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¡YA SALE LA TERCERA PARTE DE LOS CABALLEROS DE VALEOLIT!

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YA HE PUESTO A LA VENTA LA TERCERA PARTE DE LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, EN UNA SEMANA ESTARÁ EN TODAS LAS LIBRERÍAS DE CASTILLA Y LEÓN.

TAMBIÉN SE PUEDE PEDIR FÁCILMENTE DESDE CUALQUIER LIBRERÍA DE ESTE PLANETA LLAMADO TIERRA. De hecho me he enterado que está el libro en algunas librerías de  Málaga y Madrid o Murcia. No me digáis cuáles, pero estamos por ahí.

Se puede pedir, desde cualquier librería de España y lo sirven, incluido las grandes cadenas y almacenes del país. Incluso desde el extranjero lo envia ARCADIA LIBROS. SL. GRACIAS a todos ellos, y a vosotros, que nos los pedís.

 

Tengo que organizarme, lo sé. Buscar un día para hacer la presentación del libro, intentar estar presente en los periódicos de la región, y moverme un poquito para difundir el libro. Se va a vender solo, y sois muchos que me lo habéis pedido insistentemente. Me alegra que sea así. Los que más me estáis ayudando a difundirlos sois vosotros, los lectores que os engancha, que creéis que es bueno y que pedís una oportunidad para esta magnifica trilogía.. Muchos lo regaláis a los amigos, familiares, porque os ha gustado, porque pensáis que es una obra única. GRACIAS A TODOS.

Sin los lectores no habría libros.

La religión en el siglo XI y en Los caballeros de Valeolit.

Art Pin XII Partida a la II Cruzada Miniatura

Es recurrente que en la fiesta de los Reyes Magos, la Epifanía del Señor, hagamos un inciso y una reflexión sobre la religiosidad en el siglo XI en la península ibérica, un tema que ya he tratado en otras ocasiones, y que me parece siempre interesante por los múltiples paralelismos que podemos hacer con la actualidad.

El hecho religioso está presente en la trilogía LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Evidentemente su contenido no forma parte del conflicto principal, ni siquiera secundario, pero la cuestión religiosa es siempre preceptiva por formar parte de la idiosincrasia humana más elemental. No termino de entender las novelas donde no hay ninguna referencia religiosa, donde se ningunea la religiosidad (para bien o para mal), o donde desaparecen las grandes preguntas que todos nos hacemos. Su ausencia me suele dar sensación de poca profundidad en los personajes y levedad en la trama. Hasta los más malvados se preguntan alguna vez por el sentido de su crímenes. Por eso la diferencia entre una buena novela y una mala novela está en la solidez de los personajes, en la atmósfera construida, en el lenguaje y en la presencia de las grandes preguntas, con o sin respuestas.

El hecho religioso cristiano en el siglo XI era más público que actualmente, lo cual no quiere decir que fueran sociedades teocéntricas, como fácilmente afirman los historiadores. Si hubieran sido sociedades teocéntricas nos parecerían el paraíso en la tierra. En aquellas sociedades, los grandes intereses humanos eran como los actuales: familia y casamientos, supervivencia para casi todos (son sociedades más inestables que las actuales tanto económica como políticamente), y anhelos de poder. Son mundos y culturas tan codiciosas como las nuestras, más violentas por el particular de la supervivencia, y más supersticiosas. De alguna forma son herederas directas de un mundo romano-cristiano que ha entrado en decadencia, por eso no son mucho mejores que sus antepasados (y mucho menos peores). Igual de agresivos, y quizás más comedidos por aquello de respetar los mandamientos (invento no romano, todo sea dicho), que fue antesala de los derechos naturales primero, derechos humanos después.

La gran diferencia en la península es que los cristianos tuvieron que convivir con otras culturas y religiones, importantes en presencia y armas, lo cual conformó parte de las maneras culturales de España y sus diferencias regionales. Hecho que todavía pervive en el presente con tendencia a desdibujarse por la globalización. Si algo llama la atención en España es lo distintos que son los andaluces de los gallegos, o los castellanos, cuyos orígenes, claramente, hay que buscarlos en el asentamiento por tiempos diversos de culturas y religiones también diversas.

La religión, en aquella época y en la nuestra, formaba parte de las barreras culturales más evidentes que levanta una sociedad contra otra. Si se es cristiano, y se nace en una familia cristiana, no es conveniente, ni prudente, relacionarse con judíos ni con musulmanes. Esto sucede hoy también en lugares multiculturales. Es como dar cancha el enemigo, como despreciar lo propio, aunque no sea así. Las excepciones son los poderosos, que buscan en todas las culturas (judía, musulmana y cristiana) los beneficios que puedan darles. Alfonso VI se autoproclama cuando entra en Toledo en el año 1085 emperador de las tres religiones. Y el dirigente anterior, Al-Mamum, tiene buenas relaciones, y financia, a mozárabes (cristianos) que viven en la ciudad. En este sentido, la población es más cerrada que sus dirigentes. Pedir un préstamo a un judío te hacía sospechoso entre los tuyos de colaborar con las minorías, incluso de abandonar tu fe, por eso estas relaciones estaban muy limitadas y se guiaban por la prudencia, incluso por su inexistencia, y en ocasiones puntuales por el enfrentamiento entre comunidades y barrios de una misma ciudad, como sucedía en Toledo frecuentemente, donde los musulmanes atacan de cuando en cuando (y convierten en mezquitas), iglesias tradicionalmente mozárabes.

La identidad cultural tenía que ver con la identidad religiosa, cosa lógica desde el punto de vista antropológico. La gente necesita una identidad cultural elemental, y lo religioso, sobre todo en zonas de frontera, está más subrayado y afirmado por formar parte de las características esenciales que nos hacen ser nosotros mismos. Nadie quiere renunciar a sus raíces culturales. De ahí que la gran apostasía generalizada de occidente hacia el cristianismo sea leído, desde el punto de vista antropológico, como una crisis cultural y de valores, una decadencia que nos hace más vulnerables y débiles ante las demás culturas. Que no nos toquen las narices, claro.

La vida cotidiana empujaba a que los colectivos se especializaran en los oficios que gustaban, y así, los judíos, además de ser buenos prestamistas (lo que le valía el desprecio del resto), poseían buenos rabinos que oficiaban como médicos. Entre los musulmanes había siempre una minoría muy interesada en la filosofía, el arte caligráfico, la poesía, la astronomía o la matemática. Casi siempre vinculados a las mezquitas (madrassas). Esto condicionaba a todos, pues un cristiano enfermo, era corriente que pidiera ayuda y consejo a algún rabino médico. No era recibido en el mismo lugar de la casa que si fuera judío, pero se le atendía a cambio de un dinero. Imagínense lo que pensarían los cristianos cuando morían atendidos por los médicos judíos: que si lo había matado igual que mataron los judíos a Jesucristo, y cosas por el estilo. La tensión estaba presente, y los roces eran habituales, aunque también lo fueron los intercambios mercantiles y comerciales, y por tanto culturales.

