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La religión en el siglo XI y en Los caballeros de Valeolit.

Art Pin XII Partida a la II Cruzada Miniatura

Es recurrente que en la fiesta de los Reyes Magos, la Epifanía del Señor, hagamos un inciso y una reflexión sobre la religiosidad en el siglo XI en la península ibérica, un tema que ya he tratado en otras ocasiones, y que me parece siempre interesante por los múltiples paralelismos que podemos hacer con la actualidad.

El hecho religioso está presente en la trilogía LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Evidentemente su contenido no forma parte del conflicto principal, ni siquiera secundario, pero la cuestión religiosa es siempre preceptiva por formar parte de la idiosincrasia humana más elemental. No termino de entender las novelas donde no hay ninguna referencia religiosa, donde se ningunea la religiosidad (para bien o para mal), o donde desaparecen las grandes preguntas que todos nos hacemos. Su ausencia me suele dar sensación de poca profundidad en los personajes y levedad en la trama. Hasta los más malvados se preguntan alguna vez por el sentido de su crímenes. Por eso la diferencia entre una buena novela y una mala novela está en la solidez de los personajes, en la atmósfera construida, en el lenguaje y en la presencia de las grandes preguntas, con o sin respuestas.

El hecho religioso cristiano en el siglo XI era más público que actualmente, lo cual no quiere decir que fueran sociedades teocéntricas, como fácilmente afirman los historiadores. Si hubieran sido sociedades teocéntricas nos parecerían el paraíso en la tierra. En aquellas sociedades, los grandes intereses humanos eran como los actuales: familia y casamientos, supervivencia para casi todos (son sociedades más inestables que las actuales tanto económica como políticamente), y anhelos de poder. Son mundos y culturas tan codiciosas como las nuestras, más violentas por el particular de la supervivencia, y más supersticiosas. De alguna forma son herederas directas de un mundo romano-cristiano que ha entrado en decadencia, por eso no son mucho mejores que sus antepasados (y mucho menos peores). Igual de agresivos, y quizás más comedidos por aquello de respetar los mandamientos (invento no romano, todo sea dicho), que fue antesala de los derechos naturales primero, derechos humanos después.

La gran diferencia en la península es que los cristianos tuvieron que convivir con otras culturas y religiones, importantes en presencia y armas, lo cual conformó parte de las maneras culturales de España y sus diferencias regionales. Hecho que todavía pervive en el presente con tendencia a desdibujarse por la globalización. Si algo llama la atención en España es lo distintos que son los andaluces de los gallegos, o los castellanos, cuyos orígenes, claramente, hay que buscarlos en el asentamiento por tiempos diversos de culturas y religiones también diversas.

La religión, en aquella época y en la nuestra, formaba parte de las barreras culturales más evidentes que levanta una sociedad contra otra. Si se es cristiano, y se nace en una familia cristiana, no es conveniente, ni prudente, relacionarse con judíos ni con musulmanes. Esto sucede hoy también en lugares multiculturales. Es como dar cancha el enemigo, como despreciar lo propio, aunque no sea así. Las excepciones son los poderosos, que buscan en todas las culturas (judía, musulmana y cristiana) los beneficios que puedan darles. Alfonso VI se autoproclama cuando entra en Toledo en el año 1085 emperador de las tres religiones. Y el dirigente anterior, Al-Mamum, tiene buenas relaciones, y financia, a mozárabes (cristianos) que viven en la ciudad. En este sentido, la población es más cerrada que sus dirigentes. Pedir un préstamo a un judío te hacía sospechoso entre los tuyos de colaborar con las minorías, incluso de abandonar tu fe, por eso estas relaciones estaban muy limitadas y se guiaban por la prudencia, incluso por su inexistencia, y en ocasiones puntuales por el enfrentamiento entre comunidades y barrios de una misma ciudad, como sucedía en Toledo frecuentemente, donde los musulmanes atacan de cuando en cuando (y convierten en mezquitas), iglesias tradicionalmente mozárabes.

La identidad cultural tenía que ver con la identidad religiosa, cosa lógica desde el punto de vista antropológico. La gente necesita una identidad cultural elemental, y lo religioso, sobre todo en zonas de frontera, está más subrayado y afirmado por formar parte de las características esenciales que nos hacen ser nosotros mismos. Nadie quiere renunciar a sus raíces culturales. De ahí que la gran apostasía generalizada de occidente hacia el cristianismo sea leído, desde el punto de vista antropológico, como una crisis cultural y de valores, una decadencia que nos hace más vulnerables y débiles ante las demás culturas. Que no nos toquen las narices, claro.

