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Quien bien te quiere, te hará llorar (del refranero clásico).

El refranero castellano clásico está lleno de frases con profunda sabiduría, que por aquello de las prisas y de la modernidad, se han terminado olvidando, y por desgracia sustituyendo por cientos de frasecitas facilonas y recurrentes de las redes sociales. Yo creo que muchas de ellas no aguantan ni medio asalto con la vida, y la prueba es que van cambiando y siendo sustituidas por cientos de miles que saturan las mentes y atrofian la sapiencia, dejando en su lugar la sensación de un buenismo tan infinito como falso. Con el refranero clásico no sucede igual, como mucho se percibe el paso del tiempo, el cambio de la sociedad en la que surgió, pero no la infinita sabiduría que esconden en pocas palabras. Pocas palabras para enseñar mucho.

Hoy me centro en esta “quien bien te quiere, te hará llorar” que se ha convertido, por su mala interpretación y su deficiente aplicación en el azote de pedagogos y de demagogos de todo tipo y condición. Es uno de los refranes más perseguidos de la sociedad actual, y como lo mío es pensar y no condenar, pues prefiero pensar en el refrán y ofrecer mi reflexión filósofica. Qué sino.

La primera filosofía que encuentro en ella es que el amor hace sufrir. Sin más. No es cierto que el amor sea una cosa bobalicona, romántica y desencarnada. Eso no es amor, sino una construcción, una entelequia para eludir el presente. El amor es duro. Amar supone querer, apasionarse, entregarse, renunciar y por tanto dolerse y sufrir por la no correspondencia, y porque vemos equivocarse en la vida a las personas que queremos. Los que se aman sufren muchas veces por culpa de su incapacidad para comprenderse, para entregarse, para construir un camino juntos. Amar es sufrir, y ese lado difícil de la vida no puede ser eludido. Tampoco sería justo si dijéramos que en el amor todo es sacrificio y que no otorga ninguna satisfacción. No somos masoquistas, aunque nos toque sufrir alguna vez por los que queremos. Amar y sufrir forman parte de la vida, y las personas que renuncian a sufrir, casi siempre terminan renunciado a amar.

Por eso sufre el padre cuando sus hijos se tuercen; sufre el hijo cuando el padre le quiere corregir; y sufre la sociedad cuando en lugar de decir “quien bien te quiere, te hará llorar”, afirma “quien bien te quiere, te dará placer”. Es hedonismo para hoy, y sufrimiento para mañana. Nuestra nueva generación Z y X son especialistas en la queja, y todo por no haber sufrido lo bastante cuando eran pequeños. Ya llorarán, ya. Y no es porque les quiera mal, sino porque la vida es así.

El refrán conviene no malinterpretarlo. No dice que “quien bien te quiere, te dará cosas malas”. No dice eso. Las cosas buenas no siempre son entendidas por el niño, por eso se llora. Llora el niño con una rabieta cuando su padre le quita las tijeras con las que puede herirse. Ahí está el sentido verdadero del refrán. Lloran los niños porque desean cosas malas. ¿Hay que dejar experimentar con cerillas para que el niño se queme y aprenda? Mejor negárselas, mejor darle pequeñas dosis de libertad, mejor ayudarle a crecer. Mejor reñirle y castigarlo cuando lo merezca.

Es evidente que los niños y adolescentes no siempre aprecian la virtud y los valores que quieren enseñar los padres, profesores o adultos. A menos que sean buenas personas, dicen muchos; pero para eso hay que negarles algo cuando hacen el mal. Repito, las personas que están aprendiendo, los niños y los adolescentes, no siempre saben lo que es bueno, lo que es verdadero, lo que es virtuoso… por eso deben llorar y es bueno que lloren para aprender. No es cierto que se aprenda con una sonrisa, no siempre se puede hacer, y en ocasiones hay que enseñar haciendo llorar a los peques. Proporcionalmente, por supuesto, pero llorar.

