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Reflexión sobre la eutanasia.

De nuevo aparece por la puerta de atrás un debate que no es tal. Yo creo que casi todo lo relativo a este asunto se ha decidido ya (lo han decidido los de siempre), y se va a vender como modernidad, progreso y futuro para luego colarnos los “hechos consumados” de turno. Así que no nos queda más narices que aceptar la muerte buena para los que no se saben morir como Dios manda. O mejor sería decir que no se saben morir sin molestar. Vamos a pensar qué es esto.

Eutanasia es matar a alguien con permiso de los jueces, o de la administración si acaso. Ni más ni menos. Cuando el que lo pide es el muerto hablamos de suicidio asistido; y cuando lo pide la familia es eutanasia, que en griego significa “buena muerte”, y no es un eufemismo ni una ironía. La eutanasia no tiene que ver con los cuidados paliativos (ayudar a que no sufra el enfermo), sino con acelerar la muerte, para que llegue antes y se sufra menos (argumentan).

Realmente, si se quiere sufrir menos todavía, se podría matar a la gente con treinta años, que es cuando vienen las crisis de madurez, y así nos ahorramos tener responsabilidades y pasarlo mal. Relanzaríamos “Un mundo feliz”, la novela de Huxley. Pero no doy ideas, que seguro que alguno me copia la maldad creyendo que es ingenio.

No descubro nada nuevo si afirmo que el problema de la eutanasia es un problema práctico y más frecuente de lo que parece pues tarde o temprano uno se enfrenta a la muerte, a la enfermedad terminal de sus familiares más cercanos, o a la enfermedad de uno mismo. Por eso, a diferencia de otras cuestiones de bioética, la eutanasia y su problemática está mucho más presente en la vida cotidiana. Es frecuente que ante un caso mediático de un tetrapléjico que desea que lo maten surjan cientos de personas con el mismo problema que se indignan porque se diga que sus vidas tetrapléjicas son menos dignas. Los paraolímpicos nos dan ejemplo de que se puede luchar y se puede superar el mal y el sufrimiento. No obstante, hay algo que ya se observa con facilidad, y es que ante el dolor, la enfermedad y la muerte, no todo el mundo reacciona igual, ni lo vive del mismo modo.

En algunos casos que vemos por televisión (siempre extremos para convencernos de lo ya decidido por los gobiernos) parece que lo solicita un familiar o el enfermo que está hasta los huevos de sufrir y que no quiere vivir. El desenlace estará en si el juez de turno le dice que sí o que no. Pero no suelen hablar de muchas otras realidades que quedan ocultas y que se suceden a nuestro alrededor.

En los países donde hay eutanasia, que son Holanda y pocos más, siempre se dice que sí a la solicitud de matar, y punto. Al final se ahorran papeles y me cuentan que los ancianos holandeses ingresan en los hospitales van acojonados; porque si pierden la consciencia, la familia puede pedir la eutanasia y ale. Pues que se reparten el bacalao, apartamento de Mallorca incluido. Así me lo han contado varias personas que lo han comprobado en sus carnes, no me lo invento. La eutanasia asusta cuando hay mucha gente deseando que nos muramos, y no solo hablo de los familiares malvados, sino también del Estado que se ahorraría una pasta en pensiones. Ok, intentaré no dar más ideas de este tipo, pero es que las veo crecer como hongos.

Es curioso el problema en estos países, porque al final se toma la decisión de matarlo entre varios y así parece que nadie lo ha decidido. Pero cuando llega el momento del homicidio, nadie quiere empujar la jeringuilla. ¿Quién soy yo para decidir a una hora y un día? ¿Y si lo dejamos para mañana por si acaso? Estas preguntas son reales, se las hace la gente cuando puede matar a alguien legalmente y tiene cierta conciencia moral en algún rincón del cerebro. Pues eso.

En este mundo se mata a mucha gente, legal e ilegalmente, pero la eutanasia es un tipo de muerte que se hace bajo un primer argumento filosófico y ético muy recurrente: evitar el sufrimiento. El problema es medir el grado de sufrimiento en cada uno, y también es un lío concretar si el sufrimiento es de la familia, del enfermo o de los dos. También es un problema si el sufrimiento es físico o psíquico, que esa es otra. Así que tenemos un buen jaleo. Las personas no soportan el sufrimiento de la misma forma, y lo que para unos es un dolor terrible, otros dicen tratarse de una molestia. El umbral del dolor y del sufrimiento no es el mismo.

