fuera un insulto (ale, ya salio el fascista este). El problema está en que nadie se escapa, y hasta la izquierda más radical recibe insultos de la izquierda más antifascista, que los tacha de ser todos unos fascistas. O sea, en realidad todos somos fascistas en diferente grado de la escala rijter. Menos el último descerebrado, el gran puro y casto antifascista, que considera a la humanidad en su conjunto una falange miliciana toda ella a su derecha. Será manco, claro, ya que él es el único antifascista de verdad, y los demás unos fascistas camuflados.  Yo seguramente sea un fascista en grado 6 escala richter, pero los hay de grado 2 y de grado 9 dependiendo de si sacan la bandera española el día del fútbol, el día del Pilar o cualquier otro día. Desde luego, aquí hay tema para cortar, y mucho.

Al principio de los tiempos fascistas, los fascistas eran simplemente los italianos que seguían a un socialista reconvertido, cuyo nombre era Benito y cuyo apellido era Mussolini. Era el nacimiento de los movimientos totalitarios de nuevo cuño se caracterizaron por su socialismo totalitario reconvertido con una absolutización de la patria, la raza, la nación que es el pueblo y los milicianos con uniformes bonitos. En todo eso chocaban frontalmente con un enemigo artificial que se crearon, el comunismo y el marxismo de Stalin (que era su primo hermano); y con su enemigo natural que era la iglesia católica, siempre defensora de la prudencia, la mesura y el amor al prójimo. Pero como la iglesia no era suficiente enemigo natural, se buscaron el liberalismo y la democracia, que daba más juego, y que además tocaba poder.

Luego surgió el Nazismo, que era el fascismo en plan alemán. En lugar de Mussolini, tuvieron como dirigente a un tipo cetrino de brillante oratoria llamado Hitler. Y en lugar de amar lo suyo, se decidieron a quitarle al otro lo que tenía. Del amor a lo propio y del odio al prójimo debía haber un paso para esta gente. Y así, llámese judíos, gitanos, patria polaca o lo que fuera, se dedicaron a poner en marcha sus ideas machacando al resto. igual que Stalin, vaya.

Curiosamente, Franco nunca fue un fascista, sino un militar, que como todo el mundo sabe, siempre han sido muy admirados por los fascistas. Cuando llegó el momento la desenfundó, se cargó a la falange suplantándola (¡Franco el gran antifascista!) y los mezcló con los requetés, que eran los carlistas del siglo anterior. Para colmo, durante el franquismo, mandó gobernar a los liberales de la iglesia católica, o sea, a los tecnócratas con los pobres falangistas, que casi ya ni eran lo que había deseado ser. Sorpresaaaaa.

En nuestros tiempos, del fascismo no queda nada. Lo que hubo en Alemania lo barrió la guerra, y lo mismo pasó en Italia. Los movimientos de ultraderecha, en realidad no son más que gentes de ultraizquierda cabreada con los emigrantes y con sus ideas imposibles; los cuáles terminan, en un alarde de mosqueo y bronca, votando al primero que les prometa limpieza étnica por las calles, orden público y justicia social. Es el comunismo de Stalin  pero con otro nombre. Fascista, eres un fascista. El liberalismo, que es la base de la democracia, es precisamente el grupo político más acusado de ser fascista y malo, cuando precisamente son los más antifascistas de libro. Para estos insultadores, genios de la propaganda, un fascista es un anticomunista, y un comunista un antifascista. Por eso, si no eres comunista, eres, por definición, un fascista. Así que… todos somos unos fascistas. Incluso muchos comunistas son fascistas como no se anden con ojo.

El epíteto se extiende como el aceite en la sartén, y cualquiera te puede llamar fascista por cosas tan nimias como discrepar de sus ideas. Si no te gusta la ideología de género (totalitaria al estilo Stalin) eres un fascista; si permites la libertad de expresión para todos, puedes ser tachado de fascista, si te gustan los toros eres un superfascista, y si no reciclas las toneladas de plástico que te venden los fascistas eres otro fascista. Si sacas la bandera de España eres un fascista, y no la sacas eres un fascista camuflado. Estamos perdidos, porque la definición de fascista es: tipo que discrepa de otro que se considera antifascista.

