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Escribir en España es llorar.

No me quiero poner dramático ni histérico. Pero escribir en España es una tragedia. Les cuento por qué y luego nos tomamos unas cañitas. Venga, a su salud.

La primera tragedia es intentar vivir de lo que escribe. Son cuatro los que lo logran, a costa de estar hasta las narices de sus editores, agentes y demás público exigente que presiona y presiona hasta que vuelven a escribir la misma novela que tuvo éxito hace dos años. Si escribiste un día novela histórica y le fue bien a la editorial, estás condenado a no poder escribir nada más en tu vida. O si lo haces, será como empezar de cero, sin padrino y sin abuela. Por eso somos cientos de escritores los que vivimos de otra cosa. Muchísimos somos profesores y docentes, y otros muchos periodistas u otros oficios. Gracias a eso podemos escribir y comer. Lo que pasa es que no estaremos fácilmente en los circuitos de muchas editoriales, que buscan gente dedicada en cuerpo y alma a promocionar mi libro. O mejor dicho, el libro de la editorial, que son los que invierten y los que gana dinero con nuestro “oficio”.

Conocí a un escritor que me contó que se salió del circuito de su editorial. Le “obligaban” a ir a presentaciones de amigos escritores, a perder el tiempo con gente que ni le interesaba ni le decía nada, y encima tenía que escribir lo que no le apetecía escribir para seguir vendiendo lo que ya se vendió una vez. Me dijo que era un hartazgo, que ganaba dinero para otros, y que no era el único. Me habló de varios compañeros de profesión (que vivían del tema), algunos hasta conocidos por el público. Estaba hasta las narices de acumular consejos de gente que odia la buena literatura y que te obligaban a escribir la segunda parte, continuación, lo que fuera de “esa” novela que tanto les gustó a unos pocos. El tío me envidiaba: “bueno, al menos tu escribes lo que quieres”.

Y pienso en muchos escritores de hoy que parecen escribir el mismo libro una y otra vez. ¿Por qué hacen eso? Ahora me lo explico.

Segunda tragedia. Las editoriales apuestan por un tipo de escritores con marca de fábrica. Es sospechoso que todos los autores que triunfaron en los años setenta y ochenta (casi todos) sean amigos de la izquierda, simpatizantes del Partido Comunista y demás. Antes se llevaba ser izquierdoso, rojetilla de jersey de cuello alto, gafas culo vaso y pantalón manchado de restos seminales. Ahí están los Goytisolo, los Marsés, Vázquez Montalbanes y Caballeros Bonales. Serán buenos escritores, no lo discuto, pero que hicieron su carrera gracias a sus amigos del partido, también. Algunos de entonces se salvaron del politiqueo, pero otros hoy no los conoce ni el tato, a pesar de haber sido geniales, incluso mejores que los escritores oficiales del régimen cultureta. Castillo-Puche sin ir más lejos. ¿A qué no les suena? Pues eso.

Ahora la marca del escritor que busca las editoriales ha cambiado. Aquellos daban grima, y fumaban como colachas. Por eso ahora prefieren a las féminas, les encantan las escritoras luchadoras que venden universo de mujer que lucha por conseguir un puesto en un mundo tan duro. Escritoras de treinta y cuarenta. Ni jóvenes (salvo que sean pijirebeldes, que entonces sí, si venden), ni mayores, que van a parecer beatas de misa. Se vende la literatura femenina, y eso lo tienen que escribir las chicas. Ah, claro, era eso. Me temo que el resto de escritoras y escritores nos movemos en las pasarelas de lo inadvertido si no hablamos del tema que toca. Del único tema que toca ahora, claro. Si no escribes una novela con alguna lesbiana o gay por medio, o algo de un par de mujeres sufridoras  en una novela negra, no eres nadie en el mundo de las letras.

