Archivo del sitio

¿Razonamos igual que antes? Pensar con las emociones o con las ideas.

Una de las señales que nos avisan de que “hay algo podrido en este reino” es la incapacidad para sostener debates reales con premisas válidas, argumentos de peso y conclusiones que no sean eslóganes insulsos. No es que me haya dado cuenta ahora, pero es que últimamente es verdaderamente difícil encontrar un debate en las redes sociales donde la peña no termine soltando cuatro simplezas con la misma soberbia del que reparte perlas de engordar gorrinos. Proliferan los debates en las redes, que son como las perogrulladas de carajillo que escupen cuanto listos en un bar, y que ahora son comida rápida de casi todo el mundo en este planeta llamado “porque yo lo valgo”. Cualquier frase sirve, y cualquier pensamiento, por bobolicón o mentiroso que sea, parece extraído del mismísimo Séneca. Lo mismo ladra un cerdo, que gruñe una oveja.

Yo empecé a diagnosticar la enfermedad cuando escuché, hace treinta años o más, una memez soltada por el inefable Txiqui Benegas, portavoz del Psoe en los tiempos de Felipe González, que fue repetida por alguien, no recuerdo quién, del que pensaba que tenía ideas propias. Fue como un despertar al mundo, porque comprendí que las gansadas de los políticos eran creídas a pies juntillas por las masas afines a su color político. Intenté razonar con tal persona hasta que llegó a ver una cierta luz: los políticos dicen tonterías porque forma parte de su actividad política. Es su trabajo soltar memeces, pero no el nuestro creerlas.

Los políticos, razonaba entonces, en su juego político hablarán bien de lo suyo (aunque la caguen se justificarán), y echarán mierda sobre lo del adversario (el otro malo, mi partido bueno). Por eso la actividad política se ha convertido en un fango intransitable, donde nadie dice lo que piensa y todos miran de reojo escuchando sandeces preconcebidas en laboratorios sociológicos. Luego se extrañan que la gente no se fie de los políticos. No hay más que oírles dos tardes seguidas para pillarse una descomposición intestinal en grado superlativo.

Si alguien se lo cree, es problema suyo; aunque por desgracia es verdad que mucha gente (se supone que letrada) repite como loros lo que escuchan en determinados medios de comunicación afines a sus intereses emocionales. Pero ese no es mi tema de hoy.

Al cabo de los años, noto que existen otros cambios no menos preocupantes. Y es que ahora los pensamientos y las argumentaciones son alimentadas por “presuntas informaciones” encontradas y disparadas en las redes sociales, que son en realidad mensajes emocionales, propaganda pura y dura, y que son seguidas por gente que se supone que ha estudiado y sabe algo de algo. El deterioro se ha disparado.

Es el triunfo de la propaganda sobre la razón. Cualquier asunto es tratado como si fuera un eslogan, una marca emocional, un conflicto entre lo bueno y lo malo. No hay matices, no hay ideas, no hay pensamiento, no hay más que emociones y enfados emocionales. y no hay más que asomarse a las redes sociales para verlo. Lo de Cataluña es un debate emocional, pero también lo es lo del cambio climático, el feminismo, los tuyos y los míos, el aborto o el madrid barça. Todo son emociones, nada se puede pensar.

Me encuentro, por ejemplo, con la decisión del rey emérito Juan Carlos de España de retirarse de los actos oficiales. Inmediatamente aparecen las redes los memes de los republicanos con fotografías (ni siquiera se argumenta) mostrando al rey de cacería, o junto a Franco y en blanco y negro. Medio faltando al respeto, medio condenando, y por supuesto, no contando toda la verdad, o sea mintiendo ¿De verdad es lo único que saben del rey? Supongo, porque todavía no me ha llegado, la información contraria, la reacción de los que llenarán la red de mensajes emocionados y agradecidos al rey por su lealtad al país y a la democracia. Todo emocional, todo irracional.

Si me hablas de un partido de fútbol, exactamente igual. La gente defiende sus colores incluso en los detalles del arbitraje. ¿Acaso no se puede opinar en contra de las emociones que se supone que uno tiene? ¿Tanto cuesta reconocer la verdad frente a las emociones? Si tu hijo es tonto, reconócelo, que no pasa nada. Pues no. Mejor decir que es la sociedad la que no está altura y que es un adelantado a su tiempo. Y debatimos las emociones que nos suscita todo.

