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Incendio cultural en las letras: Víctor Hugo, Blasco Ibáñez y los cuentos infantiles.

Me produce cierta grima la reacción de la gente, sobreemocionada y antinatural ante el incendio de la catedral de París. Se multiplican las imágenes de Quasimodo abrazado, lloriqueando, y se evocan y se despiertan los símbolos de Europa, que nadie sabe quiénes son. En realidad el único gran símbolo europeo es el cristianismo, la base común desde la que hemos edificado desde hace milenios nuestra cultura romano-cristiana, hoy democrática y libre.

A mi me da pena el incendio, claro que sí. Estuve el verano pasado en París, y es una catedral magnífica y asombrosa. Pero también me llena de pena y de tristeza la destrucción de los Budas de Oriente Medio, la que el Estado Islámico se cargó; y también me horroriza el robo sistemático del patrimonio de las pequeñas parroquias de pueblos pequeños en Castilla; por no hablar del saqueo que sufrió el Museo Arqueológico de Bagdad hace unos años. La miseria no es nueva, están en la historia. Me refiero, por ejemplo a la destrucción de cientos de iglesias y de patrimonio por los revolucionarios franceses, que arrasaron con lo que les dio la gana cuando estuvieron por España en 1808. Animales e ignorantes siempre los ha habido en la historia, y no es nada nuevo. Lo malo son los que usan la sensibilidad y la teledirigen para que se llore por unas cosas y no por otras. Eso es.

En fin. El caso es que los que amamos la cultura y el arte, lloramos en silencio desde hace tiempo y casi todos los días por lo que viene sucediendo. Convivir con un sistema educativo que ridiculiza su propio patrimonio, que niega las humanidades en sus planes de estudios, o que convierte el saber en un eslogan, son parte de esa pena acumulada, de esa tristeza y de esas manos a la cabeza. Si no leen el Quijote, ¿cómo van a entenderlo? Les mandamos adaptaciones, de la misma manera que vemos los monumentos en foto. Para que te hagas una idea, niño.

Reconozco que lo primero que me vino a la cabeza, cuando ví las imágenes del incendio en la catedral de Notre Dame de Paris fue la famosa sentencia acuñada por las izquierdas: la mejor iglesia es la que arde. Hoy creo que están más calladitos, y me los imagino agazapados esperando que pasen unas semanas para seguir haciendo frases ingeniosas. Los memes en las redes lo petan, y como siempre, el mundo se entretiene con lo que vemos en la tele. Es el tema de moda, y dentro de unos años, la gente estará a otros asuntos. Ahora toca ositos de peluche con la cara de Quasimodo. Pues vale. Todo estupendo. Mañana será otra cosa.

Sin embargo, no es mi intención hablar del patrimonio perdido, sino del patrimonio olvidado, es decir, del patrimonio literario, el que conservamos y se mantiene en nuestra sociedad gracias a que existen lectores que leen y despiertan mundos escondidos y desconocidos.

Notre Dame de Paris, la catedral, está vinculado a la novela de Víctor Hugo, el libro. Una historia que como ha sido recreada en el cine por películas Disney, que le han dado la fama, pues todo el mundo como que lo conoce sin habérselo leído. Ayer creo que fue la novela más descargada en amazon en Francia, que imagino que era gratis hasta que la hora en la que incendió el monumento, pero tampoco voy a confirmarlo.

Lo paradójico: sin el incendio, mucha gente no habría leído la novela. Es triste, pero es así. Necesitamos que roben un cuadro famoso y salga mucho en la tele, para que nos interese el cuadro en cuestión. Y es que parece que la sociedad contemporánea no puede disfrutar de lo que descubre, sino de lo que le dicen que tiene que descubrir. Esto es arte, y esto no. Y es una pena, porque hay gran parte del patrimonio literario que se perderá por falta de lectores.

También hay un patrimonio cultural que se ha perdido en la albufera de Valencia, la de la cultura del arroz y del agua. La que plasmó bellamente la novela de Blasco Ibáñez, “Cañas y barro”. Me he dado una vuelta estos días por la albufera, hemos navegado en sus barcazas y he hablado con las gentes del lago de agua dulce más grande de España. Todo ha cambiado, y el mundo que reflejó el escritor Vicente, así me lo ha contado Vicent, un pescador, tampoco es el mismo.

