Archivo del sitio

Acogida y efecto llamada. Visión cristiana de la emigración.

Los medios de comunicación nos engañan desde hace años. La inmensa mayoría de los emigrantes no llegan a Europa en pateras, ni barcazas, ni en cayucos, ni saltando alambradas. Esos son los casos más extremos, los que están controlados y financiandos por mafias enriquecidas por el tráfico de personas. Son los casos más sangrantes y más deshumanizados, pero no hay que perder de vista que la inmensa mayoría de los emigrantes llega en autobús o en tren o en su viejo coche particular. Lo hacen con su pasaporte y con la intención de encontrar cuanto antes un empleo que les permita enviar algo de dinero a los que dejaron atrás. Vaya eso por delante de este complejo tema.

Vivimos días aciagos; días donde la UE y Occidente en su conjunto ha olvidado sus raíces catolicas y cristianas, días donde vuelve a resurgir el problema de la emigración. Y hay que entenderlo como lo que es: un problema y una oportunidad. El problema es para el país de acogida, que tiene que hacer hueco a otro más, que tiene que compartir con alguien que desconoce (trabajo, mercado y vivienda se compartirán día a día) a veces por completo; y una oportunidad para la persona que llega, pues seguro que tiene la intención de mejorar las condiciones de vida que dejó atrás. Lógicamente nadie emigra para empeorar, y nadie acoge para que le saqueen y le roben. Hasta ahí todo es lógico. Nos ofrecen cosas buenas, sus personas, sus sueños y sus ganas de mejorar. Todo eso es estupendo.

Pero no hay que olvidar que la emigración es un problema que tiene que ver con el número. Un pueblo de 1000 habitantes puede acoger a tres familias, pero no a trescientas. La acogida y la absorción de personas, a las que hay que garantizar vivienda, trabajo, salud y educación implica, y no invento nada, que hay que tener recursos. Si los emigrantes que vienen son muchos, los servicios sociales se colapsan y las ganas de acoger disminuirán entre los autóctonos, incluso entre los emigrantes de primera hornada.

Para los cristianos, emigrar es una actitud vital, incluso existencial. Los personajes escogidos por Dios en la Biblia fueron en su mayoría emigrantes. Abraham fue emigrante, y lo mismo Moisés y el pueblo errante por el desierto. Emigrantes fueron los judíos en Babilonia cuando el destierro, y emigrante es la condición del pueblo de Israel durante siglos. Emigrante fue también Jesucristo con sus padres en Egipto, y emigrante fue Pablo que se condujo como predicador de un lugar a otro. La condición para seguir a Jesús implica un corazón de emigrante, un corazón dispuesto a dejarlo todo, a salir de su comodidad y a caminar a otros lugares desconocidos. Emigrar es vaciarse por dentro, salir de uno mismo para dejarse conducir por el Señor.

Pero también es actitud cristiana la de acoger al emigrante, al que viene de lejos, al que muestra en su rostro el rostro de Cristo lacerado y pobre. Para los hombres antiguos, acoger a los peregrinos y viajeros era un gesto de reconocimiento de Dios en los hombres. El cristianismo manda (mandamiento nuevo) amar al prójimo, y el prójimo es el que llega a tu casa y se quiere instalar en tu barrio y en tu calle buscando una oportunidad. Por eso es buena la actitud del cristiano que acoge, que deja entrar en su casa, que mira a los ojos a los necesitados. Será por eso que la mayoría de las ONG que ayudan a los emigrantes son de inspiración cristiana y católica, y será por eso que algunas están hoy entre perseguidas y vilipendiadas por los gobiernos europeos por ayudar a los emigrantes. Pero está en el ADN del cristiano hacer el bien sin mirar a quién. Así nos lo mandó el Señor. Y el bien tiene rostro de emigrante.

Pero el asunto no es tan fácil, precisamente por el número y por las condiciones de la emigración. Cuando uno contempla la lista de ayudas que se dan en España a la vivienda, alquileres sociales, ayudas a familias desestructuradas, subsidios, etc… la mayoría están conformadas por apellidos extranjeros. En España hay muchos musulmanes, muchos rumanos, y muchos búlgaros que viven del Estado español, y cuando se quejan los pobres autóctonos, tienen una parte de razón, porque parece que todo es para ellos. En esa lista no hay emigrantes ingleses, ni alemanes, ni está Messi ni Cristiano Ronaldo. Son listas de pobres de un mundo que compartimos sin quererlo, pero que es de todos, y no es demagogia.