La vida cotidiana empujaba a que los colectivos se especializaran en los oficios que gustaban, y así, los judíos, además de ser buenos prestamistas (lo que le valía el desprecio del resto), poseían buenos rabinos que oficiaban como médicos. Entre los musulmanes había siempre una minoría muy interesada en la filosofía, el arte caligráfico, la poesía, la astronomía o la matemática. Casi siempre vinculados a las mezquitas (madrassas). Esto condicionaba a todos, pues un cristiano enfermo, era corriente que pidiera ayuda y consejo a algún rabino médico. No era recibido en el mismo lugar de la casa que si fuera judío, pero se le atendía a cambio de un dinero. Imagínense lo que pensarían los cristianos cuando morían atendidos por los médicos judíos: que si lo había matado igual que mataron los judíos a Jesucristo, y cosas por el estilo. La tensión estaba presente, y los roces eran habituales, aunque también lo fueron los intercambios mercantiles y comerciales, y por tanto culturales.

No todas las confesiones religiosas se comportaban igual en todas partes. Generalmente los cristianos eran bastante tolerantes con los musulmanes llegados del sur a sus territorios (eran muy pocos), siempre que no fueran soldados agresivos. Según avanzaba al reconquista (palabra no equivocada), las bolsas de musulmanes fueron conformando el grupo mudéjar, que acabó siendo muy importante en la construcción de iglesias con mampostería y ladrillo en siglos posteriores. Eran buenos constructores, y trabajaban bien el campo. Con los judíos fue otra cosa, pues eran grupos aún más minoritarios, con relativo poder económico, y poco simpáticos por su relación homicida con Jesucristo (los cristianos olvidaban que Cristo también fue judío). Esto hizo que las persecuciones y las tensiones locales fueran más fuertes conforme avanzaron los siglos hacia la Baja Edad Media haciéndose insostenible en el Renacimiento, y criminal y genocida en el siglo XX, por poner el tema al día.

Los musulmanes eran bastante menos tolerantes con las minorías religiosas de sus ciudades, especialmente en lo relativo a los mozárabes y judíos. Las minorías cristianas y judías soportaban impuestos más altos, y eran de vez en cuando atacados por los barrios más fanáticos. Se sumaba al conflicto religioso la dificultad por parte de las autoridades musulmanas de los reinos (entonces de taifas) para mantenerse en el poder y controlar el orden público en sus territorios. De ahí que fuera habitual pueblos donde casi todo el mundo era mozárabe, o casi todos fueran judíos.

Islam contra islam. También los musulmanes de los reinos de taifas tuvieron como enemigos a los musulmanes almorávides, más rigoristas y exigentes en la pureza religiosa. Llegaron en 1086 llamados por ellos mismos para ayudarles a frenar a los cristianos. Craso error, porque acabó con sus privilegios y sus posiciones feudales.

Los judíos, al tratarse de una minoría más débil y menos peligrosa, no fueron la diana principal de los dardos musulmanes de entonces, aunque tampoco fueron demasiado contemporizadores con ellos. Simplemente coexistían en sus reductos intramuros, y vendían en el mismo zoco de la ciudad. Como minoría no persiguieron a nadie desde el punto de vista militar. Se mantuvieron alejados del oficio de la guerra, pero tampoco significa que fueran demasiado trasparentes ni abiertos a las demás confesiones. De hecho la sospecha de que en sus aljamas se cometían crímenes insospechados nos habla de ser un grupo también cerrado, cosa que tampoco sorprende cuando tienes todas las de perder.

Cristianos contra cristianos. Tampoco los mozárabes fueron bien tratados por los cristianos de rito romano, el que se fue imponiendo por parte de los reyes cristianos del Norte. De hecho, era considerados medio musulmanes, a pesar de tratarse de los cristianos más viejos y auténticos de la península, por ser los que resistieron culturalmente al invasor musulmán. En este sentido fueron los grandes perdedores de la historia.

Por supuesto, lo de enamorarse y casarse un musulmán con un cristiano, era ciencia ficción. Lo explotaron los románticos del siglo XIX cuando imaginaron convivencias idílicas en el pasado, y sociedades fantásticas llenas de emociones. La mora y el caballero cristiano es muy de Zorrila y Becquer, pero tenía poco que ver con la realidad, porque por nada te cortaban el cuello si te pasabas con la del gremio de enfrente, y lo hacían más los del propio bando que del ajeno. Hoy los conversos al cristianismo que proceden del islam son especialmente repudiados y perseguidos.

