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Los nefastos y repetitivos planes de estudios.

Porque los sufro, hablo de ellos. Tengo hijos y doy clase. Pues bien, me encuentro en el tema dos de varios libros de texto de Lengua y Literatura la misma explicación y el mismo contenido. Estamos con los nombres o sustantivos, que sirven para designar, y que los hay concretos, abstractos, comunes, propios y demás. No digo que el tema no sea importante, pero no creo que haya que estudiar exactamente lo mismo y con las mismas palabras en 2º de primaria, en 5º de primaria, en 1º de secundaria y en 3º de secundaria versión plan de mejora de los resultados. Se repite la materia y los chicos están hartitos hasta el punto de aburrirse como ostras y continuar tan ignorantes como cuando lo estudiaron en 2º de primaria por primera vez. Normal. Aprender cosas nuevas es lo interesante, y no perder el tiempo mal repitiendo lo mismo un año tras otro.

Coincido cuando hablo con padres ilustrados en que es absurdo repetir un mismo tema todos los años durante quince días, pero como no tenemos dónde reclamar, y los sindicatos están a las tajadas, pues nadie nos hace caso. ¿A quién se le ocurrió explicar un poco del sistema métrico un año, al año siguiente dar lo mismo pero con un párrafo más, y al tercer año volver a lo mismo  con otro párrafo de nuevas? ¿No sería mejor dar el Sistema Métrico Decimal una sola vez y en profundidad y así disponer de más tiempo para explicar otras cosas importantes otro año? Pues no. Nuestros pedagogos demagogos favoritos se empeñan en que cada vez sepan menos y sean más felices; lo cual es un precipicio para la infelicidad.

El caso es que la ignorancia es supina y subiendo. No saben bien lo que llevan toqueteando desde hace años porque siempre repiten lo mismo y de manera superficial; y no saben cosas nuevas más complejas porque nunca lo han dado. La pescadilla que se muerde la cola. No es un tema de pedagogías nuevas y viejas, sino de aprender algo nuevo de cuando en cuando y en profundidad. Les invito a hacer una prueba: las tablas de multiplicar (nunca terminan de aprendérselas), los tiempos verbales, los acentos… Y eso que son las instrumentales y se suponen que sirven para la vida. Pues bien, ya informo. Nuestros niños son incapaces de hacer frente a la vida, y cada vez peor.

Reconozco que el tema no es nuevo. Hace años hojeé algunos libros de texto de Sociales de 1, 2 y 3 de la ESO y me quedé pasmado de los topicazos y eslóganes allí recogidos. En realidad no les enseñan historia, en realidad nos los adoctrinan para que sean superinclusivos, hembristas y activistas solidarios. Por ejemplo, cuando estudian la Edad Media recurren a las monserguillas que los medievalistas están hartos de combatir -evidentemente con poco éxito- , te dibujan un castillo con los nombres de las almenas, te ubican la pirámide social del marxismo y la lucha de clases -para que nadie se olvide que somos de izquierdas y por tanto estamos en contra de la desigualdad- y dedica una página entera a contar el machismo de la época a propósito de la inquisición y la quema de brujas. Eso es todo. Imagino que los alumnos más brillantes preguntarán de dónde viene eso del cristianismo, porque suele ser un asunto, el religioso, tabú y olvidado en los planes de estudios. Da igual, que te lo expliquen en casa o te lo dé el de religión.

Los padres que van a colegios bilíngües lo tienen peor. Además de no saber casi nada en el idioma pretendido, se tienen que esforzar para que el nene aprenda las palabras en el idioma autóctono. My God, my God… Al final logran algo maravilloso, y es que sepa inglés a medias y nada de lo demás, pues gracias a Dios, el castellano lo aprenden en casa desde que son bebés. Trabajo doble para los padres. Sería mejor que fuera a clases normales y por la tarde acudieran a una academia irlandesa con nativos de verdad a jugar a baloncesto. Pero eso obligaría a los listillos pensadores de las consejerías de educación a volver a sus trabajos ordinarios.

Debería ofrecer una solución, pero sinceramente, no la tengo. Los pedagogos y los demagogos son los mismos y pululan como tecnocracia que son, por todos los partidos políticos del espectro que conozco. La lucha que planteó Habermas para emancipar al hombre de la verdad técnica es hoy una utopía innombrable, entre otras cosas porque no se estudia a Habermas en secundaria, y casi ni en la Universidad, y las siguientes generaciones son cada vez más estúpidas en saber algo relevante, y soberbios en los múltiples detalles de la sociedad de la información.

Los padres que educan ahora a sus hijos son más ignorantes que los padres de más edad, y más tarados imagino que los que educaron hace unos años. Ya ni siquiera discuten sobre el método pedagógico. Directamente te cuentan que son grandes adalides de los juegos en red, que así se conocieron ellos y que si son la tercera pareja que tienen con hijos repartidos por varios barrios de la ciudad es porque se querían y muscho. Por eso su hijo juega a la play cuatro horas todas las tardes.

Con este percal, no es extraño que sus opiniones sobre Franco, la guerra civil o el papel de la mujer en la posguerra sean iguales que las de la menistra. Son un calco de de lo que ven y oyen en televisión, en las redes sociales y en las maquinarias de pensamiento correcto de los gobiernos democráticos que desean y luchan por un mundo mejor.

Me planto, que no quiero ser agorero. Desde aquí y ahora ofrezco una luz de esperanza: hay padres que no son así y que están tan preocupados como yo. Me temo que serán los que paguen las pensiones al resto de los ninis con los que comparten hoy pupitre en las aulas. Ni que decir de mi jubilación, que seguramente me llegue a los 80 años.

 

 

Oficio de maestros: quererles, enseñarles y exigirles.

La frase no es mía. Pertenece a los viejos maestros, los de siempre. Los que saben enseñar, que suelen ser además, a los que nunca se les pregunta para hacer reformas educativas. A los alumnos hay que quererles, enseñarles y exigirles. Por ese orden y hasta el final.

La sentencia me la contó una profesora del IES Zorrilla de Valladolid, de la que fuí su alumno, y que luego coincidí en su año de jubilación en el mismo centro educativo. Recuerdo sus palabras precisamente porque hablábamos mucho de educación. Los viejos maestros y los buenos profesores escasean, en ocasiones abrumados bajo el peso de las nuevas pedagogías, esas que entretienen pero no enseñan nada. Por eso escuchar a los buenos maestros, los de antaño, es siempre una ayuda para cualquiera que pretenda dar clase alguna vez; suele ser un alivio para los que llevamos años en la docencia, colmados de dudas y rodeados de propuestas que no funcionan, pero que suenan muy bien para los que no han entrado en un aula en su vida.

