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Tres cosas que nos enseña la pandemia.

Siempre se aprende en la dificultad, y yo, filósofo y observador, he aprendido tres cosas en esta crisis que no sabía. La primera es que todos improvisan, políticos y expertos, y lo hacen todo el tiempo;  dos, el teletrabajo combinado con el trabajo es más eficaz, realista y cómodo tanto para el trabajador como para las empresas; y tres, la familia necesita espacios físicos, mentales y espirituales. No basta con convivir, es necesario crecer juntos compartiendo tiempos, lugares y comidas.

En esta crisis hemos visto a las autoridades de todos los países del mundo, gobernantes de todos los perfiles posibles y de todas las calañas improvisando tanto en palabras como en hechos. Y lo sorprendente es que no he encontrado diferencia alguna con lo que hacían y decían antes de la pandemia. Improvisan todo el tiempo y todo el rato desde hace años.

Los políticos viven de decir frases estúpidas, gilipolleces constantes y rebuznos contradictorios que son improvisados la tarde anterior, y que contentan de una manera escabrosa a sus lameculos acólitos. Da igual los contenidos que vomiten, pues pueden decir una cosa y la contraria durante el mismo discurso. Lo importante es vender su producto y su imagen de hombres listos y capaces, pero se ve a las claras que son los más idiotas y torpes de la clase.

Los gobernantes se han convertido en una especie de bacterias que viven calientes bajo el aroma del eslogan propagandístico. Disimulan su incapacidad y su improvisación intelectual tras un aparente ingenio que se cae en cuanto rascas. Gente tan idiota como Lastra, Sánchez, Iglesias Montero, Trump, Johnson, Maduro, Mañueco, Torra o Macron son un ejemplo de lo que digo. No pueden disimular su inoperancia ni su improvisación cotidiana. Son una tribu entera improvisando, aparentando saber y disimulando para que la gente crea que lo tienen todo controlado, pero realmente son bobos que juegan a parecer listos. A veces ganan una poltrona para toda la vida.

Son campanillas que resuenen en un circo mediático alimentado y engordado por la improvisación de los periodistas, que son los alientan este modelo de atmósfera política. De algo hay que hablar y algo hay que decir para rellenar periódicos y telediarios. Preguntamos la inanidad y ellos responden croando o ladrando según toque. Rellenan y rellenan informativos… y también redes sociales, porque sus palmeros virtuales y engordados han florecido por doquier recitando las mismas simplezas que sus líderes de barro. Les prometo mi ausencia.

Detrás de estos improvisadores hay otros improvisadores no menos peligrosos, que son los “expertos”. Que también van de improvisación en ocurrencia. Utilizan cuatro eslóganes y cinco frases hechas para vender al político lo importante que son ellos y que los necesitan a su lado cobrando un sueldecito de “expertos”. Son lo peor, la razón técnica que decía Habermas y que hay que extirpar cuanto antes de la esfera del poder.

Estos expertos son los que hacen las leyes de educación que permiten aprobar sin aprender, son los que deciden que no haya oposiciones a médicos aunque pasen veinte años o los que sugieren al político que es mejor decir esta frase u esta otra para ganar las elecciones. Son los que deciden por los incompetentes del cotarro.

En mi descargo diré que yo hasta ahora creía que sabían algo y que había gente más o menos formada detrás de los políticos, los técnicos, vaya. Para mi asombro pandémico, he descubierto que no. Que no son más sabios que los políticos, en todo caso más “listillos” y aprovechados. Entre estos “expertos” abundan los sindicalistas, cualquier sátrapa con carnet del partido, simpatizante con estudios universitarios, trepas de colores, activistas entregados, psicólogos de nómina, instalados, sociólogos, comunicadores, y por supuesto, cualquier recién llegado al mundo de los corifeos que rodean a los gobernantes. Porque lo que mas gusta a esta gente es una cara nueva con ideas aparentemente nuevas y modernas.

La crisis me ha mostrado a las claras que no saben nada y que improvisan todo el tiempo según les da el viento. Son unos “expertos” pero podrían ser “expertos” que dijeran lo contrario. Viven de las subvenciones lo mismo que los de la cultura, escritores y artistas,  periodistas del rollito, científicos amigos y un largo montón de personas que cuando se vinculan al pesebre gubernamental tienden a improvisar perdiendo su capacidad y su sabiduría anterior, si es que alguna vez la tuvieron.

Por eso los planes de estudios de un bachillerato, que parecen sesudos, realmente son improvisados; lo mismo que la gestión de cualquier hospital que está dirigida más por la improvisación y el consejito de los coros sindicales o los expertos del partido. Y así con todo. Seguimos comprando las mascarillas chinas que no funcionan sin saber que nos han engañado los expertos suyos a nuestros expertos.

Lo segundo que he aprendido es que el teletrabajo combinado con el trabajo puede ser mejor y más rentable que tener a la gente en una oficina, una empresa o un centro de trabajo,  perdiendo la mañana como un zascandil. Se ahorra tiempo en el trayecto, se ahorra dinero en calefacción y se tiene a la gente más contenta, pues está en calzoncillos tomando un café mientras hace su trabajo al ritmo que le apetece desde su casa.

Este modelo no es válido siempre ni para todos los casos. A veces hay que ir. También es verdad que lo más agradable de muchos trabajos ese tomarse el café a mediodía con los compañeros, y eso no lo ofrece el teletrabajo. Pero en otros es claramente una mejora. Se evitan pérdidas de tiempo, se trabaja de manera más práctica, incluso más rápida y eficaz, etc. El modelo mixto de una parte en teletrabajo y otra parte presencial puede ser una solución fantástica para muchos sectores. Para otros quizás no. Pero es algo que tras probarlo, lo he analizado y veo que funciona más de lo que parece.

Lo tercero que he descubierto es la importancia de los espacios familiares. Realmente no son tan necesarias, al menos a mi edad adulta, la sociabilidad del conocido. Están en la carnicería y la pescadería tanto como en la mesa de al lado de una oficina.

Seguramente los adolescentes necesiten verse y conocer gente a mogollón, pero hay otros momentos en la vida que es más importante profundizar y disfrutar de las personas que amas. Y esas personas suelen ser más bien pocas. Hablar a gusto con los amigos y tranquilamente, estar con los hijos pasando las horas haciendo y sin hacer, jugando, viendo una película o lo que sea. Comer reposadamente, haciendo la comida con detenimiento y cariño. Leer a gusto, escucharse… Esos beneficios los ha traído la pandemia, que si no fuera por los miles de muertos y enfermos que ha habido por culpa de los improvisadores de turno, hubieran sido días felices y casi perfectos.