Esto que afirmo es políticamente incorrecto, pero es una realidad incontestable que los políticos tratan de eludir, de disimular, o simplemente borran de su memoria. Lo formulo a modo de interrogantes: ¿será entonces los marroquíes se dedican a tener hijos, y los españoles autóctonos nos dedicamos a darles pasta para mantenerlos? El problema no está resuelto, y la gente que tiene que convivir con la población emigrante de primera, segunda o tercera generación no siempre está feliz de recibir en su barrio a más emigrantes. ¿Hay un límite a la emigración? Tiene que haberlo, porque en buena lógica los recursos son escasos. Incluso los recursos sociales y laborales lo son. ¿Cuál es el límite? Sabemos que cuando un colegio sobrepasa un porcentaje de alumnos emigrantes, los alumnos autóctonos prefieren cambiarse de colegio. ¿Es eso racismo? Quizás sea que la gente quiere lo mejor para sus hijos, incluidos los autóctonos, y el nivel académico de un aula donde casi nadie habla español correctamente sea más bien bajito. ¿Qué hacemos entonces?

Creo yo que la emigración seguirá existiendo, independientemente de nuestra postura y nuestra actitud. Ya podemos decir, que las palabras no cambiarán el mundo más que de manera limitada. Desde luego, las posturas insolidarias no dan tampoco resultados. Los países que optan por ser agresivos con ellos, y piensan que obtendrán con una serie de normas aporofóbicas (odio a los pobres) o xenofóbicas (odio a los extranjeros), un efecto disuasorio para los emigrantes ponen en riesgo la misma existencia de los Derechos Humanos. Además, tampoco creo que funcionen del todo las políticas disuasorias. Los muros no obstaculizan el paso de gente por las fronteras, y no impiden que el hambre y la miseria se instalen al otro lado del muro. Cuando no hay nada que perder al otro lado, apostarán por venir cueste lo que cueste. La emigración en el pasado nos enseñó que no es inteligente poner puertas al campo, aunque ayude algo, que no digo que no, aunque yo creo que ayuda a que vengan con más ganas y con más vehemencia.

Por eso, en mi modesta opinión, la mejor solución es atajar la raíz del problema, y el problema es la pobreza. Las malas condiciones de vida de determinados países son un acicate y una motivación perenne para los que se atreven a emigrar. Si tuvieran mejores condiciones de vida en sus pueblos y hogares, no se verían obligados a salir en busca de un destino incierto, aunque probablemente mejor. La política internacional no debe conformarse con prestar, subvencionar o negociar con los países pobres saqueando sus materias primas, debería también buscar y potenciar un desarrollo real y sostenible en sus economías. La estabilidad política se debería exigir y reestableer. Esto no es nuevo, es algo que planteó Juan XXIII hace cincuenta años, un gobierno mundial, para un única humanidad.

El desarrollo económico y social debe estar tan globalizado y ser tan sostenible a un lado del muro como al otro. Solo así se frenará la emigración. Cuando estalló la crisis en los años 2008 hasta el 2017, el flujo de emigrantes disminuyó, se frenó y fue negativo. Los españoles volvimos a tener que salir para conseguir mejores condiciones de trabajo. Si hubiera trabajo de calidad aquí, no se habrían ido nuestros cerebros; y por supuesto, si hubiera trabajo de calidad allí, no vendrían pateras.

Celebrar el Misterio Pascual de la Navidad.

Navidad significa “natividad”, nacimiento, y es que los cristianos remarcamos en el tiempo litúrgico de la Navidad – tiempo que abarca desde la Víspera de Navidad, Nochebuena, hasta el domingo después de la fiesta de la Epifanía, de los Reyes – el nacimiento del Mesías, de Cristo el Señor, de Jesús de Nazaret. Pero, ¿qué significa que Cristo, el Mesías, haya venido?