El buen maestro lo primero que hace es querer a sus alumnos.

Dice Julio, otro maestro jubilado al que dediqué un poema que se ha hecho viral en la red, “Enmudecerá la tiza, pero no tu recuerdo”, que hay que pensar en ellos como si fueran nuestros hijos. ¿Nos gustaría que los atendieran bien? Pues eso es lo que debemos hacer los maestros y profesores. Quererlos como hijos, y exigirles y enseñarles como tales.

Estoy convencido de que es una buena vara de medir, un canon. Los que hacen reglas y normas educativas para los demás, pero no las aplican a sus hijos, es porque en el fondo no confían en que sean buenas de verdad. Es fácil organizar una educación consistente en entretener y divertirse, pero seguro que nadie la quiere para sus hijos. Por eso, querer a los alumnos es una manera de situarse en la educación de pie y con la conciencia limpia. Estás haciendo lo que debes, todo lo que debes y lo mejor para ellos. Probablemente no te lo agradecerán a corto plazo, pero no importa. Siempre hay alumnos que te contarán con los años un consejo bueno que les dijiste y que tú no recuerdas.

Es verdad que hay límites en quereles, y que no son realmente tus hijos. Hay rincones de su vida donde no podrás llegar. Fácilmente le dirías a muchos padres lo que podrían hacer para mejorar la educación en su casa; pero eres consciente de que no es fácil. Los maestros y profesores que tenemos hijos sabemos de lo que hablamos. Educar no es sencillo, y no hay profesor perfecto, ni padre perfecto. Por eso hay que ser condescendiente con los demás y exigente con uno en su trabajo. El que exige mucho a los demás, y poco a sí mismo tiene un problema consigo mismo y con los demás.

Yo parto de que todos los padres quieren lo mejor para sus hijos; por eso un maestro también debe buscar lo mejor para sus alumnos. Y lo mejor no es caerles bien, ni divertirlos, ni entretenerlos, ni aprobarlos porque lo diga la Junta, la inspección o su familia en pleno… Lo mejor es educarlos, enseñarles de la vida de los conocimientos que necesitarán para ser buenos ciudadanos, exigirles que den todo lo que puedan dar, y mostrarles que sin su esfuerzo no habrían llegado a conseguirlo. Esa es la labor de un maestro. Que cuando terminen, te digan: he conseguido aprobar, o tal o cual trabajo; y tú puedas decirles que te lo has merecido porque has trabajado y te has esforzado en ello.

Además de querelos en abstracto, hay que amarlos en concreto iluminándolos con conocimientos.

Deben aprender contenidos que les hagan libres, que les conviertan en personas que razonan, gente con cabeza y con criterio para la vida y para la sociedad. Por eso, enseñar es mostrar lo que ya sabe la humanidad. No inventamos el Mediterráneo con cada generación. Desgraciadamente, las nuevas pedagogías no siempre son eficaces. La pedagogía de aprender dice que los alumnos deben descubrir las cosas por sí mismos, pero si dejas a treinta muchachos en un aula durante un mes, descubrirán muy pocas cosas. La prueba es Gran Hermano, donde acaban refocilándose o  pegándose.

Enseñar es transmitir la cultura que hemos recibido. El maestro tiene magisterio, y es su obligación transmitirles lo que hemos aprendido y permitir que aflore en ellos la sensibilidad por el arte, por el saber, por la lectura, por las ciencias, por el hombre y el sentido de la vida.

Nadie da lo que no tiene. Nadie enseña si no sabe, y es que un ciego no puede guiar a otro ciego, porque los dos caerán en el hoyo. Esto, que es evidente, a veces no lo es tanto, sobre todo cuando aparecen por la escuela determinados “amiguetes” ilustrados de la educación. Administración y enterados que no han entrado en un aula en su vida. Es fácil encontrar profesguays tratando, por ejemplo, de impartir una educación sexual que ellos mismos no tienen ni se aplican para sí. Y lo mismo en otras materias: un arte que no impresiona, o un saber que no dominan… Acaban siendo una sal que se ha vuelto sosa.

Por desgracia, la administración educativa no es muy consciente de esto, y pretende convertir la escuela en un lugar donde no se transmita el conocimiento. Simplemente un espacio de convivencia (un patio de recreo donde todos aprueban) o un lugar donde sean competentes pero ignorantes. Que sepan leer, pero que no importe si no han leído nada importante en su vida. Eso no es educación, y esto no lo suelen querer cuando piensan educar a sus hijos.

Enseñar requiere atención, interés, ganas, esfuerzo, vigor, fortaleza y energía. Y aprender lo mismo. Nadie es educado si no quiere ser educado. Nadie aprende si el orgullo y la soberbia nubla su entendimiento. Cuando un alumno se cierra en banda, no hay manera de hacer que descubra el valor y la belleza de lo que se está perdiendo. Necesitamos al menos un resquicio, un intuir que no lo sabemos todo, que podemos aprender algo. Y que cuando lo aprendemos nos sentimos mejor con nosotros mismos. Es una pequeño reto cotidiano aprender algo nuevo y valioso cada día.

Esta es por desgracia una actitud que no siempre he encontrado en mis alumnos, de ahí que el trabajo nuestro haya consistido en abrir sus ganas. Los peores, para mi, son los alumnos orgullosos, los que creen que lo saben todo, lo que no necesitan de nadie y piensan que lo hacen todo muy bien y que lo razonan todo bien. Los mejores son, por el contrario, los que saben que no saben, y te piden que les expliques algo que no terminan de entender. Aunque nos estemos diez horas seguidas, lo terminarás entendiendo, chaval. Y cuando lo aprenden, les felicitas y las aplaudes. Ahora sí, muy bien. Lo has entendido. Y ellos se sienten orgullosos. Y no se les olvida en la vida…

La tercera parte del oficio de maestros consiste en exigir a los alumnos. Y ahí estamos en un momento donde el esfuerzo de ellos es la principal inversión de futuro. Lo has logrado tú, alumno, chavalote o chavalota, con tu esfuerzo y tu estudio. Nadie aprende demasiadas cosas divirtiéndose; se aprende con esfuerzo, con horas de estudio, con tiempo sobre los problemas, con repeticiones, con amor propio, con dolor de cabeza, con memorizaciones y con esquemas, con resúmenes, con copias y con comprensión. Y así llega el día del examen. Si el alumno lo da todo, el profesor siente que ha cumplido con su misión. Aunque el muchacho no apruebe. Si el alumno aprueba sin esforzarse, piensas que ya se estrellará más adelante. Y así suele ser. Los alumnos trabajadores llegan a cualquier sitio, aunque no sean los más rápidos ni los más listos. Los vagos e inteligentes no tanto. Es la vieja fábula de la tortuga y al liebre. Prefiero alumnos tortugas a alumnos liebres. Y como profesor y maestro, he de convertirme más en una tortuga dando clase que en una liebre.