DESMONTANDO VILLALAR. ¡VIVA EL REY CARLOS!

                  

Reconozco que el día de la comunidad castellano leonesa me la trae al pairo, y cada vez más. En realidad celebramos una batalla que hubo el 23 de abril 1521, en el pueblo de Villalar, provincia de Valladolid, donde fueron derrotados unos nobles corruptos cuyo principal sentido a sus vidas era seguir mangoneando en Castilla a su antojo. El vencedor fue el heredero legítimo del reino, Carlos I de España y V de Alemania, apoyado por otros nobles que se afiliaron a su bando. Tan del pueblo eran unos como otros, y tan gilipollas también.

Lo lógico, como suele suceder cuando se reparten yoyas, es que unos van con unos y otros con otros. O sea, una pelea de las muchas que ha habido en la historia de la humanidad, cuya principal pretensión era hacerse con el poder y con el control por la única razón por la que la gente se quiere hacer con el poder y el control: para decirnos a los demás lo que hay que hacer, y para mandar y tomar decisiones y enfangarse hasta las cejas. Hasta ahí todo normal, y no decimos nada nuevo.

Lo curioso es la reinterpretación de la historia que algunos iluminados han querido hacer con el asunto de Villalar afiliándose al bando que perdió la batalla. Es verdad que las victorias guardan su mística (Real Madrid y Barcelona), pero también las derrotas guardan su halo de gallardía y de pesadumbre, y el derrotado es convertido en un libertador popular, en un héroe local que lo intentó y no pudo, y que por eso la vida es triste y amarga (Atlético de Madrid y Valencia), pero que “somos los mejores, bueno y qué”. Y aquí los comuneros los han convertido de pelamanillas en héroes tipo Hombres G.

Esta mística de derrotados es la que ha hecho de Villalar un símbolo estúpido, un lugar donde todos los años reaparecen corifeos, bailarinas y actores en su papel anual de circunspectos políticos de pelaje reivindicativo. Los tíos se plantan en Villalar y nos sermonean contándonos lo bobos que son celebrando la derrota de unos sinvergüenzas y unos traidores como fueron los comuneros, que perdieron contra otro gotoso como era Carlos I, al que apoyaba su madre la Reina Juana de Castilla. Y lo mal que estamos desde entonces, y bla, bla, bla…

Han puesto un monolito, y allí llevan sus flores, banderolas y símbolos ideológicos para cantar la serenata de los derrotados. Que somos mejores, que nos vamos a levantar, que os vamos a dar una paliza en cuanto os descuidéis, que el pueblo está clamando por la libertad y no sé cuantas monsergas más. Y claro, los partidarios del Rey Carlos se descojonan desde sus tumbas, casi haciendo coro con los Padilla, Bravo y Maldonado, nombres que nuestros alumnos identifican con la época de Franco, que fue cuando pasó todo lo malo del mundo. Así es la historia, un reinterpretación constante y absurda de nuestras justificaciones del presente.

Yo creo que podían haberse desmochado la cabeza pensando un poco más, y haber buscado otros momentos de la historia más entretenidos para convertirlos en fiesta-derrota de la comunidad. Por ejemplo, podía haber sido fiesta el día de la derrota de la Armada Invencible, y montar una batalla en barco por el Duero; o disfrutar recordando la pérdida de las Filipinas disfrazándose de nativo con taparrabos; o rememorar la olvidada batalla de Sagrajas, donde los almorávides nos dieron un baño de humildad. Ahí montaríamos los moros y cristianos de Alcoy pero en plan moderno, con victoria de los musulmanes. Igual, y lo digo para animarnos todos, podría ser más guay celebrar la independencia de nuestros países hermanos de América, ellos vencen y se independizan y nosotros perdemos y nos lo pasamos pipa disfrutando de la fiesta. Y les invitamos y montamos una orgía hispana.

En realidad lo de celebrar derrotas les mola a muchos. Hay gente que celebra con gusto las derrotas del Madrid y las del Barça, pues son más divertidas que las victorias propias. Ver la cara de los derrotados da gustillo, como que nos pone ver al otro jodido y sin alma, manteado como Sancho y sin ínsula. Los del CDS, hace años, propusieron que se celebrara mejor la unidad entre los reinos de Castilla y León, y propusieron la fecha del 30 de julio, cuando se unió bajo Fernando III el Santo los dos reinos de manera definitiva, pero los quejicas de la izquierda política, que siempre están enredando con sus ignorancias, prefirieron Villalar, como que les parecía muy del pueblo ir con los zarrapastrosos de los comuneros. Dejaron la unidad para otro día, y claro, hasta hoy, que ni en el parlamento se unen para formar gobierno. ¡Qué tíos sectarios! Con tal de ver derrotado a la derecha es que pagarían.

En fín, ahora que estamos de buen rollo, me voy a confesar. De verdad, yo en mis años jóvenes andaba por Villalar, incluso compré una bandera de la nefasta II República Española exhibiendo la derrota a más no poder. Pero ya me he cansado de ser un derrotado. Leí a Nietzsche y me voy a empezar a apuntar al bando de los campeones y los superhombres. A la mierda los comuneros y viva el Rey Carlos.

Además es superfácil. Es como ser del Barça o del Madrid, que basta con que te mole. Me paso al bando enemigo, el que estaba legitimado, y digo que yo voy con el rey Carlos I de España y V de Alemania, un tío moderno, de progreso y fetén, educado, alemán y emperador. Y no con los piojosos esos que perdieron la cabeza por hacer el mierda intrigando con vidas ajenas (porque otros murieron sirviendo a sus señores como carne de cañón que eran). Es verdad que podíamos haber celebrado la victoria del Real Valladolid contra el Real Madrid en la copa del Rey de hace unos años, o la victoria de Iniesta y sus amigos de Fuentealbilla en Sudáfrica. Pero como tenemos que bailar el waka-waka con Piqué pues mejor no. Viva el Rey Carlos, mueran los comuneros. Viva Villalar, nuestra gran victoria.

Hasta Cervantes quiso morir en un día tan señalado para dejar constancia de la grandeza de la casa de Austria, combatió en Lepanto a las órdenes de D. Juan de Austria, que como se sabe era hijo del Rey Carlos. Hijo ilegítimo, porque hasta en esto, Carlos le da mil vueltas a los comuneros esos.

No lo llames desahucio, llámalo depredación.