En Cataluña, ya lo ha dicho la tipa esa de las cavernas, todos somos fascistas por ver la televisión española y no la teuvetres. Es fascista el Rey Felipe VI, y son fascistas los polis (en realidad son trabajadores) y los guardias civiles (son militares), y hasta la poli regional la pone de fascista según el día.

Como decía Churchill, los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas. Pero claro, que se puede esperar de Churchill, que como todo el mundo sabe es uno de los fascistas más fascistas del fascismo.

Gracias Cataluña, ¡Qué chispa tenéis, tíos!

Sería una tragedia si nos faltara sentido del humor. Y sería una tragedia si muriera alguien, porque cuando escribo esto todavía no ha sucedido nada serio y verdaderamente irreversible. ¿O sí? Los catalanes están decididos a hacer humor, a divertir a toda la comunidad internacional, incluida la española, y la verdad, se lo agradecemos mucho, porque estamos realmente aburridos sin una revolución pachanga que llevarnos a la cara, y sin un reality chou auténtico, de los que se construyen con la vida real, con butifarra y calzoncillo cuatribarrado.

La verdad es que estos días parecía que se iba a quedar en nada el rollito este catalán, pero, ¡qué va! Estaban preparando un gorda, de las más divertidas que yo recuerdo en el mundo de la farándula nacional. El retrato no ha podido ser más bufo y absurdo, cual comedia de Pirandello: las urnas en la sacristía, el Puigdemont escondido cual zorro para votar en la casa del vecino,  gente merendándose varias butifarras nocturnas cual panceta aragonesa, colegios abiertos en noches estrelladas (que no esteladas) con padres escondidos tras sus hijos, el Piqué llorando más que cuando hubo un atentado terrorista y gente votando y metiendo la papeleta en cualquier buzón sonriente. Ni las FARC, oyes. Y el Piqué nos cuenta que es un derecho votar aunque se salten la ley (¿se lo habrá sugerido Shakira?), y los mossos de escuadra (que son la poli catalana) disecados frente a los manifestantes.

No sé por qué dicen que no son españoles, si son la esencia de la españolidad que retrató Berlanga e interpretó Paco Martínez Soria. Mary Sampere era una aficionada al lado de estos tíos. Y por supuesto, hay que dar las gracias a su ideólogo Puigdemont, el quinto miembro del Tricicle, y por supuesto a Marianico, que está esperando en la Moncloa a que pase la fiesta, porque él no es amigo de jaranas, y ha enviado a la poli para ver si alguien hace algo con el problema catalán. Porque él si que no piensa hacer res de res. Ni hoy ni mañana. Que lo sepas.

La fiesta de la independencia ha molado mientras nadie los molestaba. Aunque todo era más aburrido, seguro. Y al amanecer una pena, porque la peña estaba cansada y no ha dado la talla ni para responder a la poli reclamando la independencia por las armas. No tendremos independencia, pero que bien lo hemos pasado. Había juerga hasta en el polideportivo del cole. Como dijo un castizo español, ¿para qué cojones sirve una tía antes de la seis de la mañana? Y es que es verdad, para divertirnos nos bastamos los tíos. Pues bien, la guardia llegó a las seis de la mañana, supongo que con las horas extras pagadas, porque un domingo a esas horas… ya está bien. Y unos cuantos que no se iban. Que viva la democracia. Digo yo que si hubieran llegado antes la poli… pero no. Y ahí ha estado la cosa. Se ha animado el cotarro, y para mi que estaba de antemano todo organizado por la teuve tres para entretener al resto de los españoles y del mundo, que todavía no sabe si las hostias de la poli son legítimas o no. Gracias, tíos. Entretenimiento desde las seis de la mañana, y sin pagar por anuncios.

Los nenes a su casa, dijo la Guardia Civil, y claro, la gente, que tenía a los párvulos de fiestuqui en el polideportivo del colegio tuvo que hacer oreja. Se acabó el maltrato infantil y el tener a los críos dando la nota a las tantas, que hay vecinos que duermen. Serán charnegos dando la murga, qué si no.

