LOS SIMPÁTICOS VIKINGOS Y LOS MALVADOS ESPAÑOLES.

Está el patio revuelto con el asunto del descubrimiento de América.

Los vikingos, es decir, los escandinavos europeos contemporáneos, desean un pasado más glorioso que el que les depararon sus bestiajos ancestros, que se dedicaron a asaltar, violar y destruir las costas occidentales de Europa.

Ahora con la serie Vikingos lo bordan, gritan “scul”, y hacen el animal en la tele; pero quieren rehabilitar su pasado de descubridores y de grandes hombres. Quieren, en resumen, redimir sus pecados, y qué mejor que reinventarse un pasado glorioso como fue el descubrimiento de América por parte de sus valientes navegantes.

Yo lo entiendo perfectamente, porque en España estamos también intentando rehabilitar nuestro pasado, sólo que el nuestro nos acompleja, por aquello de fundar ciudades y levantar un Imperio donde no se ponía el sol, con sus universidades y todo.

Los vikingos tienen a su favor, además del dinero que financia su propaganda y su anhelada investigación, un par de restos arqueológicos. Perdón, ¿he dicho un par de restos? Tenía que haber dicho un impar de restos, o sea, uno. Encontraron un asentamiento en Terranova que parece fecharse a principios del siglo XI.

Que los vikingos llegaran a Terranova está fuera de toda discusión —hasta que se vuelva a discutir, obvio—; sin embargo, llegados al nuevo continente se dedicaron a la nada. No se enteraron que había descubierto un nuevo continente, y no tenían gente rica a la que asaltar, por lo que se comieron los mocos mientras intentaron sobrevivir pasando frío.

Los vikingos no nos trajeron tomates, ni maíz, ni pimientos ni nada. Tampoco el chocolate del que presumen ahora los Suizos, y es que no descubrieron una moña. Estaban a gustito con su vida tribal, y es que el pueblo y la barbarie tira mucho cuando no hay nada que hacer.

Los vikingos, además de ser tribales, practicaban el infanticidio con sus hijos discapacitados y eran favorables a la esclavitud. Supongo que por eso les caen simpáticos a los zotes que van por ahí tirando estatuas de Colón; y es que Dios los cría y ellos se reconocen, y se juntan imitándolos.

Deduzco que fue una suerte que no conquistaran el continente, porque lo habrían esclavizado al estilo azteca. Una suerte para muchos otros pueblos precolombinos que estos no pasaran de ahí. Bueno, en realidad no conquistaron el continente, ni lo intentaron, porque eran salteadores de barrio, ladrones y piratas con una buena dosis de fuerza bruta y testosterona.

Ahora son más formalitos y están más civilizados y tienen más dinero. Y por eso quieren lavar su imagen pasada. Y me parece bien.

España fue otra cosa más odiosa y terrible. España iba camino de las Indias, pues deseaba hacer buenos negocios con el comercio de especias. Y se encontró con un obstáculo al que terminaron llamando América, en lugar de Hispania.

Aquellas tierras fueron un accidente descomunal que nos obligó a hacer algo más que “parada y fonda”, pues aquel continente se convirtió en poco tiempo en nuestro hogar y en un trozo más de nuestra patria. Llegamos a las Indias, pues somos cabezotas; y lo hicimos atravesando Méjico, vía Acapulco. Dicho de otra forma: el comercio de especias lo sostuvimos atravesando medio planeta y un continente. Por eso América es nuestra otra España, y Groenlandia apenas un feudo danés.

Lo que hay que contarles a los vikingos y a los americanos olvidadizos es que España levantó un continente —y un Imperio— en un poco más de un siglo, lo inundó de universidades, de hospitales, de ciudades, de agricultura, de comercio y de prosperidad. Puso a los indígenas bajo las leyes y la autoridad Castilla, y en el intercambio social y genético, nacieron, como hijos de españoles, los criollos.

Si no se les pudo proteger lo suficiente fue, no porque no quisieran las autoridades españolas peninsulares, sino porque siempre hay gente aprovechada por el mundo. Y nuestra tierra no era entonces, ni hoy, una excepción.

Gente aprovechada, que por cierto se quedó allí. Son las élites que planificaron la independencia de sus pequeños chiringuitos, y que ni siquiera lograron la tan anhelada unidad hispanoamericana. Aquellos traidores deseaban evadir el control de los Tribunales de las Indias españoles, y lo lograron. Sus chiringuitos continúan, y muchos hispanos, hermanos nuestros, están muy hartitos de ellos. Pero de eso no nos pueden culpar, porque son ellos con ellos mismos. Y nosotros estamos aquí.

España enseñó a leer y escribir en castellano e incluso en su lengua autóctona. Nosotros llevamos cultivos, semillas y ganado; y exportamos que aquel nuevo mundo algunos productos que internacionalizamos: tomate, maíz y chocolate. Fue una relación simbiótica magnífica, única y ejemplar. Ninguna cultura, del pasado ni del futuro, se hizo tan del territorio conquistado.

Por supuesto, aquella descomunal tarea, de la que los españoles nos sentimos orgullosos, fue saboteada y atacada sistemáticamente por nuestros vecinos los británicos, franceses y holandeses. Gente envidiosa y embustera, me temo.

Los mismos que quitaron sus tierras del Norte a los mejicanos, los mismos que piratearon el Caribe robando y saqueando sus costas. Los mismos que encerraron a los indios de Norteamérica en guetos, Jerónimo y Toro Sentado incluidos. Los mismos que no cumplieron un tratado internacional. Esos son los que hoy dan lecciones de civilización y ejemplaridad.

Supongo que por eso nos odian y derriban estatuas de Colón. Porque no somos como ellos. Y por eso prefieren muchos de sus hijos ser descendientes de los vikingos.

Como que los ven más de su estilo, digo yo.

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