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Acogida y efecto llamada. Visión cristiana de la emigración.

Los medios de comunicación nos engañan desde hace años. La inmensa mayoría de los emigrantes no llegan a Europa en pateras, ni barcazas, ni en cayucos, ni saltando alambradas. Esos son los casos más extremos, los que están controlados y financiandos por mafias enriquecidas por el tráfico de personas. Son los casos más sangrantes y más deshumanizados, pero no hay que perder de vista que la inmensa mayoría de los emigrantes llega en autobús o en tren o en su viejo coche particular. Lo hacen con su pasaporte y con la intención de encontrar cuanto antes un empleo que les permita enviar algo de dinero a los que dejaron atrás. Vaya eso por delante de este complejo tema.

Vivimos días aciagos; días donde la UE y Occidente en su conjunto ha olvidado sus raíces catolicas y cristianas, días donde vuelve a resurgir el problema de la emigración. Y hay que entenderlo como lo que es: un problema y una oportunidad. El problema es para el país de acogida, que tiene que hacer hueco a otro más, que tiene que compartir con alguien que desconoce (trabajo, mercado y vivienda se compartirán día a día) a veces por completo; y una oportunidad para la persona que llega, pues seguro que tiene la intención de mejorar las condiciones de vida que dejó atrás. Lógicamente nadie emigra para empeorar, y nadie acoge para que le saqueen y le roben. Hasta ahí todo es lógico. Nos ofrecen cosas buenas, sus personas, sus sueños y sus ganas de mejorar. Todo eso es estupendo.

Pero no hay que olvidar que la emigración es un problema que tiene que ver con el número. Un pueblo de 1000 habitantes puede acoger a tres familias, pero no a trescientas. La acogida y la absorción de personas, a las que hay que garantizar vivienda, trabajo, salud y educación implica, y no invento nada, que hay que tener recursos. Si los emigrantes que vienen son muchos, los servicios sociales se colapsan y las ganas de acoger disminuirán entre los autóctonos, incluso entre los emigrantes de primera hornada.

Para los cristianos, emigrar es una actitud vital, incluso existencial. Los personajes escogidos por Dios en la Biblia fueron en su mayoría emigrantes. Abraham fue emigrante, y lo mismo Moisés y el pueblo errante por el desierto. Emigrantes fueron los judíos en Babilonia cuando el destierro, y emigrante es la condición del pueblo de Israel durante siglos. Emigrante fue también Jesucristo con sus padres en Egipto, y emigrante fue Pablo que se condujo como predicador de un lugar a otro. La condición para seguir a Jesús implica un corazón de emigrante, un corazón dispuesto a dejarlo todo, a salir de su comodidad y a caminar a otros lugares desconocidos. Emigrar es vaciarse por dentro, salir de uno mismo para dejarse conducir por el Señor.

Pero también es actitud cristiana la de acoger al emigrante, al que viene de lejos, al que muestra en su rostro el rostro de Cristo lacerado y pobre. Para los hombres antiguos, acoger a los peregrinos y viajeros era un gesto de reconocimiento de Dios en los hombres. El cristianismo manda (mandamiento nuevo) amar al prójimo, y el prójimo es el que llega a tu casa y se quiere instalar en tu barrio y en tu calle buscando una oportunidad. Por eso es buena la actitud del cristiano que acoge, que deja entrar en su casa, que mira a los ojos a los necesitados. Será por eso que la mayoría de las ONG que ayudan a los emigrantes son de inspiración cristiana y católica, y será por eso que algunas están hoy entre perseguidas y vilipendiadas por los gobiernos europeos por ayudar a los emigrantes. Pero está en el ADN del cristiano hacer el bien sin mirar a quién. Así nos lo mandó el Señor. Y el bien tiene rostro de emigrante.

Pero el asunto no es tan fácil, precisamente por el número y por las condiciones de la emigración. Cuando uno contempla la lista de ayudas que se dan en España a la vivienda, alquileres sociales, ayudas a familias desestructuradas, subsidios, etc… la mayoría están conformadas por apellidos extranjeros. En España hay muchos musulmanes, muchos rumanos, y muchos búlgaros que viven del Estado español, y cuando se quejan los pobres autóctonos, tienen una parte de razón, porque parece que todo es para ellos. En esa lista no hay emigrantes ingleses, ni alemanes, ni está Messi ni Cristiano Ronaldo. Son listas de pobres de un mundo que compartimos sin quererlo, pero que es de todos, y no es demagogia.