La tercera tragedia está en los Premios. Los premios son un invento de las editoriales para vender y promocionar sus propios libros. Los negros que leen los tochos que les envían suelen ser agentes editoriales vinculados a esos premios y editoriales, los cuales hablan con sus escritores para que presenten tal o cual cosa. Esos tipos, generalmente tipas, son muchas veces gente joven que no tiene ni un poso cultural para hacer la criba. Pero eso no importa, porque hacen el filtro, para que no se cuele nada que no sea comercial y vendible. Los cánones son los de la actualidad. No es casualidad que casi todos los finalistas de equis premios sean escritores de la misma editorial que convoca el premio. Luego salen en los medios asombrados. Ya claro. Es como un concurso oposición, donde gana el amigo del sindicato. No hablo solo de Planeta, Nadal o los Ateneos, es que no hay un premio medianamente remunerado en España que no funcione así. Hoy por tí, mañana por mi. Así llegaron algunos escritores que hoy todo el mundo lee y celebra, y olvida en cuanto fallecen. Y no me extraña. Algunos no llegan a escribir ni tres libros en toda su vida. La licuadora saca el zumo y abandona las colfas de la naranja cuando los ha exprimido. Ah, que rico el zumo; y corre, bebe rápido que se le van las vitaminas.

¿Sigo? Venga, un poco más.

Cuarta tragedia. Abundan las editoriales timadoras. Como lo oyen. El mundo está lleno de tipos sin escrúpulos que te ofrecen grandes negocios donde tu pones todo, pagas todo, y ellos te aplauden por vender libros a tus amigos. Viven de la ingenuidad y de la vanidad de muchos escritores cuyo principal delito es tener ganas de triunfar. Les sacan el dinero cuando envían el manuscrito, les sacan el dinero para que lo editen, y les sacan el dinero para venderlo, porque se quedan con sus porcentajes.

Ante este panorama, que haya pocos lectores es casi una suerte, decimos algunos con ironía.

La quinta tragedia es que a la clase política, les importa este tema una mierda. De hecho, obligan a los escritores de cierta edad a elegir entre cobrar su pensión o cobrar por derechos de autor. Pues eso, que se jodan los escritores y que no escriban cuando se jubilen. Ahí es que lo clavaron. No es extraña esta actitud, porque muchos políticos no leyeron ni los apuntes de clase cuando tuvieron oportunidad. Y se les nota. Hay que leer, dicen. Sí claro, la mierda tuya y con letras de molde.

Sexta tragedia. Escribir un libro es fácil, relativamente fácil. Pero escribir muchos es costoso, y requiere mucho tiempo, a veces muchísimo tiempo y sinsabores. El arte no tiene prisa, y es esfuerzo de escribir es inimaginable para el que no se dedica a ello. Muchos escritores hacen un libro para sentir que son capaces de escribir un libro, y lo consiguen, pero no vuelven a escribir en su vida el segundo o el tercero.

Los verdaderos escritores sentimos la necesidad de escribir y seguir escribiendo aunque no publiquemos fácilmente, o aunque guardemos el manuscrito bajo llave, o aunque autopubliquemos y saquemos quinientos ejemplares cada dos años. El número no importa, y el éxito no depende de nosotros.

Dicen que el problema no está en el escritor frente al folio en blanco, sino en el mercado; y en parte es verdad. Hay muchos escritores vendiendo lo suyo, y los hay de todo tipo. Hay miles de escritores malísimos y mediocres; y hay menos que son normales e interesantes, incluso excelentes. Lo que vende cada escritor, no está en relación con la calidad de sus escritos. La historia de la literatura ratifica esta verdad. Es triste que se reconozcan a algunos artistas más cuando mueren que mientras viven. La pléyade de gilipollas dice entonces que eran avanzados a su tiempo, lo que es siempre mentira. Eran de su tiempo, pero no hubo nadie con luces a su alrededor.

