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El infierno de Greta.

Siempre me han dado grima los niños superstar. Desde Marisol hasta Joselito pasando por Ana Belén. Todos ellos me han caído en su momento como el culo. Son niños que hacen ricuras y gracietas en lugar de ser niños corrientes y molientes. Son niños que están adulterados, manipulados e idiotizados por algún adulto que saca tajada de su estrellato, siempre efímero.

Estos niños luego crecen bajo los focos de ser celebridades, y terminan contándonos en las revistas más sórdidas y elocuentes que su infancia fue terrible, que fueron abusados, que se aprovecharon de ellos y unas cuantas lindezas más. Se quejarán de que les metieron en un circo que no querían…

Por eso, la última cría superstar llamada Greta, la adolescente activista (tiene 16 años) del ecologismo progre y sueco, me da cierta pena. O terminará como el juguete roto que ya es, o acabará como diputada de algún partido verde piscina por el Parlamento Europeo, y no sé que es peor. Morir de incoherencia siempre es una salida muy digna para la progresía europea, y seguro que tendrá un carguito en algún partido antifascista guay en el futuro. Pero no es lo mejor para nadie, claro.

Greta es un producto típico de nuestro tiempo. Es una niña de un país con pasta cuya gracia está en que se queja de la mierda de mundo que le vamos a dejar en herencia. Curiosamente no se queja del hambre, el aborto, las guerras, o el crimen organizado, que son temas de mucho excremento. ¡Qué va! Tampoco se queja de la trata de niños esclavos, ni de nada de eso. En realidad se queja de que no hacemos caso a los científicos que dicen que el planeta se calienta por culpa del hombre. Ya está. La invitan a la ONU a dar un discursito, y le acabarán dando el Nobel. Total, si ya lo tiene Obama, ¿por qué no dárselo a ella? No tiene ninguna propuesta más que quejarse y decir que hagamos lo que dicen los políticos que hay que hacer para arreglarlo. O sea, el acabose.

No se puede decir que Greta no haya atendido en clase. Por supuesto que no. Desde hace años, el discurso y la monserga del ecologismo políticamente correcto ha inundado las aulas de Suecia y de toda Europa; y ella, que es una alumna aplicada, se lo ha creído a pies juntillas. La educación tiene que ser crítica, caramba, y Greta, que es una alumna que aprende deprisa, ha aprendido a quejarse. Se lo han enseñado, claro. Si el mundo es una mierda, ¿por qué no vamos a hacer una huelga para que mejore? Y tiene razón la criatura. Es verdad que podrían haberle enseñado otras cosas como economía, latín, historia, filosofía, derecho o antropología. Pero no. Le han enseñado que el mundo es una mierda, y ella nos lo cuenta. Es un producto típico de nuestro sistema educativo. Por eso cae tan bien a los demás estudiantes y a los profesores contemporáneos europeos. Es una ejemplo y ya están tardando en dedicarle un párrafo con foto y todo en los libros de sociales. La pescadilla que se muerde la cola. Los mitos contemporáneos se alimentan con los nuevos mitos.

Greta se ha equivocado. No por quejarse, sino por entrar en política  de esa forma. Greta ha querido representar la pureza ideológica y existencial del ecologismo quejica. Quiere ser perfecta para que su discurso sea más creíble.Y ese es un error grave, porque te expones a que te critiquen y a que te lluevan hondonadas de bofetás por todos los lados.

Greta no es más que una adolescente, y la pobre no tiene más argumentos que su inocencia. Repite lo de su libro de texto y lo que le dijo su profe sindicalista. Y poco más. Y así no se puede entrar en política, como una niña inocente que juega a las tabas el domingo por la tarde. Porque no lo es. La han calificado como “la niña del exorcista” y reconozco que me hizo gracia, porque es verdad que algo de eso parece, pero también me dio pena por ella.

Si Greta hubiera sido una niña Amish habría sido más creíble. No usan la electricidad y huyen de los avances técnicos que perjudican el regalo que Dios nos hizo con la creación. Su queja sería verdadera y coherente, o al menos más coherente. Reconocería su pecado y su contingencia, y en su humildad sería una persona con algo que decir. Al menos para mi, que busco discursos profundos y con algo de sentido. Pero como lo religioso no vende, pues no puede haber una Greta Amish. Además, tampoco habría podido convocar a nadie porque los amish no usan móvil. Y Greta sí tiene móvil para convocar manifas y huelgas.