Esto que afirmo es políticamente incorrecto, pero es una realidad incontestable que los políticos tratan de eludir, de disimular, o simplemente borran de su memoria. Lo formulo a modo de interrogantes: ¿será entonces los marroquíes se dedican a tener hijos, y los españoles autóctonos nos dedicamos a darles pasta para mantenerlos? El problema no está resuelto, y la gente que tiene que convivir con la población emigrante de primera, segunda o tercera generación no siempre está feliz de recibir en su barrio a más emigrantes. ¿Hay un límite a la emigración? Tiene que haberlo, porque en buena lógica los recursos son escasos. Incluso los recursos sociales y laborales lo son. ¿Cuál es el límite? Sabemos que cuando un colegio sobrepasa un porcentaje de alumnos emigrantes, los alumnos autóctonos prefieren cambiarse de colegio. ¿Es eso racismo? Quizás sea que la gente quiere lo mejor para sus hijos, incluidos los autóctonos, y el nivel académico de un aula donde casi nadie habla español correctamente sea más bien bajito. ¿Qué hacemos entonces?

Creo yo que la emigración seguirá existiendo, independientemente de nuestra postura y nuestra actitud. Ya podemos decir, que las palabras no cambiarán el mundo más que de manera limitada. Desde luego, las posturas insolidarias no dan tampoco resultados. Los países que optan por ser agresivos con ellos, y piensan que obtendrán con una serie de normas aporofóbicas (odio a los pobres) o xenofóbicas (odio a los extranjeros), un efecto disuasorio para los emigrantes ponen en riesgo la misma existencia de los Derechos Humanos. Además, tampoco creo que funcionen del todo las políticas disuasorias. Los muros no obstaculizan el paso de gente por las fronteras, y no impiden que el hambre y la miseria se instalen al otro lado del muro. Cuando no hay nada que perder al otro lado, apostarán por venir cueste lo que cueste. La emigración en el pasado nos enseñó que no es inteligente poner puertas al campo, aunque ayude algo, que no digo que no, aunque yo creo que ayuda a que vengan con más ganas y con más vehemencia.

Por eso, en mi modesta opinión, la mejor solución es atajar la raíz del problema, y el problema es la pobreza. Las malas condiciones de vida de determinados países son un acicate y una motivación perenne para los que se atreven a emigrar. Si tuvieran mejores condiciones de vida en sus pueblos y hogares, no se verían obligados a salir en busca de un destino incierto, aunque probablemente mejor. La política internacional no debe conformarse con prestar, subvencionar o negociar con los países pobres saqueando sus materias primas, debería también buscar y potenciar un desarrollo real y sostenible en sus economías. La estabilidad política se debería exigir y reestableer. Esto no es nuevo, es algo que planteó Juan XXIII hace cincuenta años, un gobierno mundial, para un única humanidad.

El desarrollo económico y social debe estar tan globalizado y ser tan sostenible a un lado del muro como al otro. Solo así se frenará la emigración. Cuando estalló la crisis en los años 2008 hasta el 2017, el flujo de emigrantes disminuyó, se frenó y fue negativo. Los españoles volvimos a tener que salir para conseguir mejores condiciones de trabajo. Si hubiera trabajo de calidad aquí, no se habrían ido nuestros cerebros; y por supuesto, si hubiera trabajo de calidad allí, no vendrían pateras.

Fronteras por aquí, fronteras por allá.

Ya planteó Juan XXIII lo de hacer un gobierno mundial para resolver problemas globales, pero nadie le hizo demasiado caso, aunque tampoco hay que olvidar que lo dijo en plena guerra fría, en la época que le tocó vivir. Lo cierto es que seguimos con un mundo divididos en fronteras, Estados, Grupos de Estados, Estados residuales, y restos de Estados, donde lo mejor que puede hacer el que vive allí es largarse por patas. Lo malo es que no van a un país peor, sino a uno mejor, o sea a los europeos ricachones, acostumbrados desde hace décadas a vivir más o menos bien, y es que se lo han montado un poco mejor que los demás de largo, y compartir siempre es un problema para el que tiene, para el que no tiene, es un deber del otro.