Para los cristianos Jesús es el Mesías, y en la tradición bíblica más elemental el Mesías tenía la misma condición que Yahvé. Es decir, para el judaísmo de los siglos proféticos y posteriores, el Mesías era el Hijo de Dios, era el enviado de Dios, y al tener la misma autoridad que Dios, era Dios mismo. Estos rasgos teológicos primeros son elementales, porque la posterior traducción que hicieron los cristianos de los primeros siglos al lenguaje y cultura helénica y romana tendieron a cosificar el lenguaje de la fe, volviéndolo más conceptual, en el fondo más frágil y ambiguo.

No hubo traición del cristianismo a sus dogmas primigéneos, como algunos contemporáneos nos quieren hacer creer. El misterio de la Trinidad no es una elaboración esotérica ni gnóstica, no tiene que ver con los egipcios ni con los mitos griegos que por entonces pululaban por Oriente. La Trinidad Santa está presente en los evangelios desde el siglo I, y forma parte de la experiencia de fe que compartieron con el Señor Jesús los primeros discípulos. Que Dios sea Padre, Hijo y Espíritu Santo es una fórmula repetida en muchos relatos evangélicos: Pentecostés, Bautismo de Jesús, Transfiguración, etc. El mismo San Pablo habla de ello usando algunas fórmulas de salutación muy antiguas donde se menciona la Trinidad: “La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión en los dones del Espíritu Santo, estén con todos vosotros“, dice el final de la II Corintios, por ejemplo.

No es un invento de los cristianos, es una experiencia dada y revelada por Jesús a sus primeros seguidores. No hay que olvidar, que los primeros discípulos eran judíos que habían visto a Jesús y que su gran problema no fue aceptar que Jesús era el Mesías, sino comprender el tipo de mesianismo de Jesús. No era un Mesías político ni militar, sino un Mesías que perdonaba, que amaba y que se dejó matar para que fuéramos conscientes de su AMOR.

En Navidad, los cristianos celebramos un Misterio fundamental de nuestra fe: la Encarnación del Hijo en la persona de Jesús, que es tanto como decir el abajamiento de Dios, que se hace hombre. Lo traducimos popularmente como el nacimiento de Jesús, precisamente porque es la evidencia más visible que tenemos de la Navidad. Dios se hace hombre y nace de una joven Virgen. Dios, que es Trinidad, se encarna en la persona del Hijo, toma, no solo aspecto humano, sino humanidad plena. Desde ese momento, Dios será Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero el Hijo es, además de Dios, hombre. Ahora, en este momento, Dios es hombre, desde la eterna resurrección. Y eso es lo que celebramos en Navidad, que Jesús es Dios, que se ha encarnado, y que nació de María Virgen.

Los relatos de San Lucas sobre la infancia de Jesús han tenido más influencia cultural en nosotros que los de San Mateo. Lucas tiene como gran protagonista a una mujer llamada María que dijo “sí” a Dios. Desde ahí la historia de la salvación inicia una nueva etapa. Por eso María no es una santa como los demás santos de la Iglesia. La participación de María en la economía de salvación prevista por Dios es fundamental. Pero el relato de revelación de San José en sueños del misterio de María y de la encarnación es la primera señal, el primer indicio de la confianza en la nueva fe. Creer contra nuestras costumbres y leyes ordinarias es la primera gran prueba de fe de San José.

Luego vino lo demás. La fecha de la Navidad en las antiguas fiestas saturnales, que Cristo naciera cuatro años antes de lo que la historia dice, o la construcción del relato de los Magos y la persecución de los inocentes. Forman parte de aderezos cuya intención principal son engrandecer y hacer más contradictoria y soberbia la nueva fe. Hay una épica detrás de todo esto, Jesús es un David que está huyendo para evitar el daño de los que se han alejado de Dios. Ya hay una lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las sombras.

San Pablo dibujó muy bien la reacción y lo que significaba que Jesús fuera el Mesías para la cultura de su tiempo. Para los judíos era un escándalo. ¿Cómo iba el pueblo elegido a matar a su Mesías? Y encima de una manera tan humillante, como si fuera un ladrón. Es como si Moisés hubiera sido matado en el Sinaí por los blasfemos, y Dios no le hubiera protegido. ¿Qué Dios era ese? Un escándalo.

