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Noticia de última hora: Julian, el chico australiano, está vivo.

Mentir se ha convertido en un negocio muy rentable. Basta con que uno lance noticias fáciles, mentirosas y emotivas, para que miles de internautas los clickeen volviendo a su creador en un tipo rico. Cuantos más usuarios visiten tus páginas, más dinero se puede ganar en publicidad, o simplemente en google, que paga por tener éxito. Por eso circulan por las redes sociales miles de noticas falsas, que se dan la mano con las verdaderas tratando a la verdad de tú a tú. Lo que no deja de ser algo diabólico. Pido perdón por inventar el titular, y te animo a que leas esta entrada sobre la mentira en nuestra cultura.

Está claro que mentir es una inmoralidad, pero siempre habrá peña que se lo crea, aunque sea a medias; mucha otra gente sí se lo cree, y a lo bestia. Decía Goebbels: Miente que algo quedará, y es que cuando descubrieron que manipular a las masas era superfácil, la clase política y sindical no ha dejado de mentir día tras día. De hecho ya venían mintiendo de antes. Dicen lo que piensan a medias, se callan sus miserias y airean las del prójimo con bastante poca honestidad. Le llaman juego politico, pero no deja de ser un juego cansino para los ciudadanos. Y mentiroso, porque no dicen lo que piensan y tienen deseos de engañar al electorado.

Es evidente que los linchamientos en las redes sociales existen porque hay gente que se cree cualquier mentira que le moleste o indigne; y está dispuesto a machacar a quién sea gratuitamente, sin criterio ni moral. La gente se cree lo malo a pies juntillas, y desconfia del bien, lo que no deja de ser paradójico. Los partidos políticos populistas se basan en la indignación, mucha de ella construida a base de mentiras.

Pongo un ejemplo: si digo que ha aparecido vivo Julian, el niño australiano asesinado en las ramblas de Barcelona. Alguno pensará que puede ser verdad, pero necesitará alguna ratificación de la noticia, porque es una noticia importante. Si nadie lo desmiente muchos creerán que es verdad. Otros sospecharán, hasta que la vean en otro medio semejante que lo publica (retuiteo que se llama). Si además (segunda mentira) digo que la familia está tratando de ocultar que ha aparecido, porque quiere cobrar una pensión de terrorismo que dan en España, la gente se empezará a indignar contra esta buena gente. Si luego un politico habla de poca claridad en la policía, ya no habrá quien levante la sospecha. Por mucho que digan, les será imposible desmentir la mentira; y aunque lo hagan, tendrá menos clickeo que la mentira, convertida ridículamente en viral y planetaria.

Desmentir impacta menos que mentir. Necesita más gasto y más dinero.

Tendrá que ser otra autoridad (el gobierno australiano o español) el que lo desmienta. ¿Y si no lo desmiente porque no se ocupa de esas cosas nimias? ¿Y si ya no son creíbles? La gente pensará que Julian está vivo y que su familia es malvada. O sea, que además de quedarse sin chico y sufrir un ataque terrorista en las Ramblas, serán perjudicados en las redes, se quedarán sin reputación. Eso sí, el inventor de la noticia se forrará con millones de clickeos de gente super feliz que debate durante días y años si lo que he puesto es verdadero o falso. Se retuitea, se reenvía, se reduplica la mentira… Se alimenta de la indignación latente y la desconfianza enquistada en la sociedad.

Cuando se miente sobre un suceso histórico (una noticia no contemporánea) pasa exactamente lo mismo. Siempre hay gente que afirma haber encontrado la tumba de María Magdalena y que la iglesia lo oculta en el Vaticano; o peña que repite que los españoles colonizaron américa con ayuda de unos extraterrestres del imperio inca. Hay cadenas empeñadas en difundir estas mentiras, incluso con formas pseudocientíficas.

