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La República Independiente de las Delicias y el alcalde de León.

Cuando era estudiante de Derecho fundé con un grupo de amigos nuestro fantástico sueño regado con cerveza y oreja rebozada: la República Independiente de las Delicias.

Las Delicias es un barrio de Valladolid, un barrio histórico de ferroviarios y obreros. Lo hicieron famoso los Celtas Cortos en una canción que dedicaron a su túnel, uno que pasa por debajo de las vías, pero el barrio es fantástico por popular y salvaje a un tiempo. Para entendernos, Delicias es un microcosmos, y por eso lo escogimos para nuestras pretensiones políticas. Por supuesto, compañeros de las Delicias sólo eran cuatro de los colegas, pero nos daba igual. Nos bastaba con justificarnos con que vivíamos en el exilio, o sea, al otro lado de la vía del tren, que es tanto como decir en el resto de la ciudad.

La asamblea institucional dónde proclamamos la independencia era la trastienda de un bar, el Gallego, que estaba en la calle Cervantes, frente al cine. Allí solían servir buenas tapas, algunas de orella de cerdo rebozada y con pimentón, amén de otras enjundiosas pitanzas, las cuales regadas con abundante cerveza servida en jarras contribuían a exaltar el espíritu independentista que nos enardecía y colmaba de ímpetu. El barrio es nuestro y el mundo también. Y gritábamos y cantábamos felices de nuestras ocurrencias. En la primera sesión repartimos el pastel; en la segunda cambiamos de gobierno porque entramos en crisis, y en la tercera disfrutamos sintiéndonos viejos militantes de un gobierno en el exilio. Eso sí, siempre delante de una estudiantil cena de patatas bravas, orella y demás platos finos. No dejamos nada por escrito, no fueran a pillarnos; y tampoco pretendimos otra cosa que divertirnos a costa de nuestra imaginación.

Ni que decir tiene que nos autonombramos ministros en el exilio y en funciones, entre otros hubo un impecable Ministro de Asuntos Exteriores (al que no pisaba la Facultad), otro de Justicia (al que quería ser juez y se lo jugó a los chinos) y bastantes otros que no recuerdo, pero que conformaron una de las etapas más entretenidas de mi vida. No recuerdo si fui Presidente del Gobierno, creo que sí, pero que dimití en la siguiente reunión para dejar el puesto a otro. De esa forma pasé a convertirme en un jarrón de la República y en un miembro indiscutible del Consejo de Estado de la República Independiente de las Delicias. Incluso discutimos sobre cuáles debía de ser sus fronteras y no llegamos a ningún acuerdo más que sirvieran más bravas y más cerveza. Daba gusto dirimir el presente y el futuro con tanta alegría y felicidad. Luego proseguíamos hasta la madrugada, donde el frío y la niebla se pega por Valladolid al cuerpo. Viva la República de las Delicias, gritábamos como posesos de cuando en cuando. Y éramos unos fenómenos.

El caso es que han pasado muchos años, y las Delicias sigue en su sitio. Pero el resto del planeta no. La última la ha montado el alcalde de León, que seguro que también se lo debe de estar pasando en grande. Quiere una autonomía para él solito y para disfrutarla con sus amigotes. Se habrán tomado una caña en el barrio húmedo, alrededor de unas tapas de es morcilla leonesa tan cremosa y cojonuda, y se habrá venido arriba.

Muchos dicen que lo que quiere es pillar más cacho y disponer de más pasta para gastar. Y no le falta labia, pues estos del PSOE nunca han carecido de ella. Pero yo creo que no. Yo creo que la morcilla repite, y ahí está el verdadero problema de este asunto tan emocional. Imagino que tendrá problemas con los bercianos, pues como todo el mundo sabe (así lo leí en un simpático grafiti por las calles de Ponferrada) “el enemigo natural del Bierzo es León”. Y me parece que tampoco encontrará mucha gente por Zamora o Salamanca con ganas de hacer experimentos autonómicos. Para un Zamorano, Valladolid está más cerca que León, y para un salmantino, ahora que tienen autovía a Madrid, el tema les traerá al pairo. Así que no tiene mucho que hacer, porque no va a encontrar pueblacos que lo respalden. O igual sí, porque una morcilla bien preparada con su cervecita puede llegar a hacer estragos en casi todas las ciudades de la España despoblada.

