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Buscando un tema, preparando el siguiente libro.

Me identifico con los creativos, con los creadores y con los artistas y genios de cualquier condición. Me identifico con los que agotan su mente buscando una idea, una pequeña y simple idea que nos haga recrear, procrear, policrear y expandirnos. Me identifico con todos los locos del mundo que se obsesionan con lo que tienen entre manos, con los que agotan su tiempo y lo pierden buscando expresar lo que llevan dentro. Gracias a ellos ha sido posible el arte, la ciencia, la técnica y la literatura.

Si no lo hacemos, si no creamos, nos ahogamos en nosotros mismos, nos estancamos y pudrimos como agua pantanosa. Lo nuestro es el agua que corre, la acequia que se lleva la tierra de la orilla, el río señorial y el ancho y precioso mar donde pretendemos desembocar nuestras ideas. Luego nos arrepentiremos, queremos destruir a nuestros hijos, nos aburrirán sin que podamos retocarlos, pediremos perdón por equivocarnos, pero seguiro que pensaremos en la siguiente tarea creadora, en la última y la siguiente que es la más interesante y sugerente. Al menos para nosotros.

Crear supone un esfuerzo. Siempre ha sido así. El ejercicio de crear una obra de arte requiere un estado mental agotador, de obsesión permanente y de trabajo continuado. Las musas no nos visitan, y en cambio lo hace la soledad, el hastío cuando no sale nada, el silencio roto por la incomodidad de no saber, de estar perdido creando, haciendo, escribiendo o pintando, que tanto da. Las noches pensando para parir una idea son tan necesarias en el científico como en el novelista.

Confieso que tengo un buen número de libros escritos, bastantes más de los que he publicado, pero no son suficientes. Primero escribí LOS CABALLEROS DE VALEOLIT como una sola novela. Por razones de venta he tenido que sacar la novela en tres partes, pero realmente era una única novela, una epopeya al estilo Los miserables, Guerra y Paz… Nada más terminarla, empecé a escribir EL ÁNGEL AMADO. Estoy hablando de novelas que escribí hace ya unos cuatro o cinco años.

Luego me entretuve con dos novelas que estuve escribiendo a la vez. Era como si el descanso de una supusiera concentrame y descansar mentalmente con la otra. Estaban (y están bien escritas), pero las he ido abandonando al olvido. La primera se titula ENTRE DOS RAMBLAS, y está ambientada en Tarragona, la ciudad en la que pasé mi infancia. Es una historia de misterio y de amor a un tiempo, más autobiográfica que otras y con varias escenas que me fascinan. Buena literatura aunque los temas sean vulgares. La otra novela que escribí al tiempo la titulé LA ISLA DE LAS ESFERAS, es de ciencia ficción en la Tierra, gentes del futuro que se dan una vuelta por nuestro mundo, y con todos los componentes para hacer pensar al público. Es mi novela más Saramago, supongo, también en el olvido. La envié a algún premio de los que están amañados, y lógicamente no me lo dieron.

Tardé en terminarlas unos dos años, pero luego, cuando ves que el mundo editorial es una castaña pilonga, y que hay más tiburones en el mar que peces de colores, pues te tiendes a desanimar y a refugiarte en más y más escrituras y lecturas.

Continué escribiendo, claro que sí. No podía dejarlo, y empecé otro relato. En mi opinión es el mejor pero es inclasificable. ¿Quién escribiría Cien años de Soledad otra vez? Pues yo, que me gusta escribir y me gusta el realismo subrealista mágico y a la española. Reinventé el estilo, y he inaugurado con esta obra una corriente nueva en la literatura universal. Digo yo que es así, pero no creo que venda mucho a los lectores de novelas de usar y tirar.

Es una obra maestra, eso creo. Pero no alcanzará al número de los selectos lectores de Marcel Proust, que actualmente se encuentran en unos cincuenta por todo el mundo. Así que mejor no publicarlo. los pocos que lo han leído les ha parecido una obra extraordinaria. No se venderá, lo presiento, o será un éxito descomunal. Me da igual. Lo titulé primero NATURALEZA MUERTA, y luego le puse por título LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑES. Está ambientada en Yecla, y con ella cambiará la historia de la literatura, modestia aparte. ¿Seguimos?

