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Las heces envasadas del tío Pit.

Cuando Pit descubrió que podía envasar sus heces para venderlas en una performance,  su ama de llaves levantó una ceja, arrugó su papada y se ofendió 2,5 en escala Richter. Estaba claro que era una señora como las de antes, y que no deseaba molestar al dueño de Napoleón, que era el nombre que convinieron para llamar al caniche de oro fino que deambulaba por su palacio.

Con la ocurrencia llegaron los insomnios, que pueden resumirse en tres. ¿Qué si no? El primero lo provocó la Hacienda Pública, el segundo el Ministerio de Sanidad francés y el tercero la Subsecretaría de Cultura del Departamento de Artes Plásticas para la Igualdad y el Reciclaje de la Materia Prima y Hermana del Planeta Tierra de Bélgica.

Hacienda le envió una carta, pues tanto defecar como vender mierda debían pagar el correspondiente Impuesto de Valor Añadido.

Pit contestó que ya había pagado IVA al comer, y que era la misma materia subatómica que ahora defecaba y vendía, y que no se podía pagar dos veces por lo mismo.

Hacienda respondió que si esa mierda ahora valía oro, debía ser repercutida en los porcentajes que marcaba la Ley, es decir, el 21%. Y que debía pagar por cada ñordo valioso que arrojara y fuera vendido, donado o almacenado  a partir de la correspondiente notificación y sin efectos retroactivos.

Respondió Pit que la mierda la había cagado en el Louvre en Francia, que él era un artista y que no debía quedar sujeta a impuestos españoles sino franceses. Y que era una obra de arte. Y por supuesto, aseguró en carta jurada que no pensaba cagar más, no se lo fuera a gravar la Hacienda de los cojones.

La Agencia Tributaria se sonrió, y tras aceptar la declaración jurada de no volver a hacer arte con sus heces, informó a escondidas a a Francia para que investigara sobre el asunto.

Sin embargo, antes de que enviaran la mierda al depósito de los Juzgados de la plaza Castilla de Madrid, para que se tramitara su venta en subasta pública, llegó una llamada de la Ministra de Sanidad francesa a su homólogo español con una importante reclamación. Aquellas heces, que habían sido producidas en el Louvre pertenecían al Louvre, pues era arte robado y debían, según la normativa vigente de la Unión Europea para la protección del arte y contra el brexit, quedarse en suelo francés.

Aceptó al petición el ministro español, que era de natural conciliador, y tras enviar el único resto de heces del tío Pit, abrió un proceso penal contra el artista, por robar arte francés a sabiendas.

El tío Pit fue detenido el jueves por la tarde cuando estaba intentando negociar una exposición de arte con la Subsecretaría de Cultura del Departamento de Artes Plásticas para la Igualdad y el Reciclaje de la Materia Prima y Hermana del Planeta Tierra con sede en Bélgica, y sucursal en Tierra de Campos. A la vez se abrió un debate importante sobre el Guernica que no llevó a nada.

Sin embargo, aquella detención alertó a la prensa, que tras movilizar a la demogresca en un par de programas, logró que la exposición de las primeras heces del tío Pit, defecadas en 1969, culminaran con una marcha nupcial de varios colectivos liberales. Se multiplicaron las visitas, las bodas, los banquetes y las heces por los medios. Hubo incluso varios miles de chalecos amarillos que se manifestaron frente a la sede de la Embajada China sin motivo suficiente.

El caso es que, por desgracia, el pobre tío Pit tuvo que huir del continente, pues estaba decidido a no pagar más impuestos por la venta de sus cagurrios. Y además estaba harto de no poder usar las toilettes de la Europa civilizada.

Cuando falleció, veintiocho años después en Pernambuco, hablaron de la falta de incentivos que había en España para proteger la cultura y a los grandes artistas. Por supuesto, junto al cuadro de “la Libertad guiando al pueblo” en el Louvre hay una inscripción que indica que en ese lugar, el tío Pit tuvo su primer retortijón en tierra francesa. Un lugar que ha despertado una variada literatura sobre qué quiso decir el tío Pit, y si tiene relación con que todo comenzara delante de un cuadro tan emblemático.

Y Fin.

 

Incendio cultural en las letras: Víctor Hugo, Blasco Ibáñez y los cuentos infantiles.

Me produce cierta grima la reacción de la gente, sobreemocionada y antinatural ante el incendio de la catedral de París. Se multiplican las imágenes de Quasimodo abrazado, lloriqueando, y se evocan y se despiertan los símbolos de Europa, que nadie sabe quiénes son. En realidad el único gran símbolo europeo es el cristianismo, la base común desde la que hemos edificado desde hace milenios nuestra cultura romano-cristiana, hoy democrática y libre.

A mi me da pena el incendio, claro que sí. Estuve el verano pasado en París, y es una catedral magnífica y asombrosa. Pero también me llena de pena y de tristeza la destrucción de los Budas de Oriente Medio, la que el Estado Islámico se cargó; y también me horroriza el robo sistemático del patrimonio de las pequeñas parroquias de pueblos pequeños en Castilla; por no hablar del saqueo que sufrió el Museo Arqueológico de Bagdad hace unos años. La miseria no es nueva, están en la historia. Me refiero, por ejemplo a la destrucción de cientos de iglesias y de patrimonio por los revolucionarios franceses, que arrasaron con lo que les dio la gana cuando estuvieron por España en 1808. Animales e ignorantes siempre los ha habido en la historia, y no es nada nuevo. Lo malo son los que usan la sensibilidad y la teledirigen para que se llore por unas cosas y no por otras. Eso es.

