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¿Razonamos igual que antes? Pensar con las emociones o con las ideas.

Una de las señales que nos avisan de que “hay algo podrido en este reino” es la incapacidad para sostener debates reales con premisas válidas, argumentos de peso y conclusiones que no sean eslóganes insulsos. No es que me haya dado cuenta ahora, pero es que últimamente es verdaderamente difícil encontrar un debate en las redes sociales donde la peña no termine soltando cuatro simplezas con la misma soberbia del que reparte perlas de engordar gorrinos. Proliferan los debates en las redes, que son como las perogrulladas de carajillo que escupen cuanto listos en un bar, y que ahora son comida rápida de casi todo el mundo en este planeta llamado “porque yo lo valgo”. Cualquier frase sirve, y cualquier pensamiento, por bobolicón o mentiroso que sea, parece extraído del mismísimo Séneca. Lo mismo ladra un cerdo, que gruñe una oveja.

Yo empecé a diagnosticar la enfermedad cuando escuché, hace treinta años o más, una memez soltada por el inefable Txiqui Benegas, portavoz del Psoe en los tiempos de Felipe González, que fue repetida por alguien, no recuerdo quién, del que pensaba que tenía ideas propias. Fue como un despertar al mundo, porque comprendí que las gansadas de los políticos eran creídas a pies juntillas por las masas afines a su color político. Intenté razonar con tal persona hasta que llegó a ver una cierta luz: los políticos dicen tonterías porque forma parte de su actividad política. Es su trabajo soltar memeces, pero no el nuestro creerlas.

Los políticos, razonaba entonces, en su juego político hablarán bien de lo suyo (aunque la caguen se justificarán), y echarán mierda sobre lo del adversario (el otro malo, mi partido bueno). Por eso la actividad política se ha convertido en un fango intransitable, donde nadie dice lo que piensa y todos miran de reojo escuchando sandeces preconcebidas en laboratorios sociológicos. Luego se extrañan que la gente no se fie de los políticos. No hay más que oírles dos tardes seguidas para pillarse una descomposición intestinal en grado superlativo.

Si alguien se lo cree, es problema suyo; aunque por desgracia es verdad que mucha gente (se supone que letrada) repite como loros lo que escuchan en determinados medios de comunicación afines a sus intereses emocionales. Pero ese no es mi tema de hoy.

Al cabo de los años, noto que existen otros cambios no menos preocupantes. Y es que ahora los pensamientos y las argumentaciones son alimentadas por “presuntas informaciones” encontradas y disparadas en las redes sociales, que son en realidad mensajes emocionales, propaganda pura y dura, y que son seguidas por gente que se supone que ha estudiado y sabe algo de algo. El deterioro se ha disparado.

Es el triunfo de la propaganda sobre la razón. Cualquier asunto es tratado como si fuera un eslogan, una marca emocional, un conflicto entre lo bueno y lo malo. No hay matices, no hay ideas, no hay pensamiento, no hay más que emociones y enfados emocionales. y no hay más que asomarse a las redes sociales para verlo. Lo de Cataluña es un debate emocional, pero también lo es lo del cambio climático, el feminismo, los tuyos y los míos, el aborto o el madrid barça. Todo son emociones, nada se puede pensar.

Me encuentro, por ejemplo, con la decisión del rey emérito Juan Carlos de España de retirarse de los actos oficiales. Inmediatamente aparecen las redes los memes de los republicanos con fotografías (ni siquiera se argumenta) mostrando al rey de cacería, o junto a Franco y en blanco y negro. Medio faltando al respeto, medio condenando, y por supuesto, no contando toda la verdad, o sea mintiendo ¿De verdad es lo único que saben del rey? Supongo, porque todavía no me ha llegado, la información contraria, la reacción de los que llenarán la red de mensajes emocionados y agradecidos al rey por su lealtad al país y a la democracia. Todo emocional, todo irracional.

