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Me ha explotado el lavavajillas pero no pasa nada, porque cómo en casa en ningún sitio.

Lo dicho. ¡Cómo en casa en ningún lado!

Si no fuera porque nos han encarcelado en nuestros hogares, y porque el virus está matando a la gente sin que se entere el gobierno, esto sería el paraíso. No es el paraíso para todo el mundo (faltaría más), pues siempre hay gente que no se puede pasar sin dar la paliza a la basca, pero en general, en casa se está de puta madre. Salvo por unos pequeños detalles sin importancia.

El sumario televisivo de nuestra vida ordinaria nos indica, en esta cuarentena, que la mayoría estamos entretenidos dilapidando nuestro patrimonio personal y nuestras virtudes conseguidas durante años, y estamos entregados a la noble tarea de la desidia y el malgasto de tiempo. Algo que Paul Lafargue ya disfrutó como un cabroncete. Aunque perder la vida sea muchas veces ganarla, todo sea dicho. Muchos están en casa como pollos sin cabeza, y otros como cabezas sin pollo.

Yo me imagino al personal degradándose a golpe de mando a distancia, arrostrados por la querencia a la bollería casera, la que suele hacerse en la cocina que habitualmente se entrega a los precalentados; o como solícitos vagabundos de las redes sociales, donde los memes y los chistes rabiosetes hacen su agosto bajo la hilaridad de los cientos de mensajes a la hora.

Luego, por la tarde, nos llega  el parte del sargento chusquero, el tal Sánchez que nos cuenta lo feliz que está de haberse conocido. Y por la noche al catre, ale, a seguir almacenados como basura en nuestras casas, que se han convertido en contenedores llenos de virus y de inmundicia humana contagiosa.

Yo, en mi modesto caso, estoy prescindiendo de las redes sociales que son aburridas y están llenas de inquina y de lameculos de lo suyo, y me he entregado a la noble tarea de leer y de disfrutar de la vida con lo que la vida nos trae, que no es poco. Además de los oficios de Semana Santa, el mundo se ha vuelto de otra manera entretenido y simpático.

Si me lo permiten.

Reparaciones de hogar: El Viernes Santo se nos fundió el lavavajillas, pero lo hizo de la mejor forma posible. Echando chispazos y atronando cual tormenta eléctrica que hubo en su interior. Ya tengo que decir que no pasó nada, ni pasó a mayores. El diferencial eléctrico saltó, se llenó todo de humaco de vapor de agua del interior del lavaplatos; y la resistencia -no la del Dúo Dinámico, sino la del lavaplatos- se descacharró partiéndose en tres trozos. Y eso que es de hierro fundido fabricado hace veinte años. Supongo que la obsolescencia programada ha pasado ya su factura y nos ha hecho la pascua, aunque no la de Resurrección, lógicamente, sino la del Viernes Santo. Ayes y por poco no la contamos. La pequeña nos avisó, que es un cielo. ¡Papi, papi, que salen chispas de la cocina! Y corrimos a desenchufar el aparatejo. Por suerte, yo tardo menos en lavar platos a mano, pero no porque sea rápido en esto, sino porque soy lento metiendo la vajilla en el lavava, que ya está difunto.

Luego está la vida de mi vecindario. Supongo que será parecida a la de todos, pero hay que saberle sacar partido. Es verdad que no observamos la cantidad de zumbados que hay por el mundo, salvo en agosto que se hacen notar porque somos menos en la ciudad. en cambio ahora, se están haciendo valer porque estamos todos callados, y eso, con la ventana abierta, salvo uno que sea sordo, es imposible no escuchar música celestial mientras lees tomando el sol en el balcón.

De todos los chalados se lleva la palma mi vecina del primero, que se le ha ido la pinza hace tiempo. No es de ahora y no invento nada. La mujer está como una puta carraca. Fuma porritos lo indecible con la ventana abierta, y de cuando en cuando insulta a todo el mundo que se pasee por delante. Echa basura al patio interior, y un día que tuve que llamar a la poli porque estaba intentando montar un fuego de campamento en el descansillo de la escalera, nos abrió la puerta en tetas caídas, mientras las meneaba como si fuera Brigitte Bardot con veinte años.

-¡Mirad, mirad que tetas tengo! ¡Jodeos cabrones!- dijo para meterse de nuevo en su metafísico hogar.