Sinceramente, yo lo de la emigración descontrolada no lo veo, pero que los europeos civilizados saquen sus perros de presa para comerse las avalanchas de gente que viene, todavía lo veo menos. Casi va contra natura. Lo cierto es que los problemas de uno suelen acabar salpicando al que está al lado, y la emigración es tan vieja como la humanidad. La gente se va a sitios mejores, donde hay mejor clima, mejores condiciones de vida, más prosperidad y riqueza y por supuesto más seguridad. Es paradójico, si no fuera un drama, que los british, galos, y demás países arrogantes nórdicos, que han puesto el grito en el cielo con los problemas de la valla de Melilla, ahora anden haciéndose de cruces con su túnel subterráneo que se llena de peña. O los húngaros, que no hace mucho salían ellos corriendo del paraíso comunista soviético, y ahora quieran levantar un muro para detener a los que llegan de Serbia, quien te ha visto y quien te ve; y es que una cosa es predicar y otra dar trigo. Y en Europa predicamos que da gusto.

La emigración es consecuencia natural de un mal, y solo comprendiendo su naturaleza, podremos hallar una solución razonable. Es la reacción lógica del que aprecia su vida y piensa que en otro lugar podrá estar mejor, y sale de su patria y de su pueblo, y sorteando obstáculos, pasando hambre y miseria, y llorando en silencio por no poder estar con los suyos, consigue llegar a hacer su sueño realidad. Su sueño suele ser pequeño y sencillo: trabajo, seguridad y dignidad. Su sueño es lo que tenemos muchos por antonomasia, y que ellos tienen que conseguir remando, caminando, andando y huyendo. Quieren simplemente que no te peguen tiros por la calle, que no violen a tus hijas, y que puedan tener una casa donde vivir. Ni más ni menos. Lo que queremos todos, pero que solo tienen algunos en este mundo. La gente emigra porque vive en condiciones indignas, y quiere salir de ahí, como lo querríamos nosotros si viviéramos allí. Yo no tengo dudas, son como nosotros y buscan lo que queremos todos en este mundo.

El problema es que son muchos y vienen a la vez. Y los países de recepción no pueden culturizar en sus costumbres autóctonas,  ni absorber a esta gente con facilidad, ni darles trabajo fácilmente, ni dar casas por el morro, ni muchas otras cosas que no tienen en sus países de origen, pero que aquí reclaman como si fueran derechos gratuitos. El problema no es fácil, y quién diga lo contrario es un demagogo fantasioso.

Sabemos que en pocos años. los emigrantes se adaptan más o menos a la cultura de recepción, muchos se vuelven a sus países de origen; los hijos de emigrantes se insertan más que menos, aunque de todo hay; y los nietos de los emigrantes bastante más que menos. Pero esto no es tan fácil, y en Francia hay auténticos ghettos de emigrantes musulmanes que están bastante dispuestos a asesinar a sus ya compatriotas a cambio de llegar al jardín de las huríes por la vía del rápida. Y en España también, y en Gran Bretaña igual, y en Alemania otro tanto. Si los emigrantes no se adaptan y se socializan de nuevo en las costumbres autóctonas del país de acogida, se generan nuevos problemas, y a los estudios de antropología social y cultural me remito.

Pero el problema de la avalancha de emigrantes está en la pobreza y la inseguridad, y en estos temas Europa no ha hecho nada, absolutamente nada, contra, por ejemplo, las malas bestias del Estado Islámico, excepto proteger sus aeropuertos y estaciones como ha podido, los vigila en Europa, mira con prismáticos para ver si Estados Unidos se interesa por el tema. Poco más. ¿Donde están los ejércitos europeos combatiendo en Siria para salvar la vida de los que allí viven, incluidos los cristianos masacrados? No sabe, no contesta. Aquí gritamos viva el pacifismo, mientras contemplamos como otros vienen a sacarnos las castañas del fuego. La guerra en Bosnia no está tan lejos. Lo que sucede hoy es los problemas de otros, por suerte o por desgracia, son nuestro problema, y más en un planeta tan pequeño y globalizado.

Las materias primas de los países africanos, en manos de oligopolios chinos, norteamericanos y europeos, han dado al traste con cualquier posibilidad de desarrollo en Africa. Los gobiernos demenciales de aquel continente son sustituidos uno tras otro en medio de guerras, de hambre, de miseria, de enfermedades como el ébola (que no vengan que nos contagian), de niños soldados, de niños esclavos, y de radicales musulmanes que también se ceban en la pasividad de los países del Norte, o sea, nosotros. Lo raro es que no vengan muchos más.