Ciertamente, la historia sirve para justificar muchos actos contemporáneos de los nacionalistas, por ejemplo; pero también es la justificación del marxismo para iniciar la lucha de clases. Las mentiras empujaron al gobierno de US a desalojar a los españoles de Cuba en 1898, y las mentiras de la masonería hicieron otro tanto en Filipinas. La mentiras y las verdades han sido utilizadas durante las guerras mundiales para desacreditar al enemigo. Y para hacer creer a los propios que iban venciendo cuando estaban siendo derrotados. Lo llaman propaganda, o lo llamaban. Ahora es la libertad de las redes, una especie de libertad de prensa sin control moral y terriblemente mentirosa.

Lo que dice Mark Twain es bastante cierto, es más difícil destapar una mentira que inventarla. Por eso estamos todavía dando vueltas a las mentiras que se montaron sobre el Medievo en los siglos ilustrados, o las que crearon los franceses e ingleses sobre la leyenda negra de las Españas, creídas en nuestro país sin ningún criterio por sus intelectuales durante siglos. Luego vienen guerras civiles, exaltados y levantamientos amparados en mentiras y abusos en los discursos contemporáneos.

Lo curioso, y me centro en lo que me importa, es que nadie controla los contenidos más que cuando sobrepasan los estándares mínimos de lo que se define por decencia contemporánea: el racismo, el machismo y la violencia. Pero si la mentira indigna y genera violencia, eso no importa ni se controla; lo que me lleva a pensar que la mentira tiene las patas demasiado largas en nuestra sociedad, es rentable e impide cada vez más una sociedad pacífica, abierta a Dios y a su justicia.

Es el paso siguiente que da la posmodernidad, donde tras la fragmentación que desacreditaba la mentira y convertía todo en sospecha, regresa una especie de credulismo que alimenta la indignación y espanta el bien y la concordia. Las mentiras con éxito despiertan los odios y las emociones fuertes. Y, por desgracia, de la indignación al odio hay tan solo un paso. Una sociedad tan emocionalmente inestable como la nuestra, tan de osos de peluche y de indignados con rabietas infantiles, no hacen sino empujar a los pimpollos a la lucha. Como los terroristas, que creían hacer el bien, cuando estaban haciendo el mal. Y es que no lo distinguen.

Reflexión: los límites de la libertad de expresión.

La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír (George Orwell).

Es una buena definición, pero me temo que insuficiente. Como todos los derechos, la libertad de expresión tiene límites, ningún derecho es absoluto e ilimitado, pues todos tienen restricciones y límites. El más claro es la libertad de expresión del otro, y que se basa en la igualdad de un mundo plural y diverso en ideas. Por eso no es una locura afirmar que deberíamos también derecho a no oír determinadas cosas que no queremos oír, y eso es también libertad de expresión y respeto a la libertad de pensamiento. Sin embargo, en nuestra sociedad, eso es bastante complicado orquestar.

En primer lugar, hay que partir de una premisa histórica decisiva para comprender el actual marco democrático de libertades, y es que la libertad de expresión y de pensamiento surgió teóricamente como una necesidad frente al poder establecido. El gobernante, el rey absolutista, censuraba las opiniones discrepantes. Y a lo largo de la historia así se ha sucedido: la censura ha sido siempre la principal herramienta que ha coartado y limitado la libertad de expresión. Su uso en las dictaduras de cualquier signo es la principal seña de identidad para diferenciar una dictadura de una democracia. De la libertad de expresión deriva la libertad de cátedra o la libertad de prensa, imprescindibles en un Estado que pretende el pluralismo político.

En segundo lugar, el principal límite de la libertad de expresión afecta al honor de las personas. No podemos insultar, mancillar, calumniar o injuriar a alguien, ni con motivo ni sin él; y mucho menos públicamente. Pues destruimos de inmediato el honor de la persona, y con ello la convivencia y la fraternidad que deben presidir una sociedad. Estos límites siempre han estado ahí, desde el principio. La injuria sería aquel delito consistente en una acción o expresión que lesiona la dignidad de otra persona, menoscabando su fama o atentando contra su propia estimación. Se considera grave cuando hay desprecio a la verdad, publicidad, etc. La calumnia, prima hermana, consiste en imputar un delito a alguien sabiendo que es falso. Son delitos privados, que persigue el que es injuriado o calumniado. hay cosas que no se deben decir, por respeto a las personas.