Me envió mi hermano una invitación a comentar algo al respecto, y el título no puede ser más sugerente: no lo llames desahucio, sino depredación. Es el viejo gusto por los eufemismos, el juego de palabras, donde parece que no decimos lo mismo, aunque sí lo digamos. ¿Es lo mismo interrupción del embarazo que abortar? Pues sí. ¿Es lo mismo desahucio que depredación? Aquí es más dudoso, pues ni todos los desahucios son depredaciones, ni todas las depredaciones son desahucios. Vamos por partes.

Técnicamente y por la RAE, desahucio es el nombre que damos a la ejecución de una sentencia donde una persona o personas son desalojadas de una vivienda que no les pertenece, que han ocupado como inquilinos o arrendatarios. Cuando un señor alquila un piso, y sus inquilinos por ejemplo no le pagan, se va al juzgado y logrará, con suerte y una caña, que desahucien a los gorrones que lo ocupaban. En estos desahucios el depredador suele ser el inquilino que deja el piso hecho un asco, aunque tampoco faltan mafiosillos arrendadores que se aprovechan de la gente alquilando auténticos contenedores de basura a precios astronómicos. La predación se hizo antes, cuando se contrató, y el desahucio es casi una liberación.

Pero no es este el tipo de desahucio que ocupa las portadas y la indignación de la gente, sino otro cuyo origen es el impago de una hipoteca. El dinero lo prestan los bancos y los usureros. Los primeros en plan legal, y los segundos rompiendo las piernas al que no paga. Formas parecidas, acciones semejantes. En los años de prosperidad mucha gente se lanzó a comprar un pisito: monísimo, con cuatro habitaciones, baño, terraza y calefacción individualizada, como a las afueras de cualquier ciudad de España. Pero, claro, para pagar algo así con nuestros miserables sueldos se necesita pedir un préstamo a un banco. Da igual cual, uno cualquiera y todos encantados de colocarte el  inevitable préstamo. Porque el dinero cuesta dinero, que es algo que muchos no saben. Los préstamos se cobran, y claro, los pobrecitos bancos y cajas de ahorros, como hacen sus negocios con sonrisa profident y el puñal bajo el brazo, pues piden algo a cambio por si no pagas. Porque está claro que vas a pagar, pero, ¿y si no? Pues un aval mejor que romperte las piernas.

La hipoteca, como figura jurídica, y esto desde el tiempo de los romanos que inventaron la genialidad del derecho civil, implica que se pone de aval el mismo piso o bien que se pretende comprar con el préstamo. Es una condición sobre el bien. Aquí la prenda y la hipoteca son figuras jurídicas con cierta semejanza, que ahora no vamos a detallar. El gran invento de los bancos modernos es exigir avales. Y como el pisito es tan mono, pues ¡ale hop! Ponemos de aval el piso de la abuela, de tu madre, de la mía, del tío inválido de Getafe. Lo que sea. Y luego vienen los bancos para cobrar su préstamo y se quedan con todo. Como en el monopoli, tu das vueltas, cobras poco, y ellos te sacuden con sus hoteles y casas.

¿Cómo que no tiene para pagar? ¿Cómo que avaló el piso de la abuela? ¿Cómo que la mujer tiene novecientos años? ¿Cómo que le han echado de su empresa? ¿Como que ha cerrado su negocio? ¿Cómo que necesita tiempo y dar otra vuelta por la casilla de salida? Da igual. El banco quiere tu dinero, y el juez debe cumplir la ley que han aprobado los parlamentos. Se llama Estado de Derecho, que solo funciona para algunos (para los catalanes no, estos dejan sin ejecutar sentencias del Supremo sin que les tiemble el pulso). Luego nos cuentan en los telediarios que los bancos han tenido nosecuantos beneficios.

Es notable la diferencia entre un banco cuando estafa con preferentes,  y un particular cuando no paga al banco, porque en los dos casos el ciudadano es el sodomizado, depredado y castigado. Por tonto y retonto. Ya veremos si recupera el dinero, dice el político y el juez por igual, en declaraciones por las preferentes. Y venga a reunirse los pobrecitos que se fiaron de lo que les contaba su amiguete del banco. Como si tuvieran alguna posibilidad.

En cambio cuando el banco es la víctima que no recauda el dinero que prestó, entonces se recupera el dinero por cojones. O sea, se subasta del piso, te bloquean la cuenta y te revenden tu casa. Contigo a la puta calle, lógico. El piso es de ellos ahora, lo dice el contrato abusivo que un día firmaste como un pardillo. Cuatro habitaciones, terraza, y salón con baño a tomar por culo, era tan mono que era del banco, y tu como un gilipollas.

Vamos a ver. La culpa no es del derecho romano, que hemos humanizado gracias al cristianismo ( a quién si no…). Antiguamente los romanos castigaban con la esclavitud al que no pagaba sus deudas. O con la muerte tras una hondonada de hostias. Ya está. La culpa es del Estado de Derecho que permite que un memo firme un contrato con un cabronazo, así dicho en plan faltón. El memo tiene una parte de culpabilidad, y el cabronazo casi toda. Eso que se persigue para los usureros que estafan, se protege cuando son grandes entidades financieras (se llaman así) las que prestan pasta.

Desde el punto de vista jurídico el tema no es sencillo ni baladí, porque la pregunta está en cómo conciliar la obligación de pagar las deudas con el derecho a vivir dignamente. Esto ya lo hicieron los Padres de la Iglesia (obispos del siglo IV y V) cuando condenaban los préstamos abusivos. En la época carolingia, medievo bendito, se prohibieron los préstamos, y los únicos usureros eran los judíos. Santo Tomás ya hablo de ésto, pero por desgracia, la gente no sabe ya ni quién es Santo Tomás, y así nos va. Menos cultura, más abuso; menos religión, más inanidad para hacerles frente a los depredadores contemporáneos.

Yo creo que la solución no está en impedir el desahucio, que es el fin de la cadena, sino en el principio de la misma, es decir, en la depredación del contrato abusivo. ¿Se puede discutir con un banco algo del contrato? ¿Se puede contratar un préstamo con las condiciones que a uno le gustaría? No, claro que no. Son contratos de adhesión. Si quieres lo tomas y si no lo dejas, te quedas sin préstamo y sin casita mona en las afueras. Los bancos fijan las cláusulas por impago, te dicen que necesitas un aval, y te ponen la pena si no pagas a tiempo (25% o lo que les de la gana), sanción que cobran cuando les apetece con tu pasta en el banco. Ese es el abuso, ahí es donde hay que intervenir. Ahí es donde no nos podemos bajar los pantalones, pero es precisamente ahí donde no se atreven los políticos a meter mano. Negocio privado lo llaman. ¿Por qué no se prohiben los avales hipotecarios teniendo ya como aval el piso? ¿Por qué no se fuerza a renegociar los préstamos cuando uno es poderoso y el otro no? ¿Por qué no se rescata a los ciudadanos, en lugar de rescatar a los bancos? ¿Para que nos sigan sodomizando con nuestro dinero?