La albufera se ha ido perdiendo poco a poco, ha ido cambiando para poderla conservar, pero los lugares de la novela, el entorno y la vida dura y sacrificada de los que vivían en ella. El mundo que Blasco retrató, permanece indeleble en sus novelas. Ese patrimonio está dormido, y conviene despertarlo algún día, porque ya no existe en la realidad. No hay huerta, ni albufera, ni campos, ni mercados, ni sociedades como las de entonces. Basta con leer las páginas de sus libros. Basta leer a Juan Valera, a Miguel Delibes, a muchos otros para comprobar como fueron otros mundos. Para saber quiénes somos y de dónde venimos.

La cultura se destruye, pero el libro, también aquí, permanece. Se quemará Notre Dame, y desaparecerá la forma de vivir de los del Palmar en la albufera, pero quedarán los libros, el patrimonio literario que nos cuenta cómo era, y nos lo cuenta haciendo de las letras y las palabras un arte. Tenemos un patrimonio de romanos, de griegos, de medievales, de renacentistas, de barrocos, de exploradores, de románticos y de realistas. Tenemos letras que son arte, puro arte.

Pero los libros también pueden ser quemados. Me refiero a la censura. Últimamente parece que hay bibliotecas infantiles y colegios que censuran libros infantiles, cuentos tradicionales y clásicos que son excluidos y relegados. La culpa la tiene el nazifeminismo que se va extendiendo por amplias capas de la sociedad con un único objetivo: imponer su visión fragmentada del mundo, y para eso no dudan en recurrir al terror de la censura y de la mordaza.

No me sorprenderían que con el tiempo se quejaran del sexismo de Quasimodo, y lo censuraran; o que dijeran que “cañas y barro” es machista; o “Arroz y tartana”… No hay que olvidar que son los mismos que afirman que “la mejor iglesia es la que arde”. Pues eso. incendio cultural.

Juan Valera o la novela hecha arte.

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Esta novela es una de las joyas que he encontrado este verano, y que por supuesto recomiendo encarecidamente a los amantes de la buena escritura, sea cual sea su condición y estado de ánimo. Si siempre es recomendable un autor como Juan Valera, en los meses de estío puede llegar a convertirse en un placer para degustar bajo un limonero, o una umbría mecedora vespertina.

Juan Valera ( 1824-1905) es quizás uno de los escritores de lengua castellana cuya cotización popular no corresponde con la exquisitez de su obra. Su prosa es sublime, impecable y cuidada. Con una semántica certeza y con cosas que decir y que contar. Podríamos hablar del costumbrismo andaluz, de Cabra, su tierra, que queda retratado con mucho aseo tanto en Juanita la Larga (1895), que es una de sus novelas más conocidas, como Pepita Jiménez (1874), su primera obra maestra. Su belleza inspiró a Isaac Albéniz que la recreó con maneras musicales operísticas y sublimes. Lo cual no es decir poco.

Me llegó la novela de la manera más ritual posible. Harto de las novelas que gustan por ahí, tipo Manuscrito de Avicena, donde lo más interesante es que van y vienen sin parar, sin gracia literaria, y sin gusto ninguno por contar algo que valga más que para entretener el aburrimiento del que no me saca, rebusqué en el libro electrónico con tanto tedio como necesidad. Y apareció. Entre las mil novelas que regalaban los vendedores de libros electrónicos, algo que efectivamente no tenía precio, al menos desde el punto de vista literario. ¿Por qué será que algunos de los mejores libros son gratis, y piden precios desproporcionados para leer la basura más demandada? El mercado, dicen los que manejan este tinglado tendrán mucho que decir de la novela de usar y tirar. En el caso de Valera, leer y guardar, leer y guardar para releer.

Encontré el libro de Juan Valera, un autor de siempre, pero que no había leído todavía, entre esa pléyade de clásicos poco apreciados. Reconozco que la novela resonaba en mi mente porque mi madre, lectora de disfrute y nivel, tenía y tiene a Juanita La Larga como una de sus preferidas, y no me pude resistir. Primero ataqué con Pepita Jiménez, cuyo estilo narrativo epistolar me resultó atrevido y maravilloso, y luego seguí para recrearme con Juanita La Larga y su alentadora y bien llevada historia.