 

¿Libros de texto gratuitos? No, gracias.

Me reconozco a contracorriente de las tesis que proclaman que hay que dar gratis los libros de texto a los niños. Es la que defiende el sindicato de padres de izquierdas CEAPA, y a la que se apunta la gente sin demasiado criterio. Todo gratis, que nos den que estamos necesitados de todo. Es la tesis del pedigüeño, del que ratonea por un plato de sopa, cuando tiene en casa un jamón colgado. Lo siento pero no. Los que se da gratis, termina por no valer nada. Y hay libros de texto que valen oro. Joyas auténticas. Mejor que se quiten el fútbol de pago, coño.

Ya sé que está de moda socorrer a los padres con becas. Vale, si se necesita dinero porque no se tiene, vale. Pero los libros cuestan dinero a alguien, y la cultura de la gratuidad, del intercambio y del usar y ceder a otro, termina haciendo de los libros una especie de objeto olvidable, como si fuera una mochila, un estuche, la tableta o un sombrero viejo. No me parece. Mejor que proclamen la conexión a internet gratis para la humanidad, o que subvencionen los pinchos en los bares. Que no. Que un libro es otra cosa, y no precisamente de usar y tirar. No es un profiláctico, ni un abono de tele de un año.

Yo guardo varios de los libros de texto de mi juventud, los más valiosos, que se han convertido en auténticas reliquias culturales. De hecho me he arrepentido cientos de veces haber “prestado ” (ya no volvió) un libro de Literatura Contemporánea de COU que era cojonudo. Mejor que una enciclopedia. Era sencillo, claro y didáctico. Se podía repasar cientos de veces y no caducaba, entre otras cosas porque las humanidades no caducan nunca. También he vuelto a revisar los de filosofía de aquellos años, los de historia, los de latín, y muchos otros. Cuando en algunas ferias de libros de ocasión examino los viejos libros de texto, me doy cuenta de lo bien hechos que estaban, de los sintéticos que eran, de lo claros y límpidos que presentaban los temas. Por desgracia, no hay muchos. Y los que se hacen ahora están demasiado pensados para satisfacer a los grupos de presión de nuestra sociedad, desde las feminazis hasta los nacionalistas y los animalistas.

Añoro mis viejos libros, y me parece que eran los mejores. No porque fueran en los que estudié, sino porque están muy bien. Infografías buenas, fotografías fantásticas, cuidado editorial y esmero en su preparación. Mapas estupendos y esquemas y síntesis para quedarte con lo más importante. Pasados unos años, volvías a ellos y siempre aprendías cosas. Era como despertar a una información que se había dormido, que simplemente la habíamos memorizado en espera de años de madurez, donde el recuerdo fuera capacidad para comprender y relacionar lo que uno descubrió un día.

Pero aquellos buenos libros de texto han ido desapareciendo. Primero fueron las grandes superficies que tiraron los precios. Muchas librerías dedicadas a los libros de texto tuvieron que reordenarse o desaparecer. La Ley del Libro, donde el precio del libro no puede ser modificado por el vendedor, llegó tarde en España. Por entonces, el marasmo de legislación educativa había hecho mella en los editores. Se sacan proyectos educativos que más parecen hechos para satisfacer a la clase política local y particular que a educar y a enseñar cosas. La culpa no ha sido del todo de los editores, creo yo; sino de los legisladores que se empeñan en meter su coletilla de género, su rollito de igualdad, su tontería nacionalistas, y los pobres editores cada vez los sacan más deprisa y con peor calidad. Que se lo digan a los escritores de libros de texto (generalmente profesores), que trabajan a destajo y a contrareloj cada vez que hay una reforma educativa.

Lo último en el desastre educativo está en no vender el libro, sino el acceso electrónico a un libro electrónico con fecha de caducidad. Es la solución que están dando, por desgracia, los editores, con el beneplácito de los partidos y sindicatos de la cosa nostra. La moda de las nuevas tecnologías de la sumisión, que lograrán en no mucho tiempo que todos repitamos lo mismo, está logrando que no haya libros de texto, sino tabletas. Es decir, se vende el libro para tablet, la licencia mejor dicho, con una clave que es tanto como decir que tiene fecha de defunción. O te lo estudias o te lo tendrás que comprar otra vez el próximo curso. Y por supuesto, y esa es la tragedia, nunca podrás volver a revisarlo, no podrás repasarlo el próximo año, ni en los venideros. Se murió el texto. No hay pruebas, no hay delito. No traspasaremos el libro a otro, porque no habrá libro. Il est disparû, que dirían en Francia.

Por eso me encanta, cuando salgo al extranjero, hojear los libros de texto de Portugal, de Francia, de Alemania. Me da que los hacen mejor que aquí; y digo yo que será porque las autoridades educativas no están deseosas de que los alumnos se los pasen de un curso a otro, sino porque piensan, como lo creo yo, que un libro de texto es para toda la vida. Por eso no puede ser gratis. Gratis son los apuntes de clase. Digo yo.

 

 

La cortesía ortográfica.

Muchos debates en redes sociales comienzan hablando de cualquier tema (casi siempre política), y terminan ahondando en la ortografía y la escritura de la gente. Y es que hay peña que exhibe sin arrobo sus vergüenzas ortográficas creyendo que cuanto más zafios, más espontáneos y majetes son. Suelen recibir bastantes críticas, y es lógico, pues es más fácil recriminar a un pollo tomatero su faltas de ortografía que argumentar sobre el cambio climático, pongo por caso. Luego vienen los insultos contra los talibanes de la ortografía, y que escribir con faltas no es un indicativo de tener más o menos cultura.  Entonces responden otros cabreadísimos sobre el estado lamentable de la cultura, y no les falta razón. Suele ser entonces cuando abandono el tema para entretenerme con los deberes de mi hija, o con otros asuntos prosaicos que la vida familiar me ofrece.