La contestación del policía municipal, un tipo alto, algo desgarbado y con experiencia en resolver conflictos in situ, se comportó como un verdadero profesional. Aquello fue determinante para que me escojonara de risa por la escena, realmente salida de una peli de Berlanga.

-¡Venga señora, qué para lo que hay que ver!

Y era verdad, sí. Había poco que ver. Ahora la señora anda más recatada en lo de las tetas. Supongo que es por aquello de que no se puede salir de casa, pero la sigue preparando día sí, día también, a voces y molestando al personal.

Yo lo entiendo en parte, porque como con el confinamiento hay gente que sale a la plaza a dar espectáculo, pues eso altera a la buena señora, la cual se cabrea de que le quiten protagonismo. Últimamente grita y tira los envases de cervecita vacíos por la ventana, e intenta canturrear algo contrario a los himnos fascistas que según ella suenan por los balcones. Para evitar escarnio con la profesión respetable que profesa, omitiré su trabajo que es casi como el mío pero en otro centro. Por supuesto está de baja.

Luego está el desenlace de las ocho de la tarde. Debe haber variedad  de espectáculo según la zona de la ciudad donde vivas. Hay barrios donde algunos dan conciertos personales con sus instrumentos favoritos por un rato que va entre los dos minutos y los quince. Hay gente educada que por no hacer el feo al artista, y por amor al aire callejero, escucha interesada tras los aplausos a los sanitarios. Se supone. En la mía, por ejemplo, no falta de nada. Primero se aplaude sonoramente, mientras saludamos al de enfrente al modo romano, hola, ave, qué tal, bien. Y luego, algún vecino concienciado de la causa nos pone el himno de España como si estuviera la orquesta entera metida en su casa. Varios vecinos sacan sus banderas patrióticas, y yo, que soy buena gente, me pongo la mano en el pecho (para que vean que soy norteamericano de Valencia) mirando al cielo como si fuera un jugador de la selección. Iniesta mejor que Ramos. Luego aplaudimos y varios niños gritan desahogándose unos vivas a España, que a mi me suenan a un “a la mierda este confinamiento”. El caso es que los nenes son respondidos por todos los vecinos, y me incluyo, con alegría y contumacia. Ahí es nada. Lo echaré de menos cuanto acabe todo esto. Himno y bandera. Parecemos un país de verdad y no una puta mierda acomplejada.

A las nueve termina la sesión con un griterío de cacerolas y sartenazos. Se vocifera contra el poder establecido, contra Sánchez y su puta madre, contra todo lo que se mueva, y contra el gobierno. Deben salir menos, pero sí son bastantes; y yo, salvo el primer día, no suelo asomarme porque estoy a otros menesteres personales. Es entonces cuando aprovecha la vecina grillada del primero para asomarse a la ventana e insultar a todos, pero va por días. es entonces cuando se activa el “salvame callejero”, porque los indignados se la devuelven con creces. Para mi que le dan estopa como si fuera el Iglesias o alguna pija de esas que nos gobierna. Loca, hija puta, cabrones, fachas de mierda… el caso es que hay un buen rollo que me encanta.

A la policía casi no la veo por aquí, aunque andan cerca supongo molestando a los que arriesgan sus vidas saliendo de casa. Por cierto, el otro día vimos un arco iris espectacular en el cielo, cuyas fotos han dado la vuelta al planeta. Precioso. Y es que como en casa en ningún sitio.

El arte del buen gobierno.

En estos meses estivales de calor infernal, muchos de los nuevos gobiernos autonómicos y municipales se están licuando de placer verdadero. Están rumbosos hasta las cachas, en una especie de carrera desenfrenada que justifique ante sus votantes y electores (seguro que no es lo mismo), el porqué del voto que recibieron.