Siempre he reconocido a Galdós como el mejor prosista tras Cervantes en nuestro país, y Fortunata y Jacinta como su mejor obra, pero Juan Valera me ha impresionado, porque no le va a la zaga. Vicente Blasco ibáñez, valenciano de renombre, es protegido y ensalzado de manera nada gratuita. Son los reconocimientos interesados y ajustados a sus pesebres políticos, que valen para afirmar un día que la izquierda (o la derecha que tanto monta monta tanto) es la depositaria exclusiva de la cultura, y tal y tal.

Cierto es que Blasco Ibáñez se hizo muy popular, tanto por sus novelas, donde retrata lo valenciano, como por su actividad política en favor del republicanismo. Pero siempre en la historia de la literatura, que es la historia de nuestras ignorancias y aciertos, se da más vueltas a unos autores que a otros, y siempre en función del presente político que se quiera retratar, vituperar, o alabar. Blasco Ibáñez me encanta porque es la albufera, la barraca y la plaza redonda de Valencia. Pero Juan Valera, que hizo carrera diplomática, y que llegó a ser Secretario del Congreso y Diputado desde un liberalismo moderado, no ha sido ensalzado por los políticos andaluces, quizás más interesados en otras figuras como el poeta Blas de Otero, Rafael Alberti o el inigualable Lorca, que desde que no lo mataron los fachas a mala leche ya es menos querido, como Maeztu o Azorín, que casi ni escribieron nada para alguna gente.

Valera retrata la sociedad andaluza del interior, del señorito y el capataz con mejor tino, y menos pretensiones ideológicas que otros escritores. No en vano, Juan Valera fue considerado por los españoles de su tiempos como uno de los hombres más cultos de su patria, por supuesto, fue Académico, y es uno de los pilares que miraban los modernistas como Rubén Darío entre otros. Demasiado encumbrado para que fuera un autor popular, supongo. Y es que lo popular, por desgracia está obligado a comer con los dedos y y eructar de vez en cuando para ser reconocido. Es el abajamiento y la decadencia de Nietzsche, el triunfo de lo mediocre, y claro, Juan Valera, es mucho Juan Valera para hacer tales cosas. Su liberalismo político lo situó en la cesantía de la época, donde los conservadores o liberales colocaban a los suyos en puestos de responsabilidad según les convenía. Fue un autor conocido y apreciado en su tiempo, mucho más que hoy en día, donde el consumo de libros nos obliga a devorar y engullir, como fast-food, libros cuyo interés y valor es casi nulo. Por eso retomar estos clásicos es aire fresco para uno.

Quizás sea saltar en la distancia pero Juanita la Larga, y mucho más Pepita Jiménez son nuestras mujeres del diecinueve y de la novela. Me recuerdan a la señora Bovary, o a la insatisfecha Anna Karenina. Representan mundos imposibles hoy día, donde los papeles y las funciones sociales se ajustaban como los corsés que llevaban a sus cuerpos ceñidos de educación, dignidad y honor. Mundos donde la inteligencia femenina evadía el convencionalismo social de la forma más astuta posible. Me contrastan vivamente con nuestro mundo donde las únicas formas que se respetan son las de ser dueño de un pensamiento tan políticamente correcto como estúpido y extendido. La espontaneidad ha sustituido las relaciones humanas, donde cualquier pimpollo decorado con una calcomanía gigante en una tienda te tutea con una inesperado “hola chicos”, sin contemplar que tengo canas en la cabeza, y los cojones de espartero en la entrepierna. Los personajes de aquellos tiempos, igual que todos los que inundan la inglaterra victoriana, con Austen a la cabeza, evocan mundos agradables, llenos de formalidades, de convencionalismos que se rompen y que por eso agradan sobremanera.

Un mundo como el nuestro, donde no hay convencionalismo que destruir, es un mundo aburrido por igualitario, donde los provocadores no provocan y donde la espontaneidad ha matado el romanticismo.

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