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Abortista y abortera.

A Naciones Unidas y a Amnistía Internacional hay que darles una medalla por defensores ideológicos del crimen organizado. Me refiero al asunto del aborto y a su empeño porque lograr que el aborto sea deporte olímpico en todos los países del mundo. Apuestan sin rubor por extender, proteger y defender la cultura de muerte en casi todas sus facetas, donde la única alternativa ética que son capaces de ofrecer es la muerte a discrección, y la palmadita en la espalda (o la patada en el culo, según se vea) a la mujer que ha abortado. Los problemas de conciencia no los pueden resolver, porque son asunto privado; pero que aborte una niña de 10 años  en Paraguay lo convierten en un asunto de interés internacional.

Por cierto, y solo por dar el dato, en España el año pasado abortaron unas cuantas niñas de 10 años (8 creo que decían las estadísticas), sin que a la ONU le importara un pimiento. Pero es que lograr que la ley cambie en Paraguay para que se aborte más y en mejores condiciones es un objetivo de los criminales que manejan este cotarro llamado NU. Sin acritud, chicos.

No es mi deseo entrar en valoraciones sobre la ONU, y en quiénes manejan sus dictámenes sobre asuntos éticos sobre el aborto o la bioética. Estoy seguro de que habría mucho que hablar sobre quien maneja el mundo. Lo que me interesa es hacer una reflexión sobre la moral y el aborto, cosa que requiere fineza y altura en la mirada y en el pensamiento. Veremos si lo conseguimos.

Desde el punto de vista ético, abortar es un mal moral. Siempre es un mal moral, y nadie hace el bien abortando. De ahí que se construyan gran cantidad de argumentos para justificar una acción inmoral, como es la muerte de un ser humano vivo. Otra cosa será si el mal moral puede minimizarse (que se aborte lo menos posible en una sociedad), penalizarse (perseguir jurídicamente a los criminales que dañan el bien jurídico de la vida intrauterina), o banalizarse (es como quitarse una muela dijo una feminazi). Esos son otros debates no menos importantes, porque deciden cómo y qué valores jurídicos, éticos y sociales deben regir y orientar una sociedad o colectividad como la nuestra. De momento parece que la sociedad está encantada con abortar, porque cada vez se aborta más en España y en el mundo. Seguro que es gracias a la atmósfera cultural creada en nuestro pais, donde tener un hijo se parece cada vez más a comprarse una bicicleta, y abortar a devolver la bici porque ha habido un error en la cuenta del banco.

No nos engañemos, abortar es siempre un mal moral, entre otras cosas porque siempre es posible hacer una opción mejor: no abortar, y permitir el paso a una vida que quiere vivir porque está viva.

Abortar es una acción, no nos engañemos, aparentemente sencilla. Vas a tanatorio clínico, u abortorio, y fumigan al bicho hasta matarlo y sacarlo de la panza. Ni lo ves. En un ratico está la abortera (señora que aborta) en su casa limándose las uñas de los pies, o de tienduquis para superar el disgustillo que me dio la prueba de la rana. Abortar es aparentemente más fácil (nadie te pregunta qué sientes), pero no es lo mejor para la mujer que aborta (nadie habla de las lágrimas posteriores, ni del vacío que deja de por vida), y mucho menos para el futuro hijo.

En cambio, no abortar requiere cierto heroísmo y mucha fuerza interior; máxime en la sociedad en la que vivimos, nos movemos y existimos. No abortar supone que se continuará con la gestación y el embarazo. Luego puede estar la opción de darlo en adopción (desprendimiento heroico que requiere mucha generosidad y supone dolor al instinto maternal), o criarlo y seguir para adelante, lo cual supone a veces más heroísmo todavía. Mucha gente va a criticar, y no demasiada va a ayudar, o incluso ninguna estará a tu lado. En esto la familia suele ser un lastre, porque todo el mundo opina; y porque no se cortan en decir que qué locura, qué dónde va esta criatura con un bebé (si tiene toda la vida para cagarla, perdón para disfrutar…), que si el pobrecito fetito va a nacer enfermo down, mejor mandarlo cuanto antes a la tumba. Lo dicho, unas heroínas.

