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Reinterpretar la historia: un deber español gracias a IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA DE ROCA BAREA

Pocas veces un libro ha removido el intelecto a tantas personas como lo ha hecho el de IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA de María Elvira Roca Barea. Lo leí hace un par de meses, y esto no ha hecho más que empezar. El libro hay que recomendarlo a todos los amantes de la historia, los buscadores de la verdad, y los interesados en la política. Por supuesto, también los recomendamos a franceses, holandeses, ingleses e italianos que siguen creyendo las mentiras que ellos mismos inventaron sobre nuestro país; y no olvidamos, faltaría más, a las soberbias élites españolas que repitieron, y repiten, como papagayos durante los siglos XIX y XX las consignas difamantes de franceses, ingleses, holandeses, masones independentistas americanos y demás enemigos de nuestro país. Gracias a ellos España se odia a sí misma y está acomplejada, y no es difícil encontrar españoles avergonzados de sus pajas en ojos propios, olvidando las vigas de los óculos ajenos. Osease.

Cabizbajos hasta que leímos este libro, por supuesto. A partir de ahora, cuando me encuentre con alguien que me hable mal de España, le recomendaré el libro y le contaré que tenemos que reinterpretar la historia. Más que nada, porque seguimos bombardeados por documentales de la BBC y la francophonie que siguen erre que erre alimentando los viejos tópicos y las mentiras más burdas sobre nuestro imperio colonizador a sangre y fuego. Para más inri, nuestros libros de texto en España están infestados de tales mentiras y frases hechas que funcionan como coletillas estúpidas que nos obligarían a rehacerlos de arriba a abajo. ¿Empiezo? El último gran imperio europeo fue el español, y eso les duele. Francia no llegó, y los ingleses se conformaron con cuatro puertos francos dominados por sus comerciantes durante siglo y medio. Eso fue su imperio, por eso dicen que el nuestro fue casualidad y una mierda. Ya, claro. Y vamos y nos lo creemos…

Les duele porque las indias, o sea casi todo el continente americano, los Países Bajos o Napoles, fueron tan España como lo sigue siendo hoy Cuenca, Sabadell o Valladolid. Las españas, que se  decía así en plural, no montaron una metrópoli racista para saquear sus colonias. En realidad España no tuvo colonias, ni colonizó nada. España fue un imperio, y los imperios no tienen colonias, sino territorios y súbditos. Ni siquiera hubo persecución contra los indígenas, pues los mismos pueblos sometidos por los aztecas e incas pidieron ayuda a los recién llegados para acabar con el terrorismo de estado que soportaban. España llevó la civilización donde había genicidio, y llevó el catolicismo donde se practicaban sacrificios humanos, y lo hizo de manera ejemplar.

Las españas se organizaron en reinos, ducados y virreinatos, con garantías y con leyes. En los dos virreinatos, el Perú y Nueva España, se abrieron universidades, se asfaltaron caminos, se edificaron hospitales y se hicieron súbditos de la corona a sus habitantes, en igualdad de condiciones y derecho que el resto de españoles. El tradicional racismo europeo no existió en España, que por el contrario creó la raza criolla. Donde no se ponía el sol. Es curioso que los extremeños, esos que tanto ridiculizan los catalanes y los daneses contemporáneos, conquistaran a los pueblos genocidas de américa con intuición, capacidad, prudencia y valentía. Lo que otros no hicieron en su historia, sufren porque lo logramos nosotros.

No me voy a poner estupendo, porque no fue todo fantástico, aunque sí casi todo. El libro de Roca Barea no me pilla de nuevas. Para los que hemos estudiado un poco de todo, y mucho de algo, la historia siempre me ha resultado extraña y tendenciosa en las interpretaciones más aceptables por el común. ¿No han escuchado aquello de que la historia la hacen los vencedores? Lo cual significa que la historia la hacen algunos contra otros. Ni más ni menos. Unos intereses contra otros intereses. Y cuando se inventan aspectos de la historia para parecer unos más y otros menos, entonces es cuando entramos en la falta de honestidad, en la mentira burda, en la falta de escrúpulos, en el abuso contra la memoria de los pueblos. Como sucedió con el caso Galileo, por ejemplo; o con el caso Hipatia, recientemente reinventado como arma cristofóbica y anticlerical.

Cuando yo estudiaba, o cuando explicaba Historia de la Filosofía, me preguntaba por qué se daban los autores que se daban. ¿Por qué se empezaba la HF con los presocráticos? ¿Por qué no estaban los profetas bíblicos, que eran de la misma época, con sus ideas sobre la igualdad, la justicia o la misericordia humana y divina? ¿Por qué los padres de la iglesia, que fueron excelentes pensadores, habían sido eliminados de un plumazo de los libros de texto? ¿Ninguna mención a San Leandro o a San Ildefonso? ¿Por qué era el medievo del siglo XIII oscuro, si había más libertad de pensamiento y de ciencia que en siglos ilustrados? ¿Por qué eliminaron luego de la HF a la escuela de Salamanca del siglo XVI, cuando fue una de las más brillantes en el derecho de gentes y el derecho internacional? Daba la impresión de que era desconocimiento, pero hoy sé que no. Era producto de la mala fe de nuestros enemigos, y luego del papanatismo de los que presumían de afrancesados y modernos.

En resumen, por qué lo que estudié en la carrera de Derecho era desconocido en Filosofía, y por qué la Teología y sus importantes contribuciones al pensamiento occidental eran obviados y eliminados de los tratados de Filosofía política. Todo me pareció un misterio que he resuelto al leer este libro de la profesora Roca Barea. La respuesta clarifica: por odio a la verdad. Odio a todo lo que sonara católico primero y cristiano después, y odio a lo que fuera una contribución de los españoles a la cultura europea.

De hecho, eso explica que los españoles hablen mal de España, odien su patria, y sigan leyendo su historia con las gafas de la mentira, las gafas equivocadas que llevamos desde hace dos siglos. Voto a brios.