No todas las confesiones religiosas se comportaban igual en todas partes. Generalmente los cristianos eran bastante tolerantes con los musulmanes llegados del sur a sus territorios (eran muy pocos), siempre que no fueran soldados agresivos. Según avanzaba al reconquista (palabra no equivocada), las bolsas de musulmanes fueron conformando el grupo mudéjar, que acabó siendo muy importante en la construcción de iglesias con mampostería y ladrillo en siglos posteriores. Eran buenos constructores, y trabajaban bien el campo. Con los judíos fue otra cosa, pues eran grupos aún más minoritarios, con relativo poder económico, y poco simpáticos por su relación homicida con Jesucristo (los cristianos olvidaban que Cristo también fue judío). Esto hizo que las persecuciones y las tensiones locales fueran más fuertes conforme avanzaron los siglos hacia la Baja Edad Media haciéndose insostenible en el Renacimiento, y criminal y genocida en el siglo XX, por poner el tema al día.

Los musulmanes eran bastante menos tolerantes con las minorías religiosas de sus ciudades, especialmente en lo relativo a los mozárabes y judíos. Las minorías cristianas y judías soportaban impuestos más altos, y eran de vez en cuando atacados por los barrios más fanáticos. Se sumaba al conflicto religioso la dificultad por parte de las autoridades musulmanas de los reinos (entonces de taifas) para mantenerse en el poder y controlar el orden público en sus territorios. De ahí que fuera habitual pueblos donde casi todo el mundo era mozárabe, o casi todos fueran judíos.

Islam contra islam. También los musulmanes de los reinos de taifas tuvieron como enemigos a los musulmanes almorávides, más rigoristas y exigentes en la pureza religiosa. Llegaron en 1086 llamados por ellos mismos para ayudarles a frenar a los cristianos. Craso error, porque acabó con sus privilegios y sus posiciones feudales.

Los judíos, al tratarse de una minoría más débil y menos peligrosa, no fueron la diana principal de los dardos musulmanes de entonces, aunque tampoco fueron demasiado contemporizadores con ellos. Simplemente coexistían en sus reductos intramuros, y vendían en el mismo zoco de la ciudad. Como minoría no persiguieron a nadie desde el punto de vista militar. Se mantuvieron alejados del oficio de la guerra, pero tampoco significa que fueran demasiado trasparentes ni abiertos a las demás confesiones. De hecho la sospecha de que en sus aljamas se cometían crímenes insospechados nos habla de ser un grupo también cerrado, cosa que tampoco sorprende cuando tienes todas las de perder.

Cristianos contra cristianos. Tampoco los mozárabes fueron bien tratados por los cristianos de rito romano, el que se fue imponiendo por parte de los reyes cristianos del Norte. De hecho, era considerados medio musulmanes, a pesar de tratarse de los cristianos más viejos y auténticos de la península, por ser los que resistieron culturalmente al invasor musulmán. En este sentido fueron los grandes perdedores de la historia.

Por supuesto, lo de enamorarse y casarse un musulmán con un cristiano, era ciencia ficción. Lo explotaron los románticos del siglo XIX cuando imaginaron convivencias idílicas en el pasado, y sociedades fantásticas llenas de emociones. La mora y el caballero cristiano es muy de Zorrila y Becquer, pero tenía poco que ver con la realidad, porque por nada te cortaban el cuello si te pasabas con la del gremio de enfrente, y lo hacían más los del propio bando que del ajeno. Hoy los conversos al cristianismo que proceden del islam son especialmente repudiados y perseguidos.

Y para despistados: la inquisición en España no existió durante el medievo, llegó con el renacimiento y la modernidad de los Reyes Católicos, que fueron, por cierto, empujados e influenciados por una sociedad más intolerante que ellos. Y es que el poder corrompe, cuando se escucha mucho al populacho (que diría Séneca). Apunta Pablito.

La taifa de Tulaytulah (TOLEDO siglo XI)

 Una de las ciudades más apasionantes, que evoca más historias y leyendas llenas de sabor romántico y aromas de mujer es Toledo. De hecho, si España es para el romanticismo europeo el símbolo del romanticismo, quizás para los españoles Toledo es la ciudad romántica por excelencia. El poeta Bécquer le dedicó un buen número de leyendas y de relatos cortos, llenas de magia y sombras, ánimas veladoras del diablo, y conjuros de muertos que a la luz de las velas hacían escuchar sonidos misteriosos en la noche: campanas, cadenas y murmullos. Daba igual, pues todo valía para el escritor sevillano con tal de resucitar un suspiro empujado por bellas palabras, páginas inolvidables de la literatura española.

Sin embargo, Toledo es  mucho más que eso, fue capital del reino Visigótico, sede de concilios hispanos, y ciudad de filósofos y teólogos, quizás solo a la altura de Córdoba. Fue además una de las taifas más importantes de al-andalus, dignidad y prestigio que solo se podía comparar, en mi opinión con otras dos taifas. La de Córdoba, pues fue sede del califato, y con Granada, que terminó siendo, a la postre, el último reino islámico de la península en rendirse al cristianismo.

Si analizamos el siglo XI, y nos recreamos en los detalles que la historia muestra en la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, veremos que Toledo fue una ciudad, que sigue siendo única; estamos ante una ciudad que sufrió profundas transformaciones a lo largo de la segunda mitad del siglo XI, y cuyo acontecimiento central fue la entrada en la ciudad de Alfonso VI en 1085, una mal llamada conquista de la ciudad. Desde aquel entonces es considerada ciudad cristiana, para seguirlo siendo hoy en día. La historia de Toledo es la historia de un antes y un después de esa fecha, pues en pocas ocasiones se puede subrayar la identidad cultural y espiritual como lo hacemos con la separación y diferencia entre el Toledo musulmán, y el Toledo cristiano castellano. En pocos años la ciudad cambió abruptamente, no solo de dirigentes y gobierno, sino también de prácticas culturales.

Hasta esa fecha Toledo fue una de las taifas musulmanas más ricas de la península. Su territorio se extendía por varias provincias importantes de España, y la capital, junto al Tajo, era rigurosamente inexpugnable desde el punto de vista militar. Esto conviene explicarlo, porque nos da cuenta de la solidez y fortaleza de la ciudad. Toledo se extiende junto al meandro del río Tajo. Uno de los pocos puentes  (ver en el mapa en la letra e) que cruzaban el Tajo en aquellos años de la segunda mitad del siglo XI se encuentra en la ciudad, pero dentro de la muralla. Por tanto era imposible, o al menos muy complicado para los cristianos del norte entrar en zona islámica por Toledo. al otro lado del río, los cigarrales y las fincas de recreo ocupaban la vista y la vida de los musulmanes acomodados (ver letra d en el mapa).

