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1978-2018. Cuarenta años de Constitución. (Tercera parte).

Con la victoria por mayoría absoluta de Aznar en el año 2000, y la posterior incorporación a la moneda única, el Euro, se inicia una tercera fase histórica de nuestra constitución, que probablemente haya que dividir en dos periodos. Hasta el año 2008, fecha en la que se inicia la crisis económica, y desde entonces hasta nuestros días.

El gobierno de Aznar con mayoría absoluta (2000-2004) se destaca por manejar prudentemente los tiempos políticos. Todo pasa por las decisiones del líder popular, que parece engrandecido con la boda fastuosa de su hija. La sociedad lo percibe excesivo, pero es apoyado porque está gobernando bien. De hecho, la estabilidad y el crecimiento económico están asegurados, y quizás porque la izquierda no está encontrando su camino para recuperar el gobierno perdido en las urnas, se inicia una etapa histórica, en mi opinión, marcada por una mayor presión en la calle. La izquierda sale a la calle ante sus carencias parlamentarias con la intención de desgastar al gobierno de Aznar, que seguía siendo un tipo antipático.

Curiosamente, las grandes manifestaciones de la izquierda contra Aznar contaron con un fuerte apoyo mediático, cuyo dominio y control seguía en sus manos. Igual que la policía o la educación. La derecha está acomplejada, y Aznar no se atreve a controlar las televisiones privadas que no le son afines, que son todas, pues así lo dispuso la izquierda en su momento.

El caso es que se sale a la calle porque un petrolero revienta cerca de las costas gallegas. El “nunca mais” se dirige contra el gobierno del PP, aunque ellos no son directamente responsables. Se sale en segundo lugar por el “no a la guerra”. Una guerra que se había producido seis meses antes entre Sadam Husseim contra Estados Unidos y Gran Bretaña. En realidad España no estuvo en la guerra, sino en la pacificación posterior del territorio Irakí, pero la propaganda cambia los hechos, y Aznar aparecía como aliado de los americanos y británicos. El tema quedará olvidado, y es que Aznar manejaba perfectamente la legislatura. Hasta el atentado del 11 de marzo. En los últimos años de su mandato pone en marcha la LOCE, Ley Orgánica por la Calidad de la Educación, que no llegará a implantarse. Había prometido marchase y propone como sucesor a Mariano Rajoy. No obstante, su balance es excelente: ETA está debilitada y agotada, y deja como legado una magnífica situación económica. Sin embargo su marcha coincidirá con un brutal atentado en Madrid.

El 11 de marzo del 2004, vísperas de las elecciones generales, se produce el mayor atentado de la historia reciente de España, en Atocha. La intención es claramente alterar el curso de las elecciones y lo logran. Por primera vez en la democracia, el ambiente de concordia se rompe de manera flagrante en una jornada de reflexión. La izquierda del PSOE y de IU rodea las sedes del PP pidiendo claridad en unos atentados cuya información primera es confusa y variable. De hecho nunca se llega a saber quién atenta y porqué, pues mueren en Leganés un grupo de presuntos terroristas musulmanes radicales, antes de que puedan confesar las razones de su fechoría.

En medio de un clima emocional alterado se celebran las elecciones; acuden a las urnas más votantes de los esperados, y si las encuestas hablaban de nueva mayoría de Rajoy; se produce un vuelco electoral al acudir masivamente muchos españoles que habitualmente no votaban. Vencerá el candidato del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, que se había mostrado como un hombre sonriente, cordial y buenazo; y que no se lo esperaba. El nuevo gobierno se forma de manera abrupta y con precipitación. Los ánimos se van serenando poco a poco, pero la forma de gobernar el nuevo inquilino de Moncloa no ayuda. La derecha se siente engañada ante el vuelco electoral, pero es incapaz de reaccionar con firmeza ante lo sucedido.

El clima de convivencia no mejorará en los siguiente meses, al contrario. Da la sensación de que la izquierda es revanchista y que el odio que despertó en la calle contra Aznar lo va a mantener y alimentar. Se quiere hacer un cordón sanitario para aislar al PP en Cataluña y en muchos otros lugares. El PP debe quedar aislado, a pesar de ser la fuerza política más fuerte y estable, incluso por encima del PSOE.

Zapatero gobernará mirando exclusivamente a su partido y a sus intereses ideológicos. En sus primeros seis meses deroga la ley de educación sin consenso con el PP, que la había puesto en marcha. Aprueba la Ley de igualdad absoluta del matrimonio entre homosexuales con respecto al matrimonio tradicional. Tampoco quiere consensos. Retira las tropas de Irak, y abandona los acuerdos de España en materia internacional, lo que le valdrá el desprecio de una buena parte de la comunidad internacional. En resumen: Gobierna para los suyos, y esto despierta a los votantes católicos que se sienten especialmente agredidos. El PP los acompaña un tanto acomplejado. De ahí que salgan a la calle para reclamar su opción política. Se manifiestan contra la Ley del matrimonio homosexual, contra la nueva reforma del aborto (que se agranda más), contra la eliminación de la asignatura de religión de la escuela. El gobierno presenta un perfil muy ideológico y se crea, por ejemplo, el Ministerio de Igualdad, con una ministra defensora de las ideologías de género, feminismo radical.

