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Escribir en España es llorar.

No me quiero poner dramático ni histérico. Pero escribir en España es una tragedia. Les cuento por qué y luego nos tomamos unas cañitas. Venga, a su salud.

La primera tragedia es intentar vivir de lo que escribe. Son cuatro los que lo logran, a costa de estar hasta las narices de sus editores, agentes y demás público exigente que presiona y presiona hasta que vuelven a escribir la misma novela que tuvo éxito hace dos años. Si escribiste un día novela histórica y le fue bien a la editorial, estás condenado a no poder escribir nada más en tu vida. O si lo haces, será como empezar de cero, sin padrino y sin abuela. Por eso somos cientos de escritores los que vivimos de otra cosa. Muchísimos somos profesores y docentes, y otros muchos periodistas u otros oficios. Gracias a eso podemos escribir y comer. Lo que pasa es que no estaremos fácilmente en los circuitos de muchas editoriales, que buscan gente dedicada en cuerpo y alma a promocionar mi libro. O mejor dicho, el libro de la editorial, que son los que invierten y los que gana dinero con nuestro “oficio”.

Conocí a un escritor que me contó que se salió del circuito de su editorial. Le “obligaban” a ir a presentaciones de amigos escritores, a perder el tiempo con gente que ni le interesaba ni le decía nada, y encima tenía que escribir lo que no le apetecía escribir para seguir vendiendo lo que ya se vendió una vez. Me dijo que era un hartazgo, que ganaba dinero para otros, y que no era el único. Me habló de varios compañeros de profesión (que vivían del tema), algunos hasta conocidos por el público. Estaba hasta las narices de acumular consejos de gente que odia la buena literatura y que te obligaban a escribir la segunda parte, continuación, lo que fuera de “esa” novela que tanto les gustó a unos pocos. El tío me envidiaba: “bueno, al menos tu escribes lo que quieres”.

Y pienso en muchos escritores de hoy que parecen escribir el mismo libro una y otra vez. ¿Por qué hacen eso? Ahora me lo explico.

Segunda tragedia. Las editoriales apuestan por un tipo de escritores con marca de fábrica. Es sospechoso que todos los autores que triunfaron en los años setenta y ochenta (casi todos) sean amigos de la izquierda, simpatizantes del Partido Comunista y demás. Antes se llevaba ser izquierdoso, rojetilla de jersey de cuello alto, gafas culo vaso y pantalón manchado de restos seminales. Ahí están los Goytisolo, los Marsés, Vázquez Montalbanes y Caballeros Bonales. Serán buenos escritores, no lo discuto, pero que hicieron su carrera gracias a sus amigos del partido, también. Algunos de entonces se salvaron del politiqueo, pero otros hoy no los conoce ni el tato, a pesar de haber sido geniales, incluso mejores que los escritores oficiales del régimen cultureta. Castillo-Puche sin ir más lejos. ¿A qué no les suena? Pues eso.

Ahora la marca del escritor que busca las editoriales ha cambiado. Aquellos daban grima, y fumaban como colachas. Por eso ahora prefieren a las féminas, les encantan las escritoras luchadoras que venden universo de mujer que lucha por conseguir un puesto en un mundo tan duro. Escritoras de treinta y cuarenta. Ni jóvenes (salvo que sean pijirebeldes, que entonces sí, si venden), ni mayores, que van a parecer beatas de misa. Se vende la literatura femenina, y eso lo tienen que escribir las chicas. Ah, claro, era eso. Me temo que el resto de escritoras y escritores nos movemos en las pasarelas de lo inadvertido si no hablamos del tema que toca. Del único tema que toca ahora, claro. Si no escribes una novela con alguna lesbiana o gay por medio, o algo de un par de mujeres sufridoras  en una novela negra, no eres nadie en el mundo de las letras.

La tercera tragedia está en los Premios. Los premios son un invento de las editoriales para vender y promocionar sus propios libros. Los negros que leen los tochos que les envían suelen ser agentes editoriales vinculados a esos premios y editoriales, los cuales hablan con sus escritores para que presenten tal o cual cosa. Esos tipos, generalmente tipas, son muchas veces gente joven que no tiene ni un poso cultural para hacer la criba. Pero eso no importa, porque hacen el filtro, para que no se cuele nada que no sea comercial y vendible. Los cánones son los de la actualidad. No es casualidad que casi todos los finalistas de equis premios sean escritores de la misma editorial que convoca el premio. Luego salen en los medios asombrados. Ya claro. Es como un concurso oposición, donde gana el amigo del sindicato. No hablo solo de Planeta, Nadal o los Ateneos, es que no hay un premio medianamente remunerado en España que no funcione así. Hoy por tí, mañana por mi. Así llegaron algunos escritores que hoy todo el mundo lee y celebra, y olvida en cuanto fallecen. Y no me extraña. Algunos no llegan a escribir ni tres libros en toda su vida. La licuadora saca el zumo y abandona las colfas de la naranja cuando los ha exprimido. Ah, que rico el zumo; y corre, bebe rápido que se le van las vitaminas.