No tengo tantos estudios hechos, pero creo asegurar que no era posible atravesar el Tajo aguas abajo hasta el puente romano de Alcántara, ya en tierras muy cercanas a la frontera de la actual Portugal, provincia de Cáceres. La línea que dibujaba el río Tajo creaba una línea fronteriza natural agreste y complicada de atravesar, supongo que no imposible en algunos lugares más vadeables, o con barqueros, y quizás puentes de madera. Por tanto, esto nos sirve para valorar que Toledo era la puerta de entrada de los cristianos al mundo musulmán del sur, al menos en el centro y oeste de la península, aceptando las excepciones, que seguro que hubo.

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El meandro, como digo, formaba una línea natural de protección de la ciudad, y una tercera parte de la ciudad estaba protegida por una muralla alta, sólida y fuerte. De hecho, la ciudad contaba con tres amurallamientos. El primero el más externo se conserva en gran parte, y es donde se encuentra la famosa puerta de la Bisagra (letra G en el mapa), llamada en árabe Ab-sagra. Junto a ella la actual puerta de Alfonso VI (letra H), por donde según la tradición entró Alfonso VI en la ciudad, y bastante más abajo la segunda puerta, la de los judíos (letra F), que daba directamente a la judería de la ciudad. La puerta i en el mapa, era un portón, pequeño y estrecho, destinado a los vecinos que entraban y salían directamente al barrio de la Antequeruela (en color naranja). La misma ciudad en su interior contaba con otros amurallamientos internos. El barrio de la judería estaba protegido y amurallado dentro de la ciudad (número 1 en el mapa), cuyas puertas se cerraban por la noche, y dentro también de la ciudad estaba la puerta que separaba el barrio de la Antequeruela, (número 3 en el mapa) en la parte más baja de la ciudad, separando éste de la parte más alta, que en el mapa está señalada con la letra h.

Es decir, Toledo es una montaña imposible de flanquear por cualquier ejército medieval, musulmán o cristiano. el tercer amurallamiento de la ciudad, el alficén (letra 2 del mapa en color verde oliva) lo ocupaba la zona donde residía el emir de la ciudad, el reyezuelo de la taifa, en una ubicación que actualmente es ocupada por el Alcázar, en la zona más alta de la ciudad. Como vemos, Toledo, rodeado por tres murallas, y con un control sobre el puente era la ciudad musulmana más complicada de conquistar junto con Valencia.

¿Por qué se produjo entonces la derrota y cambió de manos musulmanas a manos cristianas? Básicamente por el desorden interno y las revueltas y disensiones de la ciudad.

Toledo estaba poblado, desde los primeros tiempos del islam en España, por una población cristiana mozárabe muy sólidamente asentada en la ciudad. Era la ciudad de los Concilios cristianos, la ciudad de la conversión de Recaredo, y no iba a convertirse fácilmente al islam. Estos cristianos sufrieron los rigores de tener vecinos musulmanes, y gobernantes musulmanes, no siempre benévolos con ellos. Pero resistieron, y culturalmente siempre se consideraron resistentes y fuertes en su fe. De hecho, se habla de la convivencia de las tres cultura en Toledo como una realidad más mitificada por el buenismo ideológico que por la realidad. Se llevaban bien con los vecinos, pero lo cierto es que los mozárabes pagaban más impuestos que el resto, y lo mismo le sucedía a los judíos sefardíes de la ciudad. Estas minorías religiosas y étnicas tuvieron que soportar cada cierto tiempo como sus barrios y sus casas eran asaltadas por musulmanes no tan partidarios de una convivencia pacífica. De hecho, esto mismo sucedía en las ciudades cristianas con respecto a las minorías judías o moriscas.

¿Cómo interpretar esta violencia? La antropología social y cultural nos muestra la dificultad de supervivencia y de convivencia de todas las minorías culturales dentro de una cultura más amplia y dominadora. Es por tanto algo, no causado por la religión, sino que parece estar en la esencia de las culturas (hutus y tutsis parecen evocar un problema más viejo de lo que nos imaginamos) dominantes y las culturas dominadas que conviven en territorios próximos.

Volvemos al tema que nos ocupa. La ciudad mantuvo el orden público de sus calles con mayor eficacia, que no total, en tiempos del Califato, pero agotado éste, y dividido al-andalus en decenas de taifas, Tulaytulah, que era el nombre musulmán de la taifa, multiplicó sus dificultades para mantener el orden en sus calles. Las parroquias cristianas, algunas de ellas respetadas desde tiempos inmemoriales por los musulmanes de la ciudad, fueron convertidas en mezquitas, incluso contra la autoridad de su gobernantes que poco podían hacer, y los acuerdos y buenas intenciones para proteger a los mozárabes no siempre lograron apagar las embestidas de una minoría cultural acosada por otros vecinos más intolerantes, los de la Antequeruela, por ejemplo.

Toledo sucumbió al desorden, cosa que se aprecia bien en la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, y poco a poco estuvo necesitada de ayuda exterior. Incluso los levantamientos populares de algunos musulmanes de la ciudad fueron promovidos por los reyezuelos de otras taifas, especialmente Córdoba o Sevilla, que buscaban desestabilizar el gobierno de Tulaytulah, aspirando a la expansión y regeneración del califato, algo que parecía contravenir los nuevos tiempos de división de la península.

El gobernante de la ciudad, al-Mamún, suegro además del rey de la taifa de Valencia (en aquellos días acosada por la taifa de Zaragoza y otras, y por el Cid Campeador más tarde) se rindió a la necesidad y pactó un acuerdo con los cristianos, que eran los más fuertes desde el punto de vista militar. Acordó con el rey Fernando el Grande, rey de León una paria, el pago de un impuesto a cambio de protección. No fue la única pues la taifa de Sevilla y Badajoz, y Zaragoza aceptaron también el pago de una paria a su protector Fernando el Grande.

Durante la guerra que enfrentó a los tres hijos de Fernando y Sancha de León, nuestros queridos Sancho II de Castilla, Alfonso VI de León, y Fernando de Galicia, Toledo no permaneció ajena a los sucesos. Tras la derrota de Golpejera (cerca de Carrión de los Condes) en 1073, Alfonso VI huyó exiliado a Toledo, junto con su amigo y máximo generaly confidente el Conde Ansúrez (fundador de la ciudad de Valladolid). Allí fue bien acogido por sus amigos musulmanes, por al-Mamún que lo apreciaba sinceramente.