Sin embargo, el gobierno nefasto de Zapatero (nefasto por gobernar sin sentido de Estado) en su primera legislatura no terminará ahí. Aprueba una Ley de Memoria histórica que reabre las heridas de la guerra civil española. La reconciliación de los primeros años de Constitución son borrados, pues pretende colocar a la izquierda en el bando de los buenos, humillando al bando de los malos, que se supone que son la derecha. Estar heridas despiertan nuevos rencores y odios en los siguientes años. Su segundo gran error, quizás aún más grave consistirá en negociar un nuevo Estatuto de Autonomía para Cataluña con la consigna de que hagan lo que hagan será aprobado por el gobierno y el parlamento. Tal Estatuto de Autonomía fue declarado inconstitucional por los tribunales, despertando en la sociedad catalana más nacionalista la sensación de engaño, y de que la hora de la independencia ha llegado. Era el año 2010, y tal enfado generará una indignación mayor entre los independentistas catalanes, los cuáles irán creciendo su odio y enfrentamiento con los catalanes no independentistas. Como punto final darán un golpe de Estado en septiembre y octubre del año 2017.

La segunda legislatura de Zapatero fue abrupta y difícil. La crisis se empieza a asomar en el año 2008. Las elecciones de ese año revalidaron la mayoría de Zapatero, que niega su existencia y que no es consciente de la magnitud de la misma. Se equivocará incrementando el gasto público pensando que de esa forma potenciará el consumo y se minimizarán sus efectos. Lo que logra es endeudar al Estado arruinándolo y dejándolo a las puertas de la suspensión de pagos.

Con políticas económicas titubeantes, Zapatero dimite presionado por su propio partido y por la calle, no se volverá a presentar a las elecciones. En mayo de ese año, una serie de colectivos toma la Puerta del Sol de Madrid y se instala allí para reclamar un cambio. Es el movimiento 15 de mayo, 15M. Afirman ser apolíticos, dicen estar hartos, y se muestran en muchos casos antisistema. El parlamento no les representa, no reconocen el bipartidismo, y están indignados con la crisis. Se muestran asamblearios, y montan una serie de reuniones, foros de debate que están siendo controlados por una izquierda diferente, de procedencia universitaria (Facultad de Políticas de Madrid) y distinta tanto a IU como al PSOE al que condenan por ser “casta política”.

En dos años, y con el apoyo de las nuevas concesiones televisivas (La Sexta) logran obtener diputados en las elecciones Europeas. Se constituirán en un nuevo grupo político con diferentes tendencias, desde anticapitalistas, stop desahucios, antisistemas, etc. Se asociarán en las elecciones con IU para concurrir con ellos. Serán PODEMOS, y estarán dirigidos por Pablo Iglesias, un profesor de políticas muy mediático y con vínculos ideologicos y políticos con Hugo Chávez, Presidente de Venezuela.

En el año 2011, con nuevas elecciones, obtiene la mayoría absoluta el Partido Popular de Mariano Rajoy. Sin embargo, su principal prioridad será hacer frente a la crisis económica del país, olvidando sus promesas de los años de oposición. Serán los últimos comicios del bipartidismo, pues en las siguientes elecciones, las del 2015, irrumpirán dos nuevos partidos políticos con fuerza: Podemos, de ultraizquierda, y Ciudadanos, de centro antinacionalista. Un año antes, en el 2014 se produjo la abdicación del Rey Juan Carlos I, y la proclamación de Felipe VI como nuevo rey de España. Sin duda una nueva época.

 

1978 – 2018. Cuarenta años de Constitución. (Segunda parte)

Tras los años de gobierno con mayoría absoluta de Felipe González (82-93) llegó el final de la hegemonía del PSOE en el gobierno de España. Se iniciaba, en mi opinión, una nueva etapa histórica y política que se extendería desde el año 1993 hasta el año 2001.

En el año 1993, todavía con Felipe González en el Gobierno, el PSOE había desgastado una buena parte de su discurso. Habían pasado más de 10 años desde que llegaron al poder, y 15 desde la aprobación de la Constitución. Una buena parte de los españoles estaban profundamente desencantados con el gobierno socialista por varias razones. La primera era que no controlaban el paro y no podían reducirlo. Las promesas incumplidas de González eran objeto de burla social. En segundo lugar, la corrupción no podía seguir ocultándose bajo la cortina de la soberbia y los “cien años de honradez” del PSOE que se seguían vendiendo como los puros y los buenos. En tercer lugar el problema de ETA que no arreciaba. Por desgracia seguía matando, ahora con la baza de ser víctimas del GAL. Y en cuarto lugar, la situación internacional soplaba vientos ideológicos contrarios, la Unión Soviética había fracasado, el bloque del Este se había derrumbado, y el modelo socialista parecía abocado a su desaparición. El PSOE y la izquierda tenían que reinventarse, pues ya no bastaba con amedrentar a los votantes con el miedo a la derecha, el cansancio era real, y el socialismo no era la panacea que durante la transición movió al voto a muchas personas.