Tengo recién terminada una última novela de ciencia ficción aventuras muy al uso. Se titula TRAS EL CIELO DE URANO, y seguro que terminan haciendo una película con ella los de Hollywood. Dice mi hermano, que se la ha leído, que habrá cientos de capítulos y libros en continuación, y es que las aventuras son siempre una delicia. Mi madre opina que es como Julio Verne, y no creo que le falte razón.

El caso es que no sé que más escribir. Y tampoco tengo muy claro qué va a ser lo siguiente que voy a autopublicar. De momento voy sacando las entradas de este blog en PALABRAS ATADAS, formato Amazon, pero no termino de darle salida a lo que escribo. Todo se andará.

Tengo, como objetivos próximos, escribir una novela con la vida de la primera madre heroína de la que tenemos noticia: Santa Mónica. Me da pereza empezar. Otra sería continuar con el estilo realimo mágico subrealismo español, pero es menos vendible que un humidificador en el desierto del Sahara. También tengo pensado lanzarme con ls siguientes partes de TRAS EL CIELO DE URANO, pero también me da hartura. He pensado escribir EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO versión propia, mi búsqueda del tiempo perdido en relatos sencillos y profundos. Si Proust lo hizo, ¿por qué no lo voy a poder escribir yo?

En fin, que estoy perdido, buscando tema y preparando el próximo libro. Casi nada.

 

Lecturas y sosiego.

Me reconozco en estas tardes de lluvia, primaverales y venturosas, refugiado en la lectura y en el sosiego. No siempre es fácil encontrar silencios y huecos en los hogares. Convivimos con muchas realidades, algunas de una tecnología invasiva capaz de hacernos perder la cabeza y la tranquilidad. Pero hoy puede ser distinto. Hoy quiero verme refugiado en la lectura de los clásicos, en el silencio que inunda mi hogar cuando mis hijas se van a la cama. En la paz que otorga, feliz buenaventura, unas sencillas páginas que nunca antes han sido abiertas, ni recorridas, ni pasadas con mimo y tacto por mis manos que hoy quieren ser más delicadas y amables que nunca con su contenido.

Huelo el lomo del libro, me impregno del aliento de sus páginas. Como si se tratara de un plato exquisito, de esos que los nuevos cocineros jefes califican con una descripción interminable. Nada puede superar las palabras de una novela, mucho menos de un poema, incluso el teatro leído es diferente al interpretado. Si una fotografía se esconde bajo cien palabras muertas, y el cine trata de vivificar cien palabras en movimiento de manera interminable, con una historia, la palabra puede ir más alla. Va maś allá y se convirte en arte, en experiencia sublime, en un atisbo de la trascendencia. Tal cosa sucede cuando las palabras están escritas con la máxima belleza y el escritor es alguien que lo sabe hacer. ¡Ojalá fuera yo ese escritor!

Una novela es capaz de mil cosas. Puede permitir examinar los pensamientos del asesino, descubrir sus sentimientos con precisión, nos hace imaginar con nuestra propia experiencia lo que le sucede al protagonista. Nunca una película será mejor que un libro. Salvo que el libro sea muy malo, cutre y fofo. Casi siempre el libro es mejor que la película.  Yo los prefiero, y es que una foto es algo mudo, un trozo congelado del tiempo. En cambio, las palabras nunca enmudecen. Recorres sus capítulos despacio y reverdecen, es como si despertaran los personajes, la vida que estaba oculta durante meses, quizás años, se levanta mientras las palabras son pronunciadas en silencio por nuestra mente. Silencio y lectura, una combinación espectacular.

Las palabras son superiores a las imágenes, entre otras cosas porque trasmiten una paz que no logra el cine, ni las películas, ni la televisíon. Tampoco las redes sociales, tan cargadas de imágenes insulsas, de mensajitos ñoños, de vulgaridades y chistes fáciles se pueden comparar. Gente posando su inanidad, grandezas y vilezas que necesitan una simple frase para tener algo de vida. No dicen nada, salvo que haya un pie de foto, una palabra que rompa su silencio.

