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Otro ladrillo en el muro del lenguaje: “alumnado” no es igual que “los alumnos”.

Decía Wittgenstein que pensamos con el lenguaje, y que fuera del lenguaje nada puede ser pensado. Eso no implica que pensemos correctamente cuando hablamos, y menos que utilicemos el lenguaje de una manera cartesiana, matemática o exacta, porque su naturaleza es distinta. En realidad el lenguaje, la lengua de un grupo social, se parece bastante a un organismo vivo. Las palabras nacen, crecen, se reproducen y mueren.

Todo el mundo sabe que el lenguaje es heredado y aprendido de nuestros padres, y que se enriquece y evoluciona con cada generación que habla y se comunica. El lenguaje  es lo más activo del mundo, y es recreado constantemente por las personas que hablan, escriben y se comunican. Es también el instrumento social más democrático que existe, porque todos participan de él, y todos lo configuran y enriquecen usándolo. Por eso, cuando un grupo social quiere distinguirse del resto emplea un lenguaje distinto. Por eso, las clases altas hablan y quieren significarse del resto con el lenguaje, y que los del talego no hablan fisno, y que también se significan así.

El problema es que el lenguaje siempre ha sido atractivo para los aspirantes del poder, pues razonan que: como el lenguaje está vivo y llega a todos los rincones de la sociedad, pues basta con introducir sus ideas mediante determinadas palabras y estilos de habla, para configurar la opinión pública según sus opiniones. Manipular el lenguaje con eufemismos y metáforas, de toda la vida ha existido.

Sin embargo, la exageración de esta mala práctica política la llevan a cabo las feminazis contemporáneas. Cuando yo era joven y estúpido, los comunistas de toda la vida decían con la boca pequeña que hay que cambiar el lenguaje burgués por otro proletario, pero nunca fueron muy lejos. Nietzsche afirmaba que el marxismo era un cristianismo por culpa del lenguaje, y que Dios no moriría hasta que no cambiaran el lenguaje.

El caso es que las feministas radicales o feminazis están crecidas, y propagan que el lenguaje es sexista (primera falsedad), y por tanto enemigo de la igualdad (segundo yerro). Por eso se han lanzado desde hace años, y no solo en España, a cambiar el lenguaje de la sociedad, pensando que así cambian la sociedad (tercer agujero negro).

Visibilizar a las mujeres es su consigna. Lo que no deja de ser una quimera, pues nunca en la historia han sido invisibles por ser mujeres. Y desde luego, tampoco van a cambiar la sociedad imponiendo su lenguaje, porque la lengua es de todos.

Lo malo es que son influyentes y terminan convenciendo a las almas más cándidas del planeta de que hay una guerra en la barricada del lenguaje, y nos montan la pirula embarrándolo todo, y convencen a algunos de que es progresista hablar mal; y que los machistas y fascistas defienden el lenguaje, que además es patriarcal y falócrata.

El lío con le lenguaje les viene por su confusión entre género y sexo. Me explico: las hormigas no son señoras. La palabra “hormiga” es de género femenino, pero no les cuelgan dos mandolinas a las hormigas. El hormigo no es el pariente bigotudo de las nenas. El género no es el sexo. Sólo (lo acentúo amigo Pérez-Reverte, como debe ser), y digo sólo, cuando hay una diferenciación sexual – casi siempre se da en mamíferos – se tiende a relacionar sexo con género. Perro y perra, gato y gata, león y leona. Pero esto no siempre se da. Por ejemplo, los gorilas no hacen pareja sexual con los gorilos. No es apropiado. Sexo y género son cosas distintas, y eso se lo dijeron los de la RAE a Zapatero cuando sacó su “Ley de violencia de género”, y le explicaron los de la Academia de la Lengua que no es lo mismo género y sexo. Le dijeron que era mejor hablar de violencia doméstica, pasional, pero no de género. Porque “el género” es lo que venden en la tienda de telas de la esquina… Pero como si quieres arroz, Catalina. Ahora les viene los problemas con el lenguaje y se empeñan en que cambien los de la RAE para ver si así sacan cacho.

La emprendieron primero contra los genéricos masculinos, que las invisibilizaban y venga a lloriquear. Y se equivocan, claro. No reparan que el lenguaje no hace invisible a nadie, porque está hecho para comunicar, no para pelearse. Decir “todos”, no es machista; y decir “todos y todas” no es feminista, ni las visibiliza más. “Todos” es preferible por ser más cómodo, y cuando uno dice “que vengan todos los de la casa”, se entiende que incluye de manera inclusiva a exactamente “todos”, incluidos los del minoritarísimo colectivo transexual. Por cierto, “todos y todas” excluye a los indefinidos, transexuales y “dragqueens”. Ellos prefieren “todxs”, que como todo el mundo ve, es impronunciable.