Ciertamente, Felipe González ganó las elecciones por última vez en aquel año, pero ya sin mayoría absoluta, por lo que tuvo que pactar con los nacionalistas para asegurarse la estabilidad. Intercambio de favores con los catalanes y vascos. Esta misma estrategia la mantuvieron los siguientes gobiernos, tanto del PSOE como del PP. Cuando no había mayoría absoluta, se pactaban y regalaban prebendas y privilegios a los nacionalistas; y ellos aseguraban la gobernabilidad del país. Convocó elecciones a los 3 años, y las perdió. El ganador, el PP volvió a pactar con los mismos que hacía 3 años habían dado la mano al PSOE.

El cambio no sorprendió, aunque sí extrañó por falta de costumbre. En los años anteriores al 93, la derecha había fracasado en su intento por desbancar al PSOE. Había sido el principal partido de la oposición, pero apenas había logrado ser alternativa al poder. Hasta que se modernizó convirtiendo el viejo partido de Fraga, Alianza Popular, por el nuevo Partido Popular, de línea conservadora, liberal y democrata-cristiana. Ganaron poco a poco en municipios y autonomías, hasta que llegó el turno al parlamento español. Al frente de estos cambios estuvo José María Aznar.

Aznar había gobernado en la autonomía de Castilla y León sin demasiadas alharacas. Era una generación diferente, y el político en sí era la antítesis de Felipe González. Parco en palabras, escueto en sonrisas y más bien antipático. Ningún carisma. Hablaba con poca gracia y fue blanco de burlas (y de odios profundos) por parte de la izquierda hasta el día de hoy.

En mi opinión hubo dos hechos decisivos que auparon a Aznar. El primero fue que sufrió un atentado terrorista del que salió ileso y por su propio pie. ¿Podía ser un presidente firme y sólido aquel señor bigotudo? Su imagen salió fortalecida y su seguridad indicaba que estábamos ante un hombre que no se rendía ante nada. Ni siquiera ante las bombas de ETA.

El segundo hecho fue que el miedo a la derecha, reiterado recurso  electoral del PSOE, se agotó con la siguiente generación. Habían pasado los años, y el PP fue llegando poco a poco a los gobiernos municipales y autonómicos sin que se hundiera el mundo. Aznar ya había gobernado en Castilla y León, sin que hubiera que temer. Dejar paso a la derecha para que gobernara democráticamente era algo que prácticamente no había sucedido desde la Segunda República que terminó como terminó. Es decir, la izquierda tenía que aceptar que gobernara la derecha, y debía hacerlo pacíficamente. Y precisamente cuando Aznar fue investido presidente del gobierno en el año 96, se pudo afirmar que nuestra democracia y nuestra Constitución estaban consolidadas. Habían pasado 18 años.

Los años del último gobierno del Felipe González (93-96) y los cuatro primeros de José María Aznar (96-00) se caracterizaron por la búsqueda de apoyos en los partidos nacionalistas catalanes y vascos. No hubo mayorías absolutas en ocho años. González siguió en el poder tres años más, creo que por inercia. sin embargo, la sensación de que su proyecto político estaba agotado fue la tónica. De hecho, cuando perdió las elecciones del año 1996, dimitió como Secretario General del PSOE, iniciándose una profunda crisis en el liderazgo del partido.

Aznar gobernó 8 años, y él mismo, quizás viendo el agotamiento de González, decidió que no estaría más de dos mandatos, cosa que cumplió. Llegaba con un estilo más sobrio, más serio y tranquilizando los ánimos. Durante sus primeros cuatro años (96-00) gobernó sin mayoría absoluta, acordó la estabilidad de la legislatura con los catalanes, y obtuvo un gran éxito económico, que fue el aval para que consiguiera la mayoría absoluta en el año 2000.

Sus políticas lograron en cuatro años lo que no había podido el PSOE en una década: crecer económicamente con fuerza, disminuir el déficit y crear mucho empleo. Bajó impuestos, dinamizó los mercados y colocó en cuatro años a España a las puertas de la moneda única europea. Se hablaba del milagro español, y nuestro país se convirtió en un modelo de economía dentro de Europa. Ya no estábamos en el furgón de cola.

Era un éxito incontestable de la derecha que ni siquiera la izquierda podía discutir. Además, las políticas liberales, no habían olvidado subir las pensiones, y la creación de empleo es, a la postre, la mejor política social de todas.

Sin embargo, Aznar no fue capaz de quitarse de encima el complejo y el miedo a ser de derechas. Es decir, gran parte de sus políticas fueron coincidentes y seguidoras de la ideología que la propaganda de izquierdas había consolidado en el país. No tocó el tema del aborto, no cambió las leyes de educación, no se movió en política familiar y apenas hizo cambios para devolver a los jueces y magistrados la independencia que les quitara González. Así fue en los primeros cuatro años. Aznar mantuvo los apaños que hizo el PSOE favoreciendo a los medios de comunicación afines a la izquierda. Sus políticas más de derechas fueron timoratas, y muchas de ellas no cambiaron ni cuando obtuvo la mayoría absoluta en el año 2000. Razonaban que las elecciones se ganaban en el centro, y quizás tuviera razón. Pero abandonaba lentamente a un electorado de derechas que siguió apostando por el PP por falta de otro mejor.