Ya Parménides diferenció en la filosofía antigua entre opinión y verdad. Entre lo que se dice y se cree, y lo que realmente es y no cambia. Ahora estamos peor, porque la opinión no tiene que ver ni con la lógica, ni con las premisas, ni con los argumentos; sino llana y exclusivamente con los intestinos, el corazón y las vísceras naturales que uno ha acumulado durante su vida. Se opina con las emociones, y no se piensa nada. De forma que nos alejamos, irremediablemente de la razón y la lógica que ha construido nuestra civilización occidental.

Por eso lo mejor es no entrar a discutir nada en los foros donde no se debaten ideas. O sí. Es ciertamente divertido ver como se van cabreando según uno va hiriendo sensibilidades emocionales con argumentos y razones. Basta con decir que la Primera República española no duró ni un año, para que se cabreen los republicanos. Basta con explicar lo que es la ciencia, para que los del cambio climático te llamen negacionista. Tú te lo has buscado, ale. Por malo.

 

¿Por qué nos tratan como niños? La infantilización de la sociedad.

Es así. Cada vez nos tratan más como si fuéramos adolescentes descerebrados, como si no tuviéramos nada en la sesera, y eso es algo que a mi me cabrea. Que los poderes públicos traten a sus ciudadanos como gilipollas es algo que no termino de entender, que viene como asumido por decreto, cuando ellos mismos son los que alientan la estupidez social y el infantilismo en todas las capas de la sociedad. ¿Tanto hemos retrocedido desde Kant? Yo creo que sí, o si no juzguen por ustedes mismos.

Ya lo dijo Kant, la Autonomía moral es aquella conducta ética en la que ante el dilema ético la persona adulta razona y decide el comportamiento que desea hacer. Asume desde su posición moral, valores, y opciones maduras sin esconderse, sin zafarse. Es la persona íntegra que se comporta moralmente desde los valores en los que cree y ha asimilado. Es el hombre libre que no esconde su comportamiento porque lo ha pensado y decidido así, y su obrar es coherente. Esto ya lo contó Kant. Lo contrario sería la heteronomía moral. La heteronomía es la conducta ética no razonada, y simplemente guiada por el instinto o por alguien externo. Se comporta uno según vayan a ser las sanciones, el reproche social, o la bronca de papi. Evidentemente es el comportamiento de las personas inmaduras, de los adolescentes (hasta que crezcan) y del que actúa sin pensar guiándose de la circunstancia del hecho, la del que dirán y que no me pillen; es buena para los niños porque les orienta mientras son niños y no saben distinguir el bien del mal, pero es ridícula en una persona hecha y derecha. La heteronomía nos devuelve a una especie de patio de colegio donde tenemos miedo de lo que nos diga el profe (el poli o la vecina). Pues eso.

Me llega el otro día la “Guía práctica del aficionado”, una especie de Manual de bienvenida 2016/2017 que ha editado la Liga de Futbol Profesional, porque como voy al fútbol, pues eso. Me regala una piba mona (la contratada de repartir supongo) un folleto que no tiene desperdicio, en cuanto a maltrato humano, claro, porque en cuento empiezo a leer me siento como si fuera un chiquillo haciendo trastadas. Me lo explican todo como si fuera un tontorrón, como que tuviera que purgar el pecado de ir al campo de fútbol y entonces me proponen una especie de examen de conciencia, por si tuviera mi conciencia sucia. ¿Serán gilipollas?

Moralina en estado puro en forma de preguntas y se las copio porque son ridículas sin vaselina ni nada: “¿Crees que lo que dices o haces en un estadio es buena influencia para los niños? ¿Te comportas en tu salón como en un campo de fútbol? ¿Has hecho comentarios ofensivos hacia un jugador por su raza o color de piel? ¿Has insultado al árbitro durante un partido?

¿Serán cretinos? Por supuesto que no, he sido asertivo y le he dicho que tiene que estudiar más el reglamento, graduarse la vista y regresar al lupanar de su casa antes de seguir errando en sus extrañas decisiones. Faltaría más que ahora fuéramos al campo sin educación. No te giba.