Tampoco hay que olvidar que la incapacidad para asimilar el sufrimiento en nuestra sociedad hedonista es uno de los sentimientos que se utilizan para convencer de la bondad de la muerte controlada. Nos molesta el sufrimiento, molesta cuando es en nosotros, y nos genera estrés cuando lo vemos en los demás, pues no somos psicópatas y sufrimos con el que vemos sufrir. Para evitar un sufrimiento gratuito, se afirma que es mejor “morir y acabar con el dolor cuanto antes”. Vale, ¿lo vas a matar tú? Si lo hacemos entre todos parece que no lo ha hecho nadie, y eso es lo que está sucediendo en los países donde está aprobada al eutanasia. Así, aunque matamos a alguien, nadie sufre por sentirse culpable por haberlo matado. Es el hedonismo elevado al cubo, que a mi, que quieren que les diga, me suena a Alemania Nazi.

Lógicamente, una sociedad hedonista no considera que el sufrimiento puede tener algún tipo de valor, de sentido, de razón de ser. No se lo da, ni comprende que lo pueda tener. Simplemente se oponen a él porque impide lo más importante del mundo que es el placer, el disfrute y la alegría de consumir y de estar bien. La sociedad del bienestar necesita estar bien, y el sufrimiento es una molestia excesiva. Pero sufrir es una experiencia muy humana, incluso podríamos decir que por el sufrimiento maduramos en la vida. Los golpes nos ayudan a hacernos persona, a valorar lo que se tiene. Es verdad que desear el bien al otro implica desear que no sufra, esto es cierto. Por eso los cuidados paliativos sin imprescindibles para mejorar la atención al paciente, al enfermo y a la familia. Por eso no hay que prolongar la vida artificialmente más allá de lo razonable, en encarnizamiento terapéutico tampoco es válido.

Aceptar la muerte de manera natural, cuando llegue es lo mejor para el moribundo y para los que lo contemplamos. Es aceptar que Dios se ocupa de los hombres y de su dolor; y es no intentar ponerse en su lugar.

¿Por qué nos tratan como niños? La infantilización de la sociedad.

Es así. Cada vez nos tratan más como si fuéramos adolescentes descerebrados, como si no tuviéramos nada en la sesera, y eso es algo que a mi me cabrea. Que los poderes públicos traten a sus ciudadanos como gilipollas es algo que no termino de entender, que viene como asumido por decreto, cuando ellos mismos son los que alientan la estupidez social y el infantilismo en todas las capas de la sociedad. ¿Tanto hemos retrocedido desde Kant? Yo creo que sí, o si no juzguen por ustedes mismos.

Ya lo dijo Kant, la Autonomía moral es aquella conducta ética en la que ante el dilema ético la persona adulta razona y decide el comportamiento que desea hacer. Asume desde su posición moral, valores, y opciones maduras sin esconderse, sin zafarse. Es la persona íntegra que se comporta moralmente desde los valores en los que cree y ha asimilado. Es el hombre libre que no esconde su comportamiento porque lo ha pensado y decidido así, y su obrar es coherente. Esto ya lo contó Kant. Lo contrario sería la heteronomía moral. La heteronomía es la conducta ética no razonada, y simplemente guiada por el instinto o por alguien externo. Se comporta uno según vayan a ser las sanciones, el reproche social, o la bronca de papi. Evidentemente es el comportamiento de las personas inmaduras, de los adolescentes (hasta que crezcan) y del que actúa sin pensar guiándose de la circunstancia del hecho, la del que dirán y que no me pillen; es buena para los niños porque les orienta mientras son niños y no saben distinguir el bien del mal, pero es ridícula en una persona hecha y derecha. La heteronomía nos devuelve a una especie de patio de colegio donde tenemos miedo de lo que nos diga el profe (el poli o la vecina). Pues eso.

Me llega el otro día la “Guía práctica del aficionado”, una especie de Manual de bienvenida 2016/2017 que ha editado la Liga de Futbol Profesional, porque como voy al fútbol, pues eso. Me regala una piba mona (la contratada de repartir supongo) un folleto que no tiene desperdicio, en cuanto a maltrato humano, claro, porque en cuento empiezo a leer me siento como si fuera un chiquillo haciendo trastadas. Me lo explican todo como si fuera un tontorrón, como que tuviera que purgar el pecado de ir al campo de fútbol y entonces me proponen una especie de examen de conciencia, por si tuviera mi conciencia sucia. ¿Serán gilipollas?