Me molestan, aunque reconozco que no demasiado, las faltas de ortografía cuando son menores; pero me asombra y fastidia la soberbia del que escribe con más faltas que una embarazada en periodo de gestación y presume de ello chuleando al resto. También me golpean las faltas graves, esas que dañan a al vista y que me impiden seguir leyendo salvo que me inicie en el noble arte de la jaculatoria mariana. ¡Madre mía, Virgen Santa! Siempre son expresiones socorridas que ayudan a aligerar las emociones encontradas. Me da pena el infractor, y juzgo (pues ya tengo premisas y prejuicios para andar valorando) que el contenido de lo expresado flojea tanto como el que contenedor del fulano que la expresa. ¿Será un bachiller contemporáneo o un licenciado remasterizado actual? Y me entra un yuyu que vuelvo a la jaculatoria.

Decía Ortega, que la cortesía del filósofo era la CLARIDAD, y de la misma forma y parafraseando, la cortesía del que se comunica por escrito debe ser la CORRECCIÓN ORTOGRÁFICA Y GRAMÁTICAL. Lo contrario es la incomunicación, o la comunicación con interferencias. Dicho en román técnico: no se entiende una mierda, y vete a saber que c… dice este tío. Aprender a escribir con corrección ortográfica y gramatical es una de las tareas más elementales que debe enseñar la escuela; y si no lo hace, es mejor cerrarlas, resetearlas y volver a encender el disco duro de los planes educativos.

Es verdad que la ortografía es simplemente un convencionalismo. Se parte de unas reglas de juego heredadas por el latín, y se busca la eficacia y la claridad comunicativa. Ya está. Esas reglas de juego se expresan y clarifican desde la RAE, lo cual permite que podamos escribirnos y leernos sin que se nos salten las lágrimas de risa o de pena, y que podamos simplemente comunicarnos con gusto y corrección. Los cambios en las reglas ortográficas suelen ser molestos, sobre todo cuando se han asimilado las reglas anteriores. De ahí que deberían permitir siempre las reglas anteriores, sobre todo cuando la ambigüedad que toleran y proponen es mayor. Ahí está el famoso debate sobre “tomar un café solo” o tomar un café sólo”. Se equivocarán los de la RAE, sin duda, pero es un trabajo respetable y nada fácil el que les toca hacer. Yo solo pido no cambiar a peor. Perdón. Quiero decir que yo sólo pido no cambiar a peor.

También es verdad que no todas las reglas ortográficas tiene la misma importancia. Es más molesto en la lectura una ausencia de “h” que el olvido de un acento, y también hay que aceptar que algunas reglas ortográficas son complicadas de aprender, pues varían sutilmente según el contexto en el que se escriba, acentos diacríticos, palabras juntas o separadas, etc. Son pequeñeces, pero cuando uno se dedica al oficio de escribir, percibe que no es tan fácil ni claro escribir sin faltas. Y si eso le sucede a un escritor con folios de vuelo, que no le sucederá a un chavalito de quince años, o a un redactor de Televisión Privada.

Esas faltas, en mi opinión, son muy veniales cuando la comunicación es privada y personal, incluso me atrevo a decir que no son casi ni faltas. Pero cuando se escribe a un público amplio, o se redacta desde la Administración Pública, la corrección ortográfica es casi una cuestión de “marca nacional” y de juzgado de guardia.

Es curioso que en Secundaria no podamos poner los profesores como objetivo educativo el escribir sin faltas, pues los contenidos, incluso en la asignatura de Lengua Castellana lo impiden. Cuando los políticos dicen que hay que meter más horas de Lengua, casi nunca se acuerdan de la ortografía, y menos de la Literatura. Casi siempre se empeñan en meter más sintaxis, teoría del lenguaje y otros conocimientos, en mi opinión menos decisivos para la vida. Escribir correctamente es una cortesía que deberíamos enseñar a todos los ciudadanos. Lo de la sintaxis y el primo de Saussure pueden esperar un poco, creo yo, a que lo primero quede replandeciente.

Luego está el resto, el cotarrillo de la España contemporánea, cuna del castellano y refugio de listillos, donde emergen grafías inhumanas llenas de signos impronunciables. De todas ellas, la que más me mosquea es la del duplicado arrobático, que se ha extendido como grama por el monte. Es el signo “@”, que pretende sustituir el genérico masculino por el masculino y femenino a la vez. Asistí, hace unos años a un conferencia dada por un vasco de la Universidad suya, que añadía el femenino allí donde el masculino ya hacía su labor, creyendo que con tal vicio, nos informaba de que era muy feminista el tío. En realidad me abrió los ojos a la estupidez humana, pues se hizo tan tediosa y farragosa su explicación, que me juré que nunca hablaría ni escribiría así. Aquel hombre faltaba al deber de claridad y de corrección más elemental.

Luego han proliferado otros signos (“#”) que lo único que han logrado es que la gente que se cansa de escribir, se anime a escribir en jeroglíficos y en emoticonos, que es el nombre que reciben los dibujitos que se añaden a los textos.

Todo muy expresivo, pero poco claro de lo que realmente se siente. Y es que las palabras dichas con corrección son, y pueden ser además, bellas. Por eso enseñar ortografía debería ser cuestión de Estado, para que no nos quedemos sin poetas ni literatos.

Los profesores estrella.

La red está llena de buenos chistes sobre la educación. Estos de Manel Fontdevila son simplemente geniales. Y es que ahora se lleva mucho el profe estrella, en plan star system of beautiful. Los padres son los primeros que quieren que les den clases esos tíos con imaginación, buen rollo,… que lo mismo entretiene a un grupete de alumnos que se desvive contando chistes y dinamizando la clase para que nadie se sienta mal. Es la victoria del profe estrella, el profe guay, el profe que todo el mundo quiso tener, el que no enseña de manera ordenada, pero que paqué. ¿Para qué saber algo estructurado y ordenado, si la misma legislación  educativa es caótica en sí misma? Pues eso, nos van a salir tontos y con razón, y todo a costa de convertir a los profesores en animadores de aula.

