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Dentro de dos días presentamos el libro. TRAS EL CIELO DE URANO

Los sentimientos se cruzan para retorcerse. Presentar un libro es casi como bautizar a una criatura pero sin el como. El caso es que tal actividad produce en el progenitor -en este caso, un servidor de usted- una tensión no exenta de respeto y temor hacia el público, el cual termina convirtiéndose en el crítico verdadero del libro. ¡Vaya mierda o me ha encantado! Ahí es nada.

Escribir es agradable y placentero. Puede ser bastante cansado y tedioso en algunas de sus partes, o convertirse en un esfuerzo grato y entretenido, incluso divertido. Escribir requiere constancia y exige perseverar hasta el final. Primero se estudia el tema, luego se planifica, se redacta, y finalmente se revisa hasta que te parece que queda medianamente aceptable. Entre uno o dos años mínimo. Algunos se quedan en la primera fase, en la segunda o en la tercera. Y yo sé que pasa el tiempo, y que no todos los libros ven la luz, pues muchos son los llamados y pocos los escogidos.

Casi todos los escritores (y artistas) tenemos costumbres parecidas con respecto a nuestra obra. Me identifico con otros creadores en la sensación de inseguridad que produce a cualquier artista su obra. Lo haces porque lo llevas dentro y te revienta el alma no sacarlo fuera. Es como parir, se hace con dolor y alegría, y hasta que no sale de tus entrañas no te quedas a gusto. Pero esto es distinto a tener un bebé. Porque un hijo siempre es para su madre y su padre la más bella criatura del mundo (hay excepciones que saltan a la vista y que motivan un “madre mía, que bicho más feo”); y escribir, pintar o componer no resultan casi nunca bellos a los ojos de su creador.

Escribir es como parir un alien, y la duda del huevo será si alguno se dará cuenta de los defectos que tú sí que ves. Quizás no les importe, piensas. Y eso es lo que suele pasar. Un hijo es así, y así me lo ha dado Dios; pero parir un libro es ver sus defectos cara a cara.

Coincido con muchos escritores en que escribir para los demás tiene algo de exhibicionista, y eso te obliga a pasar por el trance que envenenará tus emociones los próximos meses. ¿Te ha gustado? Es la pregunta que haces, y la afirmación, lo que esperas que te digan sin más ni más es el bálsamo de Fierabrás, el que cura todos los males. “Sí, me ha gustado. Es la mejor novela que he leído en mi vida”. Por desgracia, si te lo dicen, no te lo crees. Además, eso no suele pasar tan fácilmente, sobre todo porque hay cientos de novelas clásicas mejores. ¿Qué leerá este tipo para que le guste lo mío? Y así hasta el que la duda metódica del artista bordea la galaxia de un infinito imposible de recorrer. Igual no soy tan malo, y te animas a escribir otra cosa.

Personalmente -confieso mi obsesiva naturaleza- como me embarco en un nuevo proyecto más pronto que tarde, suelo considerar el libro recién parido como algo del pasado, como algo que ahí está por el mundo bambando a sus anchas sin tenerme en cuenta. De cuando en cuando nos volvemos a ver en una Feria del Libro, o en una firma improvisada.

Este es el quinto libro que publico, aunque en el fondo sea el tercero, pues “Los Caballeros de Valeolit” era una obra única que publiqué en tres partes por exigencias de tamaño. Cuando saqué “El ángel amado” no me inquieté tanto, pues sabía y sé, que es una buena novela y que aunque no sea la temática religiosa la más apetecible por mis lectores, nadie podía echarme en cara que fuera una mierda. Al contrario, sé que El ángel era una obra maestra. ¿Y ahora? ¿Qué pasa ahora?

Ahora sucede que el niño parido es una novela de ciencia ficción. He cambiado de género. TRAS EL CIELO DE URANO es una novela de aventura pura y dura, con intrigas, supervivencia, amor y amistad. Yo creo que lo tiene todo, pero se trata de una aventura espacial que puede extrañar y sorprender a mis lectores de siempre. La libertad que tengo como escritor que se ha librado de las editoriales debe asumir el riesgo que produce la intemperie de ir y venir por donde el arte y el instinto te lleven. Y eso no es tan fácil para un alma creativa.

Sé, porque lo sé, que Picasso se sintió igual que yo cuando presentó por primera vez “Las señoritas de Avignon”, y es que la inseguridad de cualquier artista está siempre bajo la piel, a veces coraza, que soporta y aparenta soportar. Orgullos que disimulan los temores. ¿Gustará o no gustará? Por orgullo puedes pensar que no la entienden; pero también, la lógica y el instinto, te pueden llevar a temblar ante la terrible realidad de que no sea lo suficientemente buena.