Si me hablas de un partido de fútbol, exactamente igual. La gente defiende sus colores incluso en los detalles del arbitraje. ¿Acaso no se puede opinar en contra de las emociones que se supone que uno tiene? ¿Tanto cuesta reconocer la verdad frente a las emociones? Si tu hijo es tonto, reconócelo, que no pasa nada. Pues no. Mejor decir que es la sociedad la que no está altura y que es un adelantado a su tiempo. Y debatimos las emociones que nos suscita todo.

Ya Parménides diferenció en la filosofía antigua entre opinión y verdad. Entre lo que se dice y se cree, y lo que realmente es y no cambia. Ahora estamos peor, porque la opinión no tiene que ver ni con la lógica, ni con las premisas, ni con los argumentos; sino llana y exclusivamente con los intestinos, el corazón y las vísceras naturales que uno ha acumulado durante su vida. Se opina con las emociones, y no se piensa nada. De forma que nos alejamos, irremediablemente de la razón y la lógica que ha construido nuestra civilización occidental.

Por eso lo mejor es no entrar a discutir nada en los foros donde no se debaten ideas. O sí. Es ciertamente divertido ver como se van cabreando según uno va hiriendo sensibilidades emocionales con argumentos y razones. Basta con decir que la Primera República española no duró ni un año, para que se cabreen los republicanos. Basta con explicar lo que es la ciencia, para que los del cambio climático te llamen negacionista. Tú te lo has buscado, ale. Por malo.

 

1978-2018. Cuarenta años de Constitución. (Tercera parte).

Con la victoria por mayoría absoluta de Aznar en el año 2000, y la posterior incorporación a la moneda única, el Euro, se inicia una tercera fase histórica de nuestra constitución, que probablemente haya que dividir en dos periodos. Hasta el año 2008, fecha en la que se inicia la crisis económica, y desde entonces hasta nuestros días.

El gobierno de Aznar con mayoría absoluta (2000-2004) se destaca por manejar prudentemente los tiempos políticos. Todo pasa por las decisiones del líder popular, que parece engrandecido con la boda fastuosa de su hija. La sociedad lo percibe excesivo, pero es apoyado porque está gobernando bien. De hecho, la estabilidad y el crecimiento económico están asegurados, y quizás porque la izquierda no está encontrando su camino para recuperar el gobierno perdido en las urnas, se inicia una etapa histórica, en mi opinión, marcada por una mayor presión en la calle. La izquierda sale a la calle ante sus carencias parlamentarias con la intención de desgastar al gobierno de Aznar, que seguía siendo un tipo antipático.

Curiosamente, las grandes manifestaciones de la izquierda contra Aznar contaron con un fuerte apoyo mediático, cuyo dominio y control seguía en sus manos. Igual que la policía o la educación. La derecha está acomplejada, y Aznar no se atreve a controlar las televisiones privadas que no le son afines, que son todas, pues así lo dispuso la izquierda en su momento.

El caso es que se sale a la calle porque un petrolero revienta cerca de las costas gallegas. El “nunca mais” se dirige contra el gobierno del PP, aunque ellos no son directamente responsables. Se sale en segundo lugar por el “no a la guerra”. Una guerra que se había producido seis meses antes entre Sadam Husseim contra Estados Unidos y Gran Bretaña. En realidad España no estuvo en la guerra, sino en la pacificación posterior del territorio Irakí, pero la propaganda cambia los hechos, y Aznar aparecía como aliado de los americanos y británicos. El tema quedará olvidado, y es que Aznar manejaba perfectamente la legislatura. Hasta el atentado del 11 de marzo. En los últimos años de su mandato pone en marcha la LOCE, Ley Orgánica por la Calidad de la Educación, que no llegará a implantarse. Había prometido marchase y propone como sucesor a Mariano Rajoy. No obstante, su balance es excelente: ETA está debilitada y agotada, y deja como legado una magnífica situación económica. Sin embargo su marcha coincidirá con un brutal atentado en Madrid.

El 11 de marzo del 2004, vísperas de las elecciones generales, se produce el mayor atentado de la historia reciente de España, en Atocha. La intención es claramente alterar el curso de las elecciones y lo logran. Por primera vez en la democracia, el ambiente de concordia se rompe de manera flagrante en una jornada de reflexión. La izquierda del PSOE y de IU rodea las sedes del PP pidiendo claridad en unos atentados cuya información primera es confusa y variable. De hecho nunca se llega a saber quién atenta y porqué, pues mueren en Leganés un grupo de presuntos terroristas musulmanes radicales, antes de que puedan confesar las razones de su fechoría.

