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Buscando a los opresores castellanos.

Me contó un amigo el otro día, que cuando vivió en Cádiz, acudió en una ocasión al instituto un político del partido Andalucista para ilustrar a los alumnos sobre las maldades de los castellanos, que habían sido terribles opresores contra los andaluces. Ya saben, la vieja retahíla de que los castellanos son sedientos asesinos y ellos almas puras y de cántaro. Los pobres andaluces eran oprimidos por las fuerzas castellanas desde hacía muchos siglos, y que por eso andaban como andaban.

Coincidía con lo que le decían sus alumnos, vecinos y compañeros en un instituto rural del País Vasco, que los castellanos habían sido los opresores de los vascos desde los tiempos prehistóricos, y que qué malos los castellanos que robaban y habían esquilmado a los vascos, y como diría el lehendakari, a los vascos y a las vascas, pues.

Recuerdo que cuando era pequeño y vivía en Tarragona, había gente adulta que opinaba que Castilla había oprimido a Cataluña, y que ellos eran trabajadores y los castellanos indolentes. Recuerdo que alguien dijo que si Castilla fuera un gran lago, la periferia sería mucho más próspera y rica.

Yo por supuesto, no entendía mucho de opresores y oprimidos, por eso cuando vine a vivir a Valladolid, pulmón de Castilla e hígado de León, no encontré opresores por ningún lado. Más bien al contrario, había simplemente gente y más gente, como en todos los lados, al menos en Valladolid la ciudad.

También recuerdo que había un discurso que con los años se ha moderado sobre catalanes y vascos, que rumiaba algo así como que todo el dinero se les daba a ellos, y nada para Castilla; pero he de reconocer que no hablaban nada de haber sido ni opresores, ni oprimidos.

Hace unos años participé en una cena Pascual con un grupo de personas del camino Neocatecumenal, y entre ellas había una muchacha que era hispanoamericana. No recuerdo el país. Se empeñó en darnos la cena exhortándonos reiteradamente para que participáramos de su idea de que los españoles, y por supuesto los castellanos, habíamos sido opresores de América, y que les habíamos robado el dinero y el oro, y no se cuantas cosas más.

Como ya tenía más edad y más lecturas hechas contesté a la buena señora que los que habían robado eran realmente las élites de su país, y que cuando España dejó América, tenías tantas posibilidades de prosperar como sus vecinos del Norte. Así que no echara la culpa a los demás de sus miserias.

Y el caso es que es un tema recurrente del que se me ocurren varias reflexiones.

La primera. Que la gente necesita un enemigo al que echar las culpas. Catalanes, vascos, andaluces, gallegos y ahora leoneses buscan un chivo expiatorio que cargue con las culpas de todos los males. Era una táctica del totalitarismo que se ha ido apropiando el nacionalismo con más fuerza, hay un malo al que perseguir, porque con un malo al que perseguir alimentamos sentimientos de odio y neutralizamos nuestras propias responsabilidades.

La segunda. Que el discurso de opresores y oprimidos impregna de raíz nuestra manera de estar en el mundo. Eso lo aprovechó el marxismo en su momento, pero parece difícil encontrar un político por el mundo que no aliente la existencia de unos opresores para justificar sus crímenes, irresponsabilidades o desvaríos.

La tercera. Que hay gente lo suficientemente idiota que se lo cree. Incluso gente con estudios. El discurso de opresores y oprimidos lo mantiene desde el catedrático biempagado hasta el pueblerino más cetrino del villorrio.

En definitiva, que no hay rebaño de hombres y mujeres que no vean a un opresor en algún lado; y soy consciente de que casi todos los movimientos totalitarios, desde la ideología de género hasta el nazismo más primario han necesitado y necesita un demonio para justificarse. Llámese heteropatriarcado, llámese judíos. La misma Revolución Francesa veía antirevolucionarios por doquier, lo que les venía muy bien para exterminar y asesinarse alegremente.

El caso es que sale uno a la Castilla rural, a la que toda la vida ha sido opresora y sigue oprimiendo y se encuentra con tres abueletes sentados en el poyo de la casa, en el carasol disfrutando del frío invierno, con la boina embutida hasta las cejas y cerrando la garganta con la bufanda de lana de hace unas cuantas navidades. Ahí andan, ocasionalmente juntos y como todas las tardes.