Por supuesto, cuando Sancho II fue asesinado por el traidor Dolfos Vellido al pie de la muralla de Zamora, Alfonso VI se convirtió en el nuevo rey de Castilla y de León, y a la postre y gracias a una maniobra turbia, en  rey de Galicia también. Recuperó el trono, regresó del exilio, y siempre tuvo una magnífica relación de amistad con Toledo. De esta forma fue el rey más importante de la cristiandad en la península, con el reino más extenso. Regresó del exilio, pero con conocimientos importantes sobre los musulmanes y sobre Toledo.

La ciudad de Toledo fue conquistada por Alfonso VI cuando Al-Mamún le pidió ayuda en el año 1085 para que desalojara de la ciudad a sus enemigos. No se sitió la ciudad, y no se derramó más sangre que la de los animales que sustanciaron la fiesta de la victoria. Imagino que cerdo para los cristianos, y ternera para los judíos, mozárabes y musulmanes. Alfonso VI entró en la ciudad para liberarla de los enemigos, y la convirtió así en ciudad Imperial de los Visigodos; él mismo se autodenominó emperador de las tres religiones: cristiana, musulmana y judía; y prometió defender y proteger a los musulmanes, judíos y cristianos de la ciudad. Promesas que no pudo cumplir del todo.

El primer problema al que tuvo que enfrentarse fue que la conquista de Toledo, y el exilio de al-Qadí (mandatario sucesor de AlMamún) a Valencia como nuevo rey de la taifa, llenó de miedo a las demás taifas musulmanas. La reconquista de los cristianos había continuado y no se había detenido con Almanzor, que había saqueado León hacía menos de cien años. Y el miedo siempre ha sido un mal consejero. El resto de taifas de al-andalus llamaron a los musulmanes del reino Almorávide del otro lado de la península, y esa fue su perdición; pues los almorávides pensaron pronto en desalojar a los reyezuelos de las taifas de sus gobiernos para instalarse ellos.

Las tropas de las taifas, poco sólidas y con ejércitos locales más o menos blanditos, no pudieron hacer frente a la gran batalla de la época: Zalaca, o Sagrajas, como se conoce entre los cristianos. Fue cerca de Badajoz, y fue un año más tarde de entrar en Toledo, en 1086, exactamente.

Los almorávides ubicaron a las tropas de las taifas en primera línea de combate. Las tropas de Alfonso destrozaron éstas, pero no pudieron continuar la batalla ante la maniobra genial de los almorávides, que cayeron sobre ellos cortando cabezas y humillando a los ejércitos de Alfonso VI, que incluso era apoyado por tropas castellanas, aragonesas, leonesas y gallegas. En solo 48 horas las taifas perdían todo su ejército, y los cristianos (leoneses, castellanos y aragoneses que acudieron también) el suyo.

Regresó el miedo, en este caso a los cristianos que vieron que sin ejército los musulmanes tomarían de nuevo Toledo, incluso volverían a saquear León, Burgos y las ciudades cristianas que empezaban a despuntar. Pero el caudillo almorávide Ibn Tasufin,  regresó precipitadamente a su hogar en el actual Marruecos, pues estaba falleciendo un hijo suyo, sino había fallecido ya. Cuando regresó año y medio después, los cristianos eran más fuertes. Más tarde perderían algunas batallas decisivas contra el Cid en las puertas de Valencia, donde la tormenta barrió a los ejércitos almorávides que se ahogaron en la albufera.

Toledo no cambiaría de bando.

La ciudad siguió su curso. en pocos años los mozárabes fueron desplazados por los castellanos que repoblaron la ciudad, y que trajeron la liturgia romana llevada por los cluniacenses, impuestos por el Rey para sus territorios. Se respetaron a los mozárabes, pero fueron cada vez más reducidos en presencia. De hecho el obispo Pascual, mozárabe antes de 1085, no fue obispo de la ciudad tras la conquista, y Alfonso VI nombró a un borgoñés, del gusto de su mujer Constanza, que terminó convirtiendo la Gran Mezquita de Toledo en la Catedral que es hoy, faltando así a la promesa que hiciera el rey. Su mujer no estaba tan dispuesta a ceder a las bondades de los musulmanes de Toledo, los viejos amigos de su marido.

los musulmanes fueron abandonando poco a poco la ciudad, quizás buscando tierras musulmanas más propicias. en cambio los judíos empezaron a llegar en buen número a la ciudad de Toledo, que siguió manteniendo durante varios siglos su hegemonía sefardí. De hecho, la gran ciudad judía española en la historia es y será sin duda Toledo. De estos siglos posteriores son las dos sinagogas, bellísimas y hermosísimas, que hablan de un pasado y de una religión hermanada y protegida por los reyes medievales.

Por desgracia, esta protección no pudo detener al pueblo, que incomodado por las minorías, atacó de nuevo a las minorías, en este caso judíos y moriscos, así llamados. Los mozárabes fueron respetados, aunque siempre arrinconados y burlados por su condición mediomora. Una injusticia para todos ellos.

Podemos pensar que durante mucho tiempo Toledo tuvo un mercado semejante al gran bazar de especias de Estambul, que por cierto, en 1085 era cristiana y bizantina.

De estas épocas musulmanas proceden los cuentos, leyendas y misterios que luego fueron narrados por muchos rapsodas de la historia. Como Bécquer, entre otros.

Comercio y comunicaciones en el siglo XI

La novela Los caballeros de Valeolit, que cada día tiene más descargas, muestra a las claras como era el panorama del comercio y los mercados en el siglo XI, pues el relato recorre un buen puñado de ciudades de aquel siglo, con sus comerciantes y mercaderías.

Hay que decir, que el abastecimiento de los mercados tenía mucho que ver con el lugar donde se ubicaba el intercambio, la religión de sus habitantes y el buen hacer y vigilancia de las entradas, salidas, pesos y medidas del mercado. Casi todos los productos que se vendían eran generados en los alrededores, y pocos eran los productos de exportación que llegaban de otras ciudades. Era frecuente, además, el uso de moneda, pero tampoco era inusual que se empleara el trueque, especialmente en los meses más crudos del invierno.

Con esto ya encontraremos motivo suficiente para entender lo distinto que podía llegar a ser el mercado en una ciudad como Toledo o Granada (musulmanas) de ciudades como León o Burgos (cristianas). Hay que notar además que la mayor o menor población y las comunicaciones, buenas, regulares o malas, eran factores decisivos para que un mercado pudiera albergar productos de lugares lejanos, o conformarse con lo que las cercanías producían.