En medio de un clima emocional alterado se celebran las elecciones; acuden a las urnas más votantes de los esperados, y si las encuestas hablaban de nueva mayoría de Rajoy; se produce un vuelco electoral al acudir masivamente muchos españoles que habitualmente no votaban. Vencerá el candidato del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, que se había mostrado como un hombre sonriente, cordial y buenazo; y que no se lo esperaba. El nuevo gobierno se forma de manera abrupta y con precipitación. Los ánimos se van serenando poco a poco, pero la forma de gobernar el nuevo inquilino de Moncloa no ayuda. La derecha se siente engañada ante el vuelco electoral, pero es incapaz de reaccionar con firmeza ante lo sucedido.

El clima de convivencia no mejorará en los siguiente meses, al contrario. Da la sensación de que la izquierda es revanchista y que el odio que despertó en la calle contra Aznar lo va a mantener y alimentar. Se quiere hacer un cordón sanitario para aislar al PP en Cataluña y en muchos otros lugares. El PP debe quedar aislado, a pesar de ser la fuerza política más fuerte y estable, incluso por encima del PSOE.

Zapatero gobernará mirando exclusivamente a su partido y a sus intereses ideológicos. En sus primeros seis meses deroga la ley de educación sin consenso con el PP, que la había puesto en marcha. Aprueba la Ley de igualdad absoluta del matrimonio entre homosexuales con respecto al matrimonio tradicional. Tampoco quiere consensos. Retira las tropas de Irak, y abandona los acuerdos de España en materia internacional, lo que le valdrá el desprecio de una buena parte de la comunidad internacional. En resumen: Gobierna para los suyos, y esto despierta a los votantes católicos que se sienten especialmente agredidos. El PP los acompaña un tanto acomplejado. De ahí que salgan a la calle para reclamar su opción política. Se manifiestan contra la Ley del matrimonio homosexual, contra la nueva reforma del aborto (que se agranda más), contra la eliminación de la asignatura de religión de la escuela. El gobierno presenta un perfil muy ideológico y se crea, por ejemplo, el Ministerio de Igualdad, con una ministra defensora de las ideologías de género, feminismo radical.

Sin embargo, el gobierno nefasto de Zapatero (nefasto por gobernar sin sentido de Estado) en su primera legislatura no terminará ahí. Aprueba una Ley de Memoria histórica que reabre las heridas de la guerra civil española. La reconciliación de los primeros años de Constitución son borrados, pues pretende colocar a la izquierda en el bando de los buenos, humillando al bando de los malos, que se supone que son la derecha. Estar heridas despiertan nuevos rencores y odios en los siguientes años. Su segundo gran error, quizás aún más grave consistirá en negociar un nuevo Estatuto de Autonomía para Cataluña con la consigna de que hagan lo que hagan será aprobado por el gobierno y el parlamento. Tal Estatuto de Autonomía fue declarado inconstitucional por los tribunales, despertando en la sociedad catalana más nacionalista la sensación de engaño, y de que la hora de la independencia ha llegado. Era el año 2010, y tal enfado generará una indignación mayor entre los independentistas catalanes, los cuáles irán creciendo su odio y enfrentamiento con los catalanes no independentistas. Como punto final darán un golpe de Estado en septiembre y octubre del año 2017.

La segunda legislatura de Zapatero fue abrupta y difícil. La crisis se empieza a asomar en el año 2008. Las elecciones de ese año revalidaron la mayoría de Zapatero, que niega su existencia y que no es consciente de la magnitud de la misma. Se equivocará incrementando el gasto público pensando que de esa forma potenciará el consumo y se minimizarán sus efectos. Lo que logra es endeudar al Estado arruinándolo y dejándolo a las puertas de la suspensión de pagos.