En la izquierda, la misma crisis que atenazaba al PSOE se cebaba con IU, la nueva apuesta el Partido Comunista. Las renovaciones no hicieron sino acentuar la crisis de un modelo agotado. La oposición y la izquierda, (así lo hicieron en la segunda legislatura Aznarista), optaron por desgastar al gobierno popular de Aznar en la calle.

La excepción al titubeo fue la lucha contra ETA. Aznar acorraló a los terroristas cuando vio imposible un acuerdo con ellos (la famosa tregua). Y los puso contra las cuerdas en una persecución que se realizó, no sólo contra el asesino de la pistola, sino también contra su entorno político y económico. Se prohibieron los partidos políticos que apoyaban el terrorismo, se les echaba de las instituciones y se impedía que recibieran dinero del Estado para sus fines torticeros. En el año 1997 ETA asesinaba a Miguel ángel Blanco, un concejal del PP de Ermua. La gente salió a la calle como nunca lo había hecho ni lo ha vuelto a hacer. Era el Basta ya, el final de ETA. La sociedad española (también la vasca) se mostró más indignada que nunca. Se logró en unos años destruir a ETA, ahogarla y derrotarla. Fue casi en lo único en lo que Aznar tuvo el apoyo del PSOE.

Con la segunda legislatura de Aznar, (2000-2004), la de la mayoría absoluta del PP, España había hecho los deberes y había entrado en el Euro. La economía se mantenía viento en popa, y España vio como el Euro se convertía en una moneda física y tangible en 2001. Pero ese mismo año  se producía el atentado en NY contra las Torres Gemelas, y la dinámica de la sociedad española iniciaba un nuevo momento histórico para la democracia española, la que tendría que ver con salir a la calle para mostrar la indignación al gobierno de turno. Eran pruebas de fuerza. Primero salió la izquierda contra Aznar por un accidente de un petrolero, y por la guerra contra Irak; luego salieron los católicos contra las políticas de Zapatero por la clase de religión y contra las políticas de ingeniería familiar del PSOE e su primera legislatura. Y al final de su mandato, en el 2011, salieron a la calle varios movimientos que ponían en duda la legitimidad de la democracia española, la representatividad del parlamento y la Constitución Española de 1978: el movimiento 15 de mayo del 2011. Con él llegó el final del bipartidismo, y del reinado de Juan Carlos I, que abdicó en favor de su hijo, Felipe VI, en el año 2014.

(continuará)

 

 

Reformar la Constitución del 78. ¿Para qué?

Celebraremos el próximo año, el 2018, el cuarenta aniversario de la Constitución Española de 1978, que es tanto como decir el periodo de más paz y estabilidad que ha habido en nuestro país en casi doscientos años (con permiso de Cánovas, claro). La Constitución lleva gobernando esta república-monárquica nuestra más años que Franco campeando la suya, lo cual demuestra que es mejor la democracia que la dictadura, y que lo que les sucede a los venezolanos es una putada, por no hablar de los chinos.

Seguramente, la razón por las que haya perdurado tanto tiempo una Constitución en nuestra patria, tan amante de los golpes de Estado, y tan derogadora de constituciones (en el siglo XIX hubo unas cuantas) se debe a la incorporación de España al club de las potencias europeas. También a las virtudes de los políticos de entonces, que fueron capaces de escribir una carta magna sin vencedores ni vencidos, un texto que fuera un punto de partida para un país que quería ser distinto: democrático y de derecho, plural y con oportunidades para todos. Libertad, igualdad, justicia y pluralismo político. Casi nada.

España aspiraba a ser un país como el resto de los países europeos. Sin complejos. Con una monarquía moderna como las Europeas, un respeto elemental a los derechos humanos (con Franco esto no lo hubo, y con Stalin menos) y un sistema comercial basado en el libre comercio y en el capitalismo intervenido por razones sociales. Todo estupendo. La Constitución es simplemente una norma jurídica bien hecha que permitió que fuera posible tal proyecto. Si no se ha hecho mejor no es porque la Constitución no lo permitiera, sino porque los gobiernos puntuales que hemos tenido han sido cortoplacistas, han buscado el triunfo electoral por encima de la mejora nacional, y han anhelado el poder para colocar a los amiguetes en lugar de trabajar por la mejora real del asunto concreto que les ha tocado. Ha habido gobernantes nefastos, es verdad, y si el chiringuito no ha petado es porque a pesar de ellos, la Constitución es mejor que nuestra clase política. Sin duda que sí.

Aunque supongo que las buenas intenciones no hayan faltado, también es verdad que un buen número de los gestores de la cosa pública han acabado en la cárcel. Barrionuevo, el Ministro de Interior del PSOE, fue aclamado a las puertas de la prisión por los “suyos”, olvidando que había montado un grupo terrorista para perseguir a ETA en plan clandestino. Por suerte, Aznar demostró que a ETA se le puede derrotar simplemente acosando a los terroristas y al entorno terrorista con las leyes de la mano. La Constitución permitió la derrota de ETA, que ha sido a la postre el gran intento de desestabilizar la democracia en estos cuarenta años.

