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Una ciudad española dentro de 200 años. (Crónica del infierno demográfico).

Aquella mujer enterró al último habitante de su ciudad, es decir a su madre. Tenía 68 años y se seguía considerando una mujer joven y atractiva. No conocía a nadie que viviera cerca de su barrio, pues era la última habitante de su ciudad. Una ciudad fantasma, donde los últimos no eran los primeros.

El trabajo telemático estaba bien, pero ahora que había fallecido la única persona con la que hablaba en carne y hueso, echaba de menos a otros seres humanos. Su madre le había hablado de otro tiempo… de las ciudades de más de 20.000 habitantes. Decían que antes había gente joven por el mundo. Nacimientos y niños. Pero eso no lo había conocido ella.

El último niño que correteó por su barrio había crecido y dejado de ser un niño, y lo sabe bien porque era ella. Nunca conoció a otros niños de su edad, pues estudió a través de un profesor que se aparecía por su ordenador todas las mañanas. Jugó a través del ordenador con amigas a las que nunca pudo tocar, salvo contadas excepciones. Seguía hablando con ellas de cuando en cuando por internet. ¡Qué gran invento! Luego fue a la Universidad y conoció a otra gente joven. Se divirtió, e incluso estuvo a punto de quedarse a vivir en Madrid con amistades de su edad. Pero ella no necesitaba a nadie, no quería tener hijos, y debía atender a sus padres, que no tenían a nadie más en el mundo que a ella. Ninguna de sus amigas quiso tener hijos, y no me extraña. Los hijos eran una esclavitud.

Recordaba a menudo que cuando necesitaba el afecto y el tacto físico en años más ardientes. Cuando buscaba algo de sexo, pedía al servicio de relaciones que le enviara alguien, pero incluso eso era ahora muy caro. Hola y adiós. ¡Qué bien funcionaba el transporte de su ciudad cuando había alguien! Aunque apenas hubiera cincuenta personas en Valladolid, era fantástico. En cambio ahora, no sé si llegamos a diez. Y por diez personas, nadie trabaja.

Mientras caminaba hacia el cementerio se afianzó en sus convicciones y en su forma de vivir. Se estaba tan bien sola, sin la intimidación de tener que hablar con alguien de carne y hueso. Incluso su madre había sido un incordio cuando hablaba demasiado. No se puede cortar la conversación cuando se quiera. No se puede oler ni sentir el malestar ajeno. Mejor sola y con el móvil, o con internet, o con las redes sociales que le evitaban el tener que quedar y sentirse vigilada, agredida, molestada… ¿Acaso no hablaba con sus amigas cuando le daba la gana? Y todo sin necesidad de soportarlas.

Llevó el cadáver al cementerio en una caja que le había llegado por correo en el reparto mensual. Metió a su madre tras vestirla con la ropa que encargó hacía dos meses junto con los placebos y unas cuantas medicinas para el tumor terminal. ¡cuánto había avanzado la medicina! Se podía uno morir sin apenas sufrir. Sin que nadie lo viera a uno sufrir.

También por el cementerio crecían las plantas y las flores silvestres sin ningún orden, igual que por la ciudad, y era precioso. Los nombres de los miles de personas que habían vivido y muerto, evocaba los miles de casas y pisos que se derrumbaban y que permanecían vacíos. Aquel enjambre de cadáveres  del camposanto estaba incompleto sin el suyo y el de su madre. Era hermosa la vida tal y como la concebía, quizás porque no había tenido otra. Se preguntaba cómo hubiera sido la ciudad con gente, los colegios con infantes y párvulos de todas las edades. Ella sólo había conocido sus ruinas. Se preguntaba cómo habría sido una cabalgata de Reyes, donde los niños se juntaban por cientos para ver pasar a los Reyes Magos. Ella nunca vio juntos a más de 7 niños, y fue en una fiesta regional.

Recorrió un pasillo desierto de vivos, pero colmado de muertos. Metros y metros de tumbas y de nichos, nombres del pasado, del XX y el XXI. Cuando se empezó a decrecer toda esa gente vivía en el mundo y fabricaba cosas, viajaba, tenía niños y cuidaba de sus ancianos, había servicios públicos con gente molestísima que no sabía vivir sin tener hijos. Eran unos atrasados, porque el futuro estaba en realizarse sin soportar a los niños. Eran patriarcalistas y opresores de las mujeres y de los niños.