En realidad la educación es otra cosa menos divertida. A nadie le gusta que se le recrimine la conducta, y a nadie le mola tener que decir las cosas que se están haciendo mal. Tampoco puedes estar diciendo cosas amables y buenas para animar siempre, aunque venga bien a todos, porque no siempre se debe ni se puede. Dar clase, y educar a niños y adolescentes, tiene poco que ver con ir de ocurrencia en ocurrencia, haciendo cosas ingeniosas para que disfrutemos todos de la vida. Se confunde aprender jugando (propio del jardín de infancia) con jugar para ver si aprenden algo.

La ciencia infusa no llega por mucho que pongamos películas, apliquemos jueguecitos y nos lo pasemos bomba. Eso está muy bien, pero no debe presuponer aprendizajes nuevos. Y es que para aprender se necesita esfuerzo, atención y constancia. Precisamente tres cualidades que hoy brillan por su ausencia en los educandos de hoy: poco esfuerzo porque han nacido en la cultura del bienestar, y aprender no es tan placentero para ellos como jugar a la play; poca atención porque no son capaces de mantenerla cuando está rodeados de estímulos constantes; y poca constancia porque se cansan rápido de todo.

En el fondo, lo que piden de verdad lo alumnos, es cierta rutina que les dé seguridad, para saber a qué atenerse. Luego, y solo luego, podrán romper la rutina para hacer otra cosa, que entonces sí, será valorada y divertida. Pero convertir la escuela es un parque infantil, con profes atracciones y divertimento sin control no educa a la gente, simplemente la entretiene y les engaña, porque creen que saben algo, cuando no saben casi nada. Esto hace daño a los alumnos, y deteriora la sociedad misma, que proporciona títulos a gente que no se lo merece. Se disfruta más de algo cuando se carece de ello, que cuando se tiene en abundancia; y divertirse es ese “algo”.

Educar tiene que ver con trabajar, con prepararse para hablar bien, con escribir correctamente, con no vocear a destiempo, ni pedir ir al servicio cada minuto. Educar tiene que ver con ser ejemplo, y el mejor ejemplo para que un alumno trabaje es un profesor trabajador. Puede ser divertido ver una película en clase, incluso instructivo, pero si el alumno no memoriza ningún contenido abstracto, no habrá aprendido nada. Se puede memorizar la tabla de multiplicar con canciones, pero como no se practique con cientos de ejercicios y multiplicaciones (deberes, sí deberes) pues no sabrán multiplicar. Los ejemplos motivadores son estupendos el primer día, pero al segundo y al tercero los alumnos se aburren. ¿Otra vez peli? Y es que el ansia por pasarlo bien y no hacer nada es infinito, y el trabajo y el esfuerzo de aprender es muy, pero que muy finito y limitado. Por eso, no hay que caer en la trampa de los profesores estrella, porque su programa de variedades acaba cansando y decepcionando; o está tan sometido a genialidades y cambios que termina estresando a los chicos. Además, cada alumno querrá hacer una cosa distinta según pase el tiempo.

Los mejores profesores que tuve explicaban bien, nos exigían, nos hacían currar y eran tipos agradables y cercanos. Ya está. Un profe que sea divertido no es un profe, no me va a poder exigir nada, y si me lo pide le contestaré con cachondeo, como el que me trata a mi. Un profe que me da conversación no me enseña nada, o casi nada. Puede ser algún día, pero si es la costumbre iré a un bar de tertulia, no a clase. En cambio un profe que me explica algo, mientras estamos todos en silencio respetuosamente, y luego me obliga a repetirlo, me está enseñando algo. Aunque me fastidie estar así, me está enseñando.

Ahora el sistema educativo premia a los profes guays que divierten a los chicos, y los padres están encantados de que sus hijos estén supercontentos con el profe ese. No saben lo que están exigiendo, porque los buenos profes son precisamente los que más hacen sufrir y trabajar a sus hijos. El problema será cuando vaya a la compra y no calcule la vuelta; escriba por whasap y no se le entienda; le hagan preguntas sobre la guerra civil española y la confunda con la guerra de la independencia. En realidad ese tema no lo estudió, vio una peli, mientras su profe le contaba lo malo que es el fascismo, y el chico hizo una redacción libre sobre el tema que le quedó estupendo. Le aprobaron para que las estadísticas fueran acordes a los deseos de un político que presume de reducir el fracaso escolar. Entonces la gente se lleva las manos a la cabeza. ¿cómo puede un universitario no sepa nada de eso? Es que pasaron de curso divirtiéndose, y no se quedaron con nada. Eso sí, son arquitectos, ingenieros,… con flamantes títulos y ninguna cultura. ¡Señor, Señor!

A la caza del profesor (segunda parte).

educación

Decíamos ayer… que eso de pagar a los profes por rendimiento atufa un poco, sino que se lo pregunten al profesor que da clase a los muchachos de la página de arriba. No es España, claro, pero donde hay un profesor y un maestro, muchos nos reconocemos. Y ser profesor es una profesión de riesgo en muchos países. ¿También en España? Espero que no empeore tanto la cosa, aunque veo que no será gracias a los ideólogos como Marina, Marchesi o el tío Wert de la Unesco ( a Dios gracias, de bolos por el mundo).

El problema es que para muchos compatriotas LOS PROFESORES somos un obstáculo a las aspiraciones y los sueños de sus hijos, o sea, somos grandes malos, gente sedienta de suspensos, enamorada de machacar a los alumnos, y cosas por el estilo. No miento, para algunos alumnos, un profe que exija suele ser un cabroncete. Me suspende por no estudiar, malo, me suspende aunque no atienda en clase, malísimo, me jode la vida porque abandono su asignatura cuando estoy a punto de titular, pues los Dalton, que son los malos de Lucky Lucke. Y encima tiene cara agria. Claro, no te jode, llevo todo el año avisándote de que no haces nada, y te escojonas en mi cara. Normal. No soy tu madre que te malcría. Yo te apruebo si me demuestras que sabes lo que te he intentado enseñar.

Para algunos alumnos (y bastantes padres logsianos), un buen profe es un coleguita, tipo serie de televisión de chavalitos. Es guay y majete, y nos entretiene mientras nos enseña. Si encima está bueno y se enrolla con la de mates, pues cojonudo. Un pichabrava que ejerce su atractivo. Por supuesto, debe ser un pimpollo, un jovencito, porque la sociedad, no lo olvidemos, sacraliza la juventud con el mismo afán con el que consolida su estupidez. No debe ser un intolerante, al contrario, tiene que pensar guay, con aspecto de crítico, y si viste grunge casual y porta pendiente, pues ya perfecto. Moderno, pijo, progre y enrollado. Eso a las madres que leen Cincuenta Sombras les pone mogollón.