Se les ve felices, y es para temblar, porque cuando un político está a gusto se le empieza a ocurrir cosas, eructa elocuentes mensajes biempensantes y soberbios (en todos los sentidos), y exuda buena intención, que es lo peor para gobernar bien. Como están recién llegados, nadie les dice que lo que van a hacer era un disparate, que es imposible, o que es ilegal, cuando no caro y absurdo. Nadie les puede convencer de que son estupideces, entre otras cosas porque han ganado la elecciones (con ayuda de otros terceros más perdedores), y lo ponía en el programa, o lo dijeron que lo iban a hacer. O lo que les salga del gazmoño, que para eso lo tienen. La ley de memoria histórica se aplica con rigor, y la de educación a la carta.  Barça Madrid, y Pepé e izquierdas. Acaban de llegar y tienen derecho a equivocarse con nuestro dinero y con nuestras ilusiones de mejora política. El único que parece afearles la fiesta suele ser el partido opositor, claro; pero como es contrario, pues hay que hacer precisamente lo “contrario”. Como su nombre indica. Si ellos dicen A, nosotros B. Si ellos hicieron B, nosotros ahora hacemos A. Bienvenidos a las poltronas.

Y es que hay prisa por cagarla, con perdón. En política autóctona, primero hacemos una patochada, y luego pedimos perdón, o mejor, no decimos nada, nos hacemos los orejas, y esperamos a que vengan las siguientes elecciones para seguir prometiendo lo imposible. Lo malo es que lo hacen con nuestro dinero, y eso no mola, porque cuesta mucho ganarlo. Resulta que, a un fascistilla local se le ocurre que en su pueblo no haya toros, pues ale, a indemnizar al gerente de los toros que ya estaba contratado. ¿Le pagarán con el dinero de sus sueldos? Nooooo. Lo pagarán con el erario público, con nuestros impuestos, con la pasta de todos, de los que les gustan los toros y de los que no. Y es que con el dinero de los demás la gente suele presumir mucho, y los políticos que tiene que gestionarlo se vienen arriba, y la peña se tira de los pelos.

Supergenerosos con el dinero de los demás, aunque se tire y despilfarre: en esto no tenemos remedio los españoles, porque a fardar no nos gana nadie Aquí, además de hacer aeropuertos donde no hay aviones, y autopistas por donde no circula ni el tato, somos geniales en montar comedores escolares aunque no haya niños, y en cargarnos el derecho romano en el tema de los deshaucios, sin pensar en las razones que alumbraron los romanos. Total, ¿para qué? ¿Acaso gobiernan ellos? Además, los romanos eran unos fachas que saludaban en plan Musolini. Ale, y ancha es Castilla. Luego se bajan los pantalones ante las compañías de comunicaciones, bancos y suministros imprescindibles de gas y luz, pero es que ahí los gallos ya no pelean, se comen el triguito y el maicito que cae al suelo, y no pían nada de nada.

Creo que en Córdoba andan tras la catedral-mezquita de Córdoba para mangársela a la iglesia católica, que lleva en ella varios siglos; pero ni se les ocurre expropiar los comedores sociales de cáritas. Eso no. Esto es un pais laico, y faltaría más. Los pobres son de todos aunque los alimente la iglesia, y el arte no. Ese debe ser laico y a ser posible republicano. Les va a costar, porque la iglesia es un hueso duro de roer. Pero seguro que mordisquean. En lugar que hacer algo por la ciudad se empeñan en chinchorrear con bobadas.

Me pongo serio: los políticos tienen dos actividades que con complicadas, y no es ironía. La primera consiste en hablar. Hay que justificar lo que se hace, explicar la decisión tomada, y desprestigiar, insultar y vilipendiar la acción del contrario político, aunque tengan razón y lo hagan bien, que es lo que suele pasar la mayoría de las veces. Algunos votan a unos partidos políticos y sus caras visibles para escucharlos, y dejan de votar a otros, porque se cansan de sus rollos. Rajoy es un rollero, en cambio González hablaba que te cagas. Lo llaman carisma y funciona, aunque no sirva más que para empantanar las cosas. Sanchez suena muy relamido, en cambio el Pabliglesias habla como en plan listo, y ya está molestando. Si Errejón y Monedero no parecieran dos grullas parlanchinas Podemos iría más para arriba, pero es que dan en pelmazos. En cambio Rivera habla con aire relimpio, y gusta más.

La imagen y el culto a la imagen es fundamental en política, que se lo pregunten al Ché Guevara, a Churchill, a Lenin, a Pol Pot o a Hitler, que tanto da. Franco cuidó poco su imagen y así le ha ido, antes le afeaban que hiciera pantanos, y ahora le quitan el nombre a las calles. Y es que la imagen y el carisma es fundamental. El Rey Tsipras de Grecia tiene carisma en su pueblo, pero en Alemania cae mal. Y eso, para pedir pasta a la Merkel, es un marrón. Aquí la Merkel cae medio regular, sencillamente porque no la entendemos en Alemán, si la oyéramos hablar caería fatal del todo. En cambio Hitler nos caería genial, porque hablaba superbien, aunque luego fuera un psicópata asesino. Dime como hablas y si me gustas te voto. Somos así.