En fin. El caso es que los que amamos la cultura y el arte, lloramos en silencio desde hace tiempo y casi todos los días por lo que viene sucediendo. Convivir con un sistema educativo que ridiculiza su propio patrimonio, que niega las humanidades en sus planes de estudios, o que convierte el saber en un eslogan, son parte de esa pena acumulada, de esa tristeza y de esas manos a la cabeza. Si no leen el Quijote, ¿cómo van a entenderlo? Les mandamos adaptaciones, de la misma manera que vemos los monumentos en foto. Para que te hagas una idea, niño.

Reconozco que lo primero que me vino a la cabeza, cuando ví las imágenes del incendio en la catedral de Notre Dame de Paris fue la famosa sentencia acuñada por las izquierdas: la mejor iglesia es la que arde. Hoy creo que están más calladitos, y me los imagino agazapados esperando que pasen unas semanas para seguir haciendo frases ingeniosas. Los memes en las redes lo petan, y como siempre, el mundo se entretiene con lo que vemos en la tele. Es el tema de moda, y dentro de unos años, la gente estará a otros asuntos. Ahora toca ositos de peluche con la cara de Quasimodo. Pues vale. Todo estupendo. Mañana será otra cosa.

Sin embargo, no es mi intención hablar del patrimonio perdido, sino del patrimonio olvidado, es decir, del patrimonio literario, el que conservamos y se mantiene en nuestra sociedad gracias a que existen lectores que leen y despiertan mundos escondidos y desconocidos.

Notre Dame de Paris, la catedral, está vinculado a la novela de Víctor Hugo, el libro. Una historia que como ha sido recreada en el cine por películas Disney, que le han dado la fama, pues todo el mundo como que lo conoce sin habérselo leído. Ayer creo que fue la novela más descargada en amazon en Francia, que imagino que era gratis hasta que la hora en la que incendió el monumento, pero tampoco voy a confirmarlo.

Lo paradójico: sin el incendio, mucha gente no habría leído la novela. Es triste, pero es así. Necesitamos que roben un cuadro famoso y salga mucho en la tele, para que nos interese el cuadro en cuestión. Y es que parece que la sociedad contemporánea no puede disfrutar de lo que descubre, sino de lo que le dicen que tiene que descubrir. Esto es arte, y esto no. Y es una pena, porque hay gran parte del patrimonio literario que se perderá por falta de lectores.

También hay un patrimonio cultural que se ha perdido en la albufera de Valencia, la de la cultura del arroz y del agua. La que plasmó bellamente la novela de Blasco Ibáñez, “Cañas y barro”. Me he dado una vuelta estos días por la albufera, hemos navegado en sus barcazas y he hablado con las gentes del lago de agua dulce más grande de España. Todo ha cambiado, y el mundo que reflejó el escritor Vicente, así me lo ha contado Vicent, un pescador, tampoco es el mismo.

La albufera se ha ido perdiendo poco a poco, ha ido cambiando para poderla conservar, pero los lugares de la novela, el entorno y la vida dura y sacrificada de los que vivían en ella. El mundo que Blasco retrató, permanece indeleble en sus novelas. Ese patrimonio está dormido, y conviene despertarlo algún día, porque ya no existe en la realidad. No hay huerta, ni albufera, ni campos, ni mercados, ni sociedades como las de entonces. Basta con leer las páginas de sus libros. Basta leer a Juan Valera, a Miguel Delibes, a muchos otros para comprobar como fueron otros mundos. Para saber quiénes somos y de dónde venimos.

La cultura se destruye, pero el libro, también aquí, permanece. Se quemará Notre Dame, y desaparecerá la forma de vivir de los del Palmar en la albufera, pero quedarán los libros, el patrimonio literario que nos cuenta cómo era, y nos lo cuenta haciendo de las letras y las palabras un arte. Tenemos un patrimonio de romanos, de griegos, de medievales, de renacentistas, de barrocos, de exploradores, de románticos y de realistas. Tenemos letras que son arte, puro arte.

Pero los libros también pueden ser quemados. Me refiero a la censura. Últimamente parece que hay bibliotecas infantiles y colegios que censuran libros infantiles, cuentos tradicionales y clásicos que son excluidos y relegados. La culpa la tiene el nazifeminismo que se va extendiendo por amplias capas de la sociedad con un único objetivo: imponer su visión fragmentada del mundo, y para eso no dudan en recurrir al terror de la censura y de la mordaza.

No me sorprenderían que con el tiempo se quejaran del sexismo de Quasimodo, y lo censuraran; o que dijeran que “cañas y barro” es machista; o “Arroz y tartana”… No hay que olvidar que son los mismos que afirman que “la mejor iglesia es la que arde”. Pues eso. incendio cultural.

Otro varapalo a las “nuevas pedagogías” en LA BUENA Y LA MALA EDUCACIÓN de Inger Enkvist

Es de esos ensayos que debería ser de lectura obligatoria para los irresponsables que se dedican a educar, entre los que incluyo a los colectivos más necesitados de una luz que ilumine sus meninges: padres amigos de sus hijos, profesores dinámicos y/o sindicalistas, inspecciones educativas burócratas y su pléyade de simpáticos pedagogos, y por supuesto, a todos los políticos entregados a empeorar la educación en el mundo desde hace décadas, que son casi todos, por no decir todos.

