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Contemplar el pasado que hemos sido.

Hace unos años, unos cuantos, cuando estaba de moda escuchar música de cantautores, era frecuente que hubiera versos entrañables y melancólicos, entregados sin pudor al otoño, el mes de los románticos y a la caída de las hojas amarillentas y anaranjadas. La lluvía empapaba los cristales de Serrat, y todo parecía evocar el calor de una chimenea encendida en un entorno frío y desapacible. Es el rostro amable de la soledad y de la caída de las hojas. Y así, todo parece buscar la lectura entrañable de un libro, o la envoltura de una manta, donde el frío de la vida retrocede ante el cálido respiro de nuestras carnes, las mismas que se nos van cayendo por el peso de la gravedad en alianza con el tiempo vivido y entregado.

Me reconozco escuchando de cuando en cuando aquellas músicas, y aunque no soy demasiado dado a las melancolías, tampoco me resisto en estos meses recién estrenados de tardes cortas y fríos invertebrados, a recordar lo que uno ha sido en la vida, lo que vamos siendo. Lo que nunca volveremos a ser, ni dejamos de ser.

Cada uno tiene su propia historia, su propia experiencia y su exclusivo sendero. Vidas únicas e irrepetibles, como aquellos que las recorren. Vidas colmada de errores y de aciertos, de grandes egoísmos y de fecundas generosidades que durante años inciertos sacuden las almas. Somos capaces de lo peor y de lo mejor, y muchas de las realidades que nunca pensamos que tendríamos ni viviríamos, acaban arribando cuando el otoño deja caer las hojas, y vislumbramos con más nitidez qué y quiénes somos.

En mi historia descubro a un niño lleno de alegría jugando en el anfiteatro romano de Tarragona con sus amigos. Amigos que gracias a Dios, todavía conservo. Anfiteatro que hoy está vallado y preservado de las criaturas del móvil y la tablet, cuya entrada y recorrido cuesta una cantidad de euros que desconozco. Anfiteatro vacío de juegos, inundada de sesudos extrajeros, porque aquí quedan pocos para admirar la vieja Roma. Ramblas nuevas de Tarragona cuyos nombres cambiaron, pero que siguen siendo recorridas por sus vecinos de antaño y de hogaño.

Recuerdo las primeras impresiones de Valladolid, la ciudad en la que vivo desde hace muchos años. Aliento que desprendía vapor en el invierno, y nieve que se asomaba de cuando en cuando por sus calles. Antes coches, hoy calles peatonales. Represiones y libertades. Hoy regresan otras represiones no menos angustiosas; tienen forma de democracia, y maneras de libertad, pero sin ella. Envoltorios peores. Aquellos años de democracia recién estrenada no volverán, cuando teníamos ganas de disfrutar de la libertad. De prensa, de expresión, de ser nosotros mismos, de cantar y de vestir como nos diera la gana. Los negocios destruyeron lo que ingenuamente se impuso, y aquellas evocaciones de un tiempo nuevo hoy son souvenirs en televisión y en el recuerdo. La movida se quedó inmóvil y fosilizada en algún año que Olvido Gara y Mario Vaquerizo no me han confesado.

Añoro a los curas de aquellas horas de evangelio y Cristo Joven, aquellos hombres buenos del concilio que celebraban la misa sin más artificio que las ganas de seguir a un Cristo resucitado, un modelo de identidad, un joven para los jóvenes, un Mesías sin más reino que nuestros corazones. Eran días de generosidades, de minusválidos y de encuentros con gentes que peregrinaban por la tierra hasta encontrarse en Taizé, por ejemplo. O en Lourdes, o en cualquier otro rincón de Europa; que se plantaban frente a un muro derribado para gritar Solidaridad, y muchas ganas de vivir.

Llegaron universidades, seminarios, estudios y personas. Recuerdo cuando estuvimos unos cuantos seminaristas de Valladolid en Roma, y saludamos a Juan Pablo II. Recuerdo su mirada y su apretón de manos. Tengo la foto, pero está tomada por fuera de mi cuerpo. El recuerdo lo sigo guardando dentro.

Recuerdo las manos de mis abuelos, el perfume de los sarmientos de la Bronquina, el árbol que plantamos él y yo, un almendro. Todavía en un rincón del jardín, junto a la casa majuelera y el aljibe blanqueado con cal y moscas de julio y agosto. Recuerdo las conversaciones al colegio, de la mano de mi padre, las primeras canciones tocadas con la guitarra de mi hermana, y los suspiros de amor de los primeros anhelos sin resolver. Podría recordar el nombre de muchas de aquellas niñas, supongo que hoy mujeres. Pero no guardo sus rostros en mi memoria, porque el olvido es en ocasiones corto, y el amor demasiado largo para no despertarlo de cuando en cuando.

Aprobé la oposición, escribi mi primer libro, los caballeros de Valeolit, y crucé mi mirada con la de mis hijas. Todavía son pequeñas. Podría añorar los años pasados, pero no podría dejar de atenderlas sin saborear que los recuerdos que ya tengo de ellas, de hace bien pocos años, se han quedado indelebles sobre mi alma. Son para toda la vida, como si hubieran sido escritos desde los días del anfiteatro, o las tardes de salón escuchando los Beatles en Tenerías.

Tengo conciencia de los días de juventud, cuando escuchaba la voz de Dios y me sorprendía de lo que me decía. Palabras que sigo escuchando a diario y que siguen siendo frescas, juveniles, sólidas y bellas. Es quizás lo único que no ha cambiado en estos años de vida, la trascendencia de los filosófos, con un nombre común, el que corresponde a un melenudo de barba poblada y túnica de una pieza. Jesús de Nazaret. Cristo joven decíamos, supongo que hoy sería Cristo adulto.

Y me encuentro con los viejos amigos, con los que compartí vientos y sueños, tierras y desvelos, esperanzas y sosiegos. Y los descubro como yo. Llenos de vida, y con ganas de seguir viviendo. Quizás con heridas y zarpazos, pero con la mirada envuelta en lo que somos. Lo que simplemente somos. Cada uno una cosa distinta, pero únicos e irrepetibles.

 

 

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