Hace unos años, en un banco, me contaron que habían cobrado una comisión indebidamente a los que tenían la nómina con ellos, y que si los clientes reclamaban se les devolvía. ¿Y si no lo reclaman porque no se habían enterado? Pregunté. Pues no se devuelve, me contestó la señora del banco con una sonrisa cómplice, como satisfecha de su delito. Le dije que eso era robar. Y no le gustó. Es lo que tiene el mundo de la banca, que roban con la ley en la mano, y tú, pobrecito imbécil, como no tienes tiempo para demandarlos cada jueves, pues tienes las de perder. Ellos sonríen, y si quieres hacer un ingreso, pues de 8 a 830 de la mañana del día uno al cinco del mes. Así son. Malos y depredadores.

Los gobiernos, si quieren hacer legislaciones mejores que eviten la depredación de los grandes sobre los pequeños, tendrían que entrar a reformar las leyes hipotecarias, hacerlas más restrictivas para los bancos, leyes de préstamos de dinero, donde el mango de la sartén no lo tengan los bancos, sino la ciudadanía y la administración con organismos de control más eficaz. Que quedemos al menos más protegidos de sus malévolas mañas, qeu son muchas, y no desterrados al Defensor del pueblo, que parece el Rey de los pardillos cuando va al Congreso una vez al año.

Ya puestos a hacer programas electorales, yo prohibiría los contratos de adhesión, regularía el derecho a solicitar en determinadas condiciones laborales un préstamo, y regularía la obligación a concederlos por parte de bancos. Sin avales abusivos, y sin penalizaciones cabronas. ¿No es un derecho el acceso a la vivienda? Pues hagamos leyes que faciliten el dinero para acceder a ella. Y fin.

PD: ¡Ah! Es verdad. Se me olvidaba que los partidos políticos deben mucho dinero a los bancos. Si es que nos tienen cogidos por los huevos a todos…

Dedicado a los López.

El lenguaje que nos engaña o nos engañan con el lenguaje.

 

A mi el lenguaje políticamente correcto es que me chifla, porque me parece la manipulación más burda sin ningún tipo de disimulo. Vamos con el gran ejemplo: tolerancia cero = intolerancia. es lo mismo pero no. Ser intolerante, en el lenguaje correcto, es ser facha (facha=malo), y como no podemos ser malos, porque la peña hoy quiere ser buena, buenísima y sin conciencia de pecado, puritanismo en plan nazi; pues solo nos queda la opción de ser intolerantes cero. Pero cero-cero, o sea intolerantes pero buenos. Ya está. Si quieres ser intolerante pero en plan guay, pues hay que tener tolerancia cero, porque sino serás un fascista (antes retrógrado), un intolerante y un malo.

Una vez se ha creado la palabra guay, hay que usarla para lo que queramos, y siempre quedaremos bien. Por sus palabras los conoceréis, (no por sus obras, aquí Jesucristo iba al revés). Esto los de PODEMOS es que lo clavan, pero los PPSOE también se ponen estupendos. Tolerancia cero con los defraudadores, con los banqueros, con los ricos, con la casta (que no los castos), con los violentos (aquí entran desde hinchas del atlético de Madrid, hasta el violador de la diagonal, pasando por los jihadistas).

Lo de los violentos es espectacular, porque cualquiera que se cabree por algo puede acabar siendo un violento, según esta peña. Hay que hablar asertivo (palabra nueva), dicen, o sea sin cabrearte, como si tuvieras sangre de horchata. Atropella a tu niño un adolescente borracho con su moto, pues no puedes hacer nada más que ser asertivo. ¡Oiga, acaba usted de matar a mi hijo! Haga el favor de no tener conductas disruptivas. Oh lo siento, sea usted asertivo y no me meta dos yoyas.

Volvemos a la realidad. ¿Tolerancia cero con el hijoputa ese? Primero le crujes a patadas, y luego que te manden un psicólogo de esos que tiene el ministerio para los shock traumáticos. Se me ha ido la mano, le dices al psicólogo, pides perdón a la familia, y quedas como un señor. Asertivo que lo sea el cabronazo de la moto, coño.

Hay cantidad de palabras inventadas, que de cuando en cuando se cambian para que parezca que se dice lo mismo pero como de otra forma. En la escuela hay cientos de miles de ellas, a cual más idiota, pero funcionan. “Vamos a poner la reválida en varios cursos para mejorar la calidad de la enseñanza” dice el político de turno hinchado como un pollo de soberbia y caldo en grasa. O sea, vamos a hacer evaluaciones externas. O sea, que los profesores de unos centros vayan a corregir a los de otros. Esto en 2º bachillerato se llamaba selectividad y ya estaba inventado sin que nadie pueda decir que sirviera para algo. Más bien era un escollo para el profesor que le toca además de dar 2º bachillerato, recetar valiums a los alumnos. Por cierto Segundo de Bachillerato se llamaba antes Curso de Orientación Universitaria, o sea COU. Cambiamos los nombres para que no cambie nada ¿Sigo? que nadie se engañe, porque la calidad no va a mejorar, simplemente nos van a marear con estadísticas y cosas así. Mejoramos la calidad cambiando el lenguaje, diría yo. Rellenan informes los profes que suspenden, (no vale poner porque no estudian), y en pocos años diez matriculados diez aprobados, aunque no sepan nada. Calidad, calidad, calidad… bendita palabra.

Otra palabra que mola es la de “democratizar”. Es un término muy de la izquierda, acogido por la insípida derecha española sin criterio alguno. Democratizar es convertir algo malo en bueno, pero sin que cambie nada. Quieres tener un restaurante chachi, democratiza tu menú. Es decir ofrece platos distintos para que la peña pueda elegir. ¡Ah! ¿Qué esto ya estaba? Entonces hay que inventar una palabra para decir que tu restaurante era antes fascista. Menús inmovilistas, frente a menús democratizados. Ya está. Medallas a mi que cambio el mundo. De esta forma podemos democratizar los parques públicos, las aceras, las familias, las escuelas, la sanidad, los aeropuertos, los supermercados, la ortografía, la historia, la literatura, los bancos y todo lo que nos dé la gana.

