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1978 – 2018. Cuarenta años de Constitución. (Segunda parte)

Tras los años de gobierno con mayoría absoluta de Felipe González (82-93) llegó el final de la hegemonía del PSOE en el gobierno de España. Se iniciaba, en mi opinión, una nueva etapa histórica y política que se extendería desde el año 1993 hasta el año 2001.

En el año 1993, todavía con Felipe González en el Gobierno, el PSOE había desgastado una buena parte de su discurso. Habían pasado más de 10 años desde que llegaron al poder, y 15 desde la aprobación de la Constitución. Una buena parte de los españoles estaban profundamente desencantados con el gobierno socialista por varias razones. La primera era que no controlaban el paro y no podían reducirlo. Las promesas incumplidas de González eran objeto de burla social. En segundo lugar, la corrupción no podía seguir ocultándose bajo la cortina de la soberbia y los “cien años de honradez” del PSOE que se seguían vendiendo como los puros y los buenos. En tercer lugar el problema de ETA que no arreciaba. Por desgracia seguía matando, ahora con la baza de ser víctimas del GAL. Y en cuarto lugar, la situación internacional soplaba vientos ideológicos contrarios, la Unión Soviética había fracasado, el bloque del Este se había derrumbado, y el modelo socialista parecía abocado a su desaparición. El PSOE y la izquierda tenían que reinventarse, pues ya no bastaba con amedrentar a los votantes con el miedo a la derecha, el cansancio era real, y el socialismo no era la panacea que durante la transición movió al voto a muchas personas.

Ciertamente, Felipe González ganó las elecciones por última vez en aquel año, pero ya sin mayoría absoluta, por lo que tuvo que pactar con los nacionalistas para asegurarse la estabilidad. Intercambio de favores con los catalanes y vascos. Esta misma estrategia la mantuvieron los siguientes gobiernos, tanto del PSOE como del PP. Cuando no había mayoría absoluta, se pactaban y regalaban prebendas y privilegios a los nacionalistas; y ellos aseguraban la gobernabilidad del país. Convocó elecciones a los 3 años, y las perdió. El ganador, el PP volvió a pactar con los mismos que hacía 3 años habían dado la mano al PSOE.

El cambio no sorprendió, aunque sí extrañó por falta de costumbre. En los años anteriores al 93, la derecha había fracasado en su intento por desbancar al PSOE. Había sido el principal partido de la oposición, pero apenas había logrado ser alternativa al poder. Hasta que se modernizó convirtiendo el viejo partido de Fraga, Alianza Popular, por el nuevo Partido Popular, de línea conservadora, liberal y democrata-cristiana. Ganaron poco a poco en municipios y autonomías, hasta que llegó el turno al parlamento español. Al frente de estos cambios estuvo José María Aznar.

Aznar había gobernado en la autonomía de Castilla y León sin demasiadas alharacas. Era una generación diferente, y el político en sí era la antítesis de Felipe González. Parco en palabras, escueto en sonrisas y más bien antipático. Ningún carisma. Hablaba con poca gracia y fue blanco de burlas (y de odios profundos) por parte de la izquierda hasta el día de hoy.

En mi opinión hubo dos hechos decisivos que auparon a Aznar. El primero fue que sufrió un atentado terrorista del que salió ileso y por su propio pie. ¿Podía ser un presidente firme y sólido aquel señor bigotudo? Su imagen salió fortalecida y su seguridad indicaba que estábamos ante un hombre que no se rendía ante nada. Ni siquiera ante las bombas de ETA.

El segundo hecho fue que el miedo a la derecha, reiterado recurso  electoral del PSOE, se agotó con la siguiente generación. Habían pasado los años, y el PP fue llegando poco a poco a los gobiernos municipales y autonómicos sin que se hundiera el mundo. Aznar ya había gobernado en Castilla y León, sin que hubiera que temer. Dejar paso a la derecha para que gobernara democráticamente era algo que prácticamente no había sucedido desde la Segunda República que terminó como terminó. Es decir, la izquierda tenía que aceptar que gobernara la derecha, y debía hacerlo pacíficamente. Y precisamente cuando Aznar fue investido presidente del gobierno en el año 96, se pudo afirmar que nuestra democracia y nuestra Constitución estaban consolidadas. Habían pasado 18 años.

Los años del último gobierno del Felipe González (93-96) y los cuatro primeros de José María Aznar (96-00) se caracterizaron por la búsqueda de apoyos en los partidos nacionalistas catalanes y vascos. No hubo mayorías absolutas en ocho años. González siguió en el poder tres años más, creo que por inercia. sin embargo, la sensación de que su proyecto político estaba agotado fue la tónica. De hecho, cuando perdió las elecciones del año 1996, dimitió como Secretario General del PSOE, iniciándose una profunda crisis en el liderazgo del partido.