¿Sigo? Venga, un poco más.

Cuarta tragedia. Abundan las editoriales timadoras. Como lo oyen. El mundo está lleno de tipos sin escrúpulos que te ofrecen grandes negocios donde tu pones todo, pagas todo, y ellos te aplauden por vender libros a tus amigos. Viven de la ingenuidad y de la vanidad de muchos escritores cuyo principal delito es tener ganas de triunfar. Les sacan el dinero cuando envían el manuscrito, les sacan el dinero para que lo editen, y les sacan el dinero para venderlo, porque se quedan con sus porcentajes.

Ante este panorama, que haya pocos lectores es casi una suerte, decimos algunos con ironía.

La quinta tragedia es que a la clase política, les importa este tema una mierda. De hecho, obligan a los escritores de cierta edad a elegir entre cobrar su pensión o cobrar por derechos de autor. Pues eso, que se jodan los escritores y que no escriban cuando se jubilen. Ahí es que lo clavaron. No es extraña esta actitud, porque muchos políticos no leyeron ni los apuntes de clase cuando tuvieron oportunidad. Y se les nota. Hay que leer, dicen. Sí claro, la mierda tuya y con letras de molde.

Sexta tragedia. Escribir un libro es fácil, relativamente fácil. Pero escribir muchos es costoso, y requiere mucho tiempo, a veces muchísimo tiempo y sinsabores. El arte no tiene prisa, y es esfuerzo de escribir es inimaginable para el que no se dedica a ello. Muchos escritores hacen un libro para sentir que son capaces de escribir un libro, y lo consiguen, pero no vuelven a escribir en su vida el segundo o el tercero.

Los verdaderos escritores sentimos la necesidad de escribir y seguir escribiendo aunque no publiquemos fácilmente, o aunque guardemos el manuscrito bajo llave, o aunque autopubliquemos y saquemos quinientos ejemplares cada dos años. El número no importa, y el éxito no depende de nosotros.

Dicen que el problema no está en el escritor frente al folio en blanco, sino en el mercado; y en parte es verdad. Hay muchos escritores vendiendo lo suyo, y los hay de todo tipo. Hay miles de escritores malísimos y mediocres; y hay menos que son normales e interesantes, incluso excelentes. Lo que vende cada escritor, no está en relación con la calidad de sus escritos. La historia de la literatura ratifica esta verdad. Es triste que se reconozcan a algunos artistas más cuando mueren que mientras viven. La pléyade de gilipollas dice entonces que eran avanzados a su tiempo, lo que es siempre mentira. Eran de su tiempo, pero no hubo nadie con luces a su alrededor.

¿Qué puedo decir de esto? Muchos “best seller” son malísimos y mediocres, y por desgracia, los escritores que considero excelentes y buenísimos están compitiendo con una abundancia enorme de títulos que se publican al día de escritores malos o muy malos. Es difícil visibilizar la calidad, incluso para un librero, que no tiene tiempo de leer todo lo que le llega a  la librería. Cada tres meses cambia el escaparate y el interior de la tienda. Por eso no se escapan ni los escritores muertos a la tragedia de su olvido. Incluso los excelentes son olvidados, salvo que alguien los siga publicando, promocionando y aconsejando.

¿La séptima tragedia? La vida mercantil de un libro es de menos de dos años, y normalmente es un producto de temporada. A los seis meses está quemado; a los dos años es libro de viejo; y a los cien son del dominio público y no hay derechos de autor.

¿La octava tragedia?

No sigo. Habría que hablar del pirateo, de lo poco que lee la gente, de la competencia que tenemos con las series de la tele, o con la baja calidad de lo que lee la poca gente que lee. Pero no voy a seguir. Tengo pendiente continuar disfrutando de Marcel Proust y las chicas en flor. Así qué… me piro, vampiro.

Acabo, venga. Les cuento, mis queridos lectores, que yo escribo, me autopublico y tengo gente a la que le encantan mis novelas. No pierdo dinero, y ya es bastante. Por eso estoy satisfecho y seguiré escribiendo. Mi tragedia es que no saldré de los parámetros ostracistas a los que me ha sometido el mercado; lo cual que convierte en un escritor libre, con proyección internacional, y lectores en todo el planeta. Quién quiera (se entere y me conozca) me puede leer.

Y eso, en los tiempos que corren, es mucho.

 

DISTRIBUIMOS CON ARCADIA LIBROS S.L. PARA TODO CASTILLA Y LEÓN

Hemos dado un salto importante, y es que a partir de este mes de abril vamos a distribuir con Arcadia Libros, distribuidora que sirve a las librerías de Castilla y León de manera preferente, y que puede atender las demandas del libro para el resto del país, incluso del mundo.