Y les escucho hablar mientras compro el pan en su panaderia que me pilla de paso. Primero   apuran sus cigarrillos, prohibidos por sus opresoras esposas, y luego tiran las colillas al suelo mientras murmuran lo jodida que está la vida y que van a quitar al médico que venía los miércoles. Y otro le contesta que lo que falta es gente joven y que con dos críos la escuela no se va a mantener.

Y ahí es cuando comprendo que por mucho que busque a los opresores castellanos, no los voy a encontrar jamás. Se fueron a oprimir a los demás, y hoy no se los distingue de los oriundos. Digo yo que será eso.

 

 

La República Independiente de las Delicias y el alcalde de León.

Cuando era estudiante de Derecho fundé con un grupo de amigos nuestro fantástico sueño regado con cerveza y oreja rebozada: la República Independiente de las Delicias.

Las Delicias es un barrio de Valladolid, un barrio histórico de ferroviarios y obreros. Lo hicieron famoso los Celtas Cortos en una canción que dedicaron a su túnel, uno que pasa por debajo de las vías, pero el barrio es fantástico por popular y salvaje a un tiempo. Para entendernos, Delicias es un microcosmos, y por eso lo escogimos para nuestras pretensiones políticas. Por supuesto, compañeros de las Delicias sólo eran cuatro de los colegas, pero nos daba igual. Nos bastaba con justificarnos con que vivíamos en el exilio, o sea, al otro lado de la vía del tren, que es tanto como decir en el resto de la ciudad.

La asamblea institucional dónde proclamamos la independencia era la trastienda de un bar, el Gallego, que estaba en la calle Cervantes, frente al cine. Allí solían servir buenas tapas, algunas de orella de cerdo rebozada y con pimentón, amén de otras enjundiosas pitanzas, las cuales regadas con abundante cerveza servida en jarras contribuían a exaltar el espíritu independentista que nos enardecía y colmaba de ímpetu. El barrio es nuestro y el mundo también. Y gritábamos y cantábamos felices de nuestras ocurrencias. En la primera sesión repartimos el pastel; en la segunda cambiamos de gobierno porque entramos en crisis, y en la tercera disfrutamos sintiéndonos viejos militantes de un gobierno en el exilio. Eso sí, siempre delante de una estudiantil cena de patatas bravas, orella y demás platos finos. No dejamos nada por escrito, no fueran a pillarnos; y tampoco pretendimos otra cosa que divertirnos a costa de nuestra imaginación.

Ni que decir tiene que nos autonombramos ministros en el exilio y en funciones, entre otros hubo un impecable Ministro de Asuntos Exteriores (al que no pisaba la Facultad), otro de Justicia (al que quería ser juez y se lo jugó a los chinos) y bastantes otros que no recuerdo, pero que conformaron una de las etapas más entretenidas de mi vida. No recuerdo si fui Presidente del Gobierno, creo que sí, pero que dimití en la siguiente reunión para dejar el puesto a otro. De esa forma pasé a convertirme en un jarrón de la República y en un miembro indiscutible del Consejo de Estado de la República Independiente de las Delicias. Incluso discutimos sobre cuáles debía de ser sus fronteras y no llegamos a ningún acuerdo más que sirvieran más bravas y más cerveza. Daba gusto dirimir el presente y el futuro con tanta alegría y felicidad. Luego proseguíamos hasta la madrugada, donde el frío y la niebla se pega por Valladolid al cuerpo. Viva la República de las Delicias, gritábamos como posesos de cuando en cuando. Y éramos unos fenómenos.

El caso es que han pasado muchos años, y las Delicias sigue en su sitio. Pero el resto del planeta no. La última la ha montado el alcalde de León, que seguro que también se lo debe de estar pasando en grande. Quiere una autonomía para él solito y para disfrutarla con sus amigotes. Se habrán tomado una caña en el barrio húmedo, alrededor de unas tapas de es morcilla leonesa tan cremosa y cojonuda, y se habrá venido arriba.