Ahora se lleva decir que hay que montar una escuela inclusiva; o sea, lo que había antes pero en plan matices. La mala es la escuela de antes, aunque tuviera fantásticos resultados era poco fetén, o sea muy mala, injusta y fascista. Ale. La misma mierda con distintos nombres (ñordos, zurullos, cagurrias, cagada, mierda, heces…). Segmentos de ocio son los recreos. Eso, que lo dice un humorista y te partes la caja, lo dice el Secretario de Estado de Educación, y todo el mundo abre la boca para soltar un ñordo asertivo; y luego la peña a repetir lo que dijo como que dijo algo importante.

Esto afecta también al mundo del deporte casero. Antes uno bajaba a correr un rato, pero tras unos años donde la gente hacía footing, ahora se impone el nuevo deporte llamado running. O sea correr por el campo, por la ciudad, o por el pasillo de tu casa. Pero seguro que hay variables que se nos escapan. El que baja a correr sin más, lo hace con calcetín blanco, rayas azules y rojas, pantalón muy corto con rajilla abierta por el muslo exterior, y si es hombre con pelos salvajes por piernas y pecho. Las mujeres no bajaban a correr, faltaría más que fueran así de despendoladas, salvo que dieran en marimacho. Por eso las mujeres siempre prefirieron hacer footing, lo haces con mallas (tías), calcetín media, pantalón cortilargo por debajo de la rodilla (tío), camiseta muy sudada y holgada, con auriculares y walkman para escuchar la música sin la cual te aburres. Por supuesto calzado playeras (esto es de Valladolid) o zapatilla deportiva de colores tipo reebock, que debe ser una marca.

Es running es algo totalmente distinto. Porque no solo corres, sino que lo haces con el móvil, auricular monoorejil, en conexión de datos abierta y superdepilado y superdelgada tía. Con ropa de marca de tienda de deportes de clase media, calcetines que no abriguen el tobillo, como pinkis desaparecidos en zapato de tacón. Las chicas con el pelo recogido, claro; y si se enseña el tatuaje última low cost mejor que mejor. El running es para metrosexuales,  para mujeres, y para peña moderna. Dentro de unos años se llamará de otra forma, pero de momento parece que vale a la peña.

Decía Nietzsche, con bastante acierto y ejecución, que el lenguaje en nuestra cultura occidental es una fuerza nihilizadora, que ese lenguaje impone una fetichización de la metafísica, y que tales maniobras manipuladoras de los débiles (igualitaristas, demócratas, feministas, socialistas y cristianos…) impiden una experiencia estético-dionisíaca de afirmación del devenir.

Explicación: El lenguaje en occidente es una fuerza que nos conduce a la nada. Con esta afirmación Nietzsche ya derrumbó el edificio de la filosofía, levantado con la fuerza de la palabra, de los conceptos y de las ideas. Luego sigue afirmando, que ese lenguaje impone una fetichización de la metafísica, que es tanto como afirmar que convierte los conceptos en solemnidades para darles un regusto a trascendencia (“solemniza lo obvio” decía F. González cuando hablaba de J. M. Aznar). Esa trascendencia pretendida es empleada por los manipuladores culturales para decirles al resto lo que tienen que pensar, creer, y decir; y ahí entra el lenguaje políticamente correcto.

La poesía, podía haber redimido al lenguaje común, dice Nietzsche, pero no lo logró, porque Sócrates y Platón apostaron por los conceptos (igual que la ciencia, el cristianismo y la democracia, cosas que pasan), y no por la poesía. Por eso occidente mata la poesía, la considera residual, y pretende dominar el mundo dominando el lenguaje. La liberación del hombre pasa por la música y el lenguaje musical. Desembarazarnos del lenguaje es lo primero que debe hacer el superhombre. Así de claro. Más música y menos paroli.

¿Comprenden ahora por qué el lenguaje impide la experiencia estético-dionisíaca de afirmación del devenir? Mientras nadie baje a correr sin más, yo creo que está clarísimo.

Consumir libros.

Desde que el mundo del libro es un negocio, o sea desde siempre, hay libros de usar y tirar, y libros para guardar. Precisamente en estos días, que celebraremos el Día del libro y sus acólitas Ferias del Libro, los libros se convierten en protagonistas de las calles, se instalan recintos, se hacen actos, presentaciones, carteles, y se deambula por Ferias, en plan casetas, de ocasión y demás recintos. Todo el mundo parece empeñado en que compremos libros, y está bien, porque siempre se encuentra algo que vale la pena leer.

Yo, este año, que me he estrenado editorialmente con LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, no puedo menos que hacer una reflexión sobre el tema del libro, su funcionamiento, resortes y vericuetos de todo un negocio, que hace viejo un libro a los dos años (oficialmente) o a los pocos meses en términos de mercadotecnia.

Vender libros es un negocio complicado, más de lo que parece. El mercado siempre se mueve en términos de oferta y demanda, de ahí que unos trabajen por ofrecer libros (escritores, editores, distribuidores y libreros), y otros los demanden (lectores, amigos de lectores que regalan libros, bibliotecas e instituciones públicas). Actualmente deben salir, o sea editarse, unos 600 libros a la semana en España, doscientos arriba o abajo. Esto hace que haya un exceso de oferta, pues la demanda de libros es más bien escasa. En palabras de un librero: “hay más libros que lectores”, y no le falta razón.

Por eso la solución es fácil: o potenciamos la lectura, o sacamos menos libros.

Lo primero es cosa de educación, política cultural y cosas por el estilo, por eso los charcos son abundantes y embarrados a más no poder. Hace años las instituciones sacaban libros que no vendían, y que terminaban regalando entre los funcionarios de tal o cual sección. Libros caros, con fotos e ilustraciones estupendas. Yo en casa tengo varios de esos, regalos de consejerías de aquí, y regalillos de allá, con títulos absurdos que no compraría ni loco, pero ahí están. Regalados por la Junta. Tenerlos los tenemos, pero no leemos más por eso. En los insti y colegios potenciamos que vayan autores, y cosas por el estilo, gracias a lo cual la literatura juvenil e infantil goza de bastante buena salud. Luego desaparece todo el trabajo en el bachillerato y la universidad. Política cultural cero (excepto lo que hacen los profes y maestros, que no es política sino otra cosa), así que vamos con la segunda solución.

