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¿Razonamos igual que antes? Pensar con las emociones o con las ideas.

Una de las señales que nos avisan de que “hay algo podrido en este reino” es la incapacidad para sostener debates reales con premisas válidas, argumentos de peso y conclusiones que no sean eslóganes insulsos. No es que me haya dado cuenta ahora, pero es que últimamente es verdaderamente difícil encontrar un debate en las redes sociales donde la peña no termine soltando cuatro simplezas con la misma soberbia del que reparte perlas de engordar gorrinos. Proliferan los debates en las redes, que son como las perogrulladas de carajillo que escupen cuanto listos en un bar, y que ahora son comida rápida de casi todo el mundo en este planeta llamado “porque yo lo valgo”. Cualquier frase sirve, y cualquier pensamiento, por bobolicón o mentiroso que sea, parece extraído del mismísimo Séneca. Lo mismo ladra un cerdo, que gruñe una oveja.

Yo empecé a diagnosticar la enfermedad cuando escuché, hace treinta años o más, una memez soltada por el inefable Txiqui Benegas, portavoz del Psoe en los tiempos de Felipe González, que fue repetida por alguien, no recuerdo quién, del que pensaba que tenía ideas propias. Fue como un despertar al mundo, porque comprendí que las gansadas de los políticos eran creídas a pies juntillas por las masas afines a su color político. Intenté razonar con tal persona hasta que llegó a ver una cierta luz: los políticos dicen tonterías porque forma parte de su actividad política. Es su trabajo soltar memeces, pero no el nuestro creerlas.

Los políticos, razonaba entonces, en su juego político hablarán bien de lo suyo (aunque la caguen se justificarán), y echarán mierda sobre lo del adversario (el otro malo, mi partido bueno). Por eso la actividad política se ha convertido en un fango intransitable, donde nadie dice lo que piensa y todos miran de reojo escuchando sandeces preconcebidas en laboratorios sociológicos. Luego se extrañan que la gente no se fie de los políticos. No hay más que oírles dos tardes seguidas para pillarse una descomposición intestinal en grado superlativo.

Si alguien se lo cree, es problema suyo; aunque por desgracia es verdad que mucha gente (se supone que letrada) repite como loros lo que escuchan en determinados medios de comunicación afines a sus intereses emocionales. Pero ese no es mi tema de hoy.

Al cabo de los años, noto que existen otros cambios no menos preocupantes. Y es que ahora los pensamientos y las argumentaciones son alimentadas por “presuntas informaciones” encontradas y disparadas en las redes sociales, que son en realidad mensajes emocionales, propaganda pura y dura, y que son seguidas por gente que se supone que ha estudiado y sabe algo de algo. El deterioro se ha disparado.

Es el triunfo de la propaganda sobre la razón. Cualquier asunto es tratado como si fuera un eslogan, una marca emocional, un conflicto entre lo bueno y lo malo. No hay matices, no hay ideas, no hay pensamiento, no hay más que emociones y enfados emocionales. y no hay más que asomarse a las redes sociales para verlo. Lo de Cataluña es un debate emocional, pero también lo es lo del cambio climático, el feminismo, los tuyos y los míos, el aborto o el madrid barça. Todo son emociones, nada se puede pensar.

Me encuentro, por ejemplo, con la decisión del rey emérito Juan Carlos de España de retirarse de los actos oficiales. Inmediatamente aparecen las redes los memes de los republicanos con fotografías (ni siquiera se argumenta) mostrando al rey de cacería, o junto a Franco y en blanco y negro. Medio faltando al respeto, medio condenando, y por supuesto, no contando toda la verdad, o sea mintiendo ¿De verdad es lo único que saben del rey? Supongo, porque todavía no me ha llegado, la información contraria, la reacción de los que llenarán la red de mensajes emocionados y agradecidos al rey por su lealtad al país y a la democracia. Todo emocional, todo irracional.