Moralina en estado puro en forma de preguntas y se las copio porque son ridículas sin vaselina ni nada: “¿Crees que lo que dices o haces en un estadio es buena influencia para los niños? ¿Te comportas en tu salón como en un campo de fútbol? ¿Has hecho comentarios ofensivos hacia un jugador por su raza o color de piel? ¿Has insultado al árbitro durante un partido?

¿Serán cretinos? Por supuesto que no, he sido asertivo y le he dicho que tiene que estudiar más el reglamento, graduarse la vista y regresar al lupanar de su casa antes de seguir errando en sus extrañas decisiones. Faltaría más que ahora fuéramos al campo sin educación. No te giba.

En lugar de esas preguntas tan ridículas propias de un confesionario deberían hacer otras más profundas: ¿Aporta algo el fútbol a su aburrida vida? ¿Se merecen sus hijos un padre como usted? ¿Hay algo en su vida por lo que valga la pena vivir? ¿Cree que si hubiera nacido en África sería distinta su visión del mundo? ¿En qué? ¿Cree que deberían sustituirse las decisiones arbitrales injustas por otras tomadas por el público adulto que asiste al campo?

Ven la diferencia. Yo uso el usted, los de la LFP nos tutean porque se creen que somos unos mierdecillas sin categoría. Son preguntas profundas para adultos que piensan, no como lo otro, que es para quinceañeros que se pajean.

Esto no es algo exclusivo del fútbol. Los de la LFP simplemente siguen la estrategia universal de anular al hombre contemporáneo en su racionalidad, porque cuanto más niño y adolescente con rabietas, mejor nos van a engañar y manipular. ¿Cómo explicarlo? En lugar de amenazar con la multa de tráfico a los adultos, podrían alentar a la responsabilidad y a la solidaridad contraria al egoísmo consumista en el que nos sepultan. Pero no, ellos mismos nos ponen el radar y nos venden el antirradar para luego prohibirlo y sustituirlo por algo que solo avise. Niño no seas malo. ¿No es mejor educar en la infancia para que cuando seamos adultos no necesitemos que nos traten como niños? ¿Por qué tienen que poner multas a los adultos que saben lo que hacen? Nos han quitado una ética basada en la razón, el respeto y los valores que alentaba el cristianismo, y después de arrojar a la gente a un mundo donde no hay Dios ni sentido, tienen que recomponer el chiringuito con consejos para imbéciles mentales. Y quieren hasta que nos confesemos, como si la moral que ellos propugnan (que cada uno haga lo que le apetezca) nos llevara a la perfección. Para ellos la perfección es el ordenador, que hace lo que le dicen; o un perro, que mueve la colita cuando le tiran un hueso. No hacen creer que hacemos lo que nos gusta, pero han educado el gusto de la sociedad desde hace años para que ladremos cuando ellos quieren.

Si nos tratan como críos, es porque nuestra sociedad se ha infantilizado. Nos han infantilizado. Ahora uno es adolescente desde los 10 años hasta los 70. Nos venden y nos cuentan que tenemos que ser jóvenes y dinámicos hasta que (palabra tabú) nos muramos, y que disfrutemos mucho de la vida, que la quememos guay y bien, consumiendo mucho, chingando con cremitas y haciendo cantidad de capulladas para que no se note que somos adultos. Y nos dan consejitos: no comas grasas, no fumes, no grites al árbitro, no vayas a más de cincuenta, usa gomita en tus relaciones promiscuas y habla sin cabrearte. Depílate en verano, duerme ocho horas, recicla tu basura gratis, ojo con los tatuajes, no comas carnes rojas, come hamburguesas cuando te apetezca, acude a algunas exposición de arte contemporáneo con tus hijos, y no te dejes llevar por la tristeza del otoño, y al menor síntoma, acude al médico por depresión.

¿Depresión? ¿Y para qué cojones ponéis fútbol en la tele a todas horas? Pues eso.

Abortista y abortera.