Eché un vistazo a su discurso en la ONU, y entendí la tragedia y la catástrofe de la que hablan los ecologistas de libro y de canas. Y es que la criatura pecó de simplonería y de soberbia. De lo primero podemos exculparla. Es una niña y le faltan estudios e ideas. Ya lo ha dicho Putin, que hay que explicarle que el mundo es más complejo (que vuelva a la escuela). Pero de lo segundo no, pues la soberbia es un pecado muy serio en una niña que quiere dar lecciones a la humanidad de como arreglar el mundo.

Greta fue a la ONU a contarnos unas cuantas falacias mediáticas ya asumidas por la demogresca, pero es que además lo hizo en tono enfadado y quejándose. Para muchos será una gran activista porque le ha dicho a la humanidad que le han jodido el futuro. Pero esta cría ha jodido su futuro ella misma. Greta no va a poder sonreír el día que se vaya a comer una hamburguesa hecha de carne de vaca pedorra contaminante, con su huevo frito de gallina violada en una granja. Esta niña no podrá sonreír nunca ante un mundo tan malvado. Y si lo hace la tacharán de colaboracionista con el imperio del mal, que es el capitalismo contaminante, supongo. Su único futuro está en ser vegana y frutívora. Jamás podrá venir a España de vacaciones (salvo que lo haga en bicicleta), y nunca será libre de la imagen infernal que la humanidad ha hecho de ella.

A Greta le espera un infierno, pero no medioambiental. Por eso me compadezco de ella y de todos los juguetes rotos que algunos adultos inventan para sus intereses. ¿Que quién ha sido el que ha montado este circo? No lo sé, pero me lo imagino.

 

Abortista y abortera.

A Naciones Unidas y a Amnistía Internacional hay que darles una medalla por defensores ideológicos del crimen organizado. Me refiero al asunto del aborto y a su empeño porque lograr que el aborto sea deporte olímpico en todos los países del mundo. Apuestan sin rubor por extender, proteger y defender la cultura de muerte en casi todas sus facetas, donde la única alternativa ética que son capaces de ofrecer es la muerte a discrección, y la palmadita en la espalda (o la patada en el culo, según se vea) a la mujer que ha abortado. Los problemas de conciencia no los pueden resolver, porque son asunto privado; pero que aborte una niña de 10 años  en Paraguay lo convierten en un asunto de interés internacional.

Por cierto, y solo por dar el dato, en España el año pasado abortaron unas cuantas niñas de 10 años (8 creo que decían las estadísticas), sin que a la ONU le importara un pimiento. Pero es que lograr que la ley cambie en Paraguay para que se aborte más y en mejores condiciones es un objetivo de los criminales que manejan este cotarro llamado NU. Sin acritud, chicos.

No es mi deseo entrar en valoraciones sobre la ONU, y en quiénes manejan sus dictámenes sobre asuntos éticos sobre el aborto o la bioética. Estoy seguro de que habría mucho que hablar sobre quien maneja el mundo. Lo que me interesa es hacer una reflexión sobre la moral y el aborto, cosa que requiere fineza y altura en la mirada y en el pensamiento. Veremos si lo conseguimos.

Desde el punto de vista ético, abortar es un mal moral. Siempre es un mal moral, y nadie hace el bien abortando. De ahí que se construyan gran cantidad de argumentos para justificar una acción inmoral, como es la muerte de un ser humano vivo. Otra cosa será si el mal moral puede minimizarse (que se aborte lo menos posible en una sociedad), penalizarse (perseguir jurídicamente a los criminales que dañan el bien jurídico de la vida intrauterina), o banalizarse (es como quitarse una muela dijo una feminazi). Esos son otros debates no menos importantes, porque deciden cómo y qué valores jurídicos, éticos y sociales deben regir y orientar una sociedad o colectividad como la nuestra. De momento parece que la sociedad está encantada con abortar, porque cada vez se aborta más en España y en el mundo. Seguro que es gracias a la atmósfera cultural creada en nuestro pais, donde tener un hijo se parece cada vez más a comprarse una bicicleta, y abortar a devolver la bici porque ha habido un error en la cuenta del banco.

No nos engañemos, abortar es siempre un mal moral, entre otras cosas porque siempre es posible hacer una opción mejor: no abortar, y permitir el paso a una vida que quiere vivir porque está viva.

Abortar es una acción, no nos engañemos, aparentemente sencilla. Vas a tanatorio clínico, u abortorio, y fumigan al bicho hasta matarlo y sacarlo de la panza. Ni lo ves. En un ratico está la abortera (señora que aborta) en su casa limándose las uñas de los pies, o de tienduquis para superar el disgustillo que me dio la prueba de la rana. Abortar es aparentemente más fácil (nadie te pregunta qué sientes), pero no es lo mejor para la mujer que aborta (nadie habla de las lágrimas posteriores, ni del vacío que deja de por vida), y mucho menos para el futuro hijo.

