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Pensar la vida. Marcel Proust

Proust es uno de mis escritores preferidos. Quizás porque no tengo tantas lecturas tras mis ojos como anhelos en mi vida, pero es así. Es un autor arduo, que no está al nivel de muchos lectores devoradores de historias. Ya lo digo, Proust no escribe historietas, sino que escribe sobre la gran historia que es la vida. Su vida y la nuestra. Por eso es otra cosa. Es un escritor diferente, un devorador de la vida, un constructor de espejos del pasado donde mirarse. Es un escritor con dulce pluma, donde lo importante no es ejercitar la memoria lectora sino el recuerdo propio. Proust te deja contemplar personajes y pensamientos, reflexiones y vidas. Es un espejo donde mirar la propia vida, y de esta manera pensarla. Pensarnos a nosotros en lo que observamos.

Confieso que no soy el primero en calificarlo como uno de los mejores escritores de todos los tiempos; y proclamo este año – por la autoridad que me confiere el planeta Neptuno – como el verano de Marcel Proust y sus muchachas en flor. El año de los cortesanos fatuos y ridículos, y el año de los nobles innobles de Guermantes. Este es el año del desamor y el amor de nuestro queridísimo Swan. Año de la vida que pasa y que merece ser pensad.

Añado además que Proust es el autor que rompe todas las reglas de los narradores cinematográficos, donde el mundo se ordena en presentación, nudo y desenlace. Si no pasan cosas nos aburrimos, profe. Pues bien, amigo lector, pequeño padawan, Proust no presenta, no enreda y no desmaraña. Y es lógico que sea así, pues la vida – la tuya y la mía – es de otra forma. No es una película que tengas que contar cada poco ni exhibir. No es un griterío. Sino un silencio.

Y eso es de agradecer en el mundo actual. Cientos de millones de novelas se escriben para engancharnos como si fuéramos jumentos tras un mercadillo de zanahorias ambulantes. Pero Proust no. Marcel Proust nos quiere mostrar la vida a través de su alma. Y eso es único.

Ortega y Gasset, el filósofo español, habló de pensar la vida. Una vida no pensada es quizás una vida mortecina, un mero dejar pasar los días en espera del ataúd. Los cerdos son seres vivos, y también las mariposas, las moscas y las arañas. Los gansos folloneros son seres vivos, y también los calamares, los perros y los gatos. De eso hay mucho en los medios de comunicación: cacatúas, loros, cotorras… aves de paso. Pero nosotros somos distintos. El hombre que piensa la vida es un ser diferente. Es un ser que busca la trascendencia, y que no tiene miedo a encontrar respuestas. Es un hombre abierto a las tradiciones y al progreso… pero no a cualquier tradición ni a cualquier progreso.

Una vida pensada es una vida asombrosa, una vida donde el misterio de lo trascendente deja visualizar las alegrías y las penas, los anhelos y las esperanzas. Una vida plenificada es una vida en Dios; pero una vida asimilada y pensada, es una vida buena y honesta. ¿Se puede querer algo mejor que la honestidad para con uno mismo?

En el devenir de los días, donde contemplamos la deshonestidad, pensar la vida es casi una obligación. Aunque no sea con Proust, pensar la vida es un deber ineludible.

 

 

Cuando se comprende la vida: yo hago lo que puedo, y el resto se lo dejo a Dios. Leyendo a Javier Garrido.

Tuve la suerte de conocer a este pensador cristiano, Javier Garrido, hace algo más de dos décadas. Fue en unos ejercicios espirituales que se celebraron en Valladolid. Yo andaba por entonces terminando mi etapa de estudios teológicos, y me ofrecieron la posibilidad de acudir para escuchar de viva voz, para tratar y aprender de Javier Garrido Goitia, uno de los teólogos y humanistas más interesantes de nuestro tiempo. Un franciscano que había hecho una síntesis asombrosa entre la teología espiritual y la ciencia psicológica contemporánea, con el referente de Jung entre sus principales.

