Entrega 19. LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑÉS.

Las gestiones no pudieron ser más fáciles para D. Antonio Chaco Val. El hombre estaba acostumbrado a lidiar con la madrugada cuando salía el sol; y con la estrella Sirio en cuanto oscurecía. Aquella costumbre banal era una reliquia de su pasado egipcio, cuyo conocimiento se guardaba en los Archivos Históricos y Nacionales de la capital Madrid, la misma que se levantaba por aquellos días infaustos contra los invasores. No quería ocultar a sus coetáneos que él era una divinidad egipcia venida a menos, de inmortalidad dudosa, pero con más de seis mil años de vida y de recuerdos; algunos de los cuales ni siquiera le pertenecían. Podía sentir el lujo de pensar lo que le viniera en gana, sin que nadie le dijera ni pío. Así eran los Chaco Val, librepensadores.

Pero Antonio, sobre todo, era un hombre de acción, al que no asustaban las actividades ni el marasmo en el que se había instalado el pueblo. Sin asustarse por lo que dijeran los vecinos de su persona ni de sus ambiciones, logró hablar aquella misma mañana con el futuro secretario y escribiente del pueblo, D. Juan Alarín Manzano, el que sería a la postre su yerno.

—No sabía nada de este asunto, pero si el muchacho quiere el Estanco, tendrá que casarse con Micaela Alarín Muñoz, mi sobrina, y no está el horno para bollos.

Aquella expresión tan de panificadora hizo temblar a Antonio Chaco, que enarcó una ceja, para inmediatamente devolverla a su sitio. Se sujetó su balanceante pierna derecha y miró a don Juan Alarín con los ojos opacos por la niebla.

—Tiene dos almas, y se supone que la primera será para ella. ¿Cuántos años tiene la muchacha? —preguntó Antonio recobrando la iniciativa.

—Apenas diez, pero imagino que en cuanto termine esta conversación habrá cumplido dos o tres años más —contestó Juan Alarín consciente de que entrar en tratos con un abogado del pueblo siempre iba para largo.

Era una luz que no esperaba ver Antonio Chaco Val. Aquella mañana, había considerado a Francisco Montañés como el único ciudadano francés del pueblo capaz de no haber nacido en Francia, y por tanto el único conocedor de su futuro mediante la sutil técnica de elongar el tiempo a su antojo; lo que no imaginaba era que aquel funcionario del Ayuntamiento, el único que trabajaba en un día de invasión extranjera, tuviera una información tan veraz sobre un descubrimiento que no iba a llegar hasta un siglo más tarde.

—¡Cómo pasa el tiempo! —se limitó a decir asombrado de que hubiera tanta gente conocedora del futuro.

—No será problema —le dijo Juan Alarín— pero será menester que casemos a tu hija Joaquina Chaco cuanto antes conmigo.

—A eso venía, mi buen señor Juan.

Se dieron un abrazo, de yerno y suegro, se tomaron una copita de mistela de Turís con una pasta hojaldrada, y sin mediar palabra, tuvieron una hija y una nieta en Carcelén, provincia de Albacete, que era el lugar donde estaba en aquel momento la muchacha, virgen y en flor.

Se sonrieron para celebrarlo, y cuando se cruzaron las miradas transparentes, cometieron el dislate de disecar el tiempo durante una centuria. Cuando reanudaron su conversación, Antonio había alcanzado los favores que buscaba del Ayuntamiento, ocupando la plaza deseada por el rey Fernando VII, a la sazón hombre constitucional. Le había nacido su primera nieta Joaquina Alarín Chaco, y ahora que eran familia, no podía negar nada a su cliente Francisco Montañés Chaco, que a pesar del segundo apellido, tuvo que negar repetidamente a la asamblea de Cofrades de la Tercera Orden Franciscana, que él no había tenido nada que ver en la consolidación de la historia de amor entre Francisco Montañés y Micaela Alarín.

Tenían razón, pues aquel amor había surgido en cuanto se vieron. Francisco tenía un porte de veinte años colosal, su mirada era embriagadora, y sus pies de terciopelo doblegaron el alma de la muchacha, en cuanto lo recibió en su casa. De inmediato constituyó sus juanetes en sarpullidos de mermelada, y con la mirada enamorada pidió la mano de Micaela a su padre José Alarín Manzano, que ya estaba avisado por su hermano de las intenciones de aquel joven prometedor.

Se casaron bajo el signo del amor y la belleza, y solo invitaron, por aquello de la guerra, a la actriz Concha Segura, la cual estuvo pronta a actuar en la función primaveral de aquella inusual estación. Los comensales de asiento vinieron disfrazados de guerrilleros españoles, pues la contienda nacional pedía un vehemente compromiso con la historia que nadie estaba dispuesto a negar. Armas, cañones y bayonetas. La fiesta aseguró así el éxito, aunque eludieron los papeles por si acaso eran interceptados por los invasores. Lo cierto es que nunca los hubieran atrapado, pues el día de la celebración de los esponsales tuvo lugar cuando Napoleón ya estaba recluido en Santa Elena, y el deseado Fernando VII iniciaba el reinado que lo convertiría en el Rey más odiado de la historia.

El regalo de novios se les atragantó, pues recibieron unas huertas camino de Jumilla que se habían secado hacía dos años por culpa de un viento amargo y ácido originario del Norte. La nota alegre la puso Antonio Chaco Val que se sentía eufórico por todo lo conseguido. Estuvo magnifico y generoso, e intercambió tres piedras de las que era dueño, mojones de linderos comarcales, por aquellas huertas jumillanas en las que plantó girasoles y olivares de otoño. Luego regaló las huertas a los esposos, y todos quedaron tan contentos.

