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Entrega 4. LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑÉS.

Estiró los pies sobre la hamaca, comprobó que las uñas se le habían vuelto amarillentas y resopló con un nuevo disgusto. La última vez que había visto sus pies fue el día que balbuceó una canción de bucaneros y piratas ante el color negruzco de la garrapata de las extremidades inferiores, que no hay que confundir con la gangrena dactilar. Le amargaba morir por los pies, pero el amarillo de la pezuña tampoco le daba buena espina, máxime cuando el pueblo había adorado con verdadero fervor el color fucsia en los pies de los varones, y la vaciedad molar de la boca de las mujeres.

Llamó a la criada para que lo atendiera y le sonrosara las uñas de los pies con una acetona importada de Valencia, pero no apareció la muchacha, pues debía de tener el alma extraviada del cuerpo tras el mordisco venenoso de la tarántula. La peluda, al salir a la calle, tras la discusión con Argimiro, se había vuelto mezquina y traidora con los de aquella casa. Y es que no hay nada como enfadar a una madre de familia que pone huevos. La pobre sirvienta ni siquiera soltó un gemido, pues la lengua se le paralizó al instante, dejándola por unos segundos ciega, sorda y muda.

Este incidente obligó a decretar varios días de luto en el pueblo, pues aquella criada, sirvienta de los “Montañés Onarres”, había sido en sus años mozos una defensora taciturna y recia contra los avances de los franceses por el pueblo. Dicen que había sido comparable con la valentía de Agustina de Aragón y de María Pita juntas, pero que la naturaleza de los del altiplano, por su voluntad dormida, la misma que cantara el literato Azorín, y que sirvió para que el pueblo se rebelara convirtiéndose en ricos gracias a la venta de muebles, había sepultado en el olvido y la desdicha a una mujer sorda y ciega, capaz de leer la mente de los de aquella casa, donde había servido, y negada en el tiempo para albergar la más mínima ambición en su alma contemplativa.

—Se quedó sorda por culpa del estallido de un cañonazo —dijo Amalia, la madre de Argimiro, explicando al señor cura cómo el infortunio y la grama crecen siempre donde no se espera.

—¿Y la ceguera? ¿De dónde le viene? —insistió el prelado mientras tomaba un chocolate aliñado con menta y romero, que embadurnaba con los picatostes de almendra que había hecho la vecina.

El hombre se dio cuenta de su impertinencia, pues en aquella casa la ceguera era una forma de existir y de estar en el mundo. Juan Montañés, padre de siete hijos y esposo de Amalia, había sido ciego desde el mismo momento en que le vendieron la fórmula cremosa de la velocidad de la luz a cambio de treinta perras gordas y cuatro maravedíes de real, que era el nombre de la moneda que durante un año mercadeó por la plaza del Teatro. Se la vendieron los gañanes que suministraban productos de contrabando al Estanco de su padre, Francisco Montañés Chaco. Era algo que todo el mundo conocía, que la droga vendida en cantidades ínfimas no solo no provoca regusto al cuerpo, sino que ni siquiera cura la salud. Juan siguió el consejo y prefirió comprar la fórmula de la velocidad de la luz, que tenían en oferta hasta la primavera siguiente.

Cuando la probó, le creció el pelo, luciéndolo brillante desde entonces, pero perdió la vista cuando se la aplicó en las pestañas. A cambio, y eso era lo más raro del crecepelo, aguzó su olfato hasta el punto de orientarse mejor que antes, gracias a su pituitaria amarilla y a sus dedos, que se afilaron como lenguas de serpiente tomando la apariencia de la lechuza.

Desde entonces pariría su esposa hijos ciegos, de ahí que el siguiente hijo, Alfonso, sacara de su padre su incapacidad para ver y su olfato de sabueso.

—Hay que encontrar un remedio para la ceguera, porque si tengo que parir más hijos ciegos, la plaza se convertirá en un despropósito.

—¿Por qué? —preguntó su marido con una insensatez exasperante.

Amalia no quiso responder, y se mantuvo casta y en orden hasta que encontró un fármaco capaz de vencer la ceguera en sus descendientes. La fórmula original dicen que se la había susurrado un lobero del siglo XVIII a los gañanes del mercado, pero aquellos hombres, que se ocultaban para no ser difamados por la buena mujer, convinieron que era preferible negociar su venta a Amalia, pues al fin y al cabo, nadie quería más ciegos en el pueblo.