El caso es que decidieron clausurar el buen rollo de los que han excluido a media Cataluña por no hablar castellano; y se han pillado un rebote, porque esta gente piensa que un colegio no un centro para educar, sino un lugar para reivindicar sus ideas a costa del erario público, e inculcarles al resto las propias. Visca Catalunya y la República catalana. Que se vayan del cole, que no, que sí. Ale. Gran espectáculo televisado en directo, donde lo único que nos hemos perdido es la butifarra, porque sin duda la han guardado antes de que llegara la poli. Para mi que la han escondido dentro de las urnas, que por eso son opacas. Votaremos por cojones, y vaya si han votado, unos contra otros.

Al final, digo, se ha llevado la poli los votos en bolsas de basura. Por supuesto, se quedaron los que estaban dispuestos a morir como héroes, entre los cuales no hemos encontrado ni a Puigdemont, ni al Junqueras ni a la Gabriela. ¿Qué raro? ¿Dónde habrá votado el honorable Pujol? En su lugar aparecieron los sindicalistas de la causa de turno, los cuales, después de jartarse toda la noche a zamparse buenos huevos fritos con chorizo, butifarra, pan tomaca y rebanadas de payés, han terminado contándonos que son unos mártires de Cataluña. Y que la democracia es hacer lo que les sale de los huevos; por eso es el peor día de la vida del lloroso Piqué. Que agredir a gente que incumple la ley está muy feo, que es mejor que hagan la vista gorda como en los últimos cuarenta años. Y que Rajoy es un facha. Aunque esto último no nos pilla de nuevas.

El día ha estado curioso. Me he enterado que los de la CUP guardaban las urnas en la sacristía de la parroquia, unas urnas opacas, para que no se viera si había dentro una serpiente de cascabel o un taco de votos ya emitidos. Se votaba en casa (la de los ocupas, claro), o en la iglesia, que es la casa de todos. Es lo que tienen las democracias precipitadas. Y solo había un sitio donde esconder las dichosas urnas: o en el contenedor del barrio, siempre bajo la desgracia de que pase el camión de la basura antes de la madrugada; o en la parroquia, que es el lugar menos visitado en Cataluña desde que la religión nacionalista se instaló en el subconsciente colectivo. Yo creo que la Gabriela esa se fue a ver al párroco de su pueblo. La mujer (aunque tengo dudas serias sobre si es tal) hizo un esfuerzo notable, pues desde la comunión no había pisado por allí. Se colocó unas coletitas, y se puso un par de lazos rosas, tipo hello kitty. El sacerdote, poco acostumbrado a ver a la mureneta en directo, se creyó que estaba ante una aparición. Y es que cuando se reza poco, no se reconoce lo divino. El caso es que el hombre se vino arriba emulando a los mejores sacerdotes trabucaires de nuestra tradición española. Español, español. Guarda aquí lo que quieras, hija mía, total… hay sitio. Visca Catalunya y muera el clero. Hombreeee, eso no hija mía. Que el clero siempre es servicial y bueno.

Pero eso es nada comparado con nuestro epígono Carles Puigdemont, campeón del humor.  A la altura de la Sardá, el Buenafuente y el Eugenio juntos. El tío se fue a votar al colegio electoral que le apetecía para votar y hacerse la foto. Más que nada porque el de su pueblo de Gerona estaba ocupado por la poli. Que vis cómica, qué gusto, qué elegancia. Ni siquiera se tuvo que poner una peluca en la cabeza, ni unas gafas de sol. Apareció en otro colegio electoral, quizás el que abrieron en el supermercado de un cuñado suyo, y tras votar y sonreir, pegó su foto en el twitter, para que viéramos que todo transcurría con normalidad. En realidad, no. Bueno. Todavía no saben si ha habido normalidad o no. Subnormalidad sí ha habido, creo; ¿o tengo que hablar de sobrenormalidad? Da igual. En España la normalidad es esto, y en Cataluña más. Luego ha jugado el Barça su partido de liga contra Las Palmas, y todos tan contentos de volver a la rutina. Piqué el primero.