Con políticas económicas titubeantes, Zapatero dimite presionado por su propio partido y por la calle, no se volverá a presentar a las elecciones. En mayo de ese año, una serie de colectivos toma la Puerta del Sol de Madrid y se instala allí para reclamar un cambio. Es el movimiento 15 de mayo, 15M. Afirman ser apolíticos, dicen estar hartos, y se muestran en muchos casos antisistema. El parlamento no les representa, no reconocen el bipartidismo, y están indignados con la crisis. Se muestran asamblearios, y montan una serie de reuniones, foros de debate que están siendo controlados por una izquierda diferente, de procedencia universitaria (Facultad de Políticas de Madrid) y distinta tanto a IU como al PSOE al que condenan por ser “casta política”.

En dos años, y con el apoyo de las nuevas concesiones televisivas (La Sexta) logran obtener diputados en las elecciones Europeas. Se constituirán en un nuevo grupo político con diferentes tendencias, desde anticapitalistas, stop desahucios, antisistemas, etc. Se asociarán en las elecciones con IU para concurrir con ellos. Serán PODEMOS, y estarán dirigidos por Pablo Iglesias, un profesor de políticas muy mediático y con vínculos ideologicos y políticos con Hugo Chávez, Presidente de Venezuela.

En el año 2011, con nuevas elecciones, obtiene la mayoría absoluta el Partido Popular de Mariano Rajoy. Sin embargo, su principal prioridad será hacer frente a la crisis económica del país, olvidando sus promesas de los años de oposición. Serán los últimos comicios del bipartidismo, pues en las siguientes elecciones, las del 2015, irrumpirán dos nuevos partidos políticos con fuerza: Podemos, de ultraizquierda, y Ciudadanos, de centro antinacionalista. Un año antes, en el 2014 se produjo la abdicación del Rey Juan Carlos I, y la proclamación de Felipe VI como nuevo rey de España. Sin duda una nueva época.

 

1978 – 2018. Cuarenta años de Constitución. (Segunda parte)

Tras los años de gobierno con mayoría absoluta de Felipe González (82-93) llegó el final de la hegemonía del PSOE en el gobierno de España. Se iniciaba, en mi opinión, una nueva etapa histórica y política que se extendería desde el año 1993 hasta el año 2001.

En el año 1993, todavía con Felipe González en el Gobierno, el PSOE había desgastado una buena parte de su discurso. Habían pasado más de 10 años desde que llegaron al poder, y 15 desde la aprobación de la Constitución. Una buena parte de los españoles estaban profundamente desencantados con el gobierno socialista por varias razones. La primera era que no controlaban el paro y no podían reducirlo. Las promesas incumplidas de González eran objeto de burla social. En segundo lugar, la corrupción no podía seguir ocultándose bajo la cortina de la soberbia y los “cien años de honradez” del PSOE que se seguían vendiendo como los puros y los buenos. En tercer lugar el problema de ETA que no arreciaba. Por desgracia seguía matando, ahora con la baza de ser víctimas del GAL. Y en cuarto lugar, la situación internacional soplaba vientos ideológicos contrarios, la Unión Soviética había fracasado, el bloque del Este se había derrumbado, y el modelo socialista parecía abocado a su desaparición. El PSOE y la izquierda tenían que reinventarse, pues ya no bastaba con amedrentar a los votantes con el miedo a la derecha, el cansancio era real, y el socialismo no era la panacea que durante la transición movió al voto a muchas personas.

Ciertamente, Felipe González ganó las elecciones por última vez en aquel año, pero ya sin mayoría absoluta, por lo que tuvo que pactar con los nacionalistas para asegurarse la estabilidad. Intercambio de favores con los catalanes y vascos. Esta misma estrategia la mantuvieron los siguientes gobiernos, tanto del PSOE como del PP. Cuando no había mayoría absoluta, se pactaban y regalaban prebendas y privilegios a los nacionalistas; y ellos aseguraban la gobernabilidad del país. Convocó elecciones a los 3 años, y las perdió. El ganador, el PP volvió a pactar con los mismos que hacía 3 años habían dado la mano al PSOE.

