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Cuando se comprende la vida: yo hago lo que puedo, y el resto se lo dejo a Dios. Leyendo a Javier Garrido.

Tuve la suerte de conocer a este pensador cristiano, Javier Garrido, hace algo más de dos décadas. Fue en unos ejercicios espirituales que se celebraron en Valladolid. Yo andaba por entonces terminando mi etapa de estudios teológicos, y me ofrecieron la posibilidad de acudir para escuchar de viva voz, para tratar y aprender de Javier Garrido Goitia, uno de los teólogos y humanistas más interesantes de nuestro tiempo. Un franciscano que había hecho una síntesis asombrosa entre la teología espiritual y la ciencia psicológica contemporánea, con el referente de Jung entre sus principales.

Había escuchado bastante de él, y leído algo, pues varias creyentes, entre ellas una profesora de filosofía con la que conversaba a menudo, M.R., (que luego marchó de misiones) sentía verdadera devoción por este escritor y pensador. Me lo recomendó, me lo ofreció y me lo leí. Luego comprobé que muchos otros cristianos leían y aplaudían sus propuestas. Realmente ayudaba y mejoraba la vida de las personas en el sentido más amplio e integrador posible. No podría mencionar a todos aquí, pero fueron muchos, desde luego. Era convincente y aportaba algo nuevo.

El caso es que no me defraudó cuando lo traté. Javier Garrido había reinventado y reelaborado en una de los esfuerzos más interesantes de la cultura teológica contemporánea española y europea la psicología moderna con la teología espiritual. Hablaba del personalismo y de la construcción de la persona como elemento fundamental para que la gracia sobreabundase en la limitación humana. Explicaba, analizaba y contaba con mucha claridad y profundidad lo que todos sabemos, y nadie termina de poner nombre ni de definir. ¿Reconocen ese momento de luz intelectual?

Javier Garrido me gustó y me encantó. Tomé muchos apuntes, memoricé y anoté en mi mente muchas de sus nociones, ideas, sugerencias y continué con la vida. Hablamos, le escuchamos y discutimos, dialogamos e intercambiamos ideas y pensamiento. Y por supuesto aprendí mucho, porque estaba ante un maestro, un sabio , un pensador y una buena persona. Un franciscano único. Un creyente arrojado en los brazos del Padre.

El caso es que la vida nos lleva por cualquier sitio, siempre diferente a lo que uno espera, y casualmente, hace unos quince días he vuelto a retomar algunos viejos libros que tengo por casa de este autor. En realidad tengo bastantes de él, así que escogí este de “Adulto y cristiano”, que me regalaron mis buenos amigos TyByT hace diez años, y me he entregado a releer y revivir pensamientos dormidos, siempre sugerentes y de excelente factura. Garrido no ha envejecido. En cambio soy yo el que tiene unos años más…

Hay muchas cuestiones que se podrían destacar de Javier Garrido, pero siempre tengo en mi mente la síntesis de contrarios que hacemos en la vida entre el IDEALISMO Y LA REALIDAD. La vida es eso, una lucha entre los ideales que uno tiene con respecto al amor, el trabajo, la familia, los demás, la sociedad y el mundo; y la realidad con la que uno se encuentra. Siempre en tensión, siempre en crisis y crecimiento. En expansión y en aceptación.

Ser creyente implica además hacer una apuesta por el IDEALISMO que construimos conforme a la fe. La utopía cristiana es una elaboración que hacemos también en nuestras cabezas, en nuestros sentimientos y en nuestras personas; lo cual explica los abandonos y las apostasías de los jóvenes; pero también augura el retorno a la iglesia de aquellos que una vez sintieron el toque delicado en el alma, gente que cuando la vida ha sacudido a fondo vuelven a entrar en un templo y se reencuentran con Dios y con ellos mismos.

“Yo hago lo que puedo y el resto de lo dejo a Dios” dice el libro que pronuncia mucha gente orante. Es una buena síntesis de lo que un cristiano vive cuando descubre que la vida no la controla uno, que todo ha sido y es gracia, y que Dios te ha ceñido el vestido y te ha llevado por donde tú no querías. ¿Acaso no sucede siempre así? A pesar de las dudas y de las vacilaciones, incluso de las negaciones, Dios te ha llevado hasta el final. Eso sólo es posible descubrirlo cuando se ha madurado y sintetizado el idealismo y la realidad. Cuando uno percibe la limitación propia y la grandeza inconmensurable de Dios. La vida es un derroche y un regalo, y nos queda agradecer antes de morir.