Dicen los golpistas que la culpa de que no hubiera normalidad no era porque se hubieran saltado la ley sin querer (una vez más desde hace 40 años), sino porque esta vez el Rajoy mandó a la poli a poner seriedad al asunto. Gran intervención, sobre todo cuando pienso en los coches  de la Guardia Civil destrozados hace tan solo unos días. Las hostias les cayeron a los otros. Curiosamente, se cambiaron las normas de votación antes casi de empezar a meter butifarras y votos en las urnas. ¿Algún voluntario para presidir esta urna electoral por la independencia? Y los más aguerridos a la causa dieron un paso adelante, deseosos de pasar a la historia del humor patrio. Por catalunya, por catalunya. Me pido presi, yo secre. Y todos felices. Metieron las papeletas sin control, yo meto tres, yo quince. Viva la democracia. Que malo es el Rajoy, collons. Seguro que no es ni gallego. Y la tele venga a filmar sin cortarse.

Rebuscando por ahí encuentro muchas fotos, y no me resisto a la siguiente. Es Puigdemont en el Hugginton post o como coños se escriba. Es el quinto miembro del Tricicle, sin duda. Nos mira como serio, pero en el fondo está de cachondeo, dispuesto a soltarnos en cualquier momento un chiste ingenioso. ¿Saben aquel que diu, que en qué se parece el parlament de catalunya al parlamento español? En que los dos están lleno de patriotas… he, he.

Mucha gente no ha votado, ni le interesa el rollo de lo ilegal. Normal. Se han quedado en su casa y no les ha parecido que sucediera nada raro. Los turistas como siempre, han paseado por las ramblas y se han hecho una foto con la Remedios, que es lo que les importa. Habrán comprado flamencas con el toro, y Sagradas Familias tamaño menudo. Es lo que hay que hacer. Otros han puesto banderas españolas en sus balcones, para que alguien se acuerde de que lo del referendum es una movida de una minoría. El caso es que Cataluña dormirá esta noche tranquila. Digo yo. Hasta el martes o el miércoles, donde proclamarán la república catalana por decreto legislativo. Que son así de cachondos.

Ha sido como si el televisor de hubiera llenado de Sazatorniles en la ESCOPETA NACIONAL, y sin avisar ni nada. “Ah, es que los catalanes siempre ponemos el dinero para Madrit. Y en este caso el espectáculo sale gratis a todos…” La escopeta catalana, lo habría llamado yo. Ridículo y bochornoso hasta aburrir. Unos por pasarse la ley por el forro, y otros por dejarles cuarenta años más sueltos que berracos en celo.  Hasta la próxima diada igual no pasa nada. Eso sí, yo creo que esta va a ser insuperable, y les vamos a tener que dar la independencia, por cachondos. Porque esta vergüenza que hemos pasado, no lo mejoran en siglos.

 

Los nacionalistas son unos plastas.

Pesaditos es lo que son, o sea, cansinos, molestos, enfadosos e impertinentes, aburridos y sin interés. Alguien pesado es un tipo ofensivo, insufrible y difícil de soportar. Así define el diccionario de la Lengua Española de la Real Academia el término “plasta” en su cuarta acepción: dícese de la persona excesivamente pesada. Los nacionalistas son así, excesivamente pesados, insufribles y difíciles de soportar.

Para hacerles justicia tenemos que decir que no son los únicos pesaditos que tenemos por el panorama político ideológico: plastitas también son los de Podemos, las feministas petardas, los ecoplastas, los futboleros del madrid del atleti y del barsa, los antiaborto y los proaborto, los antipepé, la Cospedal y el Cayo Lara, los sindicatos, los anticapitalistas, los fachas de libro, los testigos de Jehová, los vendedores telefónicos y los lloricas que hacen cine en España. Cada uno da su galleta enriquecida en su hora, tiempo y lugar, pero todos tienen en común que si te despistas te cuelan un sermón con entrada para el próximo mitin de convencidos de lo suyo.

Pero hay que decir que los nacionalistas son de los plastas más clásicos y con más tradición. Llevan intentando convencer a los suyos de lo cojonudas que son sus señas de identidad desde hace casi doscientos años. Y no se cansan los tíos. Si te gusta el cocido y en tu patria chica el cocido lo hacen con piel de pollo, te obligarán a asistir a unas jornadas gastronómicas para explicarles al respetable lo estupendo que es la piel de pollo como aditamento del cocido. Nada de kebab, ni de mussakas, ni de pizzas, que eso son mariconadas de gente sin corazón y sin amor a sus colores. Y por supuesto, ninguneo al cocido del pueblo de al lado, que ponen la gallina como en todas partes. Enfín, que te obligan a comerte el pantumaca, la escudella, el botillo, la paella con aplauso y tracas de boda valenciana, la muñeira a todas horas y los gaiteros hasta en la consagración de la misa, como hacen en Asturias tocando el Asturias patria querida para más gozo Pascual, supongo.

