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La paranoia nacionalista en España: entre Cataluña y ETA.

Qué razón tiene el amigo Boadella, más que un santo con esta frase: “El nacionalismo lo primero que hace es poner un enemigo en funcionamiento, y en el caso del nacionalismo catalán el enemigo es España. Creo que hay una parte de los catalanes que están enfermos de paranoia porque creen que España está contra ellos” Albert Boadella.

Y es que desde hace doscientos cincuenta años los nacionalistas de todo pelaje no han hecho más que meternos en guerras, en posguerras, en luchas de liberaciones y en entelequias inventadas por sus paranoias. En Europa, el nacionalismo ha sido el creador de un cúmulo de mentiras tan abundante que todavía no nos hemos recuperado, son los padres de la leyenda negra antiespañola, los abuelos del racismo eurocéntrico y protestante, los bisabuelos de los exterminios más masivos y genocidas de la historia, y, finalmente, los tatarabuelos de la propaganda que trata de ocultar sus genocidios. Y ahí siguen, afirmando tan panchos y circunspectos que son víctimas, como si no pudieran sentirse y ser catalanes, españoles, europeos y terrícolas a la vez.

El origen de sus lamentos está, y creo no equivocarme, en el complejo de inferioridad que arrastran frente a los vecinos; lo cual, sea dicho de paso, se combina sutilmente con el ansia de poder. Tampoco es nuevo. Si los flamencos del duque de Orange montaron sus guerras y mentiras para independizarse de su legítimo rey, casualmente español, fue porque se sentían inferiores, porque ambicionaban el poder, y porque son así los pobrecillos. Malos hasta asesinar a los que piensan distinto; y lloricas cuando no pueden usar la guillotina.

Por eso no es casualidad que Puigdemont, y antes los etarras, eligieran Bélgica como paraiso nacionalista. Tampoco es extraño que un poco más al norte, en un condado independentista del Reich actual, un juez alemán se hiciera un lío con el asunto. Entre el complejo nazi, el miedo al qué dirán, y la ignorancia. Tampoco es nada nuevo.

Y es que Europa está sentada sobre un polvorín al que le quedan unas cuantas guerras más  para espabilar, todas con el nacionalismo y sus embustes como principales mecheros. La última guerra en Europa fue por la fragmentación de Yugoslavia, nacionalismos enfrentados. Pero las próximas serán por Cataluña, quizás Alsacia, Babiera o Córcega, Escocia, Gales o Irlanda del Norte. A saber. ¡Ojalá me equivoque, pero Europa corre hacia su siguiente guerra sin ser consciente de ello! Y el problema es que tenemos las papeletas para que nos pase a nosotros: gobiernos débiles y paralizados, sociedades manipuladas y complejos. Muchos complejos a la derecha y a la izquierda.

El nacionalismo es la versión finilla del tribalismo, al pueblerino, al tractorino y al patán que inventa paranoias, persecuciones inexistentes y victimismos falsarios. El nacionalista eleva la mirada al auditorio buscando que apruebes sus ridículos argumentos. Si les das lo que quieren, que es el poder y el dinero, te seguirán mirando por encima del hombro. No tendrán, además, ningún reparo en perseguir a los no nacionalistas cuando se les antoje. Y tampoco les preocupará robarte parte de lo tuyo aduciendo que necesitan expandirse (Valencia, Mallorca, Navarra, Praga o Polonia). Están deseando humillar al resto del mundo para demostrarse a sí mismos que son como los demás (acomplejados) y así indefinidamente.

Siendo sinceros, yo creo que el nacionalismo no tiene capacidad para gobernarse ni inteligencia para mejorar ni siquiera lo suyo. Su guía son las emociones y los sentimientos, por eso inventan conflictos donde hay paz y prosperidad. Suelen conducir a los suyos a la muerte y a la guerra, con el simple argumento del “porque yo lo valgo”. Y pocas veces, muy pocas hacen cosas buenas por su pueblo. Si tocan la educación, la convierten en excluyente (de los castellanoparlantes por ejemplo), y si entran en materia de sanidad, escogen a médicos que hablen su lengua antes que sean los mejores en medicina. Son así.

Me dice un amigo que el nacionalismo se disfraza de patriotismo, pero que es muy distinto. No le falta razón. El patriotismo consiste en amar a tu nación y su cultura sin excluir la de los demás. Reconocemos lo propio y nos admiramos de lo ajeno. Es curioso que los patriotas enfrentados en la guerra, por ejemplo, se suelan reconocer en las ideas que los unen y en el honor del servicio a los demás, a los suyos.