Estos límites a la libertad de expresión son los que han presidido nuestro marco legal durante muchos años, funcionando bastante bien. Se podía manifestar cualquier opinión, siempre bajo las reglas de juego de respetar la opinión del otro. El problema es que las ideologías políticas han necesitado altavoces mediáticos permanentes y constantes para hacerse valer, y en su deseo, han terminado imponiendo un determinado tipo de ideas relativistas y no totalitarias, convirtiéndose ellas mismas en un nuevo tipo de totalitarismo ideológico. Han acabado siendo lo que combaten, entre otras cosas porque necesitan repetir el mensaje ( es una táctica política), y además, para más inri, han precisado acallar a los rivales políticos para escucharse a ellos mismos mejor. Dicho de otra forma: esto es un gallinero de a ver quien grita más. Y se apela a la libertad de expresión para gritarle al otro la opinión propia, y se pide al otro silencio porque nos ataca con sus odios y agresiones. Así está el patio en las redes y en la sociedad.

El problema surgió, en mi opinión, con los abusos que tuvo la libertad de expresión frente a las víctimas del terrorismo en el País Vasco. Claramente fue la primera gran restricción a la libertad de expresión, pero que todo el mundo entendió que era para proteger mejor a las víctimas de ETA. Gente que había sufrido la muerte en sus carnes no tenía por qué aguantar a un señor en la televisión vasca, o en el periódico, diciendo que matar era estupendo para lograr la libertad de la patria vasca. La construcción ideológica del terrorismo etarra necesitaba gritar sus consignas para hacerse valer y convencer a los vascos de que asesinar era el camino correcto. Esa apología del terrorismo, se entendió que alentaba el terrorismo y agredía a la sociedad tanto como la pistola y el tiro en la nuca. Lo mismo que se limitó su presencia y participación en las elecciones, etc. Tales restricciones se aceptaron como buenas, porque la justicia y el derecho parecían no proteger adecuadamente los sentimientos de personas que no merecían seguir siendo víctimas de la violencia, ni siquiera ideológica, de un grupo minoritario defensores del asesinato en determinadas circunstancias. La lucha contra el terrorismo en su conjunto parecía pedir este tipo de restricciones a la libertad de expresión.

La libertad de expresión continuó siendo limitada con las reformas sucesivas de los códigos penales. El ejemplo más inmediato es el artículo 510 CP donde se recogen los delitos de odio, hostilidad, discriminación o violencia contra una grupo,… por razón de pertenencia por motivos racistas, antisemitas, o referentes a ideología, religión, creencias, situación familiar, pertenencia a étnica, origen nacional, sexo, orientación o identidad sexual, por razón de género, enfermedad o discapacidad. O sea, que no se puede decir demasiado de ningún colectivo, y menos criticarlo, porque la sospecha de despertar el odio, aunque no se pretenda más que la discrepancia amistosa, lo impedirá.

Semejante destino penal tendrán los que trivialicen delitos de genocidio, lesa humanidad, bienes protegidos en caso de conflicto armado, enaltezcan a sus autores, etc. O sea, que nadie puede discrepar de determinadas verdades que el derecho penal considera absoluto, y que minimizarlo lleva penas de  prisión, multas, etc. ¿Es adecuado que en una democracia haya unas ideas absolutas sobre las que nadie pueda discrepar? El bien jurídico parece que es evitar el odio y la discriminación, pero también parece un bien jurídico lograr que no haya discrepancias en algunos hechos de la historia, y eso es un retroceso en libertades. ¿Se puede hablar con libertad del franquismo, por ejemplo, cuando el debate y la discrepancia entre los historiadores y los españoles no está cerrada?