¿Qué puedo decir de esto? Muchos “best seller” son malísimos y mediocres, y por desgracia, los escritores que considero excelentes y buenísimos están compitiendo con una abundancia enorme de títulos que se publican al día de escritores malos o muy malos. Es difícil visibilizar la calidad, incluso para un librero, que no tiene tiempo de leer todo lo que le llega a  la librería. Cada tres meses cambia el escaparate y el interior de la tienda. Por eso no se escapan ni los escritores muertos a la tragedia de su olvido. Incluso los excelentes son olvidados, salvo que alguien los siga publicando, promocionando y aconsejando.

¿La séptima tragedia? La vida mercantil de un libro es de menos de dos años, y normalmente es un producto de temporada. A los seis meses está quemado; a los dos años es libro de viejo; y a los cien son del dominio público y no hay derechos de autor.

¿La octava tragedia?

No sigo. Habría que hablar del pirateo, de lo poco que lee la gente, de la competencia que tenemos con las series de la tele, o con la baja calidad de lo que lee la poca gente que lee. Pero no voy a seguir. Tengo pendiente continuar disfrutando de Marcel Proust y las chicas en flor. Así qué… me piro, vampiro.

Acabo, venga. Les cuento, mis queridos lectores, que yo escribo, me autopublico y tengo gente a la que le encantan mis novelas. No pierdo dinero, y ya es bastante. Por eso estoy satisfecho y seguiré escribiendo. Mi tragedia es que no saldré de los parámetros ostracistas a los que me ha sometido el mercado; lo cual que convierte en un escritor libre, con proyección internacional, y lectores en todo el planeta. Quién quiera (se entere y me conozca) me puede leer.

Y eso, en los tiempos que corren, es mucho.

 

Consumir libros.

Desde que el mundo del libro es un negocio, o sea desde siempre, hay libros de usar y tirar, y libros para guardar. Precisamente en estos días, que celebraremos el Día del libro y sus acólitas Ferias del Libro, los libros se convierten en protagonistas de las calles, se instalan recintos, se hacen actos, presentaciones, carteles, y se deambula por Ferias, en plan casetas, de ocasión y demás recintos. Todo el mundo parece empeñado en que compremos libros, y está bien, porque siempre se encuentra algo que vale la pena leer.

Yo, este año, que me he estrenado editorialmente con LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, no puedo menos que hacer una reflexión sobre el tema del libro, su funcionamiento, resortes y vericuetos de todo un negocio, que hace viejo un libro a los dos años (oficialmente) o a los pocos meses en términos de mercadotecnia.

Vender libros es un negocio complicado, más de lo que parece. El mercado siempre se mueve en términos de oferta y demanda, de ahí que unos trabajen por ofrecer libros (escritores, editores, distribuidores y libreros), y otros los demanden (lectores, amigos de lectores que regalan libros, bibliotecas e instituciones públicas). Actualmente deben salir, o sea editarse, unos 600 libros a la semana en España, doscientos arriba o abajo. Esto hace que haya un exceso de oferta, pues la demanda de libros es más bien escasa. En palabras de un librero: “hay más libros que lectores”, y no le falta razón.

Por eso la solución es fácil: o potenciamos la lectura, o sacamos menos libros.

Lo primero es cosa de educación, política cultural y cosas por el estilo, por eso los charcos son abundantes y embarrados a más no poder. Hace años las instituciones sacaban libros que no vendían, y que terminaban regalando entre los funcionarios de tal o cual sección. Libros caros, con fotos e ilustraciones estupendas. Yo en casa tengo varios de esos, regalos de consejerías de aquí, y regalillos de allá, con títulos absurdos que no compraría ni loco, pero ahí están. Regalados por la Junta. Tenerlos los tenemos, pero no leemos más por eso. En los insti y colegios potenciamos que vayan autores, y cosas por el estilo, gracias a lo cual la literatura juvenil e infantil goza de bastante buena salud. Luego desaparece todo el trabajo en el bachillerato y la universidad. Política cultural cero (excepto lo que hacen los profes y maestros, que no es política sino otra cosa), así que vamos con la segunda solución.