No recuerdo otra quiebra más grande del Estado de Derecho en estos cuarenta años salvo la del golpe de Estado de Tejero en el 81, militares nostálgicos que no se enteraron que la democracia funcionaba bien, o el golpe de Estado del Gobierno Catalán perpetrado a cámara lenta durante varios años y que ha culminado en el 2017, bajo la complicidad del gobierno central que ha hecho como que no lo veía (y que sigue sin ver lo que hay al otro lado del río). También el atentado del 11 de marzo del 2004 en vísperas de unas elecciones tuvo algo de golpe a la democracia. Aquello colocó en la Moncloa a Zapatero. Por desgracia se desestabilizaron las reglas democráticas, y una parte de la izquierda salió a la calle sin respetar las reglas del juego de la jornada de reflexión, pero bueno. Tampoco muy grave. Votar es muy sano, porque si pierdes te callas por un tiempo, y si ganas te quedas a gusto. Y lo mejor, se van unos y vienen otros. Aunque algunos no terminen nunca de llegar y otro no se marchen del todo. De todas formas, esto funciona, porque la Constitución y la sociedad española aguanta lo que le echen.

Lo cierto es que el texto constitucional consiguió casi todo lo que se propuso, casi todo lo que estaba en su mano, claro. Por desgracia, los gobernantes no han estado a la altura, y han destruido una parte importante del patrimonio cultural y social, jurídico que heredaron, lo cual debería ser un delito en sí mismo. La independencia judicial sin ir más lejos. En el año 78 era magnífica; pero el PSOE se la cargó politizándola en el año 85 con el CGPJ, una de las mayores estafas políticas que luego ha mantenido el PP, y que simplemente quebraron la división de poderes. A pesar de todo, el sistema aguanta, pero el daño es tan profundo, que la sospecha contra la administración de Justicia nunca ha terminado, a pesar de que la inmensa mayoría de los jueces lo son de oposición, unos cuantos lo fueron a dedo del político de turno. En fin, que la Constitución ha aguantado, lo que supone que es hace bien lo suyo, incluso a pesar del Tribunal Constitucional y sus caóticas y contradictorias sentencias.

La creación de un país descentralizado totalmente en autonomías lo permitió la Constitución Española. No era el modelo propuesto por los políticos de entonces, que solo contemplaba que esto fuera algo para que las autonomías más pertinaces (Cataluña y las provincias Vascongadas) se deleitaran un poquito más mirándose el ombligo. Se reconocía que España era un país plural, vale. Aunque eso ya lo reconociera el gran sistema descentralizador del siglo XIX, las provincias y las diputaciones.

Luego llegó el café para todos, y filetes para todos, y langostinos para todas las autonomías. La Constitución lo permitía, pero que se hayan creado 17 reinos de taifas con sultanes, califas y chupópteros de toda clase y condición no es culpa de la Constitución. El descalabro educativo, el caos sanitario, la persecución de los castellanos parlantes en algunos territorios por razón de su procedencia o lengua es algo que la Constitución no ha podido detener, entre otras cosas porque los gobernantes del momento no han querido hacerlo, ni en Madrid ni la periferia.

Por eso, ahora que se habla de reformar, me pongo a temblar de espanto. ¿Quién va a reformar la Constitución? ¿Los que no creen en la separación de poderes? ¿Los que no respetan la independencia del Poder Judicial y colocan a los suyos? ¿Los que no creen en la unidad ni en la bandera ni respetan la institución más estable que tenemos que es la Monarquía? Reformar no significa hacerlo a mejor, también se puede hacer una cagada monumental; y por desgracia, no veo a la clase política actual preparada para hacer tal cambio. Tampoco veo a la sociedad española con suficiente humildad ni capacidad para afrontar un reto así. Mucho sectario y mucho soberbio es lo que domina el panorama de la izquierda, y muy acojonada y acomplejada veo a la derecha. Saldrá un pastiche fétido y partidista como se pongan.

Lo dicho, no veo políticos capaces de reconducir el Estado Autonómico para que mejore el país; ni gente preparada en mejorar la educación. Salvo el rey Felipe VI que tiene bastante cabeza, esto está lleno de ineptos. Así que me declaro en contra de cagarla. O sea, que mejor no meneallo.

 

Amar y odiar Cataluña. Amar y odiar España.

De verdad que no me apetecía volver a tocar el tema de Cataluña, que ya aburre por cansino y triste. Pero es obligación en estos días donde los sentimientos se agolpan y se endurecen, como si de una relación de amor se tratara, de amor y odio a un tiempo, escribir y dar una palabra de esperanza a la cuestión catalana. Además, es obligación del que escribe iluminar a los lectores que de fuera de España, mi país, siguen esta bitácora con cariño y entusiasmo, y esperan una palabra que les aclare qué sucede con el problema catalán, con el problema de España.