En lugar de esas preguntas tan ridículas propias de un confesionario deberían hacer otras más profundas: ¿Aporta algo el fútbol a su aburrida vida? ¿Se merecen sus hijos un padre como usted? ¿Hay algo en su vida por lo que valga la pena vivir? ¿Cree que si hubiera nacido en África sería distinta su visión del mundo? ¿En qué? ¿Cree que deberían sustituirse las decisiones arbitrales injustas por otras tomadas por el público adulto que asiste al campo?

Ven la diferencia. Yo uso el usted, los de la LFP nos tutean porque se creen que somos unos mierdecillas sin categoría. Son preguntas profundas para adultos que piensan, no como lo otro, que es para quinceañeros que se pajean.

Esto no es algo exclusivo del fútbol. Los de la LFP simplemente siguen la estrategia universal de anular al hombre contemporáneo en su racionalidad, porque cuanto más niño y adolescente con rabietas, mejor nos van a engañar y manipular. ¿Cómo explicarlo? En lugar de amenazar con la multa de tráfico a los adultos, podrían alentar a la responsabilidad y a la solidaridad contraria al egoísmo consumista en el que nos sepultan. Pero no, ellos mismos nos ponen el radar y nos venden el antirradar para luego prohibirlo y sustituirlo por algo que solo avise. Niño no seas malo. ¿No es mejor educar en la infancia para que cuando seamos adultos no necesitemos que nos traten como niños? ¿Por qué tienen que poner multas a los adultos que saben lo que hacen? Nos han quitado una ética basada en la razón, el respeto y los valores que alentaba el cristianismo, y después de arrojar a la gente a un mundo donde no hay Dios ni sentido, tienen que recomponer el chiringuito con consejos para imbéciles mentales. Y quieren hasta que nos confesemos, como si la moral que ellos propugnan (que cada uno haga lo que le apetezca) nos llevara a la perfección. Para ellos la perfección es el ordenador, que hace lo que le dicen; o un perro, que mueve la colita cuando le tiran un hueso. No hacen creer que hacemos lo que nos gusta, pero han educado el gusto de la sociedad desde hace años para que ladremos cuando ellos quieren.

Si nos tratan como críos, es porque nuestra sociedad se ha infantilizado. Nos han infantilizado. Ahora uno es adolescente desde los 10 años hasta los 70. Nos venden y nos cuentan que tenemos que ser jóvenes y dinámicos hasta que (palabra tabú) nos muramos, y que disfrutemos mucho de la vida, que la quememos guay y bien, consumiendo mucho, chingando con cremitas y haciendo cantidad de capulladas para que no se note que somos adultos. Y nos dan consejitos: no comas grasas, no fumes, no grites al árbitro, no vayas a más de cincuenta, usa gomita en tus relaciones promiscuas y habla sin cabrearte. Depílate en verano, duerme ocho horas, recicla tu basura gratis, ojo con los tatuajes, no comas carnes rojas, come hamburguesas cuando te apetezca, acude a algunas exposición de arte contemporáneo con tus hijos, y no te dejes llevar por la tristeza del otoño, y al menor síntoma, acude al médico por depresión.

¿Depresión? ¿Y para qué cojones ponéis fútbol en la tele a todas horas? Pues eso.

El triunfo del PAPANATISMO.

Yo creo que es una constante sociológica, que el ÉXITO atrae al ÉXITO. Sucede en todos los ámbitos de la vida, desde la política hasta el fútbol, desde los restaurantes hasta las lecturas de cabecera. Si algo triunfa, será como un imán. Aparecerán de inmediato gentes dispuestas a arrimarse al caballo ganador para saborear las mieles del triunfo. Esto hace que el éxito sea todavía mayor, y que engorde el triunfador de turno con más éxito todavía. Esto lo saben tanto los publicistas como los asesores políticos. Es verdad que presumir del éxito ajeno es un tanto ridículo, pero a cambio, nos permite disfrutar y humillar el que se ha apuntado al fracaso. Se llama papanatismo, y el responsable es la neurona espejo. Y es que así somos.