A la luz de este artículo del CP no pueden opinar los siguientes colectivos, entre otras cosas porque promueven a la violencia y al odio: los racistas, los antisemitas, los anticlericales, los cristófobos, los islamófobos, los tradicionalistas de la familia, los gitanofóbicos, los homofóbicos, los misóginos, los misántropos, los antibisexuales, y por extensión los negacionistas de los asesinatos de Hitler, Stalin, Castro, Pol Pot, Gengis Khan, el Che Guevara, el apartheid, Napoleón y muchos más. Los que nieguen los asesinatos de la noche de San Bartolomé son delincuentes, y lo mismo los que digan que Robespierre fue un gran hombre, pues instauró y consolidó el terror rojo en la Revolución Francesa. ¿Están protegiendo a las personas y las minorías o están protegiendo que todos pensemos igual? Desgraciadamente, las dos cosas. Discrepar en algunos temas es un delito, y eso altera las reglas de juego de la pluralidad y la diversidad en una sociedad donde se puede pensar lo que se quiera. ¿Por qué no? El problema es que no se puede decir, y eso despierta la crítica de José Luis Sanpedro: “Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no sirve de nada”. Pero se puede parafrasear perfectamente: “Sin libertad de expresión, la libertad de pensamiento es una tumba”, y se termina muriendo el pensamiento.

Evidentemente, como esto no se puede cumplir – pues los jueces, fiscales y abogados no tendrían tiempo para hacer nada más – pues se cumple a veces sí y a veces no, según la corriente de opinión que sople por la ventanilla del magistrado de turno, según si denuncia alguna asociación y tal y tal,… lo cual genera una arbitrariedad impropia de un sistema jurídico seguro. Tampoco se nos escapa, que el legislador incorpora en sus precisiones terminológicas un lenguaje y un concepto técnico de la sexualidad que no es generalizado ni común. Lo de orientación y lo de identidad sexual no es defendido siquiera en el ámbito científico por unanimidad. Lo mismo sucede con las interpretaciones de la historia, los genocidios y los hechos del pasado y de la política. Para mucha gente el Che es un genocida, pero para otros es un héroe.

En mi opinión, el legislador ha ido demasiado lejos y está impidiendo opinar libremente cuestiones que pueden ser opinables. Desde luego, su pretensión era buena, evitar el odio y la discriminación, pero afectando a la opinión ha errado de plano; y ahora no es fácil corregirlo.

En la ofensa a las religiones y los sentimientos religiosos sucede algo parecido. El art. 525, que por cierto se cumple bien poco en las redes sociales, donde hay gente que rezuma odio contra la iglesia, dice textualmente: “Incurrirá en pena… los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito, o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente a quienes los profesan o practiquen”. Casi nada. Hay miles de mensajes en la red que delinquen impunemente, contra la iglesia y contra el islam principalmente. Es decir, ha habido más delitos en gente cabreada con lo del autobús, que lo que decía el autobús mismo, que no decía nada ofensivo contra ningún colectivo. Al menos que yo sepa.

A mi me enseñaron que cuando una persona discrepa de algo, sea lo que sea, puede ser combatida en su opinión con otra opinión. Y no me parece malo del todo. Si un colectivo defiende la violencia contra otro colectivo, en lugar de castigar su opinión, sería preferible defender el derecho de todos a discrepar, y oponer ideas contrarias. En España, desde que hay estos delitos de odio, parece que han crecido los delincuentes, y es que no hay nada mejor para potenciar algo que prohibirlo. ¿Tanto daña la opinión de otro, aunque rezume odio? Al final la libertad de expresión es restringida dañando a toda la sociedad, y conduciéndonos a un lugar del que no sé si sabremos salir.

Otra cosa es la violencia real. Por ejemplo, los que con fuerza, intimidación o violencia impiden actos o celebraciones religiosas incurren en delito, y es que aquí sí se atenta contra la libertad religiosa y de conciencia de los demás. O alguien que agrede a otro porque es tal o cual. Eso es delito, ¿pero opinar sin ofender? Aunque moleste, habrá que defenderlo.

 

 

Miedo a la ignorancia que alimenta el odio.