No conozco a ninguna mujer que se arrepienta de haber tenido a su hijo cuando lo toma en brazos por primera vez, y le quiere dar de mamar, y lo mira y lo baña, y se sonríe cuando el bebé ríe. Incluso pocas personas se arrepienten de haber tenido un hijo-sinvergüenza, porque la culpabilidad camina sobre qué he hecho yo para educarlo así, en qué me equivoqué; no en sí debía tenerlo o no. Porque cuando uno tiene un hijo no sabes si va a ser un psicópata, o un Beethoven, o un médico salvador de vidas humanas, o el frutero de la esquina. Todo el mundo parece entender que un bebé, es simplemente una posibilidad, un proyecto humano abierto y lleno de esperanza. También un feto es un proyecto humano abierto, y un embrión lo mismo. Proyectos, futuro, esperanzas, personas…

En cambio sí hay muchas mujeres que no superan fácilmente haber abortado. Incluso muchas dan testimonio de arrepentimiento verdadero y muy doloroso, de odio a los que la empujaron a matar a su hijo, posicionándose en contra del aborto. Es una herida que hay que sanar, escuché el otro día a un chica que lo contaba por la radio (Radio María, claro, no va a ser en la SER).

Una sociedad madura y seria consigo mismo, no puede permitir que el mal moral (y el aborto lo es) crezca exponencialmente sin que nadie haga nada por evitarlo. No es una cuestión de cárceles, ni de persecuciones policiales, sino de cultura ética, de formación moral básica, de entender que hay que escoger la opción moral más buena (si quieren la menos mala), y apostar por la vida, aunque sea más difícil y sacrificado que apostar por la muerte. Por desgracia en nuestra cultura del placer (eros y thanatos siempre van unidos) hablar de sacrificio y dificultad para algunos es como mentar la cuerda en casa del ahorcado, y nunca mejor dicho. Comodidad y crimen van de la mano en el psicópata, y en una sociedad psicopática como la nuestra, la frialdad y la violencia corroe la entraña misma del ser humano que cae en sus garras intelectuales y morales.

El imperativo categórico kantiano afirmaba que los hombres son fines en si mismos, y no medios. Ante la duda de si un embrión es vida humana o no (y la duda no se resuelve racionalmente, porque es irresoluble en sí misma) debería primar la defensa y protección de la vida, por si acaso, porque el mal moral de matar es particularmente grave. ¿Reprocharíamos a alguien que fumiga un campo de lechugas sabiendo que puede matar a los vecinos que viven junto al sembrado? Ante la duda de si hay vida, el respeto es la única posición moral adecuada que garantiza el bien. ¿Lo hacemos con los embriones humanos que tratamos a veces como si fueran ratas de laboratorio?

De ahí, y no quiero extenderme más, que la única legislación adecuada para este asunto del aborto sea aquella que minimiza y reduce el número de abortos de una colectividad a un mínimo. La que logra que el mal moral sea cada vez más infrecuente y extraordinario. Por supuesto que esto no debe ir contra la salud de la mujer, pero no se puede entender que la salud, o la libertad desquiciada nuestra (yo con mi cuerpo hago lo que quiero dicen las abortistas, que no las aborteras) esté por delante de una vida y de un proyecto de futuro. Sí a la Vida y al amor responsable, debería enseñarse en la escuela desde pequeños, y no tanto repartir preservativos sin sentido.

¿Qué qué te aconsejo, tú que estás en trance de abortar? NO LO HAGAS, NO ABORTES. Seguro que no te arrepentirás de dar vida al que ya está viviendo dentro de tí. ¡Ya verás cuando te sonría por primera vez…!

Gracias.