Y para despistados: la inquisición en España no existió durante el medievo, llegó con el renacimiento y la modernidad de los Reyes Católicos, que fueron, por cierto, empujados e influenciados por una sociedad más intolerante que ellos. Y es que el poder corrompe, cuando se escucha mucho al populacho (que diría Séneca). Apunta Pablito.

LA DIFÍCIL CONVIVENCIA RELIGIOSA EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XI.

Durante mucho tiempo, se afirmó, supongo que interesadamente, que la convivencia religiosa durante los siglos medievales en España fue estupenda, y que durante los siglos de la Reconquista se fueron generando entre las distintas religiones unas magníficas relaciones sociales, un intercambio intercultural, y no sé cuantas cosas más llenas de colorido y buen rollo. El centro de aquel paradigma y modelo de convivencia plural lo formaba la llamada Escuela de Traductores de Toledo, donde se supone que musulmanes, cristianos y judíos, con unos valores civilizadísimos convivían intercambiando libros de Aristóteles, Platón y Avicena a la par que comían juntos unos boquerones en vinagre y bebían hidromiel (la bebida de la época).

Nada más lejos de la realidad.

La tal escuela no existió nunca, los matrimonios nunca fueron mixtos, y eran raros los sujetos de distintas religiones que comían y bebían con gente de otra religión, excepto que estuvieran dispuestos a pecar con los alimentos impuros del supuesto amigo. El intercambio cultural tuvo que ver más con las compras y ventas de los mercados, y con determinadas élites cultivadas, que con más curiosidad que violencia, se acercaron al “extraño” para saber de sus lecturas y textos.

En la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT hago un recorrido de la segunda mitad del siglo XI, y muestro, creo que con claridad e interés, la realidad de lo que sucedía en la época en aldeas y ciudades tan emblemáticas como Toledo, León, Valladolid (fundada en 1095), Burgos, Compostela o Granada. En estas páginas podemos apreciar que la convivencia consistía más en soportarse, agredirse y ningunearse, que en hermanarse y cazar juntos. Nos encantaría bajo el buenismo sociológico del zapaterismo haber sido la cuna de la Alianza de Civilizaciones que proclamaba, pero la verdad es que tal modelo utópico nunca existió como tal, y es bastante difícil, dada la naturaleza humana, que la convivencia multicultural sea posible.

Me explico: con el que es distinto, estamos dispuestos a comer su comida (nosotros los cristianos que comemos de todo), y nos compramos una kebab de vez en cuando, pero no nos gustan las instituciones musulmanas, ni sus relaciones con las mujeres, ni muchas otras costumbres suyas. Y a ellos tampoco les hacemos demasiada gracia, la verdad. En el fondo estamos igual que ayer, donde el multiculturalismo era tan complicado de vivir como hoy, que seguimos siendo etnocéntricos y provincianos hasta la estupidez.

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Mapa de Toledo en 1080. 1. Judíos. 2. Palacio Real, 3. Barrio musulmán antequeruela; g. Puerta de la Bisagra; a. Gran Mezquita; h. casa de los Falsafa (ver novela)

En el siglo XI las comunidades religiosas no se relacionaban entre sí más que de manera circunstancial. Los judíos vivían aislados en sus aljamas (barrios), dentro de las mismas ciudades. Ese aislamiento no era igual que lo que vimos en el ghetto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial (encierro y exterminio obligatorio), pero sí se parece a algunos barrios actuales de ciudades como Londres, París o Nueva York. Deambular por sus calles es cambiar de mundo, es aterrizar en un planeta distinto, y en verdad lo es. El multiculturalismo se agrupa en barrios y se aísla para protegerse. Igual que ayer: barrios y ghetos.

Las aljamas de antaño contaban con puertas para entrar, empalizadas (como todas las ciudades y pueblos medievales) y recintos cerrados dentro de las mismas ciudades. En una ciudad como Toledo deambular por ella no era fácil. Desde la puerta de entrada a la capital de la taifa – actual puerta de la Bisagra (Bab Sagra – hasta llegar al barrio judío se podían atravesar y cruzar varios de estos portones. Por eso tenían su entrada y salida de la muralla principal quinientos metros hacia el Tajo. Las puertas de la ciudad, las interiores y las exteriores, se cerraban por la noche para evitar asaltos de los vecinos de otros barrios.