Y es que sin palabras el mundo se muere, el hombre se muere, la civilización se muere. Somos palabras, palabras puras y firmes, decisivas. Las necesitamos para expresar el amor, para expresar los sentimientos, las ideas, las contrariedades y para despedir a los muertos. Para decir lo que es el mundo, para decir lo que somos nosotros, para decir lo mucho que nos importan los que están a nuestro lado. Los rayos catódicos malvados de los miles de redes mortecinas, que ahora nos piden permiso para molestarnos, son agonías que no prosperarán. Se extinguirán cuando sus luces nos aburran. Y ya nos aburren y nos maltratan. Un libro no. Un libro nunca fulmina el sueño, al contrario, lo acompaña por la noche hasta obligarnos a conciliar el sueño con el recuerdo y el aliento de la historia, el verso, o la palabra que acabamos de escuchar.

Un libro es un compañero, una obra de arte escondida en una estantería. Un libro acompaña, seduce, invade la vida con el máximo cuidado. Por eso leer es un placer único. Solo basta dedicarles un pequeño rato al día para que sus beneficios duren horas, semanas, meses y años. Hay libros que los recordamos durante años porque nos han dejado una impronta inolvidable. Eterna. Los libros calman la ansiedad, alientan la vida, distraen las preocupaciones, motivan la vida y nos hacen pensar. ¿Se puede pedir más a los escritores que logran tal cosa?

Ahora solo nos quedará elegir un buen libro, un próximo libro. El mejor de los posibles para el momento presente. Necesitamos encontrarnos con una historia, con unas ideas que nos seduzcan y un mundo que nos haga ser más nosotros mismos. Para eso están los libros.

Y para estamos los escritores, para buscar la mejor de las historias o de las palabras, las que sean capaces de levantar a los hombres, de elevarlos hasta lo trascendente. La historia que conceda la esperanza a los que han perdido toda esperanza. Ese es el libro que me gustaría volver a escribir, para así poder agradecer lo que me regalaron Proust, Conrad, o Juan Ramón Jiménez.

 

El escritor en crisis.

Me confieso escritor en crisis. Ya está, lo dije, lo solté. Es normal. Todo escritor pasa por un trance semejante. Soy alcohólico, drogata, adicto al sexo, al mando de la tele, fumeta ludópata e insípido paterfamiliaris… da igual, lo importante es reconocerlo delante del grupo de autoayuda que es este blog: chicos, estoy en crisis. Y punto. Iba bien con los relatos y de repente me he mirado al espejo y he descubierto lo que pensaba que nunca me sucedería: los personajes se me han cabreado y no me cumplen en la historia, los relatos me parecen livianos y sin interés, y no sé si empezar nuevo o seguir con el mismo relato hasta que sea perfecto. Alea iacta est y quod natura non dat… Ale.

En realidad lo que necesito es que alguien me diga que soy bueno, cojonudo, que no abandone, que lo vuelva a intentar; y que ese alguien sea el que reparte los premios Nobel, el de los Planeta, los Ateneos y los Alfaguara. Premios, que por cierto es imposible que gane, porque no he enviado nada. Y es que estoy en crisis. Es imposible ganar un premio cuando no se participa en él, me dicen los amigos. Bueno no, digo yo: gané el Miguel Delibes de narrativa por mi primera novela, y que conste que no envié nada. Así que estoy en crisis y sin enviar nada.

Ando con la depre, y no por falta de ideas nuevas, creatividad o miedo al folio en blanco. No, no. Estoy en crisis porque es la forma habitual de estar cuando se crea algo. Tengo un lío con los personajes y las tramas, y estas cosas, que solo le pasan a los grandes escritores, también nos sucede a los pequeños y desconocidos. Yo creía que estaba vacunado de esas enfermedades molestas. Y ya ven. Me ha pasado y estoy más ojiplático que contento. No es un tema que me guste tratar, entre otras cosas porque supongo que entra dentro de la intimidad de cada uno, pero cuando uno está en crisis artística y literaria, pues es capaz de escribir, aunque solo sea, para reconocer sus miserias, y mi miseria más contemporánea es la de la pena mora que llevo en el alma.