La sueca Enkvist hace un análisis de los diferentes métodos pedagógicos empleados a lo largo y ancho del planeta, en distintos países y épocas, y las consecuencias culturales a medio y largo plazo. Sus conclusiones son las que estábamos esperando muchos profesores y padres centrados y de la vieja escuela: los países con mejores resultados emplean métodos pedagógicos tradicionales, los países peor parados se empeñan en cagarla con las “nuevas pedagogías”, entre las que se incluye la última moda de estudiar por competencias, que es lo mismo que no estudiar, y por tanto, no aprender. Mejor contenidos y memoria, que dinámicas y buen rollo. Mejor un profe erudito que haga a trabajar, que no un animador sociocultural.

El viejo mito de que se puede enseñar las matemáticas jugando se derrumba. Es mentira. Las matemáticas se aprenden con esfuerzo, tesón, repetición, entendimiento y autoexigencia. Los que saben matemáticas no la aprendieron por ciencia infusa, ni jugando a las tabas, ni decidiendo en libertad lo que tenían que aprender, en plan descubrir el Mediterráneo. El mundo está ya inventado, las matemáticas también, y la pedagogía que funciona también. Una mala educación (que es lo que hay actualmente en casi toda Europa) nos conduce a la edad de piedra. Enseñar a que aprendan por sí mismos es además de una falacia, algo peligroso; y es que el conocimiento se trasmite de generación en generación, no se descubre espontáneamente. Uno enseña y otro aprende. Gracias Enkvist por tu aportación. Hacía tiempo que no oía más que gilipolleces en este asunto.

Es destacable que Inger Enkvist reconoce a los profesores y maestros de toda la vida, los de siempre, que en lugar de perder el tiempo divirtiendo a los alumnos, se han preocupado en enseñar. Son docentes que en lugar de relegar la memoria en clase, se empeñaron en enseñar y exigir de memoria las tablas, poemas, canciones, o textos de Shakespeare. ¿Por qué no? Gracias a ellos, el desastre no es mayor. Y es que en el fondo, nadie como un profesor para darse cuenta de lo que funciona o no, de la pedagogía que hace que los niños sepan cosas, y de la que los mantiene en la ignorancia.

También me llama la atención que Ekvist critica sin tapujos la progresiva degradación educativa de los profesores. Las nuevas pedagogías ha ido impregnando a las nuevas generaciones de profesores, y han logrado que actualmente los profesores sepan menos de su materia, y por tanto estén peor preparados para dar clase. Por mucha pedagogía-jueguito que sepan, si no dominan lo que deben enseñar, no podrán enseñar con calidad. ¿Exagero? Las oposiciones a profesor en Castilla y León han dejado bastantes plazas sin cubrir porque los aspirantes no alcanzaban el mínimo. Por supuesto los sindicatos gritaron, no para que exigieran más, sino para que los profesores tengan menos nivel. Venga, tío.

Otra prueba: acabo de ver en el libro de texto de mi hija de 4º Primaria la palabra “absorver”, en lugar de la correcta “absorber”. Si en eso yerra un libro de texto, cuya función es enseñar a leer y escribir sin faltas, ¿qué no sucederá con el resto del país? Un desastre, ni más ni menos. Las nuevas técnicas para enseñar a sumar y restar son peores que las que aprendí yo de pequeño, lo constato. Antes los maestros eran más claros que ahora, tenían ideas más claras, y eso solo se debe a que sabían más. Ahora está todo lleno de pegatinas y de mariconadas, y aprenden menos. Quizás la excepción sea la enseñanza de los idiomas, pero no nos engañemos con que hay ahora más medios, porque también he visto que hay alumnos de quince años que han dado cientos de horas de inglés desde que tenían dos años, y no saben decir ni jota en ese idioma.  Autocrítica, se llama.

Inger Enkvist constata el deterioro cultural y social de muchos países del mundo, y hace especial incidencia en Suecia, que es el suyo. La nueva pedagogía ha bajado el nivel educativo del país; en cambio en Finlandia, donde impera la pedagogía más tradicional, basada en el esfuerzo y la exigencia, con los mejores profesores preparados posibles, y una carrera profesional de prestigio como es la docencia, los resultados son mejores para las pruebas estandarizadas internacionalmente y que componen el informe PISA.

Es también curioso que el informe PISA, siendo un modelo de examen acorde a las nuevas pedagogías, no tenga mejores resultados entre los alumnos que han sufrido las “nuevas pedagogías”. En cambio los alumnos con sistemas de aprendizaje tradicional, los asiáticos sin ir más lejos, logran los mejores resultados del planeta.

Se suele contestar que la autoexigencia que tienen los alumnos asiáticos conduce a suicidios, por lo que no es oro todo lo que reluce. Pero contesta Inger Enkvist que no es mayor que el porcentaje de suicidios que hay en Suecia; y me atrevo a decir, que en España no estamos mejor en este tema, sobre todo si añadimos los suicidios por acoso escolar que se generan cuando las nuevas pedagogías pululan por las atmósferas de un centro educativo progre. Cuanto más disciplina, trabajo, esfuerzo y estudio haya en un centro educativo, menos conflictos y menos mear fuera del tiesto por parte de los alumnos. Nuestro fracaso son los “ninis”, ni estudian ni trabajan. Algo que no existía cuando las viejas pedagogías sí existían.