No me estoy inventando nada nuevo, pues esto es algo que sucede desde que el hombre es hombre. De hecho, yo creo que sería más interesante analizar algunos hechos históricos desde el papanatismo humano que desde las consignas marxistas de la lucha de clases. En realidad la historia no es una síntesis dialéctica provocada por el enfrentamiento entre opresores y oprimidos. ¿Ricos contra pobres, buenos contra malos? Ya no se lo cree ni Magoo haciendo de stripper en Femen. Para mi que la historia es una dialéctica entre triunfadores y fracasados; entre papanatas y auténticos. Entre la gente que se apunta al triunfo, y los que se empeñan en ser originales y auténticos, los cuales terminan convenciendo a sus parientes más cercanos de que tenían razón, al cabo de cincuenta años, claro. ¿A qué tenía razón? Sí, abuelo, sí. Genio y figura el cabroncete del abuelo, dicen cuando le dejan en la residencia los domingos.

En España, sin ir más lejos, tenemos una gloriosa historia de papanatas voceras amigos del pensamiento hervíboro. Hoy echo a la puta de la reina (Isabel II), y mañana grito “Viva el Rey” (Alfonso XII). Como un poseso y en manifa por si acaso. Esto, que no obedece a ninguna lógica – ya se lo dijo Russell a los marxistas estalinistas hace mucho, que la dialéctica hegeliana es una estafa –  es sin embargo fácilmente observable en cualquier tiempo histórico.

La antigüedad no fue mucho mejor. Julio César fue aclamado por Roma cuando tenía éxito y entró con sus legiones tras cruzar el famoso Rubicón y pronunciar el alea iacta est. Pero después de ser asesinado, la gente se cambió de chaqueta, o de toga, según se viera, y se convirtieron en apestados sus antiguos defensores. El pobre Marco Antonio, que fue incondicional suyo, quedó como Cagancho en Almagro cuando cambiaron las tornas. Hasta se fue a Egipto con Cleopatra, a ver si se le pegaba algo de las antiguas glorias cepillándose a la antigua amante de su jefe y amigo Cayo. Un error, porque con Augusto todos eran de Augusto de toda la vida. Es lo normal. Nos apuntamos al Real Madrid para ganar, y para que no nos partan la jeta, pero ahora los capullos del Barça están chuleándonos. Al menos Marco Antonio murió con el estandarte romano bien levantado a orillas del Nilo. Es lo que le queda. Y la gloria del genial monólogo de Shakespeare, que se me olvidaba.

En libros y literatura pasa otro tanto. Si empieza a triunfar 50 sombras de Grey, pues todo el mundo se apunta a leerlo. Total, antes hicieron lo mismo con el Código Da Vinci de Brown. Luego vendrá otra generación que lo vilipendiará, lo barrerá con su nueva basura, sus Juegos de Tronos o la mierda que sea, y ahí andará el chulito de turno presumiendo de que lo que él lee es estupendo y único. De cosa en cosa, de éxito en éxito, de Potter en Pota, o de Agatha Christie en Federico Moccia. Y es que la regla es brutal y repetitiva: nadie se hace colega del fracaso, aunque sea mejor, tenga más calidad, o sea, curiosamente idéntico. Por eso luego llega un tipo llamado Patrick Modiano (premio Nobel 2015), que escribe como los ángeles, cuyo primer eco que produce en nuestra patria es: ¿quién es ese tío que no me suena? Y eso tan lamentable sucede entre la gente que está atenta a la literatura y a los libros, porque los fans de GH se mantienen en su salsa de langostinos con tanga, sin coscarse de que hay librerías en el planeta tierra.

Ser del que tiene éxito tiene sus ventajas. Estás en la pomada, eres ganador, triunfan los tuyos y sobre todo… no eres perseguido y no te dan de hostias, cosa importante cuando el ambiente político se pone chungo. Y es que el Papanatismo en la política es cuanto menos peligroso. Por ejemplo, durante la Revolución Francesa, hubo unos añitos que si no eras de los jacobinos podías acabar aguillotinado, lo mismo con los que no eran estalinistas, que terminaban en el gulag perdiendo dedos congelados. Y es que ser de la oposición política, cuando no se lleva es, más que un error, una desventaja importante para la salud física y psíquica. Porque te persiguen, y si pueden te matan. Y es porque los triunfadores suelen pecar de soberbios e intolerantes; y si les dejas de cabrones. Se les sube a la cabeza, y no quieren competencias. Hace años todos éramos demócratas y aclamábamos la transición, en cambio ahora hay que defender que hay que cambiar la Constitución. Ni se te ocurra defenderla.