El cambio no sorprendió, aunque sí extrañó por falta de costumbre. En los años anteriores al 93, la derecha había fracasado en su intento por desbancar al PSOE. Había sido el principal partido de la oposición, pero apenas había logrado ser alternativa al poder. Hasta que se modernizó convirtiendo el viejo partido de Fraga, Alianza Popular, por el nuevo Partido Popular, de línea conservadora, liberal y democrata-cristiana. Ganaron poco a poco en municipios y autonomías, hasta que llegó el turno al parlamento español. Al frente de estos cambios estuvo José María Aznar.

Aznar había gobernado en la autonomía de Castilla y León sin demasiadas alharacas. Era una generación diferente, y el político en sí era la antítesis de Felipe González. Parco en palabras, escueto en sonrisas y más bien antipático. Ningún carisma. Hablaba con poca gracia y fue blanco de burlas (y de odios profundos) por parte de la izquierda hasta el día de hoy.

En mi opinión hubo dos hechos decisivos que auparon a Aznar. El primero fue que sufrió un atentado terrorista del que salió ileso y por su propio pie. ¿Podía ser un presidente firme y sólido aquel señor bigotudo? Su imagen salió fortalecida y su seguridad indicaba que estábamos ante un hombre que no se rendía ante nada. Ni siquiera ante las bombas de ETA.

El segundo hecho fue que el miedo a la derecha, reiterado recurso  electoral del PSOE, se agotó con la siguiente generación. Habían pasado los años, y el PP fue llegando poco a poco a los gobiernos municipales y autonómicos sin que se hundiera el mundo. Aznar ya había gobernado en Castilla y León, sin que hubiera que temer. Dejar paso a la derecha para que gobernara democráticamente era algo que prácticamente no había sucedido desde la Segunda República que terminó como terminó. Es decir, la izquierda tenía que aceptar que gobernara la derecha, y debía hacerlo pacíficamente. Y precisamente cuando Aznar fue investido presidente del gobierno en el año 96, se pudo afirmar que nuestra democracia y nuestra Constitución estaban consolidadas. Habían pasado 18 años.

Los años del último gobierno del Felipe González (93-96) y los cuatro primeros de José María Aznar (96-00) se caracterizaron por la búsqueda de apoyos en los partidos nacionalistas catalanes y vascos. No hubo mayorías absolutas en ocho años. González siguió en el poder tres años más, creo que por inercia. sin embargo, la sensación de que su proyecto político estaba agotado fue la tónica. De hecho, cuando perdió las elecciones del año 1996, dimitió como Secretario General del PSOE, iniciándose una profunda crisis en el liderazgo del partido.

Aznar gobernó 8 años, y él mismo, quizás viendo el agotamiento de González, decidió que no estaría más de dos mandatos, cosa que cumplió. Llegaba con un estilo más sobrio, más serio y tranquilizando los ánimos. Durante sus primeros cuatro años (96-00) gobernó sin mayoría absoluta, acordó la estabilidad de la legislatura con los catalanes, y obtuvo un gran éxito económico, que fue el aval para que consiguiera la mayoría absoluta en el año 2000.

Sus políticas lograron en cuatro años lo que no había podido el PSOE en una década: crecer económicamente con fuerza, disminuir el déficit y crear mucho empleo. Bajó impuestos, dinamizó los mercados y colocó en cuatro años a España a las puertas de la moneda única europea. Se hablaba del milagro español, y nuestro país se convirtió en un modelo de economía dentro de Europa. Ya no estábamos en el furgón de cola.

Era un éxito incontestable de la derecha que ni siquiera la izquierda podía discutir. Además, las políticas liberales, no habían olvidado subir las pensiones, y la creación de empleo es, a la postre, la mejor política social de todas.