No suele ser habitual que dedique varias entradas seguidas al mismo tema, pero me siento obligado, pues esta semana me han dedicado varios comentarios, algunos largos hasta aburrir, y otros patéticos hasta llorar, sobre la entrada que hacía la semana pasada sobre los resultados electorales. La sarta de tonterías que vomitaban algunos eran de juzgado de guardia, pero como la ignorancia es libre y atrevida, pues seguro que se las creían. En esto no sé si mejoro mi categoría, pues como todo el mundo sabe, no hay escritor en este país al que no le salga de vez en cuando un carroñero, de esos cuyo oficio consiste en insultar, vilipendiar y mortificar la soberana verdad que presumen conocer. El gran delito es siempre el mismo: pensar razonadamente, con libertad, y sobre todo distinto, lo cual es muy molesto e insidioso para los imbéciles y los fanáticos.

Siempre empiezan igual, que parece mentira un profesor y un filósofo que diga esas cosas que dice. Claro, desconocen que un filósofo que dice lo que la gente quiere oír es un soplagaitas. Mal profesor (y escritor) sería si mintiera a mis alumnos o lectores, enseñara falsedades, o no me estudiara los asuntos antes de manifestar opinión, o escribir un relato; así que lo siento, amigos, pero me considero un tipo avanzado de ideas, no de pose, y el respeto al lector ( a la inteligencia de los alumnos) es lo primero, y las frases hechas y la demagogia lo dejo para después. No pertenezco a ninguna secta ideológica de las que ahora cacarean tanto sus verdades gritándolas por las redes. Me gusta la pluralidad y la libertad más que a un tonto un lápiz. Una pluralidad capaz de razonar y de escuchar, cosa rara en un país donde casi nadie lee, y donde el único referente cultural de la población están en escupir tonterías en una barra de bar, o en un plató de televisión.

Me criticaban sólo en lo que puse sobre Podemos, no en lo demás, por lo que deduzco que no se lo leyeron entera la entrada, ni entendieron su sentido, pero eso es otra cuestión cuyo única solución está en que se lo vuelvan a leer. No puedo hacer más. Me decían, entre otras cosas, que no tuviera miedo a los de Podemos, que no eran como “nosotros”, o sea como yo y los malos (que no sé quienes son) que les esclavizaron durante 40 años. Tela la afirmación. Ni me quiero imaginar la sarta de tonterías que han tenido que escuchar para soltar una aberración tan estúpida. Está claro que no vivieron esos años, pero que tampoco se han molestado en informarse como fue el franquismo. También desconocen que en mi familia se perdió la guerra, y que estuvimos represaliados; pero les da igual, porque necesitan alimentar su memoria histórica con mentiras, con cosas que no sucedieron y que se imaginan. Olvidan selectivamente sus crímenes porque no toleran no ser los buenos, y luego se llenan de odio por algo que ni vivieron ni sucedió en la realidad. La ignorancia alimenta el odio, porque lo que no ocupa la mente con razonamientos, invade el corazón con sentimientos. Y esta gente no quiere saber la verdad, y se les va la fuerza por la boca.

Gracias a Dios es verdad que no somos iguales, entre los podemitas y un menda hay una distancia insalvable llamada logse, libros, estudios, carreras, madurez y lecturas. Yo abandoné la demagogia hace mucho tiempo, casi desde que empecé a comprender como funcionaba el sistema jurídico y político. Aposté por la democracia como un mal sistema, pero un sistema que permitía echar a un gobernante cuando lo hacía mal, y ratificar a otro cuando intentaba hacerlo bien. Porque gobernar a gusto de todos es imposible. Comprendí pronto, estudiando historia y observando el comportamiento humano, que siempre hay por el mundo cuatro iluminados salvapatrias dispuestos a rescatar a los pobrecitos de sus males, y que esos revolucionarios (o matarifes) suelen esgrimir sus argumentos gracias a la fuerza de sus propagandas y de sus armas, pero pocas veces por la fuerza de los hechos y la argumentación.