Pueden hablar y entenderse. Wellington y Castaños, por ejemplo, se reconocieron como tales, y reconocieron la valentía y capacidad de los franceses que tenían frente a ellos. Ellos aman su país, igual que nosotros el nuestro. El honor está por encima, y no se pide al enemigo que traicione a su patria.

Pero el nacionalismo no funciona igual. El nacionalismo está lleno de envidia por lo que no tiene, y codicia lo que nunca tendrá. Ningún etarra dirá una cosa buena de España que excluya a los vascos de su bondad. Lo mismo los Puigdemónicos. El nacionalimo se inventará amores enfermizos en lo que les parece que es auténtico, exclusivo y natural a ellos: su raza, su bandera, sus cánticos y su lengua. Y alimentan con la misma necesidad el odio intransigente y racionalizado contra el esperpento creado. Necesitan un enemigo ridiculizado sobre el que ciscarse y perseguir. Lo malo es que no les importará matar, derramar sangre y destruir su patria con tal de conseguirlo.

La semana pasada hemos visto que ETA ha anunciado su final. Pero eso no será el final de su guerra (su presunto conflicto). Seguirán con la propaganda hasta hacernos creer que sus asesinos son héroes y mártires; y que sus asesinados nunca existieron. Por eso, hasta que no haya un monumento a Miguel Ángel Blanco presidiendo la playa de la Concha en San Sebastián, ETA no habrá muerto. Y hasta que no podamos pasear con una bandera española por Alsasua, Tordesillas, Zafra, Hernani, Hospitalet, Basauri y Dos Hermanas (pueblos todos españoles) no podremos hablar de libertad y democracia en nuestra patria. Hasta que Puigdemont no sea juzgado por sus presuntos delitos, no habrá paz en España. Ni en Europa.

 

Amar y odiar Cataluña. Amar y odiar España.

De verdad que no me apetecía volver a tocar el tema de Cataluña, que ya aburre por cansino y triste. Pero es obligación en estos días donde los sentimientos se agolpan y se endurecen, como si de una relación de amor se tratara, de amor y odio a un tiempo, escribir y dar una palabra de esperanza a la cuestión catalana. Además, es obligación del que escribe iluminar a los lectores que de fuera de España, mi país, siguen esta bitácora con cariño y entusiasmo, y esperan una palabra que les aclare qué sucede con el problema catalán, con el problema de España.

España es un país acomplejado. De los que más. Perdió en su momento la batalla de la historia contra las grandes potencias europeas (británicos, franceses principalmente), una batalla que era propagandística, y que tuvo como principales voceros a los intelectuales españoles del siglo XVIII, XIX y XX que difundieron durante mucho tiempo la leyenda negra española, copiando las mentiras de británicos, franceses y holandeses, sobre todo. Luego nosotros nos atascamos pensando en el problema de España, como si España tuviera un problema con su historia. No lo hemos superado, y andamos pensando que los españoles somos malos, más malos que el resto. No es verdad, claro, pero tenemos complejo y no hemos ido al psicólogo.

Eso es algo que nunca sucedió en otros países. Francia no tiene complejos, y Gran Bretaña menos. Se la sopla los que piensen los demás cuando hacen el animal. Pero España no. Somos un país sensible, de artistas y de mendigos, de pícaros y de héroes, de Quijotes y de Sanchos, un pais de místicos y putas, de héroes y villanos, de cantaores de flamenco que se mueren de hambre mientras reciben el reconocimiento de los de fuera. Somos un pueblo de tópicos románticos que odiamos, pero somos un pueblo de siesta y de orgullo. Comemos a las tres de la tarde los domingos para demostrar al mundo que no pasamos hambre y que hemos desayunado bien, coño. Somos lo que somos, distintos y especiales. Es verdad.

Pero en España también tenemos un lado negativo, y es que nos puede la envidia, odiamos todo lo nuestro. Somos así. Los españoles hablamos mal siempre de nuestro país. Por eso somos un país fuerte, decía Bismarck, porque a pesar de todos por escojonarla no lo logramos. Los españoles odiamos ser españoles, casi como principio. Y amamos ser españoles porque somos los mejores. Nos sentimos malos y pedimos permiso casi por dar al mundo a Goya, a Picasso o a Cervantes. Somos diferentes, así nos entendemos, y no somos capaces de VER el profundo aprecio y cariño que despierta nuestro país en el mundo, uno de los más admirados y queridos por su simpatía, cariño, romanticismo y belleza. No nos conocemos, y preferimos odiarnos. Por eso somos tan europeístas, porque nos acompleja menos ser Europeos que españoles.