Sin embargo, Aznar no fue capaz de quitarse de encima el complejo y el miedo a ser de derechas. Es decir, gran parte de sus políticas fueron coincidentes y seguidoras de la ideología que la propaganda de izquierdas había consolidado en el país. No tocó el tema del aborto, no cambió las leyes de educación, no se movió en política familiar y apenas hizo cambios para devolver a los jueces y magistrados la independencia que les quitara González. Así fue en los primeros cuatro años. Aznar mantuvo los apaños que hizo el PSOE favoreciendo a los medios de comunicación afines a la izquierda. Sus políticas más de derechas fueron timoratas, y muchas de ellas no cambiaron ni cuando obtuvo la mayoría absoluta en el año 2000. Razonaban que las elecciones se ganaban en el centro, y quizás tuviera razón. Pero abandonaba lentamente a un electorado de derechas que siguió apostando por el PP por falta de otro mejor.

En la izquierda, la misma crisis que atenazaba al PSOE se cebaba con IU, la nueva apuesta el Partido Comunista. Las renovaciones no hicieron sino acentuar la crisis de un modelo agotado. La oposición y la izquierda, (así lo hicieron en la segunda legislatura Aznarista), optaron por desgastar al gobierno popular de Aznar en la calle.

La excepción al titubeo fue la lucha contra ETA. Aznar acorraló a los terroristas cuando vio imposible un acuerdo con ellos (la famosa tregua). Y los puso contra las cuerdas en una persecución que se realizó, no sólo contra el asesino de la pistola, sino también contra su entorno político y económico. Se prohibieron los partidos políticos que apoyaban el terrorismo, se les echaba de las instituciones y se impedía que recibieran dinero del Estado para sus fines torticeros. En el año 1997 ETA asesinaba a Miguel ángel Blanco, un concejal del PP de Ermua. La gente salió a la calle como nunca lo había hecho ni lo ha vuelto a hacer. Era el Basta ya, el final de ETA. La sociedad española (también la vasca) se mostró más indignada que nunca. Se logró en unos años destruir a ETA, ahogarla y derrotarla. Fue casi en lo único en lo que Aznar tuvo el apoyo del PSOE.

Con la segunda legislatura de Aznar, (2000-2004), la de la mayoría absoluta del PP, España había hecho los deberes y había entrado en el Euro. La economía se mantenía viento en popa, y España vio como el Euro se convertía en una moneda física y tangible en 2001. Pero ese mismo año  se producía el atentado en NY contra las Torres Gemelas, y la dinámica de la sociedad española iniciaba un nuevo momento histórico para la democracia española, la que tendría que ver con salir a la calle para mostrar la indignación al gobierno de turno. Eran pruebas de fuerza. Primero salió la izquierda contra Aznar por un accidente de un petrolero, y por la guerra contra Irak; luego salieron los católicos contra las políticas de Zapatero por la clase de religión y contra las políticas de ingeniería familiar del PSOE e su primera legislatura. Y al final de su mandato, en el 2011, salieron a la calle varios movimientos que ponían en duda la legitimidad de la democracia española, la representatividad del parlamento y la Constitución Española de 1978: el movimiento 15 de mayo del 2011. Con él llegó el final del bipartidismo, y del reinado de Juan Carlos I, que abdicó en favor de su hijo, Felipe VI, en el año 2014.

(continuará)

 

 

1978 – 2018. Cuarenta años de Constitución. (Primera parte)

Tenía yo 10 años cuando se aprobó la Constitución Española en un referéndum que recuerdo perfectamente. Manteníamos frescas las letras de Jarcha con la canción “libertad sin ira”, y los eslóganes de las campañas políticas y electorales ya nos hablaban de una sociedad distinta. Era una explosión de libertad y de júbilo para la sociedad española.

Yo por entonces vivía en Tarragona, pero la memoria no me falla, y los estudios me han ido ratificando que la Constitución Española del año 78 fue y sigue siendo, porque está en vigor gracias a Dios, el mejor documento constitucional que ha parido nuestro país. La mejor obra política y jurídica española de los últimos trescientos años. ¿El mérito? Cada uno tiene su parte. El Rey Juan Carlos I la encabezó como Jefe de Estado, Adolfo Suárez la dirigió como Presidente del Gobierno, la derecha franquista aceptó su llegada sin nostalgias ni rencores y la izquierda comunista renunció al revanchismo apostando por la reconciliación. La gente tenía miedo a otra guerra civil, y se prefirieron calmar los ánimos y buscar el “consenso”, que era la nueva palabra de moda por entonces.