Como el lenguaje es democrático por ser consensuado, sabio y ágil, la lengua ha buscado de manera natural términos genéricos que engloben los grupos y los colectivos, sin necesidad de hablar de cada una de sus individualidades. El castellano antiguo optó en su momento por el género masculino para el genérico, y está bien. Ahorra y no es confuso. Decir que “el hombre ha avanzado en la historia…” no implica sexualidad, indica más bien conjunto de la humanidad, todos. Hombres, mujeres, niños y adultos… La frase no excluye a los niños, y tampoco a los judíos, ni a los ancianos. El lenguaje comunica.

Pero las feministas radicales no están contentas, creen que no están en primera fila, y no se dan cuenta de que no hay nadie en tal puesto. Que el mundo no se divide en mujeres y hombres, y que no hay una guerra de sexos, ni de géneros, como ellas pretenden.

Estos colectivos radicales decidieron, en un primer momento de éxtasis intelectual, que el ideal era repetir junto al genérico masculino el femenino, para que no quedara duda de que no eran invisibles. En realidad no lo eran y nunca lo han sido. Los vascos y las vascas, los tontos y las tontas, los castellanoleoneses y las castellanoleonesas. En fín, un disparate para la economía. Todos y todas, los alumnos y las alumnas… Esta duplicación ha sido criticada numerosas veces por la RAE, porque no ahorra lenguaje y además no añade nada; aparte de emplearse sólo puntualmente y de forma olvidadiza. Y es verdad. Yo estuve hace años en una conferencia en la Acción Católica donde un vasco hablaba doble y se hizo un coñazo y una coñaza. Y luego me leo la carta de alcalde, y veo que no sabe escribir y que pone el duplicado donde le da la gana. Los vecinos y las vecinas para arrancar la epístola; y más abajo “los trabajadores municipales”… de las trabajadoras no dice ni pío.

Luego les vino la luz del candelero. ¡Mejor utilizar términos genéricos que no reflejen la condición sexual de los individuos! Lógicamente el género se sigue manteniendo, pero como que el sexo quedaba más neutralizado. Menos machista, vaya. Asi empezaron a reprimir el uso de “el hombre”, por “el ser humano” o “la humanidad”; y comenzaron en el mundo educativo (donde enviaron la propaganda de sus entelequias fascistas a los centros) para que habláramos no machista, ni sexista, ni malote. En lugar de “los alumnos”, había que decir “el alumnado”, “el profesorado”; que por cierto, son dos masculinos también genéricos y colectivos. El problema es que no es lo mismo “el alumnado” que “los alumnos”; y tampoco es igual “el profesorado” que “los profesores”.

El alumnado es un colectivo singular. Es una unidad. En cambio, los alumnos son un plural , una suma de alumnos. Si yo digo “el alumnado se matriculará el día…” estoy dando a entender que todos los alumnos van a la vez y a una, como una unidad y en un mismo momento. Los uniformizo. Con los profesores me pasa igual, si digo “el profesorado” los englobo en una entidad más amplia, “el profesorado de…”. En cambio si digo “los alumnos se matricularán el día…” estoy dando a entender que se matriculan individualmente, todos van el mismo día, pero no van juntos ni son necesariamente un colectivo. Los profesores son tipos muy distintos entre sí, pero el profesorado, parece que es un colectivo. No es lo mismo y aunque se lo han dicho los de la RAE no se han enterado; y es que se empeñan en poner ladrillos levantando muros entre las personas. Las personas y los personos, ale.

 

 

Mirando la plaza y yendo a ver Star Wars.

Sin detenimiento llegaba la gente. Se arrebolaba en torno a un desfile, procesión, cabalgata sin caballos. Era día 15 de diciembre y como todo el mundo sabe, en las ciudades obtusas de piedra y neurona alguien decidió que había que celebra el día de la nada, de la leche gaza, del paseo marítimo sin playa, de la costa verde sin costa. Repartieron caramelos, exaltaron la fiesta abstracta de la abstración que nadie sabía y que viva la juerga. Desde el viernes negro hasta el sábado color leche de vaca. Muuuuu. Había muuuuucha gente, muuuuuchos niños y todos felices. Sus padres menos, y los de las carrozas cara de poker de ases, perdón. Escalera de colores, como el día de la humildad heterosexual. Una genialidad el alcaide, que ahora es portagrillos del principal partido indultador de golpistas.

Me pilló por la calle Duque de la Victoria, Marques de la Derrota, Hidalgo de la Locura, daba igual. Estaba el centro cortado porque había una cabalgaba con carrozas y todo, donde la nada confluía con el todo. ¿Para qué darles a los católicos cancha? Mejor dividir las fuerzas y tener contento a todo el mundo. Y que viva Papá Noel, la leche Gaza y la madre que lo parió. Todavía no sé que coño celebraban. Que la fuerza te acompañe, tío. Vale, gracias.