Lo malo es que los políticos profesionales piensan lo mismo, porque es lo único que saben sobre el arte de enseñar. Fueron alumnos y no tienen la perspectiva del “otro lado”, y además es lo que han visto en la tele desde hace cuarenta años (desde que hay democracia). Física y Química, Al salir de clase, Un paso adelante y muchas más. Llevan tiempo diciéndonos que los profesores del futuro tenemos que ser una especie de animadores socioculturales, monitores de gimkanas y dinámicas guapas, y no empeñarnos en enseñar. En realidad enseñar es algo anticuado, nos dicen, porque el alumno tiene que descubrir cosas, y nosotros, como guías de un zoológico, irles mostrando los distintos bichos para que ellos se arrimen a verlos y a entenderlos. Yo la verdad, les digo que abran el libro y que descubran todo lo que puedan, y no. Que miren el campo a ver si ven algo, y no ven más que el tanga asomado de su compañera, y el móvil que esconden bajo la chaqueta. Que no, que no funciona… como no les mandes leer, hacer un resumen y se lo explique con esquemas y horas de esfuerzo y aburrimiento, no lo pillan. Sin esfuerzo no se aprende nada, y eso lo sabe cualquier profesor de cualquier época histórica. Por mucho que les cuentes chistes, en plan club de la comedia sobre Platón, no son capaces de repetir nada de Platón con coherencia. o se estudia y se memoriza, y se demuestra en un examen, o no se aprende nada. Una cosa es atraer la atención, y otra que se lo curren. Lo primero lo hacemos compitiendo con la tele que tiene más pasta, y lo segundo se lo inculcamos a base de sermoncitos y retahílas.

Tristemente, para muchos alumnos, el profe es un colega que está ahí para hacer lo que digan ellos, pequeños tiranos en su casa, machistas en potencia (se portan peor con las profas), unos tipos que deben estorbar lo menos posible a sus interesantes y prometedoras vidas de famosos en potencia. Su gran aspiración, ya lo saben, es ser un analfabeto de esos que pueblan la galaxia Gran Hermano, y Gran Hermano PIS, o Vips, o como se escriba, que es igual. Y no son muchos que se salen de la tontería generalizada, aunque haberlos haylos, por supuesto, alumnos que estudian, que salen adelante a pesar del profesor, y sobre todo a pesar de sus compañeros. Son minoría, que tiene que compartir sus aprobados brillantes con los aprobados generalizados a los que nos vienen obligando en los últimos años.

Realmente, el profe que obedece a los alumnos, no enseña una mierda, aunque a veces sea muy apreciado por ellos. Algunos creen que no sabemos entretener a nuestros alumnos y se equivocan. Somos supergraciosos (también fuimos alumnos), lo que pasa es que queremos que aprendan algo; lo cual requiere seriedad, talento, esfuerzo, creatividad, simpatía, pero firmeza y autoridad. Y eso, créanme, entre todo el marasmo de las autoridades educativas, parece casi un empeño exclusivo del profesor, lo de aprender, digo; porque lo de aprobar es lo que quiere el resto de la humanidad, especialmente padres e inspectores.

Las autoridades educativas persiguen un gran objetivo: no tener problemas. Para eso rodean al profesor de papeles, de informes, de porcentajes con resultados reales, y tienden a marearlo. Les importa muy poco si se enseña algo en clase o pierden el tiempo haciendo jueguecitos. Lo que quieren es: que nadie se queje, y que todos aprueben. Felicidad absoluta a costa del marronazo de aprender de verdad, de leer, de memorizar los fines de semana por la tarde y de disfrutar con el conocimiento. Son los mundos de yuppi. Esta presión se lleva haciendo desde hace años, sin que los sindicatos digan ni Pamplona. Aprobar, aprobar, aprobar. Es la única palabra que conocen. Y nosotros, los profes: educar, aprender, esforzarse, intentarlo, trabajar, estudiar, centrarte…

La incompetencia de las autoridades educativas de éste, y me temo que de cualquier país de la decadente Europa, llega al esperpento de tomar decisiones terriblemente perjudiciales a la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Incluso dañando a alumnos y profesores.

Un caso: Un alumno reclamó una nota hace unos años, se basaba en que el profesor no había terminado el temario (entre otras cosas porque los alumnos no tenían herramientas intelectuales para comprender la compleja materia, y tampoco hicieron demasiado por intentarlo). La inspección le dio la razón al chaval, porque supuso que si hubiera dado el temario que faltaba, ese alumno habría sabido esa parte mejor que la que había suspendido. La selectividad apremiaba, y el inspector era un tipo guay. El muchacho suspendió selectividad, pero eso no importó a nadie. Imagino que el profesor se pillaría una depresión, y que gracias a Dios descansaría en su casa. ¿Se disculpó alguien ante el profesor? Lo dudo. Es de esas cosas que suelen suceder en el sistema de la cosa nostra.

Segundo caso: este es reciente y masivo. Un instituto oferta varias optativas (que escogen los alumnos), para los cuales tiene profesor preparado y en plantilla. No va a costar más dinero al sistema educativo. Pero resulta, dice la autoridad educativa con forma de decreto, que si no llegan a ocho no puede haber optativa. Tuvieron a los profes en la sala de profesores leyendo el periódico, y a los alumnos sin poder aprender la optativa elegida. Esto ha sucedido en cientos de centros de Castilla y León (la de mejores resultados a pesar de…) durante la llamada crisis económica. Se basaban en que no había dinero, pero en realidad era fruto de la incompetencia de los que no han pisado un aula en su vida, pero nos están todo el día contando lo que tenemos que hacer. Perjudicaron sueños y aspiraciones de los alumnos, y ningunearon a los profesores, para acto seguido decirnos que teníamos que ser “autoridad”. Sí, claro. Auctoritas sin potestas.