Por supuesto, a los profesores sometidos a las “nuevas pedagogías” nos obligan a tener buenos resultados, nos obligan a hacer cientos y cientos de papeles, informes, currículos, valoraciones, evaluaciones y muchas más monsergas que en general no suelen mejorar la educación ni las clases. Papeles y más papeles para explicar a un padre por qué su hijo (que no ha ido a clase, o que no ha abierto un libro en todo el curso) ha suspendido. Como mucho mejorarán los resultados por prevaricación inducida, pero no porque los alumnos aprendan más cosas

Inger Envist afirma contundentemente que las pedagogías que se centran en el aprendizaje correcto y profundo de la lengua son las que logran alumnos más creativos, con más capacidad crítica y por consiguiente con más libertad. No es necesario meter “moralina” de cuando en cuando, como pretenden ahora los que han arruinado la cultura de mi generación y de la siguiente. Para que la peña piense por sí misma, basta con exigir que lean a los clásicos, a los autores difíciles, a los que dicen algo sin pamplinas. La mejor educación contra la violencia de género no consiste en contarnos mentiras sobre Hipatia en un cursillo de lerditos; sino en leer el Quijote, o Madame Bovary, o a Séneca.

Afirma Inger Enkvist también que los emigrantes sometidos a sistemas educativos de exigencia y esfuerzo logran integrarse mejor (analiza Francia y otros países europeos que han coqueteado con las “nuevas pedagogías”). Los países que se atontan con el buen rollo de la comprensión, los que hacen que el alumno sea el rey de su fiesta, acumulan masas de desarraigados y de predelincuentes.

En Castilla y León, la comunidad autónoma española donde vivo y doy clase, donde hay un buen número de profesores que preferimos la pedagogía de toda la vida, donde los alumnos proceden de ambientes funcionariales (importa el estudio para ser algo en la vida), y donde la lengua castellana se aprende en el hogar primero y en la escuela después, y de manera excelente, tenemos unos resultados educativos semejantes a los de Finlandia. Si quitan la inspección y ponen la clase de religión obligatoria, es que lo bordarían.

 

El complejo cultural español.

El tema viene a propósito de un comentario que escuché a un señor que afirmaba que en España no había ningún pensador sólido en la historia de la filosofía porque preferíamos entretenermos con el fútbol y los bares. Refuté el argumento indicando que sí había gente, y cuando eché mano del elenco de pensadores españoles me quedé con Ortega, y casi regresé a los tiempos de Vives, Averroes y Séneca. ¿Era cierta esa afirmación?

Desde luego los países que son pequeños presumen mucho de lo poco que tienen, eso es cierto. Dinamarca y Copenhage presume mucho de Kierkegaard, de Hans Christian Andersen, de la cerveza Carlsberg y de la sirenita. Uno por sector, y eso hacen muchos lugares del mundo. Holanda vende a Van Goth y Praga a Kafka. En cambio, los países más grandes venden la cultura de otra manera, casi siempre ligada al potencial económico. En este sentido, España es un país pobre en recursos y casi ridículo en propaganda cultural, dedica muy poco a potenciar su cultura y el negocio de la cultura española está todavía por explotar. Eso es cierto.

Pero no es cierto que no haya artistas ni pensadores, yo diría más bien que vendemos poco o nada a nuestros epígonos culturales, tanto de primera como de segunda fila. Ciertamente nuestro peso no ha estado en la filosofía, y menos en las últimas centurias, pero tampoco nuestros políticos destacan por ser unos magnificos impulsores de lo que ya tenemos. Y tampoco disponemos en España de un baluarte cultural e intelectual de cierto peso ordenado y reconocido, como tienen en Francia, por ejemplo. Los intelectuales españoles han pasado por ser los amiguetes de cine y algún que otro escritor. Es poco lo que exportamos, pero es mucho lo que atesoramos. Vendemos mal lo mucho que tenemos. Sería deseable otra actitud, de acuerdo.

España ha dado buenos filósofos en su historia. En el mundo romano destacó Séneca, y en el mundo visigodo San Leandro, San Ildefonso y San Isidoro de Sevilla. Al-andalus fue cuna del despuntar filosófico musulmán, competía con la escuela de Bagdad, y presentaba nombres tan importantes como Averroes, Avempace, Avencerraje y muchos otros. Gente olvidada en los planes de estudios de la Historia de la Filosofía, que seguramente la diseñan en Londres, París y Berlín. En el renacimiento destaca la Escuela de Salamanca, donde muchos pensadores brillan junto a Juan Luis Vives, Domingo de Soto, Francisco de Vitoria. ¿Por qué esa gente no se estudia en al historia de la filosofía? Pues porque los que hicieron las primeras historias de la filosofía en el siglo XIX olvidaron el catolicismo, o sea a los españoles. ¿Realmente no había pensadores o es que se quedaron fuera? Se quedaron fuera porque eran menos conocidos y poco apreciados en un contexto Europeo de rivalidad. Hasta el Parlamentarismo hay que reconocerlo como un invento leonés del medievo, y no una genialidad británica. Ellos venden y nosotros olvidamos nuestro genio.