Algunas ciudades crecieron al amparo de su mercado y sus mercaderes, por ejemplo Burgos, que era un castillo fuerte con un mercado abundante extramuros. Esto nos muestra que los lugares donde los mercados se hicieron famosos y prósperos engendraron una riqueza a su alrededor muy deseada por los monarcas y nobles. Burgos acabaría conformándose como capital del reino de Castilla, por ser el núcleo más próspero del primitivo condado. Esto sucedía en el mundo cristiano del norte, pues los musulmanes del mundo hispano-musulmán (al -Andalus) disponían de mercados más prósperos y variados. Eran ciudades regidas por reyezuelos y emires que gobernaban su taifa a modo de ciudades estado, y para todos ellos disponer de un buen mercado donde tasar las entradas y salidas era una forma de conseguir dinero para sus arcas, siempre menguadas por las guerras con los vecinos de otras taifas.

En general, el comercio era escaso, y las comunicaciones casi imposibles entre algunos puntos de la geografía peninsular. Por ejemplo, viajar desde León, cuna del entonces reino cristiano más importante (dinastía asturleonesa), y el de más prestigio en la hispania cristiana, hasta Toledo, que era la capital histórica de los visigodos, capital de la taifa musulmana de Tulaytulah, la más importante en el septentrión musulmán, además de la más extensa y próxima a León, era muy complicado por tener que atravesar las montañas de Gredos, sin caminos ni lugares por donde hacerlo. Al sur del Duero se imponía un desierto helado en invierno, y caliente en verano, sin apenas más población que la que destinaban los reyes cristianos a su repoblación.

En invierno nadie se aventuraba y en meses de calor que se iba más deprisa, era preferido por muchos dirigirse hacia el Este, para llegando a la tierra extrema de Soria, se bordeaban las montañas centrales tomando nuevo rumbo hacia el Sudoeste. El dibujo en el mapa es un zigzagueante baile, nunca una línea recta y fácil.

En la novela, nuestros héroes atraviesan Gredos en varias ocasiones, y de la mejor forma posible, que era subiendo hasta Avila (una aldea solitaria y amurallada al pie de las montañas) y tomaban, y casi lo preferían muchos, las vías naturales como eran los ríos. En este caso la guía que debían encontrar era el río Alberche, que daba con sus aguas al otro lado de Gredos, abriéndose a la fortaleza musulmana de Maqueda. Las abundantes poblaciones y núcleos hasta Toledo daban cuenta de la abundancia y prosperidad de las tierras del otro lado de la Cordillera Central.

La impresión de aquellos que se aventuraban por el mercado de Tulaytulah llegados de las tierras del Duero debió de ser digno de contemplar.

Los productos que se vendían eran también variados, y algunos que hoy se nos antojan corrientes, en aquellas edades eran, no solo infrecuentes, sino exóticos y bizarros. Un ejemplo de esto lo tenemos con las frutas y verduras.

Es sabido que en Valencia, tierra mora y próspera a más no poder en aquel siglo, se cultivaban naranjas, mandarinas, pomelos y limones. Estos no se exportaban, pues cualquier viaje por la península estropearía el género (que no el sexo, amigos de la lengua) con los calores y los fríos. Se trasladaban las semillas, y en otros lugares, como la taifa de Ishbiliya (Sevilla) se plantaban también cítricos. Esto era imposible en las tierras frías cristianas. De hecho, es probable que nadie en León conociera esta fruta, ni tan siquiera de oídas. Ver un naranja era como ver el amanecer terrestre desde la Luna, solo al alcance de los más viajeros y osados.

Los comercios y negocios que más posibilidades tuvieron fueron aquellos  cuyos productos no se malograban: telares, cueros, forjas, ataharres, incluso animales y cabezas de ganado, cuando la distancia no era tanta. Por ejemplo, en León se vendían telas de tierras griegas, mantos de seda y filigrana damascena y oriental. No eran demasiado abundantes, menos que en Valencia o en Toledo, de donde eran proveedores, o quizás fabricantes de sucedáneos para vender en tierras del interior, pero alguna que otra vez se veían, pues llegaban por el camino de Santiago desde el Este peninsular.

Esto hace que sea llamativo que en León no conozcan las naranjas, pero sí saben de gresciscas y ropajes suntuosos teñidos de colores difíciles. No eran habituales ni corrientes, y tampoco eran baratos, pero se veían alguna vez.

Cada grupo religioso y étnico disponía de sus propios comerciantes de confianza, proveedores y compradores. Por ejemplo, en una cuestión tan sencilla como el mercado de la carne, los vendedores judíos trabajaban la carne para que no fuera kosser de una manera distinta a los musulmanes, o por supuesto los cristianos, que mezclan el cerdo en todas sus viandas y embutidos. Cada uno compraba en su establecimiento, a su carnicero.

Un mercadeo que abundaba era el de las armas y aperos de guerra, pero solo cuando habían batallas en las proximidades. De hecho, el botín de guerra de infanzones, y nobles de bajo rango no consistían en tierras, predios o castillos enemigos, cuyos beneficios pasaban a los grandes señores, sino en espadas, caballos, ataharres, ruedas de carro sueltas, telas y lonas, bolsas de cuero o primitivas celadas de moribundos y cadáveres. Lo útil se tomaba y lo sobrante se vendía.

Uno de los mercadeos que fue creciendo, y que tuvo cierto éxito, y así lo cuento en la novela fue la venta de caballos de guerra. Precisamente fue Valladolid  donde tenemos noticias del siglo XII, que indican que criaban estos animales y para venderlos. Este negocio junto con el de los cueros, hicieron que la ciudad prosperara económicamente durante unos decenios.

Las razas autóctonas de caballos en las tierras cristianas eran los caballos leoneses (raza galaico leonesa) y más al Este la raza burgalesa o navarro-burgalesa. Eran animales con características semejantes, pues ambos eran bajos de estatura o con cruz baja. Eran duros para trabajar en el campo, y buenos para subir montañas, pero poco aptos para una carga de caballería enemiga sarracena, con caballos de cruz alta y más veloces (cuanto más alto es un caballo se presupone más velocidad, y más peligro en combate).

Los animales mejores para la guerra eran los caballos de raza árabe, los que hoy llamamos andaluces, y que han intercambiado su potente genética con el resto de razas equinas. Precisamente ese intercambio se inicia en el siglo XI en España. Hoy todos los caballos tienen algo de andaluces.

El caballo árabe era alto y rápido, aunque no resistente al frío. Es un animal nervioso y necesitado de su amo, delicado y leal. Su cruce con el caballo burgalés y leonés, hecho en Valladolid (entre otros lugares suponemos) ofrecía un caballo de guerra más fuerte, alto y resistente. Ideal para los señores feudales que acudían a guerrear buscando una oportunidad para sobrevivir y arrancar un buen botín al enemigo.