Los que marcan las tendencias culturales también saben ésto. Ahora por ejemplo se lleva ser alternativo y progre de ciudad. Cuando yo era peque los tíos que se tatuaban eran cargadores del puerto o proscritos recién salidos de la cárcel. Luego empezaron las tías de hollywood a tatuarse con solecitos y bobaditas, y al final todo el mundo se apunta al tatoo, al piercing y al rollito de decorarnos el body. Es que es guay ser guay. Lo de las rastas, el buen rollismo, comer lentejas sin chorizo y acelgas con avena, vestir como con restos y enseñar medio culo porque se cae el pantalón, es lo fetén. Pero cuando todo el mundo sea alternativo con esta estética alternativa – que ya casi lo es – pues ser alternativo será vulgar, como del montón, y dejará de molar. Y surgirá otra moda que atraerá al papanatas tanto como el éxito.

En realidad lo más alternativo que hay hoy día es tener cuatro hijos, piso propio no heredado, trabajar en un banco, leer a Góngora y no tener móvil. Pero eso no creo que triunfe, entre otras cosas porque se necesita un cargamento de neuronas espejo para lograrlo, y están todas ocupadas “tuiteando” por la red, y colgando chorraditas. Por dar ideas que no quede.

Mi papá quiere que sea CR7

De cuando en cuando salta la noticia, y el otro día lo pude escuchar en directo y sin eufemismos por la radio: Entrenador de fútbol alevín agarra del cuello a un jugador expulsado del equipo rival cuando desfilaba al túnel de vestuarios. El árbitro (de unos veinte años) pidió escolta policial ante el acoso de los progenitores de los chicos, o sea de sus padres. Me sorprendió, aunque no mucho la verdad, pues ya me habían contado algunos amigos lo complicado que es el mundo del deporte para los niños (varones imberbes) de 5 a 15 años. Es lo que llaman el fútbol de las categorías inferiores, un reflejo casi perfecto de la basura en la que se ha convertido el circo deportivo de sus mayores.

Y es que, aunque no quiera enterarme de la vida de algunos personajes de la cosa nostra deportiva del balompié, siempre te lo cuelan de rondón en algún telediario. Se ve que un tal señor, al que algún periodista desatado llaman “el bicho”, supongo que en un alarde de imaginación, y que otros señores logotipifican por escrito como “cé erre siete”, le metió cuatro patadones a un rival de otro equipo, cuyo nombre nadie quiere acordarse, ni se esfuerzan por hacerlo. El caso es que no sé si le van a recompensar al bicho por animal que cocea, o le van a condecorar en algún foro gastronómico, por alimentar con la alfalfa de su conducta al rebaño de incondicionales que debe tener ese deporte que hace años perdió todos los valores aristocráticos que se supone que debe tener el deporte. ¡Señor, Señor!

En este asunto, creo además que soy poco sospechoso de no gustarme el fútbol, porque suelo acudir, como socio que soy, a ver al Real Valladolid cuando juega en casa. Reconozco que no suelo ver más fútbol, ni en la tele, ni en ningún lado, entre otras cosas porque con un partido a la semana ya voy sobrado. Y en la tele no es lo mismo, digan lo que digan. Luego están las tertulias de gritones, que además de empeñarse en sobarnos el intelecto con sus improperios sobre la Esteban o el Pablemos, según cadenas, tienen un hueco reservado en la nocturnidad y la alevosía, para degradarnos contando que si el CR7 es más guapo que Messi, o más tonto. Yo, como no hablan del Valladolid, aunque tampoco lo hacen de ese deporte llamado fútbol, pues no lo veo, y eso que me ahorro. Supongo que los del madrís o los del barsa les encantará y se licuarán viendo sus innumerables derbis. Lo malo es que después se miran al espejo, y en medio de su mierda de vida, se fijan en su hijo para acometer la pregunta que destruirá la vida de sus pequeños: ¿y si mi yónatan llegara a ser como el Messi? ¿Y si me llovieran millones como al puto portugués ese? Y ale, a hurgar en la vida del chaval dirigiéndole una carrera futbolística imposible por falta de cualidades.