En cambio, no abortar requiere cierto heroísmo y mucha fuerza interior; máxime en la sociedad en la que vivimos, nos movemos y existimos. No abortar supone que se continuará con la gestación y el embarazo. Luego puede estar la opción de darlo en adopción (desprendimiento heroico que requiere mucha generosidad y supone dolor al instinto maternal), o criarlo y seguir para adelante, lo cual supone a veces más heroísmo todavía. Mucha gente va a criticar, y no demasiada va a ayudar, o incluso ninguna estará a tu lado. En esto la familia suele ser un lastre, porque todo el mundo opina; y porque no se cortan en decir que qué locura, qué dónde va esta criatura con un bebé (si tiene toda la vida para cagarla, perdón para disfrutar…), que si el pobrecito fetito va a nacer enfermo down, mejor mandarlo cuanto antes a la tumba. Lo dicho, unas heroínas.

No conozco a ninguna mujer que se arrepienta de haber tenido a su hijo cuando lo toma en brazos por primera vez, y le quiere dar de mamar, y lo mira y lo baña, y se sonríe cuando el bebé ríe. Incluso pocas personas se arrepienten de haber tenido un hijo-sinvergüenza, porque la culpabilidad camina sobre qué he hecho yo para educarlo así, en qué me equivoqué; no en sí debía tenerlo o no. Porque cuando uno tiene un hijo no sabes si va a ser un psicópata, o un Beethoven, o un médico salvador de vidas humanas, o el frutero de la esquina. Todo el mundo parece entender que un bebé, es simplemente una posibilidad, un proyecto humano abierto y lleno de esperanza. También un feto es un proyecto humano abierto, y un embrión lo mismo. Proyectos, futuro, esperanzas, personas…

En cambio sí hay muchas mujeres que no superan fácilmente haber abortado. Incluso muchas dan testimonio de arrepentimiento verdadero y muy doloroso, de odio a los que la empujaron a matar a su hijo, posicionándose en contra del aborto. Es una herida que hay que sanar, escuché el otro día a un chica que lo contaba por la radio (Radio María, claro, no va a ser en la SER).

Una sociedad madura y seria consigo mismo, no puede permitir que el mal moral (y el aborto lo es) crezca exponencialmente sin que nadie haga nada por evitarlo. No es una cuestión de cárceles, ni de persecuciones policiales, sino de cultura ética, de formación moral básica, de entender que hay que escoger la opción moral más buena (si quieren la menos mala), y apostar por la vida, aunque sea más difícil y sacrificado que apostar por la muerte. Por desgracia en nuestra cultura del placer (eros y thanatos siempre van unidos) hablar de sacrificio y dificultad para algunos es como mentar la cuerda en casa del ahorcado, y nunca mejor dicho. Comodidad y crimen van de la mano en el psicópata, y en una sociedad psicopática como la nuestra, la frialdad y la violencia corroe la entraña misma del ser humano que cae en sus garras intelectuales y morales.

El imperativo categórico kantiano afirmaba que los hombres son fines en si mismos, y no medios. Ante la duda de si un embrión es vida humana o no (y la duda no se resuelve racionalmente, porque es irresoluble en sí misma) debería primar la defensa y protección de la vida, por si acaso, porque el mal moral de matar es particularmente grave. ¿Reprocharíamos a alguien que fumiga un campo de lechugas sabiendo que puede matar a los vecinos que viven junto al sembrado? Ante la duda de si hay vida, el respeto es la única posición moral adecuada que garantiza el bien. ¿Lo hacemos con los embriones humanos que tratamos a veces como si fueran ratas de laboratorio?

De ahí, y no quiero extenderme más, que la única legislación adecuada para este asunto del aborto sea aquella que minimiza y reduce el número de abortos de una colectividad a un mínimo. La que logra que el mal moral sea cada vez más infrecuente y extraordinario. Por supuesto que esto no debe ir contra la salud de la mujer, pero no se puede entender que la salud, o la libertad desquiciada nuestra (yo con mi cuerpo hago lo que quiero dicen las abortistas, que no las aborteras) esté por delante de una vida y de un proyecto de futuro. Sí a la Vida y al amor responsable, debería enseñarse en la escuela desde pequeños, y no tanto repartir preservativos sin sentido.

¿Qué qué te aconsejo, tú que estás en trance de abortar? NO LO HAGAS, NO ABORTES. Seguro que no te arrepentirás de dar vida al que ya está viviendo dentro de tí. ¡Ya verás cuando te sonría por primera vez…!

Gracias.

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