Siempre he pensado, desde que terminé la primera redacción hasta la última revisión, que TRAS EL CIELO DE URANO era una buena novela, de las que puede gustar mucho y emocionar al lector, incluso hasta el punto de que podría convertirse en un superventas. Pero no sueño, pues conozco el color del suelo por donde piso. También conozco los errores nimios que presenta este tercer hijo que publico. Tengo confianza en la fuerza y capacidad de esta novela; y todavía confío más en la benevolencia del que me lee. ¿Me perdonarás que haya cambiado de género literario? Hay quien me dice ya que soy el mismo escribiendo en otro género, y que se nota. Pero yo también sé que puedo parir una obra mejor, una que me deje satisfecho cien por cien y que traspase el desfilar de las generaciones.

Este jueves será un gran día. Presentaré una obra diferente. Sé que el viernes por la mañana TRAS EL CIELO DE URANO será una criatura que dejará de pertenecerme. Me huirá y vivirá sin mi. Para siempre o hasta el olvido. Nos veremos en alguna feria, en otras firmas, y en lugares a los que sueles frecuentar. Si te portas bien, querido libro, te escribiré una segunda parte.

TRAS EL CIELO DE URANO. Viajar por el espacio exterior.

Este pinturajo que hice hace unos meses quiere reflejar medianamente a los distintos icosaedros, las naves espaciales del grupo de colonos que sobrevolaron el cielo del planeta Urano antes de emprender vuelo hacia el espacio exterior. Historia que se cuenta en el libro que presentaré en sociedad el próximo jueves 28 noviembre en la Casa Revilla de Valladolid a las 19h30 y que lleva por título TRAS EL CIELO DE URANO. Ni que decir que estáis todos invitados y que la entrada es libre.

Ayer mismo, con la intención de preparar el evento, quedé con Carlos Malillos, escritor cuyo éxito y buen hacer en las letras me deparó una buena tarde, llena de sonrisas y cariño. Por supuesto no faltó el humor, ni la tranquilidad de alguien que convierte lo que toca en sensatez.

Me trajo a la mente varias reflexiones que luego me llevé a casa. Reflexiones sobre escritores y editoriales, donde nunca faltan referencias a qué sucede en el periodismo local, cual es la realidad solitaria de los que escribimos, o cómo los momentos de encuentro con los lectores son más gratificantes que las discusiones con los editores. Escribir es un drama, pero es importante no olvidar que es también un placer solitario que se termina compartiendo.

Escribir TRAS EL CIELO DE URANO llevó consigo una serie de reflexiones sobre viajar al espacio exterior que no son nuevas para los científicos. Nuestra especie está muy bien adaptada a la Tierra, donde se dan unas condiciones que son difícilmente repetibles en cualquier otro lugar del universo. Es casi imposible que encontremos un planeta idéntico al nuestro, y es bastante problemático salir al espacio exterior en calzoncillos y bufanda.

Abandonar la órbita de la Tierra nos obligará a ajustarnos y a adaptarnos al hostil espacio exterior, que nos agrede con dos asuntos especialmente graves: la ausencia de gravedad que daña nuestra salud multifuncionalmente y la radiación solar y espacial que nos bombardea cuando no estamos protegidos por la magnetosfera de la Tierra, y que daña nuestro código genético y nuestras células.

Tenemos dos soluciones para esa adaptación:

La primera solución es sacrificar nuestro organismo y modificar nuestra genética para poder sobrevivir en otras condiciones. En resumen, dejar de ser seres humanos para convertirnos en otra especie que no quede afectada por la ausencia de gravedad ni por la radiación. Seguramente la solución a tales problemas nos llevará mucho tiempo encontrarla. Sabemos que algunas bacterias pueden sobrevivir fuera de la Tierra, y que hay especies que no necesitan la gravedad para vivir. Así que tenemos un largo camino para aprender y aceptar que esta vía es una posibilidad.

La segunda solución es adaptar nuestro entorno permanentemente para vivir. Crear mundos, naves y espacios físicos con gravedad artificial que reproduzca lo que tenemos en la Tierra es la otra vía. Deberemos crear mecanismos y sistemas de protección para que la radiación no penetre en nuestros organismos ni en lo que nos rodea. Generar gravedad artificial para movernos y igual que por Valladolid y un cordón magnético que nos proteja.

Necesitamos, en definitiva, llevarnos todo de nuestro mundo y viajar a otros lugares con un amplio equipaje. De alguna manera, es la manera ordinaria que tenemos cuando salimos de casa cuando para aventurarnos por el monte. Es como lo hicieron en los siglos pasados por continentes y mares desconocidos. Llevábamos la pata de jamón metida en la bodega del barco. Ahora sucederá lo mismo, llevaremos la granja de cerdos en la nave espacial para poder comer de cuando en cuando un lomo embuchado de los que nos gusta. Todo curado a la sombra de la radiación cósmica y de los anillos de Saturno.