Ni que decir tienen que un caballo era un bien carísimo, solo al alcance de los más pudientes. Un magnífico botín para un escudero en una batalla podía ser simplemente un par de buenos caballos sanos y sin heridas, envidia y arrebato de su señor.

De las rutas comerciales más importantes en la época y en el mundo cristiano hay que destacar el Camino de Santiago, en la senda que hoy llamamos camino francés, que es simplemente el camino más fácil para transitarlo. En el siglo XI era recorrido por escasos peregrinos, comerciantes, y judíos, que protegían así sus intereses yendo de aljama en aljama, igual que los monjes lo hacían de monasterio en monasterio. El camino entrelazaba las ciudades más importantes de la cristiandad hispana: Pamplona, Logroño y Nájera, Burgos, Carrión de los Condes, Sahagún (panteón de reyes), León y Santiago mismo. Podemos decir que fue una de las primeras rutas comerciales y culturales terrestres que hubo en Europa, y por supuesto en nuestro país.

Finalmente, los mercados de las ciudades no solo ofrecían productos para comprar o vender, sino también servicios. En tierras moriscas de al-Andalus era corriente la venta de esclavos, (permitida por el islam siempre que no fueran musulmanes los privados de libertad).

Se intercambiaban dineros, pagarés y se hacían préstamos al modo bancario, lo que era habitual en el trato con los judíos. También se ofrecían para leer o escribir, y no era extraño que se dedicaran a la medicina o a la cirugía menor. Siempre por supuesto a cambio de dinero. Los judíos, como es habitual con las minorías étnicas, estaban muy unidos y se protegían entre sí, lo que no fue obstáculo para que engendraran el odio y la envidia de la mayoría cultural dominante. Las revueltas contra estos eran desconocidas en el siglo XI en zonas cristianas. En cambio en ciudades como el Toledo musulmán debieron ser crecientes, no solo contra los judíos sino también contra los cristianos mozárabes. De hecho la entrada de Alfonso VI, vendida como conquista de la ciudad en 1085, fue más bien, una llamada para poner paz a una ciudad enfrentada civilmente.

También abundaban en los mercados grandes los trileros, jugadores, tomadores de pequeñas apuestas, estafadores y gentes de toda ralea y condición. De ahí que fuera habitual una guardia y vigilancia exclusiva en los mercados. Ladrones y bandidos que se deshacían de lo robado en otras plazas no eran infrecuentes. De hecho, en Toledo, el sucesor como emir de Al-mamún fue Al-Qadi, de donde deriva la palabra alcalde, y cuyo significado tenía que ver con el control de pesas y medidas en el mercado de Zocodover en Toledo, quizás el más grande de la península en el siglo XI. Ser jefe de guarida del mercado era una de los trabajos más complicados para un soldado que buscaba ganarse el beneplácito de sus superiores.

Valladolid en la frontera de León y Castilla.

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La novela histórica LOS CABALLEROS DE VALEOLIT describe con detalle el Valladolid del siglo XI, a la par que entretiene, por tratarse de una novela de aventuras. Sin embargo mi pretensión inicial siempre fue hacer, desde las letras, un pequeño homenaje a la ciudad de Valladolid. Una ciudad cuyo pasado pequeño y escondido revela un origen incierto y vulgar, algo paradójico para un lugar que vería pocos siglos más tarde casarse a los Reyes Católicos o nacer al emperador Felipe II. La capital del imperio donde no se ponía el sol, se inició como un villorrio con cuatro casa mal puestas, lo cual nos arroja luz sobre la futilidad y puerilidad del destino de los pueblos, llamados a la grandeza o el olvido, según se trate.

Hoy Valladolid es una ciudad con más de 340.000 habitantes, pero por aquel entonces, apenas era conformado por un pequeño grupo de vecinos que se asentaron, posiblemente en el inicio de siglo XI en la encrucijada del río Pisuerga, o Pisorga como se le menciona en los documentos de la época, y el afluente de la Esgueva o el Esgueva (único río bisexuado del planeta), y que desembocaba por dos canalizaciones de agua en superficie, y una tercera subterránea.

Esto daba una configuración peculiar a la aldea, y que lo acompañaría durante su historia hasta casi el siglo XIX: agua, agua y más agua. Mosquitos, el cantar de las ranas, muchos puentes como en Amsterdam pero con menos agua y más vegetación, y un freno para los incendios, que siempre tienen dificultad para saltar a la otra orilla por un canal de agua.

Nuestros vecinos del siglo XIX se empeñaron en la salubridad de la ciudad y desecaron y desviaron sus cauces, dejando el único que hoy existe hacia el norte de la ciudad. Nuestro querido Valladolid padeció durante muchos años inundaciones y enfermedades endémicas y ocurrente, propias de aguas no demasiado correnderas, y poco reguladas por los pantanos que sí lo hacen hoy en día. Nuestro vecino D. Miguel de Cervantes, entonces con menos fama que hoy, vivía frente al río Esgueva en una zona infecta, que entonces era de rastrillo y ventas, y que hoy llamamos calle Miguel Iscar. Del Esgueva por Miguel Iscar nos queda cada cierto tiempo su peculiar gemido, pues la calle se hunde por el agua subterránea que daña sus cimientos. lo cual es algo como muy de Pucela, bajo las apariencias transitan las aguas disolventes de nuestro glorioso y maloliente pasado. Todo es una en las grandes ciudades.

El Valladolid del siglo XI estaba asentada junto a uno de los ramales, en una zona algo más elevada, aunque no demasiado, en torno a lo que hoy es la plaza de San Miguel; y completaba el vecindario con unas pocas casas con sus traseras, entregados a la agricultura, ganadería y pesca. Un lugar olvidado, como antes he dicho, para los grandes, pues de nuestra querida aldea no tenemos nombre alguno hasta el escrito de la fundación de la ciudad por el Conde Ansúrez, conde de Saldaña y Carrión en el año 1095, (escrito que pone VALEOLIT), sin que se sepa a ciencia cierta de dónde procede tal nombre, inventando los especuladores del siglo XIX y XX múltiples teorías al respecto.

Tenía la aldea, por aquel entonces, dependencia de Cabezón y su tenencía, donde se asentaba un puente importante, que era lugar de paso y control de viajeros.  Tal lugar dependía a su vez del Conde Ansúrez, cuya familia los Banu Gómez emparentó en el pasado con la monarquía leonesa, a los que seguía en lealtad y vasallaje en tiempos de nuestra novela.