Se sacan menos ejemplares que hace unos años. O mejor, se sacan más ejemplares de una publicación de moda que se intenta vender sí o sí, y menos de los demás posibles títulos. Estos ejemplares masivos, que inundan las librerías se editan se trituran y se usan como papel para vender y volver a reciclar. Esto es sorprendente, pero es así, como lo leen. Las grandes editoriales fabrican miles de ejemplares que inundan las librerías durante unos meses conformando torres con su volumen cuando el espacio es amplio (Carrefour, Coste Inglés, Fnac y Casa del Libro), y copan escaparates enteros a golpe de talonario e intereses. De estos libros, se venden muchísimos menos de lo que parece, y que nunca dicen. El resto se envía a América, para hacer allí la segunda parte de la campaña de venta del autor, y luego se recicla el papel.

Actúan así de manera lógica a sus intereses, pues dan a conocer el producto mediante la acumulación de objetos, en este caso ejemplares. Cuantos más ejemplares del mismo libro se vean por la librería mejor, y cuanto menos libros de los competidores (escaparates) haya, mucho mejor para los primeros. Esto explica que las grandes cadenas no tengan en sus escaparates expuestos más que unos pocos libros, con grandes carteles, y amontonados en una decoración estética atractiva. ¿Y el resto de libros? ¡Ah! ¿Pero hay más libros en las librerías? A los dos años todos calvos. Prueben a buscar algo concreto de hace unos años. Ni existe, ni se acuerdan de ello, salvo librerías excepcionales, o escépticas que son la excepción.

Un ejemplo actual: la gente no va a comprar los 500.000 libros del último de María Dueñas, el número hace la publicidad. Realmente van a vender 10.000, se dan con un canto en los dientes, y destruyen el resto de la producción, o la mandamos a américa, donde venderán a lo sumo 150.000 o así. El resto, que es más de la mitad, no va a librerías de ocasión, porque son demasiados volúmenes, por eso se destruyen o reciclan. ¿Te has fijado cuántos libros hay en las casas? Está claro que no cabe un ejemplar más de María Dueñas, ni de Pérez-Reverte, ni del que sea. Se almacenan o se destruyen. Es como los Chinos, o nos los comemos cuando se hacen viejos, o vuelven a su patria. Yo creo que es esto segundo, se usan (las macroediciones no los chinos) para sacar ediciones de bolsillo con papel reciclado, y así nunca se acaba el mundo.

Suena a obsolescencia programada en los materiales residuales, pero es que tratan los libros como material de usar y tirar, ni más ni menos. Por eso hacen libros de usar y tirar, porque como se escriba un libro único, uno de esos que te guste leer una y otra vez, pues la han cagado con ganas. Lo que quieren es que una vez que lo compres y lo leas, lo vuelvas a comprar. Pero eso solo pasa con el Quijote o con la Biblia, que te gusta tener ediciones monas y estupendas para lucir en la estantería.

Ellos querrán que vuelvas a comprar el mismo libro, o sea, comprar otro libro del mismo estilo o autor si te gustó, que se convierte en autor de moda, aunque no sepa escribir, ni tenga estilo literario, ni cuente nada relevante. Si entretiene y te mola antes de dormir por la noche, pues ya está. Libros fáciles, con temáticas que enganchen para no llegar a ningún sitio. Libros que entretienen y que enseñan poco.

Da igual que un libro sea bueno o malo, porque a los seis meses un año está muerto para los circuitos. Así funciona. Por eso los editores aprovechan los grandes momentos del año: navidades para regalar libros, ferias del libro y antes del verano que parece que en verano mola leer. Se acabó. Los demás meses son malos para los libreros, fatales o de hundirse, como es febrero.