Lo que me ha sorprendido del alcalde de Leoń es su falta de cultura y su impertinente ignorancia, de la que alardea por hablar más de la cuenta. Dice que León no tiene nada que ver con Castilla, y eso demuestra que, o no ha leído un libro en su vida sobre la historia de León y de Castilla, o es un imbécil estafador vendepatrias. Como suelo considerar que la gente actúa de buena fe, y cómo tampoco quiero perderle el respeto a este “elegido” por la demogresca, me veo en la obligación de deducir que es un memo con vara de mando y medio dedo de frente. Quizás un chorras arrastrado por la Unión del Pueblo Leonés, que es un partido que tiene un representante en las Cortes de Valladolid según el año que toca; o un simpático bobolicón engañado por los de Podemos, que siempre están dispuestos a ridiculizar a la izquierda pija.

No creo que valga la pena contar de qué manera se llegó a la unidad entre los dos reinos históricos con Fernando III el Santo, pero es que han pasado unos cuantos siglos como para andar tan despistado. Es un ignorante y eso me preocupa, porque nosotros, que éramos unos chiquillos estudiantes de Derecho, unos voceras cervecistas y unos juerguistas de primera división, ya teníamos por entonces más cabeza, más conocimientos y más sesera que la que demuestra este pijiprogre leonés y sus amigotes de francachela.

El probable que si hubiéramos llegado a independizar el barrio de las Delicias, en este momento tendríamos un monolito cada uno, un sueldo millonario y un barrio mucho más próspero que el que hoy disfrutan sus vecinos (yo sigo viviendo en el exilio). Seguro que corría el dinero por las calles del barrio, y que los perros comerían longaniza y caviar todos los días. Y por supuesto, estoy seguro de que hablaríamos todos el deliciano, que es el dialecto superior que se habla en el barrio y que hay que normalizar en las escuelas y los comercios. Ni qué decir tiene que el diccionario de Deliciano-Español lo habría hecho un servidor de ustedes. Eso sí, cerveza en mano y comiendo orella con mis viejos amigos.

 

La paranoia nacionalista en España: entre Cataluña y ETA.

Qué razón tiene el amigo Boadella, más que un santo con esta frase: “El nacionalismo lo primero que hace es poner un enemigo en funcionamiento, y en el caso del nacionalismo catalán el enemigo es España. Creo que hay una parte de los catalanes que están enfermos de paranoia porque creen que España está contra ellos” Albert Boadella.

Y es que desde hace doscientos cincuenta años los nacionalistas de todo pelaje no han hecho más que meternos en guerras, en posguerras, en luchas de liberaciones y en entelequias inventadas por sus paranoias. En Europa, el nacionalismo ha sido el creador de un cúmulo de mentiras tan abundante que todavía no nos hemos recuperado, son los padres de la leyenda negra antiespañola, los abuelos del racismo eurocéntrico y protestante, los bisabuelos de los exterminios más masivos y genocidas de la historia, y, finalmente, los tatarabuelos de la propaganda que trata de ocultar sus genocidios. Y ahí siguen, afirmando tan panchos y circunspectos que son víctimas, como si no pudieran sentirse y ser catalanes, españoles, europeos y terrícolas a la vez.

El origen de sus lamentos está, y creo no equivocarme, en el complejo de inferioridad que arrastran frente a los vecinos; lo cual, sea dicho de paso, se combina sutilmente con el ansia de poder. Tampoco es nuevo. Si los flamencos del duque de Orange montaron sus guerras y mentiras para independizarse de su legítimo rey, casualmente español, fue porque se sentían inferiores, porque ambicionaban el poder, y porque son así los pobrecillos. Malos hasta asesinar a los que piensan distinto; y lloricas cuando no pueden usar la guillotina.

Por eso no es casualidad que Puigdemont, y antes los etarras, eligieran Bélgica como paraiso nacionalista. Tampoco es extraño que un poco más al norte, en un condado independentista del Reich actual, un juez alemán se hiciera un lío con el asunto. Entre el complejo nazi, el miedo al qué dirán, y la ignorancia. Tampoco es nada nuevo.

Y es que Europa está sentada sobre un polvorín al que le quedan unas cuantas guerras más  para espabilar, todas con el nacionalismo y sus embustes como principales mecheros. La última guerra en Europa fue por la fragmentación de Yugoslavia, nacionalismos enfrentados. Pero las próximas serán por Cataluña, quizás Alsacia, Babiera o Córcega, Escocia, Gales o Irlanda del Norte. A saber. ¡Ojalá me equivoque, pero Europa corre hacia su siguiente guerra sin ser consciente de ello! Y el problema es que tenemos las papeletas para que nos pase a nosotros: gobiernos débiles y paralizados, sociedades manipuladas y complejos. Muchos complejos a la derecha y a la izquierda.