Si me hablas de un partido de fútbol, exactamente igual. La gente defiende sus colores incluso en los detalles del arbitraje. ¿Acaso no se puede opinar en contra de las emociones que se supone que uno tiene? ¿Tanto cuesta reconocer la verdad frente a las emociones? Si tu hijo es tonto, reconócelo, que no pasa nada. Pues no. Mejor decir que es la sociedad la que no está altura y que es un adelantado a su tiempo. Y debatimos las emociones que nos suscita todo.

Ya Parménides diferenció en la filosofía antigua entre opinión y verdad. Entre lo que se dice y se cree, y lo que realmente es y no cambia. Ahora estamos peor, porque la opinión no tiene que ver ni con la lógica, ni con las premisas, ni con los argumentos; sino llana y exclusivamente con los intestinos, el corazón y las vísceras naturales que uno ha acumulado durante su vida. Se opina con las emociones, y no se piensa nada. De forma que nos alejamos, irremediablemente de la razón y la lógica que ha construido nuestra civilización occidental.

Por eso lo mejor es no entrar a discutir nada en los foros donde no se debaten ideas. O sí. Es ciertamente divertido ver como se van cabreando según uno va hiriendo sensibilidades emocionales con argumentos y razones. Basta con decir que la Primera República española no duró ni un año, para que se cabreen los republicanos. Basta con explicar lo que es la ciencia, para que los del cambio climático te llamen negacionista. Tú te lo has buscado, ale. Por malo.

 

Underground, de Haruki Murakami.

Hace tiempo que no hacía referencias a ningún gran escritor, y mira por donde, no es un mal momento empezar el año con un hombre único del que todavía evoco el recuerdo de UNDERGROUND una novela que leí hace unos pocos meses. La escribió HARUKI MURAKAMI, el próximo premio Nobel japonés, supongo, con permiso de la fantasía sueca y las ocurrencias bienintencionadas de última hora. Este hombre escribe con gusto y arte, tiene elegancia y sobriedad, y desliza la pluma como hacen los norteamericanos, con un sentido práctico innegable.

Reconozco que me cuesta escribir y hacer una reseña de algún libro cuando lo tengo muy reciente, es como si sus aromas estuvieran tan cerca que no pudiera sostener la palabra que pueda referirse a ellos. Por eso confieso que esta obra la leí hace tiempo, creo que por el verano. Es como cuando pasan cosas importantes en la vida: amores, trabajos, encuentros, etc. Se necesita distancia y tiempo para apreciar el significado de lo vivido; de las pequeñas cosas y de las grandes.

Me gusta MURAKAMI porque trascienden sus obras con una concurrencia de la fantasía y el sueño. con Haruki puedes adentrarse por mundos extraños y recurrentes sin salir malparado ni tener la sensación de que te han tomado el pelo. Sin embargo, UNDERGROUND es un libro diferente. En sus páginas no hay más fantasía que las que construyeron los terroristas en sus cabezas, ni más realidad que la que sangra todavía por las cicatrices y consecuencias de los que lo sufrieron. Se cuenta lo que sucedió desde los que lo vivieron, unos soltando gas y otros inhalándolo.

Hoy vuelvo a recordar su lectura, y reconozco que me dejó un buen sabor de boca. En su trama principal hay testimonios, uno tras otro, ordenados y concatenados a propósito de la tragedia contada y buscada por Murakami, que de esta singular manera narraba lo que sucedió en los atentados con gas sarín hace unos años (marzo 1995) en el metro de Tokio. Me impresionó el profundo respeto con el que trataba a las víctimas, bastante diferente al usado en nuestro país; y la profunda reflexión sobre el sentido de la vida y por qué suceden estas cosas, a años luz de la forma de pensar en España, donde parece que cuanto más amnesia tengamos, mejor para todos. En España nuestra historia es un tema tabú, y nadie aborda directamente su significado. Nos la hacen los ingleses y nos ponen de chupa de dómine, y no me refiero solo a la guerra civil española.