No me he podido resistir, entre otras cosas porque últimamente me llegaban varios mensajes de librerías de Valladolid que me solicitaban el libro, lectores de otros lugares de la geografía española; y yo, superado por el tiempo y los deseos cotidianos, no he podido atenderles como se merecían. Con esta decisión cierro una pequeña etapa, pido ayuda a profesionales como son los de Arcadia Libros, y me evito repartir libros por las librerías. Dejo el oficio de distribuidor.

Es una etapa nueva, ni más ni menos.

Hasta ahora las librerías de Valladolid, donde he distribuido personalmente, me han tratado muy bien. Realmente, los libreros son los que están cerca de los lectores, saben lo que pide la gente, escuchan y atienden lo mejor que pueden las necesidades de sus clientes. Viven de ellos, y conocen su oficio. Un oficio, por cierto, más duro y complicado de lo que parece, además de un oficio con vocación.

Muchos libreros aman los libros, los buenos libros. Tiene que vender y vivir, lógicamente, pero eso no quita, que prefieran vender una buena novela antes que una mala. Se entretienen clasificando, ordenando, revisando… para luego recomendar al lector, a veces impaciente y desorientado, la mejor posibilidad. Su riesgo es “mantener” un libro mucho tiempo, a sabiendas de que es bueno, con la duda de si se venderá o si lo tendrá que almacenar en la estantería durante años. De ahí que algunos libreros apenas arriesguen manteniendo libros, cambian cada tres meses las novedades y no se casan con nadie: intentan sobrevivir como pueden. Otros, por el contrario, arriesgan y apuestan por aquellos libros que saben que son buenos, que les gusta venderlos, por la razón que sea, y que ofrecen desde sus expositores incansablemente, aunque se vendan menos que los salvíficos best-seller de turno. Todos ellos tienen mi reconocimiento, porque ninguna de las dos posturas es fácil de tomar cuando se juega con lo de comer.

Muchos libreros sobreviven gracias a las abundantísimas ventas que hacen en Navidad, donde regalar un libro sigue siendo una buena idea. También tienen otros periodos buenos, como el mes de abril, gracias al Día del Libro, 23 de abril, y las Ferias del Libro. Pero hay otros meses donde las librerías están vacías. Días donde no entra nadie, o casi nadie, porque llueve, porque hace frío, porque en enero las rebajas no llegan a los libreros. Da igual, porque gestionar un negocio siempre es duro y difícil, y cuando ves que no vendes, te desesperas.

La excusa actual del negocio editorial y librero es el libro electrónico, pero la experiencia nos va diciendo que tienden a convivir los dos formatos. Los lectores que viajan, de grandes ciudades preferentemente, y que hacen horas de metro y autobús, prefieren libros electrónicos, pero suelen descargarlos piratas. De ahí que las plataformas de libros electrónicos no terminen de despuntar en España, y escojamos plataformas extranjeras tipo Amazon. Pero incluso en esos ámbitos de trasporte público, son muchos  los que prefieren libros impresos. Abundan los lectores que se resisten a la electrónica, aunque ocupen sitio en casa y se acumulen. Según los estudios estadísticos, la gente que usa formato electrónico, suele alternar los formatos de manera natural, según apetencias o disponibilidades. Así que no hay por qué asustarse ni ser catastrofista, porque los libros y los escritores seguirán existiendo a pesar de las dificultades y de los problemas. Y me fijo en lo segundo, por la crisis más que nada.

Todos vivimos cerca de algunos lugares donde tal o cual librería ha desaparecido. Porque no es un buen negocio, porque cuesta mantenerlo, porque en España no se lee. Editamos mucho, tiradas cada vez más cortas, pero leemos poco. Supongo que el buen tiempo ayuda a que la gente prefiera salir de cañas que quedarse en casa leyendo, pero la realidad en España habla de menos librerías, más libros y menos tirada. El problema es que el número de lectores no crece, y sin lectores no hay ni librerías, ni distribuidoras, ni editoriales. Quedarán los escritores, aislados y reducidos a la autopublicación o al ámbito local o regional, que es donde me muevo.

Es curioso que en el mundo de la globalización, no exista, por ejemplo ninguna distribuidora de ámbito nacional siquiera. Y es que distribuir es caro, lo más caro y costoso del proceso, además de escribir supongo.

Durante estos meses he aprendido mucho del negocio. Pero no es mérito mío. Me han ayudado algunas librerías, me han animado y he firmado libros con ellos. He preguntado y me han respondido. Me he sentido apoyado, incluso admirado y reconocido, y eso se agradece. Ser librero es algo más que un oficio o una profesión. Y les doy las gracias.

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