El resto de la historia del siglo XVIII, XIX y XX ha pasado para nuestro país desde la imposibilidad de pensar libremente, y no es culpa exclusiva de la Inquisición, ni del olvido de nuestras autoridades monárquicas primero y liberales después. Un pensador original y profundo como Gustavo Bueno está a la altura de Bertrand Russell, pero nosotros no lo apreciamos así. Ortega es un genio, y si lo consideran algo por Europa es porque estudió en Alemania, no porque fuera español. La gente conoce a Kierkegaard, pero nadie se acuerda de Ortega, al que las derechas acusaron de republicano, y las izquierdas de avenirse con el franquismo. De Zubiri ni se acuerda el respetable, y eso que fue un magnífico pensador contemporáneo. Mejor abrazamos a Foucault, que era un renegado con poses fascistas. Así nos ha ido.

En otros sectores culturales sucede algo parecido. Francia, Inglaterra y Alemania subrayan los suyos, y los venden como si fueran agua de mayo; mientras tanto en España no nos preocupamos ni tan siquiera de conocerlos. ¿Se imaginan el flamenco en Inglaterra? Sería la música y el baile de moda en todo el mundo. En España los editores de cante hondo, cante gitano son… franceses. Se editan en París, y luego nos venden los cedés a nosotros. En España la gente escucha cualquier basura anglosajona, y ni siquiera entra en los circuitos comerciales de nuestro país el flamenco. Gracias a Hispanoamérica, Mexico, Colombia, Perú y Argentina, el complejo español es menor. Ellos no tienen reparo es su música, ni en su arte, ni en sus escritores. La pena es que no seamos una sola nación, ni una confederación más unida por una construcción cultural hermanada.

En el mundo anglosajón, Shakespeare es, además de un dramaturgo, una asignatura consistente en leer e interpretar al dramaturgo. Lope de Vega, que no tiene nada que envidiar al inglés, pues además de ser un dramaturgo tan genial o más, era poeta, y muy bueno; pasa desapercibido por el mundo, más que nada porque está olvidado por los españoles. Si Lorca es famoso fuera de España, es porque fue fusilado, porque la izquierda exiliada lo vendió como un mártir, y porque escribió Poeta en NY. Tan bueno o más es Manuel Machado en comparación a Antonio Machado, y se habla mucho del segundo y poco del primero.

España es un país espectacular en pintura. Pero ni siquiera hemos sabido vender a Goya como precursor del impresionismo. Picasso, ha pasado durante décadas por un pintor francés, mientras que aquí lo despreciábamos por no entenderlo. Dalí vendía porque era raro y tenía bigote, Miró es desconocido, y Antonio Tapies, otro genio, tampoco es muy apreciado por los españoles, que prefieren a Kandisnky porque es de fuera, y por supuesto van Goth, que es más chulo que Tiziano o Rivera. Hasta Velázquez lo vendemos mal.

Nuestro país no es inferior culturalmente a las grandes potencias culturales. Lo que es inferior es nuestra política cultural y nuestra inversión económica. Que ni está ni se la espera. Por eso en España hay grandes artistas, grandes escritores, grandes pintores, y grandes músicos. Tengo un libro por casa que escoge los mejores obras de literatura de la historia (escrito por un holandés): por supuesto sólo está el Quijote. Prefiere el Cantar de Roldán al Cantar del Mío Cid y así con casi todo. Se le olvida a Galdós, Blasco Ibáñez, Lope de Vega, Fernando de Rojas, Miguel Delibes y cientos de escritores geniales que no lograron vender fuera de nuestras fronteras. ¿Por qué? Hasta el Premio Nobel lo han inventado en un país pequeño, donde hay 15 galardonados en las letras que son Escandinavos, por 12 Hispanos (de los que 6 son españoles). Esto lo explica todo, claro.

UN PLACER RESERVADO: FERIAS DE LIBROS ANTIGUOS Y DE OCASIÓN.

Una de las cosas más entretenidas del mundo es darse un garbeo por cualquiera de las Ferias del Libro Viejo y de Ocasión que, en estas fechas primaverales, crecen y se reproducen por nuestras ciudades y pueblos como setas otoñales. Da gusto salir al campo de los libros y entretenerse con ellos, aunque solo sea un rato. Es de esos placeres inmensos que pocas veces tenemos el gusto de hacer: hojear y ojear libros, revistas antiguas, carteles, folletos, con sus páginas toqueteadas por algún extinto propietario que se nos antoja, a estas alturas, alguien de otro mundo, de otra época, alguien en el fondo amigo, que por alguna extraña razón tuvo que desprenderse de un bien preciado, de sus libros.

Mientras escudriño el interior de uno de poemas de Rosalía de Castro, descubro agazapado el nombre de su antigua dueña: Dolores Martínez. El nombre es insípido, pero evoca a una persona real. Quizás se trata de alguna vieja lectora, ya fallecida, cuyos libros no inspiran a su nuevo dueño. Es decir, que no caben en los contenedores en los que vivimos, pisos pequeños con la cocina puesta, armarios empotrados y sin alma ni libros. Es cierto que acabamos saturando nuestras casas de cachivaches, y que cuantos más metros cuadrados de piso, más mierda acumulamos en rincones y armarios, pero un libro es algo más que un objeto. Es una ventana a nuestras almas.

Supongo que es lógico que cuando algunos llegan a la edad de heredar, del tío del cura, de la tía monja, de la solterona de toda la vida, del abuelo o de sus años mozos, mucha gente prefiera deshacerse de una fabulosa Enciclopedia Galáctica, que quedarse con ella. Lógico de toda lógica, y más viendo las vidas absurdas que arrastramos.