Los futbolistas hablan poco, y gracias a eso nos gustan mucho como juegan a fútbol. En cambio cuando empiezan a hablar lo estropean. Valdano era un brasas, y Messi parece medio tonto hablando. Butragueño ha mejorado mucho y Casillas siempre se ha expresado regular tirando a bien. Los políticos que hablan bien, a menudo gobiernan mal, y viceversa.

La segunda actividad de los políticos es hacer cosas. O mejor, hacer cosas bien, porque mal lo puede hacer todo el mundo, pero gobernar con acierto es complicado. Para eso hay que pensar, consultar, enterarse del tema, y no dejarse llevar por la ambición de querer dejar una cagarrutia personalizada de esas que tu partido político quiere olvidar cuanto antes. Hay unos preceptos muy sencillos para gobernar bien, que vale para todo. Los doy en exclusiva.

1. Lo que funciona bien no lo toques. Aunque quieras mejorarlo, seguro que la pifias; así que no toques. Esto valía para la LOGSE, pero llegamos tarde. La LGPJ igual, mejorar la justicia en España ha sido condenarla a la politización. Lo mejor de la Administración Pública eran sus altos funcionarios, hasta que decidieron quitar los altos funcionarios y poner a políticos elegidos a dedo. Mal, hombre mal. Antes de lanzarte, mira a ver. Es mejor no hacer nada que hacerlo mal. Esto hay que repetirlo como un mantra a los políticos.

2. Lo que funciona regular o mal intenta cambiarlo con prudencia y lentitud. No se cambian las cosas a las bravas. Ni a las personas. Traza un plan, vete lentamente y encárgate de que se haga autocrítica a todo lo que hagas. No escuches a tus amiguetes y menos a los sindicatos. Fíate de la oposición cuando te dicen que la estás liando, porque algo de razón puede que tengan. Y sobre todo, fíate de los técnicos independientes que son apolíticos. Son los que más saben, y salvo que los persigas, te dirán la verdad casi siempre. Esto se hizo en la transición con muchas leyes del régimen franquista, y salió bien. Lo que iba regular legalmente se fue cambiando poco a poco. No se dio un golpe de Estado rompiendo con el sistema.

3. Si algo funciona mal, déjalo morir y crea mientras algo paralelo. Luego compáralo y quédate con lo que funcione mejor, de principio a final. Esto es clave. Es la estrategia de Iglesias y Podemos para con IU, y de momento no parece salir mal. Es más complicado para la Administración, por ejemplo, porque es muy caro crear algo totalmente nuevo, y privatizar son parches que no mejoran la cosa pública. Aquí es mejor aplicar la receta 2. Cambios poco a poco, si quitar algo es caro.

4. Si algo funciona rematadamente mal, pregunta por qué sigue ahí, pues es probable que haya alguna razón de peso que se te escapa. No seas salvapatrias, ni elefante en cacharrería.

Estos consejos son válidos para cualquier gobierno, tanto de autonomías, ayuntamientos como asociaciones de vecinos, religiosas o deportivas. Prudencia y respeto a los que estuvieron antes que tú gestionando lo mismo, porque tan capaces eran, y tanta ilusión tenía. Lo contrario es osadía, soberbia y chulería. Y con eso se suele hacer mal.

Finalmente. No puedo dejar de lado el comentario de una piba concejala recién llegada a la alcaldía de Valladolid. Dijo que las fiestas de San Juan de este año, las que no había preparado ella, iban a ser, por fin, participativas y abiertas. Se supone que antes en Valladolid la gente por San Juan iba llorando por la calle, como sin hablarse, vestidos de musulmanes atunicados, todos cerrados, ceñudos y aupados en la intolerancia más cerril. Serian los de su bando, porque la fiesta fue exactamente igual que el año anterior. Pero es que las palabras son las palabras, y por la boca muere el pez; y los políticos, no digamos.

El agua de la fuente

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