A Naciones Unidas y a Amnistía Internacional hay que darles una medalla por defensores ideológicos del crimen organizado. Me refiero al asunto del aborto y a su empeño porque lograr que el aborto sea deporte olímpico en todos los países del mundo. Apuestan sin rubor por extender, proteger y defender la cultura de muerte en casi todas sus facetas, donde la única alternativa ética que son capaces de ofrecer es la muerte a discrección, y la palmadita en la espalda (o la patada en el culo, según se vea) a la mujer que ha abortado. Los problemas de conciencia no los pueden resolver, porque son asunto privado; pero que aborte una niña de 10 años  en Paraguay lo convierten en un asunto de interés internacional.

Por cierto, y solo por dar el dato, en España el año pasado abortaron unas cuantas niñas de 10 años (8 creo que decían las estadísticas), sin que a la ONU le importara un pimiento. Pero es que lograr que la ley cambie en Paraguay para que se aborte más y en mejores condiciones es un objetivo de los criminales que manejan este cotarro llamado NU. Sin acritud, chicos.

No es mi deseo entrar en valoraciones sobre la ONU, y en quiénes manejan sus dictámenes sobre asuntos éticos sobre el aborto o la bioética. Estoy seguro de que habría mucho que hablar sobre quien maneja el mundo. Lo que me interesa es hacer una reflexión sobre la moral y el aborto, cosa que requiere fineza y altura en la mirada y en el pensamiento. Veremos si lo conseguimos.

Desde el punto de vista ético, abortar es un mal moral. Siempre es un mal moral, y nadie hace el bien abortando. De ahí que se construyan gran cantidad de argumentos para justificar una acción inmoral, como es la muerte de un ser humano vivo. Otra cosa será si el mal moral puede minimizarse (que se aborte lo menos posible en una sociedad), penalizarse (perseguir jurídicamente a los criminales que dañan el bien jurídico de la vida intrauterina), o banalizarse (es como quitarse una muela dijo una feminazi). Esos son otros debates no menos importantes, porque deciden cómo y qué valores jurídicos, éticos y sociales deben regir y orientar una sociedad o colectividad como la nuestra. De momento parece que la sociedad está encantada con abortar, porque cada vez se aborta más en España y en el mundo. Seguro que es gracias a la atmósfera cultural creada en nuestro pais, donde tener un hijo se parece cada vez más a comprarse una bicicleta, y abortar a devolver la bici porque ha habido un error en la cuenta del banco.

No nos engañemos, abortar es siempre un mal moral, entre otras cosas porque siempre es posible hacer una opción mejor: no abortar, y permitir el paso a una vida que quiere vivir porque está viva.

Abortar es una acción, no nos engañemos, aparentemente sencilla. Vas a tanatorio clínico, u abortorio, y fumigan al bicho hasta matarlo y sacarlo de la panza. Ni lo ves. En un ratico está la abortera (señora que aborta) en su casa limándose las uñas de los pies, o de tienduquis para superar el disgustillo que me dio la prueba de la rana. Abortar es aparentemente más fácil (nadie te pregunta qué sientes), pero no es lo mejor para la mujer que aborta (nadie habla de las lágrimas posteriores, ni del vacío que deja de por vida), y mucho menos para el futuro hijo.

En cambio, no abortar requiere cierto heroísmo y mucha fuerza interior; máxime en la sociedad en la que vivimos, nos movemos y existimos. No abortar supone que se continuará con la gestación y el embarazo. Luego puede estar la opción de darlo en adopción (desprendimiento heroico que requiere mucha generosidad y supone dolor al instinto maternal), o criarlo y seguir para adelante, lo cual supone a veces más heroísmo todavía. Mucha gente va a criticar, y no demasiada va a ayudar, o incluso ninguna estará a tu lado. En esto la familia suele ser un lastre, porque todo el mundo opina; y porque no se cortan en decir que qué locura, qué dónde va esta criatura con un bebé (si tiene toda la vida para cagarla, perdón para disfrutar…), que si el pobrecito fetito va a nacer enfermo down, mejor mandarlo cuanto antes a la tumba. Lo dicho, unas heroínas.