Y para los gentiles, los griegos y helenistas, el nacimiento y muerte de Jesús una necedad, una estupidez y una tontería. ¿Cómo va un Dios que es trascendencia a hacerse inmanencia? ¿Para qué hacerse hombre si es algo inferior? ¿Cómo va un Dios inmortal a morir en una cruz, como si fuera alguien mortal? Ridiculo.

Las afrentas que provoca la fe cristiana siguen siendo las mismas hoy. Jesús es un escándalo y sigue siendo una necedad. Excepto para los que lo hemos visto y oído, para los cristianos Jesús es simplemente el Mesías, el Hijo de Dios. Dios mismo.

Por eso la Navidad nos recuerda a una humanidad hambrienta, necesitada, enferma y doliente. Precisamente porque la redención no se ha plenificado hasta el fin de los tiempos, y ver al hombre pisoteado nos invita a descubrir con más fuerza que a esa humanidad solo le puede salvar un pequeño niño que nació en Belén hace más de 2000 años. ¿Una utopía? Y mucho más, es una nueva esperanza.

Feliz Navidad.

Homenaje al Chuchi, nuestro Jesús Rodríguez.

presentaciónlibro

 El pasado miércoles 29 abril por la tarde, estuvimos presentando el libro de Mª Teresa Gil, JESÚS RODRÍGUEZ, PASÓ POR EL MUNDO HACIENDO EL BIEN, en la Feria del Libro de Valladolid. Un libro homenaje, recordatorio de una persona, un sacerdote, que los que tuvimos la suerte de conocer no olvidamos, a pesar que llevar 21 años muerto. Para muchos de nosotros vive, no solo en el recuerdo, sino junto a “Cristo, el amigo que nunca falla”. Así nos lo decía el mejor educador de jóvenes que ha habido en la iglesia de Valladolid, en palabras de Antonio González Fraile, uno de los pocos sacerdotes que asistió al evento.

Muchas palabras se dijeron, emocionantes, profundas, sentidas y llenas de fe y reconocimiento hacia una persona a la que muchos le debemos ser lo que somos. Fue profesor en el IES Zorrilla desde los años 50 hasta que se jubiló, luego estuvo unos meses en Matapozuelos, y luego en la parroquia de San Lorenzo. También fue consiliario de JOC en los años complicados del franquismo, y durante la transición fundó la Asociación Profesional de Profesores de Religión de Centros Estatales (APPRECE), gracias a la cual los profesores de religión pudieron recibir un sueldo, y obtener un reconocimiento como profesores, salvando la asignatura y la clase de religión del olvido de las autoridades civiles más ideologizadas.

Don Jesús era un hombre de oración y de acción, de encuentro y de llamada telefónica. Tenía una sensibilidad especial para facilitar el proceso de la fe. No hay que forzar, cada cosa tiene su momento, y Dios es el que actúa. Entendió muy bien la dinámica de Dios cuando actúa en el corazón de un joven, supo orientar y facilitar tal experiencia respetando los momentos de cada uno. Siempre delicado, sin forzar, siempre sensible. Lo importante es el encuentro con Cristo, dejarse hacer por Dios, que él dirija tu vida.

Respetuoso, atento, delicado con los jóvenes y las personas, generoso con su tiempo y su dinero, entregado, cercano, inteligente, intuitivo, simpático (nos hacía reír bastante), trabajador, humilde, exigente consigo mismo, y comprensivo para el resto de la humanidad, entre los que incluimos eclesiásticos, obispos, sacerdotes, jóvenes voceras, profesores y padres. Don Jesús nunca habló mal de nadie, nunca criticó, y fue envidiado (muy envidiado seguramente) por su éxito con los jóvenes.

Don Jesús supo trabajar con los jóvenes, porque hizo algo muy sencillo: confiar en ellos. Aceptaba lo que decíamos, aunque fuera una estupidez o una herejía, o una salida de “pata de banco”. ¿Acaso se puede educar a gente ya educada? Don Jesús daba la cara por nosotros, ante nuestros errores, ante nuestros padres cuando metíamos la gamba, ante las autoridades eclesiásticas cuando desconfiaban de la capacidad de sus muchachos, los chuchiboys, nos llamaban. El Under, el Underground decíamos nosotros. El trataba de orientar, como verdadero consiliario y sacerdote. Mostró lo que debe ser un cura con el laicado. Hay que confiar en el laico, escucharlo, escucharlo y escucharlo, atenderlo, que sea protagonista de su propio proceso. Don Jesús no era, Don, sino el Chuchi, Jesús Rodríguez. Como quisiéramos. Sacerdote en la tierra, sacerdote en el cielo.