Murakami es un buen escritor, y aunque la obra que he seleccionado no sea la más importante de su larga trayectoria y carrera, hay que reconocerle el mérito innegable de convertir las entrevistas en encuentros, relatos llenos de vida y de experiencia, momentos únicos y terroríficos que se quedan para siempre en el alma de los que lo sufrieron. Es una manera de mantener la memoria viva, de conservar en el recuerdo lo que sucedió, cómo sucedió, y por qué sucedió. En este sentido, la sociedad japonesa es sumisa, pero es una sociedad que, al menos así me lo pareció en Murakami, quiere tener conciencia de sí misma. No se ha arrojado sin más en brazos de Occidente, y está necesitada de lo único que parece que no les hemos sabido contar, que es la experiencia de fe cristiana, el atisbo de trascendencia que aquí despreciamos y que allí añoran en dosis de mística y meditación. El perdón es necesario ante la violencia, tanto por lo psicológico (experiencia japonesa y agnóstica), como por lo salvífico (experiencia cristiana de encuentro con el “totaliter alter”). La vida sigue y no valen los psicólogos de respuestas estandarizadas de cuarto de carrera.

Me resulta inimaginable una catarsis semejante en la sociedad española con motivo de un atentado. En España vivimos a golpe de sentimiento y emoción, pero pocas veces pensamos la tragedia; la ponemos sobre la mesa, pero no nos preguntamos si es evitable. Lo de pensar la vida, que decía Ortega, es para los españoles una tarea pendiente, preferimos vivir la vida, y pensar en el fútbol. Por eso, los atentados del 11 de marzo del 2004 en Madrid no han sido perdonados a Aznar, que es el que muchos piensan que lo hizo. De hecho los atentados fueron tan manipulados por las opciones políticas en su momento que un halo de sospecha envuelve todo. No hay, y eso lo hace más sospechoso, ni pruebas para mostrar, ni gente a la que investigar. Se ha querido olvidar, como si hubiera sido una mala pesadilla de la que queremos despertar. Pero los atentados fueron reales, y un flaco favor hacemos a las víctimas  y a nosotros mismos si no pensamos la tragedia.

Murakami en su novela escucha a las víctimas, y también a los agresores. Sin justificar nada, pero sin olvidar que lo hicieron desde un porqué. Concluye, en un afán de búsqueda que le honra, que los asesinos no obraron alocadamente, sino que lo hicieron siguiendo consignas y mensajes en los que creían. La gente de la secta a la que pertenecían se sentían confortados en ella, era el refugio lógico de una sociedad materialista que no ofrecía, ni ofrece, más que desesperanza, donde el hombre es un engranaje ridículo, una pieza de un rompecabezas que otro construye.

Podemos aprender muchas cosas de Murakami: a hacernos preguntas, a saborear los aromas de los libros, a leer aquello que nadie lee y nadie piensa. a releer aquello que nos impresionó un día y que no queremos olvidar. UNDERGROUND es un magnífico recordatorio de lo que sucedió, hecho con delicadeza y sensibilidad. Una reflexión que puede ser válida para todos los atentados terroristas masivos de la historia.

Gracias Haruki. Ojalá fueras español y pensaras por nosotros.

EL PAN LECHUGUINO DE PUCELA SE COMIÓ LA BUTIFARRA CULÉ.

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¡Qué pena dan los aficionados de los equipos grandes, Barça y Madrid! Tan prepotentes los pobrecitos. Deberían mirar a su alrededor y defender los colores de los equipos de sus pueblos, sus atléticos y sus deportivos balompiés. Hay que aconsejarles encarecidamente que abandonen a los grandes por el bien del fútbol; y dejar los sueños de grandeza de los que viven en Madrid y Barcelona para los que viven y nacieron allí. El resto podría vivir perfectamente disfrutando del fútbol siguiendo al equipo de su pueblo. Vayamos al grano con esto.