Muchos dicen que lo que quiere es pillar más cacho y disponer de más pasta para gastar. Y no le falta labia, pues estos del PSOE nunca han carecido de ella. Pero yo creo que no. Yo creo que la morcilla repite, y ahí está el verdadero problema de este asunto tan emocional. Imagino que tendrá problemas con los bercianos, pues como todo el mundo sabe (así lo leí en un simpático grafiti por las calles de Ponferrada) “el enemigo natural del Bierzo es León”. Y me parece que tampoco encontrará mucha gente por Zamora o Salamanca con ganas de hacer experimentos autonómicos. Para un Zamorano, Valladolid está más cerca que León, y para un salmantino, ahora que tienen autovía a Madrid, el tema les traerá al pairo. Así que no tiene mucho que hacer, porque no va a encontrar pueblacos que lo respalden. O igual sí, porque una morcilla bien preparada con su cervecita puede llegar a hacer estragos en casi todas las ciudades de la España despoblada.

Lo que me ha sorprendido del alcalde de Leoń es su falta de cultura y su impertinente ignorancia, de la que alardea por hablar más de la cuenta. Dice que León no tiene nada que ver con Castilla, y eso demuestra que, o no ha leído un libro en su vida sobre la historia de León y de Castilla, o es un imbécil estafador vendepatrias. Como suelo considerar que la gente actúa de buena fe, y cómo tampoco quiero perderle el respeto a este “elegido” por la demogresca, me veo en la obligación de deducir que es un memo con vara de mando y medio dedo de frente. Quizás un chorras arrastrado por la Unión del Pueblo Leonés, que es un partido que tiene un representante en las Cortes de Valladolid según el año que toca; o un simpático bobolicón engañado por los de Podemos, que siempre están dispuestos a ridiculizar a la izquierda pija.

No creo que valga la pena contar de qué manera se llegó a la unidad entre los dos reinos históricos con Fernando III el Santo, pero es que han pasado unos cuantos siglos como para andar tan despistado. Es un ignorante y eso me preocupa, porque nosotros, que éramos unos chiquillos estudiantes de Derecho, unos voceras cervecistas y unos juerguistas de primera división, ya teníamos por entonces más cabeza, más conocimientos y más sesera que la que demuestra este pijiprogre leonés y sus amigotes de francachela.

El probable que si hubiéramos llegado a independizar el barrio de las Delicias, en este momento tendríamos un monolito cada uno, un sueldo millonario y un barrio mucho más próspero que el que hoy disfrutan sus vecinos (yo sigo viviendo en el exilio). Seguro que corría el dinero por las calles del barrio, y que los perros comerían longaniza y caviar todos los días. Y por supuesto, estoy seguro de que hablaríamos todos el deliciano, que es el dialecto superior que se habla en el barrio y que hay que normalizar en las escuelas y los comercios. Ni qué decir tiene que el diccionario de Deliciano-Español lo habría hecho un servidor de ustedes. Eso sí, cerveza en mano y comiendo orella con mis viejos amigos.

 

Presentación de la Segunda Parte de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. LEALTAD Y PROMESA. Jueves 22 de octubre, 19h30 en la Librería Maxtor de Valladolid.

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Ya está. Ya tenemos la fecha esperada.

Este Jueves 22 de octubre, a las siete y media de la tarde haremos la primera presentación de la segunda parte de la TRILOGÍA LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Lealtad y promesa.

El lugar elegido para la ocasión va a ser la Librería Maxtor en la calle Fray Luis de León de Valladolid. Una librería con su propia edición de facsímiles, y un trabajo veterano fantástico con el libro y para el libro. No es la única librería que lo hace bien (en Valladolid hay magníficos libreros), pero desde luego es una de las mejores.

Reconozco que no sé todavía quién me presentará, porque he dejado el trabajo y la preparación a Luis Lobato, responsable de la librería en estas y otras lides, pero estoy seguro de que todo irá estupendamente bien.

Confieso mi debilidad por esta segunda parte. Es la que más me gusta de las tres. Me resulta interesantísima la guerra fratricida entre los hermanos y reyes: Sancho, Alfonso y García, allá por el siglo XI. Una historia que dio lugar a cientos de romances y leyendas épicas sobre hijos enfrentados, caínes y abeles que se odiaban a más no poder, madres que lloran la pena de sus hijos malvados, territorios divididos y familias de nobles castellanos, leoneses y gallegos enfrentados.