No conozco a ninguna mujer que se arrepienta de haber tenido a su hijo cuando lo toma en brazos por primera vez, y le quiere dar de mamar, y lo mira y lo baña, y se sonríe cuando el bebé ríe. Incluso pocas personas se arrepienten de haber tenido un hijo-sinvergüenza, porque la culpabilidad camina sobre qué he hecho yo para educarlo así, en qué me equivoqué; no en sí debía tenerlo o no. Porque cuando uno tiene un hijo no sabes si va a ser un psicópata, o un Beethoven, o un médico salvador de vidas humanas, o el frutero de la esquina. Todo el mundo parece entender que un bebé, es simplemente una posibilidad, un proyecto humano abierto y lleno de esperanza. También un feto es un proyecto humano abierto, y un embrión lo mismo. Proyectos, futuro, esperanzas, personas…

En cambio sí hay muchas mujeres que no superan fácilmente haber abortado. Incluso muchas dan testimonio de arrepentimiento verdadero y muy doloroso, de odio a los que la empujaron a matar a su hijo, posicionándose en contra del aborto. Es una herida que hay que sanar, escuché el otro día a un chica que lo contaba por la radio (Radio María, claro, no va a ser en la SER).

Una sociedad madura y seria consigo mismo, no puede permitir que el mal moral (y el aborto lo es) crezca exponencialmente sin que nadie haga nada por evitarlo. No es una cuestión de cárceles, ni de persecuciones policiales, sino de cultura ética, de formación moral básica, de entender que hay que escoger la opción moral más buena (si quieren la menos mala), y apostar por la vida, aunque sea más difícil y sacrificado que apostar por la muerte. Por desgracia en nuestra cultura del placer (eros y thanatos siempre van unidos) hablar de sacrificio y dificultad para algunos es como mentar la cuerda en casa del ahorcado, y nunca mejor dicho. Comodidad y crimen van de la mano en el psicópata, y en una sociedad psicopática como la nuestra, la frialdad y la violencia corroe la entraña misma del ser humano que cae en sus garras intelectuales y morales.

El imperativo categórico kantiano afirmaba que los hombres son fines en si mismos, y no medios. Ante la duda de si un embrión es vida humana o no (y la duda no se resuelve racionalmente, porque es irresoluble en sí misma) debería primar la defensa y protección de la vida, por si acaso, porque el mal moral de matar es particularmente grave. ¿Reprocharíamos a alguien que fumiga un campo de lechugas sabiendo que puede matar a los vecinos que viven junto al sembrado? Ante la duda de si hay vida, el respeto es la única posición moral adecuada que garantiza el bien. ¿Lo hacemos con los embriones humanos que tratamos a veces como si fueran ratas de laboratorio?

De ahí, y no quiero extenderme más, que la única legislación adecuada para este asunto del aborto sea aquella que minimiza y reduce el número de abortos de una colectividad a un mínimo. La que logra que el mal moral sea cada vez más infrecuente y extraordinario. Por supuesto que esto no debe ir contra la salud de la mujer, pero no se puede entender que la salud, o la libertad desquiciada nuestra (yo con mi cuerpo hago lo que quiero dicen las abortistas, que no las aborteras) esté por delante de una vida y de un proyecto de futuro. Sí a la Vida y al amor responsable, debería enseñarse en la escuela desde pequeños, y no tanto repartir preservativos sin sentido.

¿Qué qué te aconsejo, tú que estás en trance de abortar? NO LO HAGAS, NO ABORTES. Seguro que no te arrepentirás de dar vida al que ya está viviendo dentro de tí. ¡Ya verás cuando te sonría por primera vez…!

Gracias.

¿Por qué se pierde la fe? (2)

También se abandona la fe cuando la vida concreta y cotidiana tiene poco que ver con la experiencia religiosa que se ha vivido. Si no se piensa en como vivir, es fácil que se acabe viviendo sin pensar. Fe y vida, son dos realidades que si no se entrelazan adecuadamente pueden degenerar en un enfrentamiento, en un alejamiento, y a la postre, en una distancia insalvable.

Es verdad que el hombre puede vivir alejado de Dios durante mucho tiempo, y no siempre llega el momento del hijo pródigo, el del regreso. Quizás pueda el orgullo, o quizás concibe uno las convicciones de tal manera que Dios no es imprescindible para vivir como uno decide. Yendo más lejos, cuando el hombre peca, se aleja de Dios; y bastantes personas perciben ese alejamiento de Dios como una frontera cerrada de un pais al que no se puede regresar jamás. Muchas personas que fueron creyentes entienden la fe como ardores de juventud, como ideales superados, y por tanto muertos para el hombre adulto. Se entiende así la fe como algo para jóvenes o niños, pero no para alguien que ha perdido la inocencia o el gusto de soñar en lo divino. La fe no es para gente adulta y seria, parecen decir. Para gente con niños, obligaciones, trabajos, esfuerzos y poco tiempo libre. A veces se piensa en retornar de mayor, cuando me jubile, dicen algunos. En otros casos la vida ya no tiene nada que ver.