Si van a pagar a los profes según resultados, está claro que perderá dinero el profesor que exija demasiado y no obtenga resultados. De hecho, con los criterios de los alumnos, los profesores exigentes, que normalmente yo los tengo como de los mejores a lo largo de mi vida, pues me enseñaron mucho más que otros, están condenados a desaparecer. Empezarán a bajar el listón, para no cobrar menos; y al final lo pagaremos todos. Eso sí, para cuando nos demos cuenta del error, ya estarán enterrados tras la barrera de la ignominia. Exterminamos a los mejores, y nos convertimos en saltimbanquis.

 

 

El próximo Ministro de Educación…

educación

¿Dónde está el problema de la educación? Realmente, y desde el punto de vista de la antropología no está en ningún lado. La educación está a la altura de la cultura de la sociedad, de los valores que tiene, y de sus objetivos a corto y medio plazo. Se trasmite lo que se tiene, y a nuestra sociedad no le gusta su pasado, ni sus tradiciones, ni nada que suene a historia ni a conocimiento sesudo. Es la posmodernidad, que tan bien han entendido nuestras autoridades educativas. Don´t worry be happy.

Una autoridad educativa es un político que en su vida ha pisado un aula, más que cuando era alumno, y no se enteraba de nada. Luego están las pequeñas autoridades educativas, los agentes serviles y funcionariales de la cosa nostra, que son los que deciden las pequeñas cosas cotidianas de los centros educativos. Sus grandes intereses giran en torno a que se entreguen los papeles de turno (por algo son burócratas amantes de la burocracia), y por supuesto que no haya problemas, y si los hay que se solventen lo mejor posible. O sea, que se haga como que no hay problemas, y para eso siempre hay que dar la razón a los padres, y quitárselas a los verdaderamente educadores: los profesores y maestros. En esto se resume la educación y sus problemas: cuanto menos se haga mejor, y si se hace que sea tan engorroso que no se quiera hacer nada. ¿Excursiones? A ver si va a pasar algo, no gracias. ¿Ampliamos materia y que sepan más cosas? Quita, quita, que se quejan los padres.

Hay que decir que la educación funciona gracias a que unas personas dedican, a cambio del peor sueldo de su categoría en el grupo A o B, a la ingrata tarea de decirle a un chico en clase que saque el cuaderno, que copie lo que se dicta, que no coma chicle, que no hable con sus compañeros, que guarde el móvil y que atienda algo. A cambio tiene que escuchar que el cuaderno se me ha olvidado, que no tengo boli, que no tengo nada en la boca, que yo no estaba hablando, y que por favor por favor no que quite el móvil porque mi padre me mata. Ah, y que si no atiendo es porque eso es muy aburrido.

Estas personas tienen además que intentar trasmitirles algo de la cultura en la que viven y eso es una tarea muy ardua porque la cultura en la que vivimos está en una profunda crisis y no se sabe ni siquiera qué hay que trasmitir. En el futuro las asignaturas fetén de la escuelas serán educación sexual, manejo del móvil, juegos educativos, hacerse un bocata de tortilla para sobrevivir, los problemas de las drogas y el ocio del finde. Y seguro que suspenderán por no llevar el cuaderno, ni los bolis, ni atenderán en clase.

Hay que decir que los profesores en general saben como hacerlo bien, son buenos profesionales que tienen muchos conocimientos y manejan muchas herramientas educativas y pedagógicas para lograr algo, a veces mucho y otras menos. Pero siempre algo. También es verdad que las generaciones más jóvenes de profesores han adquirido, y es discutible, menos bagaje cultural, su acervo es más limitado, por lo que trasmitirán menos contenidos clásicos. Pero como la escuela y la sociedad está pidiendo más samba y menos curro, pues da igual. Un profesor que hace cursillos es mejor que uno que tiene un doctorado, verbigracia.

Lo que no cabe duda es que el mismo profesor logra que un alumno saque matrícula en selectividad, y que otro alumno deje todos los exámenes en blanco. Los profesores solemos decir que un alumno bueno no necesita profesor, y es verdad en parte, pero un alumno malo tampoco, sobre todo cuando no quiere ser educado y se empeña en no hacer nada, para castigo de sus padres, cuando están concienciados de lo que tienen en casa.

Las autoridades educativas no quieren ningún problema, y como el informe Pisa les saca los colores, pues tratan por todos los medios de reducir el fracaso escolar. ¿Cómo hacerlo? Aprobando a más gente y ya está. Por eso exigen informes cuando suspendemos mucho, pero no cuando aprobamos mucho, porque se supone que lo que hay que hacer es aprobar a los alumnos, no enseñarles algo. Los contenidos son secundarios, pero las formas, ¡ay las benditas formas! Tan castas como los odiados papeles. No conozco a ningún profesor que le guste rellenar papeles, y muchos que les encanta enseñar cosas; justo lo contrario que lo que las autoridades educativas quieren: papeles y más papeles. Papeles para todos, parecen querer decir. ¡Cómo si los problemas educativos se arreglaran haciendo informes!

El problema es que en nuestro país nunca, pero nunca, nunca, se ha escuchado al profesorado. Las autoridades educativas no quieren conocer la opinión del docente, más que cuando hay muchas bajas por depresión, que entonces dicen que hay que hacer algo. Pero la verdad es que les importamos un bledo. Nos han convertido en dianas de un sistema que cambian a su antojo, más lengua y menos plástica, o más matemáticas y menos religión, quitamos la selectividad y ponemos la reválida, cambiamos el nombre a los recreos y les llamamos segmentos de ocio, y majaderías por el estilo. Las leyes educativas, no es que sean farragosas, es que son caóticas. Ni la inspección sabe aplicarlas, y cada uno las interpreta como le apetece. El caos es impresionante, pero bueno. Mientras no haya problemas. Que parezca que hacemos algo, dicen los sabios que manejan la educación en este país, que es cualquier tarado que pasaba por allí con una ocurrencia. ¿Se imagina un profesor ministro de educación en España? Yo no, y mira que tengo imaginación para escribir libros.

El drama de las sociedades hipócritas.

 

Es lo me que ha provocado la lectura, siempre sabrosa y agradable de la novela Anna Karenina de Tolstoi y de nuevo vuelvo a sentir lo mismo que siento cuando me sumerjo en los autores clásicos: el placer de ver que podemos seguir buscando en el pasado algo consistente. Ningún instituto ni universidad me temo que recomendará esta novela. El mercantilismo en la educación impide, desde hace años, que se enseñe algo tradicional y clásico en la escuela, no sea que sepan nuestros cibersocializados alumnos quiénes son y de dónde vienen. Necesitamos buenos trabajadores, y no gente que le guste leer y pensar por sí misma. Cuanto más ignorantes más manipulables, que diría cualquier político de nuestro planeta, y aquí no hago distingos.