No lo he dicho todavía pero lo digo ahora: Lo malo del fútbol en la tele, es que se ven de cerca detalles que en el campo pasan desapercibidos y no importan una mierda a nadie. Son detalles que además repiten hasta la saciedad, y que suelen consistir en las tontadas que hacen sus descerebrados héroes. No ya que se quejen los jugadores, que eso lo veo desde la grada. Sino la tontería, por no decir gilipolleces, con las que unos chavalitos con pasta suelen recrearnos para satisfacción de la ruindad humana en la que nos quiere convertir el inventor de toda esta mugre. Cuando meten un gol parecen idiotas: se besan los anillos, miran al cielo, bailan en plan guay, henchidos de narcisimos y la más cutre egolatría, al final se quitan la camiseta para enseñarnos que se machacan en el gimnasio tanto como descuidan su cerebro. Digo yo que ésto con Pirri no pasaba, y también era fútbol. Nadie presumía de tableta, ni estaba en la tele todo el jodido día. El fútbol era el deporte rey los domingos por la tarde, y punto. Luego vino el narcisismo de las estrellas, con esos prolongados telediarios de media hora añadida para contarnos si el madrid caga por la mañana en su entrenamiento, o si el barsa mea en los descansos que les impone su entrenador, alias mister. Y eso lleva años y años haciendo daño al cerebro de los españoles más ignorantes, ahora padres de familia, que son simplemente felices porque tienen un hijo varón que va a amar los colores de su padre con tanta vehemencia y cortedad con que lo hace él. Mi hijo va a ser como CR7, se dicen a sí mismos.

Y este es el inicio de la tortura que sufren sus hijos, y que es fácilmente visible en los campos de fútbol de los cadetes, alevines, infantiles, juveniles y demás categorías inventadas. Los padres en la grada jaleando lo peor de su inteligencia, su cretinismo y su mezquindad a un tiempo. Al niño se le grita para que meta la pierna, para se la parta al contrario, para que empuje, para que no se amilane, para que chute fuerte, para que proteste y no sea una maripili, en resumen, para que sea un hijoputa como lo son ellos. Chillan una y otra vez contra el árbitro, y contra el entrenador, que a veces es tan psicópata como los padres que lo corean. ¡Corre hijo, corre! ¡Que no te gane, métele una hostia, cubre, cubreeee!. Y así noventa minutos a la semana. Si meten gol los chavalitos de diez años, los palurditos imitan al Ce Erre y sus secuaces haciendo las mismas payasadas, como monos de imitación. Y si no meten gol sacan el narcisismo más puro en sus mentes infantiles, chupan balón sin pensar en el equipo, porque se creen que son buenísimos, talentos por descubrir, y ponen la misma cara de machitos frustrados que sus babosos papás, orgullosos porque su hijo en calzoncillos ha regateado a un chico que está siendo vociferado por su padre hasta humillarlo.

Cuando nacieron mis hijas hubo alguien, no recuerdo quién, que me dijo si no prefería chicos, por aquello del fútbol. Por suerte el fútbol es cosa de género (palabra que no me gusta, pero que viene al punto), y hasta ahora las mamás no suelen ir a gritarle al árbitro de sus hijitas futboleras. Pero todo sea que la cosa vaya a más, y tengamos  que ver a las anoréxicas de gimnasia rítmica vituperadas por hacer juego sucio contra el otro equipo, o el padre de su hijo guaterpolista ahogando en el agua al árbitro. Cosas veredes, que dijo el otro.

EL PAN LECHUGUINO DE PUCELA SE COMIÓ LA BUTIFARRA CULÉ.

partidopucelabarçaresultado

¡Qué pena dan los aficionados de los equipos grandes, Barça y Madrid! Tan prepotentes los pobrecitos. Deberían mirar a su alrededor y defender los colores de los equipos de sus pueblos, sus atléticos y sus deportivos balompiés. Hay que aconsejarles encarecidamente que abandonen a los grandes por el bien del fútbol; y dejar los sueños de grandeza de los que viven en Madrid y Barcelona para los que viven y nacieron allí. El resto podría vivir perfectamente disfrutando del fútbol siguiendo al equipo de su pueblo. Vayamos al grano con esto.