Alejarse implica distanciarse de unos valores y convicciones éticas que facilitaban la vinculación con Dios, por eso la persona alejada de Dios, entiende los valores evangélicos como exagerados, imposibles, o irrealizables en la vida de uno. Máxime si la propia vida ha derivado por caminos muy distintos a los propuestos por la iglesia, tanto en lo ordinario como en lo extraordinario.

Pongo un ejemplo: una persona creyente, que ha fracasado en su matrimonio, se ha separado primero, luego divorciado, y con los años vuelto a enamorar y a casar. Rehace su vida, pero no desde la fe. No ha caminado sintiendo a Dios cercano. No es que quiera ir contra Dios, es que simplemente no está con Él. Cuando la vida va por un lado, y sus decisiones no se toman desde la “voluntad de Dios” o la “relación con Dios”, los caminos se separan, y la fe se pierde inevitablemente. La semilla ha caído en medio de un camino, y es una fe pisoteada sin remedio.

¿Hay posibilidad en regresar a Dios? Sí, siempre hay camino hacia Dios, sin que ésto suponga que Dios quiera nuestro mal, ni destruirnos, ni convertirnos en otras personas distintas a las que somos. Dios nos quiere tal y como somos, con nuestro pecado y nuestra debilidad. Por eso la fe no es para espíritus puros sino para enfermos, para personas deshechas y rotas por dentro. Para el que está dispuesto a mirarse al espejo, pues sabido es que en todos los lugares cuecen habas. Y en todas las almas también. Luego, el mismo espíritu que nos impulsa a caminar con él, nos va moldeando por dentro, haciendo que nuestra vida se vincule más y más a la de Cristo.

Finalmente, si la fe es confianza en Dios, en el momento que se desconfía de Dios se pierde la fe. La desconfianza nace de la distancia, de la poca relación, de la separación de las vidas. En la relación con Dios, la desconfianza es propia de los hombres, pues Dios no puede dejar de confiar en nosotros y en nuestra salvación. Dios nos ama, comprende, escucha, conoce, corrige y orienta la vida. Incluso desconfiar de Dios abiertamente implica darle reconocimiento, porque supone aceptar su existencia. La actitud de algunos profetas, huyendo de Dios, ratifica precisamente su vocación y la elección de Dios. ¿Adónde iré yo lejos de tu mirada? Si me escondo tu me miras.

Dios no falla, sino que es el hombre el que se aleja. ¿Es una opción desconfiar de Dios? Vincularse a Él no es precisamente un camino fácil, pero se puede y se debe hacer. Luchar contra Dios nos une más a Él. Es la experiencia también de Jacob Israel, luchar contra Dios, y dejarse vencer por Él. Sin embargo, la desconfianza se puede convertir en distancia, en separación, en crisis profunda. Es el caso, por ejemplo, de las personas que dejan de celebrar los sacramentos en algún momento de su vida. Por pereza, por aburrimiento, por incomprensión, por poca ejemplaridad de la comunidad o de los sacerdotes. Hay mil y una excusas, porque entender la pereza, aceptar y criticar la poca ejemplaridad de los que se dicen cristianos forman parte de las luces que otorga el Espíritu a la comunidad cristiana, siempre que se pongan a disposición de la comunidad, desde el Señor que nos preside, y siempre que se esté dispuesto a ver el pecado y la distancia también en uno mismo.

El hombre piensa que se aleja o acerca a Dios según se acerca o aleja de la Iglesia, de la comunidad cristiana y sus mediaciones (sacramentos). El hombre que no celebra su fe, que no la comparte, tiene más posibilidades de alejarse de Dios en un plazo relativamente corto de tiempo. Se acaba pensando de otra forma, más acorde al ambiente y la atmósfera social, que precisamente no es la más adecuada para vivir la fe. Por eso un grupo, una pequeña comunidad de vida, de oración, de reflexión son mediaciones muy adecuadas para los cristianos. Eso no significa que no se pueda discutir todo aquello que no es dogma de fe. No significa que estemos de acuerdo con todo lo que dice el cura de la parroquia, sino que creemos, hacemos y celebramos como adultos, con criterio y libertad. Pese a quien le pese.

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