Me gusta porque hizo famosa a Zamora, la que no se ganó en una hora, porque las mujeres son recias y fuertes como volcanes, y me agrada sobremanera porque mis protagonistas, Fernando y Nuño, han crecido en madurez como caballeros y hombres, son jóvenes leales a sus señores y cumplen las promesas hechas ante la reina Sancha, y ante sus vidas.

Me gusta esta parte porque se aprecia perfectamente la verdadera magnitud de personajes como el Cid (sin los aditamentos de la leyenda), el conde Ansúrez (señor desconocido en Valladolid), o la condena que hizo la historia, creo yo que injustificadamente, contra García de Galicia. Es una novela tan bien documentada como la anterior, que quiere humildemente hacer justicia a lo que verdaderamente sucedió.

Me ha sorprendido entre zamoranos, burgaleses, leoneses y castellanos que la historia todavía guarda entre nosotros partidarios y detractores de uno y otro bando. Y eso lo he podido comprobar conversando con unos y otros. Pongo bien al Cid o lo dejo por rastrojo, me han preguntado muchos. Para mi no es el protagonista, pues los verdaderos protagonistas de la historia son los sentimientos y las lealtades. Yo solo intento ser fiel a la historia, y creo, sin ponerme ninguna medalla más de las que me corresponde, lograrlo.

¿Vellidos Dolfos? Por supuesto que sale; una anécdota de las cientos que en la novela se muestran con toda su luminosidad.

Comercio y comunicaciones en el siglo XI

La novela Los caballeros de Valeolit, que cada día tiene más descargas, muestra a las claras como era el panorama del comercio y los mercados en el siglo XI, pues el relato recorre un buen puñado de ciudades de aquel siglo, con sus comerciantes y mercaderías.

Hay que decir, que el abastecimiento de los mercados tenía mucho que ver con el lugar donde se ubicaba el intercambio, la religión de sus habitantes y el buen hacer y vigilancia de las entradas, salidas, pesos y medidas del mercado. Casi todos los productos que se vendían eran generados en los alrededores, y pocos eran los productos de exportación que llegaban de otras ciudades. Era frecuente, además, el uso de moneda, pero tampoco era inusual que se empleara el trueque, especialmente en los meses más crudos del invierno.

Con esto ya encontraremos motivo suficiente para entender lo distinto que podía llegar a ser el mercado en una ciudad como Toledo o Granada (musulmanas) de ciudades como León o Burgos (cristianas). Hay que notar además que la mayor o menor población y las comunicaciones, buenas, regulares o malas, eran factores decisivos para que un mercado pudiera albergar productos de lugares lejanos, o conformarse con lo que las cercanías producían.

Algunas ciudades crecieron al amparo de su mercado y sus mercaderes, por ejemplo Burgos, que era un castillo fuerte con un mercado abundante extramuros. Esto nos muestra que los lugares donde los mercados se hicieron famosos y prósperos engendraron una riqueza a su alrededor muy deseada por los monarcas y nobles. Burgos acabaría conformándose como capital del reino de Castilla, por ser el núcleo más próspero del primitivo condado. Esto sucedía en el mundo cristiano del norte, pues los musulmanes del mundo hispano-musulmán (al -Andalus) disponían de mercados más prósperos y variados. Eran ciudades regidas por reyezuelos y emires que gobernaban su taifa a modo de ciudades estado, y para todos ellos disponer de un buen mercado donde tasar las entradas y salidas era una forma de conseguir dinero para sus arcas, siempre menguadas por las guerras con los vecinos de otras taifas.

En general, el comercio era escaso, y las comunicaciones casi imposibles entre algunos puntos de la geografía peninsular. Por ejemplo, viajar desde León, cuna del entonces reino cristiano más importante (dinastía asturleonesa), y el de más prestigio en la hispania cristiana, hasta Toledo, que era la capital histórica de los visigodos, capital de la taifa musulmana de Tulaytulah, la más importante en el septentrión musulmán, además de la más extensa y próxima a León, era muy complicado por tener que atravesar las montañas de Gredos, sin caminos ni lugares por donde hacerlo. Al sur del Duero se imponía un desierto helado en invierno, y caliente en verano, sin apenas más población que la que destinaban los reyes cristianos a su repoblación.