En España todo el mundo es del Barça o del Madrid en estadísticas que sorprenden. El 35% se declara del Barça, y el 70% del Madrid. Luego sigue de lejos el Atlético de Madrid, con un simplón 15%. Y luego se acabó. Nadie es del equipo de su pueblo si no tiene otro más grande cerca que gane algo, y para cerca Madrid y Barcelona. Esta gente tiene el corazón dividido y no saben que hacer cuando juega el Madrid contra ellos. Les confunde la tele. Y es que yo creo que es porque no les gusta el fútbol, y para disimularlo se aprenden de memoria el peso y talla, procedencia y número de calzoncillo de sus jugadores. Y así les va.

Son ilustrados del fútbol, se creen que saben, y no han pisado un estadio en su vida, ni han visto evolucionar un equipo, ni nada de nada. Presumen más que una mierda en un solar (que decía mi abuelo) cuando ganan a un rival al que ningunean llamándolos “equipos pequeños”, “la otra liga”, y frases por el estilo. De hecho recuerdan más los partidos que han perdido que los que han ganado; y por supuesto, disfrutan más viendo perder a su eterno rival que ganando ellos. Son perdedores natos que ansían ganar algo importante alguna vez, pero como lo ganan casi todo, el fútbol no tiene aliciente para ellos, excepto conseguir el “casi”. Y lo contagian a sus equipos que son aburridos e indolentes, además de inmorales, claro.

El Madrid solo sabe jugar bien cuarto de hora por partido. Lo suficiente como para meter tres goles. Luego en su arrogancia aburren al respetable, cuando salen saludan a los niños discapacitados (para que no digan que no tienen alma), y se acabó. Dan poco ejemplo de trabajo y sacrificio, y no parece gente de bien (que no digo que no lo sean en su casa), excepto los que se sientan en el banquillo y los ceden al año siguiente. El Barça otro tanto de lo mismo, aburren tocando y tocando el balón mientras te meten goles y goles. Un coñazo.

Yo que voy al campo lo he visto: cuando los grandes no ganan reciben ayuditas de los árbitros, que siempre arbitran molestando al equipo pequeño (comprobado estadísticamente). Los equipos grandes suelen ser muy protestones y chuletas (que si el campo, que si me ha empujado con la ceja…), pero casi nunca los echan por mucho que den la lata al árbitro. Se les sanciona con benevolencia, y presumen de que gracias a ellos hay fútbol en España. En cambio, con los pequeños el trato es otro. Somos la morralla para los de la LFP, para los periodistas nacionales y para sus titulares, que siempre ponen algo tipo “el barça perdió, o el Madrid ganó”, pero nunca el Valladolid ganó. Aunque lo haga. Es la misma cantinela desde hace años, pero no por antigua deja de sonar entre los modestos de las liga.

Lo único importante para los “barsamadridistas” es ver que hace el rival, a ver si la caga empatando. La liga por arriba es siempre igual, a nadie se le ocurre pensar que la liga la pueda ganar otro que no sean ellos. Son rivales pero en realidad son el mismo equipo. El Barça y el Madrid son el mismo equipo, el de los “Prepotentes Fútbol Club”. Y sus aficionados son de uno u otro equipo por antojo, que es como decir porque se me ocurrió. Nunca he visto conversos del Madrid o del Barça, gente que cambie de equipo, y es porque son el mismo equipo. Los demás somos mucho más dignos, somos de nuestro club manque pierda. Y nos acordamos más de las victorias que de las derrotas.

Me detengo en la afición pucelana que destaca por sí misma. En primer lugar tiene un estadio acorde al hablar de la gente. Zorrilla, un gran poeta. Los comentarios en las gradas sobre el juego son auténticos recitales narrativos. Mira sino a Leo Harlem, pucelano sin tacha y gracioso como nadie. En Valladolid: cada tres aficionados cuatro entrenadores, es verdad, pero lo importante es el sosiego y respeto que nos produce siempre el rival. No gritamos más de la cuenta, y por supuesto no cantamos nada de nada. Ni cuando hay que cantar. Esto es porque no nos gusta escupir las migas de nuestros bocatas al vecino de delante. Como mucho tiramos pipas, y pocas porque se congelan las manos.