La única posibilidad de un cristiano maduro para vivir con autenticidad la fe es abrirse definitivamente a su gracia, a su amor, entregarse en sus brazos como un niño. Ahora qué sé quién eres, deseo estar contigo para siempre. Es la entrega definitiva del hombre maduro y del anciano que recapitula la contingencia de la vida y que descubre que Dios siempre ha estado ahí, purificándolo, amándolo, esperándolo. Todo es gracia, y ha sido voluntad de Dios.

Javier Garrido explica todo esto maravillosamente. Cosas que probablemente no necesiten explicación porque uno las vive sin más.

Y me trae el libro a colación el mundo en el que habito. También con la tensión entre idealismo y realismo que se da en todos nosotros. Me voy a lo prosaico. El idealismo de la izquierda de construir un mundo mejor se resiente cuando la vida avanza y uno necesita adaptarse para comer, entonces parece mira a las derechas; el idealismo de los jóvenes cuando tienen hijos y comprueban que la realidad no era lo que pensaban que era, lo que pensaban que no ibas a hacer lo termina haciendo; el idealismo de los profesores que empiezan pensando que van a cambiar el mundo con sus clases y terminan pidiendo que lleguen las vacaciones cuanto antes y por favor.

Para un creyente siempre hay un viento de idealismo por vivir Siempre se puede contribuir, aunque solo sea con un pescado y un poco de pan, para que Dios lo multiplique. Siempre descubre uno que no ha cambiado el mundo por dar clase, pero que sí que ha podido ayudar a alguien que estaba casi excluido. Con uno basta, porque sólo Dios sabe de verdad. Uno descubre que con que un sueño se haga realidad ya vale la pena. Y a veces ese sueño ya se ha producido.

“Yo hago lo que puedo, y el resto se lo dejo a Dios”; y entonces te das cuenta de que lo has comprendido.

 

Reconstruir, destruir o deconstruir Europa, that´s the question.

El chiste lo encontré en los días que ganó el “brexit” el referendum de junio, y expresa bien el salto que hay entre los populismos descerebrados, que pululan por todos los países de Europa sin excepción, y la realidad económica, política y social que suelen traer. Luego vienen las exculpaciones, que si ha sido periquito, que si el mundo es hostil a nosotros, que si hay un contubernio judeomásonico, da igual. Los políticos siempre tienen un discurso que justifica sus errores, y el discurso de la construcción se impone, aunque se esté derrumbando la casa.

En mi opinión, Europa se deconstruye  a pasos agigantados, y esa es una realidad que no es nueva, pues se está fragmentando el alma de los europeos con discursos ilustrados y contradictorios desde hace siglos. En sentido estricto, y para no irnos muy lejos, la posmodernidad filosófica, de hace veinte años, reflejó antropológicamente lo que hoy es una realidad política: Europa y Occidente se disuelven en compartimentos éticos, se regresa a la cueva lo que no quiere ser mostrado, y se disimulan las contradicciones para poder soportarlas mejor. Aparentamos estar de fiesta, cuando en realidad estamos de luto. Además, las nuevas generaciones piensan que es mejor no salir de la fiesta, salvo para pegarse, claro.

Vamos a hacer historia. Los proyectos problemáticos en Europa provienen de los ideologismos que sustituyeron el deísmo frío del siglo XVIII. Primero triunfó la razón ilustrada y luego lo hizo el corazón romántico. Aquello fue la deconstrucción de las raíces culturales. Lo malo es que el tema no terminó ahí, pues la gente se lanzó a discutir sus ideas en los cafés, luego en los clubes y finalmente en los medios de comunicación y en los campos de batalla. Discutir es bueno, y ha sido una práctica muy nuestra, desde los filósofos en Atenas, hasta los Concilios Ecuménicos. Lo malo es que para que triunfen unas ideas, algunos listos piensan que tienen que morir los rivales, y esa lección histórica, casi olvidada en Europa, causante de nuestros dos últimos siglos de matanzas (y me quedo corto), sigue latiendo en el trasfondo de una Unión Europea desorientada. Dicen que construimos Europa para olvidar que nos masacrábamos, pero dentro de un corazón roto hay odios que resurgen, porque nunca fueron combatidos a conciencia. Y el corazón europeo sigue roto porque sigue alejado del “perdón”. El Norte rico no perdona al Sur, y viceversa, y los del Este no confían en el Oeste, y al revés

