Papá, soy un corrupto.

No conozco a nadie que diga abiertamente que es un corrupto, aunque aquí no se salve ni san Pedro negando a Cristo. Y los políticos tampoco. En general hablan y hablan de lo importante que es combatir la corrupción, como si ellos no hubieran llegado al poder trepando y pisando a gente por el camino que conduce de ser un afiliado a situarse en el partido en el que militan. Nos quieren hacer creer que están ahí para luchar contra algo cuya esencia son ellos mismos. La política mancha, desde luego, y no hay oposiciones a político, ni unos estudios reglados sobre la ética del gestor público, por eso los políticos son unos tíos, que hoy día tienen que ganar elecciones y obtener una legitimidad, que no una patente de corso para hacer lo que te de la gana. Esto la clase política parece haberlo olvidado, y ha contagiado a toda la sociedad de su maniqueísmo farisaico. Igual que todo el mundo, mejor o peor, se dedica a contar al mundo lo malos que son los demás, en una especie de nuevo fariseísmo hipócrita, y lo bueno que son ellos; así los políticos están machacándonos diciendo lo turbados que están por la corrupción reinante, cuando ellos parecen ser superiores al resto, dotados de una varita mágica que cambie la naturaleza humana o algo así. Es como si no tuviera que ver con la naturaleza humana la inmoralidad.

Esto antes no pasaba, cuando nuestro país era el paraíso de la picaresca sin complejos. Les hablo de la modernidad española, que son los siglos así llamados por algunos corruptos de la historia. ¡Qué modernos somos!, decían los de la Ilustración, y ale, mientras a  robar a la iglesia con aquel sistema tan fino llamado desamortización. Es un ejemplo de lo que hacían los políticos de antaño, que son como los hogaños. y luego a recibir palmaditas en la espalda por su gran chapuza. Somos unos genios, pero lo estropeado no lo arregla nadie en siglos. La educación es una ejemplo. Necesitaremos siglos para levantar lo que en cincuenta años se han cargado los franquistas aperturistas, y los demócratas más aperturistas todavía. Y es que el problema de base seguramente está en encuadrar la educación bajo un régimen administrativo, que es algo tan útil para garantizar derechos a los administrados, como funesto para educar personas.

Lo molesto para muchos, entre los que me incluyo, es que los políticos siempre justifican sus desmanes y sus acciones diciendo que están modernizando el país, impulsando la economía, mejorando a los ciudadanos, y otras tantas patochadas que no se creen ni ellos.  Los políticos mienten cuando hablan del rival y no reconocen lo que ha hecho bien, y mienten cuando defienden la estupidez de sus compañeros de partido diciendo que ha sido una medida genial que traerá grandes bienes. No es que no sean independientes en el partido, o que los partidos no sean demócratas; es que terminan creyendo sus propias mentiras, y lo que es peor; convenciendo a la ciudadanía de que sus mentiras son verdaderas. Eso es corrupción. Algo que huele mal, algo que está estropeado y pasado, que se ha podrido. Y el juego democrático, tal y como lo hemos conocido, está sepultando la credibilidad de la democracia con cada falacia que vomitan los que se han erigido en sus portavoces.

Los políticos pierden demasiado tiempo en convencernos de que lo están haciendo bien. ¿Acaso no brilla la verdad por sí sola? Ellos no piensan así, creen que son geniales, y que para convencerse a ellos mismos de que son geniales nos torturan con sus campañas, su ingeniería social, dicen;  su manipulación mediática. Pero no nos engañemos. Los políticos de la mayoría de los países (incluido el nuestro) son unos mediocres ignorantes, entregados a saltarse las leyes que ellos mismos han hecho cuando les conviene, alegando que ya no son útiles ni eficaces.