El condado se extendía de norte a sur, desde Liébana, Saldaña,  Carrión y Monzón hasta alcanzar Palencia (que era la sede episcopal) para terminar a orillas del río Duero en Tordesillas. Valladolid era un lugar pequeño y sin demasiada importancia. Su vecina Simancas, a diez kilómetros al sur del Pisuerga era bastante más importante, por disponer de un puente fantástico sobre el río, castillo, defensa y prestigio.

El asunto es que las tierras del condado no estaban demasiado pobladas, de ahí el interés del rey Alfonso VI y su petición al Conde Ansúrez para que repoblara toda la zona. Ansúrez fue su mano derecha durante los momentos más dificultosos e iniciales de su reinado en la etapa leonesa. Cuando Alfonso VI se convirtió en rey también de Galicia y Castilla, por la muerte en el cerco de Zamora de su hermano Sancho II, el conde fue apartado del puesto de especial confianza que tuvo hasta entonces. ¿Por qué? Muchas opiniones hay al respecto, desde cierta desconfianza de Alfonso hacia la nobleza leonesa que fue relegando poco a poco en favor de los castellanos (Alvar Fáñez, un castellano llegó a ser lugarteniente de sus ejércitos), hasta la mano influeyente de los borgoñeses en el gobierno de León, pues casó con Constanza de Borgoña.

Todo eso se cuenta en la novela.

La pregunta que nos queda por saber es porqué Valladolid fue la elegida por el Conde.

No lo sabemos con seguridad, pero sin duda su posición estratégica fue importante.

Valladolid era un lugar de frontera. Delimitaba el río Pisuerga, de una manera natural las tierras del condado de Saldaña, Carrión y Monzón, que fueron los títulos que le correspondían a Ansúrez, con las de Castilla. Por eso, en sentido estricto podríamos decir que Valladolid era Castilla. Pero ojo, porque la otra orilla de Valladolid, nuestra actual Huerta del Rey y barrio de la Victoria, Parquesol, etc, pertenecerían a León.

Más adelante la frontera y la guerra entre León y Castilla trajo que Valladolid fuera tierra en disputa, situando la frontera en el río Cea, algo más al Oeste, dejando una tierra neutral hasta la ciudad del Pisuerga por antonomasia, aunque yo diría por costumbre.

¿Se acuerdan de los mapas de la EGB, donde en ocasiones Palencia y Valladolid estaban en el Reino de León, y en otras ocasiones aparecían con Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Avila, es decir Castilla? Pues eso. Valladolid presentaba muchos recursos para ser repoblada, ninguna fortificación, y todo por hacer.

El conde escogió tal lugar como el mejor para su gran proyecto: un monasterio de monjes cluniacenses, llegados y tomados del Monasterio de San Zoilo de Carrión de los Condes, una colegiata, y una ampliación. Un puente sólido que cruzara de una orilla a otra del Pisuerga, y un lugar que no tuviera pasado. Era un lugar nuevo, y los lugares nuevos parece que siempre están llamados a nuevas empresas, como así fue.

 

 

LA DIFÍCIL CONVIVENCIA RELIGIOSA EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XI.

Durante mucho tiempo, se afirmó, supongo que interesadamente, que la convivencia religiosa durante los siglos medievales en España fue estupenda, y que durante los siglos de la Reconquista se fueron generando entre las distintas religiones unas magníficas relaciones sociales, un intercambio intercultural, y no sé cuantas cosas más llenas de colorido y buen rollo. El centro de aquel paradigma y modelo de convivencia plural lo formaba la llamada Escuela de Traductores de Toledo, donde se supone que musulmanes, cristianos y judíos, con unos valores civilizadísimos convivían intercambiando libros de Aristóteles, Platón y Avicena a la par que comían juntos unos boquerones en vinagre y bebían hidromiel (la bebida de la época).

Nada más lejos de la realidad.

La tal escuela no existió nunca, los matrimonios nunca fueron mixtos, y eran raros los sujetos de distintas religiones que comían y bebían con gente de otra religión, excepto que estuvieran dispuestos a pecar con los alimentos impuros del supuesto amigo. El intercambio cultural tuvo que ver más con las compras y ventas de los mercados, y con determinadas élites cultivadas, que con más curiosidad que violencia, se acercaron al “extraño” para saber de sus lecturas y textos.

En la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT hago un recorrido de la segunda mitad del siglo XI, y muestro, creo que con claridad e interés, la realidad de lo que sucedía en la época en aldeas y ciudades tan emblemáticas como Toledo, León, Valladolid (fundada en 1095), Burgos, Compostela o Granada. En estas páginas podemos apreciar que la convivencia consistía más en soportarse, agredirse y ningunearse, que en hermanarse y cazar juntos. Nos encantaría bajo el buenismo sociológico del zapaterismo haber sido la cuna de la Alianza de Civilizaciones que proclamaba, pero la verdad es que tal modelo utópico nunca existió como tal, y es bastante difícil, dada la naturaleza humana, que la convivencia multicultural sea posible.

Me explico: con el que es distinto, estamos dispuestos a comer su comida (nosotros los cristianos que comemos de todo), y nos compramos una kebab de vez en cuando, pero no nos gustan las instituciones musulmanas, ni sus relaciones con las mujeres, ni muchas otras costumbres suyas. Y a ellos tampoco les hacemos demasiada gracia, la verdad. En el fondo estamos igual que ayer, donde el multiculturalismo era tan complicado de vivir como hoy, que seguimos siendo etnocéntricos y provincianos hasta la estupidez.

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Mapa de Toledo en 1080. 1. Judíos. 2. Palacio Real, 3. Barrio musulmán antequeruela; g. Puerta de la Bisagra; a. Gran Mezquita; h. casa de los Falsafa (ver novela)

En el siglo XI las comunidades religiosas no se relacionaban entre sí más que de manera circunstancial. Los judíos vivían aislados en sus aljamas (barrios), dentro de las mismas ciudades. Ese aislamiento no era igual que lo que vimos en el ghetto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial (encierro y exterminio obligatorio), pero sí se parece a algunos barrios actuales de ciudades como Londres, París o Nueva York. Deambular por sus calles es cambiar de mundo, es aterrizar en un planeta distinto, y en verdad lo es. El multiculturalismo se agrupa en barrios y se aísla para protegerse. Igual que ayer: barrios y ghetos.

Las aljamas de antaño contaban con puertas para entrar, empalizadas (como todas las ciudades y pueblos medievales) y recintos cerrados dentro de las mismas ciudades. En una ciudad como Toledo deambular por ella no era fácil. Desde la puerta de entrada a la capital de la taifa – actual puerta de la Bisagra (Bab Sagra – hasta llegar al barrio judío se podían atravesar y cruzar varios de estos portones. Por eso tenían su entrada y salida de la muralla principal quinientos metros hacia el Tajo. Las puertas de la ciudad, las interiores y las exteriores, se cerraban por la noche para evitar asaltos de los vecinos de otros barrios.