“Qué Cristo sea siempre el centro de vuestras vidas”

PD:

Jesús Rodríguez sigue vivo, es lo que pude ver el otro día en la presentación. Lleno absoluto, faltaban sitios. Gente de todas las edades, de los mayores que con él estuvieron, de los jóvenes que hoy son padres, de los hijos, familiares…. Muchos del público dieron testimonio de fe gracias al Chuchi, y sin la limitación del tiempo el acto habría durado un par de horas más. Seguro.

¿Te acuerdas lo que cantábamos? Ayúdanos a vencer la incomprensión la maldad, a levantar edificios con piedras de paz,…

Gracias Don Jesús. ¡Y no te olvides de nosotros ahora que gozas de la presencia del Padre!

CAM00893 presentaciónlibro5presentaciónlibro3

 CAM00892

Misterio de Amor

crucifix

En alguna ocasión he escuchado que el cristianismo es un invento de los curas, o algo parecido, para sacar dinero. Pero lo cierto es que el cristianismo no ha servido para acumular dinero más que en algunos momentos de la historia, precisamente en aquellos en los que la fe languidecía más, y la vinculación con el poder político convertía a ésta en un acolitado cultural del déspota de turno. El dinero, por supuesto, no iba a los más místicos y santos de la iglesia, que rehuyen de la acumulación como del diablo; ni de los fieles de a pie, que siempre son ninguneados por los poderosos y adinerados. Luego los tiempos cambian, y el dinero de la iglesia se sustrajo (desamortizaciones), o sea se robó, para mayor gloria de Dios, pues permitió a los clérigos dedicarse a cosas más espirituales. Lo cual es de agradecer.

También hay que decir que sustituido el cristianismo por la fría y calculadora razón Ilustrada, las cosas tampoco han desfilado mejor para la humanidad. Tras las codicia se esconde la avaricia, el afán de acumular, y los vagones de sus consecuencias: empobrecimiento para la humanidad, y esquilma para la naturaleza, que ahora se llama medio ambiente. Cosas tan ajenas a la religión y sus valores, como ajeno es el dinero al arte, al gozo de vivir o al amor de una madre y un padre por sus hijos. Coexisten y punto.

Es curiosa la veneración de algunos por la pasta, el trabajo y el éxito, que se asume y consume como pan bendito cuando el beneficiado es uno, y amarga como castigo divino (llámese envidia) cuando el disfrutador es otro. También el irracionalismo se une a esta fiesta de incautos, que abrazan cualquier mal confundiéndolo con el bien; son los nuevos dioses, y sus fieles no siempre son conscientes de sus exigencias, agnosticismo se llama, y acaban venerando al dios dinero y consumo porque no conocen otro mejor.

El hombre cuando deja de creer en Dios, termina creyendo en cualquier cosa, decía Chesterton, y tiene su parte de razón, pero no es mi interés hablar de los ídolos de nuestro tiempo, sino de la experiencia primera de la fe cristiana, lo que los teólogos han llamado experiencia pascual. Si celebramos la Semana Santa, el Triduo Pascual, la muerte y la resurrección de Jesús el Mesías, o sea Jesucristo, es porque un puñado de hombres tuvieron una experiencia de Dios sincera y profunda, que no solo cambió su vida, sino que a la postre ha cambiado la faz cultural de Occidente.