España es un país acomplejado. De los que más. Perdió en su momento la batalla de la historia contra las grandes potencias europeas (británicos, franceses principalmente), una batalla que era propagandística, y que tuvo como principales voceros a los intelectuales españoles del siglo XVIII, XIX y XX que difundieron durante mucho tiempo la leyenda negra española, copiando las mentiras de británicos, franceses y holandeses, sobre todo. Luego nosotros nos atascamos pensando en el problema de España, como si España tuviera un problema con su historia. No lo hemos superado, y andamos pensando que los españoles somos malos, más malos que el resto. No es verdad, claro, pero tenemos complejo y no hemos ido al psicólogo.

Eso es algo que nunca sucedió en otros países. Francia no tiene complejos, y Gran Bretaña menos. Se la sopla los que piensen los demás cuando hacen el animal. Pero España no. Somos un país sensible, de artistas y de mendigos, de pícaros y de héroes, de Quijotes y de Sanchos, un pais de místicos y putas, de héroes y villanos, de cantaores de flamenco que se mueren de hambre mientras reciben el reconocimiento de los de fuera. Somos un pueblo de tópicos románticos que odiamos, pero somos un pueblo de siesta y de orgullo. Comemos a las tres de la tarde los domingos para demostrar al mundo que no pasamos hambre y que hemos desayunado bien, coño. Somos lo que somos, distintos y especiales. Es verdad.

Pero en España también tenemos un lado negativo, y es que nos puede la envidia, odiamos todo lo nuestro. Somos así. Los españoles hablamos mal siempre de nuestro país. Por eso somos un país fuerte, decía Bismarck, porque a pesar de todos por escojonarla no lo logramos. Los españoles odiamos ser españoles, casi como principio. Y amamos ser españoles porque somos los mejores. Nos sentimos malos y pedimos permiso casi por dar al mundo a Goya, a Picasso o a Cervantes. Somos diferentes, así nos entendemos, y no somos capaces de VER el profundo aprecio y cariño que despierta nuestro país en el mundo, uno de los más admirados y queridos por su simpatía, cariño, romanticismo y belleza. No nos conocemos, y preferimos odiarnos. Por eso somos tan europeístas, porque nos acompleja menos ser Europeos que españoles.

Durante el franquismo, fruto de los mecanismos de la dictadura y de los intereses del llamado Movimiento Nacional (falange, acción católica, militares, etc), se reconstruyó una interpretación de nuestra historia nacional sesgada. Se exaltaron y mitificaron a algunos personajes nuestros como el Cid, o los Reyes Católicos, que poco menos tenían sus continuadores en Franco y en José Antonio Primo de Rivera. Y se denostaron a otros, que simplemente fueron olvidados. Cuando terminó la dictadura, España no hizo los deberes de reconciliarse con su historia. Bastaba con reconciliar las familias y las personas, que no es poco. Pero nunca reconciliamos nuestra visión del pasado. Nunca aceptamos que la bandera franquista no era de Franco, o que el Cid Campeador fuera un héroe legendario como Roland el franchute. Nos quedamos sin héroes y sin relatos que nos hicieran sentirnos orgullosos.

Perdimos, en pocas palabras, el sentido de nuestra identidad, y nos refugiamos en localismo y tribalismos autonómicos. Por eso nos escriben los hispanistas ingleses lo que sucedió durante la guerra civil española, porque no nos hemos reconciliado con nuestra historia. Por eso, no sabemos qué significa ser español. Quizás no sea más que una entelequia que nadie se plantea, pero nosotros sí; y nos flagelamos por ser lo que somos, aunque sepamos que somos estupendos.

Esto explica que en España, durante cuarenta años de democracia, lucir la bandera española fuera entendido como un gesto franquista. La izquierda ha denostado más la bandera nacional que la derecha, y su imposibilidad de reconocer lo bueno que tuvo el franquismo, por ejemplo, nos obliga a estar siempre disimulando lo que somos. Salvo excepción, claro, me refiero a Rafa Nadal, al rey Felipe VI, y algunos pocos más que salen fuera y se sienten orgullosos de ser lo que “sólo” (con acento, coño) cuarenta y pico de millones de personas pueden ser en el mundo: españoles, ni más ni menos.

Ante tal complejo, durante la democracia, en muchos territorios se ha potenciado una identidad fascistoide y nacionalista distinta, regional, provinciana, local, y me atrevo a decir que tribal y pueblerina hasta más no poder. Se han llevado la palma Cataluña y Pais Vasco, el primero con su autoreinterpretación histórica, y el segundo con el terrorismo lacerante, fratricida y nazi de ETA;  pero no hay región en España donde no haya cuatro descerebrados amantes de la absurda y ridícula especificidad. Por eso se hablan tantas lenguas que deberían haberse extinguido hacía mucho, y se potencia que en la universidad se considere tanto lo autóctono olvidando el sentido general de los estudios. No hay región en España donde se defienda a España por encima de la autonomía y el provincianismo. Al contrario, se prefiere potenciar al pardillo local que al héroe nacional. Por eso es difícil escribir en España, y es que España no tiene héroes nacionales como tiene todo el mundo, aquí los héroes son locales y de andar por casa. Nuestros héroes tiene que triunfar fuera para ser reconocidos. Si no triunfan fuera, son odiados y olvidados. Aquí no nos gusta el flamenco, salvo que un extranjero nos diga que es excelente; ni los toros, salvo que venga un francés y diga que es único. ni Julio Iglesias salvo que sea reconocido en el mundo entero y viva en Miami. Ni somos religiosos, salvo que llegue un Papa y nos diga que la mística española es lo más característico de nuestro país. Entonces gritamos Viva el Papa como posesos.

