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DE FEOS, GUAPOS Y DESENMASCARADOS.

Quitarse la mascarilla se ha convertido en un problema para alguna gente, entre los que debo contar a los feos, los tímidos y los guapos. Los adolescentes, suelen gozar de los tres adjetivos —si bien en tiempos distintos—, y como la vida es breve, y disfruto de una atalaya de observador (y profe) de la antropología humana y sus singulares comportamientos, pues me he decidido a contarles cómo está la situación en las aulas y en el mundo entero.

Empiezo con las mismas palabras…

Quitarse la mascarilla se ha convertido… en una montaña rusa de emociones. Los feos son los que peor lo tienen, porque con mascarilla, todo el mundo es guapo. Esto es lógico, me refiero a los bellezones con cubrebocas, porque salvo que uno sea tuerto, o le mane bermellón de un ojo —como se burlaban de la moza de Don Quijote—, pues la gente es más o menos guapa, si miras fijamente a sus ojos y no te desvías mucho.

Además, los hay de varios colores: marrones, azules, negros y verdosos; y de distintos tamaños: ojazos grandes, vivillos, menudos, vistosos o pequeños. Todos son bellos de ver salvo los legañudos matutinos, que hablan más de aversión al agua mañanera, que de estética natural.

Por desgracia, con las napias es otra cosa.

La tocha que algunos gastan es merecedora de los versos que Quevedo que dedicó al pobre Góngora, donde ciertamente, encontramos rostros pegados a narices de descomunal tamaño, donde más asemeja el rostro a relojes de sol, alquitaras y trompas de proboscidios que a apéndices de bebés que son como golosinas antes que guardamocos. Advertencia: algunas golosinas no son aptas ni para el consumo visual.

Si soy justo, tengo que decir que tampoco nos ha llamado muchísimo la atención el tema de la napia, pues no hay que olvidar que muchos nos han deleitado, durante meses, dejándonos entrever la trompa nariguera por el velo superior de la mascarilla azulada. En este sentido, no nos ha sorprendido demasiado contrastar los ojos de porcelana con la trompa de elefante. Para los de ciencias: calculo que el estriptease facial que hemos visto es de un 70% aproximadamente, pero esto, con todo, no ha sido suficiente, pues nos faltaba la boca.

Confirmo además que las mascarillas PPE nos han ahorrado contemplar, en bastantes supuestos, la tocha en su esplendor, dándonos aspecto de pato Lucas.

Lo hemos sufrido, pues es incómodo colocarse el artilugio por debajo de la nariz sin que incruste el pico de la regleta en uno de los agujeros de la susodicha. Aunque algunos son tercos incluso para añadirse un agujero nuevo en el apéndice nasal y nos han mostrado tochas de aguila, y ojos empequeñecidos durante toda la pandemia. Allá ellos, y el que sea malo, Dios lo castigará.

También es obligatorio mencionar que las mascarillas han cumplido una función bufandera, y se han empleado más como cubrebarbas que como cubrebocas, calentando los carrillos y las mamolas en invierno, y lanzando orejas de soplillo cual platos de porcelana bermeja a los redondeados rostros de sus propietarios en los meses de estío. Agur, mascarilla multiusos.

Donde yo me quiero centrar, es en que había mucha peña que no nos había mostrado todavía su preciosa boca, de labios carnosos o finos, lugar desde donde se mastica, se besa, se habla, se ríe y se llora. La boca y sus músculos faciales son tan expresivos como los ojos, y además expresan la atracción sexual mejor que una nariz, aunque algunos garrulos acipotados piensen lo contrario.

Una boca es tan sensual como asquerosa, y eso dice mucho de nuestra especie y de nosotros mismos. Además, no viene sola, le acompaña el bigotillo —tan común en adolescentes como en enjutas damas— y un buen par de carrilleras, que en el caso de la adolescencia, son todavía mofletes sonrosados y dientes limpios. ¡Qué bella es la juventud!

Como decía un amigo mío (del que no doy el nombre para evitar que lo acosen las feminazis): está buena porque es joven. Y tiene razón, porque determinados años de más en un rostro, afean tanto como si hubieran crecido las narices, menguado los labios y constreñido los ojos. La juventud es bella, aunque hay que decir que la adolescencia no tanto. O mejor dicho, es divertida antes que hermosa.

En clase ha habido sorpresas. Muchos nos vemos raros —yo también me la he quitado— pero es divertido contemplar la diferencia. No lo esperaba de muchos, y todos decimos lo mismo. Algunos siguen riéndose viendo a su prójimo o prójima, y los más tímidos, siguen siendo reticentes a mostrar el esplendor de sus carotas.

Aquí hay de todo: bocas pequeñas, bocas grandes. Rostros redondeados, cortos, largos (así, como de caballo percherón), napias infames, mofletes achuchables, pecas y lunares escondidos. ¿No tenías barba, profe? Me afeité hace años, les cuento. Y el alumno que me lo cuenta, tiene una cara de niño sin mascarilla, que tira para atrás.

Es curioso, pero de repente aparece gente guapísima, atractiva, que asciende puestos en la lista de los guapos del planeta que gira alrededor de uno. Alguno incluso está ya pensando en cambiar de pareja. Pero de la misma manera que se asciende, llegan otros, que hasta ese momento perturbaban con su simpatía y sus ojos color miel, y bajan de nivel por culpa de un torre cercana a un pozo de dientes diminuto.

—¿Te sorprende mi cara? —es la típica pregunta de estos días.

—Es terrible, sí —evitas contestar para no ofender ni tener que dar explicaciones.

Hay caras raras, que nunca hubieras imaginado. Cuando veías un rostro equilibrado, imaginas sus apéndices equilibrados. Pues no. No es así siempre. Es cierto que con el desenmascaramiento se gana en personalidad, y eso es lo más notable de este asunto. Que cada uno es distinto, y muy distinto. A veces horriblemente distinto, pero único en su rostro. El que Dios nos ha dado, y con eso está dicho todo.

Dicen que la belleza está en el alma, y que la cara es el espejo del alma. Serán las dos cosas. Yo, que soy observador, descubro matices en la expresividad de las personas que no había captado, y que me encanta.

¡Por fin nos podemos mirar a los ojos de verdad! Quiero decir, que sin tapabocas en la cara, nos vemos mejor los ojos.

PS:

Teoría sobre el quitado de mascarilla en cuatro fases (salvo causa mayor y familiares en riesgo):

Primero se la quitan los guapos, que saben que son guapos. Es mi caso.

Segundo, los tímidos. Se la van bajando por la barbilla, hasta que se la apartan con miedo. También sería mi caso, si no fuera guapo.

Tercero, los feos. Esos no se la van a quitar nunca, y están deseando que venga otra ola para volver a lucir ojos. Yo creo que deberían ganar en seguridad y en personalidad. Una nariz gorda a tiempo puede ser una victoria rotunda en la arena de la autenticidad. I love tochas.

Cuatro, los superguapos. A estos no les deja la churri quitarse nada, porque se quedan sin consorte.