Jesús se rodeó de seguidores, a los que escogió. Su relevancia política y espiritual era, en aquel momento, más que discutible. De hecho, muchos de los que lo conocieron no creyeron en él, no apostaron con que era el Mesías, o si lo era, su ejército y fuerza era una absoluta ridiculez. Sus pretensiones mesiánicas era absurdas para cualquiera que hubiera tomado a Jesús en serio. La gran sospecha que caía sobre Jesús era sus palabras, llenas de fortaleza y sentido. Un gran orador rodeado de paletos de pueblo. Jesús se enfrenta con los poderosos de su tiempo, ofreciendo un discurso distinto, coherente con los gestos proféticos del que los elaboraba. Y dentro de sus grandes gestos, su poder taumatúrgico era, sin duda, lo más llamativo. Jesús cura. Esta experiencia es la más llamativa en la persona de Jesús, que se convierte en el personaje, en el curandero más importante de la antigüedad. No conocemos a ningún otro taumaturgo antiguo que tuviera ni hiciera tantos milagros como Jesús. Para los que lo vieron y experimentaron, era un punto de partida llamativo. Los ciegos ven, los cojos andan, y se anuncia el evangelio a los pobres…

Pero el gran gesto de Jesús fue su muerte, un gesto contradictorio con las pretensiones del poder, y un gesto absurdo con las intenciones culturales de la época, y me atrevo a decir que de cualquier época. Jesús muere como una basura humana, es la muerte de los esclavos, de los indignos, de los deshonrados, de los peores. Exactamente todo lo contrario a las pretensiones que se suponían en un Mesías glorioso. Jesús es un proscrito, un maldito (palabras bíblicas) para el judaísmo. Es lo más contrario a un salvador, porque precisamente no puede salvarse alegando su condición humana, no tiene padrinos en el sanedrín, ni abuela que le alabe, ni ejército que lo libere. Es un solitario, una víctima ridícula de un mundo que camina deprisa y que no tiene tiempo de detenerse en valorar si es justa su muerte. Prefiere las razones, los argumentos y las luchas de poder. Jesús representa, en este sentido, a la humanidad sola, al hombre ante su dolor y su angustia. Es el hombre que llora, que sufre, que se duele, que cae, que es una piltrafa para los de alrededor, aunque todos nos podamos reconocer la misma piltrafa humana en algún momento de la vida. No lloréis por mi, dice el Señor…

Por eso la experiencia Pascual, la Resurrección, son la clave del cristianismo. Si Dios no ha resucitado, vana es la fe, dice San Pablo con acierto. De hecho, la experiencia Pascual rodea a Cristo de sentido, le comunica el triunfo que necesitaba para ser reconocido por la humanidad. Creíamos en él cuando hacía un milagro, pero el gran milagro es ahora la vuelta a la vida, su regreso de la muerte, que se interpreta como el final del mal y del pecado en el hombre. Dios se reconcilia por la sangre de su cruz, y permite intuir que aquel que creíamos el Mesías es verdaderamente el Salvador que esperábamos. Jesús es Dios mismo, porque es el Mesías, el Hijo Unigénito del Padre. En la categoría semita el padre y el hijo son lo mismo, la misma sangre, la misma esencia y naturaleza. Jesús es Dios.

La siguiente gran reflexión, que hace el cristianismo en los primeros tiempos, tuvo que ver, precisamente en comprender el gran misterio de la fe. Que Dios tenía que morir y resucitar, les explica en Emaús. Una afirmación nada sencilla. De hecho, los primeros cristianos rehuían del signo de la cruz (hasta Constantino no se convertirá en el signo cristiano por excelencia), y los primeros textos hechos para conocer a Jesús tratan de explicar lo que sucedió en los días de la Pasión de Jesús, precisamente porque son los más complicados de entender. Había que explicar lo que había sucedido, con detalle incluso.

Ese era el camino que Dios quería emprender para el hombre.Que el grano de trigo muera, para que pueda dar fruto, y la única gran conclusión a la que se llega es que ese misterio de la dinámica de Dios, la economía de salvación dicen los teólogos, es un misterio de Amor. Tanto amó Dios al mundo que envió a su único Hijo, para salvar al mundo. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos… Para ofrecernos un camino único, místico y distinto Jesús tuvo que entregar su vida de manera cruenta. Feliz culpa que mereció tal redención, canta la liturgia de estos días santos. Un itinerario trascendente y profundo, que pudiera dar sentido a la vida de los que todavía morimos, enfermamos, tropezamos y nos equivocamos. El misterio de Amor de Cristo es lo que celebramos en Semana Santa. Un invento hecho precisamente para que el dinero no tenga la última palabra en nuestra caduca y frágil vida.

