Archivo del sitio

La carrera musical que no tuve.

Aunque algunos no lo crean, más que escribir, yo lo que quería de pequeñito era ser cantante. Pero no un cantante cualquiera. Yo quería ser cantante de esos que acariciaban el cable del micro mientras que melosos entonan canciones tipo Camilo Sesto o Julio Iglesias. Abrazameee, y cosas así. Artista donde los haya. Tanto fue así que tomaba la raqueta de tenis de mi hermano, y me dedicaba a cantar como si quisiera arrancar notas musicales del instrumento que no era. Eso por la primaria y en Tarragona, casi nada.

En mi evolución, me hice una guitarra de dos dimensiones. Monté con ayuda de una plancha de madera, tres clavos, un martillo y una sierra de pelo algo parecido a una guitarra eléctrica sin volumen y sin caja de resonancia. Luego pinté por encima simulando ser la guitarra de aquel fantástico músico al que adoraba y que todo el mundo conoce. Me refiero a George Harrison, el cual me parecía hasta guapo, y los Beatles unos genios. Todavía me lo parecen. Pero aquella guitarra era más sorda que una tapia. De hecho, nunca sonó más que en mi imaginación, y para más inri, por culpa de haberla pintado con las ceras Manley, manché varias camisas sin que nadie me descubriera. ¿Tan dífícil era ser músico y cantante consagrado con ocho años?

Es verdad que mis padres me llevaron al Conservatorio, pero mi experiencia con el solfeo no fue ni mucho menos agradable. Sucedió todo en Tarragona. El grupo al que me asignaron estaba compuesto por niños más mayores, y todos progresaban menos yo, que debía tener como dos o tres años menos que los demás. Era el torpe de la clase, no me enteraba, y en mi retraso, mi augusta y pianista madre, me tomó por banda y me ayudó con las piezas del examen, para que al menos aprobara en el examen final que se hacía ante un jurado circunspecto y serio. Por supuesto aprobé. Tengo primero de solfeo. Pero lo dejé, pues lo pasé mal.

Años más tarde retomé mi carrera musical y de cantante con algo más de éxito. Escuché y me enamoré de los Beatles, de su música y de su calidad. Y en esa emoción me compré un cancionero con los acordes dibujados de guitarra de los fab four. Luego llegó otro cancionero de Serrat, otro religioso…

Aquello me sirvió para aprender inglés (yo era de francés) y para tomar prestada la guitarra de mi hermana. Allí puse mis primeros acordes. Sol, Sim, La… y aprendí a tocar algo.

Aprendí música con los Beatles y entonces decidí hacer un grupo. Tenía 13 años y más ganas que las compañías adecuadas para lanzarme hacia una carrera brillante. A ninguno de mis amigos le molaba aprender a tocar un instrumento. Por cariño a mi persona, supongo, se dejaron convencer para formar un grupo musical, y aunque los embauqué para que fuéramos un fantástico grupo musical, en realidad nunca cantamos nada.

Fue por entonces cuando escribí mis primeras canciones. Algunas era un guiño al rock de Tequila, básico y movido. Otras eran pretensiones de melodía que no llegaba. Pero nunca se las cantaba, ni me atrevía a hacerlo.

Como por entonces escuchaba a mucho cantautor de esos que no usan la melodía ni para ducharse, pues ahí me quedé. Quería ser cantautor. Al fin y al cabo, no necesitaba un grupo que no supiera tocar y que tampoco dominara la flauta de sus hermanas pequeñas. Era la época de la movida, desde luego, y estaba en el lugar adecuado. Pero ni por esas los convencía para que nos gastáramos el dinero en una guitarra eléctrica cutre, de las de quince mil pesetas. Tampoco yo me la compré, ni equipo, ni amplis ni nada.

Ayer estuve repasando aquellas viejas canciones. Escribí muchas como cantautor en esos años que van desde los quince hasta los diecinueve. Algunas son incluso regulares. Aprendí y mejoré tocando la guitarra en los grupos cristianos juveniles en los que estuve. Underground sobre todo, que gustaba hacer buena música. Mejoré con el alabaré el kumbayá y esas cosas. Llegó el Fa, el Si7. Con el tiempo llegué a tocar bien la guitarra de acompañamiento, que era lo que tocaba John Lennon, cuya muerte lloré en el año 80. Faltaría más. Woman. Pero mis canciones nunca las proclamé ni las difundí.

Durante la carrera de Derecho incluso las grabé en una cinta de cassette, pero tampoco llegaron demasiado lejos. Hice copias para un par de amigos, y las perdí de vista. Eran unas letras horribles, de esas que hoy, cuando las he revisado, me he sonreído por lo simplonas e izquierdosas, soñadoras y utópicas que son. Seguro que habrían tenido éxito. Pero aquello no sucedió. Se quedaron en un cajón.

Con los estudios de Derecho dejé de escribir canciones, y sólo, cuando terminé de estudiar Ciencias Eclesiásticas, con unos veintinueve años me atreví a escribir alguna canción más y compuse un puñado que grabé casi a pelo y sin preparar con los del Movimiento Cultural Cristiano. Eran canciones muy reivindicativas, de izquierda cristiana casi anarquista. Me ayudó Diego Velicia que hizo la segunda voz y que no nos quedó muy mal. Claro que no. Incluso dimos un recital en el salón de Acto de La Salle con un público amigo y entregado. Mi primera subida a un escenario para cantar.

Abandoné todo aquello sin que hubiera una razón. Trabajo, estudios, matrimonio y otros intereses más vinculados al mundo del cine, clases, filosofías, oposición…

El gusanillo regresó cuando recién aprobada la oposición, y rondando la cuarentena, aterricé en el IES Mateo Hernández de Salamanca. Había varios profesores amantes de la música, y nos animamos a montar un grupo musical. Con ayuda de los buenos amigos que hice en aquel insti, Dani, Miguel Angel, Carlos… aprendí un poco a tocar el bajo y a cantar y acompañar con una banda en las celebraciones del centro educativo. Fueron buenos tiempos. Escribí otras diez o doce canciones. Cada vez de más calidad, alguna incluso buena.

Pero de nuevo la realidad me tenía reservada otra sorpresa. Descubrí el mundo de la literatura casi sin querer, como un reto personal, y empecé a escribir LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. El libro me llevó cinco años de esfuerzo y dedicación casi en exclusiva. De nuevo adiós a la música, a la pintura y nuevos destinos y nuevos caminos con la familia y la vida a otro lugar. Luego edité, me premiaron. Seguí escribiendo y hasta la fecha.

Por eso, ayer, y en estos días de confinamiento, que he rebuscado entre mis viejas canciones, he descubierto viejas melodías, letras y creaciones que nunca han sido cantadas en público y que bien merecerían la oportunidad que no tuvieron en su momento. Hablan de los amores de entonces, de las dudas y los sueños idealistas de un joven que en los años ochenta quería ser cantante y cantautor. Hablan de una carrera musical que nunca tuve, pero que bien podría haber sido. Cualquier día monto un recital y me hago un Leonard Cohen.

 

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.