En invierno nadie se aventuraba y en meses de calor que se iba más deprisa, era preferido por muchos dirigirse hacia el Este, para llegando a la tierra extrema de Soria, se bordeaban las montañas centrales tomando nuevo rumbo hacia el Sudoeste. El dibujo en el mapa es un zigzagueante baile, nunca una línea recta y fácil.

En la novela, nuestros héroes atraviesan Gredos en varias ocasiones, y de la mejor forma posible, que era subiendo hasta Avila (una aldea solitaria y amurallada al pie de las montañas) y tomaban, y casi lo preferían muchos, las vías naturales como eran los ríos. En este caso la guía que debían encontrar era el río Alberche, que daba con sus aguas al otro lado de Gredos, abriéndose a la fortaleza musulmana de Maqueda. Las abundantes poblaciones y núcleos hasta Toledo daban cuenta de la abundancia y prosperidad de las tierras del otro lado de la Cordillera Central.

La impresión de aquellos que se aventuraban por el mercado de Tulaytulah llegados de las tierras del Duero debió de ser digno de contemplar.

Los productos que se vendían eran también variados, y algunos que hoy se nos antojan corrientes, en aquellas edades eran, no solo infrecuentes, sino exóticos y bizarros. Un ejemplo de esto lo tenemos con las frutas y verduras.

Es sabido que en Valencia, tierra mora y próspera a más no poder en aquel siglo, se cultivaban naranjas, mandarinas, pomelos y limones. Estos no se exportaban, pues cualquier viaje por la península estropearía el género (que no el sexo, amigos de la lengua) con los calores y los fríos. Se trasladaban las semillas, y en otros lugares, como la taifa de Ishbiliya (Sevilla) se plantaban también cítricos. Esto era imposible en las tierras frías cristianas. De hecho, es probable que nadie en León conociera esta fruta, ni tan siquiera de oídas. Ver un naranja era como ver el amanecer terrestre desde la Luna, solo al alcance de los más viajeros y osados.

Los comercios y negocios que más posibilidades tuvieron fueron aquellos  cuyos productos no se malograban: telares, cueros, forjas, ataharres, incluso animales y cabezas de ganado, cuando la distancia no era tanta. Por ejemplo, en León se vendían telas de tierras griegas, mantos de seda y filigrana damascena y oriental. No eran demasiado abundantes, menos que en Valencia o en Toledo, de donde eran proveedores, o quizás fabricantes de sucedáneos para vender en tierras del interior, pero alguna que otra vez se veían, pues llegaban por el camino de Santiago desde el Este peninsular.

Esto hace que sea llamativo que en León no conozcan las naranjas, pero sí saben de gresciscas y ropajes suntuosos teñidos de colores difíciles. No eran habituales ni corrientes, y tampoco eran baratos, pero se veían alguna vez.

Cada grupo religioso y étnico disponía de sus propios comerciantes de confianza, proveedores y compradores. Por ejemplo, en una cuestión tan sencilla como el mercado de la carne, los vendedores judíos trabajaban la carne para que no fuera kosser de una manera distinta a los musulmanes, o por supuesto los cristianos, que mezclan el cerdo en todas sus viandas y embutidos. Cada uno compraba en su establecimiento, a su carnicero.

Un mercadeo que abundaba era el de las armas y aperos de guerra, pero solo cuando habían batallas en las proximidades. De hecho, el botín de guerra de infanzones, y nobles de bajo rango no consistían en tierras, predios o castillos enemigos, cuyos beneficios pasaban a los grandes señores, sino en espadas, caballos, ataharres, ruedas de carro sueltas, telas y lonas, bolsas de cuero o primitivas celadas de moribundos y cadáveres. Lo útil se tomaba y lo sobrante se vendía.

Uno de los mercadeos que fue creciendo, y que tuvo cierto éxito, y así lo cuento en la novela fue la venta de caballos de guerra. Precisamente fue Valladolid  donde tenemos noticias del siglo XII, que indican que criaban estos animales y para venderlos. Este negocio junto con el de los cueros, hicieron que la ciudad prosperara económicamente durante unos decenios.