Había escuchado bastante de él, y leído algo, pues varias creyentes, entre ellas una profesora de filosofía con la que conversaba a menudo, M.R., (que luego marchó de misiones) sentía verdadera devoción por este escritor y pensador. Me lo recomendó, me lo ofreció y me lo leí. Luego comprobé que muchos otros cristianos leían y aplaudían sus propuestas. Realmente ayudaba y mejoraba la vida de las personas en el sentido más amplio e integrador posible. No podría mencionar a todos aquí, pero fueron muchos, desde luego. Era convincente y aportaba algo nuevo.

El caso es que no me defraudó cuando lo traté. Javier Garrido había reinventado y reelaborado en una de los esfuerzos más interesantes de la cultura teológica contemporánea española y europea la psicología moderna con la teología espiritual. Hablaba del personalismo y de la construcción de la persona como elemento fundamental para que la gracia sobreabundase en la limitación humana. Explicaba, analizaba y contaba con mucha claridad y profundidad lo que todos sabemos, y nadie termina de poner nombre ni de definir. ¿Reconocen ese momento de luz intelectual?

Javier Garrido me gustó y me encantó. Tomé muchos apuntes, memoricé y anoté en mi mente muchas de sus nociones, ideas, sugerencias y continué con la vida. Hablamos, le escuchamos y discutimos, dialogamos e intercambiamos ideas y pensamiento. Y por supuesto aprendí mucho, porque estaba ante un maestro, un sabio , un pensador y una buena persona. Un franciscano único. Un creyente arrojado en los brazos del Padre.

El caso es que la vida nos lleva por cualquier sitio, siempre diferente a lo que uno espera, y casualmente, hace unos quince días he vuelto a retomar algunos viejos libros que tengo por casa de este autor. En realidad tengo bastantes de él, así que escogí este de “Adulto y cristiano”, que me regalaron mis buenos amigos TyByT hace diez años, y me he entregado a releer y revivir pensamientos dormidos, siempre sugerentes y de excelente factura. Garrido no ha envejecido. En cambio soy yo el que tiene unos años más…

Hay muchas cuestiones que se podrían destacar de Javier Garrido, pero siempre tengo en mi mente la síntesis de contrarios que hacemos en la vida entre el IDEALISMO Y LA REALIDAD. La vida es eso, una lucha entre los ideales que uno tiene con respecto al amor, el trabajo, la familia, los demás, la sociedad y el mundo; y la realidad con la que uno se encuentra. Siempre en tensión, siempre en crisis y crecimiento. En expansión y en aceptación.

Ser creyente implica además hacer una apuesta por el IDEALISMO que construimos conforme a la fe. La utopía cristiana es una elaboración que hacemos también en nuestras cabezas, en nuestros sentimientos y en nuestras personas; lo cual explica los abandonos y las apostasías de los jóvenes; pero también augura el retorno a la iglesia de aquellos que una vez sintieron el toque delicado en el alma, gente que cuando la vida ha sacudido a fondo vuelven a entrar en un templo y se reencuentran con Dios y con ellos mismos.

“Yo hago lo que puedo y el resto de lo dejo a Dios” dice el libro que pronuncia mucha gente orante. Es una buena síntesis de lo que un cristiano vive cuando descubre que la vida no la controla uno, que todo ha sido y es gracia, y que Dios te ha ceñido el vestido y te ha llevado por donde tú no querías. ¿Acaso no sucede siempre así? A pesar de las dudas y de las vacilaciones, incluso de las negaciones, Dios te ha llevado hasta el final. Eso sólo es posible descubrirlo cuando se ha madurado y sintetizado el idealismo y la realidad. Cuando uno percibe la limitación propia y la grandeza inconmensurable de Dios. La vida es un derroche y un regalo, y nos queda agradecer antes de morir.