Los políticos, de siempre, dejan una cagadita y quieren ser recordados por ello, quieren pasar a la historia y ser recordados por lo que hicieron, sin ser conscientes de que no están preparados para hacer casi nada. Es la impronta de su gestión, dicen. Hoy tenemos más placas de inauguraciones de los últimos años de democracia que de toda nuestra historia. Y es que los políticos de hoy les encanta ser fotografiados inaugurando algo. Con Franco se cebaron criticando que inauguraba pantanos, pero los demócratas contemporáneos inauguran a destajo y sin pensar: aeropuertos, autovías, hospitales, colegios, parques, mundiales, expos y olimpiadas, casas de cultura, ciudades de las artes y la ciencias y la leche en verso si hace falta. Luego dicen que no hay pasta para dotar todo eso, y se medio abandonan, pero lo importante es dejar la caquita, la impronta. Y tenemos un país manchado de improntas estúpidas, a cual más. Ahora, que hay elecciones casi todos los años, estamos inaugurando chorradas a tutiplén. Es lo que tiene la política, que vives esclavizado de los votantes, y de espaldas a la lógica y la visión a largo plazo. Los políticos inauguran bibliotecas sin bibliotecarios, o quieren potenciar la lectura y el deporte entre los jóvenes montando una campañita en plan guay diciéndoles a los chavales que es importante el ocio sin alcohol. Y se gastan una pasta que da gusto, pero les da igual. Como no es su dinero, no les importa derrocharlo. Además, luego podrán decir que hicieron algo. El ridículo, claro. Eso es un pequeño ejemplo de lo que entendemos por corrupción. Que algo se ha estropeado y hiede a putrefacción, que apesta, vaya. Y nuestra sociedad, tan políticamente correcta, apesta por muchos sitios distintos, en especial por su clase política.

No nos extrañemos, en España, la corrupción lleva con nosotros siglos y siglos. Somos los campeones del choriceo, y de la pestiña que turba las pituitarias de las personas decentes, si es que queda alguna. La conciencia de lo español en el pasado tenía dos almas: la idea que de éramos un gran imperio, y la idea de que éramos un imperio podrido y pícaro en sus entrañas. La caida del imperio Español no se realizó simplemente por una mala gestión económica y politica, que también, sino por una atávica e hispánica forma de ver la vida, donde la picaresca formaba parte de la esencia del comportamiento humano. Somos así, parece decir el Lazarillo de Tormes. Es la denuncia de Cadalso, por ejemplo en sus Cartas Marruecas, o la crítica de Quevedo poco antes. Un imperio maloliente y en decadencia. Nosotros lo vimos, tuvimos la clarividencia de apreciar la basura mental y ética en la que nos estábamos sumergiendo, y eso a pesar de los curas y sus códigos plagados de moralina fácil y barata. Esta diferencia ha sido notable, porque los Franceses o los Ingleses que son la grandeur y lo más del to be european, andan creyendo que son la hostia, cuando en realidad son bastante más pestilentes que nosotros.

Ahora no somos un imperio, pero sí seguimos siendo decadentes, sin saber qué es lo adecuado ni lo correcto. Los españoles estamos perdidos en la historia, y en nuestra estupidez miramos a Europa pensando que ellos lo hacen mejor. Y nos equivocamos de nuevo. Los alemanes inventaron el nazismo, que manda huevos, y los franceses se cansaron de aguillotinar gente, y de saquear las obras de arte de media europa. Para qué seguir. Si los Europeos no son corruptos hoy es porque les han dado buenos palos. Hoy los fríen a multas desde que nacen. Se han moralizado en su comportamiento porque los han apaleado hasta asustar.