Pero puede que me equivoque, y que los libros que allí se venden sean residuos de amargados lectores ahora empobrecidos, hastiados de los muchos libros que guardan, y que piensan que cuando ya han leído algunas cosas, se puede uno desprender de ellas sin enjugar una lágrima a cambio. Gente que quiere sacar una rentabilidad económica a lo que acumuló en su casa cuando soñaba con una vida no conseguida. Pero lo dudo, porque los libros se venden al peso, salvo que sean valiosos por su rareza o antigüedad. Poca fortuna económica se saca de un libro, y mucha espiritual.

También observo que muchos de los libros que se enseñorean por los mostradores de las Ferias acaban de ver la luz, pues son, un año tras otro, repetidos títulos y repetidas obras. Son las viejas editoriales que fueron generosas en ejemplares, y tacañas en lectores, y entre estas muchas, hay colecciones que fueron un día carne de quiosco, y hoy parecen gritar desde su hueco de Feria, mírame, hojéame, o cómprame y llévame a casa, como los langostinos de la marca fetén. A veces, son malas ediciones, y otras son auténticas oportunidades de guardar y releer las mejores historias de la literatura.

Me gusta también observar a algunos de estos libreros, especialmente aquellos que son dueños del habitáculo que les han dejado y cuyas edades peinan canas o calvas, que de todo hay. Barbas pobladas, en plan años setenta, y rodeados de libros que parecen recién sacados de partidos políticos extintos tipo Partido Marxista de los Pueblos Republicanos y Anarquistas de España. Te venden a Bakunin, lo mismo que coquetean con San Juan de la Cruz, o la vieja Constitución del 31, con hojas amarillentas que se codean con las viejas cartillas Palao, que reposan junto a los geniales tomos de la Editorial Álvarez. Da igual, porque todo es viejo y vetusto, y afable para los que tenemos pesadillas con una feria del libro electrónico y viejo. Donde lo único que se puede hacer es cacharrear con un ratón.

Aquí en Valladolid, muy cerca de la Feria del Libro, vivieron varios vecinos míos ilustres escritores que nos dejaron hermosas páginas escritas con amor y aplomo. Imagino a Cervantes, con 400 años de entierro a cuestas, paseándose por la Feria, remirando su Quijote, editado en piel, acuarela y plumilla, todavía vivo y con cientos de estanterías dedicadas a su obra. Se volvería a sus dos acompañantes, antes de proferir Don Quijote una refrán tomado de Sancho sobre el buen gusto de las gentes de Pucela. Atrás quedaron los Amadís de Gaula, que ya no venden. Pero el Quijote, siempre está ahí.

O el bueno de José Zorrilla que todavía vende su Juan Tenorio a 10€, o 5€ o 3, o 2. Da igual el precio. Siguen siendo obras de incalculable valor que nadie podrá pagar suficientemente a sus escritores. O Delibes, que paseaba por el Campo Grande en los últimos años de vida fecunda, paseo contiguo al lugar donde hoy presumen sus libros de ser perennes. O Umbral, que tras espaciarse con un par de ninfas por las tiendas de los alrededores, se entretiene excavando sus libros, sus buenos libros, de entre la turba fecunda del mostrador. Yo es que he venido a ver si siguen estando mis libros.

Es la Feria que más me gusta, donde los libros no tienen una fecha de caducidad de tres meses (lo que distribuye una editorial), porque Homero se sigue vendiendo, tanto o más que la última fantasmada de moda, donde los precios son variados y accesibles, donde todo se recicla. Desde la tradición hasta la cultura sobre la que nos hemos edificado.

Siento no haberme comprado los tres tomos preciosos en piel, papel biblia, edición de Aguilar de Las Mil y Una Noches por el precio de dos partidos de fútbol de primera división. Pero es que me gusta cazar los libros como las perdices. Las rodeo, y cuando se confían doy el asalto final: póngame estos, por favor.

 

 

 

El triunfo del PAPANATISMO.

Yo creo que es una constante sociológica, que el ÉXITO atrae al ÉXITO. Sucede en todos los ámbitos de la vida, desde la política hasta el fútbol, desde los restaurantes hasta las lecturas de cabecera. Si algo triunfa, será como un imán. Aparecerán de inmediato gentes dispuestas a arrimarse al caballo ganador para saborear las mieles del triunfo. Esto hace que el éxito sea todavía mayor, y que engorde el triunfador de turno con más éxito todavía. Esto lo saben tanto los publicistas como los asesores políticos. Es verdad que presumir del éxito ajeno es un tanto ridículo, pero a cambio, nos permite disfrutar y humillar el que se ha apuntado al fracaso. Se llama papanatismo, y el responsable es la neurona espejo. Y es que así somos.

No me estoy inventando nada nuevo, pues esto es algo que sucede desde que el hombre es hombre. De hecho, yo creo que sería más interesante analizar algunos hechos históricos desde el papanatismo humano que desde las consignas marxistas de la lucha de clases. En realidad la historia no es una síntesis dialéctica provocada por el enfrentamiento entre opresores y oprimidos. ¿Ricos contra pobres, buenos contra malos? Ya no se lo cree ni Magoo haciendo de stripper en Femen. Para mi que la historia es una dialéctica entre triunfadores y fracasados; entre papanatas y auténticos. Entre la gente que se apunta al triunfo, y los que se empeñan en ser originales y auténticos, los cuales terminan convenciendo a sus parientes más cercanos de que tenían razón, al cabo de cincuenta años, claro. ¿A qué tenía razón? Sí, abuelo, sí. Genio y figura el cabroncete del abuelo, dicen cuando le dejan en la residencia los domingos.