Estos recorridos migratorios me recuerdan a los viajes de los comerciantes medievales, donde cada puente, cada camino, cada ciudad, fiscalizaba un impuesto de paso. Pequeños obstáculos que impidieron que creciera el comercio, y por tanto la riqueza durante siglos. Esta gente que viene tiene que detenerse en cada frontera, como si pasara pantallas de un juego macabro, y cada vez se lo pusieran más difícil. Ahora una valla, ahora un barco, ahora un tiroteo, ahora un campo de refugiados. Y los políticos soltando declaraciones para convencer a los demagogos de que están haciendo medio algo. Y no lo dudo, porque si no hubiera fronteras también vendrían, y tampoco tendríamos trabajo para todos. Y si no hubiera políticos que intentaran hacer cosas seguro que nos iba peor.

No tengo soluciones, porque no hay una solución fácil, pero está claro que el diablo anda suelto haciendo de las suyas. A unos los engaña con el placer, a otros con la indiferencia, y al resto con la soberbia.

LA DIFÍCIL CONVIVENCIA RELIGIOSA EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XI.

Durante mucho tiempo, se afirmó, supongo que interesadamente, que la convivencia religiosa durante los siglos medievales en España fue estupenda, y que durante los siglos de la Reconquista se fueron generando entre las distintas religiones unas magníficas relaciones sociales, un intercambio intercultural, y no sé cuantas cosas más llenas de colorido y buen rollo. El centro de aquel paradigma y modelo de convivencia plural lo formaba la llamada Escuela de Traductores de Toledo, donde se supone que musulmanes, cristianos y judíos, con unos valores civilizadísimos convivían intercambiando libros de Aristóteles, Platón y Avicena a la par que comían juntos unos boquerones en vinagre y bebían hidromiel (la bebida de la época).

Nada más lejos de la realidad.

La tal escuela no existió nunca, los matrimonios nunca fueron mixtos, y eran raros los sujetos de distintas religiones que comían y bebían con gente de otra religión, excepto que estuvieran dispuestos a pecar con los alimentos impuros del supuesto amigo. El intercambio cultural tuvo que ver más con las compras y ventas de los mercados, y con determinadas élites cultivadas, que con más curiosidad que violencia, se acercaron al “extraño” para saber de sus lecturas y textos.

En la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT hago un recorrido de la segunda mitad del siglo XI, y muestro, creo que con claridad e interés, la realidad de lo que sucedía en la época en aldeas y ciudades tan emblemáticas como Toledo, León, Valladolid (fundada en 1095), Burgos, Compostela o Granada. En estas páginas podemos apreciar que la convivencia consistía más en soportarse, agredirse y ningunearse, que en hermanarse y cazar juntos. Nos encantaría bajo el buenismo sociológico del zapaterismo haber sido la cuna de la Alianza de Civilizaciones que proclamaba, pero la verdad es que tal modelo utópico nunca existió como tal, y es bastante difícil, dada la naturaleza humana, que la convivencia multicultural sea posible.

Me explico: con el que es distinto, estamos dispuestos a comer su comida (nosotros los cristianos que comemos de todo), y nos compramos una kebab de vez en cuando, pero no nos gustan las instituciones musulmanas, ni sus relaciones con las mujeres, ni muchas otras costumbres suyas. Y a ellos tampoco les hacemos demasiada gracia, la verdad. En el fondo estamos igual que ayer, donde el multiculturalismo era tan complicado de vivir como hoy, que seguimos siendo etnocéntricos y provincianos hasta la estupidez.

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Mapa de Toledo en 1080. 1. Judíos. 2. Palacio Real, 3. Barrio musulmán antequeruela; g. Puerta de la Bisagra; a. Gran Mezquita; h. casa de los Falsafa (ver novela)

En el siglo XI las comunidades religiosas no se relacionaban entre sí más que de manera circunstancial. Los judíos vivían aislados en sus aljamas (barrios), dentro de las mismas ciudades. Ese aislamiento no era igual que lo que vimos en el ghetto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial (encierro y exterminio obligatorio), pero sí se parece a algunos barrios actuales de ciudades como Londres, París o Nueva York. Deambular por sus calles es cambiar de mundo, es aterrizar en un planeta distinto, y en verdad lo es. El multiculturalismo se agrupa en barrios y se aísla para protegerse. Igual que ayer: barrios y ghetos.