En España todo el mundo es del Barça o del Madrid en estadísticas que sorprenden. El 35% se declara del Barça, y el 70% del Madrid. Luego sigue de lejos el Atlético de Madrid, con un simplón 15%. Y luego se acabó. Nadie es del equipo de su pueblo si no tiene otro más grande cerca que gane algo, y para cerca Madrid y Barcelona. Esta gente tiene el corazón dividido y no saben que hacer cuando juega el Madrid contra ellos. Les confunde la tele. Y es que yo creo que es porque no les gusta el fútbol, y para disimularlo se aprenden de memoria el peso y talla, procedencia y número de calzoncillo de sus jugadores. Y así les va.

Son ilustrados del fútbol, se creen que saben, y no han pisado un estadio en su vida, ni han visto evolucionar un equipo, ni nada de nada. Presumen más que una mierda en un solar (que decía mi abuelo) cuando ganan a un rival al que ningunean llamándolos “equipos pequeños”, “la otra liga”, y frases por el estilo. De hecho recuerdan más los partidos que han perdido que los que han ganado; y por supuesto, disfrutan más viendo perder a su eterno rival que ganando ellos. Son perdedores natos que ansían ganar algo importante alguna vez, pero como lo ganan casi todo, el fútbol no tiene aliciente para ellos, excepto conseguir el “casi”. Y lo contagian a sus equipos que son aburridos e indolentes, además de inmorales, claro.

El Madrid solo sabe jugar bien cuarto de hora por partido. Lo suficiente como para meter tres goles. Luego en su arrogancia aburren al respetable, cuando salen saludan a los niños discapacitados (para que no digan que no tienen alma), y se acabó. Dan poco ejemplo de trabajo y sacrificio, y no parece gente de bien (que no digo que no lo sean en su casa), excepto los que se sientan en el banquillo y los ceden al año siguiente. El Barça otro tanto de lo mismo, aburren tocando y tocando el balón mientras te meten goles y goles. Un coñazo.

Yo que voy al campo lo he visto: cuando los grandes no ganan reciben ayuditas de los árbitros, que siempre arbitran molestando al equipo pequeño (comprobado estadísticamente). Los equipos grandes suelen ser muy protestones y chuletas (que si el campo, que si me ha empujado con la ceja…), pero casi nunca los echan por mucho que den la lata al árbitro. Se les sanciona con benevolencia, y presumen de que gracias a ellos hay fútbol en España. En cambio, con los pequeños el trato es otro. Somos la morralla para los de la LFP, para los periodistas nacionales y para sus titulares, que siempre ponen algo tipo “el barça perdió, o el Madrid ganó”, pero nunca el Valladolid ganó. Aunque lo haga. Es la misma cantinela desde hace años, pero no por antigua deja de sonar entre los modestos de las liga.

Lo único importante para los “barsamadridistas” es ver que hace el rival, a ver si la caga empatando. La liga por arriba es siempre igual, a nadie se le ocurre pensar que la liga la pueda ganar otro que no sean ellos. Son rivales pero en realidad son el mismo equipo. El Barça y el Madrid son el mismo equipo, el de los “Prepotentes Fútbol Club”. Y sus aficionados son de uno u otro equipo por antojo, que es como decir porque se me ocurrió. Nunca he visto conversos del Madrid o del Barça, gente que cambie de equipo, y es porque son el mismo equipo. Los demás somos mucho más dignos, somos de nuestro club manque pierda. Y nos acordamos más de las victorias que de las derrotas.

Me detengo en la afición pucelana que destaca por sí misma. En primer lugar tiene un estadio acorde al hablar de la gente. Zorrilla, un gran poeta. Los comentarios en las gradas sobre el juego son auténticos recitales narrativos. Mira sino a Leo Harlem, pucelano sin tacha y gracioso como nadie. En Valladolid: cada tres aficionados cuatro entrenadores, es verdad, pero lo importante es el sosiego y respeto que nos produce siempre el rival. No gritamos más de la cuenta, y por supuesto no cantamos nada de nada. Ni cuando hay que cantar. Esto es porque no nos gusta escupir las migas de nuestros bocatas al vecino de delante. Como mucho tiramos pipas, y pocas porque se congelan las manos.