Atravesamos por la menguada plaza Mayor. Un árbol estilo torre de babel, alto y sin tronco. Como Valladolid mismo. Luces y reluces, sin traje de luces. Todo brillaba. El mercadillo de sí mismo vendía lo que calienta: chocolate; y lo que nadie recuerda, que son petardos y matasuegras. Al fondo, escondido en un pesebre de pega unas esculturas relativas al pesebre católico. Gracias, hombre, al menos no nos lo habéis quemado. Será por respeto a vuestras abuelas. El tíovivo mantiene la tradición de marear a los niños para que cuando sean adultos se acostumbren al caos y al movimiento reinante de una sociedad que ha perdido el norte a fuerza de imitar a los chinos.

Me entregan unos vales, una especie de boletos de rifa de tiendas, donde si concursas y ganas te regalan una orgía de consumo pero sin poderte copular lo que te salga del fetiche. Cheque regalo dicen, y luego a gastar en bloques de 300 euracos, máximo 1000 por tienda. Los comerciantes están felices con la Navidad. Cualquier día cubren el niño de oro y lo adoran. Será el becerro de oro del nuevo pueblo elegido cuya tierra no mana ni leche ni miel. Manan cofrades y beduinos con camellos de cartón piedra. Baltasar será Goitóm, aquel sueco que jugaba en el pucela, por recordar cuando éramos malos. Viva la lotería, el boleto indiscreto, el gasto por el gasto, el consumo por el consumo. Comer para defecar, y alimentarse de las heces para redefecar. Con perdón. La Navidad era otra cosa que nadie recuerda por falta de tiempo. Yo sí la recuerdo de otra forma, y me gustaba más.

De noche me procesiono para ver el final de los Jedis. Es más de lo mismo, pero no más de lo mismo de las anteriores pelis de Star Wars; es más de lo mismo respecto al paisaje de la ciudad. No se distinguen los buenos de los malos, los héroes son unos resentidos amargados, y el tío Walt aprovecha para colarnos la lucha de clases de rondón. Ricos y pobres, alegres y entristecidos, listos y tontos, malos y buenos, indios y vaqueros. La religión laica starwadiana está herida de muerte. El ángel San Miguel ha tomado las riendas del asuntos y a Belcebú se le empieza a ver el plumero. La fuerza es un equilibrio zoroastrista imposible sin la guerra. Es Heráclito sin Parménides, es el triunfo de Nietzsche con un nazismo oculto que no desciframos. En realidad el último Jedi fue Georges Lucas que se pasó al lado oscuro de Disney al vender la gallina. Las consecuencias serán terribles en el infierno, donde se asan gallinas a fuego lento.

Van por el capítulo VIII, en cuanto lleguen al capítulo XIII los héroes serán indefinidos sexuales, tripoligonádicos. Es lo suyo dentro de cinco o seis trilogías. Estar con los tiempos, matar a los heróes de pelo en pecho, salvadores de huérfanos y viudas. Que los salve su p. m. Vale. Al menos la batalla y las hostias no defraudan. Y la música. Eso sí que mola en pantalla grande. Naves yendo y viniendo a ningún lado, porque no saben ni quienes son los buenos. Los malos son los fachas, claro, pero es que ya todos son fascistas y antifascistas, o sea, malos todos menos los robot, que siempre son buenos por ser oprimidos de segunda fila, esclavos de sus amos.

Al día siguiente pongo el Belén en mi casa. No hay trampa ni cartón. Las figuras son de resina, pero expresan lo que representan. Un niño desnudo y pobre en una cuna donde no abundan ni los revolucionarios, ni los sacerdotes jedis, ni los entristecidos y lloricas comerciantes de mi ciudad. Un pesebre donde no está el alcalde colocándose en primera fila junto a su concejala del ramo frito, y donde el niño no toma leche gaza, sino leche de teta de María Virgen y Madre de la Humanidad. En el Belén de mi casa las figuras no son robots listillos que pilotan naves de combate. Son símbolos inertes de un mundo católico que está más vivo que nunca. Los inertes son ellos, que agonizan con aspavientos raros. Y me siento un Jedi de verdad. Los últimos Jedis somos nosotros, y no ese Suerte Paseaporelcielo de Luke. Lo sé porque doy docente, que sigue siendo una noble e ingrata tarea. Lo sé, porque Miguel, el pobre del Mercadona que vino de Canarias, me saluda contento cada vez que me ve. Echamos una parrafada y me dice “mi niño”. Es buena gente, pero sin suerte. Lo contrario de Lucke, que es un amargado.

Feliz Navidad del Niño de Belén. Qué Dios venga. Marana tha.

 

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