La Unión Soviética, paraíso de izquierdas, es un ejemplo de aquello, y la República Española, o la comuna de París, otro tanto. Gente ansiosa de poder, que logra engañar a mucha gente durante mucho tiempo. Por eso monsieur Robespierre no me parece un gran tipo, sino un psicópata, primo hermano de Pol Pot, y el Che Guevara no es un gran idealista, sino un asesino que se pasó por las armas a bastantes campesinos bolivianos cuyo único delito fue no seguirlo en su revolución. Hitler, líder del Partido Obrero Alemán Nacional Socialista (pongo el nombre completo porque era un partido como muy de obreros nacionalistas) es el único genocida que reconocen como tal la izquierda de manera abrumadora, porque incluso a Stalin, bastante más capullo, le perdonan la vida, y a Castro no digamos, es casi un mártir del capitalismo.

Todos ellos, los que justifican el uso de la violencia y la imposición de ideas para cambiar la sociedad, son simplemente unos soberbios (por no decir cómplices del crimen que defienden) que piensan que lo suyo es lo mejor, y que hay que imponerlo por la fuerza al otro. Esa gente que sale a la calle cada poco, que no respetan las normas de convivencia, que mienten y engañan a la gente contándoles la mitad de la verdad, que desconocen la historia de los crímenes de su bando, y a mi eso sí, me da mucho miedo, entre otras cosas porque no razonan, vomitan eslóganes y se creen que van a cambiar el mundo reventando mítines de los rivales políticos. Eso sí da miedo, porque me recuerda a la Alemania Nazi.

Me decía esta gente que habían estado esclavizados durante 40 años de franquismo, y que la Constitución del 78 era medieval, y que a mi me gustaba mucho el medievo y el franquismo. Y que era una mala persona por llamar asesinas a las abortistas. Algo que no mencioné en la última entrada, sino en una de hace un par de años; una, titulada TERRORISMO CON LICENCIA, donde atacaba el presumido derecho de la izquierda de hacer lo que le saliera de los cojones los días de huelga con sus piquetes terroristas, y en general con el bajo respeto que guardan hacia el Estado de Derecho. ¿Se han dado cuenta que los que decían hace unos meses “que no nos representan”, ahora sí se sientan representados y se callan como putas? ¿Saben por qué? Porque un parlamento que no sea de mayoría de izquierdas no es un parlamento democrático para estos fanáticos. Ellos, que son lo más liberticida que ha habido en la historia, presumen de defender las libertades y la democracia; y claro, yo no me lo creo, se lo digo y se cabrean. Las medallas son de los liberales, ni de los conservadores ni de los progresistas, pero ese es otro tema.

PD: Perdona chavalita, pero eso te pasa por creerte lo que dice la Sexta ( o la secta).

¡Desconfianza!

He tenido la desgracia en los últimos tiempos de verme rodeado en el trabajo de un ambiente de desconfianza disolvente y machacante. Les aseguro, que tras esta experiencia laboral, aquel sugerente dicho que afirmaba que donde hay confianza da asco, me parece ahora una delicia. Porque la desconfianza es lo más pernicioso que hay para el ser humano, y a las pruebas (y a la experiencia incluida en el insti del Bierzo en el que curro) me remito.

La desconfianza ahonda en lo peor del hombre. Rescata y saca a la luz una serie de mecanismos de protección, que se convierten a la larga en una cadena esclavizante para cualquiera que lo viva. La desmotivación está garantizada en un ambiente así, del que el principal responsable es el superior, que no siempre se entera que cuando hay mal ambiente y desconfianza la gente trabaja peor. Dicho sin ambages: si uno trabaja rodeado de gente desconfiada, termina trabajando de otra forma, o sea sin ganas y estresado. No ofrecerá todo lo que puede dar, y en cuanto pueda se largará a otro sitio. La desconfianza es una fuerza centrífuga que arroja fuera de sí cualquier calor humano que pudiera haber, cualquiera creatividad y cualquiera buena idea. Es diabólico en el sentido más etimológico de la palabra, dispersador, engañador y centrifugador de afectos e inteligencia. La desconfianza acaba engendrando mediocridad y tristeza.