No me quiero salir del tema, pero casi todas las soluciones que está proponiendo la NASA sobre el espacio y su aventura proceden del segundo bloque. Adaptarnos y adaptarnos. ¿Estamos recorriendo un camino equivocado e imposible por excesivo? El tema es más filosófico que científico y la solución me temo que vendrá del precio más asequible. Si es más barato modificar nuestra genética, pues así será. Si es más fácil reproducir la Tierra a nuestro alrededor, pues así lo haremos.

Entrevista a Antonio J. López Serrano en el programa VAMOS A VER de RTVCYL.

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Se emitió para todo Castilla y León, y debo confesar que Cristina Camell y su equipo me trataron estupendamente. Aquí os dejo el enlace por si queréis ver la entrevista.

Por supuesto: hablamos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Primera y segunda parte.

https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=gEsmFuWKSnM#t=530

 

 

El escritor en crisis.

Me confieso escritor en crisis. Ya está, lo dije, lo solté. Es normal. Todo escritor pasa por un trance semejante. Soy alcohólico, drogata, adicto al sexo, al mando de la tele, fumeta ludópata e insípido paterfamiliaris… da igual, lo importante es reconocerlo delante del grupo de autoayuda que es este blog: chicos, estoy en crisis. Y punto. Iba bien con los relatos y de repente me he mirado al espejo y he descubierto lo que pensaba que nunca me sucedería: los personajes se me han cabreado y no me cumplen en la historia, los relatos me parecen livianos y sin interés, y no sé si empezar nuevo o seguir con el mismo relato hasta que sea perfecto. Alea iacta est y quod natura non dat… Ale.

En realidad lo que necesito es que alguien me diga que soy bueno, cojonudo, que no abandone, que lo vuelva a intentar; y que ese alguien sea el que reparte los premios Nobel, el de los Planeta, los Ateneos y los Alfaguara. Premios, que por cierto es imposible que gane, porque no he enviado nada. Y es que estoy en crisis. Es imposible ganar un premio cuando no se participa en él, me dicen los amigos. Bueno no, digo yo: gané el Miguel Delibes de narrativa por mi primera novela, y que conste que no envié nada. Así que estoy en crisis y sin enviar nada.

Ando con la depre, y no por falta de ideas nuevas, creatividad o miedo al folio en blanco. No, no. Estoy en crisis porque es la forma habitual de estar cuando se crea algo. Tengo un lío con los personajes y las tramas, y estas cosas, que solo le pasan a los grandes escritores, también nos sucede a los pequeños y desconocidos. Yo creía que estaba vacunado de esas enfermedades molestas. Y ya ven. Me ha pasado y estoy más ojiplático que contento. No es un tema que me guste tratar, entre otras cosas porque supongo que entra dentro de la intimidad de cada uno, pero cuando uno está en crisis artística y literaria, pues es capaz de escribir, aunque solo sea, para reconocer sus miserias, y mi miseria más contemporánea es la de la pena mora que llevo en el alma.

El problema – y voy a confesarme como la Pantoja ante su público –  es que tras LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, trilogía que ya está escrita, escribí en un tiempo relativamente breve EL ÁNGEL AMADO. Era una novelita sencilla y pequeña, pero que me resultó fácil de componer y narrar. Apenas dos o tres correcciones, y ya estuvo terminada. Como se suele decir: de sopetón y sin entretenerme demasiado. Me gusta además como quedó. Y me embarqué con otras dos novelas distintas que he ido atendiendo y abandonando simultáneamente sin demasiado éxito. En los dos casos voy por la quinta o sexta redacción, y me siguen sin convencer. He aprendido mucho de mis errores con ellas, pero a cambio me he quedado compuesto y sin pareja de tango.

La primera es una novela introspectiva, con muchos volcados de mi infancia. Muy bien escrita, supongo, aunque con exceso de adjetivos y adverbios. Algo que por cierto, no gusta a los editores, agentes, etc. La releo y me gusta; pero también me disgusta. El personaje no me cuadra, y es que cuando se emplea un narrador omnisciente los personajes se mosquean y desbordan al autor. Y ahí ando, intentando que vuelvan al redil. Esta la veía ganando el premio Nadal, pero claro, a estas alturas de la historia, bastante lograré con que el protagonista no me despierte por la noche contándome que por qué le tengo haciendo el tonto por la trama. Me he vuelto un indolente, y mis personajes son ahora unos plastas que me persiguen. De tal palo tal astilla, claro.

La otra novela, de ciencia ficción, es estupenda. Empieza como un cañón, pero luego se me cae. Entre otras cosas porque al protagonista no le dejo que se líe la manta a la cabeza y se entregue a la aventura. Faltaría más. Mi historia no es de aventureros, y eso tiene un precio. Una novela donde el prota es un insulso no vale para mucho, sobre todo cuando hay que salvar el mundo y a la humanidad. Así que estoy en crisis, porque no me da la gana que el prota salve el mundo, que eso es una vulgaridad, y yo quiero escribir como Proust, y que mis personajes aburran a las ovejas mientras se contemplan a sí mismos.