Resolver conflictos con el perdón.

cat8

Casi todos los pueblos y culturas tienen algunas instituciones para resolver los inevitables conflictos, y generalmente la forma de resolver éstos debe hacerse sin provocar pérdidas que debiliten la cultura. Pongo un ejemplo sencillo: si destruimos a una familia polémica de la aldea, quizás tengamos problemas parar defendernos del enemigo exterior. De ahí que encontremos en algunos pueblos y culturas duelos de canciones, juicios de sabios, sanciones y multas que impiden, quizás como lo más importante, un baño de sangre. Es, por consiguiente, una cuestión de supervivencia y de inteligencia, no simplemente un asunto piadoso, aunque también.

Esta sabiduría, que ya aplicaron los romanos, buscaba evitar las venganzas, muy apreciadas por la plebe cuando se siente fuerte y ha accedido a alguna cota de poder. El que está en la cúspide del poder puede permitirse el lujo de ser condescendiente y magnánimo cuando no se pone en riesgo su poltrona, cosa que en el mundo antiguo era bastante infrecuente, pues la inestabilidad asolaba a los Emperadores tanto como a los Cónsules. Y es que el que está arriba no puede permitirse el lujo de aparecer como débil ante los demás. De ahí, que los poderes con más riesgo de ser devorados por otros sean los más crueles con sus semejantes. La Revolución Francesa fue un ejemplo de esto, el miedo a que fracase la revolución y que regresemos a otra cosa hizo que los revolucionarios se convirtieran en unos lobos sanguinarios, es el terror rojo, donde cualquiera es sospechoso. El perdón es sinónimo de debilidad, y por tanto una estrategia poco aconsejable, ayer tanto como hoy.

Por eso el contraste del perdón cristiano con la antropología humana o con las estrategias políticas ordinarias sean tan fuertes. Y es que el perdón es la manera que Dios tiene de relacionarse con la ofensiva humanidad.

Me llama la atención, por ejemplo, en las apariciones marianas de los últimos ciento cincuenta años, que casi siempre se habla del hombre de hoy como alguien que ofende a Dios con su actitud, y se hacen rogativas y actos reparadores para no contrariar en exceso al Altísimo. Es una teología llamativa, porque tiene mucho del Antiguo Testamento en la figura de un Dios enfadado y ofendido, pero también del Nuevo, pues presenta a un Dios perdonador y compasivo. En el Paternoster decimos “Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofrenden”, es decir, que la reparación de la ofensa, o dicho de otra forma, la petición de perdón con algún gesto satisface a la persona que hemos ofendido, en este caso Dios. Puesto que no somos capaces de dejar de ofender, al menos que tengamos el coraje y la reciprocidad de perdonar a los que nos hacen daño.

La dinámica del perdón y la reconciliación camina de la siguiente manera: ofensa a Dios, toma de conciencia del pecado y del mal causado, y finalmente petición de perdón con un gesto de reparación.

La mirada teológica se hace intentando mirar con los ojos de Dios, y ese ejercicio, sublime y esforzado, debe examinar la Palabra de Dios para encontrar la respuesta más aproximada a la voluntad de Dios, y más acorde a lo que el autor sagrado quiso decir, en su tiempo y en su espacio, para poderlo traer al presente. El perdón es una constante bíblica y teológica, desde los relatos más fantásticos del Génesis, no por ello menos importantes en su sabiduría, como en las últimas cartas redactadas por San Pablo. El perdón recorre la espina dorsal del quehacer divino, y es que Dios es fundamentalmente Alguien que perdona, infinitamente misericordioso. Seguramente, y recuperamos el argumento antropológico, porque su poder no se resiente por mucho que pequemos.

Explicamos esto últimos, pues es interesante. El hombre que hace el mal ofende a Dios, pero no hace mal a Dios ni daña el plan salvífico de Dios para con los hombres, básicamente se hace daño a sí mismo y a los demás con su vida y su actitud. La  ofensa a Dios suele ser básicamente una equivocación grave en los valores, un daño a otra persona, o un daño contra uno mismo y a su dignidad de persona. Pero Dios no queda afectado, al menos no desde la Pascua. A Dios le pudimos dañar, y de hecho así lo hicimos. Murió torturado en la cruz, soportando el peso de nuestros pecados, y aún así nos perdonó; y una vez resucitado ya no muere más, es decir, las marcas de la cruz permanecen indelebles en su cuerpo trascendido, y el hombre ya no tiene poder sobre Él.