Las razas autóctonas de caballos en las tierras cristianas eran los caballos leoneses (raza galaico leonesa) y más al Este la raza burgalesa o navarro-burgalesa. Eran animales con características semejantes, pues ambos eran bajos de estatura o con cruz baja. Eran duros para trabajar en el campo, y buenos para subir montañas, pero poco aptos para una carga de caballería enemiga sarracena, con caballos de cruz alta y más veloces (cuanto más alto es un caballo se presupone más velocidad, y más peligro en combate).

Los animales mejores para la guerra eran los caballos de raza árabe, los que hoy llamamos andaluces, y que han intercambiado su potente genética con el resto de razas equinas. Precisamente ese intercambio se inicia en el siglo XI en España. Hoy todos los caballos tienen algo de andaluces.

El caballo árabe era alto y rápido, aunque no resistente al frío. Es un animal nervioso y necesitado de su amo, delicado y leal. Su cruce con el caballo burgalés y leonés, hecho en Valladolid (entre otros lugares suponemos) ofrecía un caballo de guerra más fuerte, alto y resistente. Ideal para los señores feudales que acudían a guerrear buscando una oportunidad para sobrevivir y arrancar un buen botín al enemigo.

Ni que decir tienen que un caballo era un bien carísimo, solo al alcance de los más pudientes. Un magnífico botín para un escudero en una batalla podía ser simplemente un par de buenos caballos sanos y sin heridas, envidia y arrebato de su señor.

De las rutas comerciales más importantes en la época y en el mundo cristiano hay que destacar el Camino de Santiago, en la senda que hoy llamamos camino francés, que es simplemente el camino más fácil para transitarlo. En el siglo XI era recorrido por escasos peregrinos, comerciantes, y judíos, que protegían así sus intereses yendo de aljama en aljama, igual que los monjes lo hacían de monasterio en monasterio. El camino entrelazaba las ciudades más importantes de la cristiandad hispana: Pamplona, Logroño y Nájera, Burgos, Carrión de los Condes, Sahagún (panteón de reyes), León y Santiago mismo. Podemos decir que fue una de las primeras rutas comerciales y culturales terrestres que hubo en Europa, y por supuesto en nuestro país.

Finalmente, los mercados de las ciudades no solo ofrecían productos para comprar o vender, sino también servicios. En tierras moriscas de al-Andalus era corriente la venta de esclavos, (permitida por el islam siempre que no fueran musulmanes los privados de libertad).

Se intercambiaban dineros, pagarés y se hacían préstamos al modo bancario, lo que era habitual en el trato con los judíos. También se ofrecían para leer o escribir, y no era extraño que se dedicaran a la medicina o a la cirugía menor. Siempre por supuesto a cambio de dinero. Los judíos, como es habitual con las minorías étnicas, estaban muy unidos y se protegían entre sí, lo que no fue obstáculo para que engendraran el odio y la envidia de la mayoría cultural dominante. Las revueltas contra estos eran desconocidas en el siglo XI en zonas cristianas. En cambio en ciudades como el Toledo musulmán debieron ser crecientes, no solo contra los judíos sino también contra los cristianos mozárabes. De hecho la entrada de Alfonso VI, vendida como conquista de la ciudad en 1085, fue más bien, una llamada para poner paz a una ciudad enfrentada civilmente.

También abundaban en los mercados grandes los trileros, jugadores, tomadores de pequeñas apuestas, estafadores y gentes de toda ralea y condición. De ahí que fuera habitual una guardia y vigilancia exclusiva en los mercados. Ladrones y bandidos que se deshacían de lo robado en otras plazas no eran infrecuentes. De hecho, en Toledo, el sucesor como emir de Al-mamún fue Al-Qadi, de donde deriva la palabra alcalde, y cuyo significado tenía que ver con el control de pesas y medidas en el mercado de Zocodover en Toledo, quizás el más grande de la península en el siglo XI. Ser jefe de guarida del mercado era una de los trabajos más complicados para un soldado que buscaba ganarse el beneplácito de sus superiores.

LA DIFÍCIL CONVIVENCIA RELIGIOSA EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XI.