Es que unos libros se venden y otros no, te dicen como si fuera el único criterio por el que valorar una obra. Es como la telebasura, si tiene audiencia parece que es estupendo, y ahí andamos destruyendo la cultura y la literatura. Todos sabemos lo que hay que hacer para vender: mete algo de sexo, algo de gentes ricas y glamour, algo de intriga y misterio, y cierto deje trascendente. Eso vende. O gana un premio (los conceden los mismos que quieren vender libros). Eso vende. Sé conocido (que ahorra publicidad en la calle), eso vende.

Otra cosa es que valga la pena leer algo así. Por eso los clásicos suelen siempre funcionar, por eso muchas de las novelas contemporáneas de los últimos quince o veinte años (economía en despegue) no sorprendan ni en calidad ni en temática. Por eso los géneros están funcionando y despertando: policíaco, novela histórica, comic o ciencia ficción…

PRESENTAMOS LA NOVELA OFICIALMENTE.

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Nervios, nervios y nervios. Bueno… no tanto. Os cuento…

El caso es que el día 5 de marzo hacemos la presentación oficial de la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, en su primera parte, la que lleva por título LOS HIJOS DE PELAYO.

El evento completo añadiría lugar, fecha y hora, así que vamos por ello.

LUGAR: CASA-MUSEO ZORRILLA DE VALLADOLID. Calle Fray Luis de Granada, 1. Detrás de la Diputación Provincial.

FECHA Y HORA: DÍA 5 DE MARZO a las 20 h. de la tarde.

PRESENTACIÓN: Me acompañará en la presentación D. LUIS JARAMILLO, DIRECTOR REGIONAL DE COPE, al que agradezco mucho que pueda estar con nosotros en la Presentación, y al que reconozco su atención e interés por el libro.

También tengo que agradecer a Paz Altés, del AYUNTAMIENTO DE VALLADOLID, y a Ángela Hernández, directora de la CASA MUSEO ZORRILLA por las facilidades y el interés que siempre han mostrado por LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, y que son las que realmente han preparado las cosas, publicidades y comunicaciones a los medios. Las animan a los escritores vallisoletanos, entre otras muchas cosas.

Hablando de medios, tengo por aquí la foto que me hicieron en el Norte,…

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y la entrevista con Alfredo en el Norte primero. Luego vino la del Mundo de Valladolid, con Benito Carracedo: vino a casa y charlamos y nos hicimos algunas fotos por la Plaza Mayor. Todo fantástico.

El caso, y no me quiero desviar de lo que quiero contar, es que normalmente las presentaciones se suelen hacer con el lanzamiento de la novela. Tampoco puedo decir que no sea así, porque apenas llevamos mes y medio desde su publicación. Los libros me los entregaron el día 26 de diciembre 2014, y los distribuí por mi cuenta en las principales librerías de Valladolid, de las pequeñas y especializadas (ni en la Casa del Libro, ni el Corte Inglés, ni Carrefour, aunque todo se andará con el tiempo y una caña…).

A día de hoy las ventas van muy bien, y es que vender libros es un goteo, de momento constante y firme. Tengo vendida más de la mitad de la edición, y estoy pensando en sacar una reimpresión, porque seguro que tarde o temprano la necesitaré con la Segunda Parte. Paciencia, paciencia.

Dicen que lo que más vende libros es el BOCA A BOCA, el contarlo, y ahí muchos me estáis dando un buen empujón, y os lo agradezco mucho.

Los comentarios que me han llegado de los que se lo han leído son muy buenos, y eso me llena de alegría, porque para un escritor no hay nada más agradable que saber que tu novela ha hecho soñar, que ha aportado algo a alguien, ha hecho pensar, y ha ayudado a vivir, al menos un poquito mejor. Eso me habéis comunicado y es de agradecer.

También estáis preguntando algunos en las librerías donde lo habéis comprado, que cuándo sale la segunda parte. La verdad es que tenía idea de sacarlo hacia octubre o noviembre de este año. Quizás para tenerlo a punto en la campaña de Navidad (no como este año que llegué tarde y con la lengua fuera), pero es como todo en la vida. De momento, hasta que no pague la primera edición, no me meto con la segunda. Prudentia maxima est, que diría uno mismo.