De aquella época procedían los coches abandonados de los chatarreros, los aparatos eléctricos de nadie, las propiedades que habían acumulado los que no podían heredar. Es verdad que toda la ciudad era de su propiedad, y era fantástico sentir que todo era de ella. La última habitante.

Dicen que había sido una regla lógica muy sencilla: Si son muchos los que no quieren tener hijos, entonces habrá pocos niños. Y si esos pocos niños tampoco quieren tener niños cuando son mayores, entonces habrá todavía menos niños. Así hasta hoy, donde todos somos ancianos. Y es que los niños dan mucho trabajo.

Dicen que el último español en morir será un señor de 43 años que vive en Madrid, pero no hay ninguna mujer fértil que pueda tener hijos con él, así que nos extinguimos. Es lo que planearon a principios del siglo XXI. Además, es lo mejor para conservar limpia la naturaleza que es muy sabia. En eso también había tenido suerte, pues a nadie le gusta ser el último de una especie en morir.

De pronto, le abordó una duda. ¿Quién va a enterrar a los muertos si no hay nadie para hacerlo? Ella enterraba a su madre, porque la amaba. Y porque era lo único que le quedaba en la vida. Pero, ¿quién la iba a enterrar a ella?

Por suerte, había un servicio interestatal que enterraba a la gente a cambio de sus propiedades. Era una suerte no ser el último. Decidió, mientras empujaba la caja de su madre a la pared del cementerio, que contrataría aquel servicio tan humanizador.

Pensionistas y jubiletas cabreados.

Imagen del blog de Bankinter

Viendo la pirámide, que camina a su inversión total, sospecho que en España tenemos un problema demográfico importante. Cada vez hay más abueletes. Así que, por mucho que mientan los dirigentes políticos en plan campanudo o mesiánico, no habrá quien pueda pagar las pensiones del futuro. Es cuestión de lógica, un sistema de protección social es peor si hay menos gente (o menos dinero) que lo pueda sostener.

En España caminamos directamente a nuestra extinción. Lo dice la demografía. En unos años, además de todos calvos, todos con bastón por la calle. Ahora tocamos a dos pensionistas por cada trabajador, y dentro de unos años tocaremos a un pensionista por cada trabajador. O cobramos la mitad los jubilados que lleguemos a la “feliz edad”, o pintaremos el dinero con brocha gorda.

Lo que no entiendo es de qué se quejan los jubilados actuales, los pensionistas de hoy. Porque son la generación de abuelos mejor tratada de la historia. Por lo menos en cuestión de pelas.

Viven cojonudamente, y no lo digo yo, porque lo dicen ellos. Como ahora no se ha vivido nunca. Tienen subvencionado casi todo y los entretienen mogollón. Los viajes en tren subvencionados, los autobuses gratis, los museos igual, bibliotecas en el barrio gratis, y vacaciones del imserso a precios de saldo. La gente esta se lo pasa estupendamente, disfrutan paseando, ligando cuando enviudan y disfrutando de la vida; que para eso han trabajado.

Las asociaciones de viudas, sin ir más lejos, están llenas de señoras majísimas; y los señores jubilados, además de mirar obras por la mañana, salen a pasear, se toman sus pinchos los fines de semana, y acuden al centro cívico más cercano para hacer gimnasia de mantenimiento. Y todo gratis menos las tapas. Si vas a la biblioteca está llena de abuelos leyendo el periódico, y no te lo dejan. Y si te pasas por mercadona no te dejan comprar tranquilo porque se enraciman charlando por los pasillos de lo tuyo y lo mío con carros gigantescos medio vacíos. En resumen: coño, que viven de p.m. Yo quiero jubilarme ya, oiga. Un dinerillo y a disfrutar.

Digo yo, que el gran problema de los jubiletas es la soledad, los achaques y otros asuntillos relacionados con el frío y el mal tiempo que impide salir a pasear, pero el dinero… No creo que necesiten mucho dinero para comprarse un chalet en Torrelodones, vaya. Si no se lo han comprado antes… no creo que les importe prescindir del tema. Así que no nos engañen ni nos mientan: la generación de los abuelos de hoy, vive mejor que nunca. Es la que mejor ha vivido de la historia (y creo que también lo será en el futuro), si no hubiera sido por la posguerra lo clavaban. ¿De qué se quejan entonces? Pues de que no les dejan ser jubilados a tiempo completo. Digo yo que es eso.