En España, sin ir más lejos, tenemos una gloriosa historia de papanatas voceras amigos del pensamiento hervíboro. Hoy echo a la puta de la reina (Isabel II), y mañana grito “Viva el Rey” (Alfonso XII). Como un poseso y en manifa por si acaso. Esto, que no obedece a ninguna lógica – ya se lo dijo Russell a los marxistas estalinistas hace mucho, que la dialéctica hegeliana es una estafa –  es sin embargo fácilmente observable en cualquier tiempo histórico.

La antigüedad no fue mucho mejor. Julio César fue aclamado por Roma cuando tenía éxito y entró con sus legiones tras cruzar el famoso Rubicón y pronunciar el alea iacta est. Pero después de ser asesinado, la gente se cambió de chaqueta, o de toga, según se viera, y se convirtieron en apestados sus antiguos defensores. El pobre Marco Antonio, que fue incondicional suyo, quedó como Cagancho en Almagro cuando cambiaron las tornas. Hasta se fue a Egipto con Cleopatra, a ver si se le pegaba algo de las antiguas glorias cepillándose a la antigua amante de su jefe y amigo Cayo. Un error, porque con Augusto todos eran de Augusto de toda la vida. Es lo normal. Nos apuntamos al Real Madrid para ganar, y para que no nos partan la jeta, pero ahora los capullos del Barça están chuleándonos. Al menos Marco Antonio murió con el estandarte romano bien levantado a orillas del Nilo. Es lo que le queda. Y la gloria del genial monólogo de Shakespeare, que se me olvidaba.

En libros y literatura pasa otro tanto. Si empieza a triunfar 50 sombras de Grey, pues todo el mundo se apunta a leerlo. Total, antes hicieron lo mismo con el Código Da Vinci de Brown. Luego vendrá otra generación que lo vilipendiará, lo barrerá con su nueva basura, sus Juegos de Tronos o la mierda que sea, y ahí andará el chulito de turno presumiendo de que lo que él lee es estupendo y único. De cosa en cosa, de éxito en éxito, de Potter en Pota, o de Agatha Christie en Federico Moccia. Y es que la regla es brutal y repetitiva: nadie se hace colega del fracaso, aunque sea mejor, tenga más calidad, o sea, curiosamente idéntico. Por eso luego llega un tipo llamado Patrick Modiano (premio Nobel 2015), que escribe como los ángeles, cuyo primer eco que produce en nuestra patria es: ¿quién es ese tío que no me suena? Y eso tan lamentable sucede entre la gente que está atenta a la literatura y a los libros, porque los fans de GH se mantienen en su salsa de langostinos con tanga, sin coscarse de que hay librerías en el planeta tierra.

Ser del que tiene éxito tiene sus ventajas. Estás en la pomada, eres ganador, triunfan los tuyos y sobre todo… no eres perseguido y no te dan de hostias, cosa importante cuando el ambiente político se pone chungo. Y es que el Papanatismo en la política es cuanto menos peligroso. Por ejemplo, durante la Revolución Francesa, hubo unos añitos que si no eras de los jacobinos podías acabar aguillotinado, lo mismo con los que no eran estalinistas, que terminaban en el gulag perdiendo dedos congelados. Y es que ser de la oposición política, cuando no se lleva es, más que un error, una desventaja importante para la salud física y psíquica. Porque te persiguen, y si pueden te matan. Y es porque los triunfadores suelen pecar de soberbios e intolerantes; y si les dejas de cabrones. Se les sube a la cabeza, y no quieren competencias. Hace años todos éramos demócratas y aclamábamos la transición, en cambio ahora hay que defender que hay que cambiar la Constitución. Ni se te ocurra defenderla.

Los que marcan las tendencias culturales también saben ésto. Ahora por ejemplo se lleva ser alternativo y progre de ciudad. Cuando yo era peque los tíos que se tatuaban eran cargadores del puerto o proscritos recién salidos de la cárcel. Luego empezaron las tías de hollywood a tatuarse con solecitos y bobaditas, y al final todo el mundo se apunta al tatoo, al piercing y al rollito de decorarnos el body. Es que es guay ser guay. Lo de las rastas, el buen rollismo, comer lentejas sin chorizo y acelgas con avena, vestir como con restos y enseñar medio culo porque se cae el pantalón, es lo fetén. Pero cuando todo el mundo sea alternativo con esta estética alternativa – que ya casi lo es – pues ser alternativo será vulgar, como del montón, y dejará de molar. Y surgirá otra moda que atraerá al papanatas tanto como el éxito.

En realidad lo más alternativo que hay hoy día es tener cuatro hijos, piso propio no heredado, trabajar en un banco, leer a Góngora y no tener móvil. Pero eso no creo que triunfe, entre otras cosas porque se necesita un cargamento de neuronas espejo para lograrlo, y están todas ocupadas “tuiteando” por la red, y colgando chorraditas. Por dar ideas que no quede.