Se sacan menos ejemplares que hace unos años. O mejor, se sacan más ejemplares de una publicación de moda que se intenta vender sí o sí, y menos de los demás posibles títulos. Estos ejemplares masivos, que inundan las librerías se editan se trituran y se usan como papel para vender y volver a reciclar. Esto es sorprendente, pero es así, como lo leen. Las grandes editoriales fabrican miles de ejemplares que inundan las librerías durante unos meses conformando torres con su volumen cuando el espacio es amplio (Carrefour, Coste Inglés, Fnac y Casa del Libro), y copan escaparates enteros a golpe de talonario e intereses. De estos libros, se venden muchísimos menos de lo que parece, y que nunca dicen. El resto se envía a América, para hacer allí la segunda parte de la campaña de venta del autor, y luego se recicla el papel.

Actúan así de manera lógica a sus intereses, pues dan a conocer el producto mediante la acumulación de objetos, en este caso ejemplares. Cuantos más ejemplares del mismo libro se vean por la librería mejor, y cuanto menos libros de los competidores (escaparates) haya, mucho mejor para los primeros. Esto explica que las grandes cadenas no tengan en sus escaparates expuestos más que unos pocos libros, con grandes carteles, y amontonados en una decoración estética atractiva. ¿Y el resto de libros? ¡Ah! ¿Pero hay más libros en las librerías? A los dos años todos calvos. Prueben a buscar algo concreto de hace unos años. Ni existe, ni se acuerdan de ello, salvo librerías excepcionales, o escépticas que son la excepción.

Un ejemplo actual: la gente no va a comprar los 500.000 libros del último de María Dueñas, el número hace la publicidad. Realmente van a vender 10.000, se dan con un canto en los dientes, y destruyen el resto de la producción, o la mandamos a américa, donde venderán a lo sumo 150.000 o así. El resto, que es más de la mitad, no va a librerías de ocasión, porque son demasiados volúmenes, por eso se destruyen o reciclan. ¿Te has fijado cuántos libros hay en las casas? Está claro que no cabe un ejemplar más de María Dueñas, ni de Pérez-Reverte, ni del que sea. Se almacenan o se destruyen. Es como los Chinos, o nos los comemos cuando se hacen viejos, o vuelven a su patria. Yo creo que es esto segundo, se usan (las macroediciones no los chinos) para sacar ediciones de bolsillo con papel reciclado, y así nunca se acaba el mundo.

Suena a obsolescencia programada en los materiales residuales, pero es que tratan los libros como material de usar y tirar, ni más ni menos. Por eso hacen libros de usar y tirar, porque como se escriba un libro único, uno de esos que te guste leer una y otra vez, pues la han cagado con ganas. Lo que quieren es que una vez que lo compres y lo leas, lo vuelvas a comprar. Pero eso solo pasa con el Quijote o con la Biblia, que te gusta tener ediciones monas y estupendas para lucir en la estantería.

Ellos querrán que vuelvas a comprar el mismo libro, o sea, comprar otro libro del mismo estilo o autor si te gustó, que se convierte en autor de moda, aunque no sepa escribir, ni tenga estilo literario, ni cuente nada relevante. Si entretiene y te mola antes de dormir por la noche, pues ya está. Libros fáciles, con temáticas que enganchen para no llegar a ningún sitio. Libros que entretienen y que enseñan poco.

Da igual que un libro sea bueno o malo, porque a los seis meses un año está muerto para los circuitos. Así funciona. Por eso los editores aprovechan los grandes momentos del año: navidades para regalar libros, ferias del libro y antes del verano que parece que en verano mola leer. Se acabó. Los demás meses son malos para los libreros, fatales o de hundirse, como es febrero.

Es que unos libros se venden y otros no, te dicen como si fuera el único criterio por el que valorar una obra. Es como la telebasura, si tiene audiencia parece que es estupendo, y ahí andamos destruyendo la cultura y la literatura. Todos sabemos lo que hay que hacer para vender: mete algo de sexo, algo de gentes ricas y glamour, algo de intriga y misterio, y cierto deje trascendente. Eso vende. O gana un premio (los conceden los mismos que quieren vender libros). Eso vende. Sé conocido (que ahorra publicidad en la calle), eso vende.

Otra cosa es que valga la pena leer algo así. Por eso los clásicos suelen siempre funcionar, por eso muchas de las novelas contemporáneas de los últimos quince o veinte años (economía en despegue) no sorprendan ni en calidad ni en temática. Por eso los géneros están funcionando y despertando: policíaco, novela histórica, comic o ciencia ficción…

Papá, soy un corrupto.

No conozco a nadie que diga abiertamente que es un corrupto, aunque aquí no se salve ni san Pedro negando a Cristo. Y los políticos tampoco. En general hablan y hablan de lo importante que es combatir la corrupción, como si ellos no hubieran llegado al poder trepando y pisando a gente por el camino que conduce de ser un afiliado a situarse en el partido en el que militan. Nos quieren hacer creer que están ahí para luchar contra algo cuya esencia son ellos mismos. La política mancha, desde luego, y no hay oposiciones a político, ni unos estudios reglados sobre la ética del gestor público, por eso los políticos son unos tíos, que hoy día tienen que ganar elecciones y obtener una legitimidad, que no una patente de corso para hacer lo que te de la gana. Esto la clase política parece haberlo olvidado, y ha contagiado a toda la sociedad de su maniqueísmo farisaico. Igual que todo el mundo, mejor o peor, se dedica a contar al mundo lo malos que son los demás, en una especie de nuevo fariseísmo hipócrita, y lo bueno que son ellos; así los políticos están machacándonos diciendo lo turbados que están por la corrupción reinante, cuando ellos parecen ser superiores al resto, dotados de una varita mágica que cambie la naturaleza humana o algo así. Es como si no tuviera que ver con la naturaleza humana la inmoralidad.

Esto antes no pasaba, cuando nuestro país era el paraíso de la picaresca sin complejos. Les hablo de la modernidad española, que son los siglos así llamados por algunos corruptos de la historia. ¡Qué modernos somos!, decían los de la Ilustración, y ale, mientras a  robar a la iglesia con aquel sistema tan fino llamado desamortización. Es un ejemplo de lo que hacían los políticos de antaño, que son como los hogaños. y luego a recibir palmaditas en la espalda por su gran chapuza. Somos unos genios, pero lo estropeado no lo arregla nadie en siglos. La educación es una ejemplo. Necesitaremos siglos para levantar lo que en cincuenta años se han cargado los franquistas aperturistas, y los demócratas más aperturistas todavía. Y es que el problema de base seguramente está en encuadrar la educación bajo un régimen administrativo, que es algo tan útil para garantizar derechos a los administrados, como funesto para educar personas.