El jubileta contemporáneo vive peor que el de hace diez años. Es verdad. Tiene que llevar al cole y recoger a los nietos porque los gilipollas de sus hijos no han encontrado un trabajo conciliable. Y eso suponiendo que tengan trabajo, porque sino los tienen en casa molestando y dándoles el coñazo. Los jubilados no son idiotas y saben perfectamente que la sociedad actual está hecha para que la gente no tenga hijos, y eso condena a todos. Tener una edad y ver que esto va a peor no es para estar brindando con champán. Los nietos son una alegría, pero también dan faena. Si no tienen nietos malo; y si los tienen, también malo. Por eso están cabreados, me temo.

Si el jubileta tiene que acoger en su casa a sus hijos desempleados, está jodido. Si el jubileta no puede con su alma y los hijos lo mandan a una residencia y se reparten sus propiedades (cría cuervos), pues están muy requetejodidos, porque no tienen donde caerse muertos. Si los jubiletas se pudren en soledad en una residencia, pues están jodidos de soledad. Y si encima hay crisis y casi no hay obras que mirar todo el día, pues están aburridos, chungos y jodidos. Y por supuesto, muy cabreados. Y es para estarlo, porque antes había valores, educación, cierta cultura, y la gente respetaba a los mayores… en cambio ahora, no. Por eso están cabreados. Porque sus nietos son una basura de gente, todo el día con el puto móvil mientras sus padres curran en trabajos de mierda. Y tienen razón. Pero no se van a manifestar contra sus hijos, que son sangre de su sangre. Prefieren mirar para otro lado y quejarse de que no tienen dinero para mantener a los suyos.

El problema de los jubilados no son que las pensiones sean bajas. Están cabreados porque no ven futuro a este país. El problema es que de pura lógica, los hijos deberían sostener a los padres cuando son ancianos, y no al revés; que los abuelos trabajen gratis para los hijos cuidando a sus nietos, y sin poderse jubilar nunca, es una condena. Por eso están cabreados y enfadados. Y ese es el martirio de muchos abuelos. Que no les dejan jubilarse nunca, y que no ven futuro ni para ellos (que ven el cementerio cerca) ni para los suyos (que se han dormido en las pajas sin hacer los deberes).

Por eso, cuando el otro día vi a un montón de jubilados sindicalistas (estos también se jubilan, claro) cabreados por las calles de la teletonta diciendo que no tiene ni para el autobús, pensé que tendrían que tener una coartada para mentir. Porque lo tienen gratis. Y cuando una señora decia que le daban 600 euros y que no le llegaba, pensé que sus quejas eran injustificadas, pues no había cotizado nunca y le debía echar morro. Será de las que se llevan las Mirindas cuando son gratis en las fiestas del pueblo, porque no tiene sentido tanto lloriqueo en gente que ha vivido la posguerra y no aspira a tener un avión privado.

Así que, pensando, pensando, llegué a intuir por qué se quejan. Se quejan porque son los únicos que no se han quejado todavía. Y eso después de una guerra, una posguerra, una pertinaz sequía, una crisis zapatera y un golpe de Estado en Cataluña, tiene su mérito.

Por eso han salido a la calle, a pedir más pelas. Además tienen tiempo para ir a las manifas, porque el resto está currando para que ellos tengan pensiones. Claro. Será eso. Yo ya me froto la manos para cuando me toque. Si hay gente para pagar algo, digo.

El futuro de Occidente: hacia la cultura de la basura.

Este comentario seguro que le da mucha grima a Trump y Putin, que cualquier día se reúnen en una cumbre de esas, internacionales, donde comen jamón y gambas. Hoy hablamos del fin de Occidente, que es lo mismo que decir del mundo globalizado que hemos diseñado. El fin de Trumpismo y el Putinismo (que no putismo).

La cultura Occidental tiene varios problemas antropológicos muy elementales (y muy graves), de esos que nunca hemos resuelto y que vamos camino de enquistar para nuestra desgracia. Y el más gordo de todos es la sostenibilidad energética y el agotamiento de los recursos.

Es elemental que las culturas gasten la energía que necesitan para subsistir. En general, en siglos anteriores, y no me invento nada, la energía era escasa, y se intentaba por todos los medios no gastar más de lo necesario. No se derrochaba, y se trataba de aprovechar el máximo posible. Es decir, el molino no seguía dando vueltas con el burro atado cuando no había trigo que moler. Tampoco agotábamos a los remeros de un barco hasta matarlos, usábamos del viento, los recuperábamos y luego volvían a remar. En aquel mundo, cualquier brizna del aire era un regalo de Dios y de los ángeles del cielo que velaban por los marineros.