Esto me recuerda que he cometido también un nefasto error, que ha despertado todos los demonios del críticón que llevamos dentro todos los escritores, y es que me gustan los clásicos; o sea, me emociona la literatura que no se me cae de las manos. Leí el otro día a Patrick Modiano, fantástico. Releo Platero y yo, sublime. Ando a vueltas con Victor Hugo. Y me entra la depre. No por ellos, sino por mi. Por que me veo incapaz de escribir Cien años de soledad, que es lo que me gustaría.

Me dice mi yo listillo que eso es absurdo, que cada uno escribe su obra maestra, y que no repetimos las obras que ya están escritas. Es verdad que Cien años de soledad ya está escrita, así que no tengo porque escribirla de nuevo. Cada uno tiene su estilo, su forma de hacer literatura, y no tengo porqué ser tan exigente conmigo. Que estoy llamado a escribir una obra maestra, pero la mía. Y yo digo que vale, pero no me lo termino de creer. Así que estoy en crisis, aunque seguramente, tras esta entrada, encuentre una salida digna a la crisis: Obedeceré al prota de la primera novela, y montaré un prota aventurero que te cagas en la de ciencia ficción. ¡Qué fácil! ¿No?

PD: Esto lo escribí hace veinte días, así que no me preguntéis por la crisis. En realidad estoy cojonudo, acabo de matar al narrador omnisciente de la tercera novela, y me está quedando de muerte. En un mesecito o dos termino y me abro la botella de champán esa que nunca tenemos los escritores a mano. Esa. La que nos prohíbe el médico y que nos trincamos a las cuatro de la mañana.

El duro arte de escribir una novela.

Acabo de terminar la segunda redacción de la próxima novela. Alguno pensará que es la tercera, pero no. Es la cuarta que escribo; entre otras cosas porque la tercera la abandoné con la primera redacción. La retomaré más adelante.

¿Se escribe así?

La verdad es que los escritores que en el mundo han sido escriben como les apetece, y cada uno busca las formas y las estrategias que más les agradan para llevar a buen puerto lo que quieres contar. Por ejemplo, Faulkner, al parecer escribía de principio a fin una novela sin estructurar nada, sin hacer partes ni subpartes, y mantenía, gracias a su prodigiosa memoria, el hilo conductor de sus obras, complejas y fantásticas. A mi se me antoja muy complicado trabajar así, pero cada uno hace lo que puede, que no es poco, porque muchos hacen menos de lo que pueden.

Quizás por mi de-formación cinematográfica haya aprendido a escalonar una historia, y me cuesta mucho no hacerme primero un mapa para caminar por el campo  hermoso de la historia, ahí es nada. Nudo, trama, clímax, y desenlace los tengo claritos desde el principio, aunque luego la historia la vaya recreando y espesando, que se llama. El resto es completar, buscar la mejor palabra, indagar en los significados del lenguaje, semánticas y gramáticas para lograr el mejor texto posible, y quitar aquello molesto y farragoso. El estilo y el tono forman parte desde el principio de la obra. Es decir, que primero pienso mucho algo, luego escribo, y mientras lo hago estoy pensando y pensando en la historia para mejorarla.

Me suele pasar que los árboles no me dejan ver el bosque, y me suele suceder que la densidad del bosque nubla la historia haciendo que pierda interés, agrado y tono. Hay que volver sobre lo que no gusta, para que al final sea genial.

Es una tarea interminable, y eso mismo es lo que hace que me guste escribir. Nunca está acabada una novela, y para un autor siempre se puede perfeccionar. Nunca tiene fin. Para un editor seguro que siempre se le puede dar el toque comercial para que se venda, y para un escritor hay un día en el que afirmas con vehemencia y dolor: se acabó. Ni una cincelada más, ni un punto ni coma más. Se acabó, saca el vino guardado.

De momento voy a iniciar la tercera redacción, son trescientas páginas, y me llevará algún tiempo; pero les aseguro que hasta la cuarta o quinta redacción no me detendré. Sin prisa, pero sin pausa lograremos escribir algo que valga la pena leer. Tanto, como me vale a mi la pena escribir.

SANCHO PANZA

Ciertamente la novela del ilustre Miguel de Cervantes, titulada en abreviatura El Quijote, es sin duda, y doy fe por haberla terminado de leer por tercera vez, y en cada ocasión con más gusto, la mejor novela escrita nunca en lengua castellana, y me atrevo a a decir que en cualquier otra lengua.

Es conocida como suelen ser conocidas las cosas en este país: en plan puti de pueblo. Todo el mundo habla del Quijote de vez en cuando, pero pocos, y me temo que cada vez menos osados españoles, se han metido por entre las faldas de sus hojas con conocimiento de causa.

Al fondo está Cervantes, un soldado valiente, hijo de un presidiario, cautivo y desafortunado de Argel, un hidalgo venido a menos. Un hombre de honor que fue redimido por sus conciudadanos en los últimos años de su vida, y todo gracias a las letras que le fueron más favorables que las armas, aunque no fueran nunca mejor ejercicio que las primeras, según él mismo nos cuenta.