“Perdónalos porque no saben lo que se hacen”, es la gran declaración de principios de un Dios que sale trasquilado cuando intentó reunir a su rebaño en torno a su persona. Los suyos no le escucharon, dice San Juan. Pero no por eso los planes de Dios cambiaron, al contrario, precisamente el gran misterio de Dios consiste en extraer el bien del mal. Feliz culpa que mereció tal redención. Feliz cruz, que nos permitió contemplar la profundidad del amor de Dios a los hombres.

Por eso el perdón tiene como especial retablo y escena la cruz de Jesús y Jesús en la cruz perdonando al hombre e invitándole con sus brazos abiertos al abrazo redentor.

La liberación de la culpa, del mal que causamos a los demás, del daño que recibimos de los demás y que supone entender y aceptar nuestra condición de pecadores se celebra precisamente en el sacramento del perdón, de la reconciliación o de la confesión, o como lo queramos llamar. Dios te perdona, vete en paz, es la gran declaración de Cristo para cada uno de nosotros. Este perdón permite ver la verdadera naturaleza del perdón, y es que se basa en el amor más profundo. El hombre poco tiene que aportar a Dios, y sin embargo Dios cuenta con él y quiere relacionarse con él.

Lo importante en la relación de Dios con el hombre, no es el hombre, sino lo divino, que muestra así sus rasgos de sacralidad, autenticidad y trascendencia frente a lo profano, lo falseado y lo inmanente que supone la naturaleza humana. Lo más importante del perdón de Dios, es que Dios perdona, que es básicamente amor.

Gran parte de los problemas de nuestro mundo tiene que ver con la falta de perdón, que es tanto como habla de la falta de amor de unos con otros. ¿Se imaginan a los palestinos perdonando a los israelíes? ¿Y los israelíes perdonando a los árabes? ¿Y a la izquierda perdonando los desmanes de la derecha, y viceversa? ¿ A unos familiares perdonando aquello que les hicieron? ¿No sería un mundo mejor? Seguramente sí, pero para eso tenemos que aprender a perdonar. Como Dios nos perdona, gratis y constantemente, pues aunque otros te fallen, yo no te fallaré, dice el Señor.

La clave para entender este perdón no está en olvidar. Esto no es lógico ni justo. La frase de “perdono pero no olvido” puede ser equivocada, porque perdonar no significa olvidar. más bien podríamos conjugarla de otra manera: “porque te perdono puedo olvidarlo, estoy en disposición de olvidar el daño”, pero no está en nuestra mano olvidar el daño que nos han causado. Las marcas del crucificado no desaparecen no se olvidan, siguen estando ahí. El perdón no implica que no haya sucedido nada, sino que realza el amor que se pone para superar la diferencia, el conflicto y la ofensa. A pesar del daño que me has hecho no te guardo rencor, no te deseo el mal. Esa es la fórmula.

Me recuerda el caso de una madre con un hijo toxicómano. No le puedo dejar de querer, decía esta buena señora, pero no le quiero cerca porque me seguirá haciendo daño y me maltratará. El  amor está por encima de todo, pero no es un amor que se deja despreciar ni pisotear. No está entre las posibilidades de esta mujer salvar la vida del hijo, ni cambiarle la vida, ni podrá olvidar el mal que le ha hecho su hijo, ni debe olvidarlo. Le basta con perdonarlo, y desearle todo el bien del mundo, el que no le ha dado a ella, pero el que ella sí que es capaz de tener hacia su hijo. Eso es amor, eso es perdón.

Perdonar a un delincuente que ha matado a alguien  no significa olvidar que ha hecho daño, es renunciar a la venganza y desear lo mejor al que ha hecho el daño, y entre eso mejor está su arrepentimiento. Si fuéramos capaces de perdonar así tendríamos una sociedad más pacífica, más justa, más sólida, más humana y más cercana a Dios.

actuapoli

Actualidad política y Administración municipal