Un ejemplo de esto que afirmo son los caballeros ingleses que visitan nuestras costas. Son gente educadísima en su pueblo, es verdad que hasta los viejos están alcoholizados hasta mear ginebra (que gran ejemplo con la reina madre), pero cuando vienen a España parecen satanases desatados por el cielo español. Son mister Hide, se vuelven más salvajes que nuestros adolescentes, que dan pena, pero creo que bastante menos pena, y es porque nuestra picaresca nos hace beber desde los doce años, con ayuda del botellón y de un amiguete de 18 años. La del cajero del supermercado hace como que no lo ve, o pide el carnet al mayor, el poli no actúa porque el gobernador civil o delegado del gobierno no quiere líos ni altercados públicos, y los padres prefieren no mirar a sus hijos para no tener que llevarse un disgusto los sábados, eso cuando no estén los papis de marcha por ahí, que esa es otra. Eso también es corrupción, aunque miremos para otro lado. Pero lo de los ingleses es lo mismo, aunque en su país digan que son unos jóvenes modernos y estupendos, con un paro juvenil mínimo. Aquí no nos fiamos de un pimpollo nuevo que venga a trabajar, por si acaso. Allí se ve que no tienen problemas con que mantengan una doble vida. Hipocresías de distintos gustos, no hay dudas.

En España pensamos que roban los demás, y nunca nosotros, pero es porque nos hemos europeizado, y ahora nos empeñamos en ver al otro como un malo, y nosotros como buenos. Antes, los españoles del siglo de Oro sabían que tanta mierda había en casa como fuera de casa, pero los Ilustrados se empeñaron en apreciar mucho a los franceses o a los ingleses. Los afrancesados se decía, que eran los que pensaban que fuera era todo fetén, y dentro todo penoso, y ni tanto ni tan calvo. Sin embargo seguimos teniendo la misma conciencia los españoles. Que los alemanes lo hacen todo estupendo, y los suecos y los finlandeses ni te cuento. Y es mentira.

La idea de que yo soy bueno, y los demás son malos viene de la lucha de clases del marxismo, donde se empeñaron en buscar una serie de enemigos de la humanidad para construir una dialéctica que funcionara con contrarios. Se ve que la razón francesa de la Revolución Gabacha no pudo dar más de sí con aquello de la fraternidad. Les debía sonar como algo de curas, de liberales utópicos, y Marx y Engels prefirieron reinventar el asunto fraternal excluyendo a la humanidad que no se unía a sus ideas; y lograron que fueran malos todos los que no pensaban como ellos; curas, comerciantes (denominados burguesía, banqueros, y tíos Gilitos), obreros esquiroles, la nobleza por supuesto que no curraba nada, incluido el Rey, y los liberales o conservadores básicamente. Estos grupos también, en un alarde de vulgaridad se pusieron a la defensiva, y convirtieron en malos a los obreros vagos y pesaditos, los sindicalistas, los jacobinos, y los revolucionarios que montan una algarada molestando a la gente de bien. Así está la humanidad ahora, haciendo la guerra a alguien que se supone malote hasta los tuétanos, aunque no se sepa quién.

Esto se ve cuando uno anda por un foro en la red. La peña se grita y se insulta con una categoría intelectual que deja pequeños a los babuinos de África, que son unos monos sociables muy agresivos. Pero no estamos tan lejos, creo yo hoy de hace dos siglos. Por ejemplo, el bueno de Robespierre ya nos dejó un buen recuerdo aguillotinando a media Francia. Departamento de Higiene decían los asesinos con pretensiones de cambiar el mundo. Argumentarían que era porque no seguían las consigna de los correligionarios asesinos, o sea fraternidad, libertad e igualdad. Y es que a los fraternos revolucionarios jacobinos les encanta jugar con las cabezas de sus enemigos políticos. Pero ellos no tienen la culpa, dirian los jacobinos, es que Rousseau nos engañó. Aquí todo el mundo es bueno, porque nadie pide perdón, decía un amigo mío. El caso es que para Rousseau la voluntad general de los ciudadanos era absoluta, se decia que o se opina igual que la mayoría, o eres un corrupto, un malvado, y ese es un gran principio democrático. Esto también es corrupción. La verdad es que se podrá decir muchas cosas de la inquisición, pero yo estoy seguro de que mataban con más honestidad, pensando de verdad que eran el demonio y que habían que lograr la unidad de la patria bajo una misma fe. Pero esto de matar simplemente porque opinan distinto y quiebran la unidad es de un inmanentismo que da grima. Te mato porque no opinas como yo, y viva Zapata, dicen los tíos. ¡Qué poca elegancia, y cuánta corrupción!