Pero esto no es frialdad, es educación. En Zorrilla solo insultamos al árbitro y poco. Con un aislado “pelele” y “ponte gafas” vamos sobrados de agresivos. Siempre hay excepciones en peñas miméticas, pero son los menos. Aquí todo es muy nuestro. Con decir pelele ya hemos recreado la condición humana lo suficiente. No nos enfadamos, ni vociferamos poniendo la cabeza al otro como un bombo como hacen en los demás estadios, donde insultan a los suyos cuando juegan mal. No tienen corazón ni sangre blanquivioleta y se nota. Otras aficiones son muy pesaditas, se ponen a cantar, a saltar, y a gritar animando a su equipo. En Zorrilla no animamos al equipo, simplemente somos parte del equipo, y solo hacemos la ola cuando tenemos el resultado garantizado, o sea casi nunca. En Valladolid todos corremos por la banda, ganamos y perdemos sin aspavientos, con la pena y la alegría del que quiere a su club, sin exaltaciones que anulen nuestra noble condición, (esto es muy de Pucela). Aquí estamos por encima de los arrumacos y gemidos que dedican otras aficiones como la bética. Está muy bien para ellos, pero aquí somos tranquilos, porque las formas es lo fundamental, y en Valladolid andamos sobrados de buen tono.

Nuestros logros son efímeros, como todo el fútbol es efímero y pasajero. Pero aquí lo sabemos y no nos disgustamos por ello. Somos el único equipo del mundo (que yo sepa) que ha ganado un partido sin tirar una sola vez a puerta, gracias a que el rival lo hizo en propia meta. Y tenemos una Copa de la Liga, lo cual demuestra que nadie es perfecto. Eso nos hace ganar en humildad. No exigimos al equipo más de lo que puede dar, y si no ganamos la Champion todos los años es porque no tenemos pasta para hacerlo. Por eso nuestro mérito no es nuestra masa social, ni nuestro patrimonio. Nuestro éxito consiste en haber patentado un estilo de juego único en España: el vencemuelas, que ahora paso a explicar, y cuya última víctima ha sido el Barcelona Fútbol Club, y cuyo estadio se llama traducido: Campo Nuevo. Aquí nuestro Campo es Grande, pero ese es otro tema.

El Vencemuelas consiste en que cuando parece que vamos a perder todos los partidos que nos quedan, cuando nadie apuesta por el Pucela, entonces los jugadores (que sueñan con jugar en el Barça y el Madrid), como no los fichan porque allí no hay hueco para nadie sin abuela, pues deciden ese día ser cojonudos. Y te meten goles de chilena, de falta, de corner, en plan Rubén Cano como el otro día, o como sea. Así es el Pucela. Aquí se han formado muchos buenos jugadores, por ejemplo Diego Costa, Hierro, García Calvo o Caminero. Y los tenemos a pares: los Zarandona, los Lesmes y los Barajas. Ahora todo el mundo habla de Costa, pero había que verlo deambular por Zorrilla cultivando la humildad y la impotencia para cuando volviera al Atlético de Madrid. Fue un año que bajamos a Segunda, creo, y al siguiente volvimos a subir  haciendo lo mismo pero con mejor defensa. Que segunda es eso. Nos da igual.

Con el sistema Vencemuelas hemos vencido al Barça, eso nos convierte en los mejores de la Liga, así que a animarse y a ganar. Eso es Pucela.

Yo no sé si nos salvaremos este año, y es que todo el interés de esta liga la estamos poniendo el Pucela, el Rayo (guiño a Alba), el Betis, el Málaga y los malos de siempre, pero esto es así, los grandes aburren, pero como tienen afición atraen a los bares al respetable los fines de semana. Es mejor ir a Zorrilla. Yo no me pierdo otro partido.

Ah, y tenemos otro éxito: no perder ni un partido la única vez que jugamos la Uefa, nos echaron empatando. ¿Alguien da más? El Pucela es único, por eso nuestra sangre es blanquivioleta: resucitada y mortecina a la vez.

actuapoli

Actualidad política y Administración municipal