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RESTAURANTES DE CAMIONEROS.

Es vox populi que cuando uno va de viaje, y ve un restaurante con camiones aparcados por los alrededores, es señal de que se come bien. No suelo parar a comer cuando voy de viaje, entre otras cosas porque no viajo tanto, y porque me gusta viajar más por la tarde, con lo cual ya salgo comido y sesteado; o por la mañana, para llegar a comer, que se dice.

Sin embargo, hoy ha habido una excepción, y nos hemos detenido para comer pronto, a eso de la una y media. El restaurante lo conocíamos de sobra, pues solemos hacer media hora en él para tomar un refresco de media tarde con un plato de jamón, o un bocata de magro a la brasa, pues el sitio ofrece carne a la brasa y demás placeres que no voy a contar para no aburrir.

El restaurante está algo alejado de la autovía, y nunca tuvo gasolinera. Cuando era carretera nacional, media España paraba allí, pero desde que hicieron la autovía, al no estar señalizado con luminosos, pues no es tan conocido, salvo para los que lo recordamos de sus mejores tiempos. Y por supuesto, es conocido por muchos camioneros que hacen esa ruta, los peregrinos de la ruta de la plata, y algún avezado más en comer bueno y barato. La vieja historia de los lugares que pierden clientela por culpa de una autovía.

La otra vez que paramos nos contó el dueño que habían ganado clientela durante la pandemia, pues fue uno de esos sitios donde los camioneros nocturnos encontraban un termo con café caliente, bocadillos para llevar, y un abrazo de amigos, en aquellos días en los que todo estaba cerrado, y no había forma de poderse duchar, comer o dormir en ningún sitio. Muchos pararon allí, y han decidido seguir yendo.

Escuchaba el otro día, con lo de la huelga de transportistas, a un camionero que decía que habían pasado de ser héroes a villanos, y que en esta patria nuestra, se olvida el esfuerzo y el sacrificio bastante más deprisa que lo que se agota la paciencia de la gente. No puedo sino dar la razón al que lo dijo, al que ya no pongo cara, sino en la cara de los que he visto hoy en el restaurante.

El caso es que hemos llegado y nos hemos sentado en una de las esquinas de la sala, quizás un lugar fantástico para observar y comer tranquilo. ¿Podía haber unas veinte personas? Según pasaban los minutos, unas mesas se vaciaban y otras se llenaban. Pero siempre de uno en uno. Aves de paso. Ora miraban el móvil, ora la tele. Todo tranquilo.

Los camareros —negocio familiar— iban y venían sin platicar demasiado. Saludaban a los clientes, muchos eran conocidos, y otros lo eran de vista. No importaba. Todos quieren comer bien, y quedar a gusto. Agradables sin ser molestos, de eso se trata. El menú de 12 euros tiene todo lo que un menú debe tener: variedad y calidad. Se sirve rápido y se cocina rico, a la brasa y sabroso. La gente lo agradece, y la tele no está demasiado alta. Comían y se iban, llegaban y pedían. Lo de siempre… ponme el magro a la brasa… una ensalada…

Me ha llamado la atención el ir y venir de los camioneros. Todo hombres, todo varones, y todos solos. Ni una sola mujer en el oficio. Alguno que entraba saludaba a los demás, y en un caso, un hombre mayor se ha acercado a una mesa para intercambiar una sonrisa con alguien que debía conocer de otro momento. Un saludo rápido y agradable, una pregunta básica por la mujer y los hijos, pues hay que comer y hay que despacharse. La respuesta es la lógica, rodeada de melancolía y dureza. En casa están y me esperan. Esta noche, mañana, al otro… los veo.

Muchos harán noche en el camión, otros unos kilómetros más. Hay que cumplimentar con las cinco horas, los tiempos de descanso y demás obligaciones que tiene la profesión. Una profesión de solitarios.

No hay nadie que quiera seguir con este oficio, le dice el más entrado en años. Por que es muy duro. Tampoco pueden hacer frente a los costes que tiene el gasóleo si uno es dueño del camión, y eso se nota en el bolsillo.

Por supuesto, por allí no estaba la Ministra de Igualdad, reclamando igualdad para sus protegidas. Y es lógico, pues el feminismo contemporáneo no quiere igualdad, sino privilegios para alcanzar el poder —empoderarse—. El trabajo de estos pobres diablos, que tienen que alimentar una familia, no entiende de poder, sino de sacrificios y de soledad. El techo de cristal es tan real como el suelo de cristal, donde los peores trabajos son para los varones.

Al salir he visto sus camiones. Grandes, variados y gigantescos. Son parte de su vida y de su casa. Demasiada casa, para tan poca familia a su alrededor. Demasiada soledad para una sola vida. Vaya con ellos mi aplauso.