Lo molesto para muchos, entre los que me incluyo, es que los políticos siempre justifican sus desmanes y sus acciones diciendo que están modernizando el país, impulsando la economía, mejorando a los ciudadanos, y otras tantas patochadas que no se creen ni ellos.  Los políticos mienten cuando hablan del rival y no reconocen lo que ha hecho bien, y mienten cuando defienden la estupidez de sus compañeros de partido diciendo que ha sido una medida genial que traerá grandes bienes. No es que no sean independientes en el partido, o que los partidos no sean demócratas; es que terminan creyendo sus propias mentiras, y lo que es peor; convenciendo a la ciudadanía de que sus mentiras son verdaderas. Eso es corrupción. Algo que huele mal, algo que está estropeado y pasado, que se ha podrido. Y el juego democrático, tal y como lo hemos conocido, está sepultando la credibilidad de la democracia con cada falacia que vomitan los que se han erigido en sus portavoces.

Los políticos pierden demasiado tiempo en convencernos de que lo están haciendo bien. ¿Acaso no brilla la verdad por sí sola? Ellos no piensan así, creen que son geniales, y que para convencerse a ellos mismos de que son geniales nos torturan con sus campañas, su ingeniería social, dicen;  su manipulación mediática. Pero no nos engañemos. Los políticos de la mayoría de los países (incluido el nuestro) son unos mediocres ignorantes, entregados a saltarse las leyes que ellos mismos han hecho cuando les conviene, alegando que ya no son útiles ni eficaces.

Los políticos, de siempre, dejan una cagadita y quieren ser recordados por ello, quieren pasar a la historia y ser recordados por lo que hicieron, sin ser conscientes de que no están preparados para hacer casi nada. Es la impronta de su gestión, dicen. Hoy tenemos más placas de inauguraciones de los últimos años de democracia que de toda nuestra historia. Y es que los políticos de hoy les encanta ser fotografiados inaugurando algo. Con Franco se cebaron criticando que inauguraba pantanos, pero los demócratas contemporáneos inauguran a destajo y sin pensar: aeropuertos, autovías, hospitales, colegios, parques, mundiales, expos y olimpiadas, casas de cultura, ciudades de las artes y la ciencias y la leche en verso si hace falta. Luego dicen que no hay pasta para dotar todo eso, y se medio abandonan, pero lo importante es dejar la caquita, la impronta. Y tenemos un país manchado de improntas estúpidas, a cual más. Ahora, que hay elecciones casi todos los años, estamos inaugurando chorradas a tutiplén. Es lo que tiene la política, que vives esclavizado de los votantes, y de espaldas a la lógica y la visión a largo plazo. Los políticos inauguran bibliotecas sin bibliotecarios, o quieren potenciar la lectura y el deporte entre los jóvenes montando una campañita en plan guay diciéndoles a los chavales que es importante el ocio sin alcohol. Y se gastan una pasta que da gusto, pero les da igual. Como no es su dinero, no les importa derrocharlo. Además, luego podrán decir que hicieron algo. El ridículo, claro. Eso es un pequeño ejemplo de lo que entendemos por corrupción. Que algo se ha estropeado y hiede a putrefacción, que apesta, vaya. Y nuestra sociedad, tan políticamente correcta, apesta por muchos sitios distintos, en especial por su clase política.

No nos extrañemos, en España, la corrupción lleva con nosotros siglos y siglos. Somos los campeones del choriceo, y de la pestiña que turba las pituitarias de las personas decentes, si es que queda alguna. La conciencia de lo español en el pasado tenía dos almas: la idea que de éramos un gran imperio, y la idea de que éramos un imperio podrido y pícaro en sus entrañas. La caida del imperio Español no se realizó simplemente por una mala gestión económica y politica, que también, sino por una atávica e hispánica forma de ver la vida, donde la picaresca formaba parte de la esencia del comportamiento humano. Somos así, parece decir el Lazarillo de Tormes. Es la denuncia de Cadalso, por ejemplo en sus Cartas Marruecas, o la crítica de Quevedo poco antes. Un imperio maloliente y en decadencia. Nosotros lo vimos, tuvimos la clarividencia de apreciar la basura mental y ética en la que nos estábamos sumergiendo, y eso a pesar de los curas y sus códigos plagados de moralina fácil y barata. Esta diferencia ha sido notable, porque los Franceses o los Ingleses que son la grandeur y lo más del to be european, andan creyendo que son la hostia, cuando en realidad son bastante más pestilentes que nosotros.

Ahora no somos un imperio, pero sí seguimos siendo decadentes, sin saber qué es lo adecuado ni lo correcto. Los españoles estamos perdidos en la historia, y en nuestra estupidez miramos a Europa pensando que ellos lo hacen mejor. Y nos equivocamos de nuevo. Los alemanes inventaron el nazismo, que manda huevos, y los franceses se cansaron de aguillotinar gente, y de saquear las obras de arte de media europa. Para qué seguir. Si los Europeos no son corruptos hoy es porque les han dado buenos palos. Hoy los fríen a multas desde que nacen. Se han moralizado en su comportamiento porque los han apaleado hasta asustar.

Un ejemplo de esto que afirmo son los caballeros ingleses que visitan nuestras costas. Son gente educadísima en su pueblo, es verdad que hasta los viejos están alcoholizados hasta mear ginebra (que gran ejemplo con la reina madre), pero cuando vienen a España parecen satanases desatados por el cielo español. Son mister Hide, se vuelven más salvajes que nuestros adolescentes, que dan pena, pero creo que bastante menos pena, y es porque nuestra picaresca nos hace beber desde los doce años, con ayuda del botellón y de un amiguete de 18 años. La del cajero del supermercado hace como que no lo ve, o pide el carnet al mayor, el poli no actúa porque el gobernador civil o delegado del gobierno no quiere líos ni altercados públicos, y los padres prefieren no mirar a sus hijos para no tener que llevarse un disgusto los sábados, eso cuando no estén los papis de marcha por ahí, que esa es otra. Eso también es corrupción, aunque miremos para otro lado. Pero lo de los ingleses es lo mismo, aunque en su país digan que son unos jóvenes modernos y estupendos, con un paro juvenil mínimo. Aquí no nos fiamos de un pimpollo nuevo que venga a trabajar, por si acaso. Allí se ve que no tienen problemas con que mantengan una doble vida. Hipocresías de distintos gustos, no hay dudas.