Ningún partido en el parlamento actual, por ejemplo, defiende la unidad clara de España (quizás Ciudadanos – que nació en cataluña precisamente – la cuarta fuerza parlamentaria). Todos los partidos hacen la vista gorda con los regionalismos estúpidos, y con las gilipolleces que nos cuestan dinero. Pero que forman parte de lo políticamente correcto aquí. Eso ha sido alimentado durante décadas, hasta que los catalanes, tras años de adoctrinamiento contra España (contra ellos mismos) han declarado la independencia olvidando a la mitad de los catalanes que se sienten españoles.

Ver las banderas españolas quemadas y arrancadas por el gobierno catalán y por parlamentarios lamentables ha dolido dentro, a casi todos los españoles normales. Somos orgullosos y nos toca los huevos. También duele en Cataluña a los catalanes perseguidos por sentirse españoles y amar su patria española, y ha dolido en todo el país, claro que sí. Nos duele porque somos pareja de baile, de amor y odio, de viaje y de existencia durante siglos. En muchas regiones se puede tener cierta envidia de los próspera que es Cataluña. Y yo, que viví en Cataluña durante siete años de mi infancia, siempre me ha molestado que se hable mal de los catalanes. Lo entiendo, porque cuanto más ha crecido el desaire que los dirigentes catalanes hacían al resto de los pueblos de España, tanto más se ha incrementado el dolor y el rencor. No son diferentes al resto, odian a España tanto o más que los españoles, pero nos toca los cojones que se lo crean y vayan de guays. En el fondo los amamos tanto como los odiamos, por eso no nos son indiferentes.

Y es que duele lo que se ama, y se odia aquello que no suscita indiferencia. Aquí da igual el tema de la pasta. Cataluña es nuestra casa, y es más odiada y querida por aquellos que más la quieren, andaluces y extremeños. Solo en un exceso de despecho se oye decir eso de: que se larguen y que les den por… No, no. Que se jodan, y que se aguanten como todos lo españoles nos jodemos por ser españoles. De aquí no se va ni Dios… (bueno, Dios sí, pero solo Él).

Salieron los catalanes que aman a España y muchos llorábamos de alegría y esperanza. Estaban escondidos, eran Albert Rivera y otros muchos. Eran hijos de emigrantes, como somos todos en este mundo, hijos nuestros que durante muchas décadas han sido insultados, menospreciados y arrinconados por no ser racistas como los nacionalistas de aquel terruño. Pero son hermanos, hijos, primos, parientes de muchos que desde el resto de España hemos visto quemar los símbolos de nuestros padres. Son de los nuestros, perseguidos y puteados. Catalanes y españoles, hijos todos de una historia y una tradición cultural común. Estamos en el mismo barco, y aquí no puede haber privilegiados.

Y hemos sacado las banderas españolas por primera vez en mucho tiempo.

Coincido con Juan Manuel de Prada, un escritor español, cuando afirma que la unidad de España no se puede basar en la Constitución, sino en las tradiciones que compartimos y que confluyen desde el pasado hasta el presente, en especial la tradición religiosa. Pero para eso necesitamos algo que no tenemos: quitarnos de encima los complejos y buscar en lo que nos une en la historia y como fraternidad. Somos españoles, y podemos contemplar juntos las raíces de nuestra identidad común, en lugar de ahondar en lo que nos separa, mejor subrayar y disfrutar de lo que nos une. Que no es poco, digan lo que digan los provincianos esos que dicen que son no sé qué.

La infanta y el deportista.

La verdad es que lo tienen chungo, y con razón. Si ya se extinguió la presunción de inocencia con la ley feminaci del Zapatero y el Pepé por unanimidad, ahora no vamos a ser condescendientes con estos que tienen carnet de ricos y exclusivos. Nuestro país está lleno de envidia, y ver como caen estos dos guaperas nos mola cantidad. De hecho, la peña ya ha condenado a la infanta y al Urdanga, sin juicio ni falta que hace. Ale. Ella una choriza, y el un golfo. Para ella veinte años, y para él unos treinta y cinco y subiendo. Y que devuelvan lo mangado, y sus hijos a galeras. Y luego veremos a la exreina Sofía por Alcalá Meco visitando a su hija, y llevándole bocadillos de panceta ibérica (la mortadela engorda), o de lechuga de roble, que es vegetariana; y al Juan Carlos saludando a toda la trena sujeto a su bastón, sonrisa beatífica, y pidiendo perdón a todos. No volverá a suceder, no volverá a suceder. Igual hasta hace buen rollo con la Pantoja, por aquello de fomentar el folclore nacional, y salen juntas de la cárcel dando un recital deportivo-musical. Me encantan los culebrones.