Las aljamas de antaño contaban con puertas para entrar, empalizadas (como todas las ciudades y pueblos medievales) y recintos cerrados dentro de las mismas ciudades. En una ciudad como Toledo deambular por ella no era fácil. Desde la puerta de entrada a la capital de la taifa – actual puerta de la Bisagra (Bab Sagra – hasta llegar al barrio judío se podían atravesar y cruzar varios de estos portones. Por eso tenían su entrada y salida de la muralla principal quinientos metros hacia el Tajo. Las puertas de la ciudad, las interiores y las exteriores, se cerraban por la noche para evitar asaltos de los vecinos de otros barrios.

Sabemos con certeza que en Toledo y en el siglo XI la convivencia entre cristianos mozárabes y musulmanes estuvo plagada de incidentes y levantamientos. Estos cristianos residuales y resistentes que no se habían convertido al Islam y mantenían la fe desde la época visigótica eran todavía numerosos en Toledo. Teóricamente tenían sus iglesias y debían ser respetados, pero en la práctica muchos de sus templos fueron convertidos en mezquitas en el mismo siglo de la conquista de la ciudad por Alfonso VI (1085). No eran extraños los saqueos de casas mozárabes, con agresiones cometidas por turbas crecidas por su mayor número y fuerza que creaban matanzas y levantamientos cada poco tiempo. Supongo que algo parecido sucede hoy en Siria o en otros lugares del Islam donde las minorías cristiano-orientales son perseguidas “de facto”, esclavizadas o simplemente desterradas o expulsadas, cuando no asesinadas. Llevan allí mil quinientos años, pero da igual. Las minorías no tienen demasiados derechos cuando las masas arremeten.

También hay que decir que esas mezquitas volvieron a ser iglesias cristianas con la conquista del rey. La mayoría manda la cultura en antropología. También se acordó en la rendición que la Gran Mezquita siguiera siendo musulmana, pero en cuanto se largó el rey de la ciudad de Toledo, la reina presionó para que el obispo la sacralizara y la convirtiera en Catedral. Viva la convivencia.

Los mozárabes que se sintieron violentados por los musulmanes más fanatizados de la ciudad en tiempos de al-Qadí, esperaron la llegada de sus hermanos de fe cristiana como agua de mayo. Ciertamente habían visto durante décadas como los vecinos musulmanes del barrio de la Antequeruela habían atacado y quemado sus casas y viviendas. De hecho, el  propio Al-Mamún, gobernante musulmán de la taifa toledana se las vio y se las deseó para mantener el orden entre sus muros. La caída de la ciudad en el año 1085 se debió a la petición que hizo al rey Alfonso VI para que le ayudara a sofocar las revueltas, pues se veía incapaz de mantener el orden público. Detrás de esas revueltas seguro que hubo intereses nefandos y codiciosos, de otras taifas y con las luchas intestinas tan nuestras por el poder, pero que duda cabe que el ambiente no era idílico para vivir.

Cuando llegaron los castellanos (muchos) y leoneses (pocos), los mozárabes fueron ninguneados y sometidos litúrgicamente a los rituales latinos que imponía el Rey siguiendo las costumbres más modernas de la época. Se permitió, por ser casi toda la población de Toledo mozárabe, que continuaran con sus rituales e iglesias. Eso sí, tuvieron que soportar que el rey nombrara a un obispo latino y no mozárabe, y quitara al obispo  mozárabe, cuyo nombre era, si mal no recuerdo Pascual. Si así trataban a los propios de religión, que no harían con las demás religiones. Estopa y guante de seda cuando conviniera. En cuestiones de convivencia las minorías siempre han tenido las de perder: mozárabes primero, judíos después, mudéjares… Todos han ido desfilando por nuestro suelo patrio entre pedradas del pueblo (un término idolatrado por los jacobinos y los marxistas) y el destierro más cruel.

¿Podemos justificar lo que sucedía? No del todo pero es verdad que la realidad multicultural de una ciudad como Toledo, en tiempos de al-Qadí, el último dirigente musulmán antes de Alfonso VI, era una bomba de relojería.