Pero esto no es frialdad, es educación. En Zorrilla solo insultamos al árbitro y poco. Con un aislado “pelele” y “ponte gafas” vamos sobrados de agresivos. Siempre hay excepciones en peñas miméticas, pero son los menos. Aquí todo es muy nuestro. Con decir pelele ya hemos recreado la condición humana lo suficiente. No nos enfadamos, ni vociferamos poniendo la cabeza al otro como un bombo como hacen en los demás estadios, donde insultan a los suyos cuando juegan mal. No tienen corazón ni sangre blanquivioleta y se nota. Otras aficiones son muy pesaditas, se ponen a cantar, a saltar, y a gritar animando a su equipo. En Zorrilla no animamos al equipo, simplemente somos parte del equipo, y solo hacemos la ola cuando tenemos el resultado garantizado, o sea casi nunca. En Valladolid todos corremos por la banda, ganamos y perdemos sin aspavientos, con la pena y la alegría del que quiere a su club, sin exaltaciones que anulen nuestra noble condición, (esto es muy de Pucela). Aquí estamos por encima de los arrumacos y gemidos que dedican otras aficiones como la bética. Está muy bien para ellos, pero aquí somos tranquilos, porque las formas es lo fundamental, y en Valladolid andamos sobrados de buen tono.

Nuestros logros son efímeros, como todo el fútbol es efímero y pasajero. Pero aquí lo sabemos y no nos disgustamos por ello. Somos el único equipo del mundo (que yo sepa) que ha ganado un partido sin tirar una sola vez a puerta, gracias a que el rival lo hizo en propia meta. Y tenemos una Copa de la Liga, lo cual demuestra que nadie es perfecto. Eso nos hace ganar en humildad. No exigimos al equipo más de lo que puede dar, y si no ganamos la Champion todos los años es porque no tenemos pasta para hacerlo. Por eso nuestro mérito no es nuestra masa social, ni nuestro patrimonio. Nuestro éxito consiste en haber patentado un estilo de juego único en España: el vencemuelas, que ahora paso a explicar, y cuya última víctima ha sido el Barcelona Fútbol Club, y cuyo estadio se llama traducido: Campo Nuevo. Aquí nuestro Campo es Grande, pero ese es otro tema.

El Vencemuelas consiste en que cuando parece que vamos a perder todos los partidos que nos quedan, cuando nadie apuesta por el Pucela, entonces los jugadores (que sueñan con jugar en el Barça y el Madrid), como no los fichan porque allí no hay hueco para nadie sin abuela, pues deciden ese día ser cojonudos. Y te meten goles de chilena, de falta, de corner, en plan Rubén Cano como el otro día, o como sea. Así es el Pucela. Aquí se han formado muchos buenos jugadores, por ejemplo Diego Costa, Hierro, García Calvo o Caminero. Y los tenemos a pares: los Zarandona, los Lesmes y los Barajas. Ahora todo el mundo habla de Costa, pero había que verlo deambular por Zorrilla cultivando la humildad y la impotencia para cuando volviera al Atlético de Madrid. Fue un año que bajamos a Segunda, creo, y al siguiente volvimos a subir  haciendo lo mismo pero con mejor defensa. Que segunda es eso. Nos da igual.

Con el sistema Vencemuelas hemos vencido al Barça, eso nos convierte en los mejores de la Liga, así que a animarse y a ganar. Eso es Pucela.

Yo no sé si nos salvaremos este año, y es que todo el interés de esta liga la estamos poniendo el Pucela, el Rayo (guiño a Alba), el Betis, el Málaga y los malos de siempre, pero esto es así, los grandes aburren, pero como tienen afición atraen a los bares al respetable los fines de semana. Es mejor ir a Zorrilla. Yo no me pierdo otro partido.

Ah, y tenemos otro éxito: no perder ni un partido la única vez que jugamos la Uefa, nos echaron empatando. ¿Alguien da más? El Pucela es único, por eso nuestra sangre es blanquivioleta: resucitada y mortecina a la vez.

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