Hay una primera regla cultural y antropológica básica: la energía que usa una cultura tiende a ser proporcional a los recursos que obtiene por ello. No gasta más energía si no obtiene recursos por ello. ¿Para que voy a encender una chimenea si no hay nadie en la casa? ¿Para que mover un barco de pesca si no voy a pescar? ¿O llevo gente a casa y monto una posada rentabilizando el calor, o apago el fuego? De cajón, vaya.

Y una segunda regla que se sigue de la anterior: los recursos de una cultura tienden a determinar el número de hijos, y por tanto su crecimiento demográfico. Si hay recursos se tienen más hijos. Si hay sitio para todos vivimos juntos, y si no, se marchan colonizando otras zonas con esos recursos adquiridos y sobrantes. La cultura y el manejo de un colono también puede ser un recurso. Reproducirá su cultura, su energía y sus recursos. Necesita sitio, claro.

Pero cuando no hay esos recursos, o las condiciones geográficas son limitadas, las culturas no pueden tener tantos hijos, y de manera indirecta ponen trabas a la reproducción, porque no hay demasiados recursos para todos, eso sucede hasta alcanzar un nuevo equilibrio entre energía, recursos y población. Lo pongo en cuadro, que me mola, y hago explicación del asunto.

  1. Poca energía, pocos recursos, pocos hijos: cultura de supervivencia o en contracción. El ejemplo es la humanidad en el paleolítico, o en las culturas actuales de cazadores y recolectores. Suelen tener un equilibrio entre el número de hijos y la energía y los recursos que tienen. Son los pigmeos en África. Esta gente ha visto disminuir todavía más sus recursos (por la expansión de occidente), y se han visto empobrecidos y conducidos a su extinción. Lógico. En condiciones normales suelen sobrevivir sin demasiadas enfermedades, con abundante y variado alimento. Por supuesto, casi ya no existe ahora, pero es el modelo al que retornaremos en un periodo no demasiado largo (profetizo unos 500 años). Venga, una porra.
  2. Mucha energía, pocos recursos, pocos hijos: cultura desajustada que derrocha energía. Cuando sucede esto, la cultura se acelera de pronto, empieza a producir a un ritmo acelerado, y a tener muchos hijos. Es el momento previo de la revolución industrial o neolítica. Los días previos a la locura y el desequilibrio. El descubrimiento de una nueva tecnología produce esta situación. De repente un grupo se enriquece muchísimo porque ha descubierto algo. Las antiguas formas de vida de esa cultura se extinguirán en poco tiempo. Esta cultura continúa con la siguiente.
  3. Mucha energía, muchos recursos, muchos hijos para expandirse: cultura en expansión. El ejemplo más clásico es la revolución industrial (también la revolución neolítica), se crecía mucho porque de repente hubo una mejora tecnológica energética brutal con la máquina de vapor. Eso desordenó la cultura occidental hasta la actualidad, donde aún no hemos alcanzado un equilibrio entre energía, recursos y población. Hay masas de pobreza y muchos recursos desaprovechados. Crecen las epidemias (recurso natural ante poblaciones muy abundantes). Eso se llama desequilibrio y desorden cultural. Nuestra globalización es en realidad una cultura en expansión desequilibrada. Sería el siguiente modelo.
  4. Mucha energía, muchos recursos, pocos hijos: Cultura desajustada que derrocha energía y recursos. UNA CULTURA QUE CONVIERTE CASI TODO LO QUE TOCA EN BASURA, porque le sobra y lo tira. Es nuestra cultura occidental de los países ricos. Realmente podría abastecer a mucha más población, pero el bienestar alcanzado y la riqueza enorme se transforma en comodidad. Es una cultura egoísta, pero peor que eso, es una cultura HEDONISTA. Derrocha solo por el placer se sentirse bien. Se convertirá, si no lo remedia, en una cultura atractiva para su entorno. Bienvenida emigración. Sorry mister Trump. Aunque dispare constantemente en una alambrada interminable, la gente la atravesará, aunque sea en túneles de cincuenta kilómetros subterráneos.
  5. Poca energía, pocos recursos, muchos hijos: cultura desajustada donde hay pobreza. Es la cultura de la globalización de muchos países del tercer mundo. no hay demasiadas salidas a este desequilibrio. La primera solución es producir más energía, desarrollarse, generar más recursos. Pero para eso necesitan la tecnología de los países que la tiene, o sea los occidentales. Como no se la prestamos les queda una segunda alternativa muy lógica. ¿A dónde irá la gente si hay pobreza? Bingo, al mundo hedonista del número cuatro. Emigración. Es la continuación del modelo anterior