El nacionalismo es la versión finilla del tribalismo, al pueblerino, al tractorino y al patán que inventa paranoias, persecuciones inexistentes y victimismos falsarios. El nacionalista eleva la mirada al auditorio buscando que apruebes sus ridículos argumentos. Si les das lo que quieren, que es el poder y el dinero, te seguirán mirando por encima del hombro. No tendrán, además, ningún reparo en perseguir a los no nacionalistas cuando se les antoje. Y tampoco les preocupará robarte parte de lo tuyo aduciendo que necesitan expandirse (Valencia, Mallorca, Navarra, Praga o Polonia). Están deseando humillar al resto del mundo para demostrarse a sí mismos que son como los demás (acomplejados) y así indefinidamente.

Siendo sinceros, yo creo que el nacionalismo no tiene capacidad para gobernarse ni inteligencia para mejorar ni siquiera lo suyo. Su guía son las emociones y los sentimientos, por eso inventan conflictos donde hay paz y prosperidad. Suelen conducir a los suyos a la muerte y a la guerra, con el simple argumento del “porque yo lo valgo”. Y pocas veces, muy pocas hacen cosas buenas por su pueblo. Si tocan la educación, la convierten en excluyente (de los castellanoparlantes por ejemplo), y si entran en materia de sanidad, escogen a médicos que hablen su lengua antes que sean los mejores en medicina. Son así.

Me dice un amigo que el nacionalismo se disfraza de patriotismo, pero que es muy distinto. No le falta razón. El patriotismo consiste en amar a tu nación y su cultura sin excluir la de los demás. Reconocemos lo propio y nos admiramos de lo ajeno. Es curioso que los patriotas enfrentados en la guerra, por ejemplo, se suelan reconocer en las ideas que los unen y en el honor del servicio a los demás, a los suyos.

Pueden hablar y entenderse. Wellington y Castaños, por ejemplo, se reconocieron como tales, y reconocieron la valentía y capacidad de los franceses que tenían frente a ellos. Ellos aman su país, igual que nosotros el nuestro. El honor está por encima, y no se pide al enemigo que traicione a su patria.

Pero el nacionalismo no funciona igual. El nacionalismo está lleno de envidia por lo que no tiene, y codicia lo que nunca tendrá. Ningún etarra dirá una cosa buena de España que excluya a los vascos de su bondad. Lo mismo los Puigdemónicos. El nacionalimo se inventará amores enfermizos en lo que les parece que es auténtico, exclusivo y natural a ellos: su raza, su bandera, sus cánticos y su lengua. Y alimentan con la misma necesidad el odio intransigente y racionalizado contra el esperpento creado. Necesitan un enemigo ridiculizado sobre el que ciscarse y perseguir. Lo malo es que no les importará matar, derramar sangre y destruir su patria con tal de conseguirlo.

La semana pasada hemos visto que ETA ha anunciado su final. Pero eso no será el final de su guerra (su presunto conflicto). Seguirán con la propaganda hasta hacernos creer que sus asesinos son héroes y mártires; y que sus asesinados nunca existieron. Por eso, hasta que no haya un monumento a Miguel Ángel Blanco presidiendo la playa de la Concha en San Sebastián, ETA no habrá muerto. Y hasta que no podamos pasear con una bandera española por Alsasua, Tordesillas, Zafra, Hernani, Hospitalet, Basauri y Dos Hermanas (pueblos todos españoles) no podremos hablar de libertad y democracia en nuestra patria. Hasta que Puigdemont no sea juzgado por sus presuntos delitos, no habrá paz en España. Ni en Europa.

 

Los nacionalistas son unos plastas.

Pesaditos es lo que son, o sea, cansinos, molestos, enfadosos e impertinentes, aburridos y sin interés. Alguien pesado es un tipo ofensivo, insufrible y difícil de soportar. Así define el diccionario de la Lengua Española de la Real Academia el término “plasta” en su cuarta acepción: dícese de la persona excesivamente pesada. Los nacionalistas son así, excesivamente pesados, insufribles y difíciles de soportar.

Para hacerles justicia tenemos que decir que no son los únicos pesaditos que tenemos por el panorama político ideológico: plastitas también son los de Podemos, las feministas petardas, los ecoplastas, los futboleros del madrid del atleti y del barsa, los antiaborto y los proaborto, los antipepé, la Cospedal y el Cayo Lara, los sindicatos, los anticapitalistas, los fachas de libro, los testigos de Jehová, los vendedores telefónicos y los lloricas que hacen cine en España. Cada uno da su galleta enriquecida en su hora, tiempo y lugar, pero todos tienen en común que si te despistas te cuelan un sermón con entrada para el próximo mitin de convencidos de lo suyo.