Durante el franquismo, fruto de los mecanismos de la dictadura y de los intereses del llamado Movimiento Nacional (falange, acción católica, militares, etc), se reconstruyó una interpretación de nuestra historia nacional sesgada. Se exaltaron y mitificaron a algunos personajes nuestros como el Cid, o los Reyes Católicos, que poco menos tenían sus continuadores en Franco y en José Antonio Primo de Rivera. Y se denostaron a otros, que simplemente fueron olvidados. Cuando terminó la dictadura, España no hizo los deberes de reconciliarse con su historia. Bastaba con reconciliar las familias y las personas, que no es poco. Pero nunca reconciliamos nuestra visión del pasado. Nunca aceptamos que la bandera franquista no era de Franco, o que el Cid Campeador fuera un héroe legendario como Roland el franchute. Nos quedamos sin héroes y sin relatos que nos hicieran sentirnos orgullosos.

Perdimos, en pocas palabras, el sentido de nuestra identidad, y nos refugiamos en localismo y tribalismos autonómicos. Por eso nos escriben los hispanistas ingleses lo que sucedió durante la guerra civil española, porque no nos hemos reconciliado con nuestra historia. Por eso, no sabemos qué significa ser español. Quizás no sea más que una entelequia que nadie se plantea, pero nosotros sí; y nos flagelamos por ser lo que somos, aunque sepamos que somos estupendos.

Esto explica que en España, durante cuarenta años de democracia, lucir la bandera española fuera entendido como un gesto franquista. La izquierda ha denostado más la bandera nacional que la derecha, y su imposibilidad de reconocer lo bueno que tuvo el franquismo, por ejemplo, nos obliga a estar siempre disimulando lo que somos. Salvo excepción, claro, me refiero a Rafa Nadal, al rey Felipe VI, y algunos pocos más que salen fuera y se sienten orgullosos de ser lo que “sólo” (con acento, coño) cuarenta y pico de millones de personas pueden ser en el mundo: españoles, ni más ni menos.

Ante tal complejo, durante la democracia, en muchos territorios se ha potenciado una identidad fascistoide y nacionalista distinta, regional, provinciana, local, y me atrevo a decir que tribal y pueblerina hasta más no poder. Se han llevado la palma Cataluña y Pais Vasco, el primero con su autoreinterpretación histórica, y el segundo con el terrorismo lacerante, fratricida y nazi de ETA;  pero no hay región en España donde no haya cuatro descerebrados amantes de la absurda y ridícula especificidad. Por eso se hablan tantas lenguas que deberían haberse extinguido hacía mucho, y se potencia que en la universidad se considere tanto lo autóctono olvidando el sentido general de los estudios. No hay región en España donde se defienda a España por encima de la autonomía y el provincianismo. Al contrario, se prefiere potenciar al pardillo local que al héroe nacional. Por eso es difícil escribir en España, y es que España no tiene héroes nacionales como tiene todo el mundo, aquí los héroes son locales y de andar por casa. Nuestros héroes tiene que triunfar fuera para ser reconocidos. Si no triunfan fuera, son odiados y olvidados. Aquí no nos gusta el flamenco, salvo que un extranjero nos diga que es excelente; ni los toros, salvo que venga un francés y diga que es único. ni Julio Iglesias salvo que sea reconocido en el mundo entero y viva en Miami. Ni somos religiosos, salvo que llegue un Papa y nos diga que la mística española es lo más característico de nuestro país. Entonces gritamos Viva el Papa como posesos.

Ningún partido en el parlamento actual, por ejemplo, defiende la unidad clara de España (quizás Ciudadanos – que nació en cataluña precisamente – la cuarta fuerza parlamentaria). Todos los partidos hacen la vista gorda con los regionalismos estúpidos, y con las gilipolleces que nos cuestan dinero. Pero que forman parte de lo políticamente correcto aquí. Eso ha sido alimentado durante décadas, hasta que los catalanes, tras años de adoctrinamiento contra España (contra ellos mismos) han declarado la independencia olvidando a la mitad de los catalanes que se sienten españoles.