Sabemos con certeza que en Toledo y en el siglo XI la convivencia entre cristianos mozárabes y musulmanes estuvo plagada de incidentes y levantamientos. Estos cristianos residuales y resistentes que no se habían convertido al Islam y mantenían la fe desde la época visigótica eran todavía numerosos en Toledo. Teóricamente tenían sus iglesias y debían ser respetados, pero en la práctica muchos de sus templos fueron convertidos en mezquitas en el mismo siglo de la conquista de la ciudad por Alfonso VI (1085). No eran extraños los saqueos de casas mozárabes, con agresiones cometidas por turbas crecidas por su mayor número y fuerza que creaban matanzas y levantamientos cada poco tiempo. Supongo que algo parecido sucede hoy en Siria o en otros lugares del Islam donde las minorías cristiano-orientales son perseguidas “de facto”, esclavizadas o simplemente desterradas o expulsadas, cuando no asesinadas. Llevan allí mil quinientos años, pero da igual. Las minorías no tienen demasiados derechos cuando las masas arremeten.

También hay que decir que esas mezquitas volvieron a ser iglesias cristianas con la conquista del rey. La mayoría manda la cultura en antropología. También se acordó en la rendición que la Gran Mezquita siguiera siendo musulmana, pero en cuanto se largó el rey de la ciudad de Toledo, la reina presionó para que el obispo la sacralizara y la convirtiera en Catedral. Viva la convivencia.

Los mozárabes que se sintieron violentados por los musulmanes más fanatizados de la ciudad en tiempos de al-Qadí, esperaron la llegada de sus hermanos de fe cristiana como agua de mayo. Ciertamente habían visto durante décadas como los vecinos musulmanes del barrio de la Antequeruela habían atacado y quemado sus casas y viviendas. De hecho, el  propio Al-Mamún, gobernante musulmán de la taifa toledana se las vio y se las deseó para mantener el orden entre sus muros. La caída de la ciudad en el año 1085 se debió a la petición que hizo al rey Alfonso VI para que le ayudara a sofocar las revueltas, pues se veía incapaz de mantener el orden público. Detrás de esas revueltas seguro que hubo intereses nefandos y codiciosos, de otras taifas y con las luchas intestinas tan nuestras por el poder, pero que duda cabe que el ambiente no era idílico para vivir.

Cuando llegaron los castellanos (muchos) y leoneses (pocos), los mozárabes fueron ninguneados y sometidos litúrgicamente a los rituales latinos que imponía el Rey siguiendo las costumbres más modernas de la época. Se permitió, por ser casi toda la población de Toledo mozárabe, que continuaran con sus rituales e iglesias. Eso sí, tuvieron que soportar que el rey nombrara a un obispo latino y no mozárabe, y quitara al obispo  mozárabe, cuyo nombre era, si mal no recuerdo Pascual. Si así trataban a los propios de religión, que no harían con las demás religiones. Estopa y guante de seda cuando conviniera. En cuestiones de convivencia las minorías siempre han tenido las de perder: mozárabes primero, judíos después, mudéjares… Todos han ido desfilando por nuestro suelo patrio entre pedradas del pueblo (un término idolatrado por los jacobinos y los marxistas) y el destierro más cruel.

¿Podemos justificar lo que sucedía? No del todo pero es verdad que la realidad multicultural de una ciudad como Toledo, en tiempos de al-Qadí, el último dirigente musulmán antes de Alfonso VI, era una bomba de relojería.

Coexistían cuatro etnias principales distintas con variantes dialectales cada una: mozárabes (cristianos de costumbres arabizadas y lengua propia), musulmanes (de procedencias distintas según se extiende el islam), judíos (que hablaban árabe), y cristianos de otros reinos del norte (que hablaban castellano, leonés, aragonés, catalán o gallego a saber). Cada una de estas culturas empleaba además una lengua escrita según la ocasión, y así escribían y leían en latín (los cristianos del norte y litúrgicamente para los mozárabes), árabe coránico o culto (para la lectura del Corán), y hebreo (para la lectura de la Torá y los Midrás judíos). Comían y arreglaban sus alimentos de manera diferente, tenían costumbres matrimoniales distintas, y celebraban rituales extraños para los demás. Decir que fueron un modelo de convivencia es una broma de mal gusto para los que vivieron entonces. Me imagino si pudiera hablar con Cipriano el Falsafa lo que me diría: Si nuestros tiempos son idílicos es que la convivencia y el ser humano han empeorado bastante.

Y quizás no le falte razón.

 

Jimena Muñoz, un gran personaje de Los caballeros de Valeolit

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Hola a todos los lectores de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT

Me decís que es una magnífica novela, y que os está gustando bastante, pero que es larga.

Incluso JM me contó que le había fastidiado un viaje porque quería acabarla, y le enganchaba y quería descansar, y no podía dejarla.

Me siento halagado porque si engancha es que está bien montada la trama, aunque reconozco que lo que más que interesa es la forma literaria, cosa que no sé si consigo siempre. Enfín, uno es exigente consigo mismo y con lo que ofrece. Supongo.

Para los que os cuesta más arrancaros a leerla. La novela se divide por partes, y se puede leer parcialmente, dejarla un tiempo y luego proseguir.

La primera parte se titula: Los hijos de Pelayo. Es la presentación de los personajes.

La segunda parte se titula: Lealtad y promesa, y cuenta la época entre la muerte de Fernando I el Grande y el reinado de su segundo hijo Alfonso VI.

La tercera parte es parte del reinado de Alfonso VI y se titula: El Testamento de la Reina Sancha.

Incluso diseñé la portada de cada apartado, y os lo pongo.

Los que no os la hayáis descargado ya sabéis que podéis bajarla GRATIS en

http://sites.google.com/site/antoniojlopezserrano

Os dejo las portadas que diseñé.

Por cierto la foto está tomada de la Torre del Castillo de Cornatel, en el Bierzo. De la que fue Tenente doña Jimena Muñoz, amante de Alfonso VI, con quien tuvo dos hijas: Teresa Alfónsez, que casó con Enrique de Borgoña y fue la madre del primer rey de Portugal, y Elvira Alfónsez, que casó con el conde Raimundo de Tolosa.

No me preguntéis más porque sale en la novela.

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Para los que os gusta poner caras a la gente.

No he encontrado la de Jimena Muñoz, pero sí la de su amante el Rey, y la de su hija Teresa. Es lo que tiene ser la concubina del rey, y que nunca te ofrezca matrimonio en serio. Luego no sales en las fotos.

 

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.