—Los girasoles son para comer las pipas tostadas en las tardes de invierno, y los olivares de otoño son para que los disfruten nuestros nietos —le dijo a Joaquina, el bueno de Antonio, mientras contemplaba la belleza de la novia, Micaela Alarín, que asentía con el comentario esperanzador de su esposo.

Micaela Alarín, sonrosada desde los cinco años, ya contemplaba los dieciocho cuando se casó, y Francisco rebasó los veintiuno por culpa de una mala tarde ordenando el Estanco. Fueron días felices, a pesar de la guerra y el desparpajo de una caterva de filósofos alemanes que decidió veranear en Yecla durante dos lustros. Sembraban fuego con sus comentarios de arrabal berlinés.

Los vecinos del altiplano, acostumbrados a escuchar solo a su alcalde moribundo, se enardecían y emocionaban con los tudescos. De hecho, cuando murió el alcalde, subió al trono municipal uno de los muchachos más exaltados, el cual había hecho de la Masonería su oficio, y de la libertad, su horizonte más lejano.

A los nueve meses nació el primer hijo, Juan Montañés Alarín, en honor al secretario del Ayuntamiento Juan Alarín Manzano, y el segundo lo hizo dos meses antes de que muriera el francés en el exilio de Santa Elena. En lugar de llamarle Napoleón, (como el Emperador que devastó toda Europa con una corbata mal planchada y una esposa Josefina, varón de hechuras cortas y medidas almas) decidieron llamarle José, en honor a su padre, que tan buen negocio habría hecho con la ciruela si hubiera vivido, y con Antonio Chaco Val, prohombre del pueblo y futuro polvo de hada.

Juan y José crecieron sin alimentarse, pero tuvieron siempre una alegría contagiosa que terminó preocupando a todos. Eran seguros en los ademanes, como su padre, Montañeses de pura cepa y Alarines de altos vuelos. Así hablaban los de la plaza en aquellos días, cuando apenas quedaba una tarántula por disecar y un puchero por trasegar con migas de pan.

—Si estos muchachos no comen se morirán —dijo María Chaco, su abuela paterna—. No es normal que unos chicos tan menudos y joviales vivan sin probar bocado.

Pero Francisco no se preocupaba de aquellos asuntos. Había delegado toda la alimentación, la educación, el vestido y la salud a su esposa Micaela; y él, prácticamente todo el día, desde que amanecía hasta que se cerraba la tarde, se ocupaba de los cuartos y bienes que administraba en el Estanco.

Tal y como le había dicho Antonio Chaco Val, no convenía que un pueblo como el yeclano careciara de vicios de primer orden; y él, que se había convertido en el expendedor del tabaco y el aguardiente en el pueblo, era capaz desde su posición de halcón, de alterar las funciones vitales y cotidianas de todos sus paisanos. Ciertamente, Francisco se dio cuenta de su maléfica influencia en años postreros, cuando fue demasiado tarde.

Supo que las drogas que vendía, por decisión de las autoridades reales, devengaban pingües beneficios en impuestos; pero sobre todo descubrió que albergaban la voluntad de doblegar el espíritu y arrojo del vecindario. Los muy malvados del pueblo, domeñados por su virtud, se encomendaron a los cielos, y lograron construir una iglesia nueva dedicada a la Inmaculada Concepción, una parroquia entregada al Niño Jesús y un camino al cementerio desde el cerro del Castillo, que fueron debidamente hechos en el siglo venidero que pisaban los franceses.

Francisco emitía sus deseos en papel timbrado, y todos aquellos que acudían a por tabaco y aguardiente firmaban los deseos que aquel Montañés impaciente había arrumbado toda la vida. Vendían así el pueblo por una extraña elongación del tiempo. El hombre, además de persuadirse de que tenía que ir gastando sus vidas cuanto antes, le devolvió el regalo de la piedra caliza que le entregó D. Antonio Chaco el día de su esclavitud. Se cimentaba en la Bronquina, un paraje al que otorgaron un aljibe y tres padrenuestros. Luego recogió por el pueblo las firmas de sus deseos; y él, dueño y señor del tiempo de aquel siglo, con más vergüenza que palabras, se presentó al Ayuntamiento, y trató de buscar a D. Antonio Chaco Val, para que organizara la parte burocrática de aquellos deseos. Su pesar fue que había muerto hacía unos años. Había tardado dos décadas embebido en las firmas y no conocía las vicisitudes de la vida cotidiana de sus vecinos y amigos.

—Se lo llevó el fuego del verano pasado. Dicen que le picó una tarántula y que se quedó paralizado sin moverse. Lo peor que puede pasarle a uno cuando hay tormenta, porque los rayos van a los hombres disecados y a los árboles.

—¿Y qué hago con esta documentación? —preguntó Francisco Montañés a aquel funcionario sin rostro.

—No nos conviene sacar estos papeles a la luz —le dijo el nuevo corregidor— la gente de este pueblo es muy vengativa, y puede obligarnos a tirar estos edificios si se entera de que los hemos construido antes de lo acordado por la Ley.

—¿Y qué cree que conviene hacer? —preguntó Francisco Montañés.

—¿Cuántas almas le quedan? —le preguntó hojeando su expediente.

—Solo otra más, y cuatro o cinco vidas.

—Habría que asegurarse las vidas de que dispone. Y hay que gastar el alma cuanto antes. ¿Algún nombre?

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