Ver las banderas españolas quemadas y arrancadas por el gobierno catalán y por parlamentarios lamentables ha dolido dentro, a casi todos los españoles normales. Somos orgullosos y nos toca los huevos. También duele en Cataluña a los catalanes perseguidos por sentirse españoles y amar su patria española, y ha dolido en todo el país, claro que sí. Nos duele porque somos pareja de baile, de amor y odio, de viaje y de existencia durante siglos. En muchas regiones se puede tener cierta envidia de los próspera que es Cataluña. Y yo, que viví en Cataluña durante siete años de mi infancia, siempre me ha molestado que se hable mal de los catalanes. Lo entiendo, porque cuanto más ha crecido el desaire que los dirigentes catalanes hacían al resto de los pueblos de España, tanto más se ha incrementado el dolor y el rencor. No son diferentes al resto, odian a España tanto o más que los españoles, pero nos toca los cojones que se lo crean y vayan de guays. En el fondo los amamos tanto como los odiamos, por eso no nos son indiferentes.

Y es que duele lo que se ama, y se odia aquello que no suscita indiferencia. Aquí da igual el tema de la pasta. Cataluña es nuestra casa, y es más odiada y querida por aquellos que más la quieren, andaluces y extremeños. Solo en un exceso de despecho se oye decir eso de: que se larguen y que les den por… No, no. Que se jodan, y que se aguanten como todos lo españoles nos jodemos por ser españoles. De aquí no se va ni Dios… (bueno, Dios sí, pero solo Él).

Salieron los catalanes que aman a España y muchos llorábamos de alegría y esperanza. Estaban escondidos, eran Albert Rivera y otros muchos. Eran hijos de emigrantes, como somos todos en este mundo, hijos nuestros que durante muchas décadas han sido insultados, menospreciados y arrinconados por no ser racistas como los nacionalistas de aquel terruño. Pero son hermanos, hijos, primos, parientes de muchos que desde el resto de España hemos visto quemar los símbolos de nuestros padres. Son de los nuestros, perseguidos y puteados. Catalanes y españoles, hijos todos de una historia y una tradición cultural común. Estamos en el mismo barco, y aquí no puede haber privilegiados.

Y hemos sacado las banderas españolas por primera vez en mucho tiempo.

Coincido con Juan Manuel de Prada, un escritor español, cuando afirma que la unidad de España no se puede basar en la Constitución, sino en las tradiciones que compartimos y que confluyen desde el pasado hasta el presente, en especial la tradición religiosa. Pero para eso necesitamos algo que no tenemos: quitarnos de encima los complejos y buscar en lo que nos une en la historia y como fraternidad. Somos españoles, y podemos contemplar juntos las raíces de nuestra identidad común, en lugar de ahondar en lo que nos separa, mejor subrayar y disfrutar de lo que nos une. Que no es poco, digan lo que digan los provincianos esos que dicen que son no sé qué.

Gracias Cataluña, ¡Qué chispa tenéis, tíos!

Sería una tragedia si nos faltara sentido del humor. Y sería una tragedia si muriera alguien, porque cuando escribo esto todavía no ha sucedido nada serio y verdaderamente irreversible. ¿O sí? Los catalanes están decididos a hacer humor, a divertir a toda la comunidad internacional, incluida la española, y la verdad, se lo agradecemos mucho, porque estamos realmente aburridos sin una revolución pachanga que llevarnos a la cara, y sin un reality chou auténtico, de los que se construyen con la vida real, con butifarra y calzoncillo cuatribarrado.

La verdad es que estos días parecía que se iba a quedar en nada el rollito este catalán, pero, ¡qué va! Estaban preparando un gorda, de las más divertidas que yo recuerdo en el mundo de la farándula nacional. El retrato no ha podido ser más bufo y absurdo, cual comedia de Pirandello: las urnas en la sacristía, el Puigdemont escondido cual zorro para votar en la casa del vecino,  gente merendándose varias butifarras nocturnas cual panceta aragonesa, colegios abiertos en noches estrelladas (que no esteladas) con padres escondidos tras sus hijos, el Piqué llorando más que cuando hubo un atentado terrorista y gente votando y metiendo la papeleta en cualquier buzón sonriente. Ni las FARC, oyes. Y el Piqué nos cuenta que es un derecho votar aunque se salten la ley (¿se lo habrá sugerido Shakira?), y los mossos de escuadra (que son la poli catalana) disecados frente a los manifestantes.