La única posibilidad de un cristiano maduro para vivir con autenticidad la fe es abrirse definitivamente a su gracia, a su amor, entregarse en sus brazos como un niño. Ahora qué sé quién eres, deseo estar contigo para siempre. Es la entrega definitiva del hombre maduro y del anciano que recapitula la contingencia de la vida y que descubre que Dios siempre ha estado ahí, purificándolo, amándolo, esperándolo. Todo es gracia, y ha sido voluntad de Dios.

Javier Garrido explica todo esto maravillosamente. Cosas que probablemente no necesiten explicación porque uno las vive sin más.

Y me trae el libro a colación el mundo en el que habito. También con la tensión entre idealismo y realismo que se da en todos nosotros. Me voy a lo prosaico. El idealismo de la izquierda de construir un mundo mejor se resiente cuando la vida avanza y uno necesita adaptarse para comer, entonces parece mira a las derechas; el idealismo de los jóvenes cuando tienen hijos y comprueban que la realidad no era lo que pensaban que era, lo que pensaban que no ibas a hacer lo termina haciendo; el idealismo de los profesores que empiezan pensando que van a cambiar el mundo con sus clases y terminan pidiendo que lleguen las vacaciones cuanto antes y por favor.

Para un creyente siempre hay un viento de idealismo por vivir Siempre se puede contribuir, aunque solo sea con un pescado y un poco de pan, para que Dios lo multiplique. Siempre descubre uno que no ha cambiado el mundo por dar clase, pero que sí que ha podido ayudar a alguien que estaba casi excluido. Con uno basta, porque sólo Dios sabe de verdad. Uno descubre que con que un sueño se haga realidad ya vale la pena. Y a veces ese sueño ya se ha producido.

“Yo hago lo que puedo, y el resto se lo dejo a Dios”; y entonces te das cuenta de que lo has comprendido.

 

Contemplar el pasado que hemos sido.

Hace unos años, unos cuantos, cuando estaba de moda escuchar música de cantautores, era frecuente que hubiera versos entrañables y melancólicos, entregados sin pudor al otoño, el mes de los románticos y a la caída de las hojas amarillentas y anaranjadas. La lluvía empapaba los cristales de Serrat, y todo parecía evocar el calor de una chimenea encendida en un entorno frío y desapacible. Es el rostro amable de la soledad y de la caída de las hojas. Y así, todo parece buscar la lectura entrañable de un libro, o la envoltura de una manta, donde el frío de la vida retrocede ante el cálido respiro de nuestras carnes, las mismas que se nos van cayendo por el peso de la gravedad en alianza con el tiempo vivido y entregado.

Me reconozco escuchando de cuando en cuando aquellas músicas, y aunque no soy demasiado dado a las melancolías, tampoco me resisto en estos meses recién estrenados de tardes cortas y fríos invertebrados, a recordar lo que uno ha sido en la vida, lo que vamos siendo. Lo que nunca volveremos a ser, ni dejamos de ser.

Cada uno tiene su propia historia, su propia experiencia y su exclusivo sendero. Vidas únicas e irrepetibles, como aquellos que las recorren. Vidas colmada de errores y de aciertos, de grandes egoísmos y de fecundas generosidades que durante años inciertos sacuden las almas. Somos capaces de lo peor y de lo mejor, y muchas de las realidades que nunca pensamos que tendríamos ni viviríamos, acaban arribando cuando el otoño deja caer las hojas, y vislumbramos con más nitidez qué y quiénes somos.

En mi historia descubro a un niño lleno de alegría jugando en el anfiteatro romano de Tarragona con sus amigos. Amigos que gracias a Dios, todavía conservo. Anfiteatro que hoy está vallado y preservado de las criaturas del móvil y la tablet, cuya entrada y recorrido cuesta una cantidad de euros que desconozco. Anfiteatro vacío de juegos, inundada de sesudos extrajeros, porque aquí quedan pocos para admirar la vieja Roma. Ramblas nuevas de Tarragona cuyos nombres cambiaron, pero que siguen siendo recorridas por sus vecinos de antaño y de hogaño.