Alguno todavía me pregunta que en qué librerías se puede comprar.

Vale, vale. Os pongo la relación de lugares de Valladolid donde se puede adquirir, aunque en el evento llevaré también algunos ejemplares para venderlos allí.

  • Papelería imprenta Ambrosio Rodríguez, en sus dos tiendas, la de Claudio Moyano y la de Duque de la Victoria. Gracias Fernando por tus consejos y ayuda.
  • Margen. En la calle Enrique IV.
  • Maxtor hace un trabajo muy interesante de difusión cultural y de impresión de facsímiles, como ya sabéis muchos. Está en la calle Fray Luis de León.
  • Sandoval, con sus dos tiendas, la de la Plaza Santa Cruz, y la de la Plaza el Salvador.
  • Clares. ¿La librería más antigua de Valladolid? En los días que corren esto son palabras mayores.
  • Oletum. Ahora en la plaza el Salvador y a tope.
  • En un bosque de Hojas. En la calle Fray Luis de León, al final.
  • El árbol de las letras. en Juan Mambrilla.
  • Moirás. También en Juan Mambrilla.
  • Librería San Pablo en la calle Angustias. (angustia, angustia…)
  • Librería de Pastoral del Arzobispado de Valladolid. Está dentro del Arzobispado, algunos ya la conocéis, abren solo por la mañana y miércoles tarde. Sorry.
  • Librería ROEL. Esta anda por Parquesol, en su calle principal, Hernando de Acuña.
  • El sueño de Pepa. Está en la plaza Mayor, y ha hecho algún envío por correo a los que tienen la desgracia de no vivir en Pucela (esto suena a chauvinismo, así que lo evitaré, pero es así). Pepa trabaja muy bien, la verdad.
  • A Pie de Página. En la calle librería, frente a la Universidad.
  • kiosco de la Plaza Tenerías. Gran interés para unos amigos y vecinos de siempre.

A todos agradecer el interés por vender el libro, la verdad es que sin las librerías no sé que haríamos los escritores. Me han ayudado mucho, y hay que reconocer que están por los libros de Valladolid que venden y promocionan lo nuestro. En este caso, siendo novela histórica, el libro ha sido muy bien acogido y mejor valorado por muchos de ellos.

Bueno, nada más. No me enrollo más.  Gracias, y si os ha gustado la novela no olvidéis contarlo. Dicen, que las buenas noticias se tienen que repetir diez veces más que las malas noticias, para que calen en lo hondo de la mente. Nos acordamos de lo malo mucho y de lo bueno poco. Un beso.

Estoy leyendo unos versos de la lírica popular medieval, que me encantan por simpáticas, y me vuelvo a ellos…

Y al alboré, y al alboré,

niña, te lo diré.

(León, entremés del abad del Campillo)

Nos vemos el jueves 5 de marzo a las 20h de la tarde en la Casa Zorrilla.

La última novela de D. Arturo Pérez-Reverte.

 

 

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Para que les voy a engañar diciendo que es buenísima cuando creo que es del montón. La última novela de Pérez-Reverte no me ha emocionado, y es una pena, porque creo que escribiendo como escribe podría ser capaz de regalarnos una obra maestra, de esas que se leemos una y otra vez y nos sigue gustando. Como el Asedio, sin ir más lejos, también suya.

Escribir es complicado, y los esfuerzos que uno realiza en la compleja oscuridad del que crea, trabaja y escribe no siempre son seguidos por editores, distribuidores y demás negociantes del maltrecho y efímero negocio del libro. Por eso reconozco la obra del bueno de Don Arturo, flamante sillón de la RAE. Imagino que una obra como El Francotirador Paciente es una muestra de que fue capaz de escribir aventuras de muchos tipos. Pero yo ya espero de él obras maestras.