Se parió la Constitución desde un consenso, que fue construido por una nueva generación que no había vivido la guerra civil. Había más afán por construir que por destruir, y la prueba de tal cosa fue la manera en la que se realizó la llamada transición española, el paso de la dictadura a la democracia. De la ley a la ley. Derogamos leyes hasta disponer de las democráticas que nos gustan.

Los primeros años constitucionales (1978-1982) fueron balbuceantes pero firmes. Gobernaba la Unión de Centro Democrático, el partido de Adolfo Suárez de centro derecha. Se consolidó la democracia con las elecciones municipales y autonómicas. La descentralización y el nuevo modelo de Estado, llamado autonómico, daba sus primeros pasos en Cataluña, País Vasco, Galicia y Andalucía. El marco que reunía a todos era la Constitución y la democracia, y los únicos enemigos que tenía para intentar aguarle la fiesta fueron el terrorismo del GRAPO y de ETA, ambos de ultraizquierda; y el constante ruido de sables de una parte del ejército español, que todavía mantenía la esperanza de un franquismo sin Franco.

Desde el punto de vista gubernamental, España empezó a dar sus primeros pasos para consolidar su posición internacional, OTAN y Comunidad Económica Europea. La democracia quería sentarse en la mesa de los países democráticos de nuestro entorno. Adolfo Suárez tuvo en el marco político dos grandes enemigos democráticos que le llevaron a la dimisión: su propio partido, la UCD, sin unidad ni consolidación; y la oposición del PSOE que los tachaba permanentemente de franquistas y de reaccionarios.

El golpe de Tejero el 23 de febrero de 81 puso de relieve la fragilidad de la democracia y la insistencia de que había una nueva democracia, una nueva forma de gobernar que quería abrirse paso. Libertad sin ira para una democracia que no era flor de un día. Las instituciones democráticas recibieron el espaldarazo de la sociedad española en su conjunto. Probablemente, gracias al fracaso del 23 de febrero, muchos militares asumieron que había que pasar página en al historia. Por supuesto el Rey Juan Carlos estuvo magnífico, igual que los diputados y el gobierno de Suárez.

El siguiente periodo histórico (1982-1993) corresponde a los gobiernos de mayoría absoluta de Felipe González. El PSOE llegaba al gobierno gracias a una mayoría absoluta que mantuvo hasta las elecciones del año 93. Durante este periodo los partidos de derechas desaparecieron o se refundieron en diferentes proyectos hasta conformar un nuevo partido de derechas bajo el nombre de Partido Popular y con una nueva generación de políticos distintos a los de la transición. Algo parecido sucedió en el PCE, Partido Comunista de España, hizo su transición desde la vieja guardia de Carrillo, hasta las nuevas propuestas de Izquierda Unida, etc. Dominaba el panorama político el PSOE que pudo gobernar sin oposición política real durante once años.

En octubre del año 82 llegó a Presidente del Gobierno Felipe González del Partido Socialista Obrero Español. Por primera vez gobernaba en España una izquierda no golpista, con vocación democrática y con la sensación de que había llegado su hora, la de demostrar que podían hacerlo mejor que la derecha. Todo eran ilusiones, y muchas de ellas fueron desapareciendo según pasaba el tiempo. “Por el cambio” fue el eslogan del 82, un mensaje que en el año 93 se traducía como el cambio del recambio. El fin del felipismo en el gobierno llegó en el año 96, fecha en la que perdieron por primera vez las elecciones generales.

Pero durante esos años, la ilusión y el miedo al retroceso alimentaron las campañas electorales. Es verdad que el ejercicio de la política democrática permite que gobiernen los que elige el pueblo, pero éstos no siempre son los mejores, los más capacitados, los más honestos, o los más humildes. Era el primer choque de realidad tras varias décadas ilusionados con el cambio y con el socialismo. La democracia no es la panacea que muchos creían, y es que  iban a gobernar y a desilusionar a muchos de los que esperaban un cambio de verdad.

Como todos los gobiernos de la historia, tenemos luces y sombras.