La primera vez que leí el Quijote lo hice en compañía reciente de aquella serie de dibujos de la tele, cuyos cromos regalaban con las tapas de los yogures. Una buena serie que casi memoricé y que me gustaría volver a ver. Lo que nunca he sabido ni he entendido es porqué no se hizo la segunda parte de la historia, si tantos premios se le dio en su momento. Me lo imagino, pero no logro alcanzar una razón de peso. Lo mismo le sucedió a la magnífica serie de TVE que dirigió Manuel Gutiérrez Aragón, y que protagonizó Fernando Rey como Quijote y Alfredo Landa como genial Sancho… nunca rodaron, ni lo harán ya, la segunda parte.

Fue por entonces, en aquellos años que hoy muchos añoran, que la escuela (el BUP) nos obligaba a leer cosas serias y no sucedáneos adaptados, y terminó cayendo la novela de marras al completo. No me defraudó, pero no terminé de captar toda su riqueza, como es lógico dada mi corta edad.

La segunda vez que lo leí fue movido por la curiosidad de deleitarme al completo de la historia, porque tengo que confesar, y no hay confesión más fácil, que durante mis años de estudiante releía antes de cada examen de derecho un capítulo suelto del Quijote, al azar y por aquello de coger la soltura con la prosa castellana, aunque fuera la recia del derecho. Pensaba que así me salían mejor los exámenes. En aquella segunda ocasión la releí a carcajadas, pues me pareció la mejor novela de humor nunca escrita. Con unos personajes hilarantes y divertidos, y con sucesos muy del gusto, que diría Cide Hamete. La novela de humor la inventamos los españoles, pensé desde entonces, aunque luego digan los ingleses que ellos son los reyes de la risa. Será ahora, claro.

Volver ahora a gustarlo, disfrutando de sus palabras, juicios y discreciones ha sido un tercer y sublime placer, entre otras cosas porque uno siempre termina encontrando y descubriendo cosas nuevas, intuiciones distintas, y relatos entreverados con singular sustancia. Si cuando uno lee la Biblia percibe la hondura del misterio, y una sinfonía de interpretaciones llegan al que lo toma como tal, así me ha sucedido con el Quijote, son tantas las sugerencias e interpretaciones que tengo que decir y catalogar esta novela como la Biblia de las letras, por contener lo básico y esencial de una buena obra, y todo a la vez.

En este último viaje que he hecho con el loco Quijote y el tonto de Sancho me he detenido en la hermosura de sus personajes, porque ni el loco está tan loco, ni el tonto es tan simple. Me detengo para echar una cerilla a la sequedad de la educación de nuestro país. Si  Sancho fuera alumno de secundaria en los tiempos de hoy, les aseguro que sería uno de los más despiertos y listos, y por supuesto habría alcanzado todas las competencias boloñesas: lingüística (hila refrán tras refrán ensartándolos al gusto), competencia matemática (hace buenas cuentas de los azotes y dineros que debe darle su amo), corporal (tiene prudencia  en no causar mal a sus débiles carnes huyendo de las desventuras), social (se relaciona estupendamente con gentes de cualquier clase y condición, como el duque y la duquesa que lo encuentra graciosísimo, además de gobernar con juicio y criterio la ínsula de Barataria), etc. En cambio el Quijote suspendería por ser pendenciero, colérico con las afrentas, y poco dialogante con los que abusan de su locura. Lo catalogarían de “acnee” (alumno con necesidades educativas especiales), y lo tendrían por ahí castigado por las profes más amojamadas de la escuela, que hay más de lo que parece. Se empeñarían en hacerle entender que las letras son mejores que las armas, y lo tildarían de un fascistilla machista. Un inadaptado, vaya.

El valeroso Don Quijote es un loco, un friqui, un conservador de los valores de un país que todavía creía en sí mismo (igual que Cervantes) y que guardaba como oro en paño la regeneración imposible de su patria, por la que el luchó en Lepanto perdiendo su mano izquierda, para orgullo suyo. Era un soldado, un hombre obediente y abnegado, cumplidor del deber por encima de todo, incluso cuando el deber se convierte en una fantasía ridícula de cumplir, como le sucede a D. Quijote. Hoy lo encontraríamos defendiendo la ética y la moral frente a una sociedad incapaz de creer en sí misma, una sociedad que carece de locos honrados que la quieran mejorar, y que abunda en mentecatos que no conocen sus límites, al contrario que Sancho. Sancho, aunque era simple, sabía escuchar consejos de otros, aplicando un sentido común, que no siempre tienen los que nos gobiernan- Y supo renunciar a su gobierno, sin aferrarse al cargo, cuando vio que no era competente para el puesto, cosa que tampoco encontramos en la sociedad soberbia actual, donde todo el mundo cree que vale para todo.

