Entrega 21. LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑÉS.

Nadie se entretuvo en averiguar por qué faltaba chocolate, y no fueron los extrañados vecinos, a pesar de sus maneras científicas y racionales, auspiciadas por la logia de los antiabsolutistas, capaces de comprender la mancha de chocolate que Francisco guardó en su mejilla derecha hasta el día de su segunda boda. Era marrón y se mezcló con las lágrimas negras de sus mejillas, sin embargo, en lugar de tomar el mismo color se volvieron blancas y anaranjadas.

Purificación Manzano, su segunda esposa, chupó de aquel chocolate con naranja y menta la noche de bodas, y como si una metamorfosis sacudiera el corazón malherido de su nuevo marido, Francisco Montañés se enamoró perdidamente de ella. La amaba con su segunda alma, que estaba, para que negarlo, en plena y virginal disposición.

Era el doce de octubre del año de gracia de mil ochocientos treinta y nueve, y acudieron a la segunda celebración todos los hermanos de Micaela, su difunta mujer, pues querían asegurarse de que el matrimonio con la segunda mujer fuera a fracasar. Allí estuvieron José, Conchita y Josefa; además de los hijos de Francisco y Micaela, José y Juan, los cuales habían madurado tanto que presentaban la edad de las momias, asunto que fue comentado en la ceremonia. Francisco, en cambio, con su apariencia de veintiún años había logrado superar el aspecto infantil que un día tuvieron sus dos primogénitos.

Sin embargo, nada volvió a ser igual en su vida, pues comprendió que un hombre que había sido capaz de enamorarse sin dolor, no podía disfrutar del amor en toda su esencia. Intentó rebuscar en su interior y comprobó que nunca había sido realmente bueno con sus hijos. Tampoco malo, se dijo. Pero un vacío anidó en sus vísceras con tal premura que se aficionó a llorar por los rincones de las iglesias en las que entraba. Lágrimas naranjas y verdes. Estaba arrepentido y se sentía culpable por algo que no sabía todavía definir; y que había sido, sin embargo, la causa de su imperecedera sabiduría para con el tiempo.

Comprobó que nunca había sufrido por su hijo José, ni siquiera cuando enfermó de la escarlatina; tampoco cuando Juan tuvo la poliomielitis que le afectó la columna vertebral dejándolo tan torcido como un olmo seco. Tampoco había llorado cuando perdió el brazo derecho bajo una carreta, y mucho menos se alteró cuando el cólera arrastró al pueblo a un inoperante viento de sepultura y responso. Los hombres del altiplano se habían desangrado con la lluvia que había empapado el suelo que los franceses habían pisado; y Francisco, ahora consciente de su ensoñación anterior, había entregado su vida a frenar la vida de los que a su alrededor intentaban sobrevivir sin fumar, sin una lágrima, ni un rebozo de pena. Ahora tenía cuarenta años y su nueva esposa veinticinco, pero él se sentía humedecido por una tristeza que sabía que terminaría cuando naciera su tercer hijo, al que habían profetizado sus viejos mentores —Antonio Chaco y Juan Alarín— como el yerno de Joaquina Alarín Chaco. Era toda una responsabilidad engendrarlo, y Francisco, fiel a sí mismo, buscó una manera para copular con su bella esposa sin que ella fuera consciente del desenfreno que sentía hacia su piel desnuda y aromática; la misma que ella otorgaba a sus aterciopelados juanetes, su vello rizado en el pecho y sus ojos de miel.

Pero todo fue distinto a lo que habían imaginado. Purificación sufrió, aquella noche de bodas con lunas abiertas, la mayor frustración de su vida. Los pies de su esposo Francisco habían perdido el terciopelo con el que ella soñaba desde que era niña, el día perfecto en el que ella paseó con su abuelo D. Tomás Díaz Guzmán, y percibió la belleza almibarada de aquel hombre. El aroma que desprendía el juanete seguía recordando la mermelada, pero había cambiado el almizcle de su cuerpo por una sonora variedad de fragancias de tulipanes amarillos, que le recordaron a los de la fallecida Micaela Alarín.

—Tú sigues enamorado de Micaela.

—Solo de su cadáver. No es grave.

—¿Qué vida me espera entonces? —le dijo con el rostro cubierto de una pesadumbre de la que no se recuperaría.

—Tengo dos almas, y una es para ti.

Y comprendió que tenía que lamer el chocolate que había dejado Micaela, la difunta, en la mejilla de su esposo, pues sólo de esa manera tan simbólica y espiritual, podía zafarse del tiempo que embarullaba la vida de su nuevo amante. Estaba condenada de por vida a realizar las tres pruebas que devolvieran la pasión irrefrenable de su esposo.

Por de pronto, Purificación se desenamoró media hora de su vida, y se enamoró de Francisco por varias lunas llenas. Y en medio de aquel impase, el viento solar dibujó una onda expansiva que dejó sin respiración a Benjamín Franklin en tierras americanas. Había vuelto a nacer la vida que continuaba.

Purificación se sintió aliviada por primera vez desde los cinco años. Su hombre no tenía los pies aterciopelados, pero disponía de un alma para que ella pudiera alcanzar la felicidad. Se vio necesitada de colmarla con la primera de las pruebas, la que consistía en darle de comer arrope y lechuga con aceite de oliva. Era el sueño alcanzado, que aunque no es como lo había dibujado en su imaginación, tenía la belleza de estarse realizando dentro de su mismo cuerpo.