Recuerdo las primeras impresiones de Valladolid, la ciudad en la que vivo desde hace muchos años. Aliento que desprendía vapor en el invierno, y nieve que se asomaba de cuando en cuando por sus calles. Antes coches, hoy calles peatonales. Represiones y libertades. Hoy regresan otras represiones no menos angustiosas; tienen forma de democracia, y maneras de libertad, pero sin ella. Envoltorios peores. Aquellos años de democracia recién estrenada no volverán, cuando teníamos ganas de disfrutar de la libertad. De prensa, de expresión, de ser nosotros mismos, de cantar y de vestir como nos diera la gana. Los negocios destruyeron lo que ingenuamente se impuso, y aquellas evocaciones de un tiempo nuevo hoy son souvenirs en televisión y en el recuerdo. La movida se quedó inmóvil y fosilizada en algún año que Olvido Gara y Mario Vaquerizo no me han confesado.

Añoro a los curas de aquellas horas de evangelio y Cristo Joven, aquellos hombres buenos del concilio que celebraban la misa sin más artificio que las ganas de seguir a un Cristo resucitado, un modelo de identidad, un joven para los jóvenes, un Mesías sin más reino que nuestros corazones. Eran días de generosidades, de minusválidos y de encuentros con gentes que peregrinaban por la tierra hasta encontrarse en Taizé, por ejemplo. O en Lourdes, o en cualquier otro rincón de Europa; que se plantaban frente a un muro derribado para gritar Solidaridad, y muchas ganas de vivir.

Llegaron universidades, seminarios, estudios y personas. Recuerdo cuando estuvimos unos cuantos seminaristas de Valladolid en Roma, y saludamos a Juan Pablo II. Recuerdo su mirada y su apretón de manos. Tengo la foto, pero está tomada por fuera de mi cuerpo. El recuerdo lo sigo guardando dentro.

Recuerdo las manos de mis abuelos, el perfume de los sarmientos de la Bronquina, el árbol que plantamos él y yo, un almendro. Todavía en un rincón del jardín, junto a la casa majuelera y el aljibe blanqueado con cal y moscas de julio y agosto. Recuerdo las conversaciones al colegio, de la mano de mi padre, las primeras canciones tocadas con la guitarra de mi hermana, y los suspiros de amor de los primeros anhelos sin resolver. Podría recordar el nombre de muchas de aquellas niñas, supongo que hoy mujeres. Pero no guardo sus rostros en mi memoria, porque el olvido es en ocasiones corto, y el amor demasiado largo para no despertarlo de cuando en cuando.

Aprobé la oposición, escribi mi primer libro, los caballeros de Valeolit, y crucé mi mirada con la de mis hijas. Todavía son pequeñas. Podría añorar los años pasados, pero no podría dejar de atenderlas sin saborear que los recuerdos que ya tengo de ellas, de hace bien pocos años, se han quedado indelebles sobre mi alma. Son para toda la vida, como si hubieran sido escritos desde los días del anfiteatro, o las tardes de salón escuchando los Beatles en Tenerías.

Tengo conciencia de los días de juventud, cuando escuchaba la voz de Dios y me sorprendía de lo que me decía. Palabras que sigo escuchando a diario y que siguen siendo frescas, juveniles, sólidas y bellas. Es quizás lo único que no ha cambiado en estos años de vida, la trascendencia de los filosófos, con un nombre común, el que corresponde a un melenudo de barba poblada y túnica de una pieza. Jesús de Nazaret. Cristo joven decíamos, supongo que hoy sería Cristo adulto.

Y me encuentro con los viejos amigos, con los que compartí vientos y sueños, tierras y desvelos, esperanzas y sosiegos. Y los descubro como yo. Llenos de vida, y con ganas de seguir viviendo. Quizás con heridas y zarpazos, pero con la mirada envuelta en lo que somos. Lo que simplemente somos. Cada uno una cosa distinta, pero únicos e irrepetibles.

 

 

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