En cambio, nuestra gran nación no es corrupta por naturaleza, sino pícara. Aquí roban los de arriba, precisamente porque cuando eran del pueblo, eran pícaros, o sea trepas, astutos, listos. Es gente muy preparada, de eso no me cabe duda. Y amonestamos mejor al contrario, viendo la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Si esto lo dijo Jesucristo hace dos mil años, que no diría hoy. Que vemos menos que el Iscariote ganando unas elecciones.

Esto de la picaresca, y la bondad del que se cree bueno, era el discurso de las abuelas, con aquello de nosotros no somos como esa gentuza, hasta que te pillan, claro; entonces justifican todo lo que pueden. La sociedad me obligó dicen los chorizos menos chorizos, es decir, aquellos que van al talego. En cambio los chorizos de nivel, los que roban en plan miles de millones, sacan la coartada del cabroncete que además te lo restriega: las leyes me lo permiten, dice Camps con el asunto de los trajes. Los clase media cuando se corrompe se escudan en la mentirijilla, en la mediocridad, en el todos lo hacen, o no soy el único. Esto parece decirlo el Urdanga, o los Pujol. Ya todo arreglado. y luego está la coartada justificante tipo lerdo victimista: no sabía que mangar millones y guardarlos en Suiza o Andorra estuviera mal, Sánchez Vicario, o los Pujol, que parecen estar en todo.

No sabía, dicen los tíos. Y como a los tontos se les redime antes que a los listos, pues nada. A robar y a decir que soy una víctima del trinque, que me regalaron los trajes para engañarme, que despilfarré millones en aeropuertos que no sirven para nada, que hay autovías desiertas de tíos que no sabían, que fueron víctimas de su estupidez. Que se me olvidó pasar por la ventanilla de Hacienda.

A mi me pone malo todo tipo de corrupción, pero la que peor me cae es la de los que trincan en plan directo y chulo.Y ese es el problema. Que las leyes permiten a los joputas joputear al personal, pero no permiten que un infeliz, de los que disfrutamos con una corrupción de baja intensidad, salgamos vivos del enjambre. Me molesta el tío que me pregunta son IVA o sin IVA, después de echarme una perorata sobre lo cabrones que son los tíos que nos gobiernan, y lo mucho que nos roban. ¿Estamos tontos o es que nos gusta defraudar al fisco soltando sermones? Picaresca eres tú, dices mientras clavas tu pupila en mi chequera azul.

Papá, soy un corrupto, le dijo Oleguer a su padre.

Y su padre se indignó: Hijo, en mi casa solo manga tu hermano mayor, que para eso ha salido a su padre.

Ya puedes intentar lidiar con la Hacienda de todos los españoles, que parece empeñados en labrar enemigos entre las clases populares, pagando unos lo que defraudan otros. Porque cuando se trata de millones y millones de euros, entonces no se enteran, como que andaban a otra cosa. Que no tenían inspectores, dicen. Y está claro que el único que habían se fijó en el que anda sorteando IVAS para sobrevivir. Es corrupción, pero lo del de abajo tanto como lo del de arriba.

2 pensamientos en “Papá, soy un corrupto.

  1. José Cervera

    Los demagogos romanos costeaban de su bolsillo obras públicas en general útiles, o eso creo. Los de ahora presumen de construcciones horrorosas muchas veces, poco eficaces y pagadas por todos nosotros. ¿Y siguen habiendo progresistas después de esto? La especie humana no cambia en lo esencial. Pienso que el hombre occidental, moderno, es tan violento en realidad como lo ha sido siempre, pero los mil estímulos y distracciones de la sociedad actual hacen que se diluya ese instinto de tánatos, o mala leche, como se quiera. Como siempre, uno disfruta con tus artículos y tiembla después de haber reído, como decía un chiste de la Codorniz. Un saludo, Antonio.

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