Sabemos con certeza que en Toledo y en el siglo XI la convivencia entre cristianos mozárabes y musulmanes estuvo plagada de incidentes y levantamientos. Estos cristianos residuales y resistentes que no se habían convertido al Islam y mantenían la fe desde la época visigótica eran todavía numerosos en Toledo. Teóricamente tenían sus iglesias y debían ser respetados, pero en la práctica muchos de sus templos fueron convertidos en mezquitas en el mismo siglo de la conquista de la ciudad por Alfonso VI (1085). No eran extraños los saqueos de casas mozárabes, con agresiones cometidas por turbas crecidas por su mayor número y fuerza que creaban matanzas y levantamientos cada poco tiempo. Supongo que algo parecido sucede hoy en Siria o en otros lugares del Islam donde las minorías cristiano-orientales son perseguidas “de facto”, esclavizadas o simplemente desterradas o expulsadas, cuando no asesinadas. Llevan allí mil quinientos años, pero da igual. Las minorías no tienen demasiados derechos cuando las masas arremeten.

También hay que decir que esas mezquitas volvieron a ser iglesias cristianas con la conquista del rey. La mayoría manda la cultura en antropología. También se acordó en la rendición que la Gran Mezquita siguiera siendo musulmana, pero en cuanto se largó el rey de la ciudad de Toledo, la reina presionó para que el obispo la sacralizara y la convirtiera en Catedral. Viva la convivencia.

Los mozárabes que se sintieron violentados por los musulmanes más fanatizados de la ciudad en tiempos de al-Qadí, esperaron la llegada de sus hermanos de fe cristiana como agua de mayo. Ciertamente habían visto durante décadas como los vecinos musulmanes del barrio de la Antequeruela habían atacado y quemado sus casas y viviendas. De hecho, el  propio Al-Mamún, gobernante musulmán de la taifa toledana se las vio y se las deseó para mantener el orden entre sus muros. La caída de la ciudad en el año 1085 se debió a la petición que hizo al rey Alfonso VI para que le ayudara a sofocar las revueltas, pues se veía incapaz de mantener el orden público. Detrás de esas revueltas seguro que hubo intereses nefandos y codiciosos, de otras taifas y con las luchas intestinas tan nuestras por el poder, pero que duda cabe que el ambiente no era idílico para vivir.

Cuando llegaron los castellanos (muchos) y leoneses (pocos), los mozárabes fueron ninguneados y sometidos litúrgicamente a los rituales latinos que imponía el Rey siguiendo las costumbres más modernas de la época. Se permitió, por ser casi toda la población de Toledo mozárabe, que continuaran con sus rituales e iglesias. Eso sí, tuvieron que soportar que el rey nombrara a un obispo latino y no mozárabe, y quitara al obispo  mozárabe, cuyo nombre era, si mal no recuerdo Pascual. Si así trataban a los propios de religión, que no harían con las demás religiones. Estopa y guante de seda cuando conviniera. En cuestiones de convivencia las minorías siempre han tenido las de perder: mozárabes primero, judíos después, mudéjares… Todos han ido desfilando por nuestro suelo patrio entre pedradas del pueblo (un término idolatrado por los jacobinos y los marxistas) y el destierro más cruel.

¿Podemos justificar lo que sucedía? No del todo pero es verdad que la realidad multicultural de una ciudad como Toledo, en tiempos de al-Qadí, el último dirigente musulmán antes de Alfonso VI, era una bomba de relojería.

Coexistían cuatro etnias principales distintas con variantes dialectales cada una: mozárabes (cristianos de costumbres arabizadas y lengua propia), musulmanes (de procedencias distintas según se extiende el islam), judíos (que hablaban árabe), y cristianos de otros reinos del norte (que hablaban castellano, leonés, aragonés, catalán o gallego a saber). Cada una de estas culturas empleaba además una lengua escrita según la ocasión, y así escribían y leían en latín (los cristianos del norte y litúrgicamente para los mozárabes), árabe coránico o culto (para la lectura del Corán), y hebreo (para la lectura de la Torá y los Midrás judíos). Comían y arreglaban sus alimentos de manera diferente, tenían costumbres matrimoniales distintas, y celebraban rituales extraños para los demás. Decir que fueron un modelo de convivencia es una broma de mal gusto para los que vivieron entonces. Me imagino si pudiera hablar con Cipriano el Falsafa lo que me diría: Si nuestros tiempos son idílicos es que la convivencia y el ser humano han empeorado bastante.

Y quizás no le falte razón.

 

El agua de la fuente

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