Anna Karenina es agradable de leer, y como tantas cosas buenas de la vida, completamente inútil. Hay que decir, que Anna Karenina no le gustó a Tolsoi, y no me extraña. Atufa a culebrón. La novela la siguió escribiendo porque se lo aconsejó su esposa, con bastante más ojo clínico que su esposo, y no se equivocó, porque su éxito fue rotundo. Se publicó por partes en un periódico de la época (algo impensable hoy), y logró que mucha gente estuviera atenta al serial Karenina según iba apareciendo en letra impresa.

Hoy los únicos culebrones que despiertan pasiones son los de la tele, (venezolanos y colombianos se llevan la palma), con series que se prolongan meses y meses. Pero en aquellos tiempos, en los que la lectura era la fuente de ocio más importante de la sociedad, Anna Karenina se convirtió en la comidilla de la sociedad rusa de su tiempo, el “tendintopic” del momento ( o como coños se escriba). A ver que pasa con la Karenina, si le dan el divorcio o no, y que hará Levin, y la Kitty si está resabiada con ella o no. Enfín, espectáculo asegurado, y algo de lo que hablar en las tertulias vespertinas donde los rusos tomaban café y pastas mientras departían de estas insustanciosas cuestiones. Hasta que llegó Lenin, claro, y se acabó la tertulia burguesa insustancial. Aquí solo se habla de cosas serias, coño – dijeron los bolcheviques.

El caso es que Tolstoi, ante la repercusión social,  se vio obligado a terminarlo, pero publicó la última parte por separado ante las presiones que recibió el periódico donde recibían los escritos del Maestro Ruso. La conmoción por la muerte de Anna Karenina suicidándose bajo las vías del tren crearon un drama social en una sociedad que vibraba ante las letras. Muy lejos de lo que hoy logran hacer las Ferias del Libro abiertas por la geografía nacional, y supongo que internacional, donde las editoriales vibran cuando se les menciona a la bicha de cuantos ejemplares han vendido. Es la pregunta fantasma que nadie responde abiertamente, supongo que porque venden poco, y eso que editan a los de siempre y a los de fuera, sin arriesgar nada.

Con esta novela se montó un gran escándalo, la licenciosa vida de la Karenina  despertó entre los moralistas de entonces un fuerte debate, de los de reloj y argumentos. Todos querían leerla, y nadie quería quedarse fuera del debate. Lo paradójico es que Tolstoi nunca se sintió demasiado satisfecho de esta novela, a la que consideró así, un culebrón menor de poco interés dentro de su obra. Su compatriota Dostoiesvki dijo que era la novela perfecta, y desde entonces, nadie se ha atrevido a decir lo contrario. De hecho se considera que es la mejor novela de Tolsoi, y junto con Guerra y Paz la más representativa de su carrera literaria. Así lo repiten los listillos de estas cosas una y otra vez. Y en cuanto salga en wikipedia, lo pondrán todos los alumnos en sus trabajos de clase de literatura rusa. Tolstoi no estaría tan satisfecho.

El caso es que la novela está bien trabada, y lo mejor es que nos cuenta una historia tan actual como paradójica, como suele suceder con los clásicos. La señora Karenin, casada felizmente con el señor Karenin se enamora de un oficial joven y atraactivo, Vronsky, y decide dejar todo, incluido a su primer hijo, para poder vivir y estar con su nuevo amor. Y esa será su desgracia. Su marido no la perdona y no le concede el divorcio, y la relación con su Vronski se resiente. El amor fresco se vuelve gótico y angustioso, lleno de celos no resueltos, y con un aislamiento social durísimo en una persona acostumbrada a otra cosa. La alta sociedad peterburguesa y moscovita le dan la espalda casi totalmente, y Anna Karenina, que era una mujer que ha elegido su destino, termina suicidándose cuando su nuevo compañero, como dicen hoy los modernos, se distancia de ella intentando buscar espacios propios en una huida de una relación de dependencia agobiante.

Anna Karenina no resiste, y se tira a las ruedas del tren. Ella misma es la responsable de abandonar a su marido, de elegir a Vronski, y de quitarse la vida. En lo demás comparte responsabilidad con el resto de la sociedad. Pasa de ser admirada, a ser detestada y humillada por otras mujeres más rectas y honradas de su tiempo. Hoy desde luego las cosas serían distintas, pero no mejores. Anna es víctima de la moral hipócrita de su tiempo, donde si hay divorcio todo es legal y magnífico, y si no lo hay todo es deshonroso; pero es víctima sobre todo de su propia decisión. Anna Karenina lo quiere todo, y esa es su perdición. Cree en el amor, y cree que puede tener todo lo que desee en la vida. Quiere estar con sus hijos, quiere estar con su amante, quiere estar bien tratada en la sociedad, quiere no ser castigada por la frivolidad de su conducta, quiere seguir siendo el centro de la vida social. Y no puede tenerlo todo. Contrasta su vida con Kitty, la antigua pretendiente de Vronski, que rechazada por el joven y guapo oficial, termina casándose con Levin, un personaje tras el cual se esconde Tolstoi. Nuestro escritor asume que en la vida no podemos quererlo todo, no podemos tenerlo todo. Estos personajes son antítesis, que no contrarios a lo que representa Vronski y Anna.

Por eso la novela es magnífica, porque retrata un drama, el drama cotidiano de la vida de miles de personas, que queriéndolo tener todo, terminan perdiendo lo esencial. Tolstoi no hace moralina aburrida y vacía, como se pretende hoy hacer desde tantas instancias ideológicas llenas de soberbia y claridad de ideas. Simplemente ponen delante de los ojos un drama. La tragedia de una persona corriente, que se ve empujada en su propia vida a la destrucción de sí misma.

La esperanza está presente en la última parte de la obra, donde está la reflexión de Levin sobre la vida y la muerte, sobre Dios y su escepticismo creyente. El, que llegó a no tener nada, termina encontrando la felicidad en su esposa Kitty. Cambiar por capricho es perder, perseverar parece ser la solución que nos ofrece el genial autor ruso.

Leer una obra así es un placer para el entendimiento, a años luz de “50 sombras de Gray”, que más que pensar nos hace evacuar fluidos corporales. He dicho.

 

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