En otros casos, escritores de nombre y tipo Dan Brown, cuyas novelas parecen salida de un estudio sociológico, me merecen menos respeto. ¿Cómo escribir algo que guste a la gente, poquito de sexo gratuito, que moleste a la gente con sensibilidad por lo religioso (beatos de toda la vida), y que enganche en una trama trepidante y pestilente? Eso es lo que hace el tío Dan, echar mierda sobre las estanterías de las librerías, imagino que alentado y pagado por editores muy gustosos con difundir sus propias ideas. Pérez-Reverte lucha para que su libro destaque en medio de esa hojarasca otoñal en caída libre gracias a los piratas de la cultura, y eso merece más respeto que ver a un tipo con sombrero Panamá.

Una y no más, eso dije con Dan Brown y lo he cumplido. Me tocó explicar en varias clases la “inventada teología y la nula ciencia” de Brown. Luego tengo que hacer terapia, que confieso consiste en leer un poco a Galdós o a Cervantes, y a ir tirando unos meses más. Con Arturo no tengo que hacer terapia, gracias a Dios, pero no me ha parecido buena.

Las novelas donde uno persigue a otro siempre tienen el mismo problema, y Don Arturo no lo ha resuelto tampoco en El francotirador paciente. Estas novelas se caen para el lector cuando descubre que lo que perseguía era una tontería. El misterio de la novela, que es lo que engancha, debe tener una resolución impecable, sorprendente. Eso dicen los manuales de escritura de medio mundo. Pero el problema sigue sin resolverse. Se lleva al lector a un precipicio para decirle que simplemente hay una buena vista. Quizás no esté tan mal.

El giro de guión que hace Pérez-Reverte al final, y que no destripo, no me parece interesante. El paisaje de los grafiteros está bien, pero no me entusiasma. Peor fue Brown cuando al final de su Codigo da Vinci nos descubrió mentiras teólogicas para comecuras logse de fin de semana.

¿No sería mejor descubrir que al final de la nada, no hay nada? ¿O que lo que hay es redentor y salvífico? Don Quijote perseguía a sus enemigos imaginarios, que eran una nada sabida por el lector desde el principio. Sublime. Frodo Bolsón perseguía el mal que lo atenazaba, y al final redime la Tierra Media. También bueno. El francotirador paciente no persigue nada importante. Simplemente a sí mismo, y con el giro final tampoco encuentra el lector nada más que un paisaje que se retrataba en veinte páginas. No necesitaba más.

Supongo que ahí está la diferencia entre un genial escritor, un escritor a secas, y un mediocre escritor. Como todavía me considero del grupo de los mediocres, prefiero no atacar al escritor a secas diciéndole que no es genial, no sea que me saque en su columna del XL Semanal y logre que la peña machaque mis queridos Caballeros de Valeolit antes de que los lean cien personas, que por ahí voy.

En lo demás el autor no defrauda. Su prosa es buena, de un estilo que no me gusta demasiado, pues a mi me tira más Caballero Bonald, pero elegante y con ritmo. Esperaré, no obstante a su próxima novela, espero que sea la obra maestra que andaba buscando. Pero que alguien le diga a Don Arturo que corra, no sea que logre en mi tercera novela alcanzarlo en una carrera donde la liebre parece estar agotada. ¿No te enfadarás? No lo creo, somos caballeros, y entre un grafitero y un escritor no debe haber demasiada diferencia.

LAS MIERDAS QUE LEEMOS Y SUS CONTENEDORES.

Twitter está que se sale de poesía, y es que últimamente se lleva mucho la frasecita chorras, la que se supone que hace estragos de inteligencia entre la población, y que es soltada enigmáticamente por un fulano conocido en su casa. Es como soltar citas clásicas de la antigüedad pero evacuada por gente que no se ha leído un libro en su vida. Cosas como: “el amor es el pozo de la vida”, “cuando llega la soledad no tengo más remedio que sumergirme en el mar”, y pasteladas por el estilo, que digo yo que están hechas por adolescentes mentales, de los que escriben con faltas de ortografía y presumen de una sensibilidad especial.