Un Sancho que es genial, simple y gracioso, como se describe a sí mismo, y no es poco. Es un socarrón, muy de la España del Sur, que se junta a un hidalgo viejo con el estilo de la Castilla Vieja del Norte, y con la idea clara de sacar tajada. Los dos se terminan queriendo y mucho, y no hay nada mejor que una amistad tan desigual, y un cariño tan profundo. Son como padre e hijo, como profesor y alumno que viven en sus aventuras un curso prodigioso.

Me recuerda a los consejor que me dio un buen profesor en el Ies Fray Luis de Salamanca, filósofo y próximo entonces a la jubilación, buena persona y hombre justo y recto. Al principio de esta profesión, me dijo, uno es Sancho el Fuerte, porque tiene energías y da mandobles aquí y allá. Luego uno se convierte en Sancho el Bravo, con menos energías, vive sin sacar la espada de la vaina. Al final, con el tiempo, uno se convierte en Sancho Panza, huye de las reyertas y prefiere reírse socarronamente de todo, en espera de su jubilación, si puede ser anticipada mejor. Y no me extraña.

Digo yo, (no este buen profesor), que es entonces cuando lo hacen a uno inspector, no por el afán en el descanso y la gracia, sino por la habilidad adquirida para gobernar la ínsula de Barataria de la educación, donde todo es una farsa favorecida y montada por los de arriba, los políticos responsables de la educación que no comprenden la dedicación de su andante huésped: el profesor o el alumno.

Estos, se ríen en el fondo de Don Quijote y Sancho, los rodean de golpes y les imponen penitencias inmerecidas solo por el gusto de satisfacer la carcajada del público y de la sociedad en general. Hacen escarnio al profesor enervando a padres deslenguados, mandando no enseñar lo que éstos saben, sino lo que conviene al clima sectario y de holganza general. Lo peor es que llevan años haciéndolo sin aprender nada de ellos, y sin preguntarles nada. Son salvadores de la escuela que no la pisan una más que una vez al año para inaugurar el curso escolar, y así desde el año 70 del siglo pasado.

Los personajes de Don Quijote y Sancho están muy bien matizados porque rompen con las reglas al uso de escribir una novela. De hecho, la mejor novela en lengua española es un gran ejemplo que contraviene todas las reglas actuales que por ahí circulan sobre cómo escribir una novela de éxito. Cervantes encaja discursos largos, inventa palabras, añade cuentos y novelas ejemplares sin razón alguna, como el Curioso Impertinente, o el cautivo de Argel entre otros.

Si siguiéramos la regla de quitar de una novela todo lo que estorba a la trama y al texto, es decir, aquello que no agrega nada a la acción, como profetizan los cautivos de las formas, el Quijote no existiría. Su lugar lo ocuparía una novela ejemplar llamada el Licenciado Vidriera, buena pero simple. ¿Se imaginan si Cervantes hubiera prolongado todas sus novelas ejemplares como lo hizo con el Quijote? Nos caeríamos al suelo de gusto.

Lo mejor de Don Quijote son sus personajes, que están tan bien hechos que son el mejor regalo que un escritor ha hecho nunca a la literatura. Es una novela que termina siendo la academia de las novelas. Estos personajes se hacen gracias a soliloquios, pensamientos, consejos y discreciones profundas y bien traídas. Son tan vivos que parecen reales, tanto que luego se ha escrito sobre su significado y sentido filosófico buscando en ellos las raíces de nuestra esencia. Con ninguna novela ha sucedido eso, por eso es la mejor de la historia. La más seria y graciosa a la vez.

Lo que no entiendo es porque nadie ha intentando escribir “Las aventuras del gracioso y cristiano escudero Sancho Panza“. Supongo que en estos días de locura existencial colectiva estamos más Panza, que bravos y fuertes.

Valladolid en la frontera de León y Castilla.

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La novela histórica LOS CABALLEROS DE VALEOLIT describe con detalle el Valladolid del siglo XI, a la par que entretiene, por tratarse de una novela de aventuras. Sin embargo mi pretensión inicial siempre fue hacer, desde las letras, un pequeño homenaje a la ciudad de Valladolid. Una ciudad cuyo pasado pequeño y escondido revela un origen incierto y vulgar, algo paradójico para un lugar que vería pocos siglos más tarde casarse a los Reyes Católicos o nacer al emperador Felipe II. La capital del imperio donde no se ponía el sol, se inició como un villorrio con cuatro casa mal puestas, lo cual nos arroja luz sobre la futilidad y puerilidad del destino de los pueblos, llamados a la grandeza o el olvido, según se trate.

Hoy Valladolid es una ciudad con más de 340.000 habitantes, pero por aquel entonces, apenas era conformado por un pequeño grupo de vecinos que se asentaron, posiblemente en el inicio de siglo XI en la encrucijada del río Pisuerga, o Pisorga como se le menciona en los documentos de la época, y el afluente de la Esgueva o el Esgueva (único río bisexuado del planeta), y que desembocaba por dos canalizaciones de agua en superficie, y una tercera subterránea.