El próximo Ministro de Educación…

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¿Dónde está el problema de la educación? Realmente, y desde el punto de vista de la antropología no está en ningún lado. La educación está a la altura de la cultura de la sociedad, de los valores que tiene, y de sus objetivos a corto y medio plazo. Se trasmite lo que se tiene, y a nuestra sociedad no le gusta su pasado, ni sus tradiciones, ni nada que suene a historia ni a conocimiento sesudo. Es la posmodernidad, que tan bien han entendido nuestras autoridades educativas. Don´t worry be happy.

Una autoridad educativa es un político que en su vida ha pisado un aula, más que cuando era alumno, y no se enteraba de nada. Luego están las pequeñas autoridades educativas, los agentes serviles y funcionariales de la cosa nostra, que son los que deciden las pequeñas cosas cotidianas de los centros educativos. Sus grandes intereses giran en torno a que se entreguen los papeles de turno (por algo son burócratas amantes de la burocracia), y por supuesto que no haya problemas, y si los hay que se solventen lo mejor posible. O sea, que se haga como que no hay problemas, y para eso siempre hay que dar la razón a los padres, y quitárselas a los verdaderamente educadores: los profesores y maestros. En esto se resume la educación y sus problemas: cuanto menos se haga mejor, y si se hace que sea tan engorroso que no se quiera hacer nada. ¿Excursiones? A ver si va a pasar algo, no gracias. ¿Ampliamos materia y que sepan más cosas? Quita, quita, que se quejan los padres.

Hay que decir que la educación funciona gracias a que unas personas dedican, a cambio del peor sueldo de su categoría en el grupo A o B, a la ingrata tarea de decirle a un chico en clase que saque el cuaderno, que copie lo que se dicta, que no coma chicle, que no hable con sus compañeros, que guarde el móvil y que atienda algo. A cambio tiene que escuchar que el cuaderno se me ha olvidado, que no tengo boli, que no tengo nada en la boca, que yo no estaba hablando, y que por favor por favor no que quite el móvil porque mi padre me mata. Ah, y que si no atiendo es porque eso es muy aburrido.

Estas personas tienen además que intentar trasmitirles algo de la cultura en la que viven y eso es una tarea muy ardua porque la cultura en la que vivimos está en una profunda crisis y no se sabe ni siquiera qué hay que trasmitir. En el futuro las asignaturas fetén de la escuelas serán educación sexual, manejo del móvil, juegos educativos, hacerse un bocata de tortilla para sobrevivir, los problemas de las drogas y el ocio del finde. Y seguro que suspenderán por no llevar el cuaderno, ni los bolis, ni atenderán en clase.

Hay que decir que los profesores en general saben como hacerlo bien, son buenos profesionales que tienen muchos conocimientos y manejan muchas herramientas educativas y pedagógicas para lograr algo, a veces mucho y otras menos. Pero siempre algo. También es verdad que las generaciones más jóvenes de profesores han adquirido, y es discutible, menos bagaje cultural, su acervo es más limitado, por lo que trasmitirán menos contenidos clásicos. Pero como la escuela y la sociedad está pidiendo más samba y menos curro, pues da igual. Un profesor que hace cursillos es mejor que uno que tiene un doctorado, verbigracia.

Lo que no cabe duda es que el mismo profesor logra que un alumno saque matrícula en selectividad, y que otro alumno deje todos los exámenes en blanco. Los profesores solemos decir que un alumno bueno no necesita profesor, y es verdad en parte, pero un alumno malo tampoco, sobre todo cuando no quiere ser educado y se empeña en no hacer nada, para castigo de sus padres, cuando están concienciados de lo que tienen en casa.

Las autoridades educativas no quieren ningún problema, y como el informe Pisa les saca los colores, pues tratan por todos los medios de reducir el fracaso escolar. ¿Cómo hacerlo? Aprobando a más gente y ya está. Por eso exigen informes cuando suspendemos mucho, pero no cuando aprobamos mucho, porque se supone que lo que hay que hacer es aprobar a los alumnos, no enseñarles algo. Los contenidos son secundarios, pero las formas, ¡ay las benditas formas! Tan castas como los odiados papeles. No conozco a ningún profesor que le guste rellenar papeles, y muchos que les encanta enseñar cosas; justo lo contrario que lo que las autoridades educativas quieren: papeles y más papeles. Papeles para todos, parecen querer decir. ¡Cómo si los problemas educativos se arreglaran haciendo informes!

El problema es que en nuestro país nunca, pero nunca, nunca, se ha escuchado al profesorado. Las autoridades educativas no quieren conocer la opinión del docente, más que cuando hay muchas bajas por depresión, que entonces dicen que hay que hacer algo. Pero la verdad es que les importamos un bledo. Nos han convertido en dianas de un sistema que cambian a su antojo, más lengua y menos plástica, o más matemáticas y menos religión, quitamos la selectividad y ponemos la reválida, cambiamos el nombre a los recreos y les llamamos segmentos de ocio, y majaderías por el estilo. Las leyes educativas, no es que sean farragosas, es que son caóticas. Ni la inspección sabe aplicarlas, y cada uno las interpreta como le apetece. El caos es impresionante, pero bueno. Mientras no haya problemas. Que parezca que hacemos algo, dicen los sabios que manejan la educación en este país, que es cualquier tarado que pasaba por allí con una ocurrencia. ¿Se imagina un profesor ministro de educación en España? Yo no, y mira que tengo imaginación para escribir libros.

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