El número cuatro, que somos nosotros, merece una reflexión aparte. No me lo invento, consumimos miles de millones de kilowatios de energía al día, pero es mejor decir que derrochamos miles de millones de kilowatios de energía, porque la mayoría de esa energía no tendría por qué desperdiciarse, pero se desperdicia de manera ridícula. Son los millones de standby de aparatos, coches que circulan cuando es más ahorrativo andar, etc. ¿Cómo no va a querer venir media África y parte de Asia? Señor Trump, su muro va a tener que ser muy, muy alto. La globalización ha puesto en contacto unas culturas con otras, es el nuevo re-equilibrio que nos convierte en… mucha energía, muchos recursos y mucha más población. Llegaron los chinos, los indios y los mejicanos. Más expansión y ratificación del modelo cultural. ¿Hasta cuándo? Seguimos siendo una cultura de expansión, aunque no tengamos hijos en Occidente, otros los tendrán por nosotros y se comerán nuestros recursos. Eso es una llamada de atención para los xenófobos que además no quieren tener hijos. También es una solución al problema de las pensiones, las pagarán los hijos de los emigrantes que vengan. Salvo que pete antes el desequilibrio.

Nuestra cultura va camino de quebrar cuando se acabe la energía, por cierto. Porque no toda la energía es renovable, lo que significa que se acabará. Entonces nos volverá a tocar subir agua del pozo con la manivela, y será el fin del deporte chorras en gimnasios y lo de subir en ascensor a los rascacielos haciendo turismo.

Occidente, si quiere sobrevivir, está obligada a descubrir una energía que sea igual de barata, para seguir derrochando su estilo de vida, el mismo que ha impuesto en todo el planeta. Pero además necesitamos que esa energía sea inagotable, a fin de que la derrochemos a nuestro gusto. La energía podrá ser sacada del subsuelo, fracking, o de las estrellas, pero la necesitamos para mantener el desequilibrio cultural de Occidente. Estamos obligados a huir hacia delante, y eso es nuestra perdición. Porque incluso descubriendo nuevas fuentes de energía, los recursos naturales de este planeta son escasos y limitados.

No es un problema de alimentación, de eso hay de sobra hasta que nos lo comamos todo. Es un problema de que fabricamos electrodomésticos, libros, pilas, coches y demás cacharrería cuya vida útil está medida para que puedan sobrevivir fabricando más electrodomésticos, libros, pilas, etc. Se llama obsolescencia programada, es la cultura de la basura. La que genera miles de millones de basura al día con productos que nos han servido tan solo por unas horas o unos pocos meses. ¿Y luego? Luego más basura. El capitalismo terminará comprando y vendiendo basura para fabricar más. Acabaremos comiendo basura, filetes cuyo contenido sea basura, un resto de ternera, y plásticos con fibra para ayudar al tracto intestinal. De hecho ya nos lo comemos.

Mi pronóstico es el siguiente. Primero acabaremos con los recursos y las materias primas, luego (cuando todo el planeta esté lleno de basura), compraremos y venderemos basureros enteros para seguir fabricando cacharros que generen más basura. Al final tendremos productos miles de veces reciclados en un mundo que estará lleno de basura. Los millonarios la coleccionarán, y la gente comerá comida basura (perdón, acabo de descubrir el presente). Viajaremos a Marte y a los demás planetas del sistema solar con unas naves hechas con restos de neveras y lavadoras viejas. Y llenaremos el sistema solar de basura, que es nuestro gran intercambio con la naturaleza. De hecho nuestro planeta ya lo tenemos rodeado de basura espacial.

Nos estará bien empleado, por comodones. Eso sí, a Trump y a Putin les harán una estatua de plástico reciclado que quemarán en una fiesta. Mira, me acabo de inventar las fallas. Quemaremos el planeta y encima diremos que en el medievo los tíos eran bobos. Yo de momento les veo más listos que nosotros.

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