Esto daba una configuración peculiar a la aldea, y que lo acompañaría durante su historia hasta casi el siglo XIX: agua, agua y más agua. Mosquitos, el cantar de las ranas, muchos puentes como en Amsterdam pero con menos agua y más vegetación, y un freno para los incendios, que siempre tienen dificultad para saltar a la otra orilla por un canal de agua.

Nuestros vecinos del siglo XIX se empeñaron en la salubridad de la ciudad y desecaron y desviaron sus cauces, dejando el único que hoy existe hacia el norte de la ciudad. Nuestro querido Valladolid padeció durante muchos años inundaciones y enfermedades endémicas y ocurrente, propias de aguas no demasiado correnderas, y poco reguladas por los pantanos que sí lo hacen hoy en día. Nuestro vecino D. Miguel de Cervantes, entonces con menos fama que hoy, vivía frente al río Esgueva en una zona infecta, que entonces era de rastrillo y ventas, y que hoy llamamos calle Miguel Iscar. Del Esgueva por Miguel Iscar nos queda cada cierto tiempo su peculiar gemido, pues la calle se hunde por el agua subterránea que daña sus cimientos. lo cual es algo como muy de Pucela, bajo las apariencias transitan las aguas disolventes de nuestro glorioso y maloliente pasado. Todo es una en las grandes ciudades.

El Valladolid del siglo XI estaba asentada junto a uno de los ramales, en una zona algo más elevada, aunque no demasiado, en torno a lo que hoy es la plaza de San Miguel; y completaba el vecindario con unas pocas casas con sus traseras, entregados a la agricultura, ganadería y pesca. Un lugar olvidado, como antes he dicho, para los grandes, pues de nuestra querida aldea no tenemos nombre alguno hasta el escrito de la fundación de la ciudad por el Conde Ansúrez, conde de Saldaña y Carrión en el año 1095, (escrito que pone VALEOLIT), sin que se sepa a ciencia cierta de dónde procede tal nombre, inventando los especuladores del siglo XIX y XX múltiples teorías al respecto.

Tenía la aldea, por aquel entonces, dependencia de Cabezón y su tenencía, donde se asentaba un puente importante, que era lugar de paso y control de viajeros.  Tal lugar dependía a su vez del Conde Ansúrez, cuya familia los Banu Gómez emparentó en el pasado con la monarquía leonesa, a los que seguía en lealtad y vasallaje en tiempos de nuestra novela.

El condado se extendía de norte a sur, desde Liébana, Saldaña,  Carrión y Monzón hasta alcanzar Palencia (que era la sede episcopal) para terminar a orillas del río Duero en Tordesillas. Valladolid era un lugar pequeño y sin demasiada importancia. Su vecina Simancas, a diez kilómetros al sur del Pisuerga era bastante más importante, por disponer de un puente fantástico sobre el río, castillo, defensa y prestigio.

El asunto es que las tierras del condado no estaban demasiado pobladas, de ahí el interés del rey Alfonso VI y su petición al Conde Ansúrez para que repoblara toda la zona. Ansúrez fue su mano derecha durante los momentos más dificultosos e iniciales de su reinado en la etapa leonesa. Cuando Alfonso VI se convirtió en rey también de Galicia y Castilla, por la muerte en el cerco de Zamora de su hermano Sancho II, el conde fue apartado del puesto de especial confianza que tuvo hasta entonces. ¿Por qué? Muchas opiniones hay al respecto, desde cierta desconfianza de Alfonso hacia la nobleza leonesa que fue relegando poco a poco en favor de los castellanos (Alvar Fáñez, un castellano llegó a ser lugarteniente de sus ejércitos), hasta la mano influeyente de los borgoñeses en el gobierno de León, pues casó con Constanza de Borgoña.

Todo eso se cuenta en la novela.

La pregunta que nos queda por saber es porqué Valladolid fue la elegida por el Conde.

No lo sabemos con seguridad, pero sin duda su posición estratégica fue importante.

Valladolid era un lugar de frontera. Delimitaba el río Pisuerga, de una manera natural las tierras del condado de Saldaña, Carrión y Monzón, que fueron los títulos que le correspondían a Ansúrez, con las de Castilla. Por eso, en sentido estricto podríamos decir que Valladolid era Castilla. Pero ojo, porque la otra orilla de Valladolid, nuestra actual Huerta del Rey y barrio de la Victoria, Parquesol, etc, pertenecerían a León.

Más adelante la frontera y la guerra entre León y Castilla trajo que Valladolid fuera tierra en disputa, situando la frontera en el río Cea, algo más al Oeste, dejando una tierra neutral hasta la ciudad del Pisuerga por antonomasia, aunque yo diría por costumbre.