Durante mucho tiempo, se afirmó, supongo que interesadamente, que la convivencia religiosa durante los siglos medievales en España fue estupenda, y que durante los siglos de la Reconquista se fueron generando entre las distintas religiones unas magníficas relaciones sociales, un intercambio intercultural, y no sé cuantas cosas más llenas de colorido y buen rollo. El centro de aquel paradigma y modelo de convivencia plural lo formaba la llamada Escuela de Traductores de Toledo, donde se supone que musulmanes, cristianos y judíos, con unos valores civilizadísimos convivían intercambiando libros de Aristóteles, Platón y Avicena a la par que comían juntos unos boquerones en vinagre y bebían hidromiel (la bebida de la época).

Nada más lejos de la realidad.

La tal escuela no existió nunca, los matrimonios nunca fueron mixtos, y eran raros los sujetos de distintas religiones que comían y bebían con gente de otra religión, excepto que estuvieran dispuestos a pecar con los alimentos impuros del supuesto amigo. El intercambio cultural tuvo que ver más con las compras y ventas de los mercados, y con determinadas élites cultivadas, que con más curiosidad que violencia, se acercaron al “extraño” para saber de sus lecturas y textos.

En la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT hago un recorrido de la segunda mitad del siglo XI, y muestro, creo que con claridad e interés, la realidad de lo que sucedía en la época en aldeas y ciudades tan emblemáticas como Toledo, León, Valladolid (fundada en 1095), Burgos, Compostela o Granada. En estas páginas podemos apreciar que la convivencia consistía más en soportarse, agredirse y ningunearse, que en hermanarse y cazar juntos. Nos encantaría bajo el buenismo sociológico del zapaterismo haber sido la cuna de la Alianza de Civilizaciones que proclamaba, pero la verdad es que tal modelo utópico nunca existió como tal, y es bastante difícil, dada la naturaleza humana, que la convivencia multicultural sea posible.

Me explico: con el que es distinto, estamos dispuestos a comer su comida (nosotros los cristianos que comemos de todo), y nos compramos una kebab de vez en cuando, pero no nos gustan las instituciones musulmanas, ni sus relaciones con las mujeres, ni muchas otras costumbres suyas. Y a ellos tampoco les hacemos demasiada gracia, la verdad. En el fondo estamos igual que ayer, donde el multiculturalismo era tan complicado de vivir como hoy, que seguimos siendo etnocéntricos y provincianos hasta la estupidez.

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Mapa de Toledo en 1080. 1. Judíos. 2. Palacio Real, 3. Barrio musulmán antequeruela; g. Puerta de la Bisagra; a. Gran Mezquita; h. casa de los Falsafa (ver novela)

En el siglo XI las comunidades religiosas no se relacionaban entre sí más que de manera circunstancial. Los judíos vivían aislados en sus aljamas (barrios), dentro de las mismas ciudades. Ese aislamiento no era igual que lo que vimos en el ghetto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial (encierro y exterminio obligatorio), pero sí se parece a algunos barrios actuales de ciudades como Londres, París o Nueva York. Deambular por sus calles es cambiar de mundo, es aterrizar en un planeta distinto, y en verdad lo es. El multiculturalismo se agrupa en barrios y se aísla para protegerse. Igual que ayer: barrios y ghetos.

Las aljamas de antaño contaban con puertas para entrar, empalizadas (como todas las ciudades y pueblos medievales) y recintos cerrados dentro de las mismas ciudades. En una ciudad como Toledo deambular por ella no era fácil. Desde la puerta de entrada a la capital de la taifa – actual puerta de la Bisagra (Bab Sagra – hasta llegar al barrio judío se podían atravesar y cruzar varios de estos portones. Por eso tenían su entrada y salida de la muralla principal quinientos metros hacia el Tajo. Las puertas de la ciudad, las interiores y las exteriores, se cerraban por la noche para evitar asaltos de los vecinos de otros barrios.