Europa alberga en sus entrañas dos diablos ancestrales que no terminan de morir, y que están arraigados en lo más hondo de sus entrañas. Los dos nos conducen a la destrucción. El mito “diabolos” del revolucionario, el contestatario romántico, que sigue siendo asimilado por la izquierda en los países del sur, los PIGS (Garibaldi, Durruti y Robespierre). Bajo esta ilusión se pretende construir algo nuevo y mejor, pero siempre se hace sobre las ruina de lo que se le opone. Consecuencia: destrucción y guerra.

El otro es el mito “diábolos” de la raza superior, del puritanismo ético, que arraigó con fuerza en los países protestantes, especialmente entre los anglosajones, germánicos y escandinavos. Bajo esta idea unos hombres son mejores que otros, son los puros, los elevados, los perfectos. En su peligrosidad, este mito nos deja sin gente, a diferencia del primer diábolos que nos deja sin gente y sin cultura. Ejemplo de esto sería Hitler, pero también la chulería de los british que se adueñaron de medio mundo argumentando que “no eran civilizados”. De ahí el brexit actual, o el pelirrojo del otro lado del Atlántico.

Pero las verdaderas raíces europeas no son las diábolicas, sino las simbólicas que unifican y dotan de sentido a su historia. Europa ha tenido suerte de contar entre sus raíces ideológicas y culturales con el cristianismo, que ha dotado sus instituciones y cotidianeidad de valores tan necesarios como la igualdad, la libertad, la trascendencia, el arte, el pensamiento o la fraternidad. El cristianismo sigue siendo la única fuerza capaz de moderar los populismos y los extremismos de cualquier color, sigue siendo la base europea y occidental, y cualquier mitología que trate de sustituirla conducirá a Occidente por el camino equivocado. Los racismos de nuevo cuño, los populismos revolucionarios y agresivos, los pragmatismos economicistas, son enemigos de la construcción europea. Por eso son ideologías que se manifiestan con radicalidad y energía contra la religión y contra el cristianismo en particular.

En nuestras raíces está empujar la construcción europea hacia posturas humanistas, donde lo primero sea el hombre en trascendencia, la persona comunitaria. Lo que se vino a llamar el personalismo cristiano que defendió Mounier, padre de la DUDH (Declaración Universal de Derechos Humanos). Se necesita más filosofía, más pensamiento, más oración y más Jesucristo, precisamente lo que se lleva negando desde hace décadas en el concierto occidental. Sin ellas no construiremos, porque las fuerzas contemporáneas tienden, y más en la posmodernidad, a la deconstrucción cultural. Todo fragmentado, nada sólido y vigoroso, todo light y enfermizo, disuelto hasta la incoherencia y nada trascendente. Dios puede dar al hombre coherencia y sentido, es la fuerza que construye al hombre por dentro y lo unifica.

Sin duda, no corren buenos tiempos para una Europa que olvida sus raíces, ni para un mundo que pretende luchar y vencer contra cualquier enemigo que tenga la etiqueta de enemigo. Una Europa que prefiere olvidar a los emigrantes sirios, que no condena las matanzas de cristianos en países musulmanes, que olvida los derechos humanos más elementales, que arrincona a los más débiles, que prohíbe la trascendencia en las escuelas, que utiliza la ilustración contra la Edad Media, que exalta la ciencia y ridiculiza la ética, que ni reza ni filosofa, es simplemente una Europa que se autodestruye miserablemente, es una Europa simplemente muerta, que camina hacia su cementerio. No sé quien dará la puntilla, si los chinos, los árabes o un tercero, lo que sí sé, es que me da pena. Porque la construcción europea, o se hace desde el cristianismo, (las religiones todo lo unifican), o no podrá hacer nada. Pero nada de nada.

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