El problema – y voy a confesarme como la Pantoja ante su público –  es que tras LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, trilogía que ya está escrita, escribí en un tiempo relativamente breve EL ÁNGEL AMADO. Era una novelita sencilla y pequeña, pero que me resultó fácil de componer y narrar. Apenas dos o tres correcciones, y ya estuvo terminada. Como se suele decir: de sopetón y sin entretenerme demasiado. Me gusta además como quedó. Y me embarqué con otras dos novelas distintas que he ido atendiendo y abandonando simultáneamente sin demasiado éxito. En los dos casos voy por la quinta o sexta redacción, y me siguen sin convencer. He aprendido mucho de mis errores con ellas, pero a cambio me he quedado compuesto y sin pareja de tango.

La primera es una novela introspectiva, con muchos volcados de mi infancia. Muy bien escrita, supongo, aunque con exceso de adjetivos y adverbios. Algo que por cierto, no gusta a los editores, agentes, etc. La releo y me gusta; pero también me disgusta. El personaje no me cuadra, y es que cuando se emplea un narrador omnisciente los personajes se mosquean y desbordan al autor. Y ahí ando, intentando que vuelvan al redil. Esta la veía ganando el premio Nadal, pero claro, a estas alturas de la historia, bastante lograré con que el protagonista no me despierte por la noche contándome que por qué le tengo haciendo el tonto por la trama. Me he vuelto un indolente, y mis personajes son ahora unos plastas que me persiguen. De tal palo tal astilla, claro.

La otra novela, de ciencia ficción, es estupenda. Empieza como un cañón, pero luego se me cae. Entre otras cosas porque al protagonista no le dejo que se líe la manta a la cabeza y se entregue a la aventura. Faltaría más. Mi historia no es de aventureros, y eso tiene un precio. Una novela donde el prota es un insulso no vale para mucho, sobre todo cuando hay que salvar el mundo y a la humanidad. Así que estoy en crisis, porque no me da la gana que el prota salve el mundo, que eso es una vulgaridad, y yo quiero escribir como Proust, y que mis personajes aburran a las ovejas mientras se contemplan a sí mismos.

Esto me recuerda que he cometido también un nefasto error, que ha despertado todos los demonios del críticón que llevamos dentro todos los escritores, y es que me gustan los clásicos; o sea, me emociona la literatura que no se me cae de las manos. Leí el otro día a Patrick Modiano, fantástico. Releo Platero y yo, sublime. Ando a vueltas con Victor Hugo. Y me entra la depre. No por ellos, sino por mi. Por que me veo incapaz de escribir Cien años de soledad, que es lo que me gustaría.

Me dice mi yo listillo que eso es absurdo, que cada uno escribe su obra maestra, y que no repetimos las obras que ya están escritas. Es verdad que Cien años de soledad ya está escrita, así que no tengo porque escribirla de nuevo. Cada uno tiene su estilo, su forma de hacer literatura, y no tengo porqué ser tan exigente conmigo. Que estoy llamado a escribir una obra maestra, pero la mía. Y yo digo que vale, pero no me lo termino de creer. Así que estoy en crisis, aunque seguramente, tras esta entrada, encuentre una salida digna a la crisis: Obedeceré al prota de la primera novela, y montaré un prota aventurero que te cagas en la de ciencia ficción. ¡Qué fácil! ¿No?

PD: Esto lo escribí hace veinte días, así que no me preguntéis por la crisis. En realidad estoy cojonudo, acabo de matar al narrador omnisciente de la tercera novela, y me está quedando de muerte. En un mesecito o dos termino y me abro la botella de champán esa que nunca tenemos los escritores a mano. Esa. La que nos prohíbe el médico y que nos trincamos a las cuatro de la mañana.

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.