Pero hay que decir que los nacionalistas son de los plastas más clásicos y con más tradición. Llevan intentando convencer a los suyos de lo cojonudas que son sus señas de identidad desde hace casi doscientos años. Y no se cansan los tíos. Si te gusta el cocido y en tu patria chica el cocido lo hacen con piel de pollo, te obligarán a asistir a unas jornadas gastronómicas para explicarles al respetable lo estupendo que es la piel de pollo como aditamento del cocido. Nada de kebab, ni de mussakas, ni de pizzas, que eso son mariconadas de gente sin corazón y sin amor a sus colores. Y por supuesto, ninguneo al cocido del pueblo de al lado, que ponen la gallina como en todas partes. Enfín, que te obligan a comerte el pantumaca, la escudella, el botillo, la paella con aplauso y tracas de boda valenciana, la muñeira a todas horas y los gaiteros hasta en la consagración de la misa, como hacen en Asturias tocando el Asturias patria querida para más gozo Pascual, supongo.

Los nacionalistas son como débiles mentales que necesitan de su identidad para ser algo y sentirse bien, y su identidad la entienden siempre en contradicción con el de al lado. Les encanta adornarse con su bandera, que es una seña de identidad de la hostia, a la par que queman la bandera, foto del Rey o himno de su rival. Te queman la bandera española, y te colocan la del Reino de Aragón diciendo que es la catalana. Normal. Cada uno tiene que tener una distinta a los demás, y que no se confundan. Yo soy catalán, yo soy vasco, yo de Bilbao, y aquí el cantón de Yecla (Murcia).

Este asunto no es solo español, no. Los norteamericanos decoran sus casas como si fueran la oficina del presidente, y te reciben con la bandera y la mano en el corazón, en cambio los ingleses te meten la Unión Jack hasta en los calzoncillos, bolsos o camisetasdeshilachadas. Eso sí con el perfil de los Beatles por Abbey Road. Yo he visto bragas y calzones en inglaterra con el dibujito de su bandera, y no significaba que se pasaban su país por el arco del triunfo. No. Significaba que hasta en las zurraspas somos ingleses, o sea distintos al resto.

Para mi que un ñordo (cacota)  inglés es igual que una mierda catalana, andaluza o murciana, las heces son las heces, que diría el otro. Pero los nacionalistas te convencerán de que sí: de que un caganét es algo muy de su pueblo, y la mula y el buey es como de pardillos que ponen ovejas por el Belén navideño. Ellos defecan música, y los demás solo nos tiramos pedos.

Esta costumbre de parecer distintos a los demás no es más que una idolatría resultado de la muerte de la Verdad Divinizada de la Ilustración, y aquí me pongo serio. Esta gente sustituyó a Dios por la Razón, y acabó cambiando la Razón por cualquier cosa, incluidos los sentimientos y las emociones patrióticas. De ahí que los nacionalismos tengan como origen la muerte de Dios que de inmediato es sustituida por la idolatría de la raza, del pueblo, del terruño, y de lo identitario. Un nacionalista es como un fanático religioso pero sin Dios, y divinizará su identidad, su raza y sus costumbres. Es lo más contrario al internacionalismo, cuya palabra en griego, para fastidiar más a la peña es “katolicos”, universal, de todos los sitios, o sea cosmopolita. Es la dicotomía entre el provincianismo, la mentalidad tribal semita de la Biblia; o el catolicismo, la mentalidad universal del cristianismo, luego contagiado a la Revolución Francesa, y a Occidente en general.

Esto se percibe también en la vida de las personas. El que sale de su casa y está deseando comer como en casa, y el que sale de casa y desea conocer cosas nuevas. Y es que en la vida las personas tienen actitudes bien distintas cuando se relacionan con las demás culturas: el provincialismo (madre del nacionalismo) que piensa que lo de su pueblo es mejor, y el internacionalismo, que es el que piensa que todos somos parecidos, con costumbres comprensibles y hermosas en todos los lugares. Los nacionalistas afirman que lo suyo es único, que es inigualable, y que es superior. Los internacionalistas afirman que todo el mundo tiene algo peculiar, que todas las culturas tienen cosas buenas y cosas malas, y que ninguna es superior a las demás. ¿Se puede amar lo propio y lo ajeno? Seguramente sí, se aprecia lo propio por comodidad y conocimiento, pero se lo cuenta uno a todo el mundo. Mi butifarra es mejor. Pos fale.