En España pensamos que roban los demás, y nunca nosotros, pero es porque nos hemos europeizado, y ahora nos empeñamos en ver al otro como un malo, y nosotros como buenos. Antes, los españoles del siglo de Oro sabían que tanta mierda había en casa como fuera de casa, pero los Ilustrados se empeñaron en apreciar mucho a los franceses o a los ingleses. Los afrancesados se decía, que eran los que pensaban que fuera era todo fetén, y dentro todo penoso, y ni tanto ni tan calvo. Sin embargo seguimos teniendo la misma conciencia los españoles. Que los alemanes lo hacen todo estupendo, y los suecos y los finlandeses ni te cuento. Y es mentira.

La idea de que yo soy bueno, y los demás son malos viene de la lucha de clases del marxismo, donde se empeñaron en buscar una serie de enemigos de la humanidad para construir una dialéctica que funcionara con contrarios. Se ve que la razón francesa de la Revolución Gabacha no pudo dar más de sí con aquello de la fraternidad. Les debía sonar como algo de curas, de liberales utópicos, y Marx y Engels prefirieron reinventar el asunto fraternal excluyendo a la humanidad que no se unía a sus ideas; y lograron que fueran malos todos los que no pensaban como ellos; curas, comerciantes (denominados burguesía, banqueros, y tíos Gilitos), obreros esquiroles, la nobleza por supuesto que no curraba nada, incluido el Rey, y los liberales o conservadores básicamente. Estos grupos también, en un alarde de vulgaridad se pusieron a la defensiva, y convirtieron en malos a los obreros vagos y pesaditos, los sindicalistas, los jacobinos, y los revolucionarios que montan una algarada molestando a la gente de bien. Así está la humanidad ahora, haciendo la guerra a alguien que se supone malote hasta los tuétanos, aunque no se sepa quién.

Esto se ve cuando uno anda por un foro en la red. La peña se grita y se insulta con una categoría intelectual que deja pequeños a los babuinos de África, que son unos monos sociables muy agresivos. Pero no estamos tan lejos, creo yo hoy de hace dos siglos. Por ejemplo, el bueno de Robespierre ya nos dejó un buen recuerdo aguillotinando a media Francia. Departamento de Higiene decían los asesinos con pretensiones de cambiar el mundo. Argumentarían que era porque no seguían las consigna de los correligionarios asesinos, o sea fraternidad, libertad e igualdad. Y es que a los fraternos revolucionarios jacobinos les encanta jugar con las cabezas de sus enemigos políticos. Pero ellos no tienen la culpa, dirian los jacobinos, es que Rousseau nos engañó. Aquí todo el mundo es bueno, porque nadie pide perdón, decía un amigo mío. El caso es que para Rousseau la voluntad general de los ciudadanos era absoluta, se decia que o se opina igual que la mayoría, o eres un corrupto, un malvado, y ese es un gran principio democrático. Esto también es corrupción. La verdad es que se podrá decir muchas cosas de la inquisición, pero yo estoy seguro de que mataban con más honestidad, pensando de verdad que eran el demonio y que habían que lograr la unidad de la patria bajo una misma fe. Pero esto de matar simplemente porque opinan distinto y quiebran la unidad es de un inmanentismo que da grima. Te mato porque no opinas como yo, y viva Zapata, dicen los tíos. ¡Qué poca elegancia, y cuánta corrupción!

En cambio, nuestra gran nación no es corrupta por naturaleza, sino pícara. Aquí roban los de arriba, precisamente porque cuando eran del pueblo, eran pícaros, o sea trepas, astutos, listos. Es gente muy preparada, de eso no me cabe duda. Y amonestamos mejor al contrario, viendo la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Si esto lo dijo Jesucristo hace dos mil años, que no diría hoy. Que vemos menos que el Iscariote ganando unas elecciones.

Esto de la picaresca, y la bondad del que se cree bueno, era el discurso de las abuelas, con aquello de nosotros no somos como esa gentuza, hasta que te pillan, claro; entonces justifican todo lo que pueden. La sociedad me obligó dicen los chorizos menos chorizos, es decir, aquellos que van al talego. En cambio los chorizos de nivel, los que roban en plan miles de millones, sacan la coartada del cabroncete que además te lo restriega: las leyes me lo permiten, dice Camps con el asunto de los trajes. Los clase media cuando se corrompe se escudan en la mentirijilla, en la mediocridad, en el todos lo hacen, o no soy el único. Esto parece decirlo el Urdanga, o los Pujol. Ya todo arreglado. y luego está la coartada justificante tipo lerdo victimista: no sabía que mangar millones y guardarlos en Suiza o Andorra estuviera mal, Sánchez Vicario, o los Pujol, que parecen estar en todo.

No sabía, dicen los tíos. Y como a los tontos se les redime antes que a los listos, pues nada. A robar y a decir que soy una víctima del trinque, que me regalaron los trajes para engañarme, que despilfarré millones en aeropuertos que no sirven para nada, que hay autovías desiertas de tíos que no sabían, que fueron víctimas de su estupidez. Que se me olvidó pasar por la ventanilla de Hacienda.

A mi me pone malo todo tipo de corrupción, pero la que peor me cae es la de los que trincan en plan directo y chulo.Y ese es el problema. Que las leyes permiten a los joputas joputear al personal, pero no permiten que un infeliz, de los que disfrutamos con una corrupción de baja intensidad, salgamos vivos del enjambre. Me molesta el tío que me pregunta son IVA o sin IVA, después de echarme una perorata sobre lo cabrones que son los tíos que nos gobiernan, y lo mucho que nos roban. ¿Estamos tontos o es que nos gusta defraudar al fisco soltando sermones? Picaresca eres tú, dices mientras clavas tu pupila en mi chequera azul.

Papá, soy un corrupto, le dijo Oleguer a su padre.

Y su padre se indignó: Hijo, en mi casa solo manga tu hermano mayor, que para eso ha salido a su padre.

Ya puedes intentar lidiar con la Hacienda de todos los españoles, que parece empeñados en labrar enemigos entre las clases populares, pagando unos lo que defraudan otros. Porque cuando se trata de millones y millones de euros, entonces no se enteran, como que andaban a otra cosa. Que no tenían inspectores, dicen. Y está claro que el único que habían se fijó en el que anda sorteando IVAS para sobrevivir. Es corrupción, pero lo del de abajo tanto como lo del de arriba.

El agua de la fuente

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