No sé por qué dicen que no son españoles, si son la esencia de la españolidad que retrató Berlanga e interpretó Paco Martínez Soria. Mary Sampere era una aficionada al lado de estos tíos. Y por supuesto, hay que dar las gracias a su ideólogo Puigdemont, el quinto miembro del Tricicle, y por supuesto a Marianico, que está esperando en la Moncloa a que pase la fiesta, porque él no es amigo de jaranas, y ha enviado a la poli para ver si alguien hace algo con el problema catalán. Porque él si que no piensa hacer res de res. Ni hoy ni mañana. Que lo sepas.

La fiesta de la independencia ha molado mientras nadie los molestaba. Aunque todo era más aburrido, seguro. Y al amanecer una pena, porque la peña estaba cansada y no ha dado la talla ni para responder a la poli reclamando la independencia por las armas. No tendremos independencia, pero que bien lo hemos pasado. Había juerga hasta en el polideportivo del cole. Como dijo un castizo español, ¿para qué cojones sirve una tía antes de la seis de la mañana? Y es que es verdad, para divertirnos nos bastamos los tíos. Pues bien, la guardia llegó a las seis de la mañana, supongo que con las horas extras pagadas, porque un domingo a esas horas… ya está bien. Y unos cuantos que no se iban. Que viva la democracia. Digo yo que si hubieran llegado antes la poli… pero no. Y ahí ha estado la cosa. Se ha animado el cotarro, y para mi que estaba de antemano todo organizado por la teuve tres para entretener al resto de los españoles y del mundo, que todavía no sabe si las hostias de la poli son legítimas o no. Gracias, tíos. Entretenimiento desde las seis de la mañana, y sin pagar por anuncios.

Los nenes a su casa, dijo la Guardia Civil, y claro, la gente, que tenía a los párvulos de fiestuqui en el polideportivo del colegio tuvo que hacer oreja. Se acabó el maltrato infantil y el tener a los críos dando la nota a las tantas, que hay vecinos que duermen. Serán charnegos dando la murga, qué si no.

El caso es que decidieron clausurar el buen rollo de los que han excluido a media Cataluña por no hablar castellano; y se han pillado un rebote, porque esta gente piensa que un colegio no un centro para educar, sino un lugar para reivindicar sus ideas a costa del erario público, e inculcarles al resto las propias. Visca Catalunya y la República catalana. Que se vayan del cole, que no, que sí. Ale. Gran espectáculo televisado en directo, donde lo único que nos hemos perdido es la butifarra, porque sin duda la han guardado antes de que llegara la poli. Para mi que la han escondido dentro de las urnas, que por eso son opacas. Votaremos por cojones, y vaya si han votado, unos contra otros.

Al final, digo, se ha llevado la poli los votos en bolsas de basura. Por supuesto, se quedaron los que estaban dispuestos a morir como héroes, entre los cuales no hemos encontrado ni a Puigdemont, ni al Junqueras ni a la Gabriela. ¿Qué raro? ¿Dónde habrá votado el honorable Pujol? En su lugar aparecieron los sindicalistas de la causa de turno, los cuales, después de jartarse toda la noche a zamparse buenos huevos fritos con chorizo, butifarra, pan tomaca y rebanadas de payés, han terminado contándonos que son unos mártires de Cataluña. Y que la democracia es hacer lo que les sale de los huevos; por eso es el peor día de la vida del lloroso Piqué. Que agredir a gente que incumple la ley está muy feo, que es mejor que hagan la vista gorda como en los últimos cuarenta años. Y que Rajoy es un facha. Aunque esto último no nos pilla de nuevas.

El día ha estado curioso. Me he enterado que los de la CUP guardaban las urnas en la sacristía de la parroquia, unas urnas opacas, para que no se viera si había dentro una serpiente de cascabel o un taco de votos ya emitidos. Se votaba en casa (la de los ocupas, claro), o en la iglesia, que es la casa de todos. Es lo que tienen las democracias precipitadas. Y solo había un sitio donde esconder las dichosas urnas: o en el contenedor del barrio, siempre bajo la desgracia de que pase el camión de la basura antes de la madrugada; o en la parroquia, que es el lugar menos visitado en Cataluña desde que la religión nacionalista se instaló en el subconsciente colectivo. Yo creo que la Gabriela esa se fue a ver al párroco de su pueblo. La mujer (aunque tengo dudas serias sobre si es tal) hizo un esfuerzo notable, pues desde la comunión no había pisado por allí. Se colocó unas coletitas, y se puso un par de lazos rosas, tipo hello kitty. El sacerdote, poco acostumbrado a ver a la mureneta en directo, se creyó que estaba ante una aparición. Y es que cuando se reza poco, no se reconoce lo divino. El caso es que el hombre se vino arriba emulando a los mejores sacerdotes trabucaires de nuestra tradición española. Español, español. Guarda aquí lo que quieras, hija mía, total… hay sitio. Visca Catalunya y muera el clero. Hombreeee, eso no hija mía. Que el clero siempre es servicial y bueno.