Los nacionalistas se empeñan en justificar su pesadez buscando en la historia su identidad, y claro, como los muertos del pasado no hablan, nadie refuta las tonterías que puedan inventar. Porque si algo estamos todos de acuerdo es que los muertos son los menos plastas de todos. En cambio los nacionalistas reinventan el pasado para justificarse. Se erigen como víctimas de la historia, y nos aburren contándonos las glorias y grandezas de sus antepasados. Se llaman incluso comunidades históricas, lo que es la tontería más grande del mundo. ¿Acaso los demás no tuvimos historia? Quieren decir que ellos llevan mucho tiempo dando el coñazo, y que su plasterío se remonta en la historia. ¡Ah, no sabía! La historia es la justificación de los imbéciles decía Nietzsche, uno de los antinacionalistas más destacados de la historia, y sorprendentemente uno de los inspiradores del nacionalismo alemán nazi, lo cual dice mucho de la capacidad para manipular de los nacionalista de todo tipo.

Desde la antropología social y cultural de nuestro siglo XX y XXI, vivimos en una cultura cada vez más globalizada. Es decir, hay una gran cultura sola muy extendida, la que llamamos Occidental, con numerosas variantes locales. Estas generan tres o cuatro subculturas distintas que se extienden por todo el mundo. Yo diría que no es lo mismo ser Occidental al estilo japonés que al estilo europeo. La cultura no es distinta, aunque puedan tener muchas similitudes, y no menos variantes particulares de un mismo hecho. Dicho de otra forma, los españoles nos parecemos más a los japoneses culturalmente hablando que a los pigmeos o a los Yanomamis del Amazonas. Somos en primer lugar occidentales, y luego nos podríamos adscribir bien a una gran subcultura: europeo, española, británico-anglosajona, japonesa, china, africana, musulmana,…

Luego vendrían las variantes de las regiones culturales más cercanas. Se parece más un italiano a un español, que un italiano a un danés. Por eso cuando uno viaja por el Norte de Europa siempre hay algún tío que te confunde con un italiano, y es normal. Tampoco nosotros diferenciamos un alegre y tolás danés con un sueco serio y circunspecto. Hay cientos de chistes sobre el tema, que nosotros desconocemos. Para nosotros son casi lo mismo, y punto. Como catalanes, vascos y murcianos, vaya.

Hay que decir que como el intercambio cultural ha sido fortísimo en Europa desde la Revolución Industrial, el intercambio cultural y la influencia de unos y otros ha creado y construido un algo común. En el lenguaje, sin ir más lejos galicismos, anglicismos, latinismos, italianismos, catalanismos y castellanismos se intercambian de una lengua a otra. “Cojones” venía en la portada de The Economist de hace unos años. Nos influenciamos culturalmente muchisimo, mientras edificamos una gran cultura Occidental. ¿Dónde queda aquí la maravillosa lengua catalana, gallega, vasca o valenciana? Lenguas minoritarias que estarían desaparecidas si no hubiera un soporte político-económico que las mantuviera. Las lenguas se extinguen antes que las culturas, ya lo vimos con la lengua de Oc.

¿Los rasgos identitarios de Cataluña? Como los de todos los sitios. Cuatro anécdotas más o menos rescatadas al pasado (bailes regionales, gastronomía y una lengua protegida a costa de perseguir la rival). No es más distinto un catalán para un vallisoletano de adopción que un murciano, un valenciano o un maño. Bueno, sí, en que no se le cruza el cable lloriqueando un Estado Independiente. Cada uno tiene su gracia y su modo particular, pero todos nos tomamos el pincho de tortilla con el café con leche.

¿Me vais a decir que en Cataluña han prohibido la tortilla de patatas con chorizo? Ah no. Ahora la llaman tortilla del Ampurdán con butifarreta al pimentó. Pues eso. Unos plastas que se dedican a dar vueltas sobre lo suyo hasta aburrirse. Es el narcisismo provinciano. ¿Quiénes somos, quiénes no somos? Y así hasta que se independicen a hostias, luego seguro que desean volver a unirse al resto de España, y es que el ser humano desea lo que no tiene, y los catalanes tienen de todo menos una cosa: dirigentes de un Estado que puedan hacer lo que quieran. O sea, lo que diga la Merkel.

Lo único que siento es que la irresponsabilidad de los políticos siempre terminan pagándola los paisanos que no tullen ni mullen. Sería una pena que los leridanos tuvieran que sacar un visado para visitar a su familia de Zaragoza, o los de Hospitalet no pudieran viajar a Málaga para ver a sus tíos y parientes. O no pudiéramos viajar a Barcelona para ver un Barsa Llagostera. Es lo que tiene dejarse llevar por los plastas, que te convencen que antes muertos que tranquilos. Pues eso, a morir por la patria.

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