Si les cae menos de prisión, la gente esa que piensa con el duodeno se pondrá superplasta con que no hay justicia para los ricos, que esto es una mierda, y que venga la república bananera cuanto antes, o sea que nos den el poder que para eso somos el people. Por eso, por el bien de la nación, conviene que muera uno para salvar a todos. ¿Les suena? La presunción de inocencia es para las tías y los ignorantes, para el resto palo y tentetieso. Lo que no se entiende es que fiscales, gobiernos y abogados se empeñen en defender la inocencia de Cristina. Que no. Ni aunque demuestre que le pegaba por las noches el Iñaki, esa tía es culpable hasta decir basta, por ama de casa, por enamorarse del Pernales, y por ser la hija de un exrey. ¡Qué esto es España, coño!

Todo empezó, porque todo final tiene un principio, cuando la infanta mona (la Cris) hizo migas con un deportista guaperas, hijo de peneuveros. Eso ya era un atentado contra el sentido común. Porque es entregar a la hija a un tío que no tiene ni oficio ni beneficio. ¿En qué trabaja el pretendiente? Es del balonmano. Pues se va a casar con su abuela, porque mi hija menos de un fontanero nada. Y es que todo el mundo sabe que los deportistas tienen dos vidas: mientras hacen deporte profesional, y cuando dejan de hacer deporte. Se conocieron en la Olimpiadas, pues eso, el desastre. Ya tenía menos futuro que un gato con seis entierros. Lució musculines, despapajo, y su medallita olímpica; y la infanta mona (y lo digo con rencor porque el Duque de Palma podía haber sido YO si ese año me hubiera pasado con mis seductores chistes por Barcelona) se prendó de amor por ese tío. Nadie se opuso, en plan que se aman y que se quieren, y que eso es precioso. Tan altos y tan guapos. Y una mierda.

El amor es estupendo, pero un padre tiene que orientar el amor de una hija, y más cuando se enamora de un lanzapelotas. Le enseñó la medalla, y se fliparon los Borbones. ¡Qué buena pareja hacen! Dijeron en las revistas (cómplices todas de este desastre). Qué no. Que para pareja la guardia civil, parejas de conveniencia y para hacer el bien, lo otro son gaitas gallegas. El caso es que encima se casaron en Barcelona, donde la pela es la pela, y empezaron a sufrir poco en la cancha. Palacetes, muchos hijos, coches grandes y nadie le pregunta al cuñado que a qué se dedica. Lo que se vende en la plaza, lo que se vende en la plaza, decía el tío en las cenas familiares mientras escupía al hombro del pobrecillo infante Felipe. Y cuando se descuidan se encuentran que vende la moto sin tenerla.

¡Menudo cuñado le ha tocado al Felipe VI en nochebuena durante estos años! Ahí es donde se ha hecho Rey el tío. Ahí se ha preparado a fondo para luego tratar al bizarro pueblo español, que lo mismo te insulta que te vitorea (ver siglo XIX). Pues yo me hago veinte flexiones con una mano, pues yo cinco. Decadencia, claro. Eso es decadencia con estética de chándal, y no la familia de Carlos IV de Goya, donde las tías eran más feas que picio. Cris es mona, y lo digo por segunda y tercera vez, aunque sin lunar haya perdido mucho. Seguro que la asesoró el deportista ese.

La infanta tonta (con perdón, pero es que eso se decía de la Elena) ha demostrado tener mejor ojo clínico, pero en este caso no acabó con el Astolfi, sino con un tío al que castigó Dios (o fue el diablo?) por sus excesos. La mujer se separó y hasta luego Lucas. E hizo bien, porque más vale lejos de gente que te da problemas, que no te quiere, que no te respeta, y que no se ríe ni patrás. Pero la Cris no, sigue con un tío que ha puesto en riesgo las instituciones más sagradas, como la presunción de inocencia, su matrimonio y el honor de ayuntamientos y generalitates. Está claro que la infanta Elena se revaloriza por su esfuerzo por educar a sus hijos, en cambio la Cristinita (mira que eras monilla chica) terminará mudándose al hostal del trullo más cercano a su deportista Me pregunto que hubiera sucedido si la sucesión hubiera correspondido a la primogénita y no al actual Rey, tendríamos al Froylán de Diver popularizando la jefatura de estado con chistes contados a dúo con Kiko Rivera, que el tío tiene gracia, hombre.

El caso es que en esta historia, dramática y digna de ser novelada, triunfa el amor. El amor con mayúsculas. El amor al marido y el amor al dinero frente al desamor por su padre, por la corona y por España, y el desencuentro con un hermano, que encima es Rey. La madre perpleja y la hermana atormentada por su hijo pelma. Es una familia interesantísima para narrar una buena historia, para hacer una colección de cuentos cortos, para disfrutar contemplando como se puede perder todo lo que se tenía en una tarde gloriosa de balonmano. ¿Qué pasará ahora con los hijos, esa hornada de rubitos tipo grupo Nins? ¿Se dedicarán a cantar por las boites de la Catalunya secesionista? Ganar el cielo por amor a un deportista de origen vasco. ¡Si es que es una tragedia casi perfecta!

El agua de la fuente

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