Pero eso es nada comparado con nuestro epígono Carles Puigdemont, campeón del humor.  A la altura de la Sardá, el Buenafuente y el Eugenio juntos. El tío se fue a votar al colegio electoral que le apetecía para votar y hacerse la foto. Más que nada porque el de su pueblo de Gerona estaba ocupado por la poli. Que vis cómica, qué gusto, qué elegancia. Ni siquiera se tuvo que poner una peluca en la cabeza, ni unas gafas de sol. Apareció en otro colegio electoral, quizás el que abrieron en el supermercado de un cuñado suyo, y tras votar y sonreir, pegó su foto en el twitter, para que viéramos que todo transcurría con normalidad. En realidad, no. Bueno. Todavía no saben si ha habido normalidad o no. Subnormalidad sí ha habido, creo; ¿o tengo que hablar de sobrenormalidad? Da igual. En España la normalidad es esto, y en Cataluña más. Luego ha jugado el Barça su partido de liga contra Las Palmas, y todos tan contentos de volver a la rutina. Piqué el primero.

Dicen los golpistas que la culpa de que no hubiera normalidad no era porque se hubieran saltado la ley sin querer (una vez más desde hace 40 años), sino porque esta vez el Rajoy mandó a la poli a poner seriedad al asunto. Gran intervención, sobre todo cuando pienso en los coches  de la Guardia Civil destrozados hace tan solo unos días. Las hostias les cayeron a los otros. Curiosamente, se cambiaron las normas de votación antes casi de empezar a meter butifarras y votos en las urnas. ¿Algún voluntario para presidir esta urna electoral por la independencia? Y los más aguerridos a la causa dieron un paso adelante, deseosos de pasar a la historia del humor patrio. Por catalunya, por catalunya. Me pido presi, yo secre. Y todos felices. Metieron las papeletas sin control, yo meto tres, yo quince. Viva la democracia. Que malo es el Rajoy, collons. Seguro que no es ni gallego. Y la tele venga a filmar sin cortarse.

Rebuscando por ahí encuentro muchas fotos, y no me resisto a la siguiente. Es Puigdemont en el Hugginton post o como coños se escriba. Es el quinto miembro del Tricicle, sin duda. Nos mira como serio, pero en el fondo está de cachondeo, dispuesto a soltarnos en cualquier momento un chiste ingenioso. ¿Saben aquel que diu, que en qué se parece el parlament de catalunya al parlamento español? En que los dos están lleno de patriotas… he, he.

Mucha gente no ha votado, ni le interesa el rollo de lo ilegal. Normal. Se han quedado en su casa y no les ha parecido que sucediera nada raro. Los turistas como siempre, han paseado por las ramblas y se han hecho una foto con la Remedios, que es lo que les importa. Habrán comprado flamencas con el toro, y Sagradas Familias tamaño menudo. Es lo que hay que hacer. Otros han puesto banderas españolas en sus balcones, para que alguien se acuerde de que lo del referendum es una movida de una minoría. El caso es que Cataluña dormirá esta noche tranquila. Digo yo. Hasta el martes o el miércoles, donde proclamarán la república catalana por decreto legislativo. Que son así de cachondos.

Ha sido como si el televisor de hubiera llenado de Sazatorniles en la ESCOPETA NACIONAL, y sin avisar ni nada. “Ah, es que los catalanes siempre ponemos el dinero para Madrit. Y en este caso el espectáculo sale gratis a todos…” La escopeta catalana, lo habría llamado yo. Ridículo y bochornoso hasta aburrir. Unos por pasarse la ley por el forro, y otros por dejarles cuarenta años más sueltos que berracos en celo.  Hasta la próxima diada igual no pasa nada. Eso sí, yo creo que esta va a ser insuperable, y les vamos a tener que dar la independencia, por cachondos. Porque esta vergüenza que hemos pasado, no lo mejoran en siglos.

 

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