Luego llegaron las lunas de abrazos, los soles de banquete y ágape. Purificación se presentó al año de la noche de bodas con todos los impresos cumplimentados y la resolución definitiva bajo el brazo, la que instaba a dar de comer opíparamente a su marido antes de copular con la fecundidad que durante siglos habían escrito los neutrinos en su levedad inoperante. Su hazaña fue comentada en todo el altiplano durante varios lustros, incluso su suerte se convirtió en materia gastronómica, pues usaron la belleza de su lívido rostro para engrandecer varios pastelitos de la confitería dibujando una crema de igual textura y afrutado sabor. Era un amor cósmico que se volvería eterno y cándido a la vez, cuya incógnita solo podía ser despejada por la prudencia y la sabiduría de los más aventajados del pueblo. Había estudiado como amar a su esposo, y estaba dispuesta a realizarse en su entrega. La mala suerte era que D. Antonio Chaco Val había muerto, sin dejar instrucciones, tras más de cinco milenios de existencia, lo que era, ciertamente, una negligencia inexplicable para Francisco.

Dos semanas más tarde, Purificación se decidió a hablar con sus padres, Pedro Manzano Báñez y Josefa Petra Díaz Ortuño.

—Hay que pedir ayuda a los vecinos y convocar una oposición de mérito, capacidad y caras risueñas. Si alguien aspira a ser un Manzano Díaz, tiene que demostrarlo ante un Tribunal.

Y asintieron Pedro y Josefa Petra sorprendidos porque le había cambiado la voz de niña chillona por un timbre cálido de mujer. Iba a ser la última vez que se habría de juntar la familia para decidir algo inoperante. La decisión no disgustó a Francisco, pues se lo había pasado tan bien en sus dos bodas, que pensó que había que celebrar una tercera por si acaso su segunda alma le devoraba la octava vida antes de tiempo.

Acudieron con cientos de misivas catalogadas como urgentes, cientos de personas dispuestas a ganarse una plaza en aquella parentela, y tras una oposición, la única que hubo en el año infausto en el que se casaron, resolvieron que serían hijos de Pedro y Josefa Petra las siguientes personalidades: Josefa Manzano, Pedro Leonardo Manzano, José Narciso Manzano y Julián Manzano.

Purificación se puso muy contenta, pues además de parecerse a sus nuevos hermanos y guardar con cierta gracia los hermosos rasgos familiares, habían sido incluso bautizados en tiempos inmemoriales por sus tíos y tías. Ya no se sentiría sola, y podría además compartir su esperanza con su familia ganada por oposición.

Los aspirantes aplaudieron contentos cuando llegó la resolución final, y Purificación, jubilosa al fin por tener una hermana con un nombre tan familiar como Josefa, sonreía alborozada con un brillo especial en los ojos. Pidió a todos los hermanos para que contribuyeran con la primera de las fraternidades, consistente en invitar a comer a todo el pueblo, en un banquete que llegó con retraso por culpa de la viudedad de Francisco. Allí sacaría el asunto de su futuro embarazo y anunciaría su dicha.

Josefa Manzano Díaz, que tenía las mismas hechuras que su hermana, asintió feliz pero entendió que debía pedir a cambio algo.

—No tengo pereza por hacer lo que me pides, mi querida Puri, pero me gustaría a cambio ser la madrina de tu primer hijo.

—De acuerdo —dijo ella comprendiendo que había sido la mejor aspirante a hermana suya.

Y con tal sello firmaron la prueba más profunda del amor entre dos hermanas. Hicieron tortas para los gazpachos yeclanos llevando una tonelada de harina y cuarenta toneles de agua, suministrados por el aguador, un hombre dulce como la miel con un hablar almibarado, pues querían convidar al pueblo como merecían los Manzano, los Díaz y los Chaco.

—Necesitaremos sal —dijo Josefa Petra, su madre.

Y compraron cientos de kilos de bacalao salado, los cuales desalaron almacenando en capazos marrones la sal. Luego, fueron a vender las sobras a un hombre del mercado, con tal suerte, que aquel hombre que hacía croquetas con los restos del calamar yeclano, vio el negocio del bacalao como uno de los mejores de su vida. Marchó esa misma tarde a Viseu, en tierras portuguesas, donde abrió nuevos salones y comedores populares. Años más tarde supieron que su nombre en manchú era Chian.

—¡Qué exagerada es su mujer! —le dijo el anciano Tadeo mientras platicaba en el Estanco y fumaba varios cigarrillos de exportación con Francisco—. Te va a salir por una vida la hembra esa.

—Me quedan dos vidas y tengo ahorrado. Además, para festejar siempre es bueno gastar —dijo recordando la frase que había escuchado al nuevo alcalde de Yecla, aclamado por los alemanes afincados en la Muy Noble y Leal Villa de Yecla.

Estuvieron desmigando las tortas de harina, para fabricar de aquella forma la base de los gazpachos de Yecla, y con su afán de que todo estuviera a punto, contrataron a ochenta y cuatro expertos, vecinos todos de la barriada de San Cayetano, que se alegraron profundamente de obtener un trabajo complementario a sus parcos ingresos. Rezaron varios responsos dando gracias al cielo por tal suerte, y se fueron a vestir para la ocasión. Durante toda la noche estuvieron trabajando, y cuando prepararon todo, salieron a cazar conejos y liebres, pollos y acelgas, arrobas de aceite y vino a mansalva, pues aquella celebración tenía que resultar perfecta.

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