De las luces destaco el carisma de González. Encantador de serpientes. Su verbo y su capacidad fueron capaces de cambiar y de tranquilizar a una izquierda que quería más Unión Soviética y menos Occidente Capitalista. González impuso su visión a una izquierda que no ha vuelto a levantar la cabeza desde su marcha.

También en las luces continuó el trabajo iniciado por la UCD de introducir a España en el órbita y relación de los países democráticos. En este sentido consolidó la socialdemocracia española (con el modelo Sueco de Palme de trasfondo). La entrada en la Comunidad Económica Europea en el año 86 fue el hito que marca la inflexión de sus gobiernos. Esta etapa tuvo su culminación con los eventos del año 1992. Olimpiadas en Barcelona, Quinto Centenario del descubrimiento de América.

Entre las sombras más oscuras se encuentra el de la creación de los GAL, un grupo terrorista creado por el Estado, bajo su gobierno, para combatir al terrorismo de ETA. Es cierto que en aquellos años ETA mataba sin piedad a civiles, militares, niños, políticos, periodistas o empresarios. Habían perdido la batalla de la historia desde hacía tiempo, pero en su ceguera ética, ideológica y política arrastraron a una parte de la sociedad vasca, que sigue intoxicada por sus consignas de extrema izquierda. González aguantó con firmeza, y en un momento concreto optaron por saltarse las reglas del juego para hacer la guerra sucia, también a ETA.

La segunda sombra no era menos alarmante. La corrupción socialista se configuró como el modelo de la corrupción en política: palmadita en el hombro y financiaciones irregulares. Negamos todo y decimos que nos están persiguiendo. La corrupción llegó a extremos sonrojantes con el asunto Luis Roldán, Juan Guerra, etc. Corrupción que fue negada permanentemente por Felipe González. Los socialistas, bajo el amparo de las mayorías absolutas, degradaron la actividad política hasta extremos decepcionantes. Manipularon y anularon la pluralidad informativa en las televisiones, radios y gran parte de los medios. El clientelismo y los amiguetes del partido (PSOE) con carnet llenaron la vida política, y entristecieron a gran parte de la izquierda que los había aupado. ¿Para eso habían luchado contra Franco tantos años? La pérdida de votos, y la apelación al miedo a la derecha fueron el discurso político de un PSOE que no reaccionaba.

La tercera de las sombras, supongo que más discutible, fue el mal gobierno y la mala gestión. El PSOE hacía leyes peores que las que habían regido la vida social y política hasta ese momento. Esta carencia era lógica, pues las instituciones se llenaron de individuos con poca capacidad para tomar decisiones, que además se vieron sin una oposición sólida que les hiciera la vida imposible a sus desmanes. Esto no solo afectó a municipios, sino que tuvo también su reflejo en leyes del Estado que a la larga se han consolidado como un sonoro fracaso: leyes educativas penosas (LODE, LOGSE…), leyes del Poder Judicial hechas para controlar a los jueces LOPJ del 85, leyes administrativas más ambiguas, leyes para armonizar las autonomías que fracasaron (LOAPA…), etc. Había que desarrollar la Constitución, y la palabra de moda fue “democratizar”, o sea, enredar en todos los sitios. Lo que funcionaba bien, dejó de funcionar por culpa de un gobierno, y de una ideología, que se empeñada en tocar todos los hilos de la sociedad. Anularon el mérito y la capacidad para muchas oposiciones que las convirtieron en un reparto de butacas con los sindicatos. UGT, CCOO y el PSOE eran oficinas de colocación en no pocos municipios.

El Felipismo de González alcanzó su clímax con los fastos del año 1992. Juegos Olímpicos en Barcelona, Expo de Sevilla, el AVE que unía Madrid con Andalucía y una incapacidad manifiesta para crear puestos de trabajo y disminuir el desempleo. Su política económica se agotaba dejando el país con más desempleo que el que encontró y más corrupción que cuando llegó. A cambio nos dejaba en la Unión Europea consolidados como una democracia con futuro, y un Estado descentralizado en 17 autonomías entregadas a la noble tarea de pedir más poder y dinero para sus gobiernos particulares.

(continuará)

 

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