Los nacionalistas son como débiles mentales que necesitan de su identidad para ser algo y sentirse bien, y su identidad la entienden siempre en contradicción con el de al lado. Les encanta adornarse con su bandera, que es una seña de identidad de la hostia, a la par que queman la bandera, foto del Rey o himno de su rival. Te queman la bandera española, y te colocan la del Reino de Aragón diciendo que es la catalana. Normal. Cada uno tiene que tener una distinta a los demás, y que no se confundan. Yo soy catalán, yo soy vasco, yo de Bilbao, y aquí el cantón de Yecla (Murcia).

Este asunto no es solo español, no. Los norteamericanos decoran sus casas como si fueran la oficina del presidente, y te reciben con la bandera y la mano en el corazón, en cambio los ingleses te meten la Unión Jack hasta en los calzoncillos, bolsos o camisetasdeshilachadas. Eso sí con el perfil de los Beatles por Abbey Road. Yo he visto bragas y calzones en inglaterra con el dibujito de su bandera, y no significaba que se pasaban su país por el arco del triunfo. No. Significaba que hasta en las zurraspas somos ingleses, o sea distintos al resto.

Para mi que un ñordo (cacota)  inglés es igual que una mierda catalana, andaluza o murciana, las heces son las heces, que diría el otro. Pero los nacionalistas te convencerán de que sí: de que un caganét es algo muy de su pueblo, y la mula y el buey es como de pardillos que ponen ovejas por el Belén navideño. Ellos defecan música, y los demás solo nos tiramos pedos.

Esta costumbre de parecer distintos a los demás no es más que una idolatría resultado de la muerte de la Verdad Divinizada de la Ilustración, y aquí me pongo serio. Esta gente sustituyó a Dios por la Razón, y acabó cambiando la Razón por cualquier cosa, incluidos los sentimientos y las emociones patrióticas. De ahí que los nacionalismos tengan como origen la muerte de Dios que de inmediato es sustituida por la idolatría de la raza, del pueblo, del terruño, y de lo identitario. Un nacionalista es como un fanático religioso pero sin Dios, y divinizará su identidad, su raza y sus costumbres. Es lo más contrario al internacionalismo, cuya palabra en griego, para fastidiar más a la peña es “katolicos”, universal, de todos los sitios, o sea cosmopolita. Es la dicotomía entre el provincianismo, la mentalidad tribal semita de la Biblia; o el catolicismo, la mentalidad universal del cristianismo, luego contagiado a la Revolución Francesa, y a Occidente en general.

Esto se percibe también en la vida de las personas. El que sale de su casa y está deseando comer como en casa, y el que sale de casa y desea conocer cosas nuevas. Y es que en la vida las personas tienen actitudes bien distintas cuando se relacionan con las demás culturas: el provincialismo (madre del nacionalismo) que piensa que lo de su pueblo es mejor, y el internacionalismo, que es el que piensa que todos somos parecidos, con costumbres comprensibles y hermosas en todos los lugares. Los nacionalistas afirman que lo suyo es único, que es inigualable, y que es superior. Los internacionalistas afirman que todo el mundo tiene algo peculiar, que todas las culturas tienen cosas buenas y cosas malas, y que ninguna es superior a las demás. ¿Se puede amar lo propio y lo ajeno? Seguramente sí, se aprecia lo propio por comodidad y conocimiento, pero se lo cuenta uno a todo el mundo. Mi butifarra es mejor. Pos fale.

Los nacionalistas se empeñan en justificar su pesadez buscando en la historia su identidad, y claro, como los muertos del pasado no hablan, nadie refuta las tonterías que puedan inventar. Porque si algo estamos todos de acuerdo es que los muertos son los menos plastas de todos. En cambio los nacionalistas reinventan el pasado para justificarse. Se erigen como víctimas de la historia, y nos aburren contándonos las glorias y grandezas de sus antepasados. Se llaman incluso comunidades históricas, lo que es la tontería más grande del mundo. ¿Acaso los demás no tuvimos historia? Quieren decir que ellos llevan mucho tiempo dando el coñazo, y que su plasterío se remonta en la historia. ¡Ah, no sabía! La historia es la justificación de los imbéciles decía Nietzsche, uno de los antinacionalistas más destacados de la historia, y sorprendentemente uno de los inspiradores del nacionalismo alemán nazi, lo cual dice mucho de la capacidad para manipular de los nacionalista de todo tipo.