Es fácil comprobar como en ambientes donde unos desconfían por sistema de otros se genera una conducta hipócrita edificada en una ética heterónoma infantilizante. En estos lugares muchos acaban hablando bajo para que no nos oigan, se oscurecen las razones de porqué se convoca tal o cual reunión; hay que estar, pero no dicen para qué por si acaso nos vamos de la lengua. En estos ambientes se disimulan los afectos, pocos dicen lo que piensan para evitar ser señalados, e incluso las conductas comprendidas en otros lugares como normales, se hacen sospechosas hasta corromper la conciencia más equilibrada y tranquila del mundo. Aunque la conducta sea adecuada, razonable y buena moralmente, (en una palabra pensada), se duda y se genera una culpabilidad en los más débiles moralmente, fruto de las miradas aviesas, los controles y las conductas manipuladoras de los más desconfiados, que siembran una atmósfera de maldad y sospecha sobre el otro. ¿Lo estaré haciendo mal cuando todo el mundo piensa mal de todo el mundo?

Todo se anota, se supervisa y se firma, nadie puede escapar a un control normativista absurdo, hecho por los más desconfiados para aparentar seriedad, cuando realmente lo que expresa es la más profunda desconfianza respecto a lo que el otro me puede ofrecer. Antes de que el otro falle, le obligo a que acate las normas de la empresa, del instituto, del grupo o de lo que sea. El otro vale poco sin normas que le obliguen, parecen querer decir. Estos ambientes son odiosos y nadie los quiere, pero cuando llegan es difícil evitarlos. Se requiere tiempo para cambiar las cosas, y en estos ambientes hay que desmontar el recelo y el rencor acumulado por años de sospechas.

La desconfianza se percibe en cuanto notas que algunos se esconden para evitar problemas, en cuanto no se dicen con claridad las cosas, cuando no hay ideas y nadie manifiesta la más mínima creatividad. Se aprecia cuando solo hay ideas nuevas para uniformizar, para igualar lo distinto, o para someter al desconocido que trae aires nuevos. Es un grito a la inteligencia ver que el trabajo del otro no se respeta, que se desprecia pública o privadamente, donde se murmura sobre tal o cual conflicto ordinario. Algunos siempre están echando mierda sobre el otro, quizás porque desconocen todo del otro, o porque creen conocerlo demasiado bien. Nunca se ciscan en el que se oculta y disimula, por lo que acaba siendo la conducta más estimada en estos ambientes. Pasar de todo, y esperar el relevo. Como las legiones romanas de Petibonum. El problema es que cuando se disimula y uno se esconde se queda a merced de los peores. Un ambiente de desconfianza se percibe enseguida porque en lugar de trabajar con alegría, la peña fluctúa entre el escaqueo, el miedo, o la mediocridad compartida.

A lo largo de estos dos años he comprobado como uno de los primeros males que genera la desconfianza humana es el resurgir incontrolado de normas y reglamentos internos. Como no se confía en la naturaleza humana, ni en el otro, se prefiere confiar en las normas. Se crean normas de obligado cumplimiento para evitar que las personas sean personas, y se construye un edificio laboral alienante y ridículo. En estos lugares todos tienen que trabajar exactamente lo mismo, de manera idéntica y uniforme, y el que no haga lo que decimos nosotros los desconfiados rompe las reglas del juego. En un ambiente de desconfianza es fácil que los peores impongan a los mejores sus igualitarismos uniformizantes con su mediocridad. Nadie puede ser especialmente creativo, ni generoso, ni bondadoso, ni humano, ni blando con el alumno, ni duro con ellos. Todos tenemos que suspender lo mismo como profes, se dice. Es lo que destacó Nietzsche en su genealogía de la moral, la desconfianza de los que se consideran buenos acaba aplastando a los que son mejores a ellos. En un ambiente de desconfianza los peores compañeros se quejan de que son los malos de la película, sin reparar en que efectivamente son los peores y los malos, y que actúan manipulando a los demás para que sean como ellos. Darth Vader era un malo que no se quejaba de ser malo, pero estos desconfiados se quejan de que no son malos los demás, se convierten en malos sin escrúpulos, en malos mediocres y cutres. Malos insatisfechos, y sin conciencia de su maldad, que es lo peor.