Aznar gobernó 8 años, y él mismo, quizás viendo el agotamiento de González, decidió que no estaría más de dos mandatos, cosa que cumplió. Llegaba con un estilo más sobrio, más serio y tranquilizando los ánimos. Durante sus primeros cuatro años (96-00) gobernó sin mayoría absoluta, acordó la estabilidad de la legislatura con los catalanes, y obtuvo un gran éxito económico, que fue el aval para que consiguiera la mayoría absoluta en el año 2000.

Sus políticas lograron en cuatro años lo que no había podido el PSOE en una década: crecer económicamente con fuerza, disminuir el déficit y crear mucho empleo. Bajó impuestos, dinamizó los mercados y colocó en cuatro años a España a las puertas de la moneda única europea. Se hablaba del milagro español, y nuestro país se convirtió en un modelo de economía dentro de Europa. Ya no estábamos en el furgón de cola.

Era un éxito incontestable de la derecha que ni siquiera la izquierda podía discutir. Además, las políticas liberales, no habían olvidado subir las pensiones, y la creación de empleo es, a la postre, la mejor política social de todas.

Sin embargo, Aznar no fue capaz de quitarse de encima el complejo y el miedo a ser de derechas. Es decir, gran parte de sus políticas fueron coincidentes y seguidoras de la ideología que la propaganda de izquierdas había consolidado en el país. No tocó el tema del aborto, no cambió las leyes de educación, no se movió en política familiar y apenas hizo cambios para devolver a los jueces y magistrados la independencia que les quitara González. Así fue en los primeros cuatro años. Aznar mantuvo los apaños que hizo el PSOE favoreciendo a los medios de comunicación afines a la izquierda. Sus políticas más de derechas fueron timoratas, y muchas de ellas no cambiaron ni cuando obtuvo la mayoría absoluta en el año 2000. Razonaban que las elecciones se ganaban en el centro, y quizás tuviera razón. Pero abandonaba lentamente a un electorado de derechas que siguió apostando por el PP por falta de otro mejor.

En la izquierda, la misma crisis que atenazaba al PSOE se cebaba con IU, la nueva apuesta el Partido Comunista. Las renovaciones no hicieron sino acentuar la crisis de un modelo agotado. La oposición y la izquierda, (así lo hicieron en la segunda legislatura Aznarista), optaron por desgastar al gobierno popular de Aznar en la calle.

La excepción al titubeo fue la lucha contra ETA. Aznar acorraló a los terroristas cuando vio imposible un acuerdo con ellos (la famosa tregua). Y los puso contra las cuerdas en una persecución que se realizó, no sólo contra el asesino de la pistola, sino también contra su entorno político y económico. Se prohibieron los partidos políticos que apoyaban el terrorismo, se les echaba de las instituciones y se impedía que recibieran dinero del Estado para sus fines torticeros. En el año 1997 ETA asesinaba a Miguel ángel Blanco, un concejal del PP de Ermua. La gente salió a la calle como nunca lo había hecho ni lo ha vuelto a hacer. Era el Basta ya, el final de ETA. La sociedad española (también la vasca) se mostró más indignada que nunca. Se logró en unos años destruir a ETA, ahogarla y derrotarla. Fue casi en lo único en lo que Aznar tuvo el apoyo del PSOE.

Con la segunda legislatura de Aznar, (2000-2004), la de la mayoría absoluta del PP, España había hecho los deberes y había entrado en el Euro. La economía se mantenía viento en popa, y España vio como el Euro se convertía en una moneda física y tangible en 2001. Pero ese mismo año  se producía el atentado en NY contra las Torres Gemelas, y la dinámica de la sociedad española iniciaba un nuevo momento histórico para la democracia española, la que tendría que ver con salir a la calle para mostrar la indignación al gobierno de turno. Eran pruebas de fuerza. Primero salió la izquierda contra Aznar por un accidente de un petrolero, y por la guerra contra Irak; luego salieron los católicos contra las políticas de Zapatero por la clase de religión y contra las políticas de ingeniería familiar del PSOE e su primera legislatura. Y al final de su mandato, en el 2011, salieron a la calle varios movimientos que ponían en duda la legitimidad de la democracia española, la representatividad del parlamento y la Constitución Española de 1978: el movimiento 15 de mayo del 2011. Con él llegó el final del bipartidismo, y del reinado de Juan Carlos I, que abdicó en favor de su hijo, Felipe VI, en el año 2014.

(continuará)

 

 

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