Coexistían cuatro etnias principales distintas con variantes dialectales cada una: mozárabes (cristianos de costumbres arabizadas y lengua propia), musulmanes (de procedencias distintas según se extiende el islam), judíos (que hablaban árabe), y cristianos de otros reinos del norte (que hablaban castellano, leonés, aragonés, catalán o gallego a saber). Cada una de estas culturas empleaba además una lengua escrita según la ocasión, y así escribían y leían en latín (los cristianos del norte y litúrgicamente para los mozárabes), árabe coránico o culto (para la lectura del Corán), y hebreo (para la lectura de la Torá y los Midrás judíos). Comían y arreglaban sus alimentos de manera diferente, tenían costumbres matrimoniales distintas, y celebraban rituales extraños para los demás. Decir que fueron un modelo de convivencia es una broma de mal gusto para los que vivieron entonces. Me imagino si pudiera hablar con Cipriano el Falsafa lo que me diría: Si nuestros tiempos son idílicos es que la convivencia y el ser humano han empeorado bastante.

Y quizás no le falte razón.

 

EL DESEMPLEO DE JOHN STEINBECK

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LAS UVAS DE LA IRA (The grapes of Wrath) es una magnífica novela que escribió Steinbeck en 1939 y que atrajo de inmediato las miradas de toda la sociedad americana. El tema no es secundario ni ha perdido su vigencia en la sociedad actual, donde el desempleo, la miseria, la emigración o la explotación laboral siguen obligando a las personas a tomar carretera y manta para aventurarse en la incertidumbre de una tierra desconocida. Los protagonistas de esta historia han abandonado sus tierras de toda la vida y se dejan guiar por un folleto propagandístico que les llena de esperanza. ¿Alemania? No, claro que no. California es la nueva tierra prometida.

Salen de su casa, e igual que el viejo Abraham bíblico, lo hacen bajo una promesa incierta. Buscan una tierra que mana leche y miel, y su nublan ante el horizonte de perder lo poco que tienen. Les empuja la fe en el mañana y la esperanza de conseguir una vida asentada y feliz, en paz y decente.

Sin embargo, a los personajes de “Las uvas de la ira” les espera un regalo envenenado. No están solos en su travesía, y el interés de otros menesterosos como ellos, buscando un porvenir, ha convertido la tierra prometida en un hervidero de asalariados. Todos desean un trabajo, un palmo de hectárea donde conseguir unas migajas del escaso empleo. Nadie los contrata porque no hay trabajo para tantos, y los sueldos, que les prometían cuando salieron de su casa son nimios e insignificantes; descienden las pagas hasta la miseria, y las leyes del libre mercado que Adam Smith pregonó como salvífico descubrimiento en el siglo de la luz (tenebrosa) convierten a estos hombres buscadores de trabajo en gentes empobrecidas hasta la extenuación más desesperante.

¿Les suena la historia? Se parece demasiado a la vida de tantos paisanos nuestros que buscan y no encuentran quien los contrate. Españolitos que anhelan una nueva oportunidad en otros países, y aceptan cualquier cosa que les permita salir de su empobrecimiento. Salarios bajos, sueldos que nos hagan competitivos, restricciones y desconfianza para los que quieren iniciar una nueva vida y se topan con el muro de la lamentación.

El autor ganó con esta obra el premio Pulitzer en el año 40, y sin duda fue la principal carta de presentación para obtener el Nobel de literatura en el año 62. El retrato de los terribles años 30 fue recogido por este gran escritor logrando que sus personajes mantengan una dignidad inusitada. No se dejan llevar por el crimen, son gentes honestas que buscan su futuro aunque sean insultados y vilipendiados. Aman a su familia aunque sean conscientes de que tienen deudas con la moral y con la sociedad. Son gentes de bien, con una ética que los mantiene vivos y firmes ante la ira de una California que no quiere más pobres ni más emigrantes deambulando por sus tierras. Son los nuevos crucificados de nuestro tiempo, los que sufren la injusticia en sus carnes sin devolver el golpe con violencia. Eso les hace más fuertes.

Frente a tantos relatos triviales de hoy, releer a Steinbeck, en cualquiera de sus novelas, es siempre un regalo para el espíritu y el alma humana.

¿Otras novelas fantásticas de Steinbeck? La última que he leído “Los arrabales de Cannery”, pero también son impecables “La Perla” (que es su obra más conocida por los lectores de obras cortas), “De ratones y hombres”, “A un Dios desconocido” o la simpática “Tortilla flat”. Sociedad y hombres. Ese es John Steinbeck.

¿Cómo se puede asustar a un hombre que no sólo carga con el hambre de su vientre sino también con el de sus pobres hijos? No se le puede atemorizar porque este hombre ha conocido un miedo superior a cualquier otro.

 Capítulo XIX

Más información en

http://es.wikipedia.org/wiki/John_Steinbeck

97m/18/huty/6952/6952/14

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