¿Se acuerdan de los mapas de la EGB, donde en ocasiones Palencia y Valladolid estaban en el Reino de León, y en otras ocasiones aparecían con Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Avila, es decir Castilla? Pues eso. Valladolid presentaba muchos recursos para ser repoblada, ninguna fortificación, y todo por hacer.

El conde escogió tal lugar como el mejor para su gran proyecto: un monasterio de monjes cluniacenses, llegados y tomados del Monasterio de San Zoilo de Carrión de los Condes, una colegiata, y una ampliación. Un puente sólido que cruzara de una orilla a otra del Pisuerga, y un lugar que no tuviera pasado. Era un lugar nuevo, y los lugares nuevos parece que siempre están llamados a nuevas empresas, como así fue.

 

 

Jimena Muñoz, un gran personaje de Los caballeros de Valeolit

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Hola a todos los lectores de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT

Me decís que es una magnífica novela, y que os está gustando bastante, pero que es larga.

Incluso JM me contó que le había fastidiado un viaje porque quería acabarla, y le enganchaba y quería descansar, y no podía dejarla.

Me siento halagado porque si engancha es que está bien montada la trama, aunque reconozco que lo que más que interesa es la forma literaria, cosa que no sé si consigo siempre. Enfín, uno es exigente consigo mismo y con lo que ofrece. Supongo.

Para los que os cuesta más arrancaros a leerla. La novela se divide por partes, y se puede leer parcialmente, dejarla un tiempo y luego proseguir.

La primera parte se titula: Los hijos de Pelayo. Es la presentación de los personajes.

La segunda parte se titula: Lealtad y promesa, y cuenta la época entre la muerte de Fernando I el Grande y el reinado de su segundo hijo Alfonso VI.

La tercera parte es parte del reinado de Alfonso VI y se titula: El Testamento de la Reina Sancha.

Incluso diseñé la portada de cada apartado, y os lo pongo.

Los que no os la hayáis descargado ya sabéis que podéis bajarla GRATIS en

http://sites.google.com/site/antoniojlopezserrano

Os dejo las portadas que diseñé.

Por cierto la foto está tomada de la Torre del Castillo de Cornatel, en el Bierzo. De la que fue Tenente doña Jimena Muñoz, amante de Alfonso VI, con quien tuvo dos hijas: Teresa Alfónsez, que casó con Enrique de Borgoña y fue la madre del primer rey de Portugal, y Elvira Alfónsez, que casó con el conde Raimundo de Tolosa.

No me preguntéis más porque sale en la novela.

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Para los que os gusta poner caras a la gente.

No he encontrado la de Jimena Muñoz, pero sí la de su amante el Rey, y la de su hija Teresa. Es lo que tiene ser la concubina del rey, y que nunca te ofrezca matrimonio en serio. Luego no sales en las fotos.

 

Lecturas que no están de moda: La piel fría.

Suele suceder que las editoriales te cuentan los libros que tienes que leer por temporada. En realidad son su producto, su nuevo producto estacional, y tratan de vendértelo durante unos meses anunciándolo por todas partes. Para tal fin invaden escaparates y diseñan grandes carteles anunciadores de lo suyo. Las editoriales potentes, claro.

Las otras sobreviven haciendo un hermoso trabajo cada día con más dificultades.

Los grandes son los responsables de que unos autores estén de moda y otros no, de que unos puedan vender mucho (si les sale bien la jugada y el público se engancha), y otros no tengan oportunidades. Ellos deciden que hay que leer ahora a Allende, a Pérez Reverte o Posteguillo. Y si tienen dudas se tiran al negocio seguro, extranjeros que ya han triunfado fuera: Wolfe y bla, bla, bla.

Pero no me interesa ahora arremeter contra el sistema de explotación temporal de las novelas y los novelistas, sino contar que siempre hay un buen libro desconocido que merece la pena encontrarse. ¿Cuál?

El geógrafo bloggero que se esconde detrás de geopacus.blogspot.com me recomendó dos muy divertidos y entretenidos. Por supuesto ciencia ficción. Los dos recomendables:

El primero es el que tenéis arriba. Se titula “La pell freda”, LA PIEL FRÍA en castellano y es de un autor no demasiado conocido por el gran público. Se trata de Albert Sánchez Piñol.

Este señor saltó a la fama con esta novela en el año 2003. Hasta el 2005 no se tradujo al castellano. Los derechos de traducción parece ser, así me lo cuentan en wikipedia, están extendidos por 37 lenguas. Eso dice.

La novela LA PIEL FRÍA es una historia curiosa, con más fondo del que parece y muy entretenida. El argumento es simple: Zombis alrededor de una isla desierta donde tratan de sobrevivir dos paisanos. Seguro que no gana el Nobel del próximo año, pero ni falta que le hace para que disfrutemos de una lectura amena y entretenida.

Dicen que están haciendo ya la película, y que cualquier día nos sorprenden invadiendo nuestra pantallas y regresando a los escaparates de las librerías.

¿Qué pasa? ¿Qué he dicho dos libros? No, no , no, no. Este vale por dos.

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