Los niños deberían ser los principales receptores del mensaje. Pero los pedagogos modernos se oponen a que lo escuchen. Pobrecitos, dicen. En realidad los prefieren cojos y tuertos para su jaula de cristal, que sólidos y fuertes para la vida. Muchos no quieren que sufran, entre otras cosas porque no son sus hijos, y porque no los tienen. Que no lloren, que estén siempre contentos. Eso está bien, pero el “siempre” es la tentación. Que estén contentos no es el objetivo, sino que sean felices, y para estar felices hay que enseñar a privarse de algo.

Niño, yo te lo digo:

No te quiere bien el que te da caramelitos por la calle, sino tu padre que te los niega porque vigila tu salud.

Niño, no quieren más a sus hijos los que les regalan un móvil con ocho años, sino la madre que se lo niega hasta los 18 años.

Niño, no te quiere más el que te dice que disfrutes con tu cuerpo, sino el que te enseña a respetarlo y a valorarlo.

Pues eso. Quien bien te quiere, te hará llorar.

PD: El refrán tampoco puede leerse al revés, que es lo que muchos, por olvidar las reglas elementales de la lógica, han confundido. No dice “quien te hace llorar, es porque te quiere”. No dice eso. Hay mucha gente que hace llorar porque es mala, porque hace daño, porque es tóxica, y porque no se quieren ni a sí mismos. El dolor por el dolor no tiene sentido, y por supuesto el refrán no habla de violentar a los demás, ni de agredirlos, ni de azotar a la gente. Es una interpretación sesgada e irreflexiva. Cuando sucede tal cosa, entonces el dolor se convierte en un absurdo.

PD2: Finalmente: ¿funciona el refrán cuando uno es adulto? Yo creo que no. El refrán se pensó en su historia para la educación de los pequeños, para que comprendieran el valor de la negación o del castigo que trata de corregir, y ese esfuerzo pegagógico de los mayores tiene que ver con el querer y el amor al niño. Amor verdadero. Por eso entre adultos no cuadra. No lloran más las parejas que se quieren mucho. Sería una relación de desigualdad excesiva. Aquí se habría que rehacer el refrán: “quien bien ten quiere, buscará tu felicidad”, incluso aunque sea alejado de tu persona.

 

LA MEJOR RED SOCIAL: LA RED MADRE.

En la próxima novela, que todavía está en fase de preparación, ando criticando como un poseso la conexión permanente a la que nos obliga la sociedad de consumo virtual, que nos invita a estar todos conectados a una red de juegos, de historias, de comentarios y de ideas. Somos hijos de las redes virtuales y grupales, foros de debate y redes sociales… Esclavitudes nuevas para tiempos nuevos, que diría cualquier filósofo algo atento.

Pero he aquí que el otro día me encontré con una de las redes sociales más impresionantes: la Red Madre, de la que estoy seguro que muchos no han oído hablar. Una red social, que tiene poco que ver con lo virtual, y mucho con lo real.

Red Madre no es una red social al estilo facebock, o tuenti, o twitter, es realmente una red distinta, que hace algo que a nadie se le ha ocurrido. Las redes sociales que han surgido como plagas en los últimos años tienen cierta función social, y se dedican por ejemplo a poner en contacto a personas que hacía tiempo no se saludaban, o sirve para estar conectados por el simple placer de estar juntitos y “all together now”, que dirían los Beatles.

Nos ayudan a hablar poco, pero con mucha expresividad y ardor. La gente en las redes se dedica a colgar curiosidades y rarezas llamativas, chistes, fotos propias y ajenas, recientes y antiguas, se promocionan algunos con su música, y compiten por tener presencia y hacerse visibles junto con el vídeo de unos niños, o unos perritos y gatitos haciendo cositas graciosas. Las redes sociales sirven para convocar a los manifestantes en los días de la primavera árabe, y sirven también para adherirte a tus propias ideas (aún más), y a sentir que somos muchos y los mejores. Los frikis del planeta tierra se encuentran en las redes con sus frikadas, son los cinco zumbados del mundo que aman, por ejemplo, la sopa de ajo deconstruida que comían los de la nave Enterprise en el capítulo cuarto. Y ¡ale hop!, todos a contárselo y a montar un grupo de amigos de la sopa de marras.