—Basta con tapar la nariz de su esposo cuando estén en plena cópula —le dijeron; y ella, ni corta ni perezosa la emprendió a sartenazos por desfachatez y poca vergüenza.

Sin embargo, se debió de aplicar en el consejo, pues lo cierto es que no volvió a tener más hijos ciegos. El problema vino más tarde, cuando en la plaza nacieron otros niños ciegos, que nadie había esperado, y que despertaron la furia más intensa de Amalia contra su marido.

—¿Qué tengo que ver yo con esas fulanas, si no me veo? —dijo el hombre compungido por la desdicha.

La mujer tuvo que hacer varios friegues de agua y lejía por la casa para desorientar a Juan, que quizás, por culpa de los olores cremosos del jabón y la sosa cáustica habían mandado a su esposo a las alcobas vecinas sin que nadie reparara en su afición desmedida a tocar todo lo que no podía ver. Se restableció así el orden, y con los años, una de las niñas ciegas de la plaza fue a pedir oficio y trabajo a su vecina Amalia.

Amalia, que a pesar de su carácter indolente y agarrado siempre había tenido como consigna que nadie del pueblo pasara hambre, aceptó a la criada, que además le aventuró haber luchado contra los franceses perdiendo el sentido del oído. Por eso, la criada había sido una más de la familia, aunque nadie mencionó su procedencia dudosa, discreción que se mantuvo desde varias décadas antes de que naciera Argimiro, el primogénito.

Que ahora llegara el cura removiendo el agua del molino, cuando no había grano que moler, no hizo ninguna gracia, pero Amalia, que sabía cuando había que disimular, permaneció impertérrita y sin mover un solo músculo.

El sacerdote se sonrojó por su metedura de pata, y pensó de inmediato que estaba ante una señora, de las que no abundaban en el pueblo; además, para que no hubiera más dimes y diretes en la plaza, acordó con la familia que se le daría exequias de tipo medio y separadas a la criada, a la altura de las que había otorgado a D. Antonio Alarín-Vicente Yagüe y a Jacinto Gómez Santaolaya. Era lo menos que se podía hacer.

De nada sirvieron los improperios que soltó Amalia en maltés y árabe, pues el cura se fue de la vivienda antes de que preguntara a un traductor por los contenidos que escupía aquella gran señora. Si la muerte llegaba de una manera tan estúpida a ricos y pobres, al menos se debía tener la gracia y el acomodo de regalarle a los pobres y necios una noche de suspiros y velas; y no una procesión por la explanada de los atrios de los templos y las calles ventiladas de Yecla, que era lo que correspondía a la aristocracia vecinal. Pero nadie comprendió lo que quería decir.

—Eres un necio. ¿No te apena morirte sin saber lo que le va a suceder a tus hijos? —le reprochó Amparín cuando supo que Argimiro había estado azorando a toda la casa con sus razonamientos de moribundo trashumante.

—Morir con dignidad y encomio es mejor que morirse de cualquier forma, y en este pueblo ya no se puede ni respirar —dijo él, enfadado por el acoso marital; y se subió a la cama con la ropa de gala y los zapatos puestos.

—Si llamas dignidad a pintarse las uñas de los pies… —y balbuceó un reproche que no logró salir de sus labios, de harta como estaba.

Amparín, además de tener que ganarse la vida tocando el piano —y enseñando coplas a las muchachas ricas del pueblo —tenía que dormir con un varón, su marido, que se acostaba con sus mejores galas y que se vestía con el pijama durante el día. No es que no le gustara su esposo, es que estaba adoptando costumbres taciturnas que daban que hablar. Lo de pintarse los pies era una costumbre impuesta por la masonería que todo lo dominaba, pero lo de quererse morir, era una práctica poco habitual en el mundo, excepto en el País del Sol Naciente, donde el honor obliga.

—Cualquier día me voy de esta casa de locos —dijo la mujer sin que lo llegara a escuchar su marido.

—Y yo cualquier día me muero, y os dejo sin poder viajar por el tiempo —contestó él.

Fue entonces cuando ella comprendió que su esposo, Argimiro Montañés Onarres, estaba más cerca de leer el pensamiento que de viajar a la velocidad de la luz, aunque a esas alturas de la vida, no le extrañaba nada de su marido, ni siquiera lo que se rumoreaba en la plaza acerca del poeta Federico y su bellísimo esposo.