Decía un amigo mío hace unos años, que hay que evitar acabar como ellos, como esta gente que desconfía de los demás, entre otras cosas porque nunca respetan a los compañeros. No respetan (ni confían) en que el otro es tan buen profesional como ellos, y no respetan que tengas ideas buenas distintas y originales, cuando ellos no las tienen. No respetan ni aceptan que te lleves bien con el alumnado, que escribas tu material, que seas bueno dando clase, que apruebes a más alumnos que ellos, y crearán por todos los medios mecanismos para generar desconfianza entre tú y tus alumnos. Son maledicentes por naturaleza, y generan atmósferas opresivas en los centros de trabajo donde están.

Desconfían porque piensan que los demás les roban cosas, que los otros hacen las cosas con maldad y a sabiendas, que el otro les miente porque no se atreve a contar la verdad. Y aunque les cuentes la verdad una y otra vez ellos siempre tendrán su fantasiosa versión llena de cotilleo y resentimiento. El que desconfía del otro lo somete a control, y en ese control se crean normas y normas para que el otro, (un geta según nuestro gran desconfiador), no se escape haciendo lo que quiere, que es lo que harían ellos si pudieran. En realidad no es que haga lo que quiera, es simplemente que no hace lo que el desconfiado quiere. Es una forma sutil y dramática de manipular al otro, forzándole a ser como ellos.

La desconfianza genera antipatía y odio por el otro. Se le deja de querer para convertirlo en un objeto del que uno puede deshacerse, relegarlo, jubilarlo, o incluso promocionarlo para quitárnoslo de encima. Cuantos ambientes enrarecidos han dado lugar a un odio disimulado, a una animadversión permanente, donde cuando pueda me la pagará. Es la desconfianza la responsable, y sus desconfiados vientos.

Esto que se genera y he conocido en un ambiente de trabajo cotidiano, ¿qué no será en una sociedad donde la desconfianza se instala en la mentalidad y la atmósfera de toda la sociedad o la política? Imagino los países y lugares en la historia donde la desconfianza generó en guerra civil, como aquí en España. Nadie confiaba en que los demás cumplieran las normas, nadie confiaba en que el otro tenía ideas propias que podían ser buenas o al menos discutibles. Nadie confiaba en el que no era de su bando, y el odio se fue instalando en las mentalidades más rencorosas y primarias.

Por desgracia en nuestra sociedad parece que la desconfianza, que es un mal moral y ético, distribuye sus tentáculos de hidra venenosa sin control. Muchos medios de comunicación siembran la desconfianza en el adversario político, tertulianos de oficio con la desconfianza por regla han generado no pocas veces sociedades donde el común deja de pensar para empezar a desconfiar. Hoy muchos desconfían de los políticos, de la democracia, de la izquierda, de la derecha, del que no es como yo.

Y solo hay un remedio y una solución bastante simple y que consiste en volver al simbolein (contrario al diabolein). Que donde haya odio ponga yo confianza, amor, entendimiento, paz, diálogo y verdad. Eso dijo San Francisco de Asis en una hermosísima oración que nos ha quedado. El hombre bueno no rehuye el conflicto, como parecen susurrar los desconfiados y los escondidos, al contrario, se enfrenta directamente a él, dice la verdad aunque le cueste, y se empeña en cambiar todo lo que puede la realidad para que las cosas sean distintas. Lo primero, desmontando el mal generado.

¿Qué más decir?

La desconfianza no es propia de Dios, que al fin y al cabo, sigue confiando en el hombre, y con la que está cayendo no es poco.

El agua de la fuente

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