Pero enfín, no me voy a meter con ese nuevo foro de poesía, sino con la lectura de peso. El libro con mayúsculas, porque hoy los libros están minusculados por culpa de la invidencia en el sector editorial.

Estoy leyendo Ana Karenina, del ruso Toltoi. Es verdad que tal como están las cosas por Crimea, a algunos les parece un delito entregarse a la causa de los maestros rusos, pero es que la literatura no tiene fronteras tan angostas como las mentalidades y las ideologías de pose.

Estoy disfrutando leyéndolo, y lo hago en un formato perfecto: el libro de papel y tinta, con tapa dura, y magnífica traducción. Es de la editorial Aguilar y es el segundo tomo de las obras completas de Toltoi, comprada en un quiosco salmantino del barrio de Pizarrales hace no demasiados años. Su lectura es perfecta: se necesita sillón, taza de váter o silla, pero nunca defrauda. No entro en el romanticismo de pasar las páginas, sino en la literatura misma. Como viajo frecuentemente tengo el mismo libro en formato electrónico, un kindle, para más señas y dando publicidad gratis. Pero es una mierda con perdón para las mierdas. Los libros electrónicos están hechos para leer basura, y a los hechos me remito.

La traducción que tengo en el ebook es bastante penosa, se juntan capítulos, y de repente aparecen páginas con una palabra por renglón. Está bajado de una página barata, de los de euro y medio por libro, la misma que te advierten que tienen cookies (putas en inglés ¿?) para orientarte en tu compra y en tus gustos. Se jactan de que es más barato, de que así los pobres pueden acceder a la cultura, como si pudiéramos los pobres leer en esas condiciones. Yo creo que confunden el contenedor de plástico con el papel, la basura con el reciclado, y la mierda con el abono. Y además te lo quieren vender como que es el futuro. Y yo es que me cago en el futuro, porque siempre termina llegando.

Leer en formato electrónico es como ver telebasura y deportes por la tele, es una experiencia mundana y cutre que pocas veces te produce la satisfacción del libro (o campo de fútbol) de toda la vida. Se almacenan libros y libros, y más libros que nunca se van a leer, pero que se tienen porque son gratis. Y cuando un libro lo venden por dinero, no vale ni lo que pagas. Leer en formato electrónico está hecho para el metro, el autobús, que como estás ocioso y te aburre la radio, pues te entregas a la novelita de toda la vida, pero que parece que es la hostia.

No quiero ser injusto, pero el otro día intenté leer un libro que me regaló un señor murciano por internet. Gracias a Dios tengo muy buena idea de Murcia, porque al fin y al cabo un pedazo de mi vida pasa por Yecla, y a mucha honra; porque el libro era diarréico. Hay tanto cursillo de cómo escribir, que cualquier ignorante te hace un libro. Agrega intriga e inventiva teológica a lo Dan Brown, y a repartir mierda en lata. Cuando andan cavernícolas con el sexo, te escriben las Cincuenta sombras del Gay ese, y así andan, como Jackson Pollock, soltando pinceladas de caca por un lienzo arrugado.

Los libros que se publican, cada vez se parecen más a lo que nos hechan por televisión: programas y programas para entretener a las amas de casa (literatura femenina), cadenas de programación infantil (literatura infantil con historias sorprendentes), programas de chistes (esto en twitter hay mucho) y demás. Pasarse por una librería es como zapinear, carteles gigantescos ofreciéndote el último detritus de la temporada (las almudenas, pancoles, y juego de tronos crepusculares con ribetes de Pérez Reverte para que parezca esto algo serio y plural), y luego pequeñas joyas por las estanterías perdidas y descatalogadas. Para los primeros libros aconsejo descargarlos gratis de la red, para la bisutería recomiendo el papel.

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