Desde la antropología social y cultural de nuestro siglo XX y XXI, vivimos en una cultura cada vez más globalizada. Es decir, hay una gran cultura sola muy extendida, la que llamamos Occidental, con numerosas variantes locales. Estas generan tres o cuatro subculturas distintas que se extienden por todo el mundo. Yo diría que no es lo mismo ser Occidental al estilo japonés que al estilo europeo. La cultura no es distinta, aunque puedan tener muchas similitudes, y no menos variantes particulares de un mismo hecho. Dicho de otra forma, los españoles nos parecemos más a los japoneses culturalmente hablando que a los pigmeos o a los Yanomamis del Amazonas. Somos en primer lugar occidentales, y luego nos podríamos adscribir bien a una gran subcultura: europeo, española, británico-anglosajona, japonesa, china, africana, musulmana,…

Luego vendrían las variantes de las regiones culturales más cercanas. Se parece más un italiano a un español, que un italiano a un danés. Por eso cuando uno viaja por el Norte de Europa siempre hay algún tío que te confunde con un italiano, y es normal. Tampoco nosotros diferenciamos un alegre y tolás danés con un sueco serio y circunspecto. Hay cientos de chistes sobre el tema, que nosotros desconocemos. Para nosotros son casi lo mismo, y punto. Como catalanes, vascos y murcianos, vaya.

Hay que decir que como el intercambio cultural ha sido fortísimo en Europa desde la Revolución Industrial, el intercambio cultural y la influencia de unos y otros ha creado y construido un algo común. En el lenguaje, sin ir más lejos galicismos, anglicismos, latinismos, italianismos, catalanismos y castellanismos se intercambian de una lengua a otra. “Cojones” venía en la portada de The Economist de hace unos años. Nos influenciamos culturalmente muchisimo, mientras edificamos una gran cultura Occidental. ¿Dónde queda aquí la maravillosa lengua catalana, gallega, vasca o valenciana? Lenguas minoritarias que estarían desaparecidas si no hubiera un soporte político-económico que las mantuviera. Las lenguas se extinguen antes que las culturas, ya lo vimos con la lengua de Oc.

¿Los rasgos identitarios de Cataluña? Como los de todos los sitios. Cuatro anécdotas más o menos rescatadas al pasado (bailes regionales, gastronomía y una lengua protegida a costa de perseguir la rival). No es más distinto un catalán para un vallisoletano de adopción que un murciano, un valenciano o un maño. Bueno, sí, en que no se le cruza el cable lloriqueando un Estado Independiente. Cada uno tiene su gracia y su modo particular, pero todos nos tomamos el pincho de tortilla con el café con leche.

¿Me vais a decir que en Cataluña han prohibido la tortilla de patatas con chorizo? Ah no. Ahora la llaman tortilla del Ampurdán con butifarreta al pimentó. Pues eso. Unos plastas que se dedican a dar vueltas sobre lo suyo hasta aburrirse. Es el narcisismo provinciano. ¿Quiénes somos, quiénes no somos? Y así hasta que se independicen a hostias, luego seguro que desean volver a unirse al resto de España, y es que el ser humano desea lo que no tiene, y los catalanes tienen de todo menos una cosa: dirigentes de un Estado que puedan hacer lo que quieran. O sea, lo que diga la Merkel.

Lo único que siento es que la irresponsabilidad de los políticos siempre terminan pagándola los paisanos que no tullen ni mullen. Sería una pena que los leridanos tuvieran que sacar un visado para visitar a su familia de Zaragoza, o los de Hospitalet no pudieran viajar a Málaga para ver a sus tíos y parientes. O no pudiéramos viajar a Barcelona para ver un Barsa Llagostera. Es lo que tiene dejarse llevar por los plastas, que te convencen que antes muertos que tranquilos. Pues eso, a morir por la patria.

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