Las redes sociales tienen una función más valiosa que el entretenimiento, y es evidente que sirven para promocionar ideas, opiniones, intercambiar cosas de segunda mano, u ofrecer la capacidad laboral de uno en un mundo competitivo como el nuestro. Las redes nos abren un sinfín de oportunidades, a la vez que se las cierran a otros, pues no hay yin sin yang. Las redes sociales cibernéticas se multiplican como hongos en otoño, bastando la leve lluvia de la soledad. Y ese es el terrible drama que esconden.

Podemos estar rodeados de gente en una fiesta, y recibir la foto de otra fiesta en la que no estamos. Estamos aislados en medio de la pista sin hablar con nadie, y como necesitamos sentirnos, y sentir que los otros están, pues nos vamos de cabeza a las redes sociales, para expresar lo que no podemos hacer en el presente. Las redes sociales tienen algo de redes de solitarios, nos manifestamos desde la soledad buscando que alguien desde la lejanía nos diga que le gusta, o que te lo retwitteo. Más de la mitad de la población no recurre a ellas, sencillamente porque lo necesitan, y se encuentran a gusto con las relaciones sociales que tienen, las reales y las que mantienen.

Se necesita tiempo libre para dedicarse a las redes sociales, leer lo que otros nos cuentan y poder estar en varios sitios a la vez, diciendo algo importante; por eso el tiempo no sobra a los que están embebidos en la vida real, ni a los que están entretenidos con los amigos de carne y hueso. Los que pueden tocar, besar y abrazar, con los que se puede llorar y ofrecer un hombro para escuchar. Las redes sociales nos cuentan que estoy mosqueado porque esta semana ha llovido, o porque Brasil puede ganar el mundial sin merecerlo en el campo. Podemos sugerir mil y una historias. Podemos decir que estamos solos porque nos ha dejado alguien importante, y en lugar de llorar en el silencio de la intimidad, preferimos no quedar con nosotros mismos para dedicarnos un tiempo de silencio y soledad sin que nadie nos perturbe.

Me ha dejado y le quería, dice una chica en la red. No se lo cuentes a nadie que no puedas abrazar en ese instante, te sugiero yo.

Por eso la Red Madre es fantástica. Porque abraza a la gente que lo necesita. Porque se encuentra cara a cara con madres que van a serlo o lo son, y que necesitan algo más que un “me gusta” en internet. Yo lo descubrí el otro día. Tenemos muchas cosas de mis hijas pequeñas, cachivaches que no nos sirven, la silla roja, el cuco, el grupo cero (que es la silla del coche), canastillas y toquillas de anchos y largos diversos. Todas para bebés, para niños que no han cumplido los dos años. Buscamos la asociación por oídas, y me encontré con un oasis de amor y solidaridad de la buena. En la Red Madre se dedican a cuidar y atender a las mujeres embarazadas, a las madres que lo necesitan, y son muchas, muchísimas. Escuchan y ofrecen, abrazan y sostienen. No basta con dar dinero, que también, no basta con ofrecer la solidaridad por internet, hay que tocar a las personas para ver sus circunstancias y poder empatizar y sentir con ella, y la Red Madre lo hace magníficamente bien.

El programa estrella  de esta Red real es ayudar a las chicas que están ante la duda de si abortar o no. es una de las muchas cosas que hacen, y no es, en mi opinión la menos importante. La Red Madre ayuda a las madres a que sean madres, a que descubran el valor de la vida que llevan dentro, y ayuda también a que puedan llegar a fin de mes con los pañales de los críos, o con la leche de continuación, o con los cereales y sus inefables biberones.

Cualquier red que ofrezca que no nos caigamos es buena y adecuada, pero una red que ayuda a que una madre embarazada no se desespere por el abandono o la soledad, es un bien que debería ser protegido por las autoridades, e imitado por sus ciudadanos. Es un soplo de aire fresco en medio de una sociedad que además de competir, es capaz de ayudar mirándose a los ojos. Ojos reales, no virtuales.

 

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