Sabemos con certeza que en Toledo y en el siglo XI la convivencia entre cristianos mozárabes y musulmanes estuvo plagada de incidentes y levantamientos. Estos cristianos residuales y resistentes que no se habían convertido al Islam y mantenían la fe desde la época visigótica eran todavía numerosos en Toledo. Teóricamente tenían sus iglesias y debían ser respetados, pero en la práctica muchos de sus templos fueron convertidos en mezquitas en el mismo siglo de la conquista de la ciudad por Alfonso VI (1085). No eran extraños los saqueos de casas mozárabes, con agresiones cometidas por turbas crecidas por su mayor número y fuerza que creaban matanzas y levantamientos cada poco tiempo. Supongo que algo parecido sucede hoy en Siria o en otros lugares del Islam donde las minorías cristiano-orientales son perseguidas “de facto”, esclavizadas o simplemente desterradas o expulsadas, cuando no asesinadas. Llevan allí mil quinientos años, pero da igual. Las minorías no tienen demasiados derechos cuando las masas arremeten.

También hay que decir que esas mezquitas volvieron a ser iglesias cristianas con la conquista del rey. La mayoría manda la cultura en antropología. También se acordó en la rendición que la Gran Mezquita siguiera siendo musulmana, pero en cuanto se largó el rey de la ciudad de Toledo, la reina presionó para que el obispo la sacralizara y la convirtiera en Catedral. Viva la convivencia.

Los mozárabes que se sintieron violentados por los musulmanes más fanatizados de la ciudad en tiempos de al-Qadí, esperaron la llegada de sus hermanos de fe cristiana como agua de mayo. Ciertamente habían visto durante décadas como los vecinos musulmanes del barrio de la Antequeruela habían atacado y quemado sus casas y viviendas. De hecho, el  propio Al-Mamún, gobernante musulmán de la taifa toledana se las vio y se las deseó para mantener el orden entre sus muros. La caída de la ciudad en el año 1085 se debió a la petición que hizo al rey Alfonso VI para que le ayudara a sofocar las revueltas, pues se veía incapaz de mantener el orden público. Detrás de esas revueltas seguro que hubo intereses nefandos y codiciosos, de otras taifas y con las luchas intestinas tan nuestras por el poder, pero que duda cabe que el ambiente no era idílico para vivir.

Cuando llegaron los castellanos (muchos) y leoneses (pocos), los mozárabes fueron ninguneados y sometidos litúrgicamente a los rituales latinos que imponía el Rey siguiendo las costumbres más modernas de la época. Se permitió, por ser casi toda la población de Toledo mozárabe, que continuaran con sus rituales e iglesias. Eso sí, tuvieron que soportar que el rey nombrara a un obispo latino y no mozárabe, y quitara al obispo  mozárabe, cuyo nombre era, si mal no recuerdo Pascual. Si así trataban a los propios de religión, que no harían con las demás religiones. Estopa y guante de seda cuando conviniera. En cuestiones de convivencia las minorías siempre han tenido las de perder: mozárabes primero, judíos después, mudéjares… Todos han ido desfilando por nuestro suelo patrio entre pedradas del pueblo (un término idolatrado por los jacobinos y los marxistas) y el destierro más cruel.

¿Podemos justificar lo que sucedía? No del todo pero es verdad que la realidad multicultural de una ciudad como Toledo, en tiempos de al-Qadí, el último dirigente musulmán antes de Alfonso VI, era una bomba de relojería.

Coexistían cuatro etnias principales distintas con variantes dialectales cada una: mozárabes (cristianos de costumbres arabizadas y lengua propia), musulmanes (de procedencias distintas según se extiende el islam), judíos (que hablaban árabe), y cristianos de otros reinos del norte (que hablaban castellano, leonés, aragonés, catalán o gallego a saber). Cada una de estas culturas empleaba además una lengua escrita según la ocasión, y así escribían y leían en latín (los cristianos del norte y litúrgicamente para los mozárabes), árabe coránico o culto (para la lectura del Corán), y hebreo (para la lectura de la Torá y los Midrás judíos). Comían y arreglaban sus alimentos de manera diferente, tenían costumbres matrimoniales distintas, y celebraban rituales extraños para los demás. Decir que fueron un modelo de convivencia es una broma de mal gusto para los que vivieron entonces. Me imagino si pudiera hablar con Cipriano el Falsafa lo que me diría: Si nuestros tiempos son idílicos es que la convivencia y el ser